miércoles, 2 de marzo de 2016

Poemas de Sharon Olds



(Estados Unidos, 1942)

SATÁN DICE 


Estoy encerrada en una cajita de cedro 
que tiene un cuadro de pastores pegado 
sobre el panel central,tallado a los lados. 
La caja se sostiene sobre unas patas curvas. 
Tiene un cerrojo de oro en forma de corazón 
sin ninguna llave.Escribo para tratar de salir de la caja cerrada, 
que huele a cedro. Satán 
viene a mi en la caja cerrada 
y dice: yo la sacaré de ahí. Diga 
Mi padre es una mierda. Digo 
que mi padre es una mierda y Satán 
se ríe y dice: Se está abriendo. 
Diga que su madre es una alcahueta. 
Mi madre es una alcahueta. Algo 
se abre y se rompe cuando lo digo. 
Mi espalda se endereza en la caja de cedro 
como la espalda rosa de la bailarina del prendedor 
con un ojo de rubí que descansa junto a mi, 
sobre el satén en la caja de cedro. 
Diga mierda, diga muerte, diga al carajo el padre, 
me dice Satán al oído. 
El dolor del pasado encerrado zumba 
en la caja infantil sobre su cómoda, bajo 
el ojo redondo del estanque 
con rosas grabadas alrededor, donde 
el odio hacia ella misma se miraba en el dolor. 
Mierda. Muerte. Al carajo el padre. 
Algo se abre. Satán dice: 
¿No te sientes mucho mejor? 
La luz parece quebrarse sobre el delicado 
prendedor de edelweiss, tallado madera de dos tonos. 
También lo quiero, 
sabe, le digo al oscuro a Satán 
en la caja cerrada. Los amo pero 
trato de decir lo que nos ocurrió 
en el pasado perdido. seguro, dice 
y sonríe, seguro. Ahora diga: tortura. 
Veo, en la oscuridad impregnada de cedro, 
que se abre el borde de una gran bisagra. 
Diga: la verga del padre, la concha 
de la madre, dice Satán, y la saco de ahí. 
El ángulo de la bisagra se ensancha 
hasta que veo el contorno de la época 
antes de que yo fuera, cuando ellos se 
abrazaban en la cama. Cuando digo 
las palabras mágicas, verga,concha, 
Satán dice suavemente, Salga. 
Pero el aire que rodea la abertura 
es pesado y denso como humo ardiente. 
Entre, dice, y siento su voz 
que respira por la abertura. 
La salida es a través de la boca de Satán. 
Entre en mi boca, dice, ya está, 
allí,y la enorme bisagra 
empieza a cerrarse. Oh,No, también 
los quería,afirmo el cuerpo,lo tenso 
dentro de la casa de cedro. 
Satán sale aspirado por el ojo de la cerradura. 
me deja encerrada en la caja, sella 
el cerrojo en forma de corazón con el lacre de su lengua. 
Ahora es su ataúd, dice Satán. 
Apenas lo escucho; 
me caliento las 
manos frías en el ojo de rubí 
de la bailarina- 
El fuego, el súbito descubrimiento de lo que es el amor. 


RETROCEDO A MAYO DE 1937 


los veo de pie en la formal entrada de sus universidades, 
veo a mi padre salir despreocupadamente 
por el arco de arenisca ocre , las tejas 
rojas que brillan como curvos 
platos de sangre detrás de su cabeza, veo 
a mi madre que carga unos pocos libros livianos 
de pie junto a la columna hecha de ladrillos diminutos con 
las puertas de hierro forjado aún abiertas a su espalda, sus 
remates de lanza negros en el aire de mayo, 
están a punto de graduarse, están a punto de casarse, 
son niños, son tontos, lo único que saben es que son 
inocentes, jamás le harían daño a nadie, 
deseo acercarme a ellos y decirles Deténganse, 
no lo hagan...ella es la mujer equivocada, 
él es el hombre equivocado, van a hacer cosas 
que no pueden imaginar que alguna vez harían, 
van a hacerles cosas malas a sus hijos, 
van a sufrir de una manera de la que jamás oyeron hablar, 
van a desear morirse. Yo deseo 
acercarme a ellos allí en la última luz de mayo y decirles, 
el rostro ávido bonito y vacio de ella vuelto hacia mí, 
su lastimoso bello cuerpo intocado, 
el rostro apuesto arrogante y ciego de él vuelto hacia mí, 
su lastimoso cuerpo bello intocado, 
pero no lo hago. Quiero vivir. Los 
levanto como a muñecos de papel 
hombre y mujer y los froto entre sí con fuerza 
a la altura de las caderas como astillas de pedernal 
como para sacar de ellas una chispa, digo 
Hagan lo que están por hacer, y yo se los contaré todo. 

