jueves, 14 de mayo de 2026

POEMAS DE EUGENIO FLORIT -DESDE CUBA-


A la mariposa muerta

 

Tu júbilo, en el vuelo;

tu inquietud, en el aire;

tu vida, al sol, al aire, al vuelo.

 

Qué pequeña tu muerte

bajo la luz de fuego vivo.

Qué serena la gracia de tus alas

ya para siempre abiertas en el libro.

 

Y en ti, tan suave, en tu morir callado,

en tu sueño sin sueños,

cuánta ilusión perdida al aire,

cuánto desesperado pensamiento.

 

 

Canciones para la soledad

 

Tú no sabes, no sabes

cómo duele mirarla.

 

Es un dolor pequeño

de caricias de plata.

 

Un dolor como un árbol

seco por la mañana.

 

Un dolor sin orilla

para dormir el agua.

 

Un dolor como el rastro

de la nube que pasa.

 

Tú no sabes, no sabes

cómo duele mirarla.

 

 

Del silencio

 

Ahora ya está la brisa por el aire dispersa,

con las manos hundidas en los árboles;

pero en aquel momento se había ido tan lejos,

que era como si no existiese memoria de su nombre.

Todo el silencio estaba caído por el mundo;

la tierra misma no era sino una gota de silencio.

Los segundos del sol bajaron a beber aguas muertas

donde nacía la inquietud de unas horas futuras,

prontas a alzar el vuelo con las palomas de la tarde.

Aquel minuto se extendía sobre las ramas inmóviles,

abriendo una luz sin ecos, ni cantos, ni nada.

El silencio perfecto de lo que va a surgir y aun se detiene.

Ancha campana de cristal para la luz del mediodía,

que viene limpia desde su nido alto

a florecer en una exacta rosa de doce pétalos.

 

 

Desde la nieve convertida en agua...

 

Desde la nieve convertida en agua,

desde el sucio periódico sin dueño,

desde la niebla, desde el tren hundido

con sus cientos de manos que buscan asidero;

desde la fantasía de los anuncios luminosos

y el ruido sin piedad de las bombas de incendio;

desde la noche que nos cae encima

-losa de cielo sin estrellas-;

desde cada momento perdido entre las calles

donde todos los solos del mundo pasan desconocidos;

desde el árbol sin hojas y el camino sin gente,

otra vez, como ayer, como mañana,

acaso ya como todos los días que vendrán, si es que vienen,

entro al silencio.

 

 

Destino

 

Mejor ámbito aquí, dentro de casa,

para escribir lo ancho

y lo pequeño de este mundo.

Apenas diferente

conocer la distancia de una estrella

o el alado camino

de la hoja caída de su árbol.

Preciso es dar al aire

este amargo sabor que muerde dentro,

que pide luz de fuera, la que arde

de su estar siempre fiel a su destino

que es el lucir en las palabras

y saltarse los mundos que conoce

y los que aún no han sido revelados.

Un ámbito que esconde

en sí el oculto pensamiento

brillante piedra que en su día

nos pidió rescatarla,

a ella, la escondida de los siglos,

humilde aún, que espera

el roce misterioso de unos dedos...

Ahora, despertada

de su soñar antiguo,

nacida a luz y sol,

hecha ya una palabra.

Milagro al fin que vive

al amor de su dueño:

de quien soñó con ella

en la forma final de su destino.

 

 

El alto gris

 

Que está más alto Dios lo sabes

tú por el fervoroso pensamiento,

aquí, vacío de palabras

y casi ya vado de recuerdos.

 

Alma de paz que al cielo de la tarde

subes en brazos del silencio

cuando se asoma débil entre nubes

un sol amarillento.

 

Más alto Dios en ti. Más firme,

más verdadero

que tú mismo, hilo de humo

con el amor dormido dentro.

 

Que bien lo sabes. Porque está la noche

en la Ciudad cayendo

y todo en ti se pone gris

con el opaco gris del cielo.

 

Y con el gris de la callada altura

se van iluminando los ensueños

-gotas de luz que se abrirán más tarde

en unas flores de brillantes pétalos.

 

Tu lo sabes. Que Dios

abre su rosa de invisible fuego

ahora cuando, reina de la altura,

sube tu alma en brazos del silencio.

 

 

El deseo

 

Quisiera haber escrito más, pero no pude.

Lo escrito escrito está. No me arrepiento.

Hubiera Dios querido, lo que siento

dentro de mí, como una espina, al viento

pudo salir, fuerte de luz, de verso lleno.

Pero no pudo ser. Y aquí me quedo

sin gloria ni valer, que no apetezco.

Tan sólo un poquitín de pensamiento

cuando no sea yo más que otro muerto.

Otro muerto cualquiera. Un gran deseo...

Y este amor a la tierra en que estoy dentro.

(¿Los árboles, las flores, el mar? Pues todo ello

aquí, muriendo como yo, en mi cuerpo.)

 

 

El mar de siempre

 

No volver a soñar más que en lo mismo

para tejer el hilo de los tiempos

que tal vez fueron milagrosos.

O acaso no existieron,

sino en la mente de quien los pensó.

 

Ese arrullo que escuchas

no es el del mar de entonces;

aquel calló con las ausencias,

o bien se hundió lejano

y se perdió en la espuma de otros mares.

 

No son los mismos, nunca.

Cada uno se acerca a sus orillas,

diversos todos, todos únicos

en el rozar del agua con su tierra;

y cada tierra con su mar se duerme

o al levantar el sol con él se alza.

Pero distintas, diferentes,

las tierras lejos, las de cerca,

tienen su propio mar que las arrulla

y con diverso pálpito respiran.

 

Como es otra la música

que en su bajar nos llega

del infinito mar de las constelaciones.

 

Y así vamos de mares y de orillas

al límite final que nos espera.

 

 

El poema

 

Sí, se te pone un nudo en la garganta

y no sabés que hacer para soltarlo.

Tal vez llorar es bueno,

pero tal vez eso no basta.

Porque si lloras te saldrán los llantos

con un gusto de amargo sentimiento.

Y, además, que llorando no te calmas.

No se te calma el nudo ni la angustia,

que es como si todo un cielo se te hundiera

o como si nadando por el agua

con las flores del agua te enredaras.

Como soñar que vas cayendo,

yendo cayendo que caerás sin prisa

y que nadie te espera al fin de la caída.

Es como que te ahoga un pensamiento

que quiere hablar, salir, saltar, volar,

y cada vez da con la jaula.

Miras el libro abierto

y ni te fijas en la página,

miras el cielo por alzar los ojos

pero no ves ni la nube que pasa,

miras la flor, no te enamora,

miras el árbol, no te espanta

oyes el ruiseñor entre la noche

y no comprendes lo que canta.

Has de volver a ti las soledades

con que vas habitando tus moradas,

y pensar poco apoco el pensamiento

y decir poco a poco las palabras,

y formar el poema con la angustia

que te mordía la garganta.

 

(después de todo bienvenido

si como mariposa te me quedaste fijo

clavado por las alas).

 

 

La compañera

 

                                                                A Cintio Vitier

 

A veces se la encuentra

en mitad del camino de la vida

y ya todo está bien. No importa nada.

No importa el ruido, ni la ciudad, ni la máquina.

No te importa. La llevas de la mano,

compañera tan fiel como la muerte,

y así va con el tren como el paisaje,

en el aire de abril como la primavera,

como la mar junto a los pinos,

junto a la loma como está la palma,

o el chopo junto al río,

o aquellos arrayanes junto al agua.

No importa. Como todo lo que une

y completa. Junto a la sed el agua,

y al dolor el olvido. El fuego con la fragua,

la flor y la hoja verde,

y el mar azul y la espuma blanca.

La niña pequeñita

con el brazo de amor que la llevaba,

y el ciego con su perro lazarillo,

y el Tormes junto a Salamanca.

Lo uno con lo otro tan cerrado

que se completa la mitad que falta.

Y el cielo con la tierra.

Y el cuerpo con el alma.

Y tú, por fin, para decirlo pronto,

mi soledad, en Dios transfigurada.

 

 

Los pobres en amor, qué pobres somos...

 

Los pobres en amor, qué pobres somos.

Ya ni la tierra nos parece hermosa,

ya ni la noche, ni la tarde clara,

ni el árbol, ni la flor nos enriquecen.

¿Qué nos da de calor la mano abierta,

de compañía la callada estancia,

del piano la voz desvanecida,

de la luz el brillar, de la presencia

el hálito fugaz que se evapora?

 

Pobres de amor, pasamos de camino

con la desilusión por compañera

y un preguntar que nadie nos responde

queda vibrando al aire del silencio;

y al aire van las voces y la pena

y todo el aire es un lugar de olvido.

 

¿Quieres amor? Más quiero la riqueza

de este seguro estar en mi pobreza.

 

 

Momento

 

Si no me falta nada. Si estoy bueno.

Si hay sol con frío por el aire.

Tengo cariño a mano. Mas no tengo

el que dentro de mi tener querría.

Es tranquila esta paz, pero me duele

con un vacío que no tiene nombre.

Y no acierto a decir lo que quisiera...

Tal vez un poco de melancolía.

 

5 de febrero de 1974, después de leer a Bécquer

Tomado de:

http://amediavoz.com/florit.htm

 

 

Estrofas a una estatua

      Monumento ceñido

de un tiempo tan lejano de tu muerte.

Así te estás inmóvil a la orilla

de este sol que se fuga en mariposas.

      Tú, estatua blanca, rosa de alabastro,

naciste para estar en la pura tierra

con un dosel de ramas olorosas

y la pupila ciega bajo el cielo.

      No has de sentir cómo la luz se muere

sino por el color que en ti resbala

y el frío que se prende a tus rodillas

húmedas del silencio de la tarde.

      Cuando en piedra moría la sonrisa

quebró sus alas la dorada abeja

y en el espacio eterno lleva el alma

con recuerdo de mieles y de bocas.

      Ya tu perfecta geometría sabe

que es vano el aire y tímido el rocío;

y cómo viene el mar sobre esa arena

con el eco de tantos caracoles.

      Beso de estrella, luz para tu frente

desnuda de memorias y de lágrimas;

qué firme superficie de alabastro

donde ya no se sueña.

      Por la rama caída hasta tus hombros

bajó el canto de un pájaro a besarte.

Qué serena ilusión tienes, estatua,

de eternidad bajo la clara noche.

 

 

El alto gris

Que está más alto Dios lo sabes

tú por el fervoroso pensamiento,

aquí, vacío de palabras

y casi ya vado de recuerdos.

 

Alma de paz que al cielo de la tarde

subes en brazos del silencio

cuando se asoma débil entre nubes

un sol amarillento.

 

Más alto Dios en ti. Más firme,

más verdadero

que tú mismo, hilo de humo

con el amor dormido dentro.

 

Que bien lo sabes. Porque está la noche

en la Ciudad cayendo

y todo en ti se pone gris

con el opaco gris del cielo.

 

Y con el gris de la callada altura

se van iluminando los ensueños

—gotas de luz que se abrirán más tarde

en unas flores de brillantes pétalos.

 

Tu lo sabes. Que Dios

abre su rosa de invisible fuego

ahora cuando, reina de la altura,

sube tu alma en brazos del silencio.

 

 

Versos

Como no sabes lo que pasa

te parece la noche más oscura

dentro del vaso de cristal

y ya no tienes miedo

a que salgan los sueños a morderte,

que están seguros en su puesto.

 

Como no sabes lo que pasa

no quieres ver lo que te ronda

sobre el giro del día

y ya no temes ni la flecha,

ni el color, ni la llaga

de la luz que nos pesa.

 

Y como pues no sabes

ni lo que pasa ni lo que se queda

no te angustia la flor

que allí en su rama temblorosa

lejos de ti, puesto que no la miras,

se está quedando de ti sola.

 

No sabes lo que pasa

porque de ti no sabe nada nada.

 

Como no se sabe qué color tiene Dios

—¿será blanco y azul como este libro,

o rojo y púrpura como el ocaso,

o amarillo y rosado de la aurora,

verde tal vez como este mar,

como la cinta, como son las hojas?—

Ay, que Dios sin color se me desliza

y se me queda gris como ceniza.

 

Ceniza gris, Dios gris me gusta:

gris de pensar lo permanente,

gris de llover, de transitar palabras,

gris de pasar la rueda,

gris de torcer el hilo de las tardes

y de mirar lo que nos queda.

 

Y como no se saben los colores

que aquí y allí nos dejan en la mano

temblorosos de fines los adioses.

 

Pero es que ni tú, ni yo, ni aquél,

ni nadie, ni cualquiera

sabemos lo que pasa o lo que queda.

 

 

Soneto

Habréis de conocer que estuve vivo

por una sombra que tendrá mi frente.

Sólo en mi frente la inquietud presente

que hoy guardo en mí, de mi dolor cautivo.

 

Blanca la faz, sin el ardor lascivo,

sin el sueño prendiéndose a la mente.

Ya sobre mí, callado eternamente,

la rosa de papel y el verde olivo.

 

Qué sueño sin ensueños torcedores,

abierta el alma a trémulas caricias

y sobre el corazón fijas las manos.

 

Qué lejana la voz de los amores.

Con qué sabor la boca a las delicias

de todos los serenos oceanos.

Tomado de:

https://www.poeticous.com/eugenio-florit/soneto-21?locale=es

 

 

EL DESEO
II

 

Quisiera haber escrito más pero no pude.

Lo escrito, escrito está. No me arrepiento.

Hubiera Dios querido, lo que siento

dentro de mí, como una espina, al viento

pudo salir, fuerte de luz, en verso lleno.

Pero no pudo ser. Y aquí me quedo

sin gloria ni valer, que no apetezco.

Tan sólo un poquitín de pensamiento

cuando no sea yo más que otro muerto.

Otro muerto cualquiera. Un gran deseo...

Y este amor a la tierra en que estoy dentro.

Tomado de:

https://www.poesi.as/Eugenio_Florit.htm

martes, 12 de mayo de 2026

POEMAS DE JORGE ROJAS -RECORDAMOS SU FECHA DE MUERTE-

Acción de gracias por el beso

 

Gracias, amor, de nuevo tu criatura

se inclina al vasallaje de tu peso.

Encadenado estoy, me tienes preso

entre la red sin par de tu hermosura.

 

Gracias, amor, por esta cosa pura

que a través de la carne te alza ileso.

poder la boca convertirse en beso

es ser el fruto sólo la dulzura.

 

No importa, amor, que el labio ante el abismo

del gozo haya quedado silencioso

si es casi el pasmo como el verso mismo.

 

Gracias, pues tu lenguaje me ha enseñado

que en el silencio todo es más hermoso

y lo callado es más que lo cantado.

 

 

Aire de entonces

 

El aire de un abrazo de ríos sin deseo.

Los árboles, un aire vegetal de palomas.

La tarde era un ligero movimiento del párpado,

y la escarcha, la espuma fácil de tu sonrisa.

 

La veleta era el viento clavado en una espina.

Tu niñez, la distancia que había entre los lirios.

Orilla de tu sueño y pestañas de música

era entonces el ojo limpio de la mañana.

 

Venías de más lejos que un hombre de un olvido.

En tu lejana sangre había brumas y mástiles.

Entonces yo era triste y miraba el silencio

creyendo que el silencio era la oscuridad.

 

Todo mi afán de viajes ancló sobre tu piel

que iba bajo el sol sosteniendo la luz;

proa, el pecho hendía dulcemente los días

y el corazón sabía cómo es de azul el mar.

 

Por cada rosa un sitio en el aire tus hombros

dejaban redondeado por dónde tú pasabas,

y el viento en tus cabellos era sólo un pañuelo

estampado de aromas y soplos de colores.

 

Tus ojos no tenían color que yo pudiera

decir como palabras: «saúz»  o  «golondrina».

corrías como el agua y el agua de tu risa

subía a los tejados a hacer la tarde clara.

 

Hoy que ni los espejos saben cómo mirabas

cuando tu edad de lino te daba a las rodillas;

yo te recuerdo y digo simplemente las cosas

como si las sacara de una gota de agua.

 

Era entonces el tiempo dulce de nuestro encuentro.

La saeta era un rumbo sin ¡ay! en la llegada.

El jazmín, un recuerdo de olor en tu memoria.

Y el bronce era una brisa con olor de campana.

 

 

Angustia del amor

 

Bajo mi piel, ¡qué viento enloquecido,

por valles de la sangre y sus colinas,

estremece un rosal, de más espinas

que de fragantes rosas florecido!

 

¡Qué agreste furia, qué hórrido sonido

de árbol cayendo y ciegas golondrinas

convoca su ulular entre las ruinas

de un efímero beso consumido!

 

¡Qué amargo mar su desatado llanto

encrespa entre mi ser! ¡Qué tolvanera

de angustia envuelve el hálito del canto!

 

¡Amor, fugaz Amor! Sin ti no fuera,

dentro de mí, un vértice de espanto

la hora, en cada instante pasajera.

 

 

Confidencia

 

Somos el uno para el otro, ¡mujer!

Nuestros corazones se encuentran

en la misma palabra del libro que leemos,

va nuestra mano trémula,

en busca de una misma rosa.

 

A veces no me atrevo a mirarte

pues tus ojos límpidos

no soportarían el resplandor que me ciega.

Y de repente nuestros labios se juntan

y no los separa ni el rayo.

 

Y nuestra propia muerte tiene que esperar

hasta que nuestros cuerpos

den paso a cualquier otro designio.

 

 

Crepúsculo

 

Intuyo tu presencia.

Silencio de tu voz.

Vives en el paisaje.

Pura prolongación.

 

Nos llaman. Despertamos.

Van tus cabellos sueltos

-estandartes de sol-

comandando los vientos.

 

Los caballos galopan

y la tarde agoniza.

¿Brisa? Ciclón al frente

de rosas amarillas.

 

 

Cuerpo en la oscuridad

 

Te adivino tendida

bajo la leve túnica

de aroma que te cubre,

mientras el sueño mide

el espacio profundo

que hay del párpado al alma.

 

Respiración y nieve

hacen bajo el perfume

invisibles colinas;

la oscuridad me llena,

la ansiedad de tus formas:

montes de lilas pálidas,

desmayadas palomas.

 

Trino de amanecer,

sombra de arbusto fresco,

eres nueva en mis manos

sólo por el milagro

del mundo en las tinieblas.

 

¡Qué rosas de tu cuerpo

florecen al hallazgo

múltiple de mis dedos!

Te palpo y eres mía

y mis manos son cestas

para el fruto del tacto

maduro ya, en la rama

trémula del deseo.

 

 

Declaración de amor

 

¡Oh! mi enemiga,

a medida que me cuentas tu vida

cómo hierve dentro de mí un veneno dulce,

un humor amargo, una uva terrible.

No he debido saber ni de dónde venías.

¿Qué más daba, un remoto país

o un reciente amante?

Quiero exterminar todos los sitios

donde estuvo tu corazón o tu piel.

 

Mas, oh encadenado, sólo puedo volver añicos

este mapa de colores que pinté cuando niño.

¿Qué más debo destruir? ¿Nada más?

 

Sí, también, cada día, morderé en tus labios

todos los besos que ahí han quedado

junto a los nombres de las ciudades.

 

 

El agua

 

Beso sin labio, novia en tu desvelo

esperando una boca que te beba;

y niña aún si un cántaro te lleva

arrullada en los brazos bajo el cielo.

 

Llueve, y el mundo goza de tu vuelo;

danza la espiga, ábrese la gleba

y es más dulce cantar cuando se prueba

tu líquido que sabe a nuestro suelo.

 

Saltando entre los juncos extraviada

en busca de la sed, corza ligera,

has quedado en mi mano aprisionada.

 

No importa que quien te haga prisionera

te dé su forma, corre alborozada

persiguiendo tu forma verdadera.

 

 

El amor

 

Estar nuestro querer

gozándose en sí mismo

al pasmo de un instante

no soñado. Vivido.

 

Sin pedir ni dar nada

ver mi fondo en tu fondo.

Ser objeto e imagen

como el agua del pozo.

 

Beatitud de lo cierto:

aquiescencia de Dios.

Nesciencia de la duda:

presencia de tu amor.

 

 

Ella

 

Poma en sazón. Y el tallo estremecido

de la vida se alza tan ileso

que parece tan sólo el claro peso

de la luz el volumen florecido.

 

Nada más dulcemente sometido

que el aire a su existir, hay algo en eso,

como de pulpa prodigando el beso

de aroma su contorno diluido.

 

El aroma no es más que la distancia

entre la fruta y ella. Si muriera,

¿ya para qué el perfume? Sin fragancia,

 

¿para qué la manzana? Si pudiera

ella ocultar su cálida sustancia

el cuerpo de las frutas no existiera.

Tomado de:

http://amediavoz.com/rojas.htm

 

 

Verdad de ti

Aquí quedó la forma de tu huida.

Como la flor tronchada, en el vacío

queda erguida en perfume, el canto mío

te levanta en el aire, florecida.

 

El tallo de mi voz tiene tu vida

en su rama invisible, como un río

levísimo de llanto o de rocío

la más lejana estrella sostenida.

 

Como el mar que se fue queda evidente

en el empuje manso de la ola

dibujada en la arena, dulcemente

 

te me vas y te quedas -forma sola

de tu no ser- presente en mi presente

como erguida en perfume la corola.

 

 

CREPÚSCULO

Intuyo tu presencia.

Silencio de tu voz.

Vives en el paisaje.

Pura prolongación.

 

 

Nos llaman. Despertamos.

Van tus cabellos sueltos

-estandartes de sol-

comandando los vientos.

 

Los caballos galopan

y la tarde agoniza.

¿Brisa? Ciclón al frente

de rosas amarillas.

 

 

Niña

Niña en el tacto de la luz te siento

diluida en palabras, gesto, risa,

levemente agitada por la brisa

que dan las alas de mi pensamiento.

 

Niña que pasas con el movimiento

sin curso de la flor, lleva tu prisa

un amoroso tiempo de sonrisa

en cada eternidad de tu momento.

 

Niña que traspasándome la frente,

como flechas de sol un claro río,

haces pensar en ti tan dulcemente.

 

 

LA SOLEDAD

Siempre la soledad está presente

donde estuvo la voz y fue la rosa,

en todo lo de ayer su pie se posa

y le ciñe su sombra dulcemente.

 

El recuerdo que está bajo la frente

tuvo presencia. Fuente rumorosa

fue su paso en la tierra, cada cosa

lleva su soledad tras su corriente.

 

 

Es soledad la miel que dora el seno

y soledad la boca que conoce

su entregado sabor de fruto pleno.

 

Cada instante que pasa, cada roce

del bien apetecido, queda lleno

de soledad, al tránsito del goce.

 

 

Angustia del amor

Bajo mi piel, ¡qué viento enloquecido,

por valles de la sangre y sus colinas,

estremece un rosal, de más espinas

que de fragantes rosas florecido!

 

¡Qué agreste furia, qué hórrido sonido

de árbol cayendo y ciegas golondrinas

convoca su ulular entre las ruinas

de un efímero beso consumido!

 

¡Qué amargo mar su desatado llanto

encrespa entre mi ser! ¡Qué tolvanera

de angustia envuelve el hálito del canto!

 

 

¡Amor, fugaz Amor! Sin ti no fuera,

dentro de mí, un vértice de espanto

la hora, en cada instante pasajera.

 

 

Narciso

Ojos de mar y senos como olas;

largos muslos de río, y cabellera

fluvial bajo la espalda, ella era

toda de agua y líquidas corolas.

 

buena para la sed; y verdes colas

de sirena cruzábanle la esfera

de la pupila; el sueño se volviera

delfín para gozar su amor a solas.

 

Sexo y canción, yo estuve de rodillas,

doblado, como un junco, aún me veo

sobre sus transparentes maravillas.

 

El agua se entreabrió y un aleteo

de cristales cruzó por sus orillas

y allí cayeron cántico y deseo.

Tomado de:

https://www.isliada.org/poetas/jorge-rojas/

 

 

MOMENTOS DE LA DONCELLA

 

 

 

A Yolanda Oreamuno

 

 

 

I

 

 

EL SUEÑO

 

 

Dormida así, desnuda, no estuviera

más pura bajo el lino. La guarece

ese mismo abandono que la ofrece

en la red de su sangre prisionera.

 

Y ese espasmo fugaz de la cadera

y esa curva del seno que se mece

con el vaivén del sueño y que parece

que una miel tibia y tácita lo hinchiera.

 

Y esa pulpa del labio que podría

nombrar un fruto con la voz callada

pues su propia dulzura lo diría.

 

Y esa sombra de ala aprisionada

que de sus muslos claros volaría

si fuese la doncella despertada.

 

II

 

 EL ESPEJO

 

Retrata el agua dura su indolencia

en la quietud sin peces ni sonidos;

y copian los arroyos detenidos

sus rodillas sin mancha de violencia.

 

Sumida en esa fácil transparencia,

ve sus frutos apenas florecidos,

y encima de su alma, endurecidos

por curva miel y cálida presencia.

 

Con un afán de olas, blandamente,

cada rayo de luz quiere primero

reflejarla en la estática corriente.

 

Y el pulso entre sus venas prisionero

desata su rumor y ella se siente

a la orilla de un río verdadero.

 

 III

 

 LA MUERTE

 

Igual que por un ámbito cerrado

donde faltara el aire de repente

volaba una paloma por su frente

y por su sexo apenas sombreado.

 

Y por su vientre de cristal –curvado

como un vaso de lámpara- caliente

el óleo de su sangre, dulcemente,

quedó de su blancura congelado.

 

Sus claras redondeces, abolidas,

bajo la tierra al paladar del suelo,

entregaron sus mieles escondidas.

 

Y alas y velas sin el amplio cielo

de su mirada azul, destituidas

fueron del aire y fueron de su vuelo.

Tomado de:

https://www.casadepoesiasilva.com/sin-categoria/jorge-rojas/