miércoles, 6 de julio de 2022

POEMAS DE ELIZABETH CARTER


La búsqueda de la felicidad a menudo mal dirigida

La luna de medianoche sonríe serenamente

sobre el suave reposo de la naturaleza;

Ninguna nube baja oscurece el cielo,

Ni sopla la tempestad.

 

Ahora cada pasión se hunde para descansar,

el corazón palpitante yace quieto;

Y los variados esquemas de la vida ya no

distraen la voluntad del laboratorio.

 

En silencio acallado a la voz de la razón,

Asiste a cada poder mental:

Ven, querida Emilia, y disfruta

de la hora favorita de Reflexión.

 

Venir; mientras el apacible escenario invita,

busquemos este amplio rodeo;

¿Dónde se encontrará la hermosa forma fugaz

de la felicidad?

 

¿Mora en medio de la alegría juguetona

de las asambleas alegres;

O esconderse bajo la solemne penumbra,

¿Que da sombra a la celda del ermitaño?

 

¡Cuán a menudo oculta la frente risueña de alegría

un corazón enfermizo!

Y, a través del profundo recoveco del claustro,

Invadiendo el dolor se hurta.

 

En vano, a través de la belleza, la fortuna, el ingenio,

El fugitivo que rastreamos;

No habita en la sonrisa infiel

Que ilumina el rostro de Clodia.

 

Tal vez el gozo de estos negados,

El corazón en amistad encuentra:

¡Ah! ¡Querido engaño, alegre presunción

de mentes visionarias!

 

Sin embargo, nuestras diversas nociones vagan,

Sin embargo, todas concuerdan en una,

Para colocar su ser en algún estado,

A distancia del nuestro.

 

Oh ciego a cada objetivo indulgente,

De poder supremamente sabio,

¡Quién ama la felicidad en algo que

la mano del cielo niega!

 

Vano es tanto el gozo que buscamos,

como vano lo que poseemos, a

menos que la razón armoniosa sintonice

las pasiones con la paz.

 

A los deseos templados, a los justos deseos,

Está confinada la felicidad;

Y, sordo al llamado de la locura, asiste

La música de la mente.

© por el propietario. proporcionado sin cargo con fines educativos

 

Tomado de:

https://allpoetry.com/Elizabeth-Carter

 

 

Pensamientos a medianoche.

Thoughts at Midnight, Elizabeth Carter (1717-1806)

 

Mientras la Noche en la sombra solemne invierte los polos,

Y la reflexión pausada suaviza el alma pensativa;

Mientras la Razón imperturbable afirma su balanceo,

Y los colores engañosos de la vida se desvanecen:

 

Hacia tí, presencia omnisciente,

Dedico este pensamiento moderado,

Aquí recluyo mis mejores facultades,

Y me vuelvo tuya en esta hora de sagrado silencio.

 

Si las ilusorias escenas del día me engañan,

Y mi alma errante se aparta del sendero:

Si por engaño o deseo, ilusa, ante la pasión cedo,

Si yerro encantada por un vértigo impostor,

Mis pensamientos más tranquilos te reclaman,

Y toda mi esperanza se disuelve en tu amor.

 

 

Oda a la melancolía.

Ode to Melancholy, Elizabeth Carter (1717-1806)

 

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

 

 

¡Ven, melancolía! Poder silencioso,

compañera de mi hora solitaria,

al sobrio pensamiento confinado:

Tú, huésped ideal, dulcemente triste,

en todos tus encantos reconfortantes,

complace mi mente pensativa.

 

Ya no me apresuro salvajemente

hacia las mareas de la alegría, que suben y bajan,

en el torrente ruidoso de la locura:

de la muchedumbre agitada me retiro,

para cortejar los objetos que inspiran

tu sueño filosófico.

 

A través de tu oscuro bosque de tejos tristes,

con pasos solitarios, medito,

guiada por tu dirección:

Aquí, fría a las tentadoras formas del placer,

me asocio con mis hermanas gusanos

y me mezclo con los muertos.

 

¡Horrores de medianoche! ¡Espantosa penumbra!