FIN 


Nos decidimos a abortar, y juntos
nos volvimos asesinos. No cambió nada con
el próximo período: estaba muerta, esa pareja joven
que alguna vez había abrazado la vida.
Mientras lo discutíamos en la cama, el choque
no nos sorprendió. Fuimos a la ventana,
y miramos los autos hechos un acordeón,
las esquirlas de vidrio reluciente,
como si los culpables fuéramos nosotros.
La policía retiró los cuerpos,
ensangrentados como bebés recien nacidos,
por el huequito humeante de la puerta,
los colocó en el césped, y los cubrió con sábanas
que se empaparon en el acto. Sangre
empezó a caer de entre mis piernas
y manchó mis pantuflas. No me moví de ahí,
viendo cómo arrojaban a la figura atada con correas
por la abertura negra de la ambulancia, y cómo
paraban a la otra, la cabeza cubierta con vendajes,
dos manchas en reemplazo de los ojos.
La mañana siguiente me tuve que agachar
una hora en el piso, para limpiar mi sangre,
frotando un trapo húmedo por las manchas brillosas
y traslúcidas, como quien deja la sartén
largo rato en remojo
después de que la fiesta terminó.

LA ESPECIALISTA EN BABOSAS 


Cuando era especialista en babosas, apartaba 
las hojas de la hiedra, en busca de esos cuerpos
traslúcidos, brillosos, de gelatina verde,
que subían reptando lentamente
a mi merced, por la pared de piedra.
Al estar hechas casi todas de agua,
morían al instante si les echaban sal,
pero eso no era lo que a mí me interesaba. Lo que a mí me gustaba
era correr las hojas de la hiedra, quedarme respirando
el olor de la pared, y esperar en silencio hasta que el bicho
se olvidara de mí, y sacara las antenas;
ver cómo esos cuernitos relucientes se alargaban
como si fueran telescopios, hasta que finalmente
los extremos sensitivos salían a la luz,
íntimos e infalibles. Unos años más tarde,
cuando vi por primera vez a un hombre desnudo,
me sorprendió observar cómo se repetía
el callado misterio, ver a esa criatura 
parsimoniosa y elegante salir de su escondite
y brillar en el aire polvoriento,
deseosa y tan confiada
que una podría llorar.




                                           Poema para las tetas


Traducción de Diana Martínez Heredia
     
Como otras gemelas idénticas, se pueden
distinguir mejor en la adultez.
Una es rápida para fruncir su ceño,
su cerebro, su inteligencia ágil. La otra
sueña dentro de una constelación,
pecas de Orión. Nacieron cuando tenía trece,
se levantaron en mitad de mi pecho,
ahora tienen cuarenta, sabias, generosas.
Estoy dentro de ellas –de alguna manera, debajo de ellas,
o las llevo conmigo–, viví tantos años sin ellas.
No puedo decir que soy ellas, aunque sus sentimientos son casi
los míos, como con alguien que uno ama. Ellas parecen,
para mí, un regalo que tengo que dar.
Dicen que los chicos veneran su categoría del
ser, que por ellas casi llegan a morir de hambre,
eso no se me escapaba, y algunos jóvenes
las amaron de la forma en que uno mismo quisiera ser amado.
Todo el año han estado llamando a mi esposo que partió,
cantándole como un par de sirenas
empapadas sobre una piedra áspera.
No pueden creer que él las haya dejado, no está en su
vocabulario, ellas –hechas
de promesas– literalmente son como votos cumplidos.
A veces, ahora, las tomo por un momento,
una en cada mano, viudas gemelas,
pesadas con pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces eran nuestras, como infantes sedientas
de entusiasmo y abundancia. Y ahora estamos de nuevo
en esta estación, la misma semana
en que él se mudó. ¿No les susurró:
“Espérenme aquí un año”? No. 

