Antes, después
Avenir de lo oscuro, oscuramente un golpe, sordo en lo
Abreviado de alrededor que llega: como un mar, como
verso, como
Recuerdo antiguo y propio, como olor de la infancia.
Y el color que lo invade, siempre invade entre
intersticios
Del tiempo en la tez en el aire, en las ínfimas
Líneas que circundan los ojos. El color del otoño
desaprensivamente, la mano por la espuma ante el diluvio.
Así la mar se torna en femenino oceánica y los barcos
Nocturnos sobre el capote de la sombra crecen se
agigantan y
Tratan de hacer visible algo en el recuerdo de alguien,
Se esmeran por llegar por llevar o traer, sólo en los
filos laterales
Del viento
Se vuelve a gota, a primera inocencia.
Cloto
Afuera, en el cóncavo espejo que es Ahora
un fino entretejido se suspende: alguien
habla de dos, otros de cifras que son inmensas
cantidades.
La ascendencia se pierde en estratos
que no tienen demasiada importancia.
Se nombran los caminos los pazos los pequeños jilgueros.
Se camina sonriendo por la empinada cuesta
con las botas sucias del barro del camino.
Se llenan los carrillos los rojos los sonrientes
de un aire
que ahí arriba se dice que es purísimo.
Y se habla de la guerra. Del color de la guerra.
Y aparecen los muertos, en fila, con el plato vacío
me preguntan algo que no entiendo, no entiendo que me
dicen
no entiendo que hago ahí, por qué me siguen.
Y yo no sé que hacer, y ellos tampoco.
I
Como borde, bordar este tramado
Todos los días un poco, un poco más gotea
arma la rama, nido entrama
sobre el hilado que se extiende
no sutura. Pero no, viene de fuera.
De dentro viene enrevesando trama
hay que entender que inunda
que golpea las paredes, que resiste.
Hay que entender que gime que se rompe
que heroico es hacer del ánima brocado
que se expanda, y lo demás dejarlo
Como olvido
Como distancia, entre lo posible
y lo inherente.
II
Inclina oscura testa de alado halo rodeada
y empieza la tarea, que es ardua
de vegetal acuático y profundo.
Hila, con la cara de otra
traspasada. El cordero se mueve, se retuerce
avanza, sobre un plano verde
pradera natural entre pestañas.
Cree. Cordero cree que puede
estirar el hocico, morro, pasto cree
O no sabe
O confía.
Bailan los osos turbios con caretas enormes
al gozo de la llama y por la cuerda
que rítmicamente
otros, azotan contra el piso.
Bailan los osos balanceando sombra
gozo, para que los niños rían.
Y el cordero, que espera.
Finos dedos de seda
hilan, la bolsa de mercado.
V
Volver
a la condición de perro
inapresable, de pelaje lamido
de matadura rosa. Decir Nada
Resume. Decir la lengua mía
deshaciendo sustancia pegajosa
chocolate trufado. Una lengua
que aquí venga con la condición
terrosa del olvido en sordo resplandor
El maleficio. Vidriado ojo
que atravesado de placer percibe la roja curvatura
el anzuelo sangrado la enardecida linfa
y una vez más la cera, líquida inflamable
espesa que se cuece.
VI
La vela que gotea sobre el mantel bordado.
La piel, pétalo sobre la fuente abandonada.
A un hombre le sangra la nariz rota de un golpe
en un ring de suburbio,
con las paredes húmedas
pintadas de naranja. Una mujer se levanta de una sala
a la que no habrá de volver dejando atrás
la infancia y la muñeca. El racimo y el sueño.
Y no haber nadie
Nadie que espere en ningún sitio.
Apenas si se barren los restos de la cena.
Apenas si se nombra el porvenir.
Apenas el ala violeta del sombrero.
El tacto, apenas.
VII
Nada la sombra.
Nada el inquietante punto transbordado
moviéndose. Alejada del plato y del ruido
del hambre, de la noción siquiera
de carencia.
Creciendo desde un nódulo de atrincherada madera
verde y populosa temblando desdice coyunturas
corre por un tronco más o menos liso y pide agua
miel de palma
rebozo. Página dónde apuntar
olvido.
La costa varía apenas un poco cada día y transforma
los dibujos en la arena. Y es tan frágil la línea,
y tan azules los ahogados.
