viernes, 15 de mayo de 2026

POEMAS DE ALEJANDRO BURGOS BERNAL -PROSA POÉTICA DESDE COLOMBIA-


Seth (poética)

 

     Han sido meses y días y horas en que con desconsolada piedad me he dispuesto a la poesía como si ésta fuese un enigma, un enigma o una piedra. El significado de la vocación poética se me ha ido dando a través de una imagen: el corto viaje de Seth a las puertas del paraíso, su padre moribundo sobre la tierra agria y seca y cuatro generaciones de hombres que lo lloran y un árbol que crece en sus entrañas.

    Seth como emisario del padre enfermo recorre la distancia que separa el paraíso de la tierra infértil de su estirpe. Lleva consigo una aceitera con el fin de rogar al ángel guardián del paraíso que le de unas cuantas gotas del aceite de la misericordia, aceite que había de servir a su padre quien por vez primera en el tiempo del mundo enfrentaba la muerte. Mas no tuvo a bien el ángel dar un poco de ese aceite de lástima, no tuvo a bien salvar la vida con la piedad. En cambio del aceite el ángel dio a Seth una ramita de árbol: plantada y crecida en árbol daría la cura al moribundo. Mas antes que Seth volviera, la aceitera vacía y en mano una ramita, antes que volviera terminaba la batalla. Formas brillantes como dientes yacían en tierra cerca del cuerpo muerto, la espesura se cerraba, antes que Seth volviera todo hubo de ser perdido.

   Seth entonces –aceite onfacino fue aquello, aceite de almendra amarga sobre la herida- puso la ramita en la boca del padre muerto. De aquí, aquí crecería en árbol algún día.

    Fueron meses y días y horas en que con desconsolada piedad me dispuse a la poesía: no sabía –la imagen es siempre un enigma- y tal vez no me sea dado saberlo, y ha de ser milagrosa esta secreta vía, milagrosa esta cruz exigua, no sabía la cualidad de la poesía ni su manera. Supe –de piedra es la sombra del árbol- supe que el enigma de la poesía era como un cristal de roca: transparente y mutable y duro.

 

    Una herida

    dolorosa

    como un ojo,

    profunda y vertical

    como la lengua.

 

 

LIMINAR

                                

Estoy encerrado en un árbol.

El árbol grita a su manera.

 

Augusto Roa Bastos

                                                                                                          

                                                      

    Que lo estuve, y si lo estoy es un rumorío de ramas secas este articular elementos de transparencia. Encerrado en un árbol. En su grito a su manera, perenne manera, leñosa, elevada manera. Arborescido de poco más o menos sobre la ribera, ribaldo, arborezco de mezquina riba, non veo do ribar, no vi do ribar y le vendí mi alma. De poco más o menos a sur del puente, fábrica de piedra, ladrillo, madera y hierro. Que si grito, mas tan sólo si susurrase, polvúsculo en potencia de diafanidad, ahora menudencia de tierra, muy seca sequedad de fauces, hiena secaña; si grito exhalo sombras. Y en estornudos se me van las arbustivas pausas, obligaciones tonales en modo menor, debe ser mi manera de llover.

    Ripios de niebla, delgados, desiguales, sin pulir, teja techumbre de la obscurecida tierra, soy poco de voz y mis propias cosas, enclenques de común decir, de débil sentencia. Añublo sin olor del día, de la luz con sus tintas, de la luz de sus ojos, de la vida de su vida. Ya la vida peligro en José de Arimatea, anteomnia, pero fue en sombra de grandeza, más bien bermellón, más bien carmín fino, más bien sombra de Venecia; lo mío es sombra de hueso, color obscuro, blancor ofuscado, amarillo biliar, de entraña, de entraña enferma; si el oso enferma come hormigas. Mi sombra es hormiguera, roe retoños. Mi sombra, osario, no desmiente el hambre.

    De raso hago lugar, aldeorrio raído, arrasados los ojos, hinchados, de lágrimas guijarros, de lágrimas piedras, empedrando aldealrío, flor de cardo silvestre soy, buche del río, en mí cuaja culantro, maná sin olor a miel, mana cuajarón helado, mana rocío, sí, rocío, lluvia tenue por manda en razón del frío, ínfima región del aire, mi tierra, Santo Antonio Abad, mi tierra: ese blanco vellón leve.