  

El pene del papa

                                                                                                                             Traducción de Andrea Garcés
Cuelga en lo profundo de su bata, 
un delicado badajo en el centro de una campana.
Se mueve cuando él se mueve, como un pez fantasmal
en un halo de algas plateadas, con el pelo ondeante 
en medio de la oscuridad y el calor.
Y en la noche, mientras los ojos duermen, él se levanta
para alabar a Dios.


***

Ahora que entiendo, 
quiero pensar en tu terror:
entre tus piernas, una niña loca de amor; 
el cuerpo largo, fresco, joven, delgado
como pastillas de jabón; los pechos redondos y elevados,
burbujas opalescentes; dieciocho años, nunca antes tocada. 
Quiero entender tu terror ahora,
la forma en que la tomaste
y la desfloraste como limpiando un pez,
la conversación de esposa al irte en la mañana.
Ahora que conozco el miedo del amor
quiero pensar en su cuerpo blanco y caliente
como un pez verdoso recién llegado a tierra 
que se agita y se da golpes contra las rocas.
Cayó en tu regazo, temblando igual que tu pene,
una mujer enloquecida de amor, con el calor
de un libro recién impreso, tan aguda 
como una herramienta nunca usada.
Ardía en tus muslos y todo lo que pudiste
hacer fue hurgar en su cereza 
como sacando a un caracol de su oscura concha 
y luego tirarla lejos. Me asombra el terror dispuesto
a perder tanto, me enamora la niña 
entregada que fue hasta ti y te dio su ofrenda, 
la carne delicada, como un festín
en una bandeja –sí, sí,
acepto el obsequio.


Adolescencia


Cuando pienso en mi adolescencia,
pienso en el baño de aquel sórdido hotel 
al que me llevaba mi novio en San Francisco.
Nunca había visto un baño así:
no tenía cortinas, ni toallas, ni espejo, solo
un lavamanos verde por la suciedad 
y un inodoro amarillento, color óxido
–como algo en un experimento científico
donde se cultivan las plagas en los cuencos–.
En ese entonces el sexo era todavía un crimen.
Salía de mi residencia universitaria
hacia un destino falso,
me registraba en la posada con un nombre falso,
atravesaba el vestíbulo hasta ese baño 
y me encerraba. 
No lograba aprender a ponerme el diafragma,
lo decoraba como un ponqué con espermicida brillante
y me agachaba; se me caía de los dedos
y viajaba hasta una esquina,
para aterrizar en una depresió...




LOS INDISPENSABLES OJOS


De la mano de las muchachas ciegas
recorría el pasillo con las niñas del coro.
Dios podía cegar. Dios podía hacer
cualquier cosa. El Padre Tomás
llamaba a las muchachas ciegas “las desprovistas
de vista terrestre”. Yo poseía
vista terrestre. Temía las pupilas
blancas y lechosas, no podía soportar
su vergüenza de no poder saber
si alguien las miraba.
Yo las miraba
durante toda la misa. Cada año
mis gafas eran más penetrantes. No soportaba mirar
lo que pasaba en casa. ¿Qué habían visto
las muchachas ciegas? Toda la noche recorríamos
el pasillo,
vidriosas ágatas en nuestras cuencas.
Por la mañana
me despertaba debajo de la cama, con miedo
de abrir los ojos, de saber. Poco a poco
levantaba los párpados: el reverso del
colchón de muelles como las ásperas
vigas de madera de una iglesia, el techo de un establo:
abría así los ojos a otro día de una
vida entre animales cegados
bajo la amenaza del fuego.


EL AMOR NUESTRO


A ese amor nuestro al que llamé un niño
nacido muerto
colgado por los pies –ultimamente lo he visto
moverse, Padre.

