Seth (poética)
Han sido meses y días y horas en que con
desconsolada piedad me he dispuesto a la poesía como si ésta fuese un enigma,
un enigma o una piedra. El significado de la vocación poética se me ha ido
dando a través de una imagen: el corto viaje de Seth a las puertas del paraíso,
su padre moribundo sobre la tierra agria y seca y cuatro generaciones de
hombres que lo lloran y un árbol que crece en sus entrañas.
Seth como emisario del padre enfermo
recorre la distancia que separa el paraíso de la tierra infértil de su estirpe.
Lleva consigo una aceitera con el fin de rogar al ángel guardián del paraíso
que le de unas cuantas gotas del aceite de la misericordia, aceite que había de
servir a su padre quien por vez primera en el tiempo del mundo enfrentaba la
muerte. Mas no tuvo a bien el ángel dar un poco de ese aceite de lástima, no
tuvo a bien salvar la vida con la piedad. En cambio del aceite el ángel dio a
Seth una ramita de árbol: plantada y crecida en árbol daría la cura al
moribundo. Mas antes que Seth volviera, la aceitera vacía y en mano una ramita,
antes que volviera terminaba la batalla. Formas brillantes como dientes yacían
en tierra cerca del cuerpo muerto, la espesura se cerraba, antes que Seth
volviera todo hubo de ser perdido.
Seth entonces –aceite onfacino fue aquello,
aceite de almendra amarga sobre la herida- puso la ramita en la boca del padre
muerto. De aquí, aquí crecería en árbol algún día.
Fueron meses y días y horas en que con
desconsolada piedad me dispuse a la poesía: no sabía –la imagen es siempre un
enigma- y tal vez no me sea dado saberlo, y ha de ser milagrosa esta secreta
vía, milagrosa esta cruz exigua, no sabía la cualidad de la poesía ni su
manera. Supe –de piedra es la sombra del árbol- supe que el enigma de la poesía
era como un cristal de roca: transparente y mutable y duro.
Una herida
dolorosa
como un ojo,
profunda y vertical
como la lengua.
LIMINAR
Estoy encerrado en un árbol.
El árbol grita a su manera.
Augusto Roa Bastos
Que lo estuve,
y si lo estoy es un rumorío de ramas secas este articular elementos de
transparencia. Encerrado en un árbol. En su grito a su manera, perenne manera,
leñosa, elevada manera. Arborescido de poco más o menos sobre la ribera,
ribaldo, arborezco de mezquina riba, non veo do ribar, no vi do ribar y le
vendí mi alma. De poco más o menos a sur del puente, fábrica de piedra,
ladrillo, madera y hierro. Que si grito, mas tan sólo si susurrase, polvúsculo
en potencia de diafanidad, ahora menudencia de tierra, muy seca sequedad de
fauces, hiena secaña; si grito exhalo sombras. Y en estornudos se me van las
arbustivas pausas, obligaciones tonales en modo menor, debe ser mi manera de
llover.
Ripios de niebla, delgados, desiguales, sin
pulir, teja techumbre de la obscurecida tierra, soy poco de voz y mis propias
cosas, enclenques de común decir, de débil sentencia. Añublo sin olor del día,
de la luz con sus tintas, de la luz de sus ojos, de la vida de su vida. Ya la
vida peligro en José de Arimatea, anteomnia, pero fue en sombra de grandeza,
más bien bermellón, más bien carmín fino, más bien sombra de Venecia; lo mío es
sombra de hueso, color obscuro, blancor ofuscado, amarillo biliar, de entraña,
de entraña enferma; si el oso enferma come hormigas. Mi sombra es hormiguera,
roe retoños. Mi sombra, osario, no desmiente el hambre.
De raso hago lugar, aldeorrio raído,
arrasados los ojos, hinchados, de lágrimas guijarros, de lágrimas piedras,
empedrando aldealrío, flor de cardo silvestre soy, buche del río, en mí cuaja
culantro, maná sin olor a miel, mana cuajarón helado, mana rocío, sí, rocío,
lluvia tenue por manda en razón del frío, ínfima región del aire, mi tierra,
Santo Antonio Abad, mi tierra: ese blanco vellón leve.