VIII
Podría ponerse en contra de la luz, del ventanal
para un juicio final, para el ocaso.
El ocaso en jirones de rosado cielo recortado
de dorado perímetro silente
para un incendio oscuro y agobiado.
Y nada se verá. Ni se sabrá tampoco nada.
Ni hoy ni mañana ni nunca.
Todo permanecerá como hasta entonces,
como hasta el entonces en que un loco
director descubra, levantando la tapa de otro seso
el roto cardenal, el silente ejercicio
la incesante paradoja de descomposición y olvido.
Y filmará entre aullidos
escena tras escena
como no fueron nunca en realidad
en esa recortada realidad de los hechos
transidos, fragmentarios.
Y estará ardiendo, mientras tanto,
el siempre ardiente
oscuro
corazón inadvertido.
Tomado de:
https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Revista/ultimas_ediciones/65_66/guerra.html
1-
Venía obstruyendo desde atrás en demasía adentrando ese
tiempo que se agolpa
en lo blando de las articulaciones. Y así por el camino
en bicicleta entre los ceibos,
así en el empedrado y la mañana.
Estaba un poco más allá la fuente el surtidor, los
topacios guardados de la fragua del viento, los anillos que quedan de cualquier
extorsión. Sin embargo hay un hilo que la busca, un tiento debajo de las lonjas
apiladas y que la luz transmite.
Quedan las piras, una sobre otra, el alto pelo para la
tarde próxima. Esta mañana la luz filtra en las hojas y la tarde modifica sus
tallos. Una granada presa en grutas toscas muda la materia reciente en una
gloria verde atiborrada entre la clorofila.
Es mejor el resguardo de esa hora que confunde en las
sienes. Recogerse.
El silencio es mejor. Vale la noche, vale el crepúsculo
doliente, vale el pasar reiteradamente en las ventanas removidas y ser en ese
instante luz en la pared
siguiente. Contra la nuca todo lo que resta: los posibles espasmos en las hojas
el halo que desprende la emoción.
Asciende entre las pausas y los hiatos en sombra de
ascensor ahogando estridencia y
Mediodía poniendo trapos a los celos proyectando las
demás cabelleras esparcidas
y espasmos, pero el rumor persiste, crea un submundo, o
un Aire, crece apenas. Un espacio en que moverse desde el pálido papel hasta el
sitio en que la carnadura de la voz va al recinto del asma y un todavía puede
insinuarse, Aún, rozando el bazo enroscando en un humo como si fuera de cacao a
otros anfibios que caen en la maraña de la noche, liban de ahí, entre el olor y
el sueño.
2-
No quedaba tan claro como viene. Si es del anudamiento o
es del pasmo,
Nunca sabrá el olvido lo que cubre. Balanceándose como un
vestido de
verano en la azotea insinuaba opulencia en el verde,
advenimiento
de lo casto produciéndose, océano desde sí más a la
espuma. Recorría la costa
alta la luz buscando entre las rocas veletas animales del
plancton partículas de
seres que la noche ilumina. Hasta ahí, el canto era otra
cosa.
Después la oscuridad pone su marcha y en la pregunta
aplasta
lo que emerge. El mar como un fondo o apego
algo que llama. Siempre a llorar por esas mismas partes
de cielo,
esos recortes de la costa en las desembocaduras. Hay un borde en
el que crecen pinos insignes con piñones oscuros que
perfuman el viento.
Una superposición de mareas, una alborada saca polvo del
astro: debería
el tiempo respetar esas cosas y las líneas dibujarse en
otra dimensión.
Cables trenzados, rayas que no cesan. Las mujeres se
agolpan. Los vestidos
se achatan, quién quiere remontar esa subida, si son los
monos famélicos que
desde la cima tiran piedras. El traje en la ventana se
ventila y guarda, entre las
fibras, las temperaturas de la brisa.
Puede ser que la muerte se introduzca esta tarde.
Puede ser que se anime o que no le convenga. Como esas
rutas
que atraviesan los campos es el mismo campo compungido
que
atraviesa la estepa aunque a esa altura ya haya
surtidores, agua en
baldes de lata, remansos en la sombra. Lo que queda de
ahí es viento
amable que a veces trae perfume de fruta, de hojas de
limonero, de
árboles de duraznos agrupados. Así la medianera, así el
silencio de
la distracción y la distancia.
