sábado, 30 de julio de 2016

POEMAS DE DAMASO ALONSO






VIENTO DE NOCHE


El viento es un can sin dueño,
que lame la noche inmensa.
La noche no tiene sueño.
Y el hombre, entre sueños, piensa.

Y el hombre sueña, dormido,
que el viento es un can sin dueño,
que aúlla a sus pies tendido
para lamerle el ensueño.

Y aun no ha sonado la hora.

La noche no tiene sueño:
¡alerta, la veladora!


MADRIGAL DE LAS ONCE


Desnudas han caído
las once campanadas.

Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezongando encima.

La mañana
ha roto su collar desde la torre.

En los troncos, se rascan las cigarras.

Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.


LOS CONTADORES DE ESTRELLAS


Yo estoy cansado.
Miro
esta ciudad
-una ciudad cualquiera-
donde ha veinte años vivo.

Todo está igual.
Un niño
inútilmente cuenta las estrellas
en el balcón vecino.

Yo me pongo también...
Pero él va más deprisa: no consigo
alcanzarle:
Una, dos, tres, cuatro,
cinco...

No consigo
alcanzarle: Una, dos...
tres...
cuatro...
cinco...


EL NIÑO Y LA COMETA


El niño se sonreía
-mano inhábil, ojo atento­
y la cometa en el viento
(su corazón) se cernía.
Ave, cometa, de un día
su corazón soñoliento.
Pues el corazón quería
huir -pero no podía,
pero no sabía­ al viento.


ROSALÍA TIENE QUINCE AÑOS


Quince almendros en flor, tus quince años.
¡Qué blancura el paisaje de tu alma!
Blanca como la nieve, cual la hoja
de papel en que escribo: toda blanca.

Todo es blanco: año nuevo y álbum nuevo;
yo escribo para ti blancas palabras.
Me rodea lo blanco, todo en blanco
como si fuera en una gran nevada.

¡Quince arbolillos tienes, Rosalía!
Y el viento viene, y los acariciaba...
Ya nieva el mundo flores, flores, flores;
ya nieva flores, blancas, blancas, blancas.


LOS CONSEJOS DEL TÍO DÁMASO A LUIS CRISTÓBAL


Haz lo que tengas gana,
Cristobalillo,
lo que te dé la gana,
que es lo sencillo.

Llegaste a un mundo donde
manda la chacha,
mandan los mandamases
y hay poca lacha.

Caso nunca les hagas
a los mayores.
Los consejos de Dámaso
son los mejores.

Tira, mi niño, tira,
si te da gana,
los libros de papito
por la ventana.

Cuélgate de las lámparas y los manteles,
rompe a mamita el vaso
de los claveles.

¿Que hay pelotón de goma?
Chuta e impacta.
¡Duro con la pintura
llamada abstracta!

Rompe tazas y platos.
¡Viva el jolgorio
y las almas benditas
del purgatorio!

La mejor puntería
te la aconsejo
si es que se pone a tiro
cualquier espejo.

Aún hay más divertido:
coge chinillas,
y con un tiragomas,
¡a las bombillas!

Pero ahora se me ocurre
algo estupendo,
donde papá se encierra
vete corriendo.

¡Macho, cuántos papeles!
Tú, con cerillas,
vas y a papá le quemas
esas cosillas...

¡Verás qué cara pone!
¡Qué gracia tiene!
Anda, sin que te vea,
mira que viene.

Vamos a divertirnos
tú y yo, mi cielo.
Es un asco este mundo:
conviene que lo

pongamos boca abajo.
¡Es tan sencillo!
Vamos a hacer un mundo
nuevo, chiquillo!


VIDA


Entre mis manos cogí
un puñadito de tierra.
Soplaba el viento terrero.
La tierra volvió a la tierra.

Entre tus manos me tienes,
tierra soy.
El viento orea
tus dedos, largos de siglos.

Y el puñadito de arena
-grano a grano, grano a grano-
el gran viento se lo lleva.


CALLE DEL ARRABAL


Se me quedó en lo hondo
una visión tan clara,
que tengo que entornar los ojos cuando
pretendo recordarla.

