martes, 6 de octubre de 2015

POEMAS DE EDMON JABES



Preguntas a la luz


Exterior es el límite. Interior, lo ilimitado.

Para preparar mejor al hombre a morir del hombre, ¿creó Dios el tiempo?
Para dejar a Dios el tiempo de morir de Dios, ¿concibió la eternidad el hombre?

El instante muerde en la duración, nunca sobre la eternidad, que es duración incontrolable.

¿Y si el ayer –oh noche clavada, todo mi pasado- se rehusara a abdicar?
No hay palabra que no esté, desde ya, envuelta de porvenir.
El dolor, la desgracia, acceden, ellos también, a la mañana.

Uno se pregunta en la noche; pero movida por una comprensible necesidad de mirar y, para nosotros, de mirarnos en ella, la pregunta está siempre vuelta hacia la luz.

La luz de la pregunta nunca es sino la pregunta a la luz.

Hay que haber llorado mucho para apreciar una sonrisa: arco-labios. Arco-iris.

-No puedo conocer a otro sino a través de mí. ¿Pero quién soy?
-¿El fuego conoce el fuego?
-¿El bosque conoce el bosque?
Es a la madera que consume que el fuego le debe el ser fuego; como el bosque, al fuego que lo reduce a las cenizas, le debe el haber dejado de ser un bosque.


Dedicatoria


En el cementerio de Bagneux, departamento del Sena,
descansa mi madre. En el viejo Cairo, en el cementerio
de las arenas, descansa mi padre. En Milán, en la muerta
ciudad de mármol, está sepultada mi hermana.
En Roma, donde, para acogerle, la sombra cavó la tierra,
está enterrado mi hermano. Cuatro tumbas.
Tres países. ¿Conoces las fronteras de la muerte?
Una familia. Dos continentes. Cuatro ciudades.
Tres banderas. Una lengua, la de la nada. Un dolor.
Cuatro miradas en una. Cuatro existencias. Un grito.
Cuatro veces, cien veces, diez mil veces, un grito.
 -¿ Y los que no tienen sepultura? , preguntó Reb Azel.
 -Todas las sombras del universo, respondió Yukel, son gritos.
 (Madre, respondo a la primera llamada de la vida,
 a la primera palabra de amor pronunciada
y el mundo tiene tu voz.)


Dedicatoria 1

A las fuentes profundas de la vida y de la muerte reveladas,
Al polvo de los pozos,
A los rabinos-poetas a quienes he prestado mis palabras y cuyo
nombre, a través de los siglos, fue mi nombre,
A Sara y a Yukel,
A todos aquellos, por último, cuyos caminos de tinta y de sangre
pasan por los vocablos y por los hombres
Y, más cerca, a ti, a nosotros, a ti.

1. A ti, que crees que existo...

(«A ti, que crees que existo,
¿cómo decir lo que sé
con palabras cuyo significado
es múltiple;
palabras, como yo, que cambian
cuando se las mira,
cuya voz es ajena?
¿Cómo decir
que no soy
pero que, en cada palabra,
me veo,
me oigo,
me comprendo,
a ti, cuya realidad
renovada
es la de la luz
a través de la cual
el mundo cobra conciencia del mundo
perdiéndote
pero que respondes
a un nombre
prestado?
¿Cómo mostrar lo que he creado
fuera de mí,
hoja tras hoja,
donde todo rastro de mi paso
está borrado
por la duda?
¿A quién se le han aparecido esas imágenes
que ofrezco?
Reivindico, en último extremo, lo que me es debido.
Cómo demostrar mi inocencia
cuando el águila ha volado de mis manos
para conquistar el cielo
que me atenaza?
Muero de orgullo en el límite
de mis fuerzas.
Lo que espero está siempre más lejos.(...)

2. Y Yukel habla...

Y Yukel habla:
Te busco.
El mundo donde te busco es un mundo sin árboles.
Sólo calles vacías,
calles desnudas,
el mundo donde te busco es un mundo abierto a otros mundos sin nombre,
un mundo donde no estás, donde te busco.
Están tus pasos,
tus pasos que sigo, que espero.
He seguido el lento caminar de tus pasos sin sombra,
sin saber quién era yo,
sin saber a dónde me dirigía.
Un día estarás.
Será aquí, en otro lugar,
un día como todos los días en que estás.
Será, tal vez, mañana.
He seguido, para llegar hasta ti, otros caminos amargos
donde la sal quebraba la sal.
He seguido, para llegar hasta ti, otras horas, otras riberas.
La noche es una mano para quien sigue la noche.
De noche, todos los caminos caen.
Era necesaria esa noche en que tomé tu mano, en que estábamos solos.
Era necesaria esa noche como era necesario ese camino.
En el mundo donde te busco eres la hierba y el deshielo.
Eres el grito perdido en que me extravío.
Pero también eres, ahí donde nada vela, el olvido hecho de cenizas de espejo.

3. He dado la vuelta...

He dado la vuelta.

He dado la vuelta sobre mí mismo sin encontrar descanso.
Dirigiéndose a mí, mis hermanos de raza han dicho:
«Tú no eres judío. No frecuentas la sinagoga».

Dirigiéndome a mis hermanos de raza, he contestado:
«Llevo la sinagoga en mi interior».

Dirigiéndose a mí, mis hermanos de raza han dicho:
«Tú no eres judío. Ya no rezas».

Dirigiéndome a mis hermanos de raza, he contestado
«La oración es mi columna vertebral y mi sangre».

Dirigiéndose a mí, mis hermanos de raza han dicho:
«Los rabinos cuyas palabras citas son unos charlatanes. ¿Han
acaso existido? y tú te has alimentado con sus palabras impías».

Dirigiéndome a mis hermanos de raza, he contestado:
«Los rabinos cuyas palabras cito son los faros de mi memoria
-uno sólo se acuerda de sí- y vosotros sabéis
que el alma tiene por pétalo una palabra». (...)

4. He aprendido a amar a los hombres...

     He aprendido a amar a los hombres en el momento en que aspiraba,
con todas mis fuerzas, a ser amado.
     Así aman los judíos a los judíos .
     He aprendido a ser un hombre.
     He aprendido a hablar pomposamente del hombre.
     Así hablan los judíos de los judíos.
     Mis palabras, un día, se me hicieron extrañas, y me callé.
     (« La historia de mi alma es la de las letras del alfabeto cuya forma ha hecho sensible a mis sentidos el camino
a través del espacio y el tiempo, hasta su unión en la palabra, a la hora y en el lugar previstos de mi nacimiento.
     Nunca estamos colocados, en relación con los demás , a igual distancia del lenguaje, porque nos movemos de forma diferente
en esas regiones del corazón y del espíritu que abarcan los vocablos. Estamos cerca o lejos de la verdad de la palabra según la hayamos seguido al pasar o hayamos abandonado todo para sorprenderla.
     La palabra es virgen. He asistido a su despertar.
     La historia de mi alma es la historia apasionada de mi búsqueda del verbo, donde el universo es el premio de mi pensamiento.»
                                                                                                                                                                             Reb Gaon
 

5. El diálogo de las dos rosas


-Así pues, audaz amiga, me desafías en el alma.

-Soy fiel al amor

-El amor sólo se ama a sí mismo.

-Yo soy la vida. Él me pertenece.

-No siempre. Los amantes me ofrecen su vida.

-Los amantes desgraciados. No el amor.

-El amor es la trampa que tiendes a los hombres para vestirte con sus escalofríos,
para alimentarte con sus lágrimas.

-Luz en los ojos, eso es el amor.

-El amor devora los ojos que ven.

-Fría amiga.

-Mi cómplice. -Aquí, señala el discípulo de Reb Simoni,
hubo un largo silencio, luego la voz se hizo suplicante. Entrégame a Sara y a Yukrl.

-No puedo perderles.

-Un día, acabarás cediendo.
-Quizás, una mañana en que esté contenta; en cuanto se me hayan hecho insoportables.
-Aquí, creí oirla reír, observa el discípulo de Reb Simoni. -Tendrás algunas horas o algunas semanas, eso dependerá,
para arrancármelos.

-Cruel, sabes que sufren.

-El amor es mi juventud,

-Tú eres la vida.

-El amor es el dueño de mi vida.
-¿Por qué esas prisas? ¿Tanto te gustan? Te arrastras como una esclava. ¿Estás enamorada?

-El amor no me interesa.
-Entonces, ¿por qué quieres arrebatarme a mis amantes?
-Porque está en el orden establecido y también porque es mi oficio.

-Quemas etapas. ¿Ya no te importa mi placer? Me decepcionas.

-A veces soy tierna con los humanos.

-Por qué?

-Un poco por piedad. Me gusta que me crean buena.

-Estás celosa. Te mueres de amor.
-Mato todo lo que toco.

-Tu cuerpo está ebrio de caricias, tus pétalos están húmedos de besos esperados. Pero yo soy fuerte. Soy tozuda.
Me divierte hacerte esperar.

-Te obstinas en hacerme daño. Pero ten cuidado. Puedo vengarme.

         Aquí, me pareció, señala el discípulo de Reb Simoni, que se aproximaron la una a la otra y
        que su actitud era desafiante.

-Confiesa que te gusto; que a través de las parejas que me exaltan, es a mí a quien deseas.

        Se daban la espalda para enfrentarse poco después con su odio desatado, señala el
        discípulo de Reb Simoni.
-Hija.

-Qué amable confesión.

-No me faltan recursos. Me haces daño. Tú lo sabes. Mi deseo me desgarra por completo. Tanto peor. Tanto peor.
Tanto peor. Eso sólo me importa a mí.
-Te desprecio.

-Te amo con un amor imposible. Elimino a los que me impiden abrazarte. Con sus ojos, hago dos tragaluces,
con su cuerpo, un navío perdido. Los más voluptuosos son los más vulnerables.

              Debieron transcurrir unos cuantos minutos, observa aquí el discípulo de Reb Simoni,
              de los que apenas me acuerdo. Hasta mí llegaban fragmentos de palabras cuyo
              sentido no alcanzaba a comprender; luego oí muy claramente:

-Cállate. Me dejas helada.

-Eres la nieve que se funde en abril.

-Soy la fiebre. Soy el sol. Odio el agua, las mortajas.

-Mueres por cada nacimiento. Preparas con talento a los seres, al mundo, para su fin anunciado. Loca que les hablas de mí.
Eres la antecámara. Yo soy el lecho. Tus víctimas me piden socorro. Sus gritos forman un gran collar alrededor de mi cuello. Entonces, surjo entre ellos en mi esplendor inaccesible. Me apodero para siempre de su mirada. Con ella, hago un camino,
hago un arco iris.
-Déjame vivir. Déjame alimentarme con mi vida.

-Déjame, mi rosa pródiga, saborear mi muerte.

                  Cuando me acerqué a ellas para asegurarme de que eran reales, señala el discípulo de
                  Reb Simoni, me encontré ante dos rosas abiertas a la avidez de una abeja que habían recuperado su existencia vegetal.

«Yukel, escribía Sara, ¿es verdad que la muerte nos parece hoy preferible al mejor momento que hayamos conocido
en nuestra corta vida?»


DE LA SOLEDAD COMO ESPACIO DE ESCRITURA


“El amanecer
quema de libros, espectáculo del supremo
saber destronado.
“Virgen es, entonces, la mañana. “



El acto de escribir es un acto solitario.
¿La escritura es la expresión de esta soledad?
¿Puede haber escritura sin soledad o aún soledad sin escritura?
¿Habrá grados de soledad –así como hay tantas playas, diferentes niveles de soledad – como intensidades de la sombra o de la luz?
¿Se podrá, en este caso, afirmar que hay ciertas soledades dedicadas a la noche y otras al día?
¿Habrá en fin diversas formas de soledad: soledad resplandeciente, redonda –la del sol –  o soledad plana, tenebrosa –la de las lápidas funerarias; soledad de la fiesta y soledad del duelo?
La soledad no se puede decir sin que inmediatamente deje de existir.
La soledad no se puede escribir si no en la distancia que la proteja del ojo que la lee.
El decir será para el texto lo que la palabra oral es para la palabra escrita: el fin de una soledad asumida para la una y el preludio de una aventura solitaria para la otra.
El que habla en voz alta jamás está solo.
El que escribe reúne, por intermediación del vocablo, su soledad.
¿Quién se atreve en medio de las arenas, a hacer uso de la palabra? El desierto sólo responde al grito, al último, ya envuelto del silencio de donde surgirá el signo; porque jamás escribe sino a los imprecisos confines del ser.
Tomar conciencia de este límite es, al mismo tiempo, reconocer como punto de partida de lo escrito, la irregular línea de demarcación de nuestra propia soledad.
Habrá entonces, así, por la soledad y por lo escrito, fronteras fluctuantes que sigamos, pluma en mano; fronteras por nosotros y gracias a nosotros, reconocidas.
En cada libro sus antros de soledad.
Siete cielos se reclaman del cielo. El vacío y sus etapas. Así la soledad que es vacío del cielo y de la tierra, vacío del hombre dentro del cual se agita o respira.
Ligada a todo origen, la soledad en su poder excepcional de romper el tiempo, de despejar la unidad primera; de hacer, en todos los casos, del múltiple indeterminado, el uno innombrable.
Intentar escribir, desde estas condiciones, considerando incluso, al margen de lo escrito, rehacer por vez primera, pero en sentido inverso, el camino seguido por el pensamiento; llevar nuevamente el pensamiento al objeto mismo de su reflexión; lo escrito, al vocablo que lo contenga; volver, en suma, a salir de su propia soledad para adherirse a la inicial soledad del libro en la ignorancia aún de su comienzo y en la cual el libro buscará su nombre; porque es sobre las ruinas de un libro, de las cuales se aparta, que el libro se contruye; sobre la aterradora soledad de sus escombros.
El escritor jamás abandona el libro. El crece y se derrumba a su lado. Escribir, en una primera instancia, no será más que recoger las piedras del libro desplomado con el fin de levantar con ellas una nueva obra –la misma sin duda-; edificio donde el escritor será el infatigable maestro de obra, arquitecto, albañil; menos atento, sin embargo, al progreso de su construcción, que al movimiento interno, natural que preside su conclusión; atento, sobre todo, a la escritura de esta doble soledad –la del vocablo y la del libro- que se quisiera progresivamente legible.
En ningún lado como no sea en este rectángulo de papel destinado a lo indecible, es que palabras y morada han sido jamás así tan fuertemente liadas las unas a la otra y, al mismo tiempo –oh paradoja- tan remotas; porque ninguna alianza está permitida a la soledad, ninguna unión o asociación; ninguna esperanza de liberación común.
Sola, se construye; sola, con la complicidad de la escritura, organiza la lección de los orgullosos carteles de las épocas de su esplendor o de sus largas y profundas heridas, en el momento en que la obra que ella contribuye a poner en pie, es tumba polvorienta; donde el libro se quiebra en la infinita fractura de sus palabras.
 Soledad a la cual se somete el escritor; otorgando, a veces, más de lo que puede ofrecer, sin poder sustraerse al compromiso adquirido hacia ella.
¿Pero por qué? ¿La soledad no es una elección deliberada del hombre? Entonces, ¿cuáles son sus cadenas que nadie forjó? ¿Habrá una soledad que escape a su voluntad, que no pueda, impotente, superarla?
La exigencia de esta soledad donde el escritor no será liberado es, precisamente, por aquella palabra que la denomina y le ha sido impuesta; soledad del subsuelo de su soledad, como si hubiera una soledad más sola, enterrada dentro de la soledad, donde la palabra se modela a la imagen captada de sí misma, del mismo modo que un infante en el vientre materno.
En lo sucesivo, todo se elaborará según un orden premeditado; porque el proyecto de libro es, de principio, temerario proyecto del vocablo. No se puede escribir el libro sin haber participado indirectamente en el plan que no será, quizá, más que la intuición que tuvimos del libro a partir de aquello que se había escrito.
Soledad de una palabra entonces, soledad de la palabra frente a la palabra, de la noche frente a la noche donde, astro sumergido, el vocablo no brilla más que por ella.
Pero, te objetaran, ¿cómo pueden, a partir del libro, ir hacia la palabra? – Como el día va hacia el sol, responderé. ¿El libro no es una palabra? Será siempre a la palabra “libro” a la que volveremos. El espacio del libro es el interior de la palabra que lo designa. Escribir el libro no será más que invertir este espacio oculto, escribir dentro de esta palabra.
Pero esta palabra que reúne todas las palabras de la lengua –como el astro de la mañana toda la luz del mundo- no es, más que el lugar de su soledad; el lugar donde ella se confronta con la nulidad; donde ella deja de significar, donde no designa más que a la Nada.
“Tú no puedes leer aquello que vives, pero puedes vivir aquello que lees”, decía.
–        ¿Cúantas páginas tiene tu libro?
–        Exactamente noventa y seis superficies planas de soledad. Una al lado de la otra. La primera arriba y la última en la base. Tal es la ruta de la escritura – respondió.
Y agrega: “Lo que me intriga es ¿cómo en este punto de haber descendido hoja por hoja, por cada uno de los pasajes del libro, ha sido sólo para poder saber, cómo le hice para encontrarme, de entrada, en la más alta, la primera?
El fondo del agua está lleno de estrellas.
La escritura es una apuesta de la soledad; flujo y reflujo de inquietud. Ella siempre es el reflejo de una realidad manifestada en su nuevo origen y donde, al corazón de nuestros deseos y de nuestras dudas, nos hacemos su imagen.

Edmond Jabès, Le petit livre de la subversion hors de soupçon, en Anthologie de la poésie francaise du XXe siécle, Editions Gallimard, 2000.Traducción del francés, Mario Bojórquez

Avelina Lésper: FALSIFICAR LA LLAVE.

Avelina Lésper: FALSIFICAR LA LLAVE.: Van Gogh, The Harvest, 1888 original “¿Tiene alguien la llave de las puerta del ser, que no tiene puertas, para poder abrirme con razon...

lunes, 5 de octubre de 2015

HÉCTOR ÁLVAREZ MURENA



Héctor A. Murena (Buenos Aires, 1923-1975)


Homenaje a las lenguas

                                                                  diverse lingue, orribili favelle
                                                                                                             Dante

Humos con que el hombre trazó el nombre de su estirpe,
las lenguas
llegan en su viaje por la tierra al sortilegio del sur,
se desmoronan,
descienden como reyes heridos
sobre el seno de silencio de estas playas del sur.
Olvidan sus delicias, el demente poder que les dio el amor,
las simples melodías con que fueron inmortales
y se levantaron inmensamente hasta las cúpulas de la creación
arrastran el linaje descompuesto de sus pueblos,
de su estirpe,
sobre estas largas y fragantes tierras no tocadas.