Pasa una nueva altura sobre sandalias libres que lleva de
otro modo la minucia.
Y se desprende la blusa en la frescura del color violeta.
Pasa la luz ahora y filtra
lo que el sol dejó en la fruta, más perfume viscoso, el
tiempo apremia. Sólo el alrededor que queda en los cordófonos cuando pica la
tarde entre las aves.
Arma la rama que dice sólo ahora. Los vegetales se
deletrean entre los dedos.
Las yemas que apaciguan al tacto del socaire. A la
textura de su crecimiento.
Y mira desde atrás de una ventana sobre la faz del mundo:
unos carros que giran,
unas norias atadas. También hay otras cosas,
embarcaderos, marcos en plata empujada
y el tornasol erróneo e imperfecto de esa agua que pasa
contra el cielo.
3-
Caerse de la cuna. De sí caerse. Darse cuenta de ahí como
el color asciende. Se mezcla con los otros más rubor y menos tolerancia. Cero.
La copa que se llena al revés sobre el ras es que agota la línea del absurdo.
Comba. La edad, comba. El cielo, comba. La noche inmensa recoge en la negrura
un poco húmeda, cóncava, los bichos de la luz, las barboletas, los escarabajos
diminutos del verano. Hay una estridencia pequeña en la negrura última de ese
terciopelo que responde. Se hunde ahí, en la noche. Avanza en la concavidad.
Mas la cuna. Mas la cuna de la que se cae, eso es de día. Un día para caerse de
las cosas terrenas, atrás el estrellado cielo que se comba, atrás la humedad de
la noche que se acerca con los pies del relente. Atrás el estupor. Que resta. Resta,
resta. En el conglomerado las avispas doradas clavan el aguijón. Son alfileres.
Son avispas. En el calor del día las avispas. Angosta el paso la evidencia que
cae. La menudencia de las migas. Pierde peso. El peso, pierde. La gravedad
trasunta las horas las redes diminutas de las células. Enjambres otoño abejas.
Sólo el sueño proyecta con su sombra las palabras que nombran a las cosas, las
extiende, las guarda. O las resguarda. Ahí. Donde escuece extiende cuela existe
extiende. Ahí. Contra todo lo que pueda preverse. Duele dura distinto por
completo: otro, Otra.
4-
Para mi hija Amparo, por lingüista, por hija
Una joven venada, una potranca el agua arracimada donde
la horqueta
Del sauce la predijo. Los hilos que parecen paralelos se
adelgazan apenas
y nadie se despide del ojo único que brama allá en la
roca. Son instancia
gemidos abluciones. Intentos. Son intentos. A veces una
convergencia
natural, un cierto aire de familia, y la navegación con
boya del hasta
dónde las marcas del incendio, del abismo, de la
obsesión, del rito. Un
paso más cualquier navegación encalla, una palabra, y el
cuerpo cae, traslúcido
del alba sobre un pasto mojado. Una verde pradera
humedecida y el espectro
que apenas se vislumbra ahí, boqueando. Son figuras que
casi no pueden percibirse.
La contundencia, es, entonces, implacable. Trae la boca
abierta y crece maúlla
arrastra entre las bolsas una especie de dicha de
constancia y de dicha, en bolsas
de plástico calado que dejan entrever esos lingotes. Y
todo más allá se ordena
clasificado, externo, encastrado, muchas veces perfecto
sobre una mesa larga
con ruedas que pueden servir para alcanzar un libro
cuando alguien se despierta
en mitad de la noche o para disecar cualquier ser vivo en
caso que la duda asalte. Y si la noche cae, aquel espectro que apenas
balbuceaba olvidado a unos centímetros
del pasto, puede resplandecer plateado, fino, helado como
escarcha fulgurante, puede
oírse sonar en láminas metálicas delgadas y hasta verse
la combustión de turba en las
partículas del asma. Se agitan de manera horizontal las
pequeñas hojas de las tipas
antiguas a punto de arrancarse designadas con rayas a
amarillas. Contra el espejo
musitó una boca que decía de dios en las vocales, que
dios estaba ahí, en las vocales que dejaban sitio, que eran las que daba el aire,
que el respiro era dios, que el alma el soplo.