 

 

Marisma (Cartas del Tío José)

 

 

    En ellas vivo desde mi infancia. Me fueron dadas a pocos días de mi nacimiento y somos dos o tres los pocos que poseemos propiedades tan pobres y desde tan temprano. En lo que a mi concierne poseo un cofrecito de hechura tumbada, sin forrar, color obscuro, en el que guardaban migajitas de una especie de pan agrio. Eran esas, según mi tío, las pocas cenizas de Lautréamont.

    En ellas vivo desde mi infancia y si bien poco menos que arena y barro de polvo, si bien son sólo migajitas, mi tío allí me bautizó y de éstas mis propiedades me heredó algunas venturas. Ínfimos milagros, se entiende, más bien deslumbramientos. Yo lo aprendí pronto y aprendí a habitarlas sin devoción, con su enfermiza calura transformándose en palabras duras y secas como ramas de dulcamara.

    En ellas vivo desde mi infancia, condesito ceniciento de un reino en seca.

    En ellas vivo y sólo de ellas sé.

    Cada tanto, sin orden, me llegan las cartas de mi tío como cuando amaina la mareta. Representan lo más cercano que me es posible a una visión de la realidad. En esas ocasiones llueve sobre mis propiedades, llueve una lloviznita áspera y tíbia, una pobre llovizna cenicienta. Yo en esos días quisiese como renunciar, como ofrecerme en inaudita caridad. Yo en esos días, la piel seca como cuero curtido, pobre hombre torcido como árbol, yo en esos días, no sé, como que me dan ganas de morir.

 

 

La segunda carta

 

    La segunda carta llegó desde Cimbra. Yo aprendía a comulgar con tu pan: un rito simple, natural como ese florecer de algas secas sobre las leñas podridas de mi costa. Crecía así el frágil territorio de los muertos. Crecía tu voz desde la herrumbre, el verdín del borde de las cosas.

 

    “¿Habías notado?, lluvia es que el templo esté encendido, qué tanto esplendor de café Santa Cruz, qué tanto esplendor de Rua das Flores, que tanto esplendor de domingo Mondego, camina para arriba, camina para abajo, tanto esplendor de portinho, de pastel de nata y café en la esquina, tanto esplendor mi cuarto, mi balcón, mi ventana, mi mañana amaneciendo, luces bajas, frío nuevo, tanto esplendor encendiéndose en el enramado derrumbe de los cielos, las hojas tan brillantes de un árbol de agua, las aguas amarillas de un otoño del sol que se sumerge. ¿Habías notado, condesito?, lluvia es que la iglesia se ilumine por dentro”.

 

    Bajabas, tío, bajabas de hospital en hospital. Todo en ti era claro. Te preguntabas cómo te era posible la voluntad, cómo aún la voluntad te era posible. Me prevenías: ¿por qué de la voluntad has hecho mirada?

    Lisboa no te fue casa, tío, Lisboa te fue hospital.

    Sus sábanas tan blancas y su excelente pescado.

Tomado de:

https://eugeniasancheznieto.blogspot.com/2016/02/alejandro-burgos-seth-poetica.html

 

 

Sobre la vocación

 

Dicho sea de paso: la poesía de Fernando Pessoa es

imágenes de Lisboa, es sólo imágenes de Lisboa

 

I. Simplicidad sin ostentación.

 

El condesito despierta en la ciudad de Lisboa, despierta en la puerta de cafés, bajo la lluvia entorrenciada de su sueño y a la vuelta de esquinas —Lourenço Santos Ltda. Camiseiros o tal vez la Tabaquería Pires en Rua da Prata esquina—como bajo paraguas metafísicos, cortando en la lluvia una flaca vigilia, una columna de sombra seca, a la vuelta de esquinas —y sólo a veces, sólo a veces… es que el sueño es triste— se va cruzando con sus vísperas como si hubiese querido renunciar a la lluvia o enflaquecer de caridad. Como si alguna expresión de realidad hubiese de persistir en el desamparo.

 

Como si hubiese velado toda la noche en oración.

 

 

 

II. Mientras que algo es bello es posible aferrar su esencia.

 

Ayunó el condesito, sin ser témporas ni vigilias. Hora tras hora fue su sombra. Se detuvo en los cafés, Lisboas sin Fernando —¿qué habrá sido de él? Fernando—, tabaquerías sin Alves ni marismas. Es fantástico cómo se tomaba una botella de aguardiente, de esas de antes con el tapón de vidrio… como si se quisiera matar. Pero no, no es eso, no es eso: a pecho abierto no se escuchan lamentos de mercado, una lejana vigilia sí, un corazón que nunca duerme, mas tan leve que ni tan siquiera es vida; a pecho abierto, desde el acabarse la de nona hasta ponerse el sol—oficio divino al fin y al cabo—, mirad, la Rua do Alecrim enneblinada.

