viernes, 27 de marzo de 2026

POEMAS DE ROGELIO ECHAVARRÍA - LO RECORDAMOS UN DÍA DESPUÉS DE CONMEMORAR 100 AÑOS DE SU NATALICIO -


El transeúnte

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo,

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos —que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos—

no puedo descubrir una conciencia libre,

de criminal o de artista,

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos.

Son un largo gemido

todas las calles que conozco.

 

 

Ved

Ved al ciego que va voceando su haz de prensa

y a su pequeña hija miseranda, engendrada

la misma noche que hoy tiene diez años.

(Todos engendramos nuestros lazarillos).

Vedlo

vendiendo luz a los que pasan

por un valor de cobre de rutina.

 

De las floristerías sale un olor a muerto

mas él conoce sólo la tez de los jazmines

que riega la pequeña en su jardín errante;

y el pulso que adivina las piedras del camino

pide, torpe, a los cielos su última moneda.

 

En esta encrucijada en que se anuda

el tránsito en urbano remolino,

los dedos de la niña tejen el verde paso

y, náufrago en los hombros de los rudos peatones,

el ciego les perdona a los hombres no verlo,

mientras sigue buscando sus pupilas caídas

entre el polvo de estrellas sin distancia.

 

 

A la lluvia

Demonio de la lluvia –látigo de lujuria–

no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo

del tibio pecho, lo único tibio del humilde;

no nos traigas el frío de la tan alta nube,

no persigas al perro sin puerta con tus piedras,

no rompas el pulmón del obrero que canta

siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,

no mancilles las barbas secas del pordiosero,

no llegues hasta donde no pueden evitarte.

 

Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,

para la faz de las persianas donde hay dueño,

para el paraguas, que es tu flor arcaica.

 

Demonio-dios, que envidias y que amas

las multitudes y caes ruidoso sobre todos,

disuelve ya a Babel y permite que asome

el sol como un henchido seno de leche pródiga.

 

 

La libertad

La libertad no me encadena pero nunca me deja libre,

la libertad sigue mis pasos y me oculta todas las puertas,

la libertad está en mi casa y tiene un nombre

de alas clavadas que lloran: la soledad…

 

La soledad, mi solidaria en el teatro y en el parque,

la soledad en la sopa fría y en los comensales del restaurante,

la soledad a la mesa sentada, en la barra en el bar

y en la moneda disoluta y en mi corazón impar.

 

La libertad está prohibida por los jueces y por el día,

la libertad quema su lámpara y mi novia es la libertad,

la libertad que separa a los hombres de su pan,

la libertad que nunca nos comprende: la soledad…

 

La soledad es una mendiga que come con los cinco sentidos,

la soledad, angustia de Dios,

la soledad no sé qué es, por eso estoy tan solo

y pregunto a los que han muerto por mí:

¿qué es la libertad?

 

 

Lugar común

Ya que no todos podemos ser

poetas

comprender lo sublime

o exaltar lo sencillo

hablemos francamente

confesemos nuestro fracaso

de hombres sin alas

de hojas muertas en el estío

nuestros empeños ciegos

sin metáforas vanas

nuestra identificación con todos

o con casi todos

y si alguien nos entiende

y fecunda nuestra impotencia

eso también es poesía

o por lo menos una gota

en la sed del infierno

cotidiano.

 

 

Oscuro sueño

Me asaltan en la noche y me ofenden

fantasmas transparentes y fríos

me toman por los cabellos me hunden

en un pozo oscuro y febril

y cuando me dispongo a gritar

a abrir los brazos y a pedir palabras

el sol se aloja con su gota de hielo

en mis ojos de negra y eterna lechuza.

 

 

Vida corriente

La misma luz del sol el mismo sol y el mismo desayuno

-recuelo tibio y pan duro de recoleta

el mismo beso y el mismo sombrero.

 

El periódico y siempre paralela

la calle a lado y lado su lectura

mismas letras igual nomenclatura

marcha del hambre sobre el capitolio

gobierno de los mismos misma guerra

siempre hacia el paredón o hacia el telonio.