La chata superficie del espejo apenas conteniendo el
hálito, apenas empañada devolvía
semejanza, daba letra, volvía legible el plomo, renacía.
Tomado de:
https://www.vallejoandcompany.com/2014/12/25/poemas-de-silvia-guerra/
LÁQUESIS
Es un prisma. Es un prisma que gira.
Es un prisma que fragmenta la luz, la descompone.
Es un sueño la luz.
Es un sueño la luz que se repite.
Es un espacio verde, que se hiciera
Hay dos amordazados en la luz
en el preciso verde.
Gira una vez el prisma y se hizo tarde.
Gira una vez la luz y hay un zapato suspendido en la
esquina
un montón de arañitas verdes, casi transparentes que
caminan
incendiándose el lomo, sobre una tela casi transparente
que no
deja respirar a los que de una manera casi transparente
empiezan a quemarse.
Afuera, alguien salta tratando de mirar por la ventana
un golpe apenas en el vidrio, una marca de sangre.
Y es la luz, los irisados tonos de la angustia
Ese silencio bordado de la tela
Crujiendo, desde la lluvia verde, casi transparente.
LA ESPERANZA
Siempre. Como un punto blanco y arrasante
una luz, de pura esencia necesaria. Incandescente.
Cegada por la luz, la boca abierta
palpita algo en el valle, ruido de agua
Hojas de eucalipto perfumado
Algo de paz se recoge sobre el oro esparcido
Algo, parecido a la misericordia
Queda.
VERBIGRACIA
Hilos. Invertebrados. Largas madejas.
Tubérculos oscuros.
Leguminosas.
Rizoma.
Emerge hacia la superficie. Corre
como cordel, pequeños bulbos
Familia se escribe con minúscula, es un yuyo.
Ovario ínfero, es el que duele por el rema, es
lo que queda. Una semilla sin endoesperma,
el almacenamiento es en depósitos, el
almacenamiento es como el tiempo, no es de nadie
Está, permanece, gotea en los galpones.
Entra y sale la gente los animales las demás semillas,
todo. Él permanece humedecido en la penumbra quieto.
Los cotiledones son oleosos en el ovario ínfero, el
embrión
de la semilla es recto. Gineceo
es la posición del ovario
Puede decirse infinitos
La dispersión es por el viento
O los insectos.
(De Nada de nadie,
2001)
OJO DE AGUA
En el campo tranquilo duerme el alba
está tu nombre ahí merodeando la sombra
como eco rozando con la vara los metálicos
mimbres que en ramalazos traen estrías de
luz en el rielar quietísimo del agua recostada
en las hojas de los álamos dulces. Llega hasta
aquí como la misma sombra y al músculo
enaltece sin nombrarlo, otro golpe en el pulso,
finísimo ramaje enardecido, algún pájaro canta
o gorjea, lejos –avisando– agorero. En algún sitio
empieza la lluvia, deliciosa.
Y cuando el blanco del albor tiña las líneas
y suene entre las hojas el aire del estanque
es Alma, estremecida pronunciando
mi amor la sola línea. Sin pájaro
Tu nombre.
(De Pulso, 2011)
25
Hacia adelante una explanada se descubre
a ambos lados de la senda. Las escaleras y
lo escarpado de la roca se guarda en la atmósfera
sobre el campo que parece vacío. No vienen
porque no te concierne. Los pasillos terminan en un
cerrojo que está del otro lado. Lo que queda
son hojas batiéndose, removiéndose dentro con
el aire que a veces se nota combado y fabuloso.
Salirse de la voluntad es algo así como dejar la
ropa doblada y junta. Un hábito de monja encapuchada
hace llagas en la piel más suave. Lo brioso del caballo
entre
verbenas, las maderas devolviendo la gravedad de los
sonidos.
La cavilación se da entre ahí.
Sí, la anacahuita sabe algo entre ese ramaje desparejo.
Se licúa todo esto de la línea y el presente encandila de
frente.
El útero tiene esa voz que canta al campo abierto.