 

Como si se pudiese morir de iniquidad.

Como si el alma fuese todo lo que es. El alma… la forma de las formas.

 

Me pregunto si, como San Ambrosio, eres

capaz de leer in immensum loqui.

 

 

 

III. Dios envió los clérigos, mas el diablo envió bufones.

 

La sangre en lluvia, el condesito, resplandor blanquecino de su ser. Sus ojos fríos como el mar miraron el Tajo desierto y mudo. Hojosos ramos en cortejo fúnebre: su madera es dura de color rojo como el fruto: Liliata rutilantium te confessorum turma circundet: iubilantium te virginum chorus excipiat… Sus flores verdes, a modo de ramilletes. Pavorosamente perdida, la ciudad.

 

Oh María, virgen santa, finalmente mi espíritu adivino…

Oh María, virgen santa… ¿sobre qué sangre caminar?

Como si hubiese teñido su sombra en veneno asirio, como en púrpura las lanas blancas.

 

 

 

IV. Yo no tengo caridad.

 

Lluvia es que el templo está encendido. Va iluminado por dentro el condesito, en disposición presbiterial: exorcista, acólito y ostiario. Tiene potestad para admitir los dignos y la ejerce entre difuntos: Agüedita, Nativa, Miguel…cuidado, cuidadito con ir por ahí, por donde acaban de pasar gangueando sus memorias dobladoras penas, hacia el silencioso corral: Almada, César, Samuel… holgazanes de arte e industria, no vaguéis de alma en alma, fingiendo pobreza, hurtando artificios.

No vaguéis de alma en alma pregonando cenizas.

 

Cuidado, cuidadito con ir por ahí salmodeando lección superior al desengaño. Como si Lisboa fuese casa santísima y misericordiosa.

Como si fuese, Lisboa.

 

 

 

V. “¿Usted sabe cuántos de los míos ardieron? En Pskov, en Novgorod…”.

 

Una dolorosa enfermedad, el condesito. Qué milagrosa manera ésta de caer, vestido como era de noble color, humilde y honesto. Persona devota sin duda, oyendo los divinos oficios en hábito sanguino. No hubo médico o medicastro —ni por filosofía natural, ni por física, ni por arte de astrología— que para esta enfermedad tuviese cura. Que el condesito llamaba a la muerte y decía: dulce, dulce muerte, ven a mí, que ya yo llevo puesto tu color.

 

Como si la mar tuviese vientre y Lisboa sólo sepulcros.

Como si la nada fuese en olor de hoja de olivo.

Tomado de:

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Diario/01_11_11_08.html

 

 

Roma

 

Me pongo a mirar por la ventana y decido pintarme de azul hasta las uñas. Con un pincelito me pinto de azul muy poco a poco y me convierto en la aurora de mí mismo. Si hace sol, se agrietará la aurora como tierra; mas si llueve, si lloviese, me desvaneceré en mí como los ríos. Seré profundo entonces, profundo y abismado. Comerciaré con pieles y con peces, seré ajeno. Y si me fuese necesaria la renuncia —porque parto para Quito o porque sí— me refugiaré en la boca de los mares, criatura sin vientre y sin sepulcro.

 

(Tomado del libro Dulcamaras. Valencia, España: Germanía.

Premio Internacional de Poesía Gabriel Celaya, 2001)

Tomado de:

https://permutante.wordpress.com/2018/08/16/roma-un-poema-en-prosa-de-alejandro-burgos-bernal-bogota-colombia-1970/


jueves, 14 de mayo de 2026

POEMAS DE EUGENIO FLORIT -DESDE CUBA-


A la mariposa muerta

 

Tu júbilo, en el vuelo;

tu inquietud, en el aire;

tu vida, al sol, al aire, al vuelo.

 

Qué pequeña tu muerte

bajo la luz de fuego vivo.

Qué serena la gracia de tus alas

ya para siempre abiertas en el libro.

 

Y en ti, tan suave, en tu morir callado,

en tu sueño sin sueños,

cuánta ilusión perdida al aire,

cuánto desesperado pensamiento.

 

 

Canciones para la soledad

 

Tú no sabes, no sabes

cómo duele mirarla.

 

Es un dolor pequeño

de caricias de plata.

 

Un dolor como un árbol

seco por la mañana.