 

Y el carro colectivo y su destino

de alfoz a plaza en alternada meta

a la misma hora con la misma gente

en la esquina de siempre pero siempre

fatal itinerario y rauda suerte

la misma ruta la misma rutina

alguien viene de lejos y aún le queda

alguien apenas entra ya se apea

alguien se baja acá y alguien avanza

alguien de pie adelante atrás sentado

alguien triste distraído humilde

estrecho holgado libre perseguido

a éste dónde lo he visto qué más vale

uno habla dos replican ella otea

yo en silencio tú sueñas él dormita

soledad recordando compañías

Juan rozagante pedro deslardado

pobre al trabajo rico a su mercado

un hombre una mujer una familia

viejos al parque niños a la escuela

ruanas y diores chompas prendedores

ajos y gasolinas anís espliego

no se puede fumar apague el fuego

una mano en bolsillo equivocado

calderón calderilla tango roto

tocata y fuga en son de vallenato

y moto con andante inmoderato

una limosna un corrido protesta

el agente y el árbol cuánto falta

déjeme por favor perdón señora

el seguro de muerte en la cabrilla

cómo no te había visto adiós y ciao

de dónde viene aunque subió en la esquina

adónde va aunque vaya aquí conmigo

tan pronto como estamos ya no estamos

es que la vida es este bus corriendo

que de pronto paró y hemos llegado.

Tomado de:

https://www.revistapalimpsesto.com/rogelio-echavarria-poemas/

 

 

Contravía

El río de mi vida corre al revés

o yo voy a contrapelo

a la misma velocidad

por eso la playa es siempre la misma

no paso no avanzo

pero si dejo de remar

me lleva la corriente

-el río sabe su camino

aún en la oscuridad-

y me pierdo sin regreso.

 

 

Paisaje

 

El viento abre las puertas

y la luz las ventanas

y en el patio, la plaza

principal de la casa,

el breve del arriete

madura brevedades.

La esposa teje flores

contra la mala suerte

y su hilo infinito

me aleja de la muerte.

 

En mi pueblo de nubes

los cohetes retumban

entreipal de la casa,

el breve del arriete

madura brevedades.

La esposa teje flores

contra la mala suerte

y su hilo infinito

me aleja de la muerte.

 

En mi pueblo de nubes

los cohetes retumban

entre fríos algodones.

¡Es tan vecino el cielo !

 

El trueno es el recibo

lento al oído alerta

del incrédulo ciego.

 

Las ranas piden rey

y sol las aves

y los molinos hacen aspa-vientos.

 

La noble tierra te devuelve dulces

frutas por el estiércol

que le arrojas

y flores vivas en el pozo

de las aguas muertas.

 

 

Pequeño nocturno

La noche

-no hay luna que me lleve de la mano-

me abarca y abre el reino

donde yo seré el solo único.

Todas las cosas

se refugian bajo la tierra.

Allí el agua purga sus pecados

y los muertos abren los ojos.

Los amantes cambian sus cuerpos

y el silencio los hace iguales.

Los pájaros yacen, cansados

de sostener el cielo.

 

 

El transeúnte

Todas las calles que conozco

son un largo monólogo mío,

llenas de gentes como árboles

batidos por oscura batahola.

O si el sol florece en los balcones

y siembra su calor en el polvo movedizo,

las gentes que hallo son simples piedras

que no sé por qué viven rodando.

Bajo sus ojos —que me miran hostiles

como si yo fuera enemigo de todos no

puedo descubrir una conciencia libre,

de criminal o de artista,

pero sé que todos luchan solos

por lo que buscan todos juntos.

Son un largo gemido

todas las calles que conozco.

 

 

Polvo

El sol, esta mañana, escancia la humedad de la noche,

las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho,

tibieza de los sexos y azúcar del amor.

Las calles amanecen entre rotas ventanas.

Pasan los que recogen la basura

y llevan al olvido cuanto los hombres tocan.

Si las noches fueran más largas

las mujeres se ahorcarían en sus cabellos, llamas oscuras

que multiplican la pesadilla o el espasmo.

Pues esta niña que se asoma al día por el espejo

parece recién salida del paraíso.

