miércoles, 25 de marzo de 2026

POEMAS DE FERNANDO CHARRY LARA - RECORDANDO EL GRUPO MITO -


Ciudad

 

Por el aire se escucha el alarido, el eco, la distancia.

 

Alguien con el viento cruza por las esquinas y es un

instante

su mirada como puñal que arañara la sombra.

Desde el desvelo se oyen sus pisadas alejarse en secreto

por la calle desierta tras un grito.

 

Una mujer o nave o nube por la noche desliza como río.

Junto al agua taciturna de los pasos

nadie le observa el rostro, su perfil helado

frente al silencio blanco del muro.

 

(Por el mar bajo la luna su navegación no sería

tan lenta y pálida,

como por los andenes, ondulante,

su clara forma en olas

avanza y retrocede.

 

Esos pasos, rozando el aire, se niegan a la tierra:

no es el repetido cuerpo que en hoteles de media hora

entre repentinos amantes y porteros

su desnudo deslumbra bajo manos y manos

y despierta soñoliento en un

apagado movimiento

mientras a la memoria

acuden en desorden lamentos.

 

En la oscuridad son relámpagos

la humedad en llamas de esos ojos

de oculta fiera sorprendida,

y algo instantáneo brilla,

la rebeldía del ángel súbito

y su desaparición en la tiniebla).

 

La noche, la plaza, la desolación

de la columna esbelta contra el tiempo.

Entonces, un ruido agudo y subterráneo

desgarra el silencio

de rieles por donde coches pesados de sueño

viajan hacia las estaciones del Infierno.

 

Duermevela el reloj, su campanada el aire rasga claro.

En el desierto de las oficinas, en patios,

en pabellones de enronquecida luz sombría,

el silencio con la luna crece

y, no por jardines, se estaciona en bocinas,

en talleres, en bares,

en cansados salones de mujeres solas,

hasta cuando, como con fatiga,

la sombra se desvanece en sombra más espesa.

 

Desde la fiebre en círculos de cielos rasos,

oh triste vagabundo entre nubes de piedra,

el sonámbulo arrastra su delirio por las aceras.

El viento corre tras devastaciones y vacíos,

resbala oculto tal navaja que unos dedos acarician,

retrocede ante el sueño erguido de las torres,

inunda desordenadamente calles como un mar en derrota.

Siguen por avenidas sus alas, su vuelo lúgubre por

                                                           suburbios:

se ahonda la eternidad de un solo instante

y por el aire resuena el alarido, el eco, la distancia.

 

Muerte y vida avanzan

por entre aquella oscura invasión de fantasmas.

Los cuerpos son uniformemente silenciosos y caídos.

Un cuerpo muere, más otro dulce y tibio cuerpo apenas

                                                                  duerme

y la respiración ardiente de su piel

estremece en el lecho al solitario,

llegándole en aromas desde lejos, desde un bosque

de jóvenes y nocturnas vegetaciones.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Como la ola

 

Con llegada de espuma hasta la playa triste,

oscura ola de esplendor lunar extendido,

tú cruzas, tú cruzas

con remoto ardor despertando mi beso

en el mar delirante de la noche.

 

En fuga siempre, llena de reflejos,

reconstruyendo a solas lo amargo y lo distante,

o recostada un poco a la luz de los crepúsculos,

así mejor dibujo la melancolía de su retrato:

junto al piano, a la ventana

de irrespirables sueños, a la música de súbito callada,

esperando una voz que llega como el eco a las zonas

desiertas.

 

Nocturna entonces,

como la piel,

como lo profundo de los besos,

como la noche de los árboles,

como el amor sería junto a su cabellera.

 

Luego, sin sonido,

espuma silenciosa tras la sombra,

entre el rumor apagado de los pasos,

desnuda huyes, pálida ola,

no se te reconoce.

 

 

El exilio

 

El hombre entristecido mira

caer vehemente la luz a su ventana:

distraído contempla la distancia

de espumas como olas, lejanías.

 

Leves despiertan a su nostalgia

los reflejos de otros días,

y es ocio y congoja de una tarde

por gracia de este cielo,

que a su imagen

es mar azul, playas doradas, islas,

regresar desde la claridad de unas nubes

en el desmayo ávido del instante

hacia la antigua soledad remota.