Vosotras, regiones silenciosas de la tumba,

mi futuro lecho pacífico:

aquí se cerrarán mis ojos cansados,

y cada dolor reposará

en la refrescante sombra de la muerte.

 

Vosotros, pálidos habitantes de la noche,

ante mi vista intelectual

ascienden con solemne pompa:

Para contar cuán insignificante parece ahora

la hilera de miedos y vanas esperanzas

que acompañan a la vida diaria.

 

¡Vosotros, ídolos infieles de nuestra sensatez,

reconoced aquí cuán vano es vuestro fingido afecto,

vosotros, vacíos nombres de gozo!

Formas transitorias como sombras pasan,

frágil vástago del cristal mágico,

ante el ojo mental.

 

Los colores deslumbrantes, falsamente brillantes,

atraen la mirada vulgar que observa

con un estado superficial:

¡A través de la óptica más clara de la razón,

despojada de toda su pompa,

qué grosera parece esa trampa!

 

¿Puede el poder tirano de la ambición salvaje,

o el depósito superfluo de la riqueza mal habida,

controlar el miedo a la muerte?

¿Pueden los encantos del placer evitar

o calmar las espantosas alarmas

que sacuden el alma que se separa?

 

¡Religión! Antes de que la mano del destino

haga que la reflexión ruegue demasiado tarde,

mis sentidos errados enseñan,

en medio de las halagadoras esperanzas de la juventud,

a meditar la verdad solemne

que predican estas horribles reliquias.

 

Tus rayos penetrantes dispersan

la bruma del error, de donde nuestros miedos

derivan su fatal manantial:

Es tuyo el corazón tembloroso para calentar

y suavizar como a un ángel

al pálido y terrible rey.

 

Cuando se hunde por la culpa en la triste desesperación,

el arrepentimiento respira su humilde oración,

y con justicia se adueña de tus amenazas:

Tu voz, el tembloroso clamor suplicante,

con misericordia apacigua sus tortuosos temores

y la levanta del polvo.

 

Sublimada por ti, el alma aspira

más allá de la gama de los bajos deseos,

en vistas más nobles se regocija:

Inmóvil, su destino cambia, mira,

y armada por la fe, intrépida paga

la deuda universal.

 

En el manso sueño de la muerte, arrullada para descansar,

ella duerme, con bendecidas visiones sonrientes

que susurran suavemente paz:

Hasta que el rayo de la última mañana

se despliegue en el brillante día eterno

de la vida activa y la dicha.

Tomado de:

http://elespejogotico.blogspot.com/2021/04/oda-la-melancolia-elizabeth-carter.html

 

A un caballero, sobre su diseño de cortar un camino sombreado

 

En notas quejumbrosas, que sintonizaban con el dolor la

brisa que suspiraba tristemente,

una hamadríade lloraba llorando a

sus árboles consagrados al destino.

 

¡Ay! Detén tu mano sacrílega,

ni violes la sombra,

donde la naturaleza formó un refugio silencioso

para la ayuda de la contemplación.

 

¿Puedes tú, el Hijo de la Ciencia, entrenado

Donde fluye la sabia Isis,

Olvidar que alimentado en Arboledas protectoras

El Genio Griego se elevó.

 

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Bajo la Rama extendida del Plátano, el

Inmortal Platón enseñó:

Y el bello Liceo formó la Profundidad

Del Pensamiento de Aristóteles.

 

A las arboledas latinas refleja tu vista,

y bendice la penumbra toscana:

donde la elocuencia deploró el destino

de la libertad y de Roma.

 

Dentro de la Sombra Beechen

retirada, De cada Rama inspiradora,

Las Musas tejieron Guirnaldas inmarcesibles,

Para rodear la Frente de Virgilio.

 

Reflexiona, ante el hacha fatal que

ha forjado Mi amenazado Destino:

Ni sacrifiques al Gusto sensual

El más noble Crecimiento del Pensamiento.

 

No todos los Frutos resplandecientes, que se sonrojan

En la costa soleada de la India

, Pueden recompensarte por el Valor

De una Idea perdida.

 

Mi Sombra puede suministrar un Producto,

Desconocido para el Fuego solar:

Y lo que excluye los Rayos de Apolo

, Armonizará su Lira.