Si las noches fueran más largas

el polvo afirmaría su dominio sobre todas las cosas.

Y o siempre duermo con mi única fiel compañera,

que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.

El hombre se defiende de la muerte

en la noche, y todas las mañanas

debe luchar contra el puñado de ávida ceniza

que le adelanta a su sepulcro

la vida.

Tomado de:

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/Antologia/rogelio.html

 

 

Tránsito

 

¿Qué importa dónde se nace

ni dónde se muere,

si con la muerte regresamos

a la cuna y con el nacer

aseguramos nuestra muerte?

Mas hemos de guardar de lo pasajero el perfume,

ceñirnos la espinada túnica de la rosa

a los hombros, amando la ignorancia

de las cosas que pasan y quedan sin saberlo.

 

Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo

de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,

nunca hasta dónde va, porque lo mismo

sabe que yo, que tú, que nadie.

 

O si lo sabe es un loco como aquel

que creía que lo sabía.

O si canta viendo que los gusanos lo esperan

entre su cuerpo, dejadlo…

 

Dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.

(Desde mi ventana los veo, a los ebrios, a quienes

les crece la barba de pudor y descuido.

Los veo mientras ellos me ven girar como una luna).

 

O cuando voy por la avenida —yo también entre ellos y

la que fuera niña mía es mujer de quien yo ignoraba,

y la mujer de quien yo ignoraba es mía sin saber por qué…

 

O en la ventanilla de trenes

que gritan con su pluma de humo;

en los buses, en los ascensores

—savia ciega de la ciudad—,

entre los que leen los periódicos

orgullosos y cabizbajos

y entre poetas que esconden su oscuro telegrama …

 

¿Qué soy sino —por fin— el que viaja con otros

que no saben de dónde vienen

más que evacuados de una mujer,

ni a dónde van

si no a ocupar el sitio que su sombra señala?

 

 

Declaración de amor

 

Mírame: yo soy el que ves siempre a la orilla de tu lecho

y con quien habrás de rasgar el velo que cubre los sueños.

Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro.

Busco una soledad que prolongue la mía.

 

Cuando empezaste a soportar el tibio peso de los senos

—el pulso de tu corazón goteaba con mayor presteza

al oír mis pasos y ascendía casta leche a tus labios—;

cuando comprendiste que tu piel posee el don de renovar las lunas

y empezó a sangrar esa herida cuyo bálsamo eficaz poseo;

hoy que confundes la malicia con la sabiduría

y con sus nocturnos secretos te ofende el viento de los parques,

me llego a ti, ciega de no haber visto lo que empaña al mundo,

a modelar tu barro núbil y orearlo al sol de mis sudores.

 

Mi brazo atiza el fuego de las columnas de humo

que contienen el peligro del cielo sobre la ciudad.

Y mis manos no aman las joyas, ni una onza de oro,

pero el llanto endulzó su ajado pergamino

y su caricia es noble y alta.

 

Recibe todas las armas de mi agradecimiento

por ahorrarme hasta el día necesario tu cuerpo,

por la justeza de la orla de tu falda,

por la honradez de tus manos y la mina sellada de tus costados:

que las ferias están ebrias de lo que ocultas,

llenas hasta la hartura de belleza gratuita.

 

Busca en mí el principio de tus goces desconocidos

o la prolongación de los que han sido fuente de esperanza

y borremos de los calendarios los días de huelga

porque nuestra lámpara sin alternativas

desconocerá los cambios del tiempo tras la puerta.

 

Oh tú mi siempre-viva, mi siempre-amiga,

por quien la salud acepta duras vigilias

como el avaro que nunca regresa de su exilio.

 

¿No ves que si no fuera por ti

la mujer sería vendida y exportada en grandes barcos,

apenas marcada con una tiza roja

para que los braceros de los puertos

sepan que es frágil?

 

Aparta, aparta del quicio las grandes letras del periódico

que traen hasta nosotros fechas violentas;

ignora la abierta noche de la ciencia

que hace malditos a los hombres,

la razón del pasado y la gran voz profética:

que en tu casa tendrás mimo para tu más nimia palabra.

