jueves, 19 de marzo de 2026

POEMAS DE BEN CLARK - VOCES JÓVENES ANGLO-ESPAÑOLAS -


A escribir de otra suerte

Yo, que he sobrevivido a los abrazos

férreos de turismos y que luzco en el hombro

tres cicatrices rectas —las palas de la hélice

de una lancha maldita—; yo, que suelo

encontrarme dinero y que una vez

visité por sorpresa a un conocido

y entré en su casa abierta

y lo encontré dormido y sosegado

pero vivo –el idiota–

junto a media botella de líquido de frenos;

yo, primero del clan en nacer bajo el sol

y el primero de toda la familia

que ha podido leer en castellano

el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías; yo,

que recibí el regalo de la vista

y que he podido usarlo para ver

la escultura de Apolo y Dafne de Bernini;

y finalmente yo, colmo de colmos,

que usurpo tu mirada en este instante,

apreciado lector, lectora, yo,

que de entre mil poetas más notables

he obtenido la ofrenda de tu tiempo,

puedo decirte ahora

que la suerte no existe para nadie

que no haya sido amado mientras ama.

 

 

Poema adentro

Cuando escribo me acerco a las respuestas,

soy resiliente y listo como un tordo

cuando escribo despacio

sobre el papel que, luego, en unas horas,

o puede que, en un año, leeré

con desesperación y con urgencia

porque no sabré nada de la vida,

porque seré el de siempre; el que no soy

en este instante cuando escribo «coma»

cuando escribo este verso, con confianza,

valiente y muy tranquilo,

porque aquí tengo todas las respuestas

y no existe otro golpe que los ritmos

en desfile y jamás se ha muerto nadie

dejando un verso a medias. O eso creo.

Dudo, y dudar presagia ya el final,

el retorno del hombre sin propósito,

el hombre torpe y solo

que en vano buscará en estas palabras

el sentido de todo lo que hay fuera.

 

 

Las marcas de cantero

De los templos antiguos tan solo me interesan

las marcas de cantero,

de las pandemias graves con nombre propio solo

las colillas pisadas frente a los hospitales.

Mis neblinosos años de estudiante

los pasé descifrando el braille infecto

de los chicles pegados debajo del pupitre.

Para cenar elijo restaurantes

donde el menú contenga faltas de ortografía.

Del amor me fascinan

los llaveros que nadie se decide a tirar

y de los coches viejos, claro, el número

triunfante del odómetro.

De las cafeterías

las puertas abolladas de los frigos,

de los rodajes multimillonarios

las pinzas de la ropa que sujetan

los cables de los técnicos de luz.

De mis propios poemas me interesa la sombra

que a veces aparece debajo de los versos

si llevo muchas horas.

Me gusta la informática;

las carpetas ocultas en un lápiz

de memoria perdido debajo del sofá.

De los amigos fieles, las manías,

de la familia muerta, las certezas,

de las playas los cubos de basura

rebosantes con latas

puestas en equilibrio por encima.

Me interesan muy poco el porvenir

y el miedo. No me gustan

los cubiertos de plástico

ni las guerras de drones.

Si tengo que escoger,

querré siempre en mi equipo al traductor

ineficaz de todos los carteles

de los ferris del mundo. Me interesan

de nuestras vidas breves solamente

los signos lapidarios,

los recuerdos difusos de las noches

que no sabemos bien si sucedieron.

 

 

¿Desea guardar?

Everything not saved will be lost

Escribo sobre trece versos de la Odisea

desenterrados hoy tras diecisiete siglos

de no decir ni mu.

Sabe esta arcilla a tiempo y a milagro.

 

Escribo en un archivo que almacena la nube

porque me aterroriza que se borre,

que nadie sepa nunca que hoy escribo

los versos del futuro en mi portátil.

 

Por eso estás leyendo esto en papel:

el maestro impresor ha ordenado los tipos

y una improbable imprenta

 

convirtió la pantalla en un objeto

hermoso e independiente.

Y ahora puedo dormir un poco más tranquilo.

 

[Se lo advirtió Nintendo al niño que me habita:

todo lo que no guardes acabará perdido.]

Tomado de:

https://www.casapais.org/la-fiesta-junto-al-rio/cinco-poemas-ben-clark

 

 

Revolución

Contra todo florecen los almendros.

Protesta radical e inquebrantable.

Este siglo veloz sin concesiones

ya no tiene un talón

visible; más que un ojo tiene mil

y no hay David que pueda ya vencerlo.

Escasean los héroes

en esta era de plasma

y, con todo, florecen los almendros.

Creer en el amor tampoco sirve

–contra el amor las flores han marchado–,

de amor están repletas las cunetas;

entre los vivos sólo

persiste el verde amor por el dinero.

Mienten las dependientas el catorce

y por eso florecen los almendros.

Por el sapo dorado, el tigre persa,

por el león del cabo y el dodo,

el pingüino gigante,

el águila de Haast y el tilacín,

la paloma viajera, el pájaro carpintero

Imperial, por el ciervo de Schomburgk

llevan su luto blanco los almendros.

Porque hoy en día existen los esclavos

–las flores lo repiten: ¡hay esclavos!–

y lugares oscuros

y cárceles sin nombre

donde la vida es sólo un agujero.