A un lado, hay un calvero de solares;
enfrente, están las casas alineadas,
porque esperan que de un momento a otro
la Primavera pasará.
Las sábanas,
aún goteantes, penden de todas las ventanas.
El viento juega con el sol en ellas
y ellas ríen del juego y de la gracia.
Y hay las niñas bonitas
que se peinan al aire libre.
Cantan
los chicos de una escuela la lección.
Las once dan.
Por el arroyo pasa
un viejo cojitranco
que empuja su carrito de naranjas.


CÓMO ERA


¿Cómo era, Dios mío, cómo era?
Juan Ramón Jiménez.

La puerta franca.
Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el alma toda.


MADRIGAL DE LAS ONCE


Desnudas han caído
las once campanadas.

Picotean la sombra de los árboles
las gallinas pintadas
y un enjambre de abejas
va rezumbando encima.

La mañana
ha roto su collar desde la torre.

En los troncos, se rascan las cigarras.

Por detrás de la verja del jardín,
resbala,
quieta,
tu sombrilla blanca.


GOTA PEQUEÑA, MI DOLOR


Gota pequeña, mi dolor.
La tiré al mar.
Al hondo mar.
Luego me dije: ¡A tu sabor
ya puedes navegar!

Más me perdió la poca fe...
La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el mar.


CANCIONCILLA


Otros querrán mausoleos
donde cuelguen los trofeos,
donde nadie ha de llorar,

y yo no los quiero, no
(que lo digo en un cantar)
porque yo

morir quisiera en el viento,
como la gente de mar
en el mar.

Me podrían enterrar
en la ancha fosa del viento.

Oh, qué dulce descansar
ir sepultado en el viento
como un capitán del viento
como un capitán del mar,
muerto en medio de la mar.


SONETOS


1

Amor

¡Primavera feroz! Va mi ternura
por las más hondas venas derramada,
fresco hontanar, y furia desvelada,
que a extenuante pasmo se apresura.

¡Oh qué acezar, qué hervir, oh, qué premura
de hallar, en la colina clausurada,
la llaga roja de la cueva helada,
y su cura más dulce, en la locura!

¡Monstruo fugaz, espanto de mi vida,
rayo sin luz, oh tú, mi primavera,
mi alimaña feroz, mi arcángel fuerte!

¿Hacia qué hondón sombrío me convida,
desplegada y astral, tu cabellera?
¡Amor. amor, principio de la muerte!





3

Oración por la belleza de una muchacha


Tú le diste esa ardiente simetría
de los labios, con brasa de tu hondura,
y en dos enormes cauces de negrura,
simas de infinitud, luz de tu día;

esos bultos de nieve, que bullía
al soliviar del lino la tersura
y, prodigios de exacta arquitectura,
dos columnas que cantan tu armonía.

¡Ay, tú, Señor, le diste esa ladera
que en un álabe dulce se derrama
miel secreta en el humo entredorado!

¿A qué tu poderosa mano espera?
Mortal belleza eternidad reclama
¡Dale la eternidad que le has negado!


Mujeres


Oh, blancura. ¿Quién puso en nuestras vidas
de frenéticas bestias abismales
este claror de luces siderales estas nieves, con sueño enardecidas?

Oh dulces bestezuelas perseguidas.
Oh terso roce. Oh signos cenitales.
Oh músicas. Oh llamas. Oh cristales.
Oh velas altas, de la mar surgidas.

Ay, tímidos fulgores, orto puro,
quién os trajo a este pecho de hombre duro,
a este negro fragor de odio y olvido?

Dulces espectros, nubes, flores vanas...
¡Oh tiernas sombras, vagamente humanas,
tristes mujeres, de aire o de gemido!



Sobre la libertad humana


Qué hermosa eres, libertad. No hay nada
que te contraste. ¿Qué? Dadme tormento.
Más brilla y en más puro firmamento
libertad en tormento acrisolada.

¿Que no grite? ¿Mordaza hay preparada?
Venid: amordazad mi pensamiento.
Grito no es vibración de ondas al viento:
grito es conciencia de hombre sublevada.

Qué hermosa eres, libertad. Dios mismo
te vio lucir, ante el primer abismo
sobre su pecho, solitaria estrella.

Una chispita del volcán ardiente
tomó en su mano. Y te prendió en mi frente,
libre llama de Dios, libertad bella.


INSOMNIO


Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres
(según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este
nicho en el que hace 45 años que me pudro,
y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los
perros, o fluir blandamente la luz de la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como
un perro enfurecido, fluyendo como la leche de la ubre
caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por
qué se pudre lentamente mi alma,
por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta
ciudad de Madrid,
por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?
¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día,
las tristes azucenas letales de tus noches?




A los que van a nacer


¡Cuán cerca todavía
de las manos de Dios! ¿Sentís su aliento
rugir entre los cedros del Levante?
¿Hay en vuestras pupilas rabos de oro,
vedijitas, aún, incandescentes,
de la gran lumbrarada creadora?
¿O fraguasteis, tal vez, en su sonrisa
-sonrisillas de Dios, niños dormidos-
y juerga en vuestras salas,
niño eternal, gran inventor de juegos?
Oh, vosotros le veis, seres profundos,
y saltáis en el vientre de la madre.

¿Qué peces de colores
os surcan aguas del dorado sueño?
¿Qué divinos esquifes
-juguetes sin engaño-
cruzan el día albar de vuestro cauce?
¿De qué extraña ladera
son esas pedrezuelas diminutas
que bullen al manar de vuestras aguas?
Oh fuentes silenciosas.
Oh soterradas fuentes
de los enormes ríos de la vida.

Seréis torrente en furia
que va a rodar al páramo. Seréis
indagación y grito sin respuesta.
Ay, guardad esta luz estremecida.
Ay, refrenad el agua,
volved al centro exacto.
Ay de vosotros.

... Ay de estos cieguecitos
de leche no cuajada,
de tierna pulpa vegetal, dormida.
Ay, copos de manteca,
que hacia el mercado vais –de sus ordeños
modelados por Dios, aún en su música,
con las gotas aún de su rocío-
entre las verdes hojas de los úteros.





¡Ay, terca niña!...

¡Ay, terca niña!
Le dices que no al viento,
a la niebla y al agua:
rajas al viento,
partes la niebla,
hiendes el agua.
Te niegas a la luz profundamente:
la rechazas,
ya teñida de ti: verde, amarilla,
- vencida ya -  gris, roja, plata.

Y celas de la noche,
la ardua
noche de horror de tus entrañas sordas.

Cuando la mano intenta poseerte,
siente la piel tus límites:
la muralla, la cava
de tu enemiga fe, siempre en alerta.

Nombre te puse, te marcó mi hierro,
«cáliz», «brida», «clavel», «cenefa», «pluma»...
(Era tu sombra lo que aprisionaba.)
Al interior sentido
convoqué contra ti. Y, oh burladora,
te deshiciste en forma y en color,
en peso o en fragancia.
¡Nunca tú: tú, caudal, tú, inaprehensible!

¡Ay, niña terca.
Ay, voluntad del ser, presencia hostil,
límite frío a nuestro amor! ¡Ay turbia
bestezuela de sombra,
que palpitas ahora entre mis dedos,
que repites ahora entre mis dedos
tu dura negativa de alimaña.





Burla


Por las praderas hondas,
avizor y azoradas
-oh ciervas en huída-
las ideas se escapan

con tan ligeros pies,
que si se abate el rayo,
raptor del alto cielo,
no encuentra más que campo:

paréntesis de cauce,
asomos de colina,
árbol agudo, huella
de pie veloz: sonrisa.



 

Ciencia de amor

No sé. Sólo me llega, en el venero
de tus ojos, la lóbrega noticia
de dios; sólo en tus labios, la caricia
de un mundo en mies, de un celestial granero.

¿Eres limpio cristal, o ventisquero
destructor? No, no sé... De esta delicia,
yo sólo sé su cósmica avaricia,
el sideral latir con que te quiero.

yo no sé si eres muerte o eres vida,
si toco rosa en ti, si toco estrella,
si llamo a Dios o a ti cuando te llamo.

Junco en el agua o sorda piedra herida,
sólo sé que la tarde es ancha y bella,
sólo sé que soy hombre y que te amo.




¿Cómo era?

                      ¿Cómo era Dios mío, cómo era?
                                           Juan Ramón Jiménez

La puerta franca.
                        Vino queda y suave.
Ni materia ni espíritu. Traía
una ligera inclinación de nave
y una luz matinal de claro día.

No era de ritmo, no era de armonía
ni de color. El corazón la sabe,
pero decir cómo era no podría
porque no es forma, ni en la forma cabe.

Lengua, barro mortal, cincel inepto
deja la flor intacta del concepto
en esta clara noche de mi boda,

y canta mansamente, humildemente,
la sensación, la sombra, el accidente,
mientras Ella me llena el alma toda.


 



Destrucción inminente

¿Te quebraré, varita de avellano,
te quebraré quizás? ¡Oh tierna vida,
ciega pasión en verde hervor nacida,
tú, frágil ser que oprimo con mi mano!

Un chispazo fugaz, sólo un liviano
crujir en dulce pulpa estremecida,
y aprenderás, oh rama desvalida,
cuánto pudo la muerte en un verano.

Mas, no; te dejaré... Juega en el viento,
hasta que pierdas, al otoño agudo,
tu verde frenesí, hoja tras hoja.

Dame otoño también, Señor, que siento
no sé qué hondo crujir, qué espanto mudo.
Detén, oh Dios, tu llamarada roja.


 




Dolor


Hacia la madrugada
me despertó de un sueño dulce
un súbito dolor,
un estilete
en el tercer espacio intercostal derecho.

Fino, fino,
iba creciendo y en largos arcos se irradiaba.
Proyectaba raíces, que, invasoras,
se hincaban en la carne,
desviaban, crujiendo, los tendones,
perforaban, sin astillar, los obstinados huesos,
                                                     durísimos
y de él surgía todo un cielo de ramas
oscilantes y aéreas,
como un sauce juvenil bajo el viento,
ahora iluminado, ahora torvo,
según los galgos-nubes galopan sobre el campo
en la mañana primaveral.

Sí, sí, todo mi cuerpo era como un sauce abrileño,
como un sutil dibujo,
como un sauce temblón, todo delgada tracería,
largas ramas eléctricas,
que entrechocaban con descargas breves,
entrelazándose, disgregándose,
para fundirse en nódulos o abrirse
en abanico.

¡Ay!
Yo, acurrucado junto a mi dolor,
era igual que un niñito de seis años
que contemplara absorto
a su hermano menor, recién nacido,
y de pronto le viera
crecer, crecer, crecer,
hacerse adulto, crecer
y convertirse en un gigante,
crecer, pujar, y ser ya cual los montes,
pujar, pujar, y ser como la vía láctea,
pero de fuego,
crecer aún, aún,
ay, crecer siempre.
Y yo era un niño de seis años
acurrucado en sombra junto a un gigante cósmico.

Y fue como un incendio,
como si mis huesos ardieran,
como si la médula de mis huesos chorreara fundida,
como si mi conciencia se estuviera abrasando,
y abrasándose, aniquilándose,
aún incesantemente
se repusiera su materia combustible.

Fuera, había formas no ardientes,
lentas y sigilosas,
frías:
minutos, siglos, eras:
el tiempo.
Nada más: el tiempo frío, y junto a él un incendio
universal, inextinguible.

Y rodaba, rodaba el frío tiempo, el impiadoso tiempo
                                                              sin cesar,
mientras ardía con virutas de llamas,
con largas serpientes de azufre,
con terribles silbidos y crujidos,
siempre,
mi gran hoguera.
Ah, mi conciencia ardía en frenesí,
ardía en la noche,
soltando un río líquido y metálico
de fuego,
como los altos hornos
que no se apagan nunca,
nacidos para arder, para arder siempre.





El indiferente


Batientes en sus goznes,
de tierra aún, los sueños,
en tanto desamparo,
los ojos dan, abiertos,

a esquilas amorosas,
resabios de ganado,
que aun tiemblan si es que gime
al cobijo del álamo.

Del álamo implacable,
pastor sutil del viento,
a esquilas de estos sotos
-¡belleza suya!- ciego. 

 




En la sombra


Sí: tú me buscas.

A veces en la noche yo te siento a mi lado,
que me acechas,
que me quieres palpar,
y el alma se me agita con el terror y el sueño,
como una cabritilla, amarrada a una estaca,
que ha sentido la onda sigilosa del tigre
y el fallido zarpazo que no incendió la carne,
que se extinguió en el aire oscuro.

Sí: tú me buscas.

Tú me oteas, escucho tu jadear caliente,
tu revolver de bestia que se hiere en los troncos,
siento en la sombra
tu inmensa mole blanca, sin ojos, que voltea
igual que un iceberg que sin rumor se invierte en el
agua salobre.

Sí: me buscas.
Torpemente, furiosamente lleno de amor me buscas.

No me digas que no. No, no me digas
que soy náufrago solo
como esos que de súbito han visto las tinieblas
rasgadas por la brasa de luz de un gran navío,
y el corazón les puja de gozo y de esperanza.
Pero el resuello enorme
pasó, rozó lentísimo, y se alejó en la noche,
indiferente y sordo.

Dime, di que me buscas.
Tengo miedo de ser náufrago solitario,
miedo de que me ignores
como al náufrago ignoran los vientos que le baten,
las nebulosas últimas, que, sin ver, le contemplan.


 



¿Existes? ¿No existes?

I
¿Estás? ¿No estás? Lo ignoro; sí, lo ignoro.
Que estés, yo lo deseo intensamente.
Yo lo pido, lo rezo. ¿A quién? No sé
¿A quién? ¿a quién? Problema es infinito.

¿A ti? ¿Pues cómo, si no sé si existes?
Te estoy amando, sin poder saberlo.
Simple, te estoy rezando; y sólo flota
en mi mente un enorme  «Nada»  absurdo.

Si es que tú no eres, ¿qué podrás decirme?
¡Ah!, me toca ignorar, no hay día claro;
la pregunta se hereda, noche a noche:
mi sueño es desear, buscar sin nada.

Me lo rezo a mi mismo: busco, busco.
Vana ilusión buscar tu gran belleza.
Siempre necio creer en mi cerebro:
no me llega más dato que la duda.

¿Quizá tú eres visible? ¿O quizá sólo
serás visible, a inmensidad soberbia?
¿Serás quizá materia al infinito,
de cósmica sustancia difundida?

¿Hallaré tu existir si intento, atónito,
encontrarte a mi ver, o en lejanía?
La mayor amplitud, cual ser inmenso,
buscaré donde el mundo me responda.

II
¿Pedir sólo lo inmenso conocido?
¿Pedir o preguntar al Universo?
No al universo de la tierra nuestra,
bajo, insensible, monstruoso, duro;

sí al Universo enorme, ya sin límites,
con planetas, los astros, las galaxias:
tal un dios material, flotando luces
en billones de años, sin fronteras.

Allí hay humanidades infinitas;
las llamo tal, mas son de extrañas formas:
nada igual a los hombres de esta tierra,
que aquí lloramos nuestra vida inmunda.

¡Extremado universo, inmenso, hermoso!
Con eterna amplitud, materias cósmicas,
avanzan infinitas las galaxias,
nebulosas: son gas, sólidas, líquidas.

III
Inmensidad, cierto es.
                               Mas yo no quiero
inmensidad-materia; otra es la mía,
inmateria que exista ( ¡ay, si no existe! ),
eterna, de omnisciencia, omnipotente.

No material, ¿pues que? Te llamo espíritu
( porque en mi vida espíritu es lo sumo ).
Yo ignoro si es que existes; y si espíritu.
Yo, sin saber, te adoro, te deseo.

esto es máximo amor; mi amor te inunda;
el alma se me irradia en adorarte;
mi vida es tuya sólo ( ¿ya no dudo? ).
Amor, no sé si existes. Tuyo, te amo.




Gota pequeña, mi dolor...

Gota pequeña, mi dolor.
La tiré al mar.
                          Al hondo mar.
Luego me dije: ¡A tu sabor
ya puedes navegar!

Más me perdió la poca fe...
                                         La poca fe
de mi cantar.
Entre onda y cielo naufragué.

Y era un dolor inmenso el mar.



Gozo del tacto

Estoy vivo y toco
Toco, toco, toco.
Y no, no estoy loco.

Hombre, toca, toca
lo que te provoca:
seno, pluma, roca,

pues mañana es cierto
que ya estarás muerto,
tieso, hinchado, yerto.

Toca, toca, toca,
¡qué alegría loca!
Toca. Toca. Toca.

viernes, 29 de julio de 2016

Poemas de Rafael del Castillo Matamoros



(Tunja, 1962)






CANCIÓN


Todos los días se parte
Todos los días se deja atrás un muelle
Una casa desde cuya puerta se te dice
Adiós
Y acaso se te quiera unos instantes.

Todas las noches alguien te recuerda
Y baja por la escalera de su corazón
Hasta la hoguera que encendió
Contigo. 

Poemas del libro inédito (en 1995...) La palabra encendida.





Un signo

Camino por el campo de la batalla
buscando entre los escombros
un indicio de vida
una palabra extraviada en el aire
el zumbido de una mosca…
Tal un animal hambriento
Escarbo la tierra ansiosamente
en pos de un trozo de vida que llevarme a la boca
de un signo que saborear acuclillado
entre las piedras

Animal de baldío

Entre piedras sin gracia
entre piedras que nunca han sido pulsadas por la mano
de Dios
junto a matojos
al pie de los más infelices brotes vegetales
el animal de baldío
se detiene un instante a ver el sol
a beber un poco de agua estancada
a mirar al trasluz
su propio corazón...
Abandonado
o solo
el animal de baldío,
ese bastardo del tedio
y de la muerte,
bordea una lata de cerveza,
escucha el eco de la risa de los hombres...

Vuelo de palabras

Qué dirán los pájaros de los cantos de los hombres
No del terrible ruido que hacen los motores de sus máquinas
Ni de los gritos de quienes han sido atacados por una
voraz enfermedad y no se resignan a abandonar un
mundo que ayer no más maldecían una y otra vez:
Qué dirán los pájaros
Cuando parados sobre las ramas de los árboles
O sobre los cables del alumbrado
Se nos quedan mirando
De repente absolutamente silenciosos...
Cuando se agitan inquietos
En sus palcos
Mientras afinamos acuciosos las palabras:
Qué dirán los pájaros del canto de los hombres

Abolengo

Del polvo
de las cenizas turbias
de los huesos roídos por el tiempo
de la carne que se deslíe mordida por los venenos de la tierra
de esos versos que desmenuza Dios
yo vengo

Canción nocturna


                  La casa es, más aún que paisaje, un estado del alma
                                                          Gastón Bachelard

I

Mi casa está en la infancia
en ese barrio viejo
y no la encuentro.
Nadie me toma de la mano
o me dice
mírala
aquí está    
Aquí ha estado siempre


II

En las noches de soledad y de embriaguez
me pierdo
como un niño
en la ciudad

Cuando a la madrugada
escuches a un borracho llamar a sus hermanos
no te inquietes
soy yo
buscando la casa de mis padres,
el corazón en bicicleta,
el corazón jugando entre recuerdos y fantasmas
a la lumbre amorosa del alcohol


III

Todas las noches llueve sobre mi casa
allá e n la infancia
y yo me asomo a la ventana:
un ebrio canta en la calle como un loco
el poema de amor del extraviado.
Mi madre
al descubrir quién es aquel que canta,
me abraza y llora
en silencio
allá en la infancia…

Cóctel


Como el cantante de una orquesta pobre
que achispado y alegre
quiere mezclarse con los dueños de la fiesta
bailar
reír con ellos
y es rechazado fríamente con un
“Usted a lo que vino fue a cantar”

Así el poeta en la fiesta del mundo

                                Para mis anfitriones pasados y futuros,
                                a manera de desagravio




Recreo


El olor de aquellos libros que en la infancia
guardábamos en un pupitre oscuro
entre cáscaras de naranja
y lápices quebrados
ha vuelto a mí
y ha revoloteado sobre mi mesa de trabajo
como un avión de papel que planease
en el aula
en la infancia
como una travesura