 

Porque ya es hora de alabar la ignorancia voluntaria

que cifra el universo en el tambor de hilo.

 

Dame tu historia en este mundo para nosotros preparado

en que de pronto nos hallamos con las manos asidas

como si el miedo de las gentes nos unciera uno al otro.

No temas seguir buscándome, ya que sabes

que cuando se me toca no es posible apresarme.

 

¡Ah, sí! Soy el que verás siempre a la orilla de tu lecho.

Háblame con tu voz que tiene un dejo de feliz tristeza,

paisaje con árboles sobre los cuales ha llovido.

 

Porque yo soy el más solo entre los solos

y desde hoy tendremos una misma estrella en el plato,

hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio bagazo

para el fuego del aderezo,

como la caña del maíz a finales del año

después de haber pagado el dolor de la herencia.

¡Oh flor de mi más alta confianza!

 

 

Única

 

Oh tú a quien siempre hablo cuando todo ha dejado de oírme,

cuando todos han dejado de oírme, oh tú que me oyes más que mi corazón.

No sé por qué te busco siempre, tal vez porque eres la unidad

de todas y sin embargo en ninguna te alcanzo.

 

Es el amor, sobre el que nadie o muy pocos pueden

poner su bandera definitiva,

es el amor, sobre el que nada tengo adquirido ni esperado,

el amor, que hace su propio mundo cada vez, sus fronteras

que el tiempo, sólo el tiempo derrumba.

 

¿Por qué destruye los cuerpos para luego

rehacerlos tan perfectos que puedan sufrir nuevamente

la muerte de que fueron salvados

y a la que siempre viven condenados?

 

¡Oh tú, oh tú! ¿cómo llamarte?

¿cómo llamarte? ¡Única!

Que después del último llanto me viste curado y me hieres,

que después de la última herida me sanas y me reconcilias…

¿dónde hallarte definitivamente quieta y mía, cuándo

contemplarte secos los ojos que no quieren cambiar sus aguas?

Tomado de:

https://calamoliteratura.wordpress.com/2016/05/02/rogelio-echavarria-poemas/

 

 

Epitafio

Al fin voy a dormir

despacio

y solo.

 

 

Poética

¿Qué es poesía? preguntas.

Hago luz y —discreta

y sorprendida— huye

la poesía: ¡esa sombra!

Tomado de:

https://www.lacoladerata.co/cultura/versos/in-memoriam-rogelio-echavarria/

miércoles, 25 de marzo de 2026

POEMAS DE FERNANDO CHARRY LARA - RECORDANDO EL GRUPO MITO -


Ciudad

 

Por el aire se escucha el alarido, el eco, la distancia.

 

Alguien con el viento cruza por las esquinas y es un

instante

su mirada como puñal que arañara la sombra.

Desde el desvelo se oyen sus pisadas alejarse en secreto

por la calle desierta tras un grito.

 

Una mujer o nave o nube por la noche desliza como río.

Junto al agua taciturna de los pasos

nadie le observa el rostro, su perfil helado

frente al silencio blanco del muro.

 

(Por el mar bajo la luna su navegación no sería

tan lenta y pálida,

como por los andenes, ondulante,

su clara forma en olas

avanza y retrocede.

 

Esos pasos, rozando el aire, se niegan a la tierra:

no es el repetido cuerpo que en hoteles de media hora

entre repentinos amantes y porteros

su desnudo deslumbra bajo manos y manos

y despierta soñoliento en un

apagado movimiento

mientras a la memoria

acuden en desorden lamentos.

 

En la oscuridad son relámpagos

la humedad en llamas de esos ojos

de oculta fiera sorprendida,

y algo instantáneo brilla,

la rebeldía del ángel súbito

y su desaparición en la tiniebla).

 

La noche, la plaza, la desolación

de la columna esbelta contra el tiempo.

Entonces, un ruido agudo y subterráneo

desgarra el silencio

de rieles por donde coches pesados de sueño

viajan hacia las estaciones del Infierno.

 

Duermevela el reloj, su campanada el aire rasga claro.

