¡La mitad no quiero de nada!
¡La mitad no quiero de nada!
¡Que sea mío el cielo todo!
¡La tierra toda, mía!
Mares y ríos, el torrente de la montaña,
¡míos! No los comparto.
No me seducirás, vida, con una parte.
¡Será todo o nada! ¡Yo podré con todo!
N o quiero ni la felicidad
ni el dolor a medias.
¡Quiero, sí, la mitad de la almohada
donde, pegado a tu mejilla,
como una pobre estrella fugaz,
fulgure el anillo de tu dedo...
Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
La tercera nieve
Por la ventana veíamos
negruzcos limoneros hacia el fondo del patio
y suspirábamos: "¡Han pasado los días
y hoy tampoco ha nevado!"
Pero al atardecer
empezó a caer la nieve,
iba perdiendo altura,
vacilando en el aire
al capricho del viento.
Avergonzada y frágil,
la tomamos en las manos con ternura
y "¿a dónde fue?", preguntamos.
Pero ella contestó:
"Habrá una verdadera nevada
para todos.
Me fundiré en el viaje
pero no os preocupéis".
Y a la semana volvió a caer,
hecha un diluvio,
transformada en ventisca cegadora,
girando a toda fuerza.
Con terca intransigencia
quería imponer su triunfo
sobre quienes pensaban:
"¿durará un día o dos?"
Pero no pudo
hacer valer su empeño
y tuvo que ceder.
No se fundía en las manos,
se derritió a nuestros pies.
Seguíamos mirando al horizonte,
con inquietud: " ¿Cuándo vendrá la verdadera,
esa que pese a todo llegará?"
Y una mañana, aún soñolientos,
cuando abrimos la puerta,
la pisamos de pronto, sorprendidos:
yacía ante nosotros, honda y pura,
con toda su suave sencillez.
Tímida y esponjosa,
extendía por tierras y tejados
su asombrosa blancura,
simplemente magnífica y hermosa.
Nieve cayendo en el estruendo del día,
entre ruido de coches y resoplar de caballos;
nieve que no se derretía a nuestros pies
sino que se iba haciendo más compacta.
La fresca y centelleante
cegadora de toda ciudad,
la nieve verdadera,
la que siempre estuvimos esperando.
Versión de Heberto
Padilla
Aún todas sus lágrimas
El sauce no ha llorado aún todas sus lágrimas.
A su sombra, en la orilla me quedé pensativo:
¿cómo hacer feliz a mi amada?
¿Es que acaso no pueda hacer más?
No le bastan los hijos, la abundancia,
lo poco que nos damos al cine, a los amigos.
Me necesita enteramente, sin reservas.
Mas, estoy hecho de sobras. Yo soy diamante en bruto.
Entregué mis hombros a las causas de nuestra época,
a toda su dura carga,
no dejé espacio a la ira de mi amada
y privé su llanto de mis brazos, de mi regazo.
Hoy, la amada ya no recibe flores de su hombre.
Arrugas, sí. Faenas domésticas.
El hombre engaña por placer,
la mujer traiciona por dolor.
¿Cómo puedo hacer feliz a mi amada?
¿Qué puedo ofrendarle esta noche
si la manzana que le da la vida
ya está rancia y agusanada?
¿Por qué a la bienamada se le ofende
tan sin razón como tan a menudo?
Cómo hacerla infeliz, todos sabemos.
De cómo hacerla feliz, no tenemos memoria.
Versión de Heberto
Padilla
Babi Yar*
I
No existe monumento en Babi Yar;
sólo la agria ladera. Y tengo miedo.
Hoy me siento un judío en el desierto
que de Egipto escapó. Me crucifican
y mis manos conservan los estigmas.
Me parece ser Dreyfus, condenado,
al que juzgan, escupen, encarcelan;
pero de pie resiste la calumnia
y el grito filisteo. Con la punta
de sus sombrillas en mi rostro vejan
mi indefensión mujeres que se acercan
con vestidos de encaje de Bruselas.
O también soy un niño en Bielostok.
De pronto estalla el pogromo.
La sangre derramada cubre el suelo.
Los que huelen a vodka y a cebolla
salen de la taberna y gritan todos:
"Mata judíos: salvarás a Rusia".
Un tendero se ensaña con mi madre.
Otro hombre me patea. En vano rezo
plegarias que se pierden en la nada.
Me siento dentro
de la piel de Anna Frank que es transparente
como un ramo de abril.
No hacen falta palabras. Siento amor
y sólo necesito que uno a otra
nos miremos de frente.
Separados del cielo y el follaje.
Solamente podemos abrazarnos
en este cuarto a oscuras.
Quiero besarte una vez más, acércate.
Ya vienen. Nada temas: el rumor
es de la primavera que se anuncia
y del témpano roto en el deshielo.
Y en torno a Babi Yar suena la hierba
que ha crecido salvaje desde entonces.
Los árboles nos juzgan. Todo grita
pero el grito está hecho de silencio.
Al descubrirme observo mi cabello.
También ha encanecido. También grito
por los miles de muertos inocentes
masacrados aquí. En cada anciano
y en cada niño al que mataron muero.
Pueblo ruso, mi pueblo: te conozco.
Tú no odias ni razas ni naciones.
Manos viles trataron de infamarte
al usurpar tu nombre y al llamarse
"Unión del Pueblo Ruso".** No perdono.
Que La Internacional llene los aires
cuando el último
antisemita yazga bajo la tierra.
No soy judío. Como si lo fuera,
me odian todos aquéllos.
Por su odio
soy y seré un verdadero ruso.
*Babi Yar o Baby Yar es un barranco en las proximidades
de Kiev. En dos días de septiembre de
1941 más de treinta y cinco mil judíos fueron asesinados
allí por las tropas nazis.
En esta versión de 1997, tomada del libro "Adiós
bandera roja" (Selección de poesía y prosa de 1953 a 1996)
se tomaron en cuenta los cambios introducidos por el
propio Yevtushenko de la traducción inglesa de Robert Milner.
**La Unión del Pueblo Ruso fue el grupo antisemita que
actuó en Rusia entre el asesinato del zar
Alejandro II y el comienzo de la primera Guerra Mundial.
Sus miembros organizaron pogromos
-linchamientos de judíos rusos y destrucción y robo de
sus propiedades- e, infiltrados en la policía secreta zarista,
fabricaron los apócrifos Protocolos de los sabios de
Sión.
Versión de Heberto
Padilla
Tomado de:
http://amediavoz.com/yevtushenko.htm
El estado
(Monólogo del primer tipógrafo ruso Iván Fedorov,
1510-1583)
Por mi fe en el Estado yo trataba de comportarme
cortésmente,
haciendo respetuosas reverencias a la autoridad.
Pienso que no he ahorcado al estado
ni tampoco le he disparado de muerte.
Que me cuelgue un poquito
me parece que es su derecho.
En público yo defiendo mis ideas con entusiasmo:
yo no merezco semejante traición desde arriba
yo espero un poquito de justicia en este lugar
pero yo nunca he sido un traidor,
ni nunca he intentado mentir.
Oh, querido Estado
yo siempre he tratado de quererte,
en forma muy obediente, como el trigo
a la guadaña,
como la caña de azúcar al machete…
Pero la obediencia me pone enfermo,
me imagino que he cometido un error,
si trato de agachar la cabeza,
como el perro que es golpeado
y se hace sumiso a los palos.
Oh, querido Estado, estás lleno de mentiras,
explotación y odio:
tú falseas todo descaradamente.
Así que el amor por La Patria y el amor por el Estado
es realmente un divorcio
pero donde nunca hubo antes ningún casamiento.
1966
Manzanas robadas
Las rejas se fueron abajo por la tormenta
y nosotros, niños ladrones entre las tristes sombras,
éramos entibiados por nuestras camisas
repletas de manzanas robadas.
Las manzanas querían arrancarse:
era escandaloso comérselas.
Pero nos queríamos el uno al otro
y ese sentimiento nos salvaba de todo.
Encerrándonos a nosotros,
los criminales mellizos,
en un mundo de olas sucias,
la pequeña cabaña campesina nos susurraba:
“Sean valientes y amen… sean valientes…”
Y el paso de la luz de la luna decía,
murmurando a través de las hojas polvorientas:
“Si robar es para el bien de la vida,
Uds. entonces para mí no son unos ladrones…”
El dueño de la cabaña
un ex-famoso futbolista desde su retrato
que estaba sobre una chimenea encendida
insistía: “sean valientes…no descansen…”
Así que corriendo y flirteando
llegamos hasta la zona del penal
resbalándonos dejamos atrás al último defensa
¡e inflamos con el gol la red del arco contrario!
Vino el descanso del primer tiempo. Encima de nosotros
revoloteaba el polvo de la tierra, parecía que era un
sueño,
los pequeños zapatos de futbol vibraban
en una cancha invisible.
“¡Jueguen!,” gritaban los hinchas,
“ ¡Jueguen, pero jueguen seriamente!
el pesado globo terráqueo es nada más que una partícula
al igual que todos nosotros”.
Volvimos a jugar otra vez, pateamos la pelota.
El partido quizás era bastante ridículo
pero nos queríamos el uno al otro
y eso era lo más importante.
Drogado por su propio rugido, el mar
balbuceaba algo profundo
y entonces algo como un pez dorado
saltó sobre su frente,
y ni me importaba saber
que al otro lado de la tormenta
y a causa de todo mi salvaje arrojo
me había hundido con la ola del mar.
Deja que la infamia me persiga,
el amor no es para los débiles.
El olor del amor es un perfume
pero no el de las manzanas compradas sino
el de las manzanas robadas.
¿Seremos felices?
No mucho…
Pero hemos podido cambiar el curso de las cosas;
si nos hemos robado a nosotros mismos
robar aquellos otros momentos también es posible.
Qué importa el disparo del cuidador
si cuando envuelto por el lejano sonido del mar
puedo acomodar mi cabeza
entre dos saladas manzanas que me robé.
1967
Tomado de:
https://ciudadseva.com/autor/yevgueni-yevtushenko/poemas/#google_vignette
Lamento por un hermano
Para V. Shchukin
Igual que un descolorado molde plateado
un ganso está en un bote
con sangre cayendo aún de su tibia nariz
y su cuello meciéndose en el borde de un balde.
Había dos de ellos volando sobre el río Vilyuy.
Uno cayó mientras volaba
y el otro
a ras del agua, muy bajo, arriesgando su cuello
cerca del bote,
se lamentaba después en el bosque:
“Hermano querido, vinimos a este mundo gritando
a través de nuestras cáscaras quebradas
pero cada mañana nuestra Madre y nuestro Padre
te alimentaban primero a ti
cuando tenía que ser yo antes que tú.
Mi querido hermano,
tú tenías un color azulado
y desafiabas al cielo con arrogancia.
Yo en cambio era muy oscuro,
y las hembras te deseaban más a ti que a mí
cuando tenía que ser yo el más deseado.
Querido hermano, sin tener miedo del regreso,
tú y yo volamos muy lejos sobre los mares
pero gansos malvados de otras tierras te rodearon
primero a ti
cuando tenía que ser yo antes que tú.
Hermano mío,
ambos fuimos golpeados y obligados
a agachar el cuello.
Juntos fuimos arrasados con violencia por las tormentas
de lluvia,
pero por alguna razón el agua se escurría rápidamente
de tu espalda de ganso
cuando eso tenía primero que pasarme a mí.
