Raquel Martín de Almagro
En la brevedad, la profundidad
del texto, cada poema nos lleva de la mano por un laberinto de emociones,
soledades, amor y la desolación de las partidas, el amanecer en medio de la
soledad, también es la brevedad de los momentos con el otro, esa soledad
acompañada, la indiferencia, todo líquido, veloz, como ínsulas, recorridas y
recordadas. Estas palabras de la poeta son un llamado a navegarnos en medio de
la cotidianidad, a reconocer la poesía del instante, a reconocer el poema desde
el alba hasta el sueño compartido en pareja, la contemplación y maravilla del
otro que también despierta. Es la poesía precisa, contundente y sin recorridos
inútiles, la poesía contundente.
Texto de Fausto Marcelo Ávila Para este Blog.
Teñir
cada espacio. Remover las cenizas. Rota tu luz,
roto el camino
que me conduce al lugar que habitas.
Desde lo alto
dos sombras
erguidas alzan su presencia, confunden la luz abrazan la duda.
Olvidar sería perder
la
proporción del pasado, sabernos huecos, exiliados del lugar
a dónde pertenecemos.
El lado oscuro
teje
la mortaja del bosque. Las manos de los árboles ascienden como llamas hasta tocar las grietas
de luz que socavan la
ausencia.
Todo
lo que amé ahora se difumina
en días falsos y soleados
seguidos de noches frías como
losas negras.
El
tiempo traspasa el aire se detiene
sobre los tejados
dialoga entre brumas con el vacío.
Despierto
y el letargo me trae
la respuesta imprevista.
Suspendida sobre un lecho verde
dejo penetrar la mañana, embozo las
sombras,
intuyo el pozo de asfalto,
la aproximación de los árboles.
El tiempo se ha detenido
y
cuelgo de la rama del árbol más alto. Los rayos de luz atraviesan la eternidad.
Mengua la distancia entre
los cuerpos.
La casa sumergida
como una herida abierta
en la maleza se adormece en el ocaso,
descansa el cielo sobre los tejados.
Habitas
un lugar primitivo desalojado de sombras y dobleces.
El silencio
apenas reconforta, el ruido necesario
invade la sangre a ciegas,
con pequeños pasos.
La
ciudad se funde, desliza entre sus dedos
el crepitar de la luz del mediodía.
El agua
no recibe nuestro reflejo
al mismo tiempo.
Siempre
hay un espacio donde no cabemos juntos.
Se instala el vacío
sobre la tierra sepultada,
queda
difuminado el hálito del viento, la lengua azul,
el hielo de las promesas.
Desde dentro
las nubes abrazan lo posible.
El gesto teñido de esperanza,
la vaguedad de las formas previas
al encuentro.
La luz
no agota el horizonte,
el
blanco espacio que desocupa la mirada acoge la gris promesa fría del camino.
La ausencia
es una gasa de nieve
desangra la mañana
existe un espacio que me refleja, silencia la herida
intuye el camino.
***
Dos
cuerpo opacos abandonados a la sombra
recortan historias sobre el
cielo amarillo.
Tejen
y destejen las dudas habitan con asombro los rincones por donde nadie pasa.
La hierba
crece alta entre
los dedos, arranca secretos
al agua.
***
A veces no sabía como ir hacia ti.
Ni sabía qué palabras
pronunciar.
Iba
dejándome por los rincones, toda párpados y boca
toda luna redonda y abismo.
Desnuda y sin otra piel
sin otra mirada.
Me abandonaba a la tarde
respirando entre
las grietas
***
Flotar
entre el vaivén inconcluso de las palabras. Luz
desplegada como velas sobre el infinito mar de tejados. La ciudad como un barco
persigue olas de sombra, mece el
ocaso.
***
La
plenitud es abrazar todo lo que roza tu cuerpo
Pensar en las mínimas
posibilidades y las certezas diarias.
Golpear con mi presencia
el abandono
de las terrazas, acompasar mi ritmo al tuyo y transitar el vacío
sin escalas.
La perfección es ver
como
se desprenden las flores de los árboles mientras llueve
y caen sobre tu techo.
***
Somos el recuerdo de dos seres que murieron hace mil años.
Somos
la sombra del musgo que crecía junto al muro.
El sostén de la piedra
desnuda y limpia.
El hilo que tejía
el cielo y la tierra, el destino impoluto y exagerado.
La balanza inaccesible
en la que medíamos
la otredad, el pulso ante la
vida,
el ocaso cerca del mar al que regresamos.
***
Conjuro todas y cada una
de
las palabras que conozco. Guardo el silencio
bajo los ojos, en las palmas de las manos.
No hay cobijo.
Digo casa y hago en el pecho
un lugar donde refugiarme.
Digo pan y es mi boca la que me alimenta.
Fui nombrando cada palabra y las
gasté todas
hasta encontrarme en el laberinto.
***
El exilio somete al cuerpo
a la presión de los minutos,
horas y días, se desvanece en el horizonte,
atraviesa el costado con sus agudas
agujas, ocupa y llena el cuerpo de otra,
la misma, la que calla y vela.
Lleno y tránsito verde, luz negra y quieta.
El exilio
somete,
expulsa y hiere con sus úlceras
impasibles
ante el vendaval de los tiempos.
***
El silencio
de los días festivos invita
al cuerpo
a remover la pasión
con
que saltamos los muros de todas las contradicciones.
Albergamos
más esperanza de la que podemos sostener recobrando territorios, habitaciones
blancas
frente a una plaza.
La
ciudad que nos acogió desde que imaginamos abrazar lo imposible.
***
A lo lejos la montaña
altiva, inalcanzable, esconde un secreto
agotador, doloroso,
inevitable.
El sol es incesante en su búsqueda hacia la cumbre,
sus dedos avanzan iluminando el camino.
Abajo la cueva
las grietas,
la penumbra
que acoge el silencio necesario, sobre la ciudad que duerme,
el zumbido que impulsa el ascenso.
El gesto puro
de los que aman sin hacer
ruido.
***
El tiempo es cruel
cuando
atravieso mi cuerpo con nuevas palabras,
cuando
el gatillo de la duda aprieta y la luz me ciega.
Quería ver dentro de mí,
asomarme a la ventana
y beber lentamente del pozo del alma.
***
No soy animal de
costumbres.
No tengo hábito
de
tenderme en un reloj de arena mirando cómo se escurren los minutos entre los
dedos.
No puedo vaciar el mar
ni sellar mis labios.
Tengo el aire de la siesta repleto de deseo.
Acostumbro a merodear
entre los recuerdos que aún no existen.
Visito
las calles de la ciudad cuando todo se sumerge cuando los caminos se cruzan,
en el instante en el que he vaciado
mi anhelo y despojado toda
tristeza.
***
El
viaje es el pretexto perfecto para encontrarte frente
al espejo repitiendo los
gestos que amas y odias por igual
motivo.
Terrazas
de luz, catedrales de nubes soportando la ascensión
de
las formas en las ciudades flotantes.

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