En el desierto de las oficinas, en patios,

en pabellones de enronquecida luz sombría,

el silencio con la luna crece

y, no por jardines, se estaciona en bocinas,

en talleres, en bares,

en cansados salones de mujeres solas,

hasta cuando, como con fatiga,

la sombra se desvanece en sombra más espesa.

 

Desde la fiebre en círculos de cielos rasos,

oh triste vagabundo entre nubes de piedra,

el sonámbulo arrastra su delirio por las aceras.

El viento corre tras devastaciones y vacíos,

resbala oculto tal navaja que unos dedos acarician,

retrocede ante el sueño erguido de las torres,

inunda desordenadamente calles como un mar en derrota.

Siguen por avenidas sus alas, su vuelo lúgubre por

                                                           suburbios:

se ahonda la eternidad de un solo instante

y por el aire resuena el alarido, el eco, la distancia.

 

Muerte y vida avanzan

por entre aquella oscura invasión de fantasmas.

Los cuerpos son uniformemente silenciosos y caídos.

Un cuerpo muere, más otro dulce y tibio cuerpo apenas

                                                                  duerme

y la respiración ardiente de su piel

estremece en el lecho al solitario,

llegándole en aromas desde lejos, desde un bosque

de jóvenes y nocturnas vegetaciones.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Como la ola

 

Con llegada de espuma hasta la playa triste,

oscura ola de esplendor lunar extendido,

tú cruzas, tú cruzas

con remoto ardor despertando mi beso

en el mar delirante de la noche.

 

En fuga siempre, llena de reflejos,

reconstruyendo a solas lo amargo y lo distante,

o recostada un poco a la luz de los crepúsculos,

así mejor dibujo la melancolía de su retrato:

junto al piano, a la ventana

de irrespirables sueños, a la música de súbito callada,

esperando una voz que llega como el eco a las zonas

desiertas.

 

Nocturna entonces,

como la piel,

como lo profundo de los besos,

como la noche de los árboles,

como el amor sería junto a su cabellera.

 

Luego, sin sonido,

espuma silenciosa tras la sombra,

entre el rumor apagado de los pasos,

desnuda huyes, pálida ola,

no se te reconoce.

 

 

El exilio

 

El hombre entristecido mira

caer vehemente la luz a su ventana:

distraído contempla la distancia

de espumas como olas, lejanías.

 

Leves despiertan a su nostalgia

los reflejos de otros días,

y es ocio y congoja de una tarde

por gracia de este cielo,

que a su imagen

es mar azul, playas doradas, islas,

regresar desde la claridad de unas nubes

en el desmayo ávido del instante

hacia la antigua soledad remota.

 

Mas no puede la frente melancólica

soñar con esperanza sus recuerdos.

Volver a la tierra perdida

sería también deslumbramiento amargo:

un sol ajeno se levanta

como espada en mano enemiga.

Y su deseo es apenas

la pasión lánguida de la adolescencia en olvido,

un indolente jardín o una calle,

su deseo es apenas un aire,

si nocturno, de borrosas estrellas,

si de fulgor o nieve,

si de sol sangriento en el ocaso.

 

Sin testigo,

la obscuridad del rostro en los cristales,

bajo la luz que anochece punzante a la ventana

sus miradas entonces se obstinan,

frías, tenaces de silencio,

más allá,

entre vagas nubes o mares.

 

Puñal siempre en el pecho es la memoria.

Callar consuelo ha sido.

Mejor será

morir secretamente a solas.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

El lago

 

         By the waters of Leman I sat down and wept

                                                                                                                        T. S. Eliot

 

Érase entre la luz de la mañana

Alta y desierta nube de otro tiempo

Me mirabas llegar desconocido

Aire írio cristal pálido día

Llovía luego un agua verde entre el paisaje

Un agua azul y plata por el lago

Un agua ronca con sollozo a mares

Despedazándose rota en ventanales

Me veías llegar desconocido me veías

Amante que perdió su memoria el rostro amado

Me veías ráfaga de huracanadas

Olas de luz y viento y tempestades

 