Marisma (Cartas del Tío José)
En ellas vivo desde mi infancia. Me fueron
dadas a pocos días de mi nacimiento y somos dos o tres los pocos que poseemos
propiedades tan pobres y desde tan temprano. En lo que a mi concierne poseo un
cofrecito de hechura tumbada, sin forrar, color obscuro, en el que guardaban
migajitas de una especie de pan agrio. Eran esas, según mi tío, las pocas
cenizas de Lautréamont.
En ellas vivo desde mi infancia y si bien
poco menos que arena y barro de polvo, si bien son sólo migajitas, mi tío allí
me bautizó y de éstas mis propiedades me heredó algunas venturas. Ínfimos
milagros, se entiende, más bien deslumbramientos. Yo lo aprendí pronto y
aprendí a habitarlas sin devoción, con su enfermiza calura transformándose en
palabras duras y secas como ramas de dulcamara.
En ellas vivo desde mi infancia, condesito
ceniciento de un reino en seca.
En ellas vivo y sólo de ellas sé.
Cada tanto, sin orden, me llegan las cartas
de mi tío como cuando amaina la mareta. Representan lo más cercano que me es
posible a una visión de la realidad. En esas ocasiones llueve sobre mis
propiedades, llueve una lloviznita áspera y tíbia, una pobre llovizna
cenicienta. Yo en esos días quisiese como renunciar, como ofrecerme en inaudita
caridad. Yo en esos días, la piel seca como cuero curtido, pobre hombre torcido
como árbol, yo en esos días, no sé, como que me dan ganas de morir.
La segunda carta
La segunda carta llegó desde Cimbra. Yo
aprendía a comulgar con tu pan: un rito simple, natural como ese florecer de
algas secas sobre las leñas podridas de mi costa. Crecía así el frágil
territorio de los muertos. Crecía tu voz desde la herrumbre, el verdín del
borde de las cosas.
“¿Habías notado?, lluvia es que el templo
esté encendido, qué tanto esplendor de café Santa Cruz, qué tanto esplendor de
Rua das Flores, que tanto esplendor de domingo Mondego, camina para arriba,
camina para abajo, tanto esplendor de portinho, de pastel de nata y café en la
esquina, tanto esplendor mi cuarto, mi balcón, mi ventana, mi mañana
amaneciendo, luces bajas, frío nuevo, tanto esplendor encendiéndose en el
enramado derrumbe de los cielos, las hojas tan brillantes de un árbol de agua,
las aguas amarillas de un otoño del sol que se sumerge. ¿Habías notado,
condesito?, lluvia es que la iglesia se ilumine por dentro”.
Bajabas, tío, bajabas de hospital en
hospital. Todo en ti era claro. Te preguntabas cómo te era posible la voluntad,
cómo aún la voluntad te era posible. Me prevenías: ¿por qué de la voluntad has
hecho mirada?
Lisboa no te fue casa, tío, Lisboa te fue
hospital.
Sus sábanas tan blancas y su excelente
pescado.
Tomado de:
https://eugeniasancheznieto.blogspot.com/2016/02/alejandro-burgos-seth-poetica.html
Sobre la vocación
Dicho sea de paso: la
poesía de Fernando Pessoa es
imágenes de Lisboa, es sólo
imágenes de Lisboa
I. Simplicidad sin ostentación.
El condesito despierta en
la ciudad de Lisboa, despierta en la puerta de cafés, bajo la lluvia
entorrenciada de su sueño y a la vuelta de esquinas —Lourenço Santos Ltda.
Camiseiros o tal vez la Tabaquería Pires en Rua da Prata esquina—como bajo
paraguas metafísicos, cortando en la lluvia una flaca vigilia, una columna de
sombra seca, a la vuelta de esquinas —y sólo a veces, sólo a veces… es que el
sueño es triste— se va cruzando con sus vísperas como si hubiese querido
renunciar a la lluvia o enflaquecer de caridad. Como si alguna expresión de
realidad hubiese de persistir en el desamparo.
Como si hubiese velado toda
la noche en oración.
