A escribir de otra suerte
Yo, que he sobrevivido a los abrazos
férreos de turismos y que luzco en el hombro
tres cicatrices rectas —las palas de la hélice
de una lancha maldita—; yo, que suelo
encontrarme dinero y que una vez
visité por sorpresa a un conocido
y entré en su casa abierta
y lo encontré dormido y sosegado
pero vivo –el idiota–
junto a media botella de líquido de frenos;
yo, primero del clan en nacer bajo el sol
y el primero de toda la familia
que ha podido leer en castellano
el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; yo,
que recibí el regalo de la vista
y que he podido usarlo para ver
la escultura de Apolo y Dafne de Bernini;
y finalmente yo, colmo de colmos,
que usurpo tu mirada en este instante,
apreciado lector, lectora, yo,
que de entre mil poetas más notables
he obtenido la ofrenda de tu tiempo,
puedo decirte ahora
que la suerte no existe para nadie
que no haya sido amado mientras ama.
Poema adentro
Cuando escribo me acerco a las respuestas,
soy resiliente y listo como un tordo
cuando escribo despacio
sobre el papel que, luego, en unas horas,
o puede que, en un año, leeré
con desesperación y con urgencia
porque no sabré nada de la vida,
porque seré el de siempre; el que no soy
en este instante cuando escribo «coma»
cuando escribo este verso, con confianza,
valiente y muy tranquilo,
porque aquí tengo todas las respuestas
y no existe otro golpe que los ritmos
en desfile y jamás se ha muerto nadie
dejando un verso a medias. O eso creo.
Dudo, y dudar presagia ya el final,
el retorno del hombre sin propósito,
el hombre torpe y solo
que en vano buscará en estas palabras
el sentido de todo lo que hay fuera.
Las marcas de cantero
De los templos antiguos tan solo me interesan
las marcas de cantero,
de las pandemias graves con nombre propio solo
las colillas pisadas frente a los hospitales.
Mis neblinosos años de estudiante
los pasé descifrando el braille infecto
de los chicles pegados debajo del pupitre.
Para cenar elijo restaurantes
donde el menú contenga faltas de ortografía.
Del amor me fascinan
los llaveros que nadie se decide a tirar
y de los coches viejos, claro, el número
triunfante del odómetro.
De las cafeterías
las puertas abolladas de los frigos,
de los rodajes multimillonarios
las pinzas de la ropa que sujetan
los cables de los técnicos de luz.
De mis propios poemas me interesa la sombra
que a veces aparece debajo de los versos
si llevo muchas horas.
Me gusta la informática;
las carpetas ocultas en un lápiz
de memoria perdido debajo del sofá.
De los amigos fieles, las manías,
de la familia muerta, las certezas,
de las playas los cubos de basura
rebosantes con latas
puestas en equilibrio por encima.
Me interesan muy poco el porvenir
y el miedo. No me gustan
los cubiertos de plástico
ni las guerras de drones.
Si tengo que escoger,
querré siempre en mi equipo al traductor
ineficaz de todos los carteles
de los ferris del mundo. Me interesan
de nuestras vidas breves solamente
los signos lapidarios,
los recuerdos difusos de las noches
que no sabemos bien si sucedieron.
¿Desea guardar?
Everything not saved
will be lost
Escribo sobre trece versos de la Odisea
desenterrados hoy tras diecisiete siglos
de no decir ni mu.
Sabe esta arcilla a tiempo y a milagro.
Escribo en un archivo que almacena la nube
porque me aterroriza que se borre,
que nadie sepa nunca que hoy escribo
los versos del futuro en mi portátil.
Por eso estás leyendo esto en papel:
el maestro impresor ha ordenado los tipos
y una improbable imprenta
convirtió la pantalla en un objeto
hermoso e independiente.
Y ahora puedo dormir un poco más tranquilo.
[Se lo advirtió Nintendo al niño que me habita:
todo lo que no guardes acabará perdido.]
Tomado de:
https://www.casapais.org/la-fiesta-junto-al-rio/cinco-poemas-ben-clark
Revolución
Contra todo florecen los almendros.
Protesta radical e inquebrantable.
Este siglo veloz sin concesiones
ya no tiene un talón
visible; más que un ojo tiene mil
y no hay David que pueda ya vencerlo.
Escasean los héroes
en esta era de plasma
y, con todo, florecen los almendros.
Creer en el amor tampoco sirve
–contra el amor las flores han marchado–,
de amor están repletas las cunetas;
entre los vivos sólo
persiste el verde amor por el dinero.
Mienten las dependientas el catorce
y por eso florecen los almendros.
Por el sapo dorado, el tigre persa,
por el león del cabo y el dodo,
el pingüino gigante,
el águila de Haast y el tilacín,
la paloma viajera, el pájaro carpintero
Imperial, por el ciervo de Schomburgk
llevan su luto blanco los almendros.
Porque hoy en día existen los esclavos
–las flores lo repiten: ¡hay esclavos!–
y lugares oscuros
y cárceles sin nombre
donde la vida es sólo un agujero.
