miércoles, 22 de abril de 2026

POEMAS DE TAHA ADNAN -DESDE MARRUECOS - BÉLGICA


Tu corazón blanco como la nieve

 

Tu corazón blanco como la nieve

cae en copos

sobre mi corazón

para extinguir su​​ fuego

las llamas.

 

Tu corazón blanco como la nieve

paraliza los sentidos

y los aeropuertos.

 

Tu corazón blanco como la nieve

se complica

cuando falta la sal

con la que se espolvorea el pan

y las​​ rutas

para devolverles la vida

y el sabor de la vida

que exalta la dulzura de​​ un​​ queso

y templa la amargura del vino

en la boca.

 

Tu corazón, oh mi amor maldito,

 

es como la nieve:

 

la cara inmaculada del infierno.

 

Bruselas, 21 de enero de 2013

 

 

 

En el amor

 

En el amor​​

—durante​​ el amor​​

aborrezco​​ la música

del equipo estéreo

tu corazón me es​​ guitarra

cuando late

y tus suspiros,

el soplo de una flauta.

 

Durante​​ el amor

bailamos samba

sentados​​ o de costado

el amor, carnaval del​​ alma.

 

Durante​​ el amor​​

aborrezco tu largo cabello,

cuyos mechones

en​​ mi aliento​​ se enredan.

 

Durante​​ el amor

aborrezco​​ las mantas,

yo soy tu edredón.

 

En el amor... durante​​ el amor​​

aborrezco​​ las palabras de amor,

el estrechamiento, en la pasión

prevalece sobre el verbo-.

 

¿Acaso​​ el amor​​ no nos basta,

mi amor,

antes de dormirnos?​​  

 

Bruselas, 9 de diciembre de 2012

 

 

Eres tú lo que quiero

 

Tú me quieres

simple y bueno

como Mario

en​​ El cartero.

 

 

Tú me quieres

dócil

como el esposo​​ armenio de tu amiga

autoritario

como tu padre.

 

Tú me quieres

todo fuego y flama​​ contigo

y huraño

junto a cualquier otra bella.

 

Tú me​​ quieres

noble caballero

versado en la etiqueta

masticando con la boca cerrada

y el corazón abierto durante el amor

para contenerte.

 

Tú me​​ quieres

transparente

como la luna llena

misterioso

como la mirada de la Mona Lisa

me quieres astuto

como un político

soñador

a la manera​​ de los poetas.

 

 Tú me​​ quieres

ágil y delicado

como un bailarín estrella

robusto

como un gladiador.

 

Tú me​​ quieres

enamorado

en la vida,

desvergonzado en la cama,

plegándome

a las necesidades del amor

o de la situación.

Pero yo, yo​​ te quiero a ti,

solo a ti,

tal​​ como eres.

 

Bruselas, enero de 2013

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2026/04/poesia-africana-taha-adnan-marruecos/

 

Odio el amor

 

No me gustan las elegías,

simples cumplidos tardíos,

halagos que se mascullan siempre tarde.

Detesto los elogios, mentiras manifiestas.

 

No me gusta la poesía clásica,

necesita demasiados glosarios

y un ejército de intérpretes;

detesto la crítica contemporánea,

moneda barata.

 

No me gustan los borradores,

me recuerdan poemas

que nada significan.

Detesto los poemas publicados

y me deja consternado que se queden

inacabados para siempre.

 

No me gusta la fama,

las luces ciegan

y no soy tan estúpido

como la mariposa;

detesto la vida en la sombra,

exactamente como un fruto invertido

que no llega a madurar.

 

No me gusta tener una nariz,

–órgano que se inscribe como una frase incisa–.

 

Detesto tener dos piernas,

paralelas como una escalera que no sirve de nada,

pues no tiene travesaños.

 

No me gustan los coches,

vehículos ineptos que exigen cuatro ruedas

para conseguir un sencillo equilibrio.

Detesto también la bicicleta,

que corre como un pájaro metálico miedoso,

incapaz de volar.

 

No me gusta que me llamen

Tahar el Marrakechi,

detesto las sonrisas fingidas que me ofrecen

cuando destrozan mi nombre en los servicios municipales

llamándome “Monsieur Taa Adnan”.

 

No me gusta el odio,

a menudo gratuito, sin razones fundadas.

Odio el amor, que es tan costoso.

 

No mee gusta el domingo,

un día perezoso

que me recuerda que tengo que trabajar

al día siguiente.

Detesto el lunes (véase el domingo).

 

No me gusta vivir solo,

la soledad es glacial

como una noche de diciembre

con la calefacción descompuesta.

Detesto vivir acompañado, es el infierno.

 

No me gusta tener una sangre que circula

sin poder atraparla

y detesto no tener sangre.

 

No me gusta el reloj,

me recuerda la vida que se pierde;

detesto el reloj de pulsera

que compite con los latidos de mi corazón.

 

No me gusta la paz,

vuelve monótona la vida, le quita el gusto.

Detesto la guerra, antítesis de la paz.

 

No me gusta la vida, esa hija de perra.

Detesto la muerte, su ladrido último.

Tomado de:

https://archivopdp.unam.mx/component/content/article/1476-032-poemas-festival-de-costa-rica-antologia?Itemid=1

martes, 14 de abril de 2026

POEMAS DE ANA EMILIA LAHITTE - DESDE ARGENTINA -


El sueter de Fedorio

En los bordes raídos del suéter

de Fedorio

se arremansan la vida y sus historias.

 

Jamás

me atrevería a proponerle restañar

esos hilos desgastados

reavivar los colores

las zonas percudidas como un abecedario

para ciegos.

 

Quitárselo

sería desollarlo.

 

El suéter de Fedorio

es una hogaza

un libro de bitácora un sol un campanario

alguna melodía que se canta

sin que nadie la escuche.

 

Su intemperie

anuda cuanto ha sido algo más

que un adiós

menos que un llanto

algo que sólo cabe en el hueco secreto

de la mano.

 

Si otra piel respira

debajo del mandala de su suéter gastado

será sólo el sudario

que busca convertirse en el revés cereal

de esa coraza

hilada por los pájaros.

 

 

Sellos de posesión

Cuerpo de mujer

 

Conspiración del universo

para que el horizonte

se desnude.

 

Quasar

 

Aquel falo de estrellas

que siempre pareció comenzar

en tu boca.

 

Pecados

 

Hay pecados rebeldes

que no desaparecen hasta violar

alguna garza azul.

 

 

 

La niña extraña

Tenía un grillo entre las sienes

y sabía decir mariposa.

Lo demás lo ignoraba.

Un día descubrió que Dios no era una alondra.

Otro día

les dijo a las simientes

que sería más lindo brotar alas.

Al fin

se convenció de que en el mundo

hay demasiadas cosas sabias.

Y se fue despacito,

caminando,

caminando hasta el alba.

 

 

 

Tigres

Dicen

que el territorio de las hembras

es menor.

 

Pero el olor a hembra atraviesa el verano

y el celo

es territorio prometido

para tigres

y albatros.

 

 

 

Desiertos

Los hombres azules

frontera de las altas dunas.

 

 

No hablan de la sed

con quien la desconoce.

 

 

Como alimento

intercambian silencios de arena.

 

 

Parecen separarnos horizontes

eternos.

 

 

Ignoran

que con ellos convive otra sed.

Exhausta

Sin oasis.

 

La de nuestros desiertos.

 

 

Liberación

Las manos.

Sometida extremadura

de la avidez y de la servidumbre.

 

 

Si pudiera

las dejaría partir

desarraigadas

sabiamente inexpertas

como el tacto feliz de los amantes

buscándose en la oscuridad.

Tomado de:

https://www.poeticous.com/ana-emilia-lahitte?locale=es

 

 

Autorretrato

 

Me miro en el espejo.

 

Una mujer avanza

desnuda,

sin heridas aparentes.

Es una hembra espléndida

en épocas de celo,

tal vez.

Pero ya muerta.

 

En carne y sombra altiva

despoja sus silencios.

En silencio,

un idioma de albatros

la sustenta.

 

Se yergue luego

intacta,

con dignidad de hiedra.

Y aferrada a sus muros

de lumbre y soledades,

espera.

 

 

Cetrería

 

Liebre, venado, faisán.

 

No me atrae la caza,

ni me gusta alinear la carne roja

en bandejas de plata.

 

Pero el halcón

acaba de traerme tus ojos

 

Amo la cetrería.

 

Mañana

ha de traerme tu mirada.

 

 

Fe

 

Ha de haber

algo más.

 

Tiene que haberlo.

 

¿Detrás del llanto?

 

No.

Detrás del último

instante

en que creemos.

Tomado de:

https://lospoetasnovanalcielo.blogspot.com/2021/07/ana-emilia-lahitte.html

 

 

EL ADOLESCENTE

 

Este dolor

que herrumbra nuestras lágrimas

nunca tendrá sentido para el adolescente

sabiamente cegado por el alba.

-

No muere aún.

Él cree que no muere

aunque presienta y goce sin saberlo

señales de ancestral artesanía:

nacer de sí nacerse aniquilarse

inventar el adiós

para ese extraño que él será en el vacío

cuando otro ser intacto lo suplante

y reclame los rostros de lo humano.

-

Pero él no lo sabe.

Sus párpados son lámparas de trébol.

Mandrágoras de sol

trenzan guirnaldas con su sangre inocente.

¿Por qué ha de saberlo?

Es un ángel que se atreve a existir.

Sus enigmas de pan fundan espigas.

Con pájaros de trigo

sus venas aposentan cataclismos.

-

Todo le es natural como su sombra

ese jaguar

que marcha a su costado

sin herirlo jamás.

Todo es tan libre semental desnudo.

Todo

menos el hueco de las lágrimas

donde se oculta Dios

y lo reclama

desde obsesivas cárceles de origen.

-

Mientras

la noche crece. Lo contempla.

Lo aguarda en su bellísima morada.

 

 

AMANTES CLANDESTINOS

 

Uno va internándose

en la fatiga horizontal que llega

a seducir los huesos

y el silencio

como si fuesen huéspedes fugaces

o amantes clandestinos.

Y un día

nos sorprende descubrirnos

dueños de una morada

abierta a la intemperie de toda soledad.

 

Vamos tendiéndonos

junto a nuestra sombra arropándonos con ella.

 

Hay un cambio de piel

que nos desnuda.

 

 

Y la fatiga invade.

Murmura otros idiomas

que no son extranjeros pero emplean

sin voz

otras palabras.

 

Para no herirnos.

Para no decirnos que hemos comenzado

a habitar el adiós.

 

 

DAGUERROTIPO

 

...aún los que están solos llevan en sí

su pareja encarnizada,

en cada espejo yace un doble,

un adversario que nos refleja y nos abisma...

 

Octavio Paz

 

Ninguna carne

es hierba detrás del horizonte.

 

Él está allí

apenas reclinado en esa ambigüedad

que burila el trasfondo de los daguerrotipos.

Tiene mi misma frente

mi criolledad austral de hace dos siglos.

Quizá debí decir tengo su frente.

O es la nuestra una frente mortal

única y sola.

 

Los huesos de las sienes

arrasan transparencia desde una eternidad

que ya conozco

invadida por él y por su sombra.

Cada vez que entablo batalla con sus ojos

él me arrastra hacia bosques de silencio

donde el adiós flagela mis espaldas.

El lugar de mi cuerpo

es un desierto que media entre las vísceras

y el humo.

Sin lecho

conocemos la feroz inocencia de los astros.

 

Pero alguien vigila.

Tras los rasgos hay un rostro vedado

que no fue nuestro rostro

sino el del extraño que en pavor germinal

de nuestros muertos cavó guaridas

sin jamás rozarnos.

 

Ahora

en el exilio de su marco dorado

su herrumbre cautelosa apacigua lo humano

sin que el alma acuda a rescatarnos

de la única muerte que vivimos

en soledad de dioses.

 

Tal vez

y su espejismo o su isla de piel

o su naufragio.

El de todos los rostros

que se ciegan en esplendor de un sol

deshabitado.

 

 

ALTRI TEMPI

 

Las salas enfundadas como inmensas corolas. y un secreto soleado:

el país de los patios. (Se decía glicina, heliotropo, diamela,

como ahora se dice ADN, sidaico). Aquel cielo privado

con chicos y canarios y huertos y murales de macetas pintadas

era de veras cielo. (Entonces, lo ignorábamos).

Nunca imaginamos que lo fuese, hasta ahora, en que hemos

cumplido nuestros propios infiernos). Aquellos cielos

bajos, a ras de tierra, humanos. Todavía a salvo. Allí donde ser niño

era tener abuelos en la casa y amarlos,

dejándolos vivir libres de vaciaderos de viejos:

adiestrados espectros que siempre se demoran demasiado

en morir y dejar limpio el mundo,

que ya no tiene patios, ni destino, ni tiempo.

 

Ser niño era pedirles que nos dieran la mano, porque teníamos miedo.

Y volver a pedirles que nos contaran cuentos (que eran verdad,

ahora lo sabemos) Y llorar junto a ellos penitencias y encierros:

“había que educarnos”... (Se decía señor y plegaria

respeto, con limpio olor a incienso y a sopa obligatoria,

a almidones y ungüentos).

Se decía Maestro, y en el cuaderno único cabía el universo.

El padre, con arrestos de patriarca doméstico, “tenía autoridad”

y la madre dulzura, por amor o por tedio.

Lo cierto es que la casa nunca estaba vacía

(la mesa familiar, otra inútil reliquia) y la abuela, el abuelo

-una especie de puerto del buen regreso-

eran sencillamente viejos: con todos los derechos a morir

en su casa, en su cama, en su llaga, en su pulso, en su tiempo.

Sin adiós intensivo. Sin pactos terminales de abandono y silencio.

En fin, sólo fantasmas de cielos y otros tiempos.

 

 

ALGUNAS MANERAS DE ENSAYAR EL ADIÓS

 

1

Cada latido,

pendular, descalzo, regresa al universo.

 

2

Somos lo que no vemos.

Somos lo que ignoramos. La sombra es la única constancia

del aún estar después de haber huído.

 

4

Amo

el temblor radiante de mi propia intemperie.

 

5

La desnudez

fue siempre mi guarida secreta.

 

6

Costó tanto

inventarse, cavarse, mutilarse,

antes de regresar al fondo del espejo.

 

10

Lo importante es la sed.

Ser un mismo desierto.

 

13

Fascina

Este límite

Donde el haber vivido se desprende

como la piel de una serpiente.

 

18

Sí,

las heridas son el mejor manuscrito.

 

32

Envejecer es esto,

recordar vagamente la piel de los amantes.

 

37

Sólo creo

en los ángeles heridos,

en su examen de luz en los infiernos.

 

38

La duda es un extraño paraíso

donde Dios puede al fin dejar de ser eterno.

 

42

Amo secretamente el casos que me ama.

 

44

Es difícil morir.

Más difícil aún saber si estamos vivos.

Tomado de:

https://www.poesiacastellana.es/poemas.php?id=Lahitte+%2C+Ana+Emilia