II. Mientras que algo es bello es posible aferrar su esencia.
Ayunó el condesito, sin ser
témporas ni vigilias. Hora tras hora fue su sombra. Se detuvo en los cafés,
Lisboas sin Fernando —¿qué habrá sido de él? Fernando—, tabaquerías sin Alves
ni marismas. Es fantástico cómo se tomaba una botella de aguardiente, de esas
de antes con el tapón de vidrio… como si se quisiera matar. Pero no, no es eso,
no es eso: a pecho abierto no se escuchan lamentos de mercado, una lejana
vigilia sí, un corazón que nunca duerme, mas tan leve que ni tan siquiera es
vida; a pecho abierto, desde el acabarse la de nona hasta ponerse el sol—oficio
divino al fin y al cabo—, mirad, la Rua do Alecrim enneblinada.
Como si se pudiese morir de
iniquidad.
Como si el alma fuese todo
lo que es. El alma… la forma de las formas.
Me pregunto si, como San
Ambrosio, eres
capaz de leer in immensum
loqui.
III. Dios envió los clérigos, mas el diablo envió bufones.
La sangre en lluvia, el
condesito, resplandor blanquecino de su ser. Sus ojos fríos como el mar miraron
el Tajo desierto y mudo. Hojosos ramos en cortejo fúnebre: su madera es dura de
color rojo como el fruto: Liliata rutilantium te confessorum turma circundet:
iubilantium te virginum chorus excipiat… Sus flores verdes, a modo de
ramilletes. Pavorosamente perdida, la ciudad.
Oh María, virgen santa,
finalmente mi espíritu adivino…
Oh María, virgen santa…
¿sobre qué sangre caminar?
Como si hubiese teñido su
sombra en veneno asirio, como en púrpura las lanas blancas.
IV. Yo no tengo caridad.
Lluvia es que el templo
está encendido. Va iluminado por dentro el condesito, en disposición
presbiterial: exorcista, acólito y ostiario. Tiene potestad para admitir los
dignos y la ejerce entre difuntos: Agüedita, Nativa, Miguel…cuidado, cuidadito
con ir por ahí, por donde acaban de pasar gangueando sus memorias dobladoras
penas, hacia el silencioso corral: Almada, César, Samuel… holgazanes de arte e
industria, no vaguéis de alma en alma, fingiendo pobreza, hurtando artificios.
No vaguéis de alma en alma
pregonando cenizas.
Cuidado, cuidadito con ir
por ahí salmodeando lección superior al desengaño. Como si Lisboa fuese casa
santísima y misericordiosa.
Como si fuese, Lisboa.
V. “¿Usted sabe cuántos de los míos ardieron? En Pskov, en Novgorod…”.
Una dolorosa enfermedad, el
condesito. Qué milagrosa manera ésta de caer, vestido como era de noble color,
humilde y honesto. Persona devota sin duda, oyendo los divinos oficios en
hábito sanguino. No hubo médico o medicastro —ni por filosofía natural, ni por
física, ni por arte de astrología— que para esta enfermedad tuviese cura. Que
el condesito llamaba a la muerte y decía: dulce, dulce muerte, ven a mí, que ya
yo llevo puesto tu color.
Como si la mar tuviese
vientre y Lisboa sólo sepulcros.
Como si la nada fuese en
olor de hoja de olivo.
Tomado de:
https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Diario/01_11_11_08.html
Roma
Me pongo a mirar por la
ventana y decido pintarme de azul hasta las uñas. Con un pincelito me pinto de
azul muy poco a poco y me convierto en la aurora de mí mismo. Si hace sol, se
agrietará la aurora como tierra; mas si llueve, si lloviese, me desvaneceré en
mí como los ríos. Seré profundo entonces, profundo y abismado. Comerciaré con
pieles y con peces, seré ajeno. Y si me fuese necesaria la renuncia —porque
parto para Quito o porque sí— me refugiaré en la boca de los mares, criatura
sin vientre y sin sepulcro.
(Tomado del libro
Dulcamaras. Valencia, España: Germanía.
Premio Internacional de
Poesía Gabriel Celaya, 2001)
Tomado de:

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