Tomado de:

https://www.theguardian.com/books/booksblog/2019/jul/01/poem-of-the-week-to-a-gentleman-by-elizabeth-carter

martes, 5 de julio de 2022

POEMAS DE JULES BARBEY D'AUREVILLY


El odio al sol

 

A mademoiselle L. R.

 

Una tarde me hallaba de pie ante una ventana…

Contra el cristal en llamas mi frente soñadora,

yo miraba, allá abajo, lentamente esfumarse

un sol brumoso que, sin esplendor, moría.

De las últimas tardes de otoño, un viejo sol,

globo de un rojo espeso, de extenuante calor,

que bajar la mirada a nadie conseguía:

lo despreciara un águila.

 

Así, yo me decía, con una dicha amarga:

“A ti, Sol, yo por ello, verte naufragar amo,

astro descoronado, como un rey de la tierra,

de rapado rey testa que ha de enclaustrar la noche”.

Yo bien lo sé, mañana, de las sombras saldrás,

tus cabellos de oro de golpe habrán crecido.

¡Y qué! Yo había creído que mueres al hundirte.

Lo pensé por un instante.

 

Un instante, habré dicho; está hecho: sucumbe,

el monstruo luminoso que llamaban eterno.

Cual nosotros, palidece, se muere, y su tumba

no es más que niebla cruenta en un rincón del cielo.

Aspaviento de muerte, funerario aspaviento,

que en cielo ennochecido cada día hay que ver…

Y bien, eso me place del sentir popular:

cómo muere, esta tarde.

 

Porque te odio, Sol, ¡oh, sí!, te odio, como

el testigo impasible de terrenos dolores…

Cual a un hombre, cosa de fuego, sin corazón,

¡te odio! Pasa el ser que adoramos: no mueres tú.

El verdadero sol que da la vida, ojo azul,

perderá un día su azul, su fuego, su belleza,

y la alumbrarás tú con luz impía, insultante

de inmortalidad.

 

Por ello, viejo Sol, mi corazón te aborrece,

es la razón, oh Sol, por la que te he odiado siempre.

Porque digo a la tarde, cuando el día se evapora:

“¡Ah, si ésa fuera su muerte y no su sueño sólo!

Por ello digo cuando sales de un cielo oscuro:

“¡Bravo! Sus seis mil años por fin lo han acabado.

Así, el ojo de cíclope por fin halló en la sombra

la viga que lo mató.

 

Y que la sangre llueva, y chorree nuestras frentes,

justo donde caían tus insolentes rayos.

y que la herida eterna nos parezca también

y ponga nuestras frentes a sangrar seis mil años.

Nada, salvo a la noche y a sus velos tendremos,

ido el día luminoso en cielo de zafiro.

Pero, ¿no basta el fuego de las estrellas para

ver morir lo que se ama…?

 

Ver a la boca en llamas, que besó nuestros labios,

decirnos fríamente: “¡Déjame! ¡Se acabó!”

Y apagarse el amor que, en nuestro pensamiento,

un más brillante sol alumbraba que tú.

Por mirar cómo vaga entre espectros terrestres

el muy amado espectro tan vivo, tan feliz,

la noche, oscura noche, es demasiado clara…

¡La arrancaré del cielo!

 

 

La amante pelirroja

 

Tomé un día, como dueño, dura amante,

más fiera que un jaguar, más roja que un león.

Ardiente, duramente la amaba, sin ternura,

con posesión la amaba, no con adoración.

¡Era ella mi ardor! La última locura

que atrapa, al ser tocado por edad y desgracia,

y se siente, en el fondo, la juventud perdida…

Pues el sol de los días sube aún en la vida,

y en el corazón se posa.

 

¡La amaba yo! Jamás tenía suficiente.

“Demonio —le decía— de los amores últimos,

infernal salamandra, de mortal ebriedad,

siempre abrázame, pues son tan frías las almas…

Derrámame en tus fuegos, los fuegos que lamento,

bellos fuegos que, antes, al mirar encendía.

Al soñador haz joven, recalienta al poeta.

Y, pues hay que morir, que muera yo, ¡oh Fillette!,

por tus felinos mordiscos.