 

Un dolor sin orilla

para dormir el agua.

 

Un dolor como el rastro

de la nube que pasa.

 

Tú no sabes, no sabes

cómo duele mirarla.

 

 

Del silencio

 

Ahora ya está la brisa por el aire dispersa,

con las manos hundidas en los árboles;

pero en aquel momento se había ido tan lejos,

que era como si no existiese memoria de su nombre.

Todo el silencio estaba caído por el mundo;

la tierra misma no era sino una gota de silencio.

Los segundos del sol bajaron a beber aguas muertas

donde nacía la inquietud de unas horas futuras,

prontas a alzar el vuelo con las palomas de la tarde.

Aquel minuto se extendía sobre las ramas inmóviles,

abriendo una luz sin ecos, ni cantos, ni nada.

El silencio perfecto de lo que va a surgir y aun se detiene.

Ancha campana de cristal para la luz del mediodía,

que viene limpia desde su nido alto

a florecer en una exacta rosa de doce pétalos.

 

 

Desde la nieve convertida en agua...

 

Desde la nieve convertida en agua,

desde el sucio periódico sin dueño,

desde la niebla, desde el tren hundido

con sus cientos de manos que buscan asidero;

desde la fantasía de los anuncios luminosos

y el ruido sin piedad de las bombas de incendio;

desde la noche que nos cae encima

-losa de cielo sin estrellas-;

desde cada momento perdido entre las calles

donde todos los solos del mundo pasan desconocidos;

desde el árbol sin hojas y el camino sin gente,

otra vez, como ayer, como mañana,

acaso ya como todos los días que vendrán, si es que vienen,

entro al silencio.

 

 

Destino

 

Mejor ámbito aquí, dentro de casa,

para escribir lo ancho

y lo pequeño de este mundo.

Apenas diferente

conocer la distancia de una estrella

o el alado camino

de la hoja caída de su árbol.

Preciso es dar al aire

este amargo sabor que muerde dentro,

que pide luz de fuera, la que arde

de su estar siempre fiel a su destino

que es el lucir en las palabras

y saltarse los mundos que conoce

y los que aún no han sido revelados.

Un ámbito que esconde

en sí el oculto pensamiento

brillante piedra que en su día

nos pidió rescatarla,

a ella, la escondida de los siglos,

humilde aún, que espera

el roce misterioso de unos dedos...

Ahora, despertada

de su soñar antiguo,

nacida a luz y sol,

hecha ya una palabra.

Milagro al fin que vive

al amor de su dueño:

de quien soñó con ella

en la forma final de su destino.

 

 

El alto gris

 

Que está más alto Dios lo sabes

tú por el fervoroso pensamiento,

aquí, vacío de palabras

y casi ya vado de recuerdos.

 

Alma de paz que al cielo de la tarde

subes en brazos del silencio

cuando se asoma débil entre nubes

un sol amarillento.

 

Más alto Dios en ti. Más firme,

más verdadero

que tú mismo, hilo de humo

con el amor dormido dentro.

 

Que bien lo sabes. Porque está la noche

en la Ciudad cayendo

y todo en ti se pone gris

con el opaco gris del cielo.

 

Y con el gris de la callada altura

se van iluminando los ensueños

-gotas de luz que se abrirán más tarde

en unas flores de brillantes pétalos.

 

Tu lo sabes. Que Dios

abre su rosa de invisible fuego

ahora cuando, reina de la altura,

sube tu alma en brazos del silencio.

 

 

El deseo

 

Quisiera haber escrito más, pero no pude.

Lo escrito escrito está. No me arrepiento.

Hubiera Dios querido, lo que siento

dentro de mí, como una espina, al viento

pudo salir, fuerte de luz, de verso lleno.

Pero no pudo ser. Y aquí me quedo

sin gloria ni valer, que no apetezco.

Tan sólo un poquitín de pensamiento

cuando no sea yo más que otro muerto.

Otro muerto cualquiera. Un gran deseo...

Y este amor a la tierra en que estoy dentro.

(¿Los árboles, las flores, el mar? Pues todo ello

aquí, muriendo como yo, en mi cuerpo.)

 

 

El mar de siempre

 

No volver a soñar más que en lo mismo

para tejer el hilo de los tiempos

que tal vez fueron milagrosos.

O acaso no existieron,

sino en la mente de quien los pensó.

 

Ese arrullo que escuchas

no es el del mar de entonces;

aquel calló con las ausencias,

o bien se hundió lejano

y se perdió en la espuma de otros mares.