Dejabas penetrado de relámpagos

Al extranjero corazón a oscuras

La ciudad que rodea de verdor el lago

Cuando a la hora última la tarde

Dejabas tu desolación en las esquinas

Cuerpo insinuándose al recuerdo

Dejabas tus sedosas violetas esparcidas

 

El mundo extraño apenas prodigando

Leves fulgores perlas por el aire

Frágil contra la sombra el muro el árbol

La viuda cabellera de las luces

De noche tiernas lunas

Sobre los pavimentos y las lluvias

 

Cuando eres tú y a tu lado impalpable

Una joven cintura entredormida

O femenino cráter insospechado ardiendo

Ebrio de tristes pasos cuando el eco

Por soledades vagas como espejos

Como calles por nadie nunca recorridas

Que hace más años tú ya presentías

Ser el desconocido

De súbito al encuentro

 

El rugido del viento en las orillas

Ecos de ahogados flotan sordamente en insomnio

La oscuridad el cielo inmóvil

Las aguas que noche y día son tu pensamiento

Lago tal corazón desbordado

Bajo la madrugada sollozando

A solas su imagen tan desierta

Un momento le creíste

palpitación o llamarada

Como tú

De amor y luz y tiempo ausentes

Contemplar aún su claro pecho irisado

Mientras la vastedad del agua amaneciendo

Lago era entonces sin furor

Invisible al deseo

Cuello jazmín apenas

Solitario de silenciosa blancura

Muslos apenas grises de nácares helados

 

Alejándose entonces la presencia y el sueño

Borrando al alba en cansancio su latir obstinado

Llegar por fin a ti la vida en secreto

La vida ahora que asoma entre tus labios

Tus mudos labios volviendo a tu vida

Aquel desconocido

De siempre a tu encuentro

El cuerpo del pensamiento de ti mismo

Aquel

Amante que perdió su memoria el rostro amado

Huésped del laberinto y la nada.

 

 

El verso llega de noche

 

En la ciudad de bruma la fiesta

de las noches es un bosque

de cabelleras oscuras y de estrellas.

 

Turbándome con sus pálidos dedos de rocío

como entre los amantes sorpresivas palabras,

su silencio enloquece las plazas solitarias,

las calles, los ámbitos callados

por donde pasa el aire misterioso de siempre.

 

Es el rumor, las alas

como ala anochecer la sombra

de una cabellera en las manos.

Es el rumor vagando entre vientos,

entre lúgubres vientos

en que sollozan luces

y espejos de la ciudad nocturna.

 

Es el rumor, las sílabas

que nacen y llevan una canción

al corazón que sueña,

una canción, las sílabas

creciendo en medio de la niebla

o tal flor desnuda bajo la lluvia,

(nunca hemos amado tanto, nadie

sabrá decir que hemos amado tanto

en una noche.

En nuestro corazón resuenan los horizontes

y resuena también la vecindad de la tierra.)

 

El verso silencioso fue en la noche,

el verso claro fue el instinto

bajo ruda corteza o piel amarga.

El verso, palabras ceñían los cuerpos

delgados de las mujeres,

sus claros cuerpos bajo la luna

suspendidos en la música,

sílabas ceñían sus cuerpos

como voces ardientes, como llamas.

 

En un árbol de lluvia que gime al viento

sus canciones,

sube la sangre en río sollozando ligera

y soporto encendida la tristeza de un grito

largamente tendido en medio de la noche.

 

De la noche sedienta, de la innúmera noche,

de la noche que guarda

los deseos como sombras,

de las dolorosas, mudas sombras amadas,

sombras de los deseos

sombras de un antiguo amargo silencio.

Amargo, sí, errante silencio en que no queda

sino el poema en la noche,

como recuerdo herido por el filo de un beso.

 

 

Fantasma

 

Esbelta sombra dulce, sombra con ademán de entrega,

cuerpo en forma de cielo y sueño, reposas en el aire,

rompes el silencio con el corazón a borbotones,

pero me dejas en suspenso, extraña.

sólo palpitación, sólo deseo,

hallazgo imprevisto de mi destino ignorado.

 

Como distancia enlunada y desierta,

así de soledad y palidez te imagino, así

te construye mi pensamiento, me llegas, te amo.