 

Entonces, la tomaba de su corsé de vidrio

sobre mi labio en llamas, que ella inflamaba más,

amaba yo inclinarla, copa ardiente y ligera,

veneno dentro de oro, pelirroja belleza.

¡Y eran los besos…! Jamás, jamás vampiro

chupó el cuello de un niño, encantador y fresco,

como yo lo chupaba, mi pelirroja hetaira,

el labio de cristal donde bebía locura,

y sobre el que ardías tú.

 

Y entonces sentía yo tu fulminante aliento,

que por el mío pasaba y caía en mi corazón,

borrando allí la pena, la vida redoblaba,

por algunos instantes reavivando el ardor.

Así, Niña de Fuego, amante sin rival,

amaba yo sentirme incendiado por ti,

dormir quería —pálida frente, clara faz—,

sobre una brillante hoguera, cual Sardanápalo,

¡y la hoguera estaba en mí!

 

“Ah, —yo me decía— al menos, nos permanece fiel,

y mi mano siempre la reencontraba, siempre

lista para quien la ama y vive sediento de ella,

y perder busca en su amor a todos sus amores”.

Se van ellas un día, amantes queridísimas…

Por ellas, del Olvido bebemos el veneno,

mientras mi pelirroja, indómita a caricias,

matarnos también puede, ¡a fuerza de ebriedades

pero no por la traición!

 

Y yo la prefería, feroz, pero sincera,

a esas dulces bellezas, de engañosa sonrisa,

que pagan las lealtades con mentiroso amor…

¡Sabía yo que dormía sobre tal corazón!

El oro derramado, que doraba mi vida,

soleciendo en mi copa, verdadero tesoro,

era, pero jamás para un rato de orgía:

para la eternidad la había elegido yo:

mi amiga hasta la muerte.

 

Siempre prendida a mí, siempre como una esclava,

—mas el tirano se ata a los hierros que impone—,

por doquier la llevaba, en su frasco de lava,

mi topacio de fuego a punto de explotar…

Yo sentía por ella un amor de corsario,

un amor de salvaje, desenfrenado, ardiente,

tal como el que Hegesipo tenía en su miseria,

el que reemplaza todo, al ser la vida amarga,

y que a Sheridan mató.

 

Era éste cada vez un amor más implacable,

cada vez más insano y más devorador.

Era como la sed, la sed inexorable

que encendía de Circe en otro tiempo el filtro.

¡Te reconozco yo, voluptuoso suplicio!

Cuando, ¡ay!, el hombre busca en males olvidados

del embrutecimiento la monstruosa delicia…

Y no es —¡Circe! — suficiente jamás, a su capricho,

la Bestia que tus pies lame.

 

Último y pobre amor, que los felices del mundo

se divierten marchitando en su asco altanero,

mas que debe excusar toda alma profunda

y que un Dios de bondad no querrá castigar.

Para bien apreciar su dulzura engañosa,

cuando todo reluce en el banquete, sería

necesario esconder sus ojos en la sombra

del vaso, y llorado en la sombra, y bebido

lágrima amarga, disuelta.

 

Una tarde, en silencio, yo bebí dicha lágrima…

Y, al sumergir mi labio en tus labios de oro,

de gustar acababa, ¡oh mi oscura Demencia!,

la ironía y la ebriedad, la valentía incluso.

Águila vengadora el Alma, que en la vida

planea, volvía a mi labio, a su sangrante percha…

Yo iba a recomenzar mi acceso de locura

y de nuevo a reír con desafiante risa…

cuando, de corsé negro,

 

una mujer, creí que mujer era,

¡después caí en la cuenta cuánto me equivocaba!

Era un ángel, y también era un alma,

hecha de luz y paz, y de restauración.

Entre todos nosotros, encantadora y sola,

tenía los ojos llenos de las piedades todas.

Tomó sus guantes blancos, y dentro de mi vaso

los puso y dijo riendo, con su voz dulce y clara:

“No quiero ya que bebas”.

 

Y decidió mi vida esa simple palabra,

y fue el golpe de Dios, que cambió mi destino.

Y al decirlo, segura de ser obedecida,

apoyaba su mano castamente en su mano.