Su vendada forma azul-negruzca ha dado
ligeramente la vuelta, una crisálida
en un grueso capullo.

Lo he visto girar despacio, morado,
las líneas del vendaje como hojas de col
plegadas y apretadas, más oscuras y secas
en los bordes.

He visto al capullo aferrarse cual garra,
desenrollar ligeramente su envoltura y ajustarla
cómodamente alrededor del cuerpo.

Como un murciélago que abre su manto de piel
para arroparse de nuevo,
colgado cabeza abajo, la sangre

latiendo en la cabeza como un corazón:
ese amor nuestro, este amor ciego
se alimenta a sí mismo, sin chocar contra nada,
y amamanta su cría.

De: Satán dice, (edición bilingüe), traducción y prólogo de Rosa Lentini y Ricardo Cano Gaviria, Tarragona, Igitur, 2001.

FOTOGRAFÍA DE LA NIÑA


La niña está sentada en la tierra dura,
áspero molde de Rusia, en la sequía 
de 1921, aturdida,
los ojos cerrados, la boca abierta,
un crudo viento abrasador le sopla
arena en la cara. Hambruna y pubertad
se apoderan de ella. Echada sobre un saco,
el calor descoloca todo lo que lleva puesto,
curvado el tierno radio de su brazo.
No puede no ser bella, pero
se muere de hambre. Adelgaza cada día, y sus huesos
se hacen largos, porosos. El pie de foto dice
que va a morir de hambre ese invierno
con miles de otros seres. En la sima de su cuerpo
los ovarios liberan sus primeros óvulos,
dorados como el grano.


LOS INVASORES


Hitler entró en París como mi
hermana entraba en mi habitación por la noche,
se sentaba a horcajadas sobre mí, me estrujaba con las rodillas,
clavaba las uñas de los pulgares en mis muñecas y
meaba encima de mí, sabiendo que nuestra madre nunca
creería mi versión. Todo muy
cauto, la cara borrosa sobre mí
refulgiendo en la sombra, el olor ocre
de su orina propagándose por el cuarto, el
calor hirviendo en mis piernas, mojada
mi estrecha pelvis. Cuando cesó el silbido, cuando un
agujero había sido marcado a fuego en mi cuerpo, tumbada
y calcinada de vergüenza, percibí el
relumbrar de su piel en el aire, el placer
ocre que crecía cuando Hitler se asomaba a
la tumba de Napoleón y murmuraba Éste es el
mejor momento de mi vida.

De: Los muertos y los vivos (edición bilingüe), traducción y prólogo de J.J. Almagro Iglesias y Carlos Jiménez Arribas, Madrid, Bartleby Editores, 2006.

 para mi padre

SU QUIETUD
El doctor dijo: "Usted me pidió que le dijera
cuando no se pudiera hacer nada más.
Se lo digo ahora."
Mi padre estaba sentado,
casi inmóvil, como siempre, sin mover los ojos.
Yo supuse que se enfurecería al saber que moriría,
que agitaría los brazos, que gritaría.
Pero se quedó sentado,
limpio con su pijama limpio,
delgado, como un santo.
El doctor dijo: "Podemos hacer algunas cosas
para darle tiempo, pero no lo podemos curar."
Mi padre le dio las gracias.
Y se quedó sentado, quieto, solo,
digno como un rey extranjero.
Me senté a su lado. Ese era mi padre:
siempre supo que era mortal. En cambio, yo temí
que tuvieran que amarrarlo. Había olvidado
que siempre se quedaba así, aguantando,
en silencio, el alcohol un modo de callar.
No lo había conocido: mi padre tenía dignidad.
Al final de su vida, su vida
empezó a despertar en mí.

martes, 1 de marzo de 2016

Siete testigos del caso de los 12 Apóstoles han muerto - Las2orillas

Siete testigos del caso de los 12 Apóstoles han muerto - Las2orillas: Solo sovreviven cinco que pueden hablar de los hechos que llevaron a la captura de Santiago Uribe, entre ellos el capitán Juan Carlos Meneses

POEMAS DE JOSÉ ANGEL BUESA


(Cuba, 1910- 1982)

Ala y Raíz


Ala y raíz: la eternidad es eso.
Y aquí, de frente al mar, en la ribera,
la vida es como un fruto que cayera
de un alto gajo, por su propio peso.

