El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos—
no puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.
Ved
Ved al ciego que va voceando su haz de prensa
y a su pequeña hija miseranda, engendrada
la misma noche que hoy tiene diez años.
(Todos engendramos nuestros lazarillos).
Vedlo
vendiendo luz a los que pasan
por un valor de cobre de rutina.
De las floristerías sale un olor a muerto
mas él conoce sólo la tez de los jazmines
que riega la pequeña en su jardín errante;
y el pulso que adivina las piedras del camino
pide, torpe, a los cielos su última moneda.
En esta encrucijada en que se anuda
el tránsito en urbano remolino,
los dedos de la niña tejen el verde paso
y, náufrago en los hombros de los rudos peatones,
el ciego les perdona a los hombres no verlo,
mientras sigue buscando sus pupilas caídas
entre el polvo de estrellas sin distancia.
A la lluvia
Demonio de la lluvia –látigo de lujuria–
no rompas con tus dientes vidriosos el abrigo
del tibio pecho, lo único tibio del humilde;
no nos traigas el frío de la tan alta nube,
no persigas al perro sin puerta con tus piedras,
no rompas el pulmón del obrero que canta
siguiendo el pie descalzo de sus hijos sin cielo,
no mancilles las barbas secas del pordiosero,
no llegues hasta donde no pueden evitarte.
Deja tu voz pluvial para el cultivo de los ríos,
para la faz de las persianas donde hay dueño,
para el paraguas, que es tu flor arcaica.
Demonio-dios, que envidias y que amas
las multitudes y caes ruidoso sobre todos,
disuelve ya a Babel y permite que asome
el sol como un henchido seno de leche pródiga.
La libertad
La libertad no me encadena pero nunca me deja libre,
la libertad sigue mis pasos y me oculta todas las
puertas,
la libertad está en mi casa y tiene un nombre
de alas clavadas que lloran: la soledad…
La soledad, mi solidaria en el teatro y en el parque,
la soledad en la sopa fría y en los comensales del
restaurante,
la soledad a la mesa sentada, en la barra en el bar
y en la moneda disoluta y en mi corazón impar.
La libertad está prohibida por los jueces y por el día,
la libertad quema su lámpara y mi novia es la libertad,
la libertad que separa a los hombres de su pan,
la libertad que nunca nos comprende: la soledad…
La soledad es una mendiga que come con los cinco
sentidos,
la soledad, angustia de Dios,
la soledad no sé qué es, por eso estoy tan solo
y pregunto a los que han muerto por mí:
¿qué es la libertad?
Lugar común
Ya que no todos podemos ser
poetas
comprender lo sublime
o exaltar lo sencillo
hablemos francamente
confesemos nuestro fracaso
de hombres sin alas
de hojas muertas en el estío
nuestros empeños ciegos
sin metáforas vanas
nuestra identificación con todos
o con casi todos
y si alguien nos entiende
y fecunda nuestra impotencia
eso también es poesía
o por lo menos una gota
en la sed del infierno
cotidiano.
Oscuro sueño
Me asaltan en la noche y me ofenden
fantasmas transparentes y fríos
me toman por los cabellos me hunden
en un pozo oscuro y febril
y cuando me dispongo a gritar
a abrir los brazos y a pedir palabras
el sol se aloja con su gota de hielo
en mis ojos de negra y eterna lechuza.
Vida corriente
La misma luz del sol el mismo sol y el mismo desayuno
-recuelo tibio y pan duro de recoleta
el mismo beso y el mismo sombrero.
El periódico y siempre paralela
la calle a lado y lado su lectura
mismas letras igual nomenclatura
marcha del hambre sobre el capitolio
gobierno de los mismos misma guerra
siempre hacia el paredón o hacia el telonio.
Y el carro colectivo y su destino
de alfoz a plaza en alternada meta
a la misma hora con la misma gente
en la esquina de siempre pero siempre
fatal itinerario y rauda suerte
la misma ruta la misma rutina
alguien viene de lejos y aún le queda
alguien apenas entra ya se apea
alguien se baja acá y alguien avanza
alguien de pie adelante atrás sentado
alguien triste distraído humilde
estrecho holgado libre perseguido
a éste dónde lo he visto qué más vale
uno habla dos replican ella otea
yo en silencio tú sueñas él dormita
soledad recordando compañías
Juan rozagante pedro deslardado
pobre al trabajo rico a su mercado
un hombre una mujer una familia
viejos al parque niños a la escuela
ruanas y diores chompas prendedores
ajos y gasolinas anís espliego
no se puede fumar apague el fuego
una mano en bolsillo equivocado
calderón calderilla tango roto
tocata y fuga en son de vallenato
y moto con andante inmoderato
una limosna un corrido protesta
el agente y el árbol cuánto falta
déjeme por favor perdón señora
el seguro de muerte en la cabrilla
cómo no te había visto adiós y ciao
de dónde viene aunque subió en la esquina
adónde va aunque vaya aquí conmigo
tan pronto como estamos ya no estamos
es que la vida es este bus corriendo
que de pronto paró y hemos llegado.