Y desde el tiempo aquel fui a buscar la ebriedad

por ahí, no en la copa donde hervía tu veneno,

solitaria hechicera, ¡mi pelirroja amante!

Bello ejemplo de Dios que en su sapiencia puso

sobre el demonio al ángel.

 

París, 11 de noviembre de 1854.

Tomado de:

https://periodicodepoesia.unam.mx/texto/labestia-que-tus-pies-lame/

 

 

La canción

A Clary.

 

No sabes, Clary, cuando, feliz, encantada,

Me ofreces tu hombro y tu frente a la vez,

Que en la copa doble donde extraigo la vida

Hay otro sabor que el del amor...

Oh mi querida Clary, sin duda no sabes

que detrás de nosotros hay un copero fúnebre

cuya mano primera debe verter, gota a gota,

en todo amor un frío veneno.

 

Tan pronto como nos amamos,

aparece este terrible copero, - y crece, como un espectro fatal;

Él nunca nos deja... presente, aunque invisible,

De misterioso vasallo amor compartido.

Por donde vamos, como un paje siniestro,

se aferra a nuestros pasos, se agarra a nuestros costados,

y el horrible veneno que al principio prepara

, ¡luego lo derrama a torrentes!

 

Lo derrama y bebemos... En los ojos que adoramos

Nace el veneno disperso, ¡ay! lágrimas;

Ellos fluyen; los bebes; - pero él, él, vuelve a derramar,

¡Y el cruel veneno se ha filtrado en nuestros corazones!

El vierte; - y el beso congela en labios puros;

El vierte; ¡Y todo perece del amor más fresco!

Pero, como indiferente a tantas plagas,

¡El Envenenador siempre se derrama!...

 

¿Habéis visto alguna vez a este Genio pálido y negro

que nace con amor para hacerlo morir?

¿Alguna vez ha sentido deslizarse en tu vida

el veneno que, más tarde, debe marchitarla tan bien?

¿No han sentido nunca, en vuestros labios codiciosos,

¿El espantoso filtro pasar de la Copa de la Muerte?...

Porque no está lejano quizás el día en que, con las manos vacías,

No le quede nada.

 

Y cuando llega ese día, todo ha terminado para el alma;

¡Todos los arrepentimientos son en vano, todas las lágrimas son superfluas!

El amante ya no es más que un hombre, y la amante una mujer,

Y los que tanto se amaban, ¡ay! ya no se aman!

Brota una luz, una luz cruel,

Que muestra los restos del corazón quebrantado, vencido;

"¡Ya no eres tú!", dijo. - "¡Ya no eres tú!", dijo.

Se cae la máscara y nos vivimos.

 

Oh mi pobre Clary, mi fiel ama,

¿Nos veremos un día así (¡destino celoso!),

Sin esta máscara divina que nos pone la juventud,

¿Máscara de ilusiones, cien veces más bella que nosotras?

Veremos, mi Clary, - ¡gran Dios! debemos creerlo? -

El Envenenador negro entre nosotros algún día,

Listo para derramarnos, listo para beber,

¿El terrible aburrimiento del amor?

 

¡Pobre de mí! ya está hecho... Bebí la poción fría

Que la Copa de la Muerte está derramando, - y eso debe secarse;

Y sentí, Clary, cada día más,

¡Que la agotaría sin poder morir!

Si es dulce para ti amarme, conserva tu ternura,

¡No bebas hasta muy tarde, mucho después de mí!

Y sueño aún con el amor del corazón que te abandona... ¡Con

el corazón triste que fue tuyo!

 

 

Desrízalos, tu cabello largo

¡Desátalos, tus largos cabellos de seda,

Pasa tus manos por sus mechones de anillos,

Que, unidos entre sí, impiden que nadie vea

¡Tus largas pestañas morenas que hacen tan hermosos tus ojos!

Alísalas bien, ya que todas por igual

Despreocupadamente dos rizos que caen Ruedan

alrededor de tus orejas blancas,

Como antes, cuando eras niño,

Cuando tus dieciséis años no te dejaron

Para ir a donde van todos nuestros años,

Al dejarnos, en la triste vida,

¡Un corazón degastado más rápido que la frente!