 

No son los mismos, nunca.

Cada uno se acerca a sus orillas,

diversos todos, todos únicos

en el rozar del agua con su tierra;

y cada tierra con su mar se duerme

o al levantar el sol con él se alza.

Pero distintas, diferentes,

las tierras lejos, las de cerca,

tienen su propio mar que las arrulla

y con diverso pálpito respiran.

 

Como es otra la música

que en su bajar nos llega

del infinito mar de las constelaciones.

 

Y así vamos de mares y de orillas

al límite final que nos espera.

 

 

El poema

 

Sí, se te pone un nudo en la garganta

y no sabés que hacer para soltarlo.

Tal vez llorar es bueno,

pero tal vez eso no basta.

Porque si lloras te saldrán los llantos

con un gusto de amargo sentimiento.

Y, además, que llorando no te calmas.

No se te calma el nudo ni la angustia,

que es como si todo un cielo se te hundiera

o como si nadando por el agua

con las flores del agua te enredaras.

Como soñar que vas cayendo,

yendo cayendo que caerás sin prisa

y que nadie te espera al fin de la caída.

Es como que te ahoga un pensamiento

que quiere hablar, salir, saltar, volar,

y cada vez da con la jaula.

Miras el libro abierto

y ni te fijas en la página,

miras el cielo por alzar los ojos

pero no ves ni la nube que pasa,

miras la flor, no te enamora,

miras el árbol, no te espanta

oyes el ruiseñor entre la noche

y no comprendes lo que canta.

Has de volver a ti las soledades

con que vas habitando tus moradas,

y pensar poco apoco el pensamiento

y decir poco a poco las palabras,

y formar el poema con la angustia

que te mordía la garganta.

 

(después de todo bienvenido

si como mariposa te me quedaste fijo

clavado por las alas).

 

 

La compañera

 

                                                                A Cintio Vitier

 

A veces se la encuentra

en mitad del camino de la vida

y ya todo está bien. No importa nada.

No importa el ruido, ni la ciudad, ni la máquina.

No te importa. La llevas de la mano,

compañera tan fiel como la muerte,

y así va con el tren como el paisaje,

en el aire de abril como la primavera,

como la mar junto a los pinos,

junto a la loma como está la palma,

o el chopo junto al río,

o aquellos arrayanes junto al agua.

No importa. Como todo lo que une

y completa. Junto a la sed el agua,

y al dolor el olvido. El fuego con la fragua,

la flor y la hoja verde,

y el mar azul y la espuma blanca.

La niña pequeñita

con el brazo de amor que la llevaba,

y el ciego con su perro lazarillo,

y el Tormes junto a Salamanca.

Lo uno con lo otro tan cerrado

que se completa la mitad que falta.

Y el cielo con la tierra.

Y el cuerpo con el alma.

Y tú, por fin, para decirlo pronto,

mi soledad, en Dios transfigurada.

 

 

Los pobres en amor, qué pobres somos...

 

Los pobres en amor, qué pobres somos.

Ya ni la tierra nos parece hermosa,

ya ni la noche, ni la tarde clara,

ni el árbol, ni la flor nos enriquecen.

¿Qué nos da de calor la mano abierta,

de compañía la callada estancia,

del piano la voz desvanecida,

de la luz el brillar, de la presencia

el hálito fugaz que se evapora?

 

Pobres de amor, pasamos de camino

con la desilusión por compañera

y un preguntar que nadie nos responde

queda vibrando al aire del silencio;

y al aire van las voces y la pena

y todo el aire es un lugar de olvido.

 

¿Quieres amor? Más quiero la riqueza

de este seguro estar en mi pobreza.

 

 

Momento

 

Si no me falta nada. Si estoy bueno.

Si hay sol con frío por el aire.

Tengo cariño a mano. Mas no tengo

el que dentro de mi tener querría.

Es tranquila esta paz, pero me duele

con un vacío que no tiene nombre.

Y no acierto a decir lo que quisiera...

Tal vez un poco de melancolía.

 

5 de febrero de 1974, después de leer a Bécquer

Tomado de:

http://amediavoz.com/florit.htm

 

 

Estrofas a una estatua

      Monumento ceñido

de un tiempo tan lejano de tu muerte.

Así te estás inmóvil a la orilla

de este sol que se fuga en mariposas.

      Tú, estatua blanca, rosa de alabastro,

naciste para estar en la pura tierra

con un dosel de ramas olorosas

y la pupila ciega bajo el cielo.