Tomado de:
https://www.revistapalimpsesto.com/rogelio-echavarria-poemas/
Contravía
El río de mi vida corre al revés
o yo voy a contrapelo
a la misma velocidad
por eso la playa es siempre la misma
no paso no avanzo
pero si dejo de remar
me lleva la corriente
-el río sabe su camino
aún en la oscuridad-
y me pierdo sin regreso.
Paisaje
El viento abre las puertas
y la luz las ventanas
y en el patio, la plaza
principal de la casa,
el breve del arriete
madura brevedades.
La esposa teje flores
contra la mala suerte
y su hilo infinito
me aleja de la muerte.
En mi pueblo de nubes
los cohetes retumban
entreipal de la casa,
el breve del arriete
madura brevedades.
La esposa teje flores
contra la mala suerte
y su hilo infinito
me aleja de la muerte.
En mi pueblo de nubes
los cohetes retumban
entre fríos algodones.
¡Es tan vecino el cielo !
El trueno es el recibo
lento al oído alerta
del incrédulo ciego.
Las ranas piden rey
y sol las aves
y los molinos hacen aspa-vientos.
La noble tierra te devuelve dulces
frutas por el estiércol
que le arrojas
y flores vivas en el pozo
de las aguas muertas.
Pequeño nocturno
La noche
-no hay luna que me lleve de la mano-
me abarca y abre el reino
donde yo seré el solo único.
Todas las cosas
se refugian bajo la tierra.
Allí el agua purga sus pecados
y los muertos abren los ojos.
Los amantes cambian sus cuerpos
y el silencio los hace iguales.
Los pájaros yacen, cansados
de sostener el cielo.
El transeúnte
Todas las calles que conozco
son un largo monólogo mío,
llenas de gentes como árboles
batidos por oscura batahola.
O si el sol florece en los balcones
y siembra su calor en el polvo movedizo,
las gentes que hallo son simples piedras
que no sé por qué viven rodando.
Bajo sus ojos —que me miran hostiles
como si yo fuera enemigo de todos no
puedo descubrir una conciencia libre,
de criminal o de artista,
pero sé que todos luchan solos
por lo que buscan todos juntos.
Son un largo gemido
todas las calles que conozco.
Polvo
El sol, esta mañana, escancia la humedad de la noche,
las mujeres lavan su cuerpo de la sombra del lecho,
tibieza de los sexos y azúcar del amor.
Las calles amanecen entre rotas ventanas.
Pasan los que recogen la basura
y llevan al olvido cuanto los hombres tocan.
Si las noches fueran más largas
las mujeres se ahorcarían en sus cabellos, llamas
oscuras
que multiplican la pesadilla o el espasmo.
Pues esta niña que se asoma al día por el espejo
parece recién salida del paraíso.
Si las noches fueran más largas
el polvo afirmaría su dominio sobre todas las cosas.
Y o siempre duermo con mi única fiel compañera,
que me acaricia el rostro con sus manos de hollín.
El hombre se defiende de la muerte
en la noche, y todas las mañanas
debe luchar contra el puñado de ávida ceniza
que le adelanta a su sepulcro
la vida.
Tomado de:
https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/Antologia/rogelio.html
Tránsito
¿Qué importa dónde se nace
ni dónde se muere,
si con la muerte regresamos
a la cuna y con el nacer
aseguramos nuestra muerte?
Mas hemos de guardar de lo pasajero el perfume,
ceñirnos la espinada túnica de la rosa
a los hombros, amando la ignorancia
de las cosas que pasan y quedan sin saberlo.
Debemos mirar a cada hombre y llamarlo y tomarlo
de la mano y preguntarle de dónde viene, desde cuándo,
nunca hasta dónde va, porque lo mismo
sabe que yo, que tú, que nadie.
O si lo sabe es un loco como aquel
que creía que lo sabía.
O si canta viendo que los gusanos lo esperan
entre su cuerpo, dejadlo…
Dejadlo que siga cantando, porque está ebrio.
(Desde mi ventana los veo, a los ebrios, a quienes
les crece la barba de pudor y descuido.
Los veo mientras ellos me ven girar como una luna).
O cuando voy por la avenida —yo también entre ellos y
la que fuera niña mía es mujer de quien yo ignoraba,
y la mujer de quien yo ignoraba es mía sin saber por
qué…
O en la ventanilla de trenes
que gritan con su pluma de humo;
en los buses, en los ascensores
—savia ciega de la ciudad—,
entre los que leen los periódicos
orgullosos y cabizbajos
y entre poetas que esconden su oscuro telegrama …
¿Qué soy sino —por fin— el que viaja con otros
que no saben de dónde vienen
más que evacuados de una mujer,
ni a dónde van
si no a ocupar el sitio que su sombra señala?