¡Sí! ahí es cuando te imaginas

Lanzándoos a todos a los brazos del futuro,

Sin lágrimas en los ojos y nada en el pecho...

¡Nada que os haga llorar o recordar!

 

¡Sí! de este tiempo enséñame algo

Peinándote como entonces eras;

Déjame verte así, déjame reposar

mis ojos con lágrimas mojadas en tus dieciséis años...

Tomado de:

https://www.bonjourpoesie.fr/lesgrandsclassiques/Poemes/jules_barbey_d_aurevilly

lunes, 4 de julio de 2022

POEMAS DE ROZZ WILLIAMS


CEGUERA VENECIANA

Detén el despliegue de la noche

Mira la vista desplegada

Atiende al suspiro – el llanto de Venecia

al mar prohibido

En las olas que hemos cabalgado

escucha su plegaria – el mar de Venecia

 

Ciega mis ojos ante Usted

Porque mi vista oculta

está detenida en las manos de Venecia

Los artistas dieron placer

a la ola temblorosa

Esa fue la llave para el corazón

en Venecia

 

Para las playas de antaño

El poema aún no se dice

Belleza retenida en el alma

de Venecia

 

La luna es un tesoro elevado

liberado que tocó el cielo

¡Ay! Escucho el llanto de Venecia

 

PARA MI MADRE

Escucho a los vividores y andrajosos de casa

patear las cubetas

Toda la mierda corre por mi tierra

Puedo verlo pero no me importa

Nada es el más fino obsequio que puedes dar

Come mi carne y bebe mi sangre

Porque mañana seré crucificado

En mi pasado. Dolor, es nuestro botín en la vida

Al demonio con el místico español

que vive dentro de mí

Mejor el bardo de Nueva Jersey

Ojos oscuros, para mí, por favor [1]

artista perene, siempre el inocente

¿Qué sabes de la desesperación?

estas personas, no del todo ordinarias

no han conocido el dolor

que brota de la soledad

las noches vacías incluso cuando

ronquidos llenan el aire; coros de ángeles

no podrían iluminarlos

jamás han experimentado el regocijo,

ni el poder que llena la noche

Otros me han llamado por mi nombre verdadero

Me llaman espacioso, ¿me has visto alguna vez?

 

***

 

En los vientos del tiempo mi cuerpo

cae como la lluvia.

Como los plácidos cielos sobre mí

Veo a lo lejos caminos

En la memoria zarpo

Hace tiempo cuando la vida era

mucho más joven

Conozco tus gustos

En vientos de cambio mi cuerpo

se abre como el océano

Se abre como los tiempos

en hombros de invierno

Veo mucho más

que antes

 

***

 

Tantas vidas se han roto

por el silencio que tejemos

 

***

 

Si esta vida debe ser

entonces esta será visión

En los orificios superficiales

donde alguna vez los ojos se detuvieron

Este cuerpo que se pudre no es más que otra

parte del malentendido de la vida

 

***

 

Durmiendo en camas mojadas y esquinas convenientes

El olor a orina manchó las sábanas en cascada alrededor de mi cabeza

Al modo de una enfermedad terminal demasiado horrorosa como para mencionarla

Los cuatro muros me drenan y drenan

toda imaginación

Grito para que sea contado y permanecer quietos

Esperando como una madre tranquila para saltar hacia mí y robarme el alma

Tramando el contraataque

Me siento y lloro tomando mi

propia mano

¿No puedo yo ser más joven que el tiempo que existe antes de mí?

Las manos me dicen que ya es tiempo de dormir

Mis ojos están demasiado débiles para cerrarse

Me pudro y crezco dentro de mi carne

Muero y río al mismo tiempo

y me pregunto si puedes morir riendo

¿Un loco feliz o sólo un tonto?

La cámara no puede fotografiarme el interior

Qué puedo tomar con la cámara

Orinar por la ventana

Cómo te atreves a ser tímido

En orificios sudorosos a través del suelo

 

***

 

La primera mañana destella para

ahogarse con su propio

aliento

Aliento de virgen bendita

toma la tierra

porque sólo un niño puede escucharte

ahora

Nuestra corriente y cultivada

belleza

Permanece en los brazos de un

pequeño