 

Mas no puede la frente melancólica

soñar con esperanza sus recuerdos.

Volver a la tierra perdida

sería también deslumbramiento amargo:

un sol ajeno se levanta

como espada en mano enemiga.

Y su deseo es apenas

la pasión lánguida de la adolescencia en olvido,

un indolente jardín o una calle,

su deseo es apenas un aire,

si nocturno, de borrosas estrellas,

si de fulgor o nieve,

si de sol sangriento en el ocaso.

 

Sin testigo,

la obscuridad del rostro en los cristales,

bajo la luz que anochece punzante a la ventana

sus miradas entonces se obstinan,

frías, tenaces de silencio,

más allá,

entre vagas nubes o mares.

 

Puñal siempre en el pecho es la memoria.

Callar consuelo ha sido.

Mejor será

morir secretamente a solas.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

El lago

 

         By the waters of Leman I sat down and wept

                                                                                                                        T. S. Eliot

 

Érase entre la luz de la mañana

Alta y desierta nube de otro tiempo

Me mirabas llegar desconocido

Aire írio cristal pálido día

Llovía luego un agua verde entre el paisaje

Un agua azul y plata por el lago

Un agua ronca con sollozo a mares

Despedazándose rota en ventanales

Me veías llegar desconocido me veías

Amante que perdió su memoria el rostro amado

Me veías ráfaga de huracanadas

Olas de luz y viento y tempestades

 

Dejabas penetrado de relámpagos

Al extranjero corazón a oscuras

La ciudad que rodea de verdor el lago

Cuando a la hora última la tarde

Dejabas tu desolación en las esquinas

Cuerpo insinuándose al recuerdo

Dejabas tus sedosas violetas esparcidas

 

El mundo extraño apenas prodigando

Leves fulgores perlas por el aire

Frágil contra la sombra el muro el árbol

La viuda cabellera de las luces

De noche tiernas lunas

Sobre los pavimentos y las lluvias

 

Cuando eres tú y a tu lado impalpable

Una joven cintura entredormida

O femenino cráter insospechado ardiendo

Ebrio de tristes pasos cuando el eco

Por soledades vagas como espejos

Como calles por nadie nunca recorridas

Que hace más años tú ya presentías

Ser el desconocido

De súbito al encuentro

 

El rugido del viento en las orillas

Ecos de ahogados flotan sordamente en insomnio

La oscuridad el cielo inmóvil

Las aguas que noche y día son tu pensamiento

Lago tal corazón desbordado

Bajo la madrugada sollozando

A solas su imagen tan desierta

Un momento le creíste

palpitación o llamarada

Como tú

De amor y luz y tiempo ausentes

Contemplar aún su claro pecho irisado

Mientras la vastedad del agua amaneciendo

Lago era entonces sin furor

Invisible al deseo

Cuello jazmín apenas

Solitario de silenciosa blancura

Muslos apenas grises de nácares helados

 

Alejándose entonces la presencia y el sueño

Borrando al alba en cansancio su latir obstinado

Llegar por fin a ti la vida en secreto

La vida ahora que asoma entre tus labios

Tus mudos labios volviendo a tu vida

Aquel desconocido

De siempre a tu encuentro

El cuerpo del pensamiento de ti mismo

Aquel

Amante que perdió su memoria el rostro amado

Huésped del laberinto y la nada.

 

 

El verso llega de noche

 

En la ciudad de bruma la fiesta

de las noches es un bosque

de cabelleras oscuras y de estrellas.

 

Turbándome con sus pálidos dedos de rocío

como entre los amantes sorpresivas palabras,

su silencio enloquece las plazas solitarias,

las calles, los ámbitos callados

por donde pasa el aire misterioso de siempre.

 

Es el rumor, las alas

como ala anochecer la sombra

de una cabellera en las manos.

Es el rumor vagando entre vientos,

entre lúgubres vientos

en que sollozan luces

y espejos de la ciudad nocturna.