Desde reinos tan australes que quizá estén fuera del mundo
viene el silencio, con ese aire.
El silencio es el agua que los corroe, los conmina.
Esa áspera piedad de los dioses los empuja,
los prepara para alquimias incomprensibles,
y los lenguajes, como animales untados por la peste de la muerte,
se estrechan entre sí, muestran el pus,
ostentan obscenamente miembros enfermos,
se enredan en vano entre sí.

Hasta mi habitación suben en el crepúsculo
como turbias imágenes del hombre: los idiomas deformes,
el rumor de la fiesta sexual, los gemidos del tango,
el son monótono y cruel de las manos, todos los dialectos del mal,
me asedian,
y entre la triste algazara que sube
y el silencio que se cierne
yo tengo que pronunciar con pasión mi nombre,
para saberme,
y entre las dos sombras darme luz, confirmarme.

Yo, proveniente de una raza antigua como el tiempo,
que alguna vez alzó sólo el profundo zumo de la dicha en su canto,
yo, doctor ahora de amarga sabiduría,
conozco también los idiomas aciagos,
entiendo y hablo estas lenguas sin fe.
Entiendo sus cifras, frecuento sus sumidos laberintos,
oigo ofrendas y propuestas siniestramente buenas,
pronuncio también pactos manchados,
oh, pero estas voces,
estos lenguajes cuyo sordo y fatal andar no aguarda milagros
inundan en un momento con su monstruosa inocencia
los ojos, los árboles, la dulce noche,
la entraña de esta tierra y el mismo viento altivo,
todo, todo lo que mereció salvarse,
y entonces brota en mí una doctrina desolada:
invoco al silencio para que caiga con sus armas
sobre los idiomas agonizantes, sobre mi nombre,
para que caiga sobre nosotros con su orden
de una música sin pausa, piadosa, igual.

Como el humo de un mito malo
sube en la tarde vieja hasta mí
la algarabía, el espasmo de los idiomas perdidos.
Sobre ellos, sobre esas ruinas,
asentará sus alas el misterioso pájaro invisible del silencio
de cuyo pico sale la voz nueva
como de algunas muertes otra vida.


El gran poeta

Li Po
nunca escribió
ningún poema

Miraba ramos
de glicinas

Reía siempre
a veces
lloraba
también

Espejo 
de lo creado

Eso fue todo


TRABAJO CENTRAL

El instante
en que la espada
de lo posible
súbitamente
se inyecta de sol,
gira,
a segar empieza
los limbos palpitantes.
Y más allá,
cuando como diluvio
de pétalos descienden
las tibias, las fuertes
y finas,
las iridiscentes palabras
recogidas
con ambas manos
antes de que se posen
sobre la realidad
Precisamente
libre de libertad,
lento vuelo
de pájaros
visto en un espejo,
rumor aciago,
fruta absoluta,
un cadalso cubierto
de polen.
Que se entienda
esta dicha terrible
que es cualquier barco
hacia todo naufragio.

de EL DEMONIO DE LA ARMONÍA

LAMENTO DE LA ALEGRÍA

Sin sombra
debería
marchar
como la rosa
que vuela
¡Querida
osadía
nula
de ser!

CÓMO, DÓNDE

Se miran
se huelen
las flores
para recordar
la flor.
La flor.
La flor
del espíritu.
¿quién sabe
cómo
dónde?




Paisaje detrás del paisaje


La bella
copa
hipnótica.

Déjala caer
serenamente
rómpela
contra
el suelo.

Soplo
del
gran misterio
llenará
entonces
tus ojos.

Naturaleza del fin


Diálogo
somos
entre
una corza
oscura
y
el secreto
claro.

Así
el fin
nunca
en el fin
fenece.

Como un jardín abandonado


¿Por
mis amores
con el viento
del este?

Tiniebla
crece
en mi corazón.
Pero tiniebla
no es
mi corazón.

Pasa él
ella pasa
solamente
lo otro
siempre
y nunca
queda.

A Lunar Pox

A Lunar Pox

PINTURA RECIENTE

ENSOÑACIÓN EN EL ESTUDIO, pintura reciente; vinilo sobre cartón paja 70cm X 50cm

domingo, 4 de octubre de 2015

POEMAS DE BLAS DE OTERO

    Basta

Que Dios, el solo vivo, no existiera,
O que, existiendo, sólo consistiera
En tierra, en agua, en fuego, en sombra, en viento.
Y que la muerte, oh estremecimiento,
Fuese el hueco sin luz de una escalera,
Un colosal vacío que se hundiera
En un silencio desolado, liento.
Entonces ¿para qué vivir, oh hijos
De madre, a qué vidrieras, crucifijos
Y todo lo demás? Basta la muerte.
Basta. Termina, oh Dios, de maltratarnos.
O si no, déjanos precipitarnos
Sobre Ti —ronco río que revierte.