Hermano,
la gente nos comerá de todas maneras a los dos
al lado del fuego.
Hermano querido,
toda nuestra vida fue una lucha por ser el primero
y no apreciar nuestra hermandad, nuestras alas y nuestras
almas.
¿Era nuestra dependencia algo imposible
eso de o tú o yo?
Querido hermano,
te pido al menos un cartucho de fusil
para así terminar con mi envidia
pero al recibir yo mi castigo, la gente te matará primero
a ti,
cuando yo realmente tenía que morir antes que tú.”
La hamaca con sabor a sal
Para Ye. Rein
Como el tiempo es la inteligente arena,
el tabaco cruje en la bolsita…
Y como la madera podrida de un viejo barco ballenero,
así también ocurre con la gente y con las redes para
pescar.
Y feliz como un hombre viejo
esas transparentes vallas
hechas de viejas redes
escuchan las ruidosas voces de los niños.
Ellas han hecho muchas veces su trabajo
y aunque están fuera de práctica todavía pescan
algo de basura, lluvias y fósforos gastados.
Ahora una estrella quedó atrapada en ellas
ahora el balbuceo de un amor juvenil
ahora unas malas palabras de alguien
ahora un fugaz suspiro.
Ellas agarran de todo, la ráfaga del viento
una frase o la canción que alguien canta
y, pescando un
botón de ropa,
lo sueltan levemente, pero sin mucho apuro.
Y un viejo pescador
(esos seres robustos que esquivan la muerte)
comienza él mismo a hacerse una hamaca
de viejas redes de pescar que hace mucho tiempo usó.
Y escondiendo un dolor dentro de si
iba reconociendo en los aislados pedazos
de la grisácea red y sus nudos
un sabor salado que se impregnaba en sus dientes.
Se mece la hamaca con sabor a sal
en el suave susurro de los pinos.
Cada pescador que se jubila
en algún momento viene a ser algo atrapado.
Cuando somos viejos vivimos en una calle estrecha
desde la cual miramos hacia nuestro pasado
y nos retorcemos
en nuestras olvidadas redes.
Tú eras un conversador, un derrochador de dinero.
Pero ahora no hay tiempo para peleas. Tu cuerpo tiene
costras.
Se mece la hamaca con sabor a sal
creando una ilusión de las aguas del mar.
Pero el mar no llegará a tus orillas
y el cielo permanece traicioneramente despejado.
Mecerse porque uno lo desea es muy diferente,
eso requiere algo mucho más que ser sabio.
Y él quiere vientos huracanados y tormentas
¡al diablo con toda esta comodidad!
Pero si su juventud volviera de nuevo.
Sin embargo, él ha renunciado a toda su sabiduría.
Pero es falso que tú no seas feliz.
Quien no ha conocido las tormentas no ha sido afortunado.
Y tú eres tan distinta
a cualquier otra hamaca que cuelga en una casa de campo.
Tú has conocido cada golpe de las tormentas
te arrastraron los huracanes más fuertes .
Deja que las hamacas de agua dulce envidien
esta hamaca con sabor a sal.
Hay un sabor especial cuando se mece esta hamaca
aun cuando traiga mala suerte.
Mécete, hamaca con sabor a sal
mécete,
mécete
mécete…
Duérmete, amada mía
Gotas salobres
brillan sobre los hierros de la verja.
La puerta del jardín quedó cerrada.
Y el mar,
en torbellinos encrespados
que golpean los muelles,
ha estrechado en su seno el sol salado.
¡Duérmete, amada mía,
no atormentes mi alma!
Van cayendo en su sueño la estepa y las montañas,
y nuestro perro cojo
dormita arrebujado en la maraña
de su pelo y lame su cadena salada.
Y las ramas murmuran
y las olas trepidan
y apagando la antorcha de su vieja experiencia,
el perro se ha dormido atado a su cadena.
Susurrando palabras, apenas cuchicheando,
después con mi silencio, te pido que te duermas.
¡Amada mía, duerme…!
Olvida que reñirnos.
Imagina mejor que paseamos
y la tierra está fresca.
Tendidos sobre el heno aún tenemos sueño.
Parte de nuestro sueño,
el aroma de la agria crema
que llega desde allá, de la bodega.
¿Cómo hacer que imagines todo esto,
cómo lograrlo si en nada crees?
Amada mía, duerme…
Deja tu llanto y con sonrisa leve,
sueña que juntas flores
y tratas de encontrar dónde ponerlas
con tu rostro oculto entre ellas.
¿Algo dices durmiendo? Palabras sin sentido.
¡Es porque estás cansada
de moverte y moverte mientras duermes!
Envuélvete en tus sueños como si fuera un manto
en que buscas abrigo.
Cuando se quiere puede hacerse en sueños
todo aquello que a medias
admite la vigilia.
Una culpa secreta que clama en lo profundo
nos atormenta el sueño.
Hay cansancio en tus ojos y hay en ellos
inmensa multitud de gente extraña.
Cúbrelos con tus párpados
y sentirás alivio.
Duérmete, amada mía.
¿Qué te causa este insomnio? ¿El mar rugiente?
¿El ruego de los árboles al viento?
¿Algún presentimiento?
¿El mal que alguien te ha hecho?
¿Y si ese alguien fuese yo?
Duérmete, amada mía…
Yo nada puedo remediar,
pero sabrás un día
que no he sido culpable de este mal.
Perdóname, ¿me escuchas? ¡Aunque sea en tus sueños!
¡Aunque sea soñando!
Duérmete, amada mía…
No olvides que viajamos encima de esta tierra
que enloquecida vuela
y amenaza saltar convulsionada
de su impasible ruta
y tenemos que abrazarnos para no caer.
Y si hemos de caer, caeremos juntos.
Duérmete, amada mía…
No alimentes la ofensa
que vengan en silencio
los tiernos sueños a poblar tus ojos.
¡Cuesta tanto dormir sobre esta tierra!
A pesar de todo, amada mía, ¿me oyes?
Duérmete al fin, duerme, amada mía…
Y las ramas murmuran
y trepidan las olas
y apagando la antorcha de su vieja experiencia
el perro se ha dormido atado a su cadena.
Cuchicheando palabras, después medias palabras,
después con mi silencio, te pido que te duermas.
El último intento
A Masha
El último intento de ser feliz
ciñéndome a todas tus curvas, todas tus sinuosidades,
a la blancura trémula y balbuceante
y a las bayas con el opio del saúco.
El último intento de ser feliz
como si mi fantasma, al filo del abismo,
quisiera saltar huyendo de todas las ofensas,
allá donde hace mucho estaba yo arruinado.
Allí sobre mis huesos rotos
se posa una libélula,
y las hormigas visitan tranquilamente
las cuencas de lo que ayer fueron mis ojos.
Ya me hice alma. Ya no estoy en mi cuerpo.
Escapé a mi prisión de huesos
pero me hastían los fantasmas
y otra vez me llaman los abismos.
Un fantasma enamorado ahuyenta más que un cadáver.
Pero tú no te asustaste, sino que comprendiste
y juntos nos hemos arrojado como a un abismo
y el abismo desplegó unas blancas alas
que nos levantó sobre la niebla.
Y estamos tendidos juntos, no en la cama
sino en la niebla que apenas nos sostiene.
Soy un fantasma. Ya no se quiebra mi cuerpo
pero tú estás viva y temo por ti.
Otra vez revolotea el cuervo fúnebre
en espera de carne fresca, como en el campo de batalla.
El último intento de ser feliz.
El último intento de amar.
Tomado de:
https://www.vallejoandcompany.com/2017/04/08/in-memoriam-7-poemas-de-yevgueni-yevtushenko/
