A un muerto
Sobre la línea de los muertos te hemos llamado
para que vengas a nosotros con una palabra,
un susurro apaleado sobre lo que sucede
allí donde estás, sobre la línea de los muertos
sordo a nuestras llamadas, sin voz propia.
No han contestado las sombras que parpadean,
ni han enviado tus labios una señal
sobre si habla el amor y crecen las rosas
y rompe el sol el alba
salpicando el mar de carmesí.
Versión de Miguel
Martínez-Lage
El camino y la meta
He de recorrer
la senda al crepúsculo
por donde vagan las sombras del hambre
y transitan los fugitivos del dolor.
He de recorrerla
en silencio, de mañana,
y ver deslizarse la noche en el alba,
oír cómo se levantan lentos los vientos poderosos
allí donde son altos los árboles que jalonan el camino
y se comban cargados.
Los pedruscos rotos a ambas orillas
no vendrán a conmemorar mi ruina.
Será el pesar la gravilla que triture.
Buscaré en el cielo
esbeltas aves de ala rápida
que rolan donde el viento y los truenos
empujan a las procesionarias de la lluvia.
El polvo del camino recorrido
me manchará las manos y la cara.
Versión de Miguel
Martínez-Lage
Tomado de:
http://amediavoz.com/sandburg.htm
La niebla
La niebla llega
con pisadas de gato.
Se sienta
sobre sus ancas
silenciosas
para observar
el puerto y la ciudad.
Luego se marcha.
Bajo la luna de agosto
Bajo la luna de agosto
las suaves gotas de plata
caen, resplandecientes,
sobre jardines nocturnos;
y la muerte, burlona gris,
viene susurrándote
como una bella amiga
que te recuerda.
Bajo las rosas del verano
el fragante carmesí se oculta
durante el crepúsculo,
entre hojas silvestres
coloradas; y el amor,
con manos pequeñitas,
viene a tocarte
con miles de recuerdos
y te plantea preguntas bellas
que no tienen respuesta.
Extravío
Solo y desolado
paso la noche
en un lago.
La niebla se arrastra
y la llovizna serpentea.
El pitido de un barco
llama y llora sin parar
como un niño perdido,
entre lágrimas y desazón,
que trata de alcanzar
el pecho y los ojos
de un puerto.
Mag
Que Dios hubiera impedido nuestro encuentro, Mag.
Que nunca hubieras abandonado tu trabajo por venirte
conmigo.
Que nunca hubieras tenido permiso ni vestido blanco
para casarte el día que perseguimos al juez
y le dijimos que nos amaríamos y nos cuidaríamos
siempre y tanto como perduran el sol y la lluvia.
Sí, ahora deseo que tú vivieras lejos,
y que yo fuera un bulto entre puñetazos
a mil quinientos kilómetros de aquí, muerto
y despedazado.
Que los niños nunca hubieran venido.
Nunca hubiera pagado por la casa, el carbón.
la ropa. Que nunca hubiera visto al abarrotero
cobrando frijoles y ciruelas.
Que Dios nunca me hubiera dejado verte, Mag.
Que Dios les hubiera impedido nacer a los niños.
El pasto
Amontonen los cuerpos en Austerlitz y Waterloo.
Remuévanlos con una pala y déjenme trabajar—
Yo soy el pasto. Todo lo cubro.
Amontonen los cuerpos en Gettysburg, Ypres y Verdun.
Remuévanlos con una pala y déjenme trabajar.
Pasarán dos o diez años y los pasajeros
preguntarán al conductor:
¿Qué lugar es éste?
¿Dónde estamos?
Yo soy el pasto.
Déjenme trabajar.
Astilla
El canto del último grillo
cruza por el frío
de la primera nevada,
y así se despide de nosotros.
Esa astilla delgada que canta.
La frialdad de los sepulcros
Cuando Abraham Lincoln fue enterrado en su tumba se
olvidó de las víboras y hasta de su asesino... metido
entre la tierra, en la frialdad de su sepulcro.
Ulises Grant dejó de pensar en sus enemigos y en Wall
Street. Los pagos de contado y las fianzas se hicieron
cenizas... entre el polvo, en la frialdad de su
sepulcro.
¿Y el cuerpo de Pocahontas, tan hermoso como un álamo,
tan dulce como una caña roja de noviembre o como una
papaya de mayo, demuestra su asombro? ¿Hay algo que
recuerde... entre el polvo, en la frialdad de su
sepulcro?
Piensa en cualquier persona de la calle, en quien está
comprando ropa o comestibles; en los que alaban a los
héroes; en los que soplan cornetitas y arrojan
confeti...