Lo impenetrable de mi ser creas a tu imagen misma,

mas sólo existes

en el temblor y fascinación ante tu llamarada oscura,

en esta nube en desvelo o cárcel solitaria de mi frente,

y en el recuerdo también

de aquel salón con alas en que duerme el hermano muerto

y un vuelo repentino esas alas, esa ráfaga fría.

 

Yo no sé descender sino a ti misma, viva,

sin hallar jamás la huella bajo tus pies de otra música

sino solamente el trote,

la desesperación de desencadenados caballos nocturnos.

 

¿Es sólo un lamento que huye

ese cuerpo tuyo por el que sueño y muero?

¿La luz que te ciñe y persigue

en esa sombra por la que vaga desierta mi caricia?

Sin embargo tu desnuda sombra es dulce,

fantasma, como yo, ¡de polvo y nostalgia!

y si aparte de esta avidez en llamas

fueras leve criatura al lado,

junto a ti el aire a tu paso como ángeles serían blancas, blandas espadas,

un diluvio, a lo lejos, un caer de invisibles, inmóviles relámpagos.

 

Yo no sé, yo no sé por qué mi mano anhelante,

por qué la obstinación de mi mano como un mar de noche y sin reposo,

no te encuentra finalmente, o mi beso, al rozar esta sombra,

al contemplarte a solas, oh tú creada de pensamiento mío,

si no en el atardecer de un desdeñoso juego de espejos,

rodeada por la música del día y soles y avenidas,

pero de pronto la evidencia

de no ser ni haber sido,

de no ser silencio,

solamente vacío.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Jardín nocturno

 

La mancha del cielo azul, sombras de árboles, sombras de nubes,

y alrededor muros, ruinas, piedras que en el silencio

son frío, si la mano, si el pensamiento las roza.

De noche, retraído y apasionado,

contemplar desde allí lo lejano.

Olvidado de sí, hambriento del mundo,

vagar entre luces, ciudades, veranos. Mas luego como

cuando uno, sin saberlo,

extiende por mares su corazón

y regresa al solo sitio en que sueña:

                                                               ha pasado

el tiempo, y sin embargo

está el fulgor lunar sobre la vida. Así ilumina,

así entristece viril

al hombre la soledad de su delirio.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Llanura de Tuluá

 

Al borde del camino, los dos cuerpos

uno junto del otro,

desde lejos parecen amarse.

Un hombre y una muchacha, delgadas

formas cálidas

tendidas en la hierba, devorándose.

Estrechamente enlazando sus cinturas

aquellos brazos jóvenes,

se piensa:

soñarán entregadas sus dos bocas,

sus silencios, sus manos, sus miradas.

Mas no hay beso, sino el viento

sino el aire

seco del verano sin movimiento.

Uno junto del otro están caídos,

muertos,

al borde del camino, los dos cuerpos.

Debieron ser esbeltas sus dos sombras

de languidez

adorándose en la tarde.

Y debieron ser terribles sus dos rostros

frente a las

amenazas y relámpagos.

Son cuerpos que son piedra, que son nada,

son cuerpos de mentira, mutilados,

de su suerte ignorantes, de su muerte,

y ahora, ya de cerca contemplados,

ocasión de voraces negras aves.

 

De "Los adioses" 1963

 

 

Llegar en silencio

 

Despierto en la noche lleno de palabras

como envuelta entre las llamas de la música

se levanta una casa en la distancia.

Un perfume hay, un valle de silencio,

un lento roce o beso se aproximan, callando,

si llega el delirio, el fulgor solitario del insomnio.

 

Quiero entonces una silenciosa figura humana,

quiero un rostro hasta mí llegar, quedarse lento,

quiero unas manos, un pecho, unos devoradores labios,

todo lo que un nocturno cuerpo nos entrega.

 

Hasta mi habitación podría llegar

con un paso de ola o lenta nave,

prolongado el deseo, espina de las noches.

 

Extendería entre los terciopelos húmedos de los besos

sus cálidos brazos,

hasta no ser sino un cuerpo

abandonado calladamente sobre otro.