    Canción cinco

Sola y lenta, iba mi alma.
No por el puente de hierro,
El de piedra es el que amaba.
A ratos miraba al cielo,
A ratos miraba al agua.
Por los puentes de Zamora,
Sola y lenta, iba mi alma.


    Ciegamente

Porque deseo tu belleza plena.
Porque busco ese horror, esa cadena
Mortal, que arrastra inconsolablemente.
Inconsolablemente. diente a diente,
Vos bebiendo tu amor, tu noche llena.
Diente a diente, Señor, y vena a vena
Vas sorbiendo mi muerte. Lentamente.
Porque quiero tu cuerpo y lo persigo
A través de la sangre y de la nada.
Porque busco tu noche toda entera.
Porque quiero morir, morir contigo
Esta horrible tristeza enamorada
Que abrazarás, oh, Dios, cuando yo muera.


    Crecida

Con la sangre hasta el borde de la boca,
Voy
Avanzando
Lentamente, con la sangre hasta el borde de los labios
Algunas veces,
Voy
Avanzando sobre este viejo suelo, sobre
La tierra hundida en sangre,
Voy
Avanzando lentamente, hundiendo los brazos
En sangre,
Algunas
Veces tragando sangre,
Voy sobre Europa
Como en la proa de un barco desmantelado
Que hace sangre,
Voy
Mirando, algunas veces,
Al cielo
Bajo,
Que refleja
La luz de la sangre roja derramada,
Avanzo
Muy
Penosamente, hundidos los brazos en espesa
Sangre,
Es
Como una esperma roja represada,
Mis pies
Pisan sangre de hombres vivos
Muertos,
Cortados de repente, heridos súbitos,
Niños
Con el pequeño corazón volcado, voy
Sumido en sangre
Salida,
Algunas veces
Sube hasta los ojos y no me deja ver,
No
Veo más que sangre,
Siempre
Sangre,
Sobre Europa no hay más que
Sangre.
Traigo una rosa en sangre entre las manos
Ensangrentadas. Porque es que no hay más
Que sangre,
Y una horrorosa sed
Dando gritos en medio de la sangre.



Besas besos de mar, a dentelladas.
Las manos en mis sienes y abismadas
nuestras miradas. Yo, sin lucha, inerme,
es ver en ti mis manos maniatadas.
Besas besos de Dios. A bocanadas
bebes mi vida. Sorbes, sin dolerme,
a flor de labio, Y luego, mimadora,
la brizas y las rozas con tu beso.
bastará un beso, un beso que se llora
después, porque ¡oh, por qué! no basta eso.
aquel que amó, vivió, murió por dentro 
y un buen día bajó a la calle: entonces 
comprendió: y rompió todos su versos.
echando espuma por los ojos, ebrio 
de amor, huyendo sin saber adónde: 
a donde el aire no apestase a muerto.
eran sus brazos, como llama al viento; 
olas de sangre contra el pecho, enormes 
olas de odio, ved, por todo el cuerpo.
en vuelo horizontal cruzan el cielo; 
horribles peces de metal recorren 
las espaldas del mar, de puerto a puerto.
en paz. Aquí tenéis, en carne y hueso, 
mi última voluntad.  Bilbao, a once 
de abril, cincuenta y uno. 
                                              Blas de Otero
Blas de Otero, 1951
Escribo 
en defensa del reino 
del hombre y su justicia. Pido 
la paz 
y la palabra. He dicho 
«silencio», 
«sombra», 
«vacío» 
etcétera. 
Digo 
«del hombre y su justicia», 
«océano pacífico», 
lo que me dejan. 
Pido 
la paz y la palabra. 



ENCUESTA 

Quiero encontrar, ando buscando la causa del sufrimiento. 
La causa a secas del sufrimiento a veces 
mojado en sangre, en lágrimas, y en seco 
muchas más. La causa de las causas de las cosas 
horribles que nos pasan a los hombres. 
No a Juan de Yepes, a Blas de Otero, a Leon 
Bloy, a César Vallejo, no, no busco eso, 
qué va, ando buscando únicamente 
la causa del sufrimiento 
(del sufrimiento a secas), 
la causa a secas del sufrimiento a veces... 
Y siempre vuelta a empezar. 
Me pregunto quién goza con que suframos los hombres. 
Quién se afeita a favor del viento de la angustia. 
Qué sucede en la sección de Inmortalidad 
cuando según todas las pruebas nos morimos para siempre. 
Sabemos poco en materia de sufrimiento. 
Estamos muy orgullosos con nuestro orgullo, 
pero si yo les arguyo con el sufrimiento no saben qué decirme. 
Mire usted en la guía telefónica, 
o en la Biblia, es fácil que allí encuentre algo. 
Y agarro la biblia telefónica, 
y agarro 
con las dos manos la Guía de pecadores..., y se caen al suelo 
todos los platos. 
Desde los siete años 
oyendo lo mismo a todas horas, cielo santo 
santo, santo, como de Dios al fin obra maestra! 
Pero, del sufrimiento, como el primer día: 
mudos y flagelados a doble columna. Es horrible 


POSICIÓN 



Amo a Walt Whitman por su barba enorme 
y por su hermoso verso dilatado. 
Estoy de acuerdo con su voz, conforme 
con su gran corazón desparramado. 