Si los amantes se pierden... quién alcanza algo más de
lo que tienen los amantes... entre el polvo... en la
frialdad de los sepulcros.
Plegaria del acero
¡Colócame en un yunque! ¡Oh Dios!
Golpéame, martíllame en una pezuña de cabra.
Déjame atisbar en viejas paredes desvencijadas.
Permíteme sostener y destruir los viejos cimientos.
¡Colócame en un yunque! ¡Oh Dios!
Golpéame, martíllame en un perno de acero.
Introdúceme a las vigas de los rascacielos.
Sujétame, con remaches al rojo vivo,
en todas las vigas centrales.
Déjame ser el gran clavo que sostiene
al rascacielos en una noche triste
tapizada con blancas estrellas.
Ejército expedicionario de los Estados Unidos
Colgaremos en la pared un rifle oxidado, corazón,
con ranuras onduladas y escamitas de óxido.
Durante la oscuridad una araña tejerá su nido plateado
en el hueco más tibio de ese rifle.
También habrá óxido en el gatillo y en la mira.
Ninguna mano pulirá ese rifle colgado en la pared.
Los dedos índices y pulgares, distraídamente,
apuntarán, por pura casualidad, cerca del rifle.
Se hablará de las cosas medio olvidadas en el deseo
de olvidar.
Le dirán a la araña: sigue, sigue, estás haciendo
muy buen trabajo.
Tal vez
Tal vez él me crea, tal vez no.
Tal vez me case con él, tal vez no.
Tal vez el viento de la pradera,
el viento del mar, tal vez,
alguien en algún lugar
tal vez lo diga.
Pondré mi cabeza en su hombro y
cuando me pregunte le diré que sí,
tal vez.
Isla de Patmos
Los carruajes invisibles
en el alto cielo
Transportan arcángeles
(también invisibles).
He visto esos carruajes. Tú también,
o no sabes de lo que te has perdido.
He conversado con los arcángeles. Y tú
también, o no sabes lo que has perdido.
Yo camino con los arcángeles
por dondequiera que voy. Y tú también,
o no sabes de lo que te has perdido.
Yo soy un jirón de humo. También tú.
Necesito de los arcángeles, como tú,
a no ser que prefieras seguir perdiendo.
Yo invento a los arcángeles que necesito.
Como lo haces tú.
Somos aurigas con alas y vestidos con
túnicas blancas, y manejamos
los carruajes de los elegidos.
¿Era un sueño sonando?
¿Era un sueño sonando
o un sonido soñando?
¿Puede uno que suena sonar un sueño
o un soñador soñar un sonido?
El sonido en un sueño
golpea fuerte al que sueña.
En este momento la luna, sobre Indiana,
es el sonido de fuego de un fantasma que sueña.
El enjuague del mar
El mar enjuaga sin fin.
Se repite y se repite el enjuague del mar.
¿Sólo conoce las viejas canciones?
¿Eso es todo lo que sabe el mar?
¿Solo canciones de
vieja potencia?
¿Eso es todo?
El enjuague del mar se repite y
se vuelve a repetir.
Felicidad
Pedí que me dijeran qué es la felicidad
a los maestros que hablan
del significado de la vida
y a los dirigentes famosos que ordenan
trabajar a miles de hombres,
pero ellos sólo movieron sus cabezas y
sonrieron pensando que
yo los creía unos tontos.
Tiempo después, un domingo en la tarde,
vagué por el río Desplains y vi
a un grupo de húngaros bajo los árboles
con sus mujeres y sus niños
y un barril de cerveza y un
acordeón.
Puertas que se abren y cierran
Nunca regreses.
Te digo adiós mientras te veo cerrar la puerta.
La desesperanza abre puertas que llaman y
esperan y te dejan entrar para— ¿por
cuántos centavos al día? ¿Cuántos
centavos para ojos y dedos que se están desvelando?
Te digo adiós porque te cortaron las venas,
en la oscuridad y calladamente, día con día,
y gota por gota te has desangrado. Has
terminado siendo una joven envejecida.
Nunca regreses.
Luz blanca
Tu luz blanca destella sobre la noche helada,
oh Luna del poniente púrpura y callado.
Recuérdame como a uno de tus amantes en
tus sueños.
Acertijos de ratas
Ahí había una rata gris que
me miraba con sus verdes ojos
sacándolos de su agujero
"¡Hola, rata! —le dije—
¿Será posible que yo llegue a hablar
en el lenguaje de las ratas?"
Y aquellos verdes ojos pestañearon,
pestañearon desde el agujero.
"Vuelve —le dije—.
Dime algunos acertijos.
Las ratas han de tener
sus acertijos".