Con la voz de los mudos se resisten
a callar los almendros.
Hay un dolor oculto en primavera,
nada sabe del hombre, de su historia
de guerras y desastres,
también este dolor es algo hermoso,
hermoso, ambiguo y brevemente eterno;
es la pena inefable
que hace estallar de amor a los almendros.
En este florecer tan subversivo
se han ido las pasiones de otros años,
se ha ido la esperanza
con la escarcha de enero y con el agua
que tímido se adentra en un febrero
que es testigo del cambio y del combate:
contra todo florecen los almendros. La Hoja de Arena
¿Y tú qué opinas?
Tomado de:
https://www.lahojadearena.com/poemas-de-ben-clark/
SELF SERVICE
Para Sara
Yo nunca he pretendido nada más:
estar vivo y consciente cuando mueras;
porque yo no me fío,
porque al final no hay nadie más que uno
mismo y su tozudez y, claro está,
su amor.
Haz con tu vida lo que quieras,
no te estoy proponiendo ningún pacto.
La gente es cada vez más y más joven
y no es justo exigirle lo imposible.
Así que me reafirmo y me prometo
y me cuido y procuro no morir
para hacerte vivir un poco más,
en mí.
Tomado de:
https://airenuestro.com/2020/02/24/poemas-escogidos-ben-clark-2/
Mi hijo, el poeta
mi propio corazón
una ciudad con un terrorista
atrincherado en el
despacho del alcalde.
Stephen Dunn
Si Padre llega tarde no es porque tenga miedo
ni porque arranque al fin la primavera
y con ella los coches deshuesados
que ponen rumbo al mar.
Si Padre llega tarde
a la tercera planta, Sala 6,
cardiología,
será por un despiste o porque quiere,
porque, con todo, es dueño —todavía—
de estas pequeñas cosas que no importan.
Y dicen nuestro nombre y me sonríe,
victorioso y anciano y en sus ojos
danza un pirata dueño de un secreto.
La doctora es más joven que el poeta
y el pirata me apunta con la pata
de palo y el secreto se posa en su hombro izquierdo:
Este es mi hijo, barbulla y ya no quedan
mesas libres en ninguna terraza y menudo día
para ser otra cosa; millonario
con camisa pistacho; surfer; mendigo al sol
con los ojos cerrados, sonriendo.
Un día para estar en otro sitio.
Un día sin tener que hablar de nada.
Este es mi hijo, el poeta.
Y el secreto aletea en la consulta
repitiendo la frase, poseído
por la ira de las arenas insomnes y por el blanco
impoluto de la bata. Mi hijo, repite mi padre
y el secreto regresa a su hombro izquierdo
y nadie dice nada en la tercera
planta de la sala 6. Cardiología.
Arte
The disease had sharpened my senses
Edgar Allan Poe
La doctora dibuja un corazón
que no tiene forma de corazón.
Un corazón enfermo, un vienés
que baila mal el vals; la bomba atómica
del hombre que hay sentado a mi derecha.
Y juntos contemplamos al culpable.
Y juntos contemplamos a la víctima.
Su representación (esto no es…).
La doctora dibuja un corazón
y explica que la muerte llegará
aquí, o aquí, o aquí, o aquí
aunque puede que no, puede que no.
La doctora no sabe dibujar
pero traza sin miedo,
y al hablar por teléfono sombrea
los bordes con un gesto de fastidio.
«Ya lo decía Hipócrates…», nos dice,
y antes de despedirnos guarda el esbozo enfermo
en un cajón con llave.
La vela
Y yo era del sol y el sol era bueno
y yo era de las nubes y del mar
y así estaba bien.
Y tú eras el acero y la montaña
y el tiempo consumido y el futuro.
Y yo era de las muelas bucaneras
y de los huesos rotos y del parche
del ojo vago y tú eras de las noches
cuando se iba la luz; la vela amable
y milagrosa tú, mi mundo mago.
Difusión simple
Es extraño vivir, pertenecer
al reducido mundo en movimiento.
Es extraño vivir y beber zumos
sobre arenas doradas en septiembre,
hablar con el objeto de tu amor
—porque vive también
a pesar de que sea algo improbable—.
Es extraño vivir y caminar tranquilo
sobre la piel reseca de los muertos,
no estar con ellos, no ser uno de ellos
—ni siquiera pensarlos todo el rato—.
Los muertos son millones y uno solo;
un cuerpo que se encoge. Nada más.
Es sencillo entender su podredumbre
y el engranaje simple de su olvido.
Pero existir. Estar. Desafiar
con tu sola presencia al gran ejército
de la noche requiere un pensamiento
abrumador, inútil, complicado.
Y sin embargo es fácil contentarse
con esta extraña dicha que es saberse
y descubrirse día a día en el reflejo;
celebrar las miserias porque son
cuando todo podría no ser más,
y salir al tedioso mundo infame
armado con el don de estar cansado
y dolorido. Ser. Pertenecer
al diminuto imperio del aliento.
Tomado de:
https://msur.es/artes/ben-clark/