 

Es el rumor, las sílabas

que nacen y llevan una canción

al corazón que sueña,

una canción, las sílabas

creciendo en medio de la niebla

o tal flor desnuda bajo la lluvia,

(nunca hemos amado tanto, nadie

sabrá decir que hemos amado tanto

en una noche.

En nuestro corazón resuenan los horizontes

y resuena también la vecindad de la tierra.)

 

El verso silencioso fue en la noche,

el verso claro fue el instinto

bajo ruda corteza o piel amarga.

El verso, palabras ceñían los cuerpos

delgados de las mujeres,

sus claros cuerpos bajo la luna

suspendidos en la música,

sílabas ceñían sus cuerpos

como voces ardientes, como llamas.

 

En un árbol de lluvia que gime al viento

sus canciones,

sube la sangre en río sollozando ligera

y soporto encendida la tristeza de un grito

largamente tendido en medio de la noche.

 

De la noche sedienta, de la innúmera noche,

de la noche que guarda

los deseos como sombras,

de las dolorosas, mudas sombras amadas,

sombras de los deseos

sombras de un antiguo amargo silencio.

Amargo, sí, errante silencio en que no queda

sino el poema en la noche,

como recuerdo herido por el filo de un beso.

 

 

Fantasma

 

Esbelta sombra dulce, sombra con ademán de entrega,

cuerpo en forma de cielo y sueño, reposas en el aire,

rompes el silencio con el corazón a borbotones,

pero me dejas en suspenso, extraña.

sólo palpitación, sólo deseo,

hallazgo imprevisto de mi destino ignorado.

 

Como distancia enlunada y desierta,

así de soledad y palidez te imagino, así

te construye mi pensamiento, me llegas, te amo.

Lo impenetrable de mi ser creas a tu imagen misma,

mas sólo existes

en el temblor y fascinación ante tu llamarada oscura,

en esta nube en desvelo o cárcel solitaria de mi frente,

y en el recuerdo también

de aquel salón con alas en que duerme el hermano muerto

y un vuelo repentino esas alas, esa ráfaga fría.

 

Yo no sé descender sino a ti misma, viva,

sin hallar jamás la huella bajo tus pies de otra música

sino solamente el trote,

la desesperación de desencadenados caballos nocturnos.

 

¿Es sólo un lamento que huye

ese cuerpo tuyo por el que sueño y muero?

¿La luz que te ciñe y persigue

en esa sombra por la que vaga desierta mi caricia?

Sin embargo tu desnuda sombra es dulce,

fantasma, como yo, ¡de polvo y nostalgia!

y si aparte de esta avidez en llamas

fueras leve criatura al lado,

junto a ti el aire a tu paso como ángeles serían blancas, blandas espadas,

un diluvio, a lo lejos, un caer de invisibles, inmóviles relámpagos.

 

Yo no sé, yo no sé por qué mi mano anhelante,

por qué la obstinación de mi mano como un mar de noche y sin reposo,

no te encuentra finalmente, o mi beso, al rozar esta sombra,

al contemplarte a solas, oh tú creada de pensamiento mío,

si no en el atardecer de un desdeñoso juego de espejos,

rodeada por la música del día y soles y avenidas,

pero de pronto la evidencia

de no ser ni haber sido,

de no ser silencio,

solamente vacío.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Jardín nocturno

 

La mancha del cielo azul, sombras de árboles, sombras de nubes,

y alrededor muros, ruinas, piedras que en el silencio

son frío, si la mano, si el pensamiento las roza.

De noche, retraído y apasionado,

contemplar desde allí lo lejano.

Olvidado de sí, hambriento del mundo,

vagar entre luces, ciudades, veranos. Mas luego como

cuando uno, sin saberlo,

extiende por mares su corazón

y regresa al solo sitio en que sueña:

                                                               ha pasado

el tiempo, y sin embargo

está el fulgor lunar sobre la vida. Así ilumina,

así entristece viril

al hombre la soledad de su delirio.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Llanura de Tuluá

 

Al borde del camino, los dos cuerpos

uno junto del otro,

desde lejos parecen amarse.

Un hombre y una muchacha, delgadas

formas cálidas

tendidas en la hierba, devorándose.