Ala y raíz. Y el ala, sin regreso,
a la raíz, con sed de primavera:
que así el confín de la emoción viajera
duerme a la sombra del follaje espeso.

(El mar corre descalzo por la arena.
Mi corazón ya casi es sólo mío.
El ancla está aprendiendo a ser antena

y el latido unicorde se hace escala.
Después, libre del tiempo, en el vacío,
Así: ¡mitad raíz y mitad ala!)

Balada del Loco Amor

I

No, nada llega tarde, porque todas las cosas
tienen su tiempo justo, como el trigo y las rosas;
sólo que, a diferencia de la espiga y la flor,
cualquier tiempo es el tiempo de que llegue el amor.
No, Amor no llega tarde. Tu corazón y el mío
saben secretamente que no hay amor tardío.
Amor, a cualquier hora, cuando toca a una puerta,
la toca desde adentro, porque ya estaba abierta.
Y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,
pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde.

II

Amor, el niño loco de la loca sonrisa,
viene con pasos lentos igual que viene a prisa;
pero nadie está a salvo, nadie, si el niño loco
lanza al azar su flecha, por divertirse un poco.
Así ocurre que un niño travieso se divierte,
y un hombre, un hombre triste, queda herido de muerte.
Y más, cuando la flecha se le encona en la herida,
porque lleva el veneno de una ilusión prohibida.
Y el hombre arde en su llama de pasión, y arde, y arde
Y ni siquiera entonces el amor llega tarde.

III

No, yo no diré nunca qué noche de verano
me estremeció la fiebre de tu mano en mi mano.
No diré que esa noche que sólo a ti te digo
se me encendió en la sangre lo que soñé contigo.
No, no diré esas cosas, y, todavía menos,
la delicia culpable de contemplar tus senos.
Y no diré tampoco lo que vi en tu mirada,
que era como la llave de una puerta cerrada.
Nada más. No era el tiempo de la espiga y la flor,
y ni siquiera entonces llegó tarde el amor.


Canción de la Búsqueda


Todavía te busco mujer que busco en vano,
mujer que tantas veces cruzaste mi sendero,
sin alcanzarte nunca cuando extendí la mano
y sin que me escucharas cuando dije: "te quiero..."

Y, sin embargo, espero. Y el tiempo pasa y pasa.
Y ya llega el otoño, y espero todavía:
De lo que fue una hoguera sólo queda una brasa,
pero sigo soñando que he de encontrarte un día.

Y quizás, en la sombra de mi esperanza ciega,
si al fin te encuentro un día, me sentiré cobarde,
al comprender, de pronto, que lo que nunca llega
nos entristece menos que lo que llega tarde.

Y sentiré en el fondo de mis manos vacías,
más allá de la bruma de mis ojos huraños,
la ansiedad de las horas convirtiéndose en días
y el horror de los días convirtiéndose en años...

Pues quizás esté mustia tu frente soñadora,
ya sin calor la llama, ya sin fulgor la estrella...
Y al no decir: "¡Es ella!" - como diría ahora -,
seguiré mi camino, murmurando: "Era ella..."



Balada del Mal Amor


Qué lástima muchacha,
que no te pueda amar.
Yo soy un árbol seco que sólo espera el hacha,
y tú un arroyo alegre que sueña con el mar.

Yo eché mi red al río…
Se me rompió la red…
No unas tu vaso lleno con mi vaso vacío,
pues si bebo en tu vaso voy a sentir más sed.

Se besa por el beso,
por amar el amor…
Ese es tu amor de ahora, pero el amor no es eso,
pues sólo nace el fruto cuando muere la flor.

Amar es tan sencillo,
tan sin saber por qué…
Pero así como pierde la moneda su brillo,
el alma, poco a poco, va perdiendo su fe.