Aquellos verdes ojos me pestañearon
y, del agujero, salió un susurro:
"¿Quién crees que eres y por qué
rata eres? ¿Dónde dormiste la noche
pasada y por qué es que estornudas
los martes? ¿Por qué la sepultura
de una rata no es más profunda
que la del hombre?"
La rata ojiverde chicoteó su cola
y, tras el gris agujero, desapareció.
Ratas de callejón
Hay quienes, a ciertos bigotudos, los llaman
"lilos" y, con máscaras verbales,
chisporrotean sobre las barbas como:
"de candado", "cerradas", "de
chivo".
Metáforas como ésas se sueltan de sus labios
mientras llora la calle y los gorriones
persiguen al polvo de avena esparcido
en las banquetas.
¡Já-ja-já, esas metáforas! —y ¡Já-ja-já,
esos muchachos que la policía llamó
"La Sucia Docena" y pusieron sus nombres
en las primeras planas de los periódicos;
y ese mismo día, dos de ellos gruñeron
en la "fiesta de la corbata" (ahorcados)
...así dirían aquéllos
con sus metáforas a flor de labios.
Rojo y blanco
Nadie corta rosas rojas cuando aúlla el viento invernal
y
La nieve blanca cae entre cercas y puertas rechinantes.
Nadie mira las soñadoras esculturas de nieve cuando las
rosas.
del verano florecen rojas y suaves en jardines y
rincones.
¡Ah!, yo he amado a las rosas rojas; ¡Ah!, y a la nieve
blanca—
designios que sueñan al invierno y al verano —son
la nieve y las rosas.
Bosquejo
Las sombras de los barcos
se mecen encima,
sobre el brillo azul claro
del tardo y suave redoblar
de la marea.
La larga playa color de lana,
donde el cielo se moja,
forma un brazo de arena
sobre un trecho de sal.
Los pliegues infinitos y diáfanos
del agua, seductores,
se deslizan y se van.
Las migajas de las olas
y las blancas burbujas reventadas
lavan la playa.
Se mecen encima,
sobre el brillo azul claro,
las sombras de los barcos.
Transcurrir
La arena del mar
se torna roja
cuando llega y tiembla
la puesta del Sol.
La arena del mar
se torna amarilla
cuando, incierta,
la Luna se inclina
Enrojecer
Enrojece el lento rescoldo en la punta
del cigarro. La ceniza, gris, almidona
y cubre todo el silencio del fuego.
(Un gran hombre, amigo mío, está muerto;
y, mientras yace en su ataúd su
flama apagada, yo estoy sentado
entre sombras que me oprimen, y
fumo observando que mis pensamientos
vienen y van).
Un resguardo
Pasé entre muchas paredes horrendas,
por portales donde las mujeres miraban
con sus ojos profundos y hambrientos,
entre sombras fantasmas de manos famélicas.
Al salir de esas paredes horrendas, de
pronto, yo estaba en las afueras de la ciudad:
en la quebrada azul de un lago
con grandes olas que se rompían bajo el sol.
La ribera curvada me roció con el agua.
Se formó una tormenta de gaviotas flotantes:
multitudes de magnas alas grises
y blancos pechos en vuelo, girando
con toda la libertad en el espacio abierto.
El puente de la calle Clark
Hay polvo en los pies y
en las ruedas de las carretas.
Pasan carretas y gente.
Todo el día veo
ruedas y pies.
Ahora...
...sólo hay neblina y estrellas,
un policía solitario,
dos bailarinas cabareteras,
y más estrellas
y más neblina.
Ya no hay ruedas ni pies,
ni polvo ni carretas.
Hay voces que cuestan
dólares; y
gotas de sangre
...
Voces de corazones
desgarrados
... Voces que cantan
y cantan
... Voces de plata
que cantan y son
más suaves que las estrellas,
más suaves que la neblina.
Tullido
En cierta ocasión miré a un tullido.
Respiraba con lentitud sus últimos días
de blanca peste.
Miraba con sus ojos cavernosos,
pidiendo aire.
Gesticulaba con desesperación
moviendo sus manos desgastadas.
Más tarde, en la casa oscura
y polvorienta de un barrio, me dije
que hubiera preferido ser un alto girasol,
en un jardín campestre, que levanta
su rostro café-dorado ante el verano,
bañado por la lluvia
y cubierto por el rocío,
mezclado entre amapolas
y montones de malvas;
mirando maravillado, noche tras noche,
las claras procesiones en silencio
que hacen las estrellas.
El tranvía de la calle Halsted
Vengan caricaturistas,
vengan conmigo
a viajar de pie
en el tranvía
de la calle Halsted,
a las siete de la mañana.
Tomen sus lápices
y dibujen estos rostros.
