lunes, 16 de febrero de 2026

POEMAS DE PABLO MORA - LAMENTANDO SU PARTIDA -


Regreso

Hoy entreabrí la puerta de la infancia

con la nostalgia vuelta hacia la cuna

y no encontré ni un rastro de la luna

que ayer nomás iluminó mi estancia.

 

Hoy me inundó la mar de la distancia

al evocar mi vegetal laguna

y en la vieja resaca una por una

fue anclando sus pisadas mi inconstancia.

 

Hoy me perdí en las ruinas de mi ayer

en busca de un alero, de un cimiento,

de un mango, un cafetal o mi nacer

 

y al verme en los umbrales de mi aliento

honda desolación cruzó mi ser:

oí que sollozaba mi lamento.

 

 

De Almácigo 2 (1980)

La mano

Salve, mano, alfarera de mis versos,

por quien recobran mis sonetos vida

en el cuarto anular de la partida

y en el sexto pulgar de sus reversos.

 

Salve, meñique, y sus acentos tersos

y tú esdrújulo índice en salida,

donde cabalga siempre en embestida

la furia de mis ritmos circunversos.

 

Mis dedos, mis cordiales camaradas,

silenciosos orfebres de mis rimas,

se saben de memoria mi universo.

 

Tal vez cuando se escuchen las palmadas

con que llame la muerte allá en sus simas

esté mi mano componiendo un verso.

 

De Almácigo 6 En tiempo de Paz (1993)



Empezamos

Empezamos midiendo con la mano

el patio, el cielo de la antigua escuela;

ahora solamente sopesamos

el llanto de la muerte en pie de guerra.

 

 

Cuando niños jugamos al castillo,

los sueños se mecían en las sienes,

diciembre -lumbre en colosal niñura-,

algo mejor para el mañana ignoto.

 

 

De nuevo niños -el reloj del tiempo-.

¡Que nunca se nos nuble el horizonte!

¡Que nunca más la nieve se enrojezca!

 

 

Ante el niño fundido en la trinchera:

¡Menos fuerza, Señor, para la guerra

y más valor para fraguar la paz!

 

 

Nada te detenga

ermitaño augusto

 

vigoroso camarada

 

esquiva naufragios y centellas

 

vuele libre tu alma centinela

 

 

 

Armémonos de nuevo contra la injusticia

 

Demos por sagrado el desorden de nuestro espíritu

 

por ineludible el insomnio y la noche que nos cruzan

 

 

 

Indispensable llegar a lo desconocido

 

Porque en el tiempo no fuiste un pájaro

 

sino un rayo en la noche de la especie

 

una persecución sin tregua de la vida

 

una raza que canta en la tormenta

 

relumbra vela brilla resplandece

 

para que el canto siempre permanezca

 

 

Penumbra

De un tiempo acá las noches no son mías,

las aspas del insomnio se han varado,

porque un lúgubre viento huracanado

me dejó solamente con mis días.

 

De tarde en tarde van mis rebeldías

tras el antiguo puño alucinado,

donde siempre sus furias han anclado,

y en alto empuñan nuevas acedías.

 

Del brazo del amor que la convida,

por calzadas de gritos en penumbra,

huérfana de la noche va mi vida

 

tras un amanecer que al fin alumbra

un día con la noche esclarecida

de azul mañana que la fe vislumbra.

De Almácigo 2 (1980)

Tomado de:

https://www.poemas-del-alma.com/pablo-mora.htm

 

 

Palermo

 

De regreso del campo, del Amparo

-fresco follaje que tocaba el cielo-

antes, mucho antes de llegar a casa,

pasábamos, silentes, por Palermo.

Para mí, Palermo era pura luna

-mansa finca dormida en la floresta-.

Desde Los Alpes nunca fui a Palermo

mientras Palermo me llevó a la luna.

Perfectamente yo podría decir

que, niño, Pablo visitó la Luna,

que de Palermo viene su locura.

 

Si no, de aquellos duendes que una tarde

-me dijeron- saldrían de la huerta

sin que nunca en la huerta aparecieran.

 

 

 

Hicimos la mochila

 

y nos volvimos vagabundos

Apoyamos las palabras sobre la sangre

Cargamos los dados en la apuesta

Arrestamos al viento al sol las mariposas

Supimos del alma del silencio

de la piedra que alguna vez fue estrella

del sagrado terror de la locura

Fuimos un retrato del alma de la tierra

Dejamos pasar la noche por encima de nosotros

mientras las islas no se cansaban de bañarse

Nos hicimos a la lluvia

Matamos la tristumbre

Rompimos alfileres paraguas y repisas

Inventamos ratos penas alegrías y tardanzas

Echamos un vistazo al mundo

Nos provocó quedarnos solos en la tierra

Faltó ponerle trampas a la muerte.

 

De Asombro al descubierto (1996)

 

 

 

Travesía

 

Amplio solar de pena y amargura,

recinto para el llanto y la alegría,

larga tonada, larga travesía.

Viejo estribillo en clave de ternura.

Duro aguijón para la suerte dura,

ardua vereda la de cada día,

ancho portón para la misma vía,

hondo estallido en tiempo de premura.

Ruta sin fondo en la lejana infancia,

donde el azul peregrinaba un día

sin darnos cuenta de su gris fragancia.

Lanza en ristre, con firme rebeldía

va nuestra vida en fúlgida arrogancia

componiendo su propia sinfonía.

 

De Almácigo 6 En tiempo de paz (1993)

 

 

Insomne lumbre

 

Que cada palabra lleve lo que dice. Rafael Cadenas. Expresar asombros y nochuras. Enterrar la muerte. Inventar la vida. Abrirle los postigos a la noche. Cerrar los ojos a la luna. Dar con el árbol del primer camino. Con la vereda que nos vio salir. Tomarle el pulso al hambre. Saber del diapasón del pobre. De las creencias de Dios y sus costumbres. De los rituales del viento y sus cofrades. De la imagen horrenda del futuro. De la luciérnaga y su antiguo enigma. Saber de la escritura de las piedras. De la alta transparencia de los mudos. Del colosal silencio de los grillos. Tantearle a los sueños sus luceros. Conocer las entrañas de las hojas. El corazón del bosque y sus vitrales. El páramo, sus cuitas y plegarias. Desenterrar el misterio de la rosa. Ahuyentar la sombra y sus reveses. Escapar del ladrido de la calle. Del hosco muñón del peregrino. Del puñal que en la acera nos espera. O del barco que acecha nuestras costas. Dar con el ámbar del primer arroyo. Traspapelar la terquedad del lunes. Aullar juntos delante de los cielos. Escucharle al pobre su alarido. Compartir esperanzas con el árbol. Esperar a que baile el arco iris. Sabernos vivos todavía bajo el granado trigal de la noche insomne. Registrar ventoleras, arrebatos y miserias. Expulsar el despojo mutilado. Ser libres así el fuego nos cercene. Quitar algunas comas al crepúsculo. Ver la noche sin que nadie contradiga. Morir de pie a pesar de los milagros. Eludir la risa ensangrentada. Salvar la luz, sin la cual la tierra gemiría de espanto. Dar con una migaja de soledad marina. Con el grano de arena que a las costas de la divina antigüedad nos ata. Atravesar, siempre a la intemperie, incertidumbres, agonías, interrogantes y tragedias. Dar forma al vacío de modo que éste sea posible; ojos al poema para que pueda cruzar la calle; alas a Dios para que pueda llegar al hombre. Robarle sin que sepa una sonrisa al sol en la arboleda. Mirar el cielo solamente en el momento necesario. Cruzar, no la aurora, sino el alma en que ampara su soñar. Ventilar, aupar, asolear la eternidad cada día. Verse en el cielo gris, en la trémula víspera del júbilo. Escuchar a la soledad y dirigirle la palabra. Llegar con los ojos abiertos a la mirada final. A punta de hombre, tempestad y grito. Por obra y gracia del asombro a secas. Por el relámpago final del hambre. Por la luciérnaga y su insomne lumbre. Contar con la vigilia para el día. Con porvenir para fraguar enigmas. Defender el milagro de la vida. La fogata que lleve al alumbraje. A tiro limpio, la bondad del hombre.

Tomado de:

https://www.lainsignia.org/2002/febrero/cul_010.htm

 

 

El luto

El luto humano anuncia grandes cementerios bajo la Luna. O bajo los soles de arena y viento, donde los seres de este mundo asistimos a un nuevo Apocalipsis.

 

Sombrío señorío sobre la vida y la ilusoria paz, el exterminio de todo lo que suspira y palpita, en soledad, en multitud, por mar, aire y polvo, en cita atroz.

 

Ya no somos lo que somos. Ya no hablamos por nosotros mismos. Ya piensas como ellos. Tienes la libertad que ellos te permiten o te dan. En sus manos está el salvoconducto. Está la muerte, la bola negra. Tu palabra la detendrá la maquinaria de los imperios.

 

Ya no somos lo que somos. Somos lo que ellos quieren que seamos. Desde las orillas del mundo, nuestra palabra corre el riesgo de no ser. El gran dilema, ser.

 

 

al alimón

Pedro Salinas – Pablo Mora

Mientras haya

en el mundo alguna puerta,

una gota en el alambre

o una lágrima en la estrella.

Mientras haya

alguna ventana abierta,

ojos que vuelven del sueño,

otra mañana que empieza.

Mientras haya

mar con olas trajineras,

trajinando en alegrías,

llevándolas o trayéndolas.

Mientras haya

un hombre asomado al tiempo,

en orfandad encendido,

alejándose y viniendo.

Mientras haya

lino para la hilandera,

árboles que se aventuren

y vientos para la vela.

Mientras haya

bosques que sueñen en árboles,

cielos en sueño hombrecitos

y amores en los amores.

Mientras haya

tanta fronda en la alameda,

tanto pájaro en las ramas,

tanto canto en la oropéndola.

Mientras haya

un colibrí mañanero,

un suspiro, un alarido,

un relámpago, un acecho.

Mientras haya

un mediodía que acepta

alegremente su sino

de ser la tarde que llega.

Mientras haya

un par de versos descalzos

tras una luna desnuda

al pie de un sol de venados.

Mientras haya

jazmines, claveles, rosas,

que se marchen al ocaso

y regresen a la aurora.

Mientras haya

polvo, barricada, fuego,

turpiales de medio luto

y soldados por el suelo.

Mientras haya

una mirada serena,

un día que se va yendo

y un recuerdo que se queda.

Mientras haya

celadas contra la muerte,

delfines surcando el mar

o un niño que el hambre lleve.

Mientras haya

lances, clarines, laureles,

timbales y clarinadas,

monteras sorteando muertes.

Mientras haya

pasos y pasos que dejan

tan seguros como en mármol

en la memoria sus huellas.

Mientras haya

trajes de luces, de seda,

jardines en las vocales

y gritos entre las piedras.

Mientras haya

amor, y amor que le quiera,

vida que pide más vida

o algún poema que vela.

Mientras haya

esperanzas y recuerdos,

alguien buscando imposibles,

enigmas bajo el misterio.

Mientras haya

en el mundo primavera,

una nube que se va

y un arrebol que se encienda.

Mientras haya

soles que al mundo lo alienten,

trajines para el ensueño

y amores para quien quiere.

Mientras haya

la querencia del poema,

unos versos que amanecen,

muchas palabras que esperan.

Mientras haya

un camino, una faena,

un mugido, una luciérnaga,

una palabra, una espera.

Mientras haya

memoria que le convenza

a esta tarde que se muere

de que nunca estará muerta.

Mientras haya

trasluces en las tinieblas,

claridades en secreto,

noches que lo son apenas.

Mientras haya

susurros por las estrellas,

atardecer que pregunta,

anochecer que contesta.

Mientras haya

tantas palabras que esperan,

invenciones, clareando,

amanecer de poema.

Mientras haya

alguien por la noche insomne,

siendo el insomne el delirio,

siendo la noche la insomne.

Mientras haya

alguien, diestro, toro, ruedo,

una capa, una muleta,

un capote, un burladero.

Mientras haya

un bramido, un rejoneo,

lidia, muletazo, vara,

algo nada más que siendo.

Mientras haya

ángeles que lleven cuernos,

volcanes, rayos, tormentas,

soles que afilen destellos.

Mientras haya

un camino para el tiempo,

una lumbre para el hombre,

una cuna para el viento.

Mientras haya

una brizna a todo ruedo,

una arena a sol y sombra,

un indulto en el pañuelo.

Mientras haya

sombras, sombras inventoras,

penumbras en las barreras

que hacen y deshacen formas.

Mientras haya

un Camborio, bien gitano,

juego de sombra y arena,

bajo una luna soñando.

Mientras haya

dos hacia el final a tientas,

dos de frente hacia la tumba,

dos hacia la muerte a ciegas.

Mientras haya

pena limpia, negra y sola,

hermana de sueño ajeno,

bajo el piafar de las horas.

Mientras haya

embestidas de la guerra,

lirio crecido en castigo,

madrugadas nazarenas.

Mientras haya

Albricias, Aldebaranes

y Arturos para elevar

Altaíres en los mares.

Mientras haya

al alimón en corridas,

al alimón con la noche,

al alimón con la vida.

Mientras haya

alguien nada más que yendo

al alimón, al quiebro, al cuarteo.

Mientras haya

lo que hubo ayer, lo que hay hoy

lo que venga.

Tomado de:

https://ciudadpoema.com/texto/pablo-mora/al-alimon.html

domingo, 15 de febrero de 2026

POEMAS DE JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE - POESÍA QUE IRRUMPE DESDCE ESPAÑA


Estampa del exilio

 

Tu puente de agua blanca va y se extiende

más allá del país de los naufragios.

 

El faro verde de estribor te avisa,

vas nadando con fe hasta la baranda.

 

Te extrañas. Nadie sale a recibirte.

 

Estás aquí, en un barco

de vidrio silencioso

y descubres de pronto nuestra fiesta

de huérfanos que sueñan con el mar.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

La pendiente

 

Miras abajo porque sientes

que todo lo que sientes

va a acabarse,

 

que el dolor sí se ha roto,

que hay un viento que anuncia

tu nombre y tu llegada a otras ciudades,

 

un lamento gris,

tus ojos que ahora sí lo entienden todo

y lo perdonan todo,

 

tus ojos que no miran

más que el vago contoneo de las cosas

para guardadas dentro,

que saben que la marcha

es una aceptación.

 

Antes de irte

quieres estrechar la mano del verdugo,

porque no deseas llevarte

nada parecido a un mal sueño.

 

Olvidas el dolor,

te están llevando,

parece que ahora estás mucho más lejos.

 

De "Delta" 2004

Visor Libros- Colección de poesía

 

 

Las ollerías

 

Aún es pronto para volver a casa:

me han curvado la espalda los enanos

que he venido cargando desde siempre,

los que duermen la siesta en mis bolsillos

para ralentizar mi digestión.

Aún es pronto para volver a casa,

aunque pisé los límites.

Pensé que nadie me podría reconocer.

Escuché los ladridos, temí el polvo naranja.

Recordé la alcancía oculta bajo el mueble.

¿Qué ha sido del nervio, el escondite

bajo un muslo de reina y el metal de unas manos?

Ahora los disfraces son de piel

y miro la avenida desde lejos, ya muy lejos

del sol y de los otros,

que alguna vez volaron para aplacar mi fiebre.

Sé lo que estás pensando: aún es pronto,

y casi no he cumplido mis pactos con la vida.

Es muy pronto aún, pero qué esperas,

si tu voz se me clava en los tobillos

y me amansa la angustia, el temor de un insomnio.

Dentro, en mí, habitas aún la casa.

Otros vinieron antes, y ya la vaciaron

de ti, de tus vestidos, de tus plantas vivaces

a las que siempre hablabas de mí, entre otras cosas.

 

De "Las Ollerías" 2011

Premio Loewe de poesía 2011

Visor 2011

 

 

Litoral

 

Estás quieta dentro del paisaje.

 

El rastro del azul

en la legión de puntas esparcidas.

 

La espalda como un río

encuentra la belleza en su estar dentro,

un sigilo que se afina,

que expone y que acompaña a la escalera;

ve a él, saborea en él

lo grueso de este labio sobre labio.

 

De "Delta" 2004

Visor Libros- Colección de poesía

 

 

Parada en la calle Velintonia

 

Y bajamos la cuesta de la luz.

 

Era una tarde de marzo y el aire

una caricia hilada del pasado,

un susurro dorado que iba ardiendo

en las copas acres,

en las aceras de plomo,

en los veleros perdidos por aquel mar naranja.

 

Supimos que otros hombres de otro tiempo

distante de este sol que se deshace

vinieron en tu busca en otro ocaso

con la sola querencia de escucharte.

 

Y bajaron la cuesta de la luz.

 

Divisaron de lejos los postigos

y los sauces naciendo sobre el muro;

era también aquél

un atardecer de marzo

y en el aire danzaban las palabras,

y tu verso latía entre las copas rojas,

en las aceras de bronce, en los barcos

llegados a tu puerto de acacias desde el mundo.

 

Tú estabas allí para aguardarles

con tu mirada gris de tardes largas.

 

Y todos acudían a que oyeras

sus sueños de papel y peregrinos.

 

Y bajaban la cuesta de la luz.

 

Ayer bajamos nosotros

tu cuesta de la luz.

 

La puerta de la verja está oxidada.

 

Las acacias ahogadas en la tierra.

 

Los sauces ya crecieron y espumosos

han vertido la niebla en tu jardín.

 

Sólo queda tu nombre en esta calle.

 

Y subimos la cuesta de la luz.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

Una hermosa muchacha despierta en 1939 tras un largo sueño

 

Has contado despacio

las ruinas que quedaron

 

de tu casa de mármol tras el fuego.

 

Buscas los restos, esperas

encontrar las miradas,

 

las voces de los tuyos.

 

Cada roca te muestra una sonrisa,

cada gesto se oculta en cada roca.

 

Te conquistan desiertos de silencio,

el polvo se ha anudado a tu garganta.

 

Ahora gritas, y gritas para nadie.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

Una noche de conjuros y ebriedad

 

Anunciaron tu nombre las estrellas.

 

Sacamos nuestras galas al saber que venías.

 

Disfrazamos la casa de palacio,

cubrimos nuestras mesas con los manteles de oro;

quemamos varas de incienso en el salón,

fuimos a pisar mil uvas

en una tina de cobre, dulce baile.

 

Te esperamos cantando hasta las tantas,

y de la noche llovió un susurro

azul de vino; un lamento veloz

que fue desbordando, triste, tu caudal.

 

Soñamos que llegabas,

cansado de tan lejos, como una vez llegaste,

siendo nosotros niños que esperaron

esa mirada oscura perdiéndose en palabras,

esos paisajes ocres que envolvían

a los cielos marrones del invierno.

 

Pero no apareciste en varias noches

y el viento se volvió de pronto frío,

se encresparon cascadas en los valles.

 

Tu vino de la vida nos regó.

 

Acordamos lucir todas las galas.

 

Soñamos que llegabas,

cansado de tan lejos, como una vez llegaste.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

Tomado de:

http://amediavoz.com/perez.htm

 

 

EDADES DE PAUL NEWMAN

 

Creíamos que no podía morir,

que no iba a morir nunca.

Ha dicho Robert Redford que tras él,

tras su existencia fúlgida y humana,

el mundo es un lugar mejor en que vivir;

pero también la tierra se ha quedado más fría,

mucho más esteparia, a la intemperie.

Algo hemos perdido con la muerte de Paul;

algo quizá íntimo, mucho más interior

de lo que supone en un actor.

Paul Newman es una pasión

como el cine también:

se han escrito a sí mismos con sus trazos

hendidos y dorados, pero también sangrientos.

Creíamos que Paul Newman no podía morir,

que era inmortal, que siempre estaría ahí

con su gorra de béisbol y sus gafas de sol,

avejentado pero todavía esbelto,

animador discreto de carreras de coches,

piloto en la estación septembrina del frío,

con una aparición fugaz en una cinta

que no sería la última,

habitando su reino con Joanne Woodward,

en tardes de domingo alfombradas de hierba.

Mi Paul Newman de infancia:

La leyenda del indomable.

No solo por la escena de los cincuenta huevos,

sino por la pelea en el presidio,

por cómo iba encajando sin quejarse

la paliza que le dio George Kennedy;

frente a ese pugilato de Wayne o de Kirk Douglas,

este hombre se dejaba sacudir,

era vulnerable y lo asumía

pero sin rendirse y sin caer.

Mi Paul Newman para una juventud:

el que fue compañero de su amigo en Montana,

Dos hombres y un destino, llamados para El golpe.

Ahora: el de La gata sobre el tejado de cinc

o Dulce pájaro de juventud.

Y dentro de unos años,

en una madurez imaginada,

me seguirán gustando Harry e hijo,

Veredicto final y Al caer el sol.

Un mes antes del fin

decidió renunciar al hospital.

Quería morir tranquilo.

Fue entonces cuando muchos nos despedimos de él.

Todos podemos ser partidarios del mito

y la felicidad, y de hecho qué felices

nos hacen ciertos mitos; pero qué pocos hombres

han dejado tras ellos

ese rastro de honrada bonhomía.

Nunca brindé con él, pero parece

que se haya muerto alguien querido extrañamente.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/poemas-leidos-centro-comercial/

 

 

LOS NADADORES

 

 

1

 

La primera inmersión es la que cuenta,

quizá porque las otras

son apenas un eco en mitad de su origen:

aprender a nadar, con cuatro años,

es la reminiscencia apresurada

de su final de impulso, de exilio o de regreso

hacia el néctar amniótico.

Así extender los brazos

y dar una patada hacia delante, hacia un delante incierto,

en un magma templado

por un temblor desnudo en las rodillas,

tan sólo es una huida de nosotros,

de nuestro miedo público.

En el Parque Figueroa, nadar era jugar a ser de agua,

familiar y espumosa.

Luego, en el Club Albaida, nadar era dejar de ser de agua

para vencer la curva medular,

para buscar al hombre que anidaba

en aquella columna maleable.

Mi padre, entonces, cuando era un hombre joven

y en el pleno verano me arengaba a seguir esforzándome en la vida,

quizá ya descubrió que yo iba a ser de agua,

que había un sueño de sal detrás del cloro,

en todas las baldosas como un mosaico abstracto,

junto a aquellas rejillas con los barrotes anchos y muy turbios

en las que un niño antiguo,

indefenso y sin nombre,

había muerto atrapado en el desagüe.

Nadar era crecer.

Nadar para empezar a ser un hombre,

con la espalda de un hombre y la voluntad de un hombre,

con los hombros de un hombre y la verdad de un hombre,

mientras mi espalda débil, que había de sostenerme,

iba remodelando una nueva firmeza

hacia un bordillo duro y soleado,

justo donde mi padre me esperaba

para darme un pulmón de oro macizo.

 

 

2

 

 

He vuelto a nadar a ratos con mi padre.

Quizá lo razonable sería que ahora yo nadara con mi hijo,

con mi verdad de padre, que ahora le enseñara que nadar

no es sino evadirse de lo ajeno,

liberarse en el agua

para también ser agua y renacer

en el extrarradio de uno mismo.

Quizá algún día lo haga.

Ahora, al menos, nado con mi padre,

aunque muy pocos días, quizá uno o dos al año,

y ese hijo invisible que navega en el silencio de nuestras conversaciones

es sólo una calma melodiosa, es un rumor de agua que nos limpia

de una sequedad muy de diario, de nuestras manos grandes

de hombres acostumbrados a nadar

sin eludir el pulso a la corriente.

 

 

LA CONTRACTURA

 

La vieja contractura de la espalda

ha vuelto a aparecer,

como un amigo incómodo que un día

nos viera cometer los pecados feroces.

La noto entre las vértebras más altas,

como una garrapata aferrada a mi ánimo,

que es una incisión fina y consciente

sobre cada escalón de mi memoria.

 

La poesía no debe ser confesional,

porque todos tenemos una historia;

quizá, al menos, no deba ser confesional

únicamente: hay que darle el barniz

de la escritura, travestirla en lenguaje.

 

Recordar esta vieja contractura en la espalda

es hablar también de mis quince años,

de su primer chasquido como un fósforo ardiendo

sobre el lomo de felpa de un antílope.

Todo era duro en mí, todo diamante.

 

La poesía ha de ser honesta, la poesía es un artificio,

la poesía ha de ser mentira en su verdad objetiva.

 

Todo entonces también era muy cierto

hasta ese primer golpe en mitad de los hombros,

ese crujido tosco, su punzada de luz

convertida en incendio al sacudir la tierra

que también era cuerpo, y un temblor de onda corta

para amansar la lumbre de mi espalda creciente.

 

Detrás de la rotura hubo una sed,

tan delicada y tierna como una amante joven

en su mitad del sueño, el visillo turgente

amasando las horas para enviarlas después

a cualquier otra parte. (Entonces no había tiempo,

porque tiempo era todo lo que el sexo tenía).

 

La vieja contractura, como entonces y ahora,

reapareció en la noche despierta de un hotel,

en un amanecer sobre el hambre en La Habana

y tras una pelea que resolví con suerte.

Así suele venir, sin avisar,

como todo el dolor de cualquier biografía.

 

El poema, ¿por qué ha de travestirse? ¿Por qué ha de ser lenguaje?

¿Por qué no puede ser, hoy nada más, una verdad honrada?

 

Así ha venido ahora la vieja contractura,

como un recordatorio de la vida.

La he reconocido nada más levantarme

y le he buscado sitio en mi asiento del tren,

le he pedido algo para desayunar

y he tratado al fin de protegerla

al coger las maletas. Y me he puesto a escribirla.

 

Cuántos poemas caben en el puño de un hombre.

De qué sirve escribir cuanto no cabe en el puño de un hombre.

 

Pensando en ella he visto las antiguas lesiones:

las muñecas abiertas, un esguince de agua en los tobillos,

el menisco cansado de golpear el cemento

como un gran paredón de hierba seca.

Y también unas cuantas cicatrices

que a veces me acarician con una suavidad de mariposa.

 

En ella puedo ver mi única verdad

como una herida antigua que no nos hace daño:

me hace percibir que estoy en casa,

que a pesar de las costras y de las vidas nuevas

nunca me he movido de mi casa.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2014/02/poesia-espanola-joaquin-perez-azaustre/