Estrechamente enlazando sus cinturas

aquellos brazos jóvenes,

se piensa:

soñarán entregadas sus dos bocas,

sus silencios, sus manos, sus miradas.

Mas no hay beso, sino el viento

sino el aire

seco del verano sin movimiento.

Uno junto del otro están caídos,

muertos,

al borde del camino, los dos cuerpos.

Debieron ser esbeltas sus dos sombras

de languidez

adorándose en la tarde.

Y debieron ser terribles sus dos rostros

frente a las

amenazas y relámpagos.

Son cuerpos que son piedra, que son nada,

son cuerpos de mentira, mutilados,

de su suerte ignorantes, de su muerte,

y ahora, ya de cerca contemplados,

ocasión de voraces negras aves.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Llegar en silencio

 

Despierto en la noche lleno de palabras

como envuelta entre las llamas de la música

se levanta una casa en la distancia.

Un perfume hay, un valle de silencio,

un lento roce o beso se aproximan, callando,

si llega el delirio, el fulgor solitario del insomnio.

 

Quiero entonces una silenciosa figura humana,

quiero un rostro hasta mí llegar, quedarse lento,

quiero unas manos, un pecho, unos devoradores labios,

todo lo que un nocturno cuerpo nos entrega.

 

Hasta mi habitación podría llegar

con un paso de ola o lenta nave,

prolongado el deseo, espina de las noches.

 

Extendería entre los terciopelos húmedos de los besos

sus cálidos brazos,

hasta no ser sino un cuerpo

abandonado calladamente sobre otro.

 

Hasta morir así, hasta juntar los labios, los pasos

que con los pasos míos

recorren, como también el viento de la noche,

desiertos corredores donde se oye

llorar el escondido amor entre las sombras.

http://amediavoz.com/charry.htm

 

 

A la poesía 

 

Al soñar tu imagen,

bajo la luna sombría, el adolescente

de entonces hallaba

el desierto y la sed de su pecho.

Remoto fuego de resplandor helado,

llama donde palidece la agonía,

entre glaciales nubes enemigas

te imaginaba y era

como se sueña a la muerte mientras se vive.

Todo siendo, sin embargo, tan íntimo.

Apenas una habitación,

apenas el roce de un ala o un amor que atravesase noches,

con pausado vuelo lánguido,

con solamente el ruido, el resbalar

de la lluvia sobre dormidos hombros adorados.

 

Sí, dime de dónde llegabas, sueño o fantasma,

hasta mi propia sombra, dulce, tenaz, al lado.

Así asomas ahora,

silenciosa,

tal entre los recuerdos

el cuerpo amado avanza

y al despertar, a la orilla del lecho,

entre olvido y años,

al entreabrir los ojos a su deslumbramiento,

hoy es sólo

la gracia melancólica que huye,

invisible hermosura de otro tiempo.

 

No existe sino un día, un solo día,

existe un único día inextinguible,

lento taladro sin fin royendo sombras:

¡No soy aquel ni el otro,

y ayer ni ahora soy como soñaba!

 

Qué turbadora memoria recobrarte,

adorar de nuevo tu voracidad,

repasar la mano por tu cabellera en desorden,

brazo que ciñe una cintura en la oscuridad silenciosa.

Ser otra vez tú misma,

salobre respuesta casi sin palabras,

surgida de la noche

con tristes sonidos, rocas, lamentos arrancados del mar.

 

Tú sola, lunar y solar astro fugitivo,

contemplas perder al hombre su batalla

mas tú sola, secreta amante,

puedes compensarle su derrota con tu delirio.

Míralo por la tierra vagar a través de su tiniebla:

crúzalo con la espada de tu relámpago,

condúcelo a tu estación nocturna,

enajénalo con tu amor y tu desdén.

Y luego, en tu desnudez eterna,

abandóname tu cuerpo

y haz que sienta tibio tu labio cerca de mi beso,

para que otra vez, despierto entre los hombres,

te recuerde.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2012/05/dos-poemas-de-fernando-charry-lara/

 

 

EL SOLITARIO

 

Encantamiento sucesión de labios

Cadena

Cuerpo sin fin

Ola perpetua en mar sonando triste

Beso en rostro desierto

Casi piel casi mujer

Collares

Labios labios entreabiertos

Y sin embargo siempre hostil

Siempre vestida de impalpable

Atardecer como la lejanía

 

El viento el sol la nada donde habitas

La ausencia o la ficción con que

rodeas

 

Haces

 

Deshaces

 

 

TENDIDO EN EL LECHO

 

El mundo a tus sueños rendido.