Traten de dibujar estas caras torcidas;
a ese cuidador de cerdos en la esquina
—su jeta—; a esa muchacha obrera
con overol —sus mejillas perdidas
Encuentren con sus lápices
un modo de grabar
sus memorias con esos
rostros vacíos, fatigados.
Después de dormir,
en la húmeda aurora,
en el alba fría,
esos rostros están
con los deseos cansados
y los sueños vacíos.
Jack
Jack fue un negro garboso y baquetón.
Durante 30 años trabajó en el ferrocarril, 10 horas
al día, y sus manos se volvieron más duras
que las suelas de sus zapatos.
Se casó con una mujer fuerte y tuvieron 8 hijos y
la mujer murió y los niños crecieron y se
largaron y le escribieron cartas al viejo
cada dos años.
Murió en una pobre casa, sentado en un banco bajo
el sol contando sus recuerdos a otros viejos
cuyas mujeres murieron y sus hijos se largaron.
Mostró gozo en su rostro al morir igual que mostró
gozo durante el tiempo en que vivió —él fue
un negro garboso, arrogante y baquetón.
Soterrado
I
Soy la contracorriente
que mueve mareas poderosas
y derriba los pilares
de lo que más aprecias.
II
Soy el insomne
lento devorador
que pudre o aherrumbra
igual tus ligamentos
que los grandes furgones.
III
Soy la Gran Ley,
más antigua que tú
y que tus
muy orgullosos
ascendientes.
Estoy sordo
todos los días,
aunque digas
"sí" o "no".
Soy el desmenuzante
mañana.
Pérdidas
Tengo un amor,
un niño,
un banjo
y unas sombras.
(Pérdidas de Dios.
Todo se va
y, algún día,
nos quedamos
tan sólo
con las sombras).
Altgeld
Escucha el tic-tac del Gran Reloj antiguo.
John P. Altgeld dijo que el Gran Reloj
antiguo sigue funcionando.
Taconea por tu camino hacia el infierno,
luego regresa y toma un millón de dólares.
¿Para qué?
Atrasado y adelantado,
día y noche;
un año más, uno menos,
John P. Altgeld dijo que el Gran Reloj antiguo
sigue funcionando.
Circo del aire
¿Había muchos espejos giratorios?
¿Se juntaban las luces plateadas y rosas?
Los jinetes llegaron llorando (resuélvanme
este enigma).
Los jinetes, montando horquillas de oro, lloraron y
siguieron su marcha mientras los planes truculentos
(de caza y combate, helicópteros y bombarderos)
llegaron,
bañados en luz, arrojando banderas—
¿Cada jinete recogió un espejo giratorio?
¿Cada jinete se trenzó con el plateado y el rosa
La cerca
Ya terminaron de construir la casa de piedra frente
al lago y los albañiles comienzan a construir
la cerca.
Las barras de la cerca son de acero y terminan en picos
que pueden matar de una estocada a quienquiera
que
caiga en ellos.
Esta cerca es toda una obra maestra que le cerrará el
paso a la chusma, a los vagabundos, a los
hambrientos y a todos los niños que buscan un
lugar para sus juegos.
Nadie traspasará las picudas barras de acero; excepto
la Muerte, la Lluvia y el Futuro.
Multitudes
Vagué por las montañas y presencié la bruma azul y los
acantilados rojos, y me maravillé.
En la playa, frente al prolongado impulso de la
maniobra
sinfín de la marea, permanecí en silencio.
Bajo las estrellas, en la pradera, al ver que el río
Dipper se torcía en el horizonte de los
pastizales, me invadieron los pensamientos.
Hombres grandiosos, espectáculos de guerra y trabajo.
soldados y obreros, madres con sus niños en
brazos — todo esto lo he palpado, y he sentido
las grandes emociones de la gente.
Y luego, un día, miré verdaderamente a la Pobreza,
millones de pobres, pacientes y fatigados; más
pacientes que los acantilados, que las mareas y
las estrellas; innumerables, tan pacientes como
la oscuridad de la noche — también miré todos
los residuos, todas las ruinas postradas de las
naciones.
Tomado de:
FELICIDAD
Les pedí a profesores que enseñan el significado de la
vida que me dijeran qué es la felicidad.
Y consulté a famosos empresarios que dirigen el trabajo
de cientos de hombres.
Todos sacudieron sus cabezas y me sonrieron como si
estuviera tratando de bromear con ellos.
Y luego una tarde de domingo vagué a lo largo del río
Des Plaines
Y vi un grupo de húngaros bajo los árboles con sus
mujeres y niños y un barril de cerveza y un acordeón.
Tomado de:
https://hablardepoesia.com.ar/2019/02/16/carl-sandburg-tres-poemas/

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