¡Qué lástima muchacha,
que no te pueda amar!
Hay velas que se rompen a la primera racha,
¡y hay tantas velas rotas en el fondo del mar!

Pero aunque toda herida
deja una cicatriz,
no importa la hoja seca de una rama florida,
si el dolor de esa hoja no llega a la raíz.

La vida, llama o nieve,
es un molino que
va moliendo en sus aspas el viento que lo mueve,
triturando el recuerdo de lo que ya se fue…

Ya lo mío fue mío,
y ahora voy al azar…
Si una rosa es más bella mojada de rocío,
el golpe de la lluvia la puede deshojar…

Tuve un amor cobarde.
Lo tuve y lo perdí…
Para tu amor temprano ya es demasiado tarde,
porque en mi alma anochece lo que amanece en ti.

El viento hincha la vela, pero la deshilacha,
y el agua de los ríos se hace amarga en el mar…
¡Qué lástima muchacha,
que no te pueda amar!


Canción del Amor Lejano


Ella no fue, entre todas, la más bella,
pero me dio el amor más hondo y largo.
Otras me amaron más; y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.

Acaso fue porque la amé de lejos,
como una estrella desde mi ventana...
Y la estrella que brilla más lejana
nos parece que tiene más reflejos.

Tuve su amor como una cosa ajena
como una playa cada vez más sola,
que únicamente guarda de la ola
una humedad de sal sobre la arena.

Ella estuvo en mis brazos sin ser mía,
como el agua en cántaro sediento,
como un perfume que se fue en el viento
y que vuelve en el viento todavía.

Me penetró su sed insatisfecha
como un arado sobre llanura,
abriendo en su fugaz desgarradura
la esperanza feliz de la cosecha.

Ella fue lo cercano en lo remoto,
pero llenaba todo lo vacío,
como el viento en las velas del navío,
como la luz en el espejo roto.

Por eso aún pienso en la mujer aquella,
la que me dio el amor más hondo y largo...
Nunca fue mía. No era la más bella.
Otras me amaron más... Y, sin embargo,
a ninguna la quise como a ella.



Así, Verte de Lejos


Así, verte de lejos, definitivamente.
Tú vas con otro hombre, y yo con otra mujer.
Y sí que como el agua que brota de una fuente
aquellos bellos días ya no pueden volver.

Así, verte de lejos y pasar sonriente,
como quien ya no siente lo que sentía ayer,
y lograr que mi rostro se quede indiferente
y que el gesto de hastío parezca de placer.

Así, verte de lejos, y no decirte nada
ni con una sonrisa, ni con una mirada,
y que nunca sospeches cuánto te quiero así.

Porque aunque nadie sabe lo que a nadie le digo,
la noche entera es corta para soñar contigo
y todo el día es poco para pensar en ti.




Amor prohibido


Solo tú y yo sabemos lo que ignora la gente
al cambiar un saludo ceremonioso y frío,
porque nadie sospecha que es falso tu desvío,
ni cuánto amor esconde mi gesto indiferente.

Solo tú y yo sabemos porqué mi boca miente,
relatando la historia de un fugaz amorío;
y tú apenas me escuchas y yo no te sonrío...
y aún nos arde en los labios algún beso reciente.

Solo tú y yo sabemos que existe una simiente
germinando en la sombra de este surco vacío,
porque su flor profunda no se ve, ni se siente.

Y así, las dos orillas, tu corazón y el mío,
pues, aunque las separa la corriente de un río,
por debajo del río se unen secretamente.





Amor tardío


Tardíamente, en el jardín sombrío,
tardíamente entró una mariposa,
transfigurando en alba milagrosa
el deprimente anochecer de estío.

Y, sedienta de miel y de rocío,
tardíamente en el rosal se posa,
pues ya se deshojó la última rosa
con la primera ráfaga de frío.

Y yo, que voy andando hacia el poniente,
siento llegar maravillosamente,
como esa mariposa, una ilusión;

pero en mi otoño de melancolía,
mariposa de amor, al fin del día,
qué tarde llegas a mi corazón...





Arte poética 


Ama tu verso, y ama sabiamente tu vida, 
la estrofa que mas vive, siempre es la mas vivida. 

Un mal verso supera la mas perfecta prosa, 
aunque en prosa y en verso digas la misma cosa. 

Así como el exceso de virtud hace el vicio, 
el exceso de arte llega a ser artificio. 

Escribe de tal modo que te entienda la gente, 
igual si es ignorante que si es indiferente. 

Cumple la ley suprema de desdeñarlas todas, 
sobre el cuerpo desnudo no envejecen las modas. 

Y sobre todo, en arte y vida, se diverso, 
pues solo así tu mente revivirá en tu verso.





Canción a la mujer lejana


En ti recuerdo una mujer lejana, 
lejana de mi amor y de mi vida. 
A la vez diferente y parecida, 
como el atardecer y la mañana. 

En ti despierta esa mujer que duerme 
con tantas semejanzas misteriosas 
que muchas veces te pregunto cosas 
que solo ella podría responderme. 

Y te digo que es bella, porque es bella, 
pero no se decir, cuando lo digo, 
si pienso en ella porque estoy contigo 
o estoy contigo por pensar en ella. 

Y sin embargo si el azar mañana 
me enfrenta con ella de repente 
no seguiría a la mujer ausente 
por retener a la mujer cercana. 

Y sin amarte mas, pero tampoco 
sin separar tu mano de la mía, 
al verla simplemente te diría: 
"Esa mujer se te parece un poco".





Canción de la noche sola


Fue mía una noche. Llegó de repente,
y huyó como el viento, repentinamente.
Alumna curiosa que aprendió el placer,
fue mía una noche. No la he vuelto a ver.
Fue la noche sola de una sola estrella.

Si miro las nubes, después pienso en ella.
Mi amor no la busca; mi amor no la llama;
la flor desprendida no vuelve a la rama,
y las ilusiones son como un espejo
que cuando se empaña pierde su reflejo.

Fue mía una noche, locamente mía:
me quema los labios su sed todavía.
Bella como pocas, nunca fue más bella
que soñando el sueño de la noche aquella.

Su amor de una noche sigue siendo mío:
la corriente pasa, pero queda el río;
y si ella es la estrella de una noche sola,
yo he sido en su playa la primera ola.

Amor de una noche que ignoró el hastío.
Somos las distantes orillas de un río,
entre las que cruza la corriente clara,
y el agua las une, pero las separa.

Amor de una noche: si vuelves un día,
ya no he de sentirte tan loca y tan mía.
Más que la tortura de una herida abierta,
mi amor ama el viento que cierra una puerta.

El amor florece tierra movediza,
y es ley de la llama trocarse en cenizas.
El amor que vuelve, siempre vuelve en vano,
así como un ciego que tiende la mano.
Amor de una noche sin amanecer:
¡acaso prefiero no volverte a ver!






El pozo seco


Dejé mi copa en el brocal maldito.
Grité hacia abajo, hacia el profundo hueco,
pero el coro sarcástico del eco
me devolvió multiplicado el grito.
Llegaba tarde: el pozo estaba seco.

Un gran golpe de viento llenó el pozo,
y, al recorrer su vertical garganta,
en su más honda hondura oí un sollozo,
donde cantaba el agua y ya no canta...

Brillaba entonces la primera estrella,
pero el anochecer amanecía
cuando me puse a comparar aquella
profunda sed del pozo con la mía.

Y allí dejé mi copa abandonada,
con un tardío gesto de homenaje
por quien se supo dar sin pedir nada
al que calmó su sed y siguió el viaje...

Y allí, junto al brocal ennegrecido,
y el cubo roto y la inservible rueda,
comprendí que no cabe en el olvido
la ingratitud de un agua que se ha ido
ni el espanto de un pozo que se queda...



 



Elegía lamentable


Desde este mismo instante seremos dos extraños
por estos pocos días, quien sabe cuántos años...
yo seré en tu recuerdo como un libro prohibido
uno de esos que nadie confiesa haber leído.