 

Hasta morir así, hasta juntar los labios, los pasos

que con los pasos míos

recorren, como también el viento de la noche,

desiertos corredores donde se oye

llorar el escondido amor entre las sombras.

http://amediavoz.com/charry.htm

 

 

A la poesía 

 

Al soñar tu imagen,

bajo la luna sombría, el adolescente

de entonces hallaba

el desierto y la sed de su pecho.

Remoto fuego de resplandor helado,

llama donde palidece la agonía,

entre glaciales nubes enemigas

te imaginaba y era

como se sueña a la muerte mientras se vive.

Todo siendo, sin embargo, tan íntimo.

Apenas una habitación,

apenas el roce de un ala o un amor que atravesase noches,

con pausado vuelo lánguido,

con solamente el ruido, el resbalar

de la lluvia sobre dormidos hombros adorados.

 

Sí, dime de dónde llegabas, sueño o fantasma,

hasta mi propia sombra, dulce, tenaz, al lado.

Así asomas ahora,

silenciosa,

tal entre los recuerdos

el cuerpo amado avanza

y al despertar, a la orilla del lecho,

entre olvido y años,

al entreabrir los ojos a su deslumbramiento,

hoy es sólo

la gracia melancólica que huye,

invisible hermosura de otro tiempo.

 

No existe sino un día, un solo día,

existe un único día inextinguible,

lento taladro sin fin royendo sombras:

¡No soy aquel ni el otro,

y ayer ni ahora soy como soñaba!

 

Qué turbadora memoria recobrarte,

adorar de nuevo tu voracidad,

repasar la mano por tu cabellera en desorden,

brazo que ciñe una cintura en la oscuridad silenciosa.

Ser otra vez tú misma,

salobre respuesta casi sin palabras,

surgida de la noche

con tristes sonidos, rocas, lamentos arrancados del mar.

 

Tú sola, lunar y solar astro fugitivo,

contemplas perder al hombre su batalla

mas tú sola, secreta amante,

puedes compensarle su derrota con tu delirio.

Míralo por la tierra vagar a través de su tiniebla:

crúzalo con la espada de tu relámpago,

condúcelo a tu estación nocturna,

enajénalo con tu amor y tu desdén.

Y luego, en tu desnudez eterna,

abandóname tu cuerpo

y haz que sienta tibio tu labio cerca de mi beso,

para que otra vez, despierto entre los hombres,

te recuerde.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2012/05/dos-poemas-de-fernando-charry-lara/

 

 

EL SOLITARIO

 

Encantamiento sucesión de labios

Cadena

Cuerpo sin fin

Ola perpetua en mar sonando triste

Beso en rostro desierto

Casi piel casi mujer

Collares

Labios labios entreabiertos

Y sin embargo siempre hostil

Siempre vestida de impalpable

Atardecer como la lejanía

 

El viento el sol la nada donde habitas

La ausencia o la ficción con que

rodeas

 

Haces

 

Deshaces

 

 

TENDIDO EN EL LECHO

 

El mundo a tus sueños rendido.

La noche, distante aurora de otra tierra.

El mar y su salvaje

 

Tristeza de animal insomne bajo la luna.

Las olas que avanzan perseguidas

Como el amor indomable

Vagan en una vibración errante entre los aires.

 

Tú sientes en el pecho esas secretas

Reminiscencias puras de la vida.

 

Lejanas a los brazos

Y en el sueño próximas.

Y próximas más en esta hora,

En el íntimo abrigo de una habitación

Como al encuentro furtivo de dos amantes.

Lívida ante la sola desnudez deslumbrante.

 

Tendido de fatiga aquí en el lecho.

De los países extraños amaste

La belleza remota del otoño

Y el obstinado anochecer en el invierno

La ternura húmeda del paisaje

Tus pasos mudos en la ciudad descubierta

Tus pasos solitarios, el encuentro

De la adorable palidez como fantasma


 

Con el movimiento triste de los dedos

No apartes esa música

No despiertes a la vida:

Estas voces que el oído rozan como alas

Testigos han de ser del sueño a tus recuerdos.

Tomado de:

https://www.casadepoesiasilva.com/sin-categoria/fernando-charry-lara/