Declaración de amor
Mírame: yo soy el que ves siempre a la orilla de tu
lecho
y con quien habrás de rasgar el velo que cubre los
sueños.
Soy el diseminado, que tiene en ti el último centro.
Busco una soledad que prolongue la mía.
Cuando empezaste a soportar el tibio peso de los senos
—el pulso de tu corazón goteaba con mayor presteza
al oír mis pasos y ascendía casta leche a tus labios—;
cuando comprendiste que tu piel posee el don de renovar
las lunas
y empezó a sangrar esa herida cuyo bálsamo eficaz
poseo;
hoy que confundes la malicia con la sabiduría
y con sus nocturnos secretos te ofende el viento de los
parques,
me llego a ti, ciega de no haber visto lo que empaña al
mundo,
a modelar tu barro núbil y orearlo al sol de mis
sudores.
Mi brazo atiza el fuego de las columnas de humo
que contienen el peligro del cielo sobre la ciudad.
Y mis manos no aman las joyas, ni una onza de oro,
pero el llanto endulzó su ajado pergamino
y su caricia es noble y alta.
Recibe todas las armas de mi agradecimiento
por ahorrarme hasta el día necesario tu cuerpo,
por la justeza de la orla de tu falda,
por la honradez de tus manos y la mina sellada de tus
costados:
que las ferias están ebrias de lo que ocultas,
llenas hasta la hartura de belleza gratuita.
Busca en mí el principio de tus goces desconocidos
o la prolongación de los que han sido fuente de
esperanza
y borremos de los calendarios los días de huelga
porque nuestra lámpara sin alternativas
desconocerá los cambios del tiempo tras la puerta.
Oh tú mi siempre-viva, mi siempre-amiga,
por quien la salud acepta duras vigilias
como el avaro que nunca regresa de su exilio.
¿No ves que si no fuera por ti
la mujer sería vendida y exportada en grandes barcos,
apenas marcada con una tiza roja
para que los braceros de los puertos
sepan que es frágil?
Aparta, aparta del quicio las grandes letras del
periódico
que traen hasta nosotros fechas violentas;
ignora la abierta noche de la ciencia
que hace malditos a los hombres,
la razón del pasado y la gran voz profética:
que en tu casa tendrás mimo para tu más nimia palabra.
Porque ya es hora de alabar la ignorancia voluntaria
que cifra el universo en el tambor de hilo.
Dame tu historia en este mundo para nosotros preparado
en que de pronto nos hallamos con las manos asidas
como si el miedo de las gentes nos unciera uno al otro.
No temas seguir buscándome, ya que sabes
que cuando se me toca no es posible apresarme.
¡Ah, sí! Soy el que verás siempre a la orilla de tu
lecho.
Háblame con tu voz que tiene un dejo de feliz tristeza,
paisaje con árboles sobre los cuales ha llovido.
Porque yo soy el más solo entre los solos
y desde hoy tendremos una misma estrella en el plato,
hasta el día en que el fruto necesite nuestro agrio
bagazo
para el fuego del aderezo,
como la caña del maíz a finales del año
después de haber pagado el dolor de la herencia.
¡Oh flor de mi más alta confianza!
Única
Oh tú a quien siempre hablo cuando todo ha dejado de
oírme,
cuando todos han dejado de oírme, oh tú que me oyes más
que mi corazón.
No sé por qué te busco siempre, tal vez porque eres la
unidad
de todas y sin embargo en ninguna te alcanzo.
Es el amor, sobre el que nadie o muy pocos pueden
poner su bandera definitiva,
es el amor, sobre el que nada tengo adquirido ni
esperado,
el amor, que hace su propio mundo cada vez, sus
fronteras
que el tiempo, sólo el tiempo derrumba.
¿Por qué destruye los cuerpos para luego
rehacerlos tan perfectos que puedan sufrir nuevamente
la muerte de que fueron salvados
y a la que siempre viven condenados?
¡Oh tú, oh tú! ¿cómo llamarte?
¿cómo llamarte? ¡Única!
Que después del último llanto me viste curado y me
hieres,
que después de la última herida me sanas y me
reconcilias…
¿dónde hallarte definitivamente quieta y mía, cuándo
contemplarte secos los ojos que no quieren cambiar sus
aguas?
Tomado de:
https://calamoliteratura.wordpress.com/2016/05/02/rogelio-echavarria-poemas/
Epitafio
Al fin voy a dormir
despacio
y solo.
Poética
¿Qué es poesía? preguntas.
Hago luz y —discreta
y sorprendida— huye
la poesía: ¡esa sombra!
Tomado de:
https://www.lacoladerata.co/cultura/versos/in-memoriam-rogelio-echavarria/

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