Y así mañana, al vernos en la calle, al ocaso,
tú bajaras los ojos y apretarás el paso,
y yo, discretamente, me cambiaré de acera,
o encenderé un cigarro, como si no te viera...


Seremos dos extraños desde este mismo instante
y pasarán los meses, y tendrás otro amante:
y como eres bonita, sentimental y fiel,
quizás, andando el tiempo, te casarás con él.

Y ya, más que un esposo será como un amigo,
aunque nunca le cuentes que has soñado conmigo,
y aunque, tras tu sonrisa, de mujer satisfecha,
se te empañen los ojos, al llegar una fecha.


Acaso, cuando llueva, recordarás un día
en que estuvimos juntos y en que también llovía.
Y quizás nunca más te coloques aquel traje
de terciopelo verde, con adornos de encaje.

O harás un gesto mío, tal vez sin darte cuenta,
cuando dobles tu almohada con mano soñolienta.
Y domingo a domingo, cuando vayas a misa,
de tu casa a la iglesia, perderás tu sonrisa.


¿Qué más puedo decirte? Serás la esposa honesta
que abanica al marido cuando ronca la siesta:
y tras fregar los platos y tras tender las camas,
te pasarás las noches sacando crucigramas...

Y así, años y años, hasta que, finalmente,
te morirás un día, como toda la gente.
Y voces que aún no existen sollozarán tu nombre,
y cerrarán tus ojos los hijos de otro hombre.





Elegía para nosotros


Erguida en tu silencio y en tu orgullo,
no sé con qué señor que te enamora,
comentas a manera de murmullo:
¡Mirad ese es el hombre que me adora!

Yo paso como siempre, absorto,... mudo,
y tú nerviosamente te sonríes,
sabiendo que detrás de mi saludo,
te ahondas y después te me deslíes.

Yo sé que ni te busco, ni te sigo,
que nada te mendigo, ni reclamo,
comento, nada más con un amigo:
"Esa es la mujer que yo más amo".

Yo sé que mi cariño recriminas,
es claro tú no entiendes de esas cosas,
qué sabe del perfume y las espinas,
quien nunca estuvo al lado de las rosas.

Tú sabes que jamás suplico nada,
y me sabes cautivo de tus huellas,
que vivo en la región de tu mirada,
y comparto contigo las estrellas.

Un día nos veremos nuevamente,
y es lógico que bajes la cabeza,
tendrás muchas arrugas en la frente,
y el rostro entristecido y sin belleza.

Serás menos sensual en la cadera,
tus ojos no tendrán aquel hechizo,
y aún murmuraré- ¡Si me quisiera!
tú sólo pensarás: ¡Cuánto me quiso!




La sed insaciable


Decir adiós... La vida es eso. 
Y yo te digo adiós, y sigo... 
Volver a amar es el castigo 
de los que amaron con exceso.


Amar y amar toda la vida, 
y arder y arder en esa llama. 
Y no saber por qué se ama... 
Y no saber por qué se olvida...


Coger las rosas una a una, 
beber un vino y otro vino, 
y andar y andar por un camino 
que no conduce a parte alguna.

Sentir más sed en cada fuente 
y ver más sombra en cada abismo, 
en este amor que es siempre el mismo, 
pero que siempre es diferente.

Porque en el sordo desacuerdo 
de lo soñado y lo vivido, 
siempre, del fondo del olvido, 
nace la muerte de un recuerdo.


Y en esta angustia que no cesa, 
que toca el alma y no la toca, 
besar la sombra de otra boca 
en cada boca que se besa...




Me llegabas en la brisa y en la espuma...


Me llegabas en la brisa y en la espuma,
tú, la perdida para siempre...
Tú, la que ennoblecías el sabor del recuerdo,
que ahora llegas más casta y más ausente...


Me llegas en el viento que huele a lejanía,
me llegas en la sal que sabe a muerte,
tú, sombra arrinconada en un silencio;
tú, la perdida para siempre...


Ya no sé por qué sordo camino de la ausencia
bajo que estrellas moribundas vienes,
con los pies inseguros llenos de polvo y de rocío,
tú, la perdida para siempre...