La noche, distante aurora de otra tierra.

El mar y su salvaje

 

Tristeza de animal insomne bajo la luna.

Las olas que avanzan perseguidas

Como el amor indomable

Vagan en una vibración errante entre los aires.

 

Tú sientes en el pecho esas secretas

Reminiscencias puras de la vida.

 

Lejanas a los brazos

Y en el sueño próximas.

Y próximas más en esta hora,

En el íntimo abrigo de una habitación

Como al encuentro furtivo de dos amantes.

Lívida ante la sola desnudez deslumbrante.

 

Tendido de fatiga aquí en el lecho.

De los países extraños amaste

La belleza remota del otoño

Y el obstinado anochecer en el invierno

La ternura húmeda del paisaje

Tus pasos mudos en la ciudad descubierta

Tus pasos solitarios, el encuentro

De la adorable palidez como fantasma


 

Con el movimiento triste de los dedos

No apartes esa música

No despiertes a la vida:

Estas voces que el oído rozan como alas

Testigos han de ser del sueño a tus recuerdos.

Tomado de:

https://www.casadepoesiasilva.com/sin-categoria/fernando-charry-lara/

martes, 24 de marzo de 2026

POEMAS DE EDEL MORALES - DESDE NUESTA AMADA CUBA -


ANTES DEL BIG CRUNCH

 

 El Universo expande la finitud de sus cuerdas.

No hay bordes. Es de noche alrededor.

Y de estos versos —escritos para precisar un instante—

nada quedará, finalmente.

Lo sé, intentan una imagen imposible del suceso.

Perdura en ellos la magia antigua del cazador,

su fiebre por encontrar la huella en la espesura,

su destino entre el bien y el mal.

Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,

demasiado vergonzantes para una escritura

sumergida en el smog y en la frialdad de la época contemporánea.

Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.

Nada quedará de su impulso cegador. Nada

de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda.

Es de noche. El Universo se expande. No hay bordes.

Pero sí finitud en las cuerdas

y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño.

En esa fría indeterminación hago lecturas.

En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa

y sucesivos— y traduzco para un amigo estos versos:

hechos con una rara claridad que los condena

y los aleja de cualquier estética al uso.

Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.

Lo sé. Como sé que ninguna sustancia

escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.

Ni siquiera la luz.

 

 

AYER, MIENTRAS LEÍA A BORGES

 

 Ayer, mientras leía a Borges,

pensé de un modo diferente la tristeza.

El polvo al pie de las murallas

era el polvo apagado en una tarde de verano,

pero en la página viva

fue el pulso intemporal de una escritura

—suspendida desde antaño

entre el musgo y las losas de mármol—

y fue también la huella manifiesta de un origen

—perdida bajo el agua

en la memoria de cien generaciones—.

Nada de lo que llamamos real

hizo que pensara la tristeza de un modo diferente

—la vida es ahora virtual y distante

y débil es el pensamiento de la época, you know—.

Al pie de las murallas gocé tu desoladora belleza

y la belleza del mar recomenzando,

pero no deseaba en verdad un modo diferente

—la vida es ahora una copia

y tu cuerpo repetición de otros cuerpos

pasados y por venir—.

Los magníficos dramas hicieron a los griegos eternos

y a Shakespeare un hombre obligado y libre

—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:

en la tensa plenitud de su tiempo,

o en los espacios congelados de las videocintas,

el mito digital y la imagen—.

Nada en el mundo físico anunció el sentido

de aquella revelación; pero ayer, mientras leía a Borges

—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—

pensé de un modo diferente esa humana tristeza

y la serenidad y el oro de una página.

Tomado de:

https://elreporteroliterario.bigpress.net/texto-diario/mostrar/4969990/serenidad-oro-pagina-poemas-edel-morales-poesia-cubana-contemporanea

 

 

GASTADAS IMÁGENES DE ANTAÑO

 

 

Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

Costas de La Habana, abiertas

en los días de invierno de mil novecientos noventa,

que la tristeza no me obligue a ser otro.

Gastadas imágenes de antaño:

la piel de manzana de las niñas en un auto azul

y el ojo irónico de los hijos de Occidente

con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.

Costas de La Habana, dispuestas para el viaje

en las noches más frías de enero,

que la tristeza no me lleve a morir en las playas.

Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

 

 

LOS TEXTOS ESCOGIDOS

 

Después un amigo me envió unos textos de Borges.

Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo,

encuadernadas con el escaso papel de bodega que pudo pagar.

Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte

estaban las palabras, la ruidosa inocencia

de un gesto de juventud que descreía del fracaso

y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas.

Eran apenas cinco o seis los textos escogidos

 —una muestra ambiciosa y humilde, supe luego—,

entre los mil y un poemas que Borges tradujo,

mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.

 

Cafés de Palermo Viejo, calle Florida, certidumbre

y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.

Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,

la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.

El primer puente de Constitución y a mis pies

el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,

las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:

Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,

precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.

Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,

una inteligencia otra inteligencia,

una sensibilidad otra que vuelve en mi memoria circular.

 

Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.

Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia

que nos haga recordar los textos escogidos.

Tú buscas en los numerosos stands

cuál tipografía hará el milagro de eternizar

una circunstancia que sé azarosa y frágil.

En esos movimientos de mi vida adivino los Límites

de El otro, el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.

Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:

las palabras que intento para ti son también palabras

que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.

Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro y el tuyo.

 

 

DENTRO DE MIL O CINCUENTA AÑOS

 

Es por la felicidad que escribo estas cosas.

Los discos, el ocaso, las monedas, la espera

interminable bajo la sombra apacible de los árboles.

La silueta, ligeramente inclinada y sola,

de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,

tiende su ropa del día en los balcones blancos.

El silencio de las balsas que salen al mar

y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa

que habitaron, agitando sus manos en el agua.

Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.

Como esos pescadores que en el interior de sus botes

recogen el nailon y lo lanzan y ven pasar la luna

sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—

miro pasar la historia bajo la sombra apacible

de los árboles, y escribo estas levedades.

La profundidad del azul en el ojo del pez

me ofrece los mejores motivos.

No la fuerza con que el viento arrastra

cuando penetra en las ciudades del Golfo.

No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,

haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.

Escribo estas levedades para noches aún lejanas.

Para la felicidad de sorprenderme un instante

—dentro de mil o cincuenta años—

mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,

mientras el ocaso, las monedas, los discos

giran su espera interminable en el aire del mar.

Distinto en dolor a las balsas que parten

y a esos pasajeros que en silencio agitan sus manos,

intentando vanamente retener una costa

que ya para siempre se aleja.

 

 

NEGROS CON NOVIAS EN LA TARJA DE LEZAMA

  

 

Reclinados en la tarja de Lezama,

negros con novias estremecen Trocadero:

las tutean, las convidan, las abrazan,

se entregan con pasión a la más próxima.

Negros con novias en la tarja de Lezama,

en la paciencia semejante de un Espejo

que deambula su oquedad a ras del piso.

Negros con novias estremecen Trocadero

en la calle viva para todos los que ahora

fijan en las fotos la imagen de lo alterno.

Lo han hecho bien esta tarde y aún lo viven:

la vista es la constancia de su voz en la salita

del vecino, más caliente cada día, desgastada

por el clima fuerte y los olores de abandono;

la evidencia digital de un tiempo en fuga

hacia la noria permanente del mañana.

Negros con novias entre el humo del tabaco

y los zeppelines del año que acompañan ese ron

añejo ya anunciado, ya servido y tasado con pericia

su bouquet en el muro y los portales del Deuville.

Negros que abrazan a sus novias de postal,

suficientes ellas mismas, proyectivas y sinceras,

blanconazas duras de una estirpe liberada

que se pegan sin dobleces y prometen el disfrute,

la certeza de algo limpio en este día de Lecturas:

Mujeres con negros en la tarja de Lezama,

fijando inalterables su presencia en Trocadero;

mujeres que comparten el gusto de vivir al tope

con el trazo en su memoria de jardines invisibles;

mujeres de buen ver, sumergidas en el tiempo

y en la risa para irse con los negros a la costa,

a las rocas de este mar citadino de Galiano

donde otras blancas, otros negros, otras y otros,

acoplan en su lente la postal imaginada

antes de irse a la noche insular que sobreviene:

en su horizonte el sol penetra un agua en calma

para después seguir con su paso en el abismo.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2011/08/novedades-editoriales-seis-poetas-cubanos/

 

 

VIENDO LOS AUTOS PASAR HACIA OCCIDENTE

 

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,

se quedan vacías en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo

y una paz, una extraña y larga ausencia,

llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.

Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,

semejan un set, cuidadosamente preparado,

que espera el regreso de los actores para continuar la filmación.

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

todo es ausencia y espera en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,

viendo los autos pasar hacia Occidente.

Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros

pasar gustosa hacia otro hombre.

 


TERCERA MIRADA A LA PSICOLOGÍA DEL POEMA

 

Escojo palabras en la claridad del día.

Sé que es inútil —el resplandor,

los claroscuros, la más profunda sombra.

Quise un cuerpo limpio y fuerte.

Quise caminar por el país.

Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.

Escojo pedazos de agua en la claridad del día.

Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,

mi tristeza de niño frente al acero de las armas.

Ustedes no conocerán la historia.

Yo quisiera estar (sentado) en el suelo de una casa con varias maravillas al

alcance de la mano: una bebida fresca y excitante, una música que ayude a

caminar por el país, el brazo izquierdo y suave de una muchacha largamente

conocida, y las voces de mis (nueve) amigos más queridos y leales. Yo quisiera

que algún narrador contara por mí las dos historias.

Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.

Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,

la inocencia de un niño frente al peso de la Historia.

Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.

Veo pasar imágenes (superpuestas) del resplandor,

los claroscuros, la más profunda sombra.

Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día,

y escribo mi esperanza de que algún narrador pueda contar la historia.

Y gozo decir: Buenas noches, y no olviden.

 

 

CORTE DE LUZ

 

Toda la noche la casa ha estado vacía.

Viajaba en esa oscuridad: Babilonia, Atenas, el Cuzco

(ciudades que invitan a vivir otra vida

en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor).

Echado en la cama durante toda la noche

mira al techo vacío de la casa:

es blanco y está totalmente limpio de significados.

Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,

tanta posibilidad en las preguntas

que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana

(ciudades que ha visto pasar desde siempre

en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada

—ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas, ni demasiado iguales),

invitándolo a vivir una vida distinta

en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente

después de habitar en ellas durante muchas horas.

Sabe que volverán en el próximo corte de luz.

Como vuelve en el techo iluminado de la casa

el tiempo de la realidad y de la poca acción.

 

 

PISOS HÚMEDOS

 

Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana

de donde en verdad nunca has partido.

En su florescencia de marzo

los altos mangos iban también en esos viajes,

picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,

era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales

y recogía en los espejos el humo del padre,

los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.

Todo iba contigo por el mundo.

Todas las cosas simples donde aprendiste a encontrar tu nombre.

Todo iba contigo en esos viajes.

Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos

de Masó 151, que no es avenida al mar sino calle que termina

en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.

Todo lo que en este tiempo has visto era hermoso y extraño:

los distintos lenguajes de los hombres,

el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,

los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos

en las escaleras de los night clubs.

Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.

Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia

y ya sabes qué significa partir,

qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,

qué encontrarás en las próximas ciudades.

Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría

y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos

entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.

Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor

que en tus manos pusieron estos largos veinte años

nada hubiese sido claramente tuyo,

nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas

el tono azul de los cuadros de familia,

la florescencia de marzo sobre las aves del patio.

Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.

Y, aun así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,

vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,

vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana

de donde en verdad nunca has partido.

Tomado de:

https://www.trasdemar.com/home/poesia/una-forma-de-mira-en-la-ventana-poemas-de-edel-morales/