Añoranza
de años es lo extraño cuando la pierna te convoca. Las
valvas
sostienen la corriente en la orilla como un filtro sonoro
sin ese
acantilado desde arriba. Entra de lleno el amarillo
retumbando
para durar en el atrás de cada ojo.
30
Por ejemplo: el calor. En cualquier parte del día
Incendia la columna, llena de agua pliegues, recovecos
de los que se desconocía su existencia. Sí. Sí.
Aparecen membranas mientras va cantando el día
Y todo lo que está, florece. Olores. De las flores, orín,
olor del corazón bombeando negro apretujado ya falto
en su raíz. Sí, Olor del miedo cuando joven la grupa
por el monte fulgía. Sí. Y más acá paisajes, con aviones,
los ríos dibujándose en el mapa. Todo el ras de la tierra
en polvareda. Más miedo despertado en los incidentes de
la tarde. Ah. La definición se ve impelida el tiempo
pasa sucediéndose en tramos, extremos, la música disuelve
los huesos de los hombros, los pequeños omóplatos. Esa es
la unción de los pezones incipientes un día, raya, la
foto
mantiene la espalda en presente infinito frente al agua.
Ahora en la voz, ahora en el cuello que se cede, en el
calor.
Traicionero. El cuadro de Brueghel desplegado en las
tablas
donde pasa a la vez, todo. Simultáneo. El calor,
los montes de hace un rato desprendiendo olor a matorral,
un poco de sangre en la corteza colándose hacia abajo. No
hay resultados, todo es,
al mismo tiempo.
31
Sin intención. Digamos despoblada.
Interna, adentro, exclusa, inexplicable. Sí.
Inexplicable y sigue. Sigue sigue. Siempre,
esa palabra que perdura, que le saca el tiempo
a lo demás, queda en la línea inerme de presente
que es blanca. Cielos rayados en la noche, campos
cruzados a traviesa. El dolor en pañuelitos ciegos
guardados en el cofre. Ah. Adviene, inmensa ola.
Curva la noche igual siempre apabulla, entre tanto,
el adentro prospera en el gerundio nadie sabe hacia
dónde.
Porque se puede presentar cardumen y empezar a manar
sangre de golpe. Puede ser. El ruido de un gong, una
figura
inmensa o aureolada. Explaya, expande. Y deja de
importar,
las demás cosas, el plato con las hojas de menta la
lengua
los ojos que llegaron presurosos a ver qué sucedía, si
había
ayuda posible, dónde. Era. En la premura de las horas,
ese
instinto secreto que guía a los mamíferos a su alimento
primordial. A las madres detrás de los camiones que
reclutan
los hijos, Deméter caminando por días sin parar y sin
agua
cuando la tierra se cierra detrás de los aullidos. Ah. Y
los
coros con las manos unidas. No hay bendición ninguna en
ese rito, solo repetición, idolatría, sólo el mando que
eleva
la continuación al infinito. Entre tanto, y dentro,
interno misterio,
indescifrable. Atrás silencio. Y atrás, lluvia que cae.
(De Todo comienzo,
2016)
Tomado de:
https://www.revistaaltazor.cl/silvia-guerra-2/
Atropo
Ni mía.
Ni de nadie. Nada.
Yescas, hojillas. Viento de hoja seca.
En la mañana azul, la blanca brisa y el perverso anhelo
El ir queriendo, la cabeza la cara con eczemas, al
viento.
Baja por esa correntada nítida y precisa
en el perfil, en el miedo atroz de la figura.
El agua en la mirada que se enfrenta y es un rostro sin
alma
que se escapa para llenar ese otro rostro de silencio
para llenarlo con el hilo libado de los sueños, en la
niebla.
La sombra sin atrás, sin cuerpo que refleje, la pura
sombra.
La sombra pura que maltrecha de sí logra extenderse,
asirse
sobre un suelo, cubrir la heroica superficie agreste
Beber hacia el desierto como un canto como un sonido
largo,
una oquedad nimbándose desde el cobre central, dulcísimo
metal, que envuelva.
Y afuera entre las casas, dispersamente lejos
conjuntos de hábitos, manteles, pequeños telares
enardecidos
de gardenias. Y afuera lejos, la tarde que se curva
las primeras estrellas. ¿Para siempre?
Tomado de:
https://web.uchile.cl/publicaciones/cyber/16/escritoras8.html