Con la voz de los mudos se resisten

a callar los almendros.

Hay un dolor oculto en primavera,

nada sabe del hombre, de su historia

de guerras y desastres,

también este dolor es algo hermoso,

hermoso, ambiguo y brevemente eterno;

es la pena inefable

que hace estallar de amor a los almendros.

En este florecer tan subversivo

se han ido las pasiones de otros años,

se ha ido la esperanza

con la escarcha de enero y con el agua

que tímido se adentra en un febrero

que es testigo del cambio y del combate:

contra todo florecen los almendros. La Hoja de Arena

¿Y tú qué opinas?

Tomado de:

https://www.lahojadearena.com/poemas-de-ben-clark/

 

 

SELF SERVICE

 

Para Sara

 

Yo nunca he pretendido nada más:

estar vivo y consciente cuando mueras;

porque yo no me fío,

porque al final no hay nadie más que uno

mismo y su tozudez y, claro está,

su amor.

Haz con tu vida lo que quieras,

no te estoy proponiendo ningún pacto.

 

La gente es cada vez más y más joven

y no es justo exigirle lo imposible.

 

Así que me reafirmo y me prometo

y me cuido y procuro no morir

para hacerte vivir un poco más,

 

en mí.

Tomado de:

https://airenuestro.com/2020/02/24/poemas-escogidos-ben-clark-2/

 

 

Mi hijo, el poeta

mi propio corazón una ciudad con un terrorista

 

atrincherado en el despacho del alcalde.

 

Stephen Dunn

 

Si Padre llega tarde no es porque tenga miedo

ni porque arranque al fin la primavera

y con ella los coches deshuesados

que ponen rumbo al mar.

 

Si Padre llega tarde

a la tercera planta, Sala 6,

cardiología,

será por un despiste o porque quiere,

porque, con todo, es dueño —todavía—

de estas pequeñas cosas que no importan.

 

Y dicen nuestro nombre y me sonríe,

victorioso y anciano y en sus ojos

danza un pirata dueño de un secreto.

 

La doctora es más joven que el poeta

y el pirata me apunta con la pata

de palo y el secreto se posa en su hombro izquierdo:

 

 

Este es mi hijo, barbulla y ya no quedan

mesas libres en ninguna terraza y menudo día

para ser otra cosa; millonario

con camisa pistacho; surfer; mendigo al sol

con los ojos cerrados, sonriendo.

 

Un día para estar en otro sitio.

Un día sin tener que hablar de nada.

 

Este es mi hijo, el poeta.

Y el secreto aletea en la consulta

repitiendo la frase, poseído

por la ira de las arenas insomnes y por el blanco

impoluto de la bata. Mi hijo, repite mi padre

y el secreto regresa a su hombro izquierdo

y nadie dice nada en la tercera

planta de la sala 6. Cardiología.

 

 

Arte

The disease had sharpened my senses

 

Edgar Allan Poe

 

 

 

La doctora dibuja un corazón

que no tiene forma de corazón.

Un corazón enfermo, un vienés

que baila mal el vals; la bomba atómica

del hombre que hay sentado a mi derecha.

 

 

Y juntos contemplamos al culpable.

Y juntos contemplamos a la víctima.

Su representación (esto no es…).

La doctora dibuja un corazón

y explica que la muerte llegará

 

aquí, o aquí, o aquí, o aquí

aunque puede que no, puede que no.

 

La doctora no sabe dibujar

pero traza sin miedo,

y al hablar por teléfono sombrea

los bordes con un gesto de fastidio.

«Ya lo decía Hipócrates…», nos dice,

y antes de despedirnos guarda el esbozo enfermo

en un cajón con llave.

 

 

La vela

 

Y yo era del sol y el sol era bueno

y yo era de las nubes y del mar

y así estaba bien.

Y tú eras el acero y la montaña

y el tiempo consumido y el futuro.

 

Y yo era de las muelas bucaneras

y de los huesos rotos y del parche

del ojo vago y tú eras de las noches

cuando se iba la luz; la vela amable

y milagrosa tú, mi mundo mago.

 

 

Difusión simple

 

Es extraño vivir, pertenecer

al reducido mundo en movimiento.

 

Es extraño vivir y beber zumos

sobre arenas doradas en septiembre,

hablar con el objeto de tu amor

—porque vive también

a pesar de que sea algo improbable—.

 

 

Es extraño vivir y caminar tranquilo

sobre la piel reseca de los muertos,

no estar con ellos, no ser uno de ellos

—ni siquiera pensarlos todo el rato—.

 

Los muertos son millones y uno solo;

un cuerpo que se encoge. Nada más.

Es sencillo entender su podredumbre

 

y el engranaje simple de su olvido.

Pero existir. Estar. Desafiar

con tu sola presencia al gran ejército

de la noche requiere un pensamiento

abrumador, inútil, complicado.

 

Y sin embargo es fácil contentarse

con esta extraña dicha que es saberse

y descubrirse día a día en el reflejo;

celebrar las miserias porque son

cuando todo podría no ser más,

y salir al tedioso mundo infame

armado con el don de estar cansado

y dolorido. Ser. Pertenecer

al diminuto imperio del aliento.

Tomado de:

https://msur.es/artes/ben-clark/


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