Escucho a Nietzsche. Por las noches leo 
un trozo vivo de Síls-Maria. Suena 
a mar en sombra. Mas ¡qué buen mareo, 
qué sombra tan espléndida, tan llena! 


Huyo del hombre que vendió su hombría 
y sueña con un dios que arrime el hombro 
a la muerte. Sin Dios, él no podría 
aupar un cielo sobre tanto escombro. 


Pobres mortales. Tristes inmortales. 
España, patria despeinada en llanto. 
Ríos con llanto. Lágrimas caudales. 
Este es el sitio donde sufro. Y canto 

EN LA INMENSA MAYORÍA 



Podrá faltarme el aire, 
el agua, 
el pan, 
sé que me faltarán. 


El aire, que no es de nadie. 
El agua, que es del sediento. 
El pan... Sé que me faltarán. 


La fe, jamás. 


Cuanto menos aire, más. 
Cuanto más sediento, más. 


Ni más ni menos. Más 


JUICIO FINAL 

Yo, pecador, artista del pecado, 
comido por el ansia hasta los tuetanos, 
yo, tropel de esperanza y de fracasos, 
estatua del dolor, firma del viento. 
Yo, pecador, en fin, desesperado 
de sombras y de suenos: me confieso 
que soy un hombre en situacion de hablaros 
de la vida. Peque. No me arrepiento. 
Naci para narrar con estos labios 
que barrera la muerte un dia de éstos, 
esplendidas caidas en picado 
del bello avion aquel de carne y hueso. 
Alas arriba disparo los brazos, 
alardeando de tan alto invento; 
plumas de niquel. escribid despacio. 
Helas aqui, hincadas en el suelo. 
Este es mi sitio. Mi terreno. Campo 
de aterrizaje de mis ansias. Cielo 
al reves. Es mi sitio y no lo cambio 
por ninguno. Cai. No me arrepiento. 
Impetus nuevos naceran, mas altos. 
Llegare por mis pies, para que os quiero? 
a la patria del hombre: al cielo raso 
de sombras esas y de sueños esos. 


MUY LEJOS 

Unas mujeres, tristes y pintadas, 
sonreían a todas las carteras, 
y ellos, analfabetos v magnánimos, 
las miraban por dentro, hacia las medias. 
Oh cuánta sed, cuánto mendigo en faldas 
de soledad. Ciudad llena de iglesias 
y casas públicas, donde el hombre es harto 
y el hambre se reparte a manos llenas. 
Bendecida ciudad llena de manchas, 
plagada de adulterios e indulgencias; 
ciudad donde las almas son de barro 
y el barro embarra todas las estrellas. 
Laboriosa ciudad, salmo de fábricas 
donde el hombre maldice, mientras rezan 
los presidentes de Consejo.- oh altos 
hornos, infiernos hondos en la niebla. 
Las tres y cinco de la madrugada. 
Puertas, puertas y puertas. Y más puertas. 
Junto al Nervión un hombre está meando. 
Pasan dos guardias en sus bicicletas. 
Y voy mirando escaparates. Paca 
y Luz. Hijos de tal. Medias de seda. 
Devocionarios. Más devocionarios. 
Libros de misa. Tules. Velos. Velas. 
Y novenitas de la Inmaculada. 
Arriba, es el jolgorio de las piernas 
trenzadas. Oh ese barrio del escándalo... 
Pero duermen tranquilas las doncellas. 
Y voy silbando por la calle. Nada 
me importas tú, ciudad donde naciera. 
Ciudad donde, muy lejos, muy lejano, 
se escucha el mar, la mar de Dios, inmensa. 



BIOTZ-BEGIETAN 

Ahora 
voy a contar la historia de mí vida 
en un abecedario ceniciento. 
El país de los ricos rodeando mi cintura 
y todo lo demás. Escribo y callo. 
Yo nací de repente, no recuerdo 
si era sol o era lluvia o era jueves. 
Manos de lana me enredaran, madre. 
Madeja arrebatada de tus brazos 
blancos, hoy, me contemplo como un ciego, 
oigo tus pasos en la niebla, vienen 
a enhebrarme la vida destrozada. 
Aquellos hombres me abrasaron, hablo 
del hielo aquel de luto atormentado, 
la derrota del niño y su caligrafía 
triste, trémula flor desfigurada. 
Madre, no me mandes más a coger miedo 
Y, frío ante un pupitre con estampas. 
Tú enciendes la verdad como una lágrima, 
dame la mano, guárdame 
en tu armario de luna y de manteles. 
Esto es Madrid, me han dicho unas mujeres 
arrodilladas en sus delantales, 
éste es el sitio 
donde enterraron un gran ramo verde 
y donde está mi sangre reclinada. 
Días de hambre, escándalos de hambre, 
misteriosas sandalias 
aliándose a las sombras del romero 
y el laurel asesino. Escribo y callo. 
Aquí junté la letra a la palabra, 
la palabra al papel. 
..............................Y esto es París, 
me dijeron los ángeles, la gente 
lo repetía, esto es París. Peut-étre, 
allí sufrí las iras del espíritu 
y tomé ejemplo de la torre Eiffel. 
Esta es la historia de mi vida, 
dije, y tampoco era. Escribo y callo. 




CON NOSOTROS 

(Glorieta de Bilbao.) 
En este Café 
se sentaba don Antonio Machado. 
Silencioso 
y misterioso, se incorporó al pueblo, 
blandió la pluma, sacudió 
la ceniza, 
y se fue ... 


CÁNTICO
Es a la inmensa mayoría, fronda
de turbias frentes y sufrientes pechos,
a los que luchan contra Dios, dehechos
de un solo golpe en su tiniebla honda.
A ti, y a ti, y a ti, tapia redonda
de un sol con sed, famélicos barbechos,
a todos, oh sí, a todos van, derechos,
estos poemas hechos carne y ronda.
Oídlos cual al mar. Muerden la mano
de quien la pasa por su sirviente lomo.
Restalla al margen su bramar cercano
y se derrumban como un mar de plomo.
¡Ay, ese ángel fieramente humano
corre a salvarnos, y no sabe cómo!
  
HOMBRE
Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,
al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.
Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte
despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo
oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando
solo. Arañando sombras para verte.
Alzo la mano, y tú me la cercenas.
Abro los ojos: me los sajas vivos.
Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.
Esto es ser hombre: horror a manos llenas.
Ser —y no ser— eternos, fugitivos.
¡Ángel con grandes alas de cadenas!
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
  
 
  
   
Hablamos de las cosas de este mundo.
Escribo
con viento y tierra y agua y fuego.
(Escribo
hablando, escucheando, caminando.)
Es tan sencillo
ir por el campo, venir por la orilla
del Arlanza, cruzar la plaza
como quien no hace nada
más que mirar el cielo,
lo más hermoso
son los hombres que parlan a la puerta
de la taberna, sus solemnes manos
que subrayan sus sílabas de tierra.
Ya sabes
lo que hay que hacer en este mundo: andar,
como un arado, andar entre la tierra.
  
 
.. porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más ...
SANCHO. (Quijote, 11, cap. 74.)



Me llamarán, nos llamarán a todos.
Tú, y tú, y yo, nos turnaremos,
en tornos de cristal, ante la muerte.
Y te expondrán, nos expondremos todos
a ser trizados ¡zas! por una bala.
Bien lo sabéis. Vendrán
por ti, por ti, por mí, por todos
Y también
por ti.
(Aquí
no se salva ni dios. Lo asesinaron.)
Escrito está. Tu nombre está ya listo,
temblando en un papel. Aquel que dice:
abel, abel, abel ... o yo, tú, él ...
Pero tú, Sancho Pueblo,
pronuncias anchas sílabas,
permanentes palabras que no lleva el viento...
 
EN EL PRINCIPIO
Si he perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiré, como un anillo, al agua,
si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era mío y resultó ser nada,
si he segado las sombras en silencio,
me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
 

TARDE ES, AMOR . Estuviste" )
Volví la frente: Estabas. Estuviste
esperándome siempre.
Detrás de una palabra
maravillosa, siempre.
Abres y cierras, suave, el cielo.
Como esperándote, amanece.
Cedes la luz, mueves la brisa
de los atardeceres.
Volví la vida; vi que estabas
tejiendo, destejiendo siempre.
Silenciosa, tejiendo
(tarde es, Amor, ya tarde y peligroso.)
y destejiendo nieve...
      Imaginé mi horror por un momento
      Por los puentes de Zamora,
      Porque quiero tu cuerpo ciegamente.
      Con la sangre hasta la cintura, algunas veces


Un relámpago apenas
Besas como si fuese a comerme.
me declaro vendido, sin vencerme
tiras de mi raíz, subes mi muerte
Oh Dios, oh Dios, si para verte
Blas de Otero (1916-1979)


 A LA INMENSA MAYORÍA
Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre 
Así es, así fue. Salió una noche 
Tiendas de paz, brizados pabellones, 
¡Aquí! ¡Llegad! ¡Ay! Ángeles atroces 
Yo doy todos mis versos por un hombre 


autógrafo