Épica


El poeta construye su casa con palabras
como el soldado que al regreso de la guerra
halla su patria devastada y
desnudo el torso
escribe el verso rudo
que la ha de proteger
ya para siempre
del sol
y de la lluvia…

Un verso
en el que los sueños sonarán a leña en el hogar
darán calor
y ganas de cerrar por un rato los ojos
mientras la casa crece
mientras crece el poema…

En el camino


…Casa en las que la pobreza se acomoda
plácida
en lo oscuro
como ese perro viejo que se sabe bien querido por sus amos
Casa por las que deambula mi corazón
sostenido en la niebla que a estas horas se arrastra soñolienta por los cuartos

Cuatro paredes estrictamente hechas a mano
entre las que renquea silencioso el abuelo calor
mientras brillan
sutiles
las más humildes luces de los hombres:
un trozo de carbón encendido
una lámpara vieja
la siempre fiel vela de cera
o la voz de alguien
que canta
entredormido
en el cuarto de atrás

Casa
en las que la pobreza
es ese perro viejo
que al escuchar las voces de los hombres
mueve con languidez la cola
hasta quedar dormido

Anfitrión          


No puedo huir de mis amigos
a toda hora entran en mi casa
y no hay rincón en ella
del que no puede aparecer alguno
de improviso

Beben de mi licor,
ríen a carcajadas
critican
sin miramiento alguno
el menor de mis gestos
mi forma de vestir
de llevarme la comida a la boca

Conocen
como el Que Más
los agujeros de mis calcetines
los agujeros de mis frases
los agujeros de mi corazón

Mis amigos auscultan con minucia mis papeles
leen los borradores de mi vida
saben lo que olvido
lo que quiero olvidar
mis pequeñas miserias

Y
sin embargo
¿A dónde diablos más podríamos acudir a estas horas del mundo
si no es a casa del amigo?
me repito con la cabeza entre las manos
mientras escucho llamar con insistencia a mi puerta…

Quiero guardar silencio
como si no hubiese nadie aquí
pero alguien se levanta detrás mío
 dar la bienvenida a los que llegan
todos queriendo hablar
todos hablando
todos
con ganas de cantar…

Y ésta es su voz

Otra despedida


         La mitad de mis amigos ha muerto.
         Te haré unos nuevos, dijo la tierra.
         No, grité. Devuélvemelos tal y como eran,
         con sus fallas y todo…
                                                  Derek Walcott

Dije dos
tres palabras
mías, parecidas a mí
y acusaron de ellas a mi amigo.

Tropecé contra el mundo, caí
y en mi caída
eché abajo
unas figuras votivas
ciertos objetos sagrados para la religión de los días que corren
fue mi tropiezo,
propio de mí, grotesco, a mi medida y
sin embargo
los sacerdotes señalaron a mi amigo.

Mi amigo está cansado a estas alturas
No quiere que lo nombre ya en mis versos
Quiere que calle, que me quede quieto
Quiere que muera
pero como es mi amigo no lo dice
ni se atreve siquiera a pensarlo
y sin embargo cuánto no daría
por tomar otra vez
el sol del equilibrio
por abrazar hoy
nuevamente
a todos
así a los que me quieren
como a los que odian…




Mística  

                     
   Asumo el misticismo en cuanto no concibo el paraíso sobre la tierra
                                                                                                             Leonard Cohen

Porque la luz no ha estado de mi parte
he debido encender
mis propios fuegos
Porque el sol es muy pálido en mi calle
olvido pronunciarlo en mis poemas
Porque el amor me quiere lejos suyo
le pongo zancadilla y
lo poseo
en hoteles de paso
a horas
hábiles
Se dice que en mis versos todo es
ayes
todo lamentaciones y reproches,
regodeo en lo oscuro, vértigos y
caídas
Se dice
y yo lo sé
pero qué hago
yo no voy a mentir por complacer
a todos los que piensan
que el dolor
es cosa de mal gusto y destemplada
o tema de ignorantes
y de ebrios
Qué puedo yo decirle a los felices
como no sea pedirles que no lean
poemas que sean malos para el alma
o para la salud o la etiqueta
Qué puedo yo decirle a los felices
Yo no sé lo que saben
no sé de dónde vienen
sus certezas
no puedo ser feliz
no tengo tiempo
para tomarle el pulso a la belleza
soy el que soy
en eso está el problema:
A veces me enamoro de mi mismo
y hay días en los que me odio sin remedio
y quisiera ser otro
uno cualquiera
el primero en pasar
o en alejarse…
En ocasiones
y casi sin pensarlo
lo he logrado:
Se me ha visto cantar
en ese trance.

EL CADÁVER


I

Ella
abre todas las ventanas de la casa
para poder escuchar cuando menos el llanto de las calles:
Herido mortalmente por el llanto de las calles
guardo mis orejas en el bolsillo de la camisa
y así camino como un sonámbulo por los pasillos y los cuartos de la casa.

II

Yo muero dolorosamente en cada despedida
pero ella necesita tocar con sus dos manos cuanto existe
y hace maletas
y emprende largos viajes
de los que regresa cargada de rumores
de voces extranjeras
y nostalgias
que va colgando en todas las paredes
que guarda entre sus libros y
sus cofres

III

Pienso
que tal vez
sin darme cuenta
estoy preso en uno de los cofres de la casa
que soy algo más de lo que guarda como recuerdo de sus viajes
algo que saca de cuando en cuando de su encierro
algo que mira
que acaricia como a un gato
algo que un día se perderá entre tantas cajas
entre tantos papeles
entre tantos objetos que el olvido va adoptando
entre tanto cadáver.

LA PIEDRA ANHELA


I

La piedra anhela, fría, sin inmutarse
anhela:
un hoyuelo por el que pudiese salir
toda la pus vegetal que lleva dentro;
una palabra creciendo a su lado
como un arbusto negro, estéril
pequeño aún para darle sombra
al más infeliz animal que pasase por el lugar
grave de muerte o de silencio;
un caballo que con su casco herrado
la quebrase en dos mitades
y así su corazón pudiese
recibir la luz sobre los párpados

II

Allí sentada
habrá visto pasar hombres desnudos
hablando como locos con sus sombras o con mujeres muertas
o fantasmas
Allí en silencio
habrá también sostenido el peso de algún cuerpo cansado
herido quizás por la llovizna
y de seguro
habrá sacado a relucir pujando
todo el calor que le dejase el sol de la mañana

La piedra habla
basta que alguien esté lo suficientemente solo y caído y cansado
o a punto de saltar desde una arista del tiempo
para que una piedra abra la boca
o roce con ternura
esa cabeza.

La piedra anhela levantarse
cantar
alzar el vuelo como un verso...



SEPULTUREROS


Enterramos botones
piedrecillas
pedazos de papel
Biblias rotas
naufragios

Vamos a campo abierto
con todos nuestros muertos en el pecho
con todos nuestros muertos enterrados en el pecho
un niño acuclillado contra un árbol
sepulta cosas muertas en su corazón
mientras el viento le acaricia enternecido la cabeza

Alguien
bajo el silencio
respira hondo
nos mira
y entona una canción:

Todos gritamos desde el fondo de su pecho

A Janis Joplin


PALABRAS PARA MI AMIGO MUERTO


Dime por qué tu corazón como una selva diminuta
espera bajo tierra los imposibles pájaros.


Vicente Aleixandre



Para Julio Daniel Chaparro (1962-1991)


Periodista colombiano asesinado por una bala perdida




Una voz para cantar dormido
un verso sobre el cual repose
el que murió temprano
sin que la poesía pudiera
hacer una casa a la medida de su corazón


Una voz que corra como un beso de agua
sobre los labios resecos

de los que ven a la muerte merodear
y están cansados
muy cansados
para por lo menos intentar
espantarla con un gesto

Sea mi verso
el cuchillo de luz que en una noche oscura
empuñe el más débil de los hombres
a fin de atravesar con bien
el callejón de la tristeza:

Una voz
el eco de una voz
la palabra del hombre.


Canción nocturna 


La casa es, más aún que paisaje, un estado del alma Gastón Bachelard

Mi casa está en la infancia

en ese barrio viejo 
y no la encuentro. 
Nadie me toma de la mano 
o me dice 
mírala aquí está aquí ha estado siempre.