      No has de sentir cómo la luz se muere

sino por el color que en ti resbala

y el frío que se prende a tus rodillas

húmedas del silencio de la tarde.

      Cuando en piedra moría la sonrisa

quebró sus alas la dorada abeja

y en el espacio eterno lleva el alma

con recuerdo de mieles y de bocas.

      Ya tu perfecta geometría sabe

que es vano el aire y tímido el rocío;

y cómo viene el mar sobre esa arena

con el eco de tantos caracoles.

      Beso de estrella, luz para tu frente

desnuda de memorias y de lágrimas;

qué firme superficie de alabastro

donde ya no se sueña.

      Por la rama caída hasta tus hombros

bajó el canto de un pájaro a besarte.

Qué serena ilusión tienes, estatua,

de eternidad bajo la clara noche.

 

 

El alto gris

Que está más alto Dios lo sabes

tú por el fervoroso pensamiento,

aquí, vacío de palabras

y casi ya vado de recuerdos.

 

Alma de paz que al cielo de la tarde

subes en brazos del silencio

cuando se asoma débil entre nubes

un sol amarillento.

 

Más alto Dios en ti. Más firme,

más verdadero

que tú mismo, hilo de humo

con el amor dormido dentro.

 

Que bien lo sabes. Porque está la noche

en la Ciudad cayendo

y todo en ti se pone gris

con el opaco gris del cielo.

 

Y con el gris de la callada altura

se van iluminando los ensueños

—gotas de luz que se abrirán más tarde

en unas flores de brillantes pétalos.

 

Tu lo sabes. Que Dios

abre su rosa de invisible fuego

ahora cuando, reina de la altura,

sube tu alma en brazos del silencio.

 

 

Versos

Como no sabes lo que pasa

te parece la noche más oscura

dentro del vaso de cristal

y ya no tienes miedo

a que salgan los sueños a morderte,

que están seguros en su puesto.

 

Como no sabes lo que pasa

no quieres ver lo que te ronda

sobre el giro del día

y ya no temes ni la flecha,

ni el color, ni la llaga

de la luz que nos pesa.

 

Y como pues no sabes

ni lo que pasa ni lo que se queda

no te angustia la flor

que allí en su rama temblorosa

lejos de ti, puesto que no la miras,

se está quedando de ti sola.

 

No sabes lo que pasa

porque de ti no sabe nada nada.

 

Como no se sabe qué color tiene Dios

—¿será blanco y azul como este libro,

o rojo y púrpura como el ocaso,

o amarillo y rosado de la aurora,

verde tal vez como este mar,

como la cinta, como son las hojas?—

Ay, que Dios sin color se me desliza

y se me queda gris como ceniza.

 

Ceniza gris, Dios gris me gusta:

gris de pensar lo permanente,

gris de llover, de transitar palabras,

gris de pasar la rueda,

gris de torcer el hilo de las tardes

y de mirar lo que nos queda.

 

Y como no se saben los colores

que aquí y allí nos dejan en la mano

temblorosos de fines los adioses.

 

Pero es que ni tú, ni yo, ni aquél,

ni nadie, ni cualquiera

sabemos lo que pasa o lo que queda.

 

 

Soneto

Habréis de conocer que estuve vivo

por una sombra que tendrá mi frente.

Sólo en mi frente la inquietud presente

que hoy guardo en mí, de mi dolor cautivo.

 

Blanca la faz, sin el ardor lascivo,

sin el sueño prendiéndose a la mente.

Ya sobre mí, callado eternamente,

la rosa de papel y el verde olivo.

 

Qué sueño sin ensueños torcedores,

abierta el alma a trémulas caricias

y sobre el corazón fijas las manos.

 

Qué lejana la voz de los amores.

Con qué sabor la boca a las delicias

de todos los serenos oceanos.

Tomado de:

https://www.poeticous.com/eugenio-florit/soneto-21?locale=es

 

 

EL DESEO
II

 

Quisiera haber escrito más pero no pude.

Lo escrito, escrito está. No me arrepiento.

Hubiera Dios querido, lo que siento

dentro de mí, como una espina, al viento

pudo salir, fuerte de luz, en verso lleno.

Pero no pudo ser. Y aquí me quedo

sin gloria ni valer, que no apetezco.

Tan sólo un poquitín de pensamiento

cuando no sea yo más que otro muerto.

Otro muerto cualquiera. Un gran deseo...

Y este amor a la tierra en que estoy dentro.

Tomado de:

https://www.poesi.as/Eugenio_Florit.htm