Desherencia
Antigua era la noche
Cuando la entreabrió el fuego.
Igualmente, mi casa.
No se mata a la rosa
En las guerras del cielo.
Destierran a una lira.
Mi pena persistente
De una nube de nieve
Gana un lago de sangre.
La crueldad ama vivir.
Oh fuente que mentiste
A nuestros destinos gemelos,
Del lobo trazaré
Este único retrato pensativo.
Versión de Jorge
Riechmann
Dyne
Dejando atrás al hombre extensible y al hombre
traspasado
llegué ante la puerta de todos los júbilos, la del Verbo
desellado
de sus restos mortales, formando lo nuevo, creando fuego
a partir de la verdad, y fortalecido por mi verde fe
llamé.
Así llegarás
tú al país lavado y desierto de tu desafío. Hasta
entonces, sin fechas fijas, lo irás edificando. ¡Severa
vanidad!
¿Pero quién hubiera apostado y optado por ti, desde los
parajes
inmemoriales hasta la lira fugitiva del padre?
Versión de Jorge
Riechmann
El beso
Maciza lentitud, lentitud martillada;
Humana lentitud, lentitud forcejeada;
Desierta lentitud, desanda tus ardores;
Sublime lentitud, sube desde el amor;
Que la lechuza ha vuelto.
Versión de Jorge
Riechmann
El desnudo perdido
Llevarán ramos aquellos cuyo aguante pueda desgastar la
noche nudosa que precede y sigue al relámpago. Su
palabra
recibe existencia del fruto intermitente que la propaga
dilacerándose. Son los hijos incestuosos de la cortadura
y del signo,
que alzaron hasta los brocales el círculo florido de la
tinaja
de la adhesión. La furia de los vientos los mantiene aún
desvestidos.
Contra ellos vuela una pelusa de noche negra.
Versión de Jorge
Riechmann
El juicio de octubre
Mejilla contra mejilla dos pordioseras en su desamparo
rígido;
La helada y el viento no las han instruido, las han
ignorado;
Niñas de intrahistoria
Caídas de las estaciones que dejan atrás, y allí
apretadas de pie.
No hay labios que las traspongan, la hora pasa.
No habrá ni rapto ni rencor.
Y el caminante pasa sin mirada ante ellas, ante
nosotros.
Dos rosas perforadas por un anillo profundo
Ponen en su extrañeza algo de desafío.
¿Se pierde la vida de otro modo que por las espinas?
Claro que sí: por la flor, los largos días lo supieron.
Y el sol ha dejado de ser inicial.
Una noche, el día bajo, todo el riesgo, dos rosas,
Como la llama a cubierto, mejilla contra mejilla con
quien
la mato.
Versión de Jorge
Riechmann
El molino
Un ruido largo sale por el techo
golondrinas siempre blancas
agua que salta, agua que brilla
el grano salta, el agua muele
y el recinto donde el amor se arriesga
centellea y marca el paso.
Versión de Jorge
Teillier
El refugio maltratado
Siempre me ha gustado la proximidad, sobre un camino de
tierra,
de un hilillo de agua caída del cielo que viene y va
persiguiéndose
así mismo, y la tierna torpeza de la hierba mediana a la
que una carga
de piedras detiene -igual que un revés oscuro pone fin
al pensamiento.
Versión de Jorge
Riechmann
En las alturas
Espera aún a que yo venga
A romper el frío que nos retiene.
Nube, en tu vida tan amenazada como la mía.
(Había un precipicio en nuestra casa.
Por eso hemos partido y nos hemos establecido aquí).
Gozo
¡Con cuánta ternura ríe la tierra cuando la nieve se
despierta encima de ella! Día tras día, yacente besada, llora y ríe.
El fuego que la evitaba se casa con ella apenas
desaparece la nieve.
Versión de Jorge
Riechmann
Hambre roja
Estabas loca.
¡Qué lejos queda!
Moriste, con un dedo delante de los labios,
En noble movimiento,
Para atajar la efusión;
En el sol frío de un reparto verde.
Estabas tan hermosa que nadie se dio cuenta de tu
muerte.
Más tarde, era de noche, te pusiste en camino conmigo.
Desnudez sin desconfianza.
Pechos podridos por tu corazón.
A sus anchas en este mundo circunstancial,
Un hombre, que te había estrechado entre sus brazos,
Se sentó a la mesa.
Estate bien, no existes.
Versión de Jorge
Riechmann
Juego mudo
Con los dientes
Apresé a la vida
Sobre el cuchillo de mi juventud.
Con los labios hoy,
Con mis labios solamente...
Corta advenediza,
La flor de los taludes,
El dardo de Orión
Ha vuelto a aparecer.
La compañera del cestero
Yo te amaba.
Amaba tu rostro de manantial abarrancado por la tormenta
y la cifra de tu dominio que cercaba mi beso.
Hay quien se confía a una imaginación redonda. A mí me
basta ir.
He traído de la desesperación un cestillo tan pequeño,
amor mío,
que ha sido posible trenzarlo con mimbre.
Tomado de:
IGUALMENTE
El suelo que recoge no es el único que se resquebraja
durante las labores de la lluvia y el viento. Lo que se derrumba se mantiene
casi silencioso en los bordes del cataclismo, con nuestras secas palabras de
predicción, penetrantes como el tridente de la noche en el iris de la mirada.
MI HOJA VINOSA
Las palabras que han de surgir saben de nosotros lo que
nosotros ignoramos de ellas. En un instante seremos el equipaje de una flota
integrada por unidades indóciles, y su almirante, en el vendaval. Luego el
altamar la tomará nuevamente, dejándonos con nuestros torrentes y nuestros
alambres cubiertos de escarcha.
A PESAR DEL FRÍO GLACIAL
A pesar del frío glacial que te atravesó desde tus
comienzos, y mucho antes de lo que sobrevino, tú no eras sino un fuego que el
fuego inventa, atracado por el tiempo y quien, en el mejor de los casos,
moriría por falta de fuego renovado, o de fiebre por haber respirado cenizas.
Tomado de:
https://vomiteunconejito.wordpress.com/2020/04/05/seis-poemas-de-rene-char/
Cuatro edades
I
El otoño para la hoja
El agua hirviendo para el cangrejo
Y el favorito el zorro
Ebrio sobre los hombros luminosos de la Actriz
Adherido al balcón naranja
Un ventisquero de rizos
Acampa en la ansiedad de mi corazón.
II
He estrangulado a mi hermano
Porque no gustaba de dormir
Con la ventana abierta
Hermana mía
Dijo antes de morir
Pasé noches enteras
Mirándote dormir
Inclinado sobre tu brillo en el cristal.
III
Apretados los puños
Rotos los dientes
Con lágrimas en los ojos
La vida
Apostrofándome empujándome y riendo a medias
Yo espiga anticipada de las siegas de agosto
Distingo en la corola del Sol
Una yegua
Me abrevo en su orina.
IV
Mi amor es triste
Porque es fiel
No interpela el olvido de los demás
No cae de la boca como un diario del bolsillo
No es flexible en la angustia que en común se arremolina
No se aísla en las rompientes de la península simulando
pesimismo
Mi amor es triste
Pues está en la naturaleza turbada del amor ser triste
Como la luz es triste
La dicha triste
No has pasado libertad tus correas de arena.
Versión de Jorge
Onfray
La lujuria
El águila ve como se borran gradualmente las huellas de
la memoria helada
La extensión de la soledad hace apenas visible la presa
que huye
A través de cada una de las regiones
Donde uno mata donde a uno lo matan libremente
Presa insensible
Proyectada indistintamente
Más acá del deseo y más allá de la muerte
El soñador embalsamado en su camisa de fuerza
Rodeado de utensilios efímeros
Figuras que se desvanecen apenas formadas
Su revolución celebra la apoteosis de la vida que
declina
La desaparición progresiva de las partes lamidas
La caída de los torrentes en la opacidad de las tumbas
Los sudores y malestares que anuncian el fuego central
Y finalmente el universo con todo su pecho atlético
Necrópolis fluvial
Después del diluvio de los rabdomantes
Ese fanático de las nubes
Tiene el poder sobrenatural
De desplazar a considerables distancias
Los paisajes habituales
De romper la armonía acumulada
De tomar irreconocibles los lugares fúnebres
Al día siguiente de los homicidios provechosos
Sin que la conciencia originaria
Se cubra con el deslizamiento purificador del suelo.
Versión de Aldo
Pellegrini
La libertad
Vino por esta línea blanca que puede significar la
salida del alba
o la palmatoria del crepúsculo.
Pasó los arenales maquinales; pasó las cimas
destripadas.
Fin de la renunciación de rostro cobarde, la santidad de
la mentira,
el alcohol del verdugo.
Su verbo no fue un ciego ariete sino la tela donde se
inscribió mi aliento.
Detrás de la ausencia, con pasos que no la extraviaron,
cisne sobre la
herida, vino por esta línea blanca.
Versión de Jorge
Riechmann
Ni eterno ni temporal
¡El trigo verde en una tierra que todavía no ha sudado,
que no ha
hecho más que tiritar! A distancia feliz de los soles
precipitados
de los fines de la vida. Rasante bajo la larga noche.
Saciado de agua
encima de su luminoso color. Como guardia y viático dos
puñales
de cabecera: la alondra, el pájaro que se posa, el
cuervo, el espíritu
que se graba.
Versión de Jorge
Riechmann
Tomado de:

