viernes, 15 de mayo de 2026

POEMAS DE ALEJANDRO BURGOS BERNAL -PROSA POÉTICA DESDE COLOMBIA-


Seth (poética)

 

     Han sido meses y días y horas en que con desconsolada piedad me he dispuesto a la poesía como si ésta fuese un enigma, un enigma o una piedra. El significado de la vocación poética se me ha ido dando a través de una imagen: el corto viaje de Seth a las puertas del paraíso, su padre moribundo sobre la tierra agria y seca y cuatro generaciones de hombres que lo lloran y un árbol que crece en sus entrañas.

    Seth como emisario del padre enfermo recorre la distancia que separa el paraíso de la tierra infértil de su estirpe. Lleva consigo una aceitera con el fin de rogar al ángel guardián del paraíso que le de unas cuantas gotas del aceite de la misericordia, aceite que había de servir a su padre quien por vez primera en el tiempo del mundo enfrentaba la muerte. Mas no tuvo a bien el ángel dar un poco de ese aceite de lástima, no tuvo a bien salvar la vida con la piedad. En cambio del aceite el ángel dio a Seth una ramita de árbol: plantada y crecida en árbol daría la cura al moribundo. Mas antes que Seth volviera, la aceitera vacía y en mano una ramita, antes que volviera terminaba la batalla. Formas brillantes como dientes yacían en tierra cerca del cuerpo muerto, la espesura se cerraba, antes que Seth volviera todo hubo de ser perdido.

   Seth entonces –aceite onfacino fue aquello, aceite de almendra amarga sobre la herida- puso la ramita en la boca del padre muerto. De aquí, aquí crecería en árbol algún día.

    Fueron meses y días y horas en que con desconsolada piedad me dispuse a la poesía: no sabía –la imagen es siempre un enigma- y tal vez no me sea dado saberlo, y ha de ser milagrosa esta secreta vía, milagrosa esta cruz exigua, no sabía la cualidad de la poesía ni su manera. Supe –de piedra es la sombra del árbol- supe que el enigma de la poesía era como un cristal de roca: transparente y mutable y duro.

 

    Una herida

    dolorosa

    como un ojo,

    profunda y vertical

    como la lengua.

 

 

LIMINAR

                                

Estoy encerrado en un árbol.

El árbol grita a su manera.

 

Augusto Roa Bastos

                                                                                                          

                                                      

    Que lo estuve, y si lo estoy es un rumorío de ramas secas este articular elementos de transparencia. Encerrado en un árbol. En su grito a su manera, perenne manera, leñosa, elevada manera. Arborescido de poco más o menos sobre la ribera, ribaldo, arborezco de mezquina riba, non veo do ribar, no vi do ribar y le vendí mi alma. De poco más o menos a sur del puente, fábrica de piedra, ladrillo, madera y hierro. Que si grito, mas tan sólo si susurrase, polvúsculo en potencia de diafanidad, ahora menudencia de tierra, muy seca sequedad de fauces, hiena secaña; si grito exhalo sombras. Y en estornudos se me van las arbustivas pausas, obligaciones tonales en modo menor, debe ser mi manera de llover.

    Ripios de niebla, delgados, desiguales, sin pulir, teja techumbre de la obscurecida tierra, soy poco de voz y mis propias cosas, enclenques de común decir, de débil sentencia. Añublo sin olor del día, de la luz con sus tintas, de la luz de sus ojos, de la vida de su vida. Ya la vida peligro en José de Arimatea, anteomnia, pero fue en sombra de grandeza, más bien bermellón, más bien carmín fino, más bien sombra de Venecia; lo mío es sombra de hueso, color obscuro, blancor ofuscado, amarillo biliar, de entraña, de entraña enferma; si el oso enferma come hormigas. Mi sombra es hormiguera, roe retoños. Mi sombra, osario, no desmiente el hambre.

    De raso hago lugar, aldeorrio raído, arrasados los ojos, hinchados, de lágrimas guijarros, de lágrimas piedras, empedrando aldealrío, flor de cardo silvestre soy, buche del río, en mí cuaja culantro, maná sin olor a miel, mana cuajarón helado, mana rocío, sí, rocío, lluvia tenue por manda en razón del frío, ínfima región del aire, mi tierra, Santo Antonio Abad, mi tierra: ese blanco vellón leve.

 

 

Marisma (Cartas del Tío José)

 

 

    En ellas vivo desde mi infancia. Me fueron dadas a pocos días de mi nacimiento y somos dos o tres los pocos que poseemos propiedades tan pobres y desde tan temprano. En lo que a mi concierne poseo un cofrecito de hechura tumbada, sin forrar, color obscuro, en el que guardaban migajitas de una especie de pan agrio. Eran esas, según mi tío, las pocas cenizas de Lautréamont.

    En ellas vivo desde mi infancia y si bien poco menos que arena y barro de polvo, si bien son sólo migajitas, mi tío allí me bautizó y de éstas mis propiedades me heredó algunas venturas. Ínfimos milagros, se entiende, más bien deslumbramientos. Yo lo aprendí pronto y aprendí a habitarlas sin devoción, con su enfermiza calura transformándose en palabras duras y secas como ramas de dulcamara.

    En ellas vivo desde mi infancia, condesito ceniciento de un reino en seca.

    En ellas vivo y sólo de ellas sé.

    Cada tanto, sin orden, me llegan las cartas de mi tío como cuando amaina la mareta. Representan lo más cercano que me es posible a una visión de la realidad. En esas ocasiones llueve sobre mis propiedades, llueve una lloviznita áspera y tíbia, una pobre llovizna cenicienta. Yo en esos días quisiese como renunciar, como ofrecerme en inaudita caridad. Yo en esos días, la piel seca como cuero curtido, pobre hombre torcido como árbol, yo en esos días, no sé, como que me dan ganas de morir.

 

 

La segunda carta

 

    La segunda carta llegó desde Cimbra. Yo aprendía a comulgar con tu pan: un rito simple, natural como ese florecer de algas secas sobre las leñas podridas de mi costa. Crecía así el frágil territorio de los muertos. Crecía tu voz desde la herrumbre, el verdín del borde de las cosas.

 

    “¿Habías notado?, lluvia es que el templo esté encendido, qué tanto esplendor de café Santa Cruz, qué tanto esplendor de Rua das Flores, que tanto esplendor de domingo Mondego, camina para arriba, camina para abajo, tanto esplendor de portinho, de pastel de nata y café en la esquina, tanto esplendor mi cuarto, mi balcón, mi ventana, mi mañana amaneciendo, luces bajas, frío nuevo, tanto esplendor encendiéndose en el enramado derrumbe de los cielos, las hojas tan brillantes de un árbol de agua, las aguas amarillas de un otoño del sol que se sumerge. ¿Habías notado, condesito?, lluvia es que la iglesia se ilumine por dentro”.

 

    Bajabas, tío, bajabas de hospital en hospital. Todo en ti era claro. Te preguntabas cómo te era posible la voluntad, cómo aún la voluntad te era posible. Me prevenías: ¿por qué de la voluntad has hecho mirada?

    Lisboa no te fue casa, tío, Lisboa te fue hospital.

    Sus sábanas tan blancas y su excelente pescado.

Tomado de:

https://eugeniasancheznieto.blogspot.com/2016/02/alejandro-burgos-seth-poetica.html

 

 

Sobre la vocación

 

Dicho sea de paso: la poesía de Fernando Pessoa es

imágenes de Lisboa, es sólo imágenes de Lisboa

 

I. Simplicidad sin ostentación.

 

El condesito despierta en la ciudad de Lisboa, despierta en la puerta de cafés, bajo la lluvia entorrenciada de su sueño y a la vuelta de esquinas —Lourenço Santos Ltda. Camiseiros o tal vez la Tabaquería Pires en Rua da Prata esquina—como bajo paraguas metafísicos, cortando en la lluvia una flaca vigilia, una columna de sombra seca, a la vuelta de esquinas —y sólo a veces, sólo a veces… es que el sueño es triste— se va cruzando con sus vísperas como si hubiese querido renunciar a la lluvia o enflaquecer de caridad. Como si alguna expresión de realidad hubiese de persistir en el desamparo.

 

Como si hubiese velado toda la noche en oración.

 

 

 

II. Mientras que algo es bello es posible aferrar su esencia.

 

Ayunó el condesito, sin ser témporas ni vigilias. Hora tras hora fue su sombra. Se detuvo en los cafés, Lisboas sin Fernando —¿qué habrá sido de él? Fernando—, tabaquerías sin Alves ni marismas. Es fantástico cómo se tomaba una botella de aguardiente, de esas de antes con el tapón de vidrio… como si se quisiera matar. Pero no, no es eso, no es eso: a pecho abierto no se escuchan lamentos de mercado, una lejana vigilia sí, un corazón que nunca duerme, mas tan leve que ni tan siquiera es vida; a pecho abierto, desde el acabarse la de nona hasta ponerse el sol—oficio divino al fin y al cabo—, mirad, la Rua do Alecrim enneblinada.

 

Como si se pudiese morir de iniquidad.

Como si el alma fuese todo lo que es. El alma… la forma de las formas.

 

Me pregunto si, como San Ambrosio, eres

capaz de leer in immensum loqui.

 

 

 

III. Dios envió los clérigos, mas el diablo envió bufones.

 

La sangre en lluvia, el condesito, resplandor blanquecino de su ser. Sus ojos fríos como el mar miraron el Tajo desierto y mudo. Hojosos ramos en cortejo fúnebre: su madera es dura de color rojo como el fruto: Liliata rutilantium te confessorum turma circundet: iubilantium te virginum chorus excipiat… Sus flores verdes, a modo de ramilletes. Pavorosamente perdida, la ciudad.

 

Oh María, virgen santa, finalmente mi espíritu adivino…

Oh María, virgen santa… ¿sobre qué sangre caminar?

Como si hubiese teñido su sombra en veneno asirio, como en púrpura las lanas blancas.

 

 

 

IV. Yo no tengo caridad.

 

Lluvia es que el templo está encendido. Va iluminado por dentro el condesito, en disposición presbiterial: exorcista, acólito y ostiario. Tiene potestad para admitir los dignos y la ejerce entre difuntos: Agüedita, Nativa, Miguel…cuidado, cuidadito con ir por ahí, por donde acaban de pasar gangueando sus memorias dobladoras penas, hacia el silencioso corral: Almada, César, Samuel… holgazanes de arte e industria, no vaguéis de alma en alma, fingiendo pobreza, hurtando artificios.

No vaguéis de alma en alma pregonando cenizas.

 

Cuidado, cuidadito con ir por ahí salmodeando lección superior al desengaño. Como si Lisboa fuese casa santísima y misericordiosa.

Como si fuese, Lisboa.

 

 

 

V. “¿Usted sabe cuántos de los míos ardieron? En Pskov, en Novgorod…”.

 

Una dolorosa enfermedad, el condesito. Qué milagrosa manera ésta de caer, vestido como era de noble color, humilde y honesto. Persona devota sin duda, oyendo los divinos oficios en hábito sanguino. No hubo médico o medicastro —ni por filosofía natural, ni por física, ni por arte de astrología— que para esta enfermedad tuviese cura. Que el condesito llamaba a la muerte y decía: dulce, dulce muerte, ven a mí, que ya yo llevo puesto tu color.

 

Como si la mar tuviese vientre y Lisboa sólo sepulcros.

Como si la nada fuese en olor de hoja de olivo.

Tomado de:

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Diario/01_11_11_08.html

 

 

Roma

 

Me pongo a mirar por la ventana y decido pintarme de azul hasta las uñas. Con un pincelito me pinto de azul muy poco a poco y me convierto en la aurora de mí mismo. Si hace sol, se agrietará la aurora como tierra; mas si llueve, si lloviese, me desvaneceré en mí como los ríos. Seré profundo entonces, profundo y abismado. Comerciaré con pieles y con peces, seré ajeno. Y si me fuese necesaria la renuncia —porque parto para Quito o porque sí— me refugiaré en la boca de los mares, criatura sin vientre y sin sepulcro.

 

(Tomado del libro Dulcamaras. Valencia, España: Germanía.

Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya, 2001)

Tomado de:

https://permutante.wordpress.com/2018/08/16/roma-un-poema-en-prosa-de-alejandro-burgos-bernal-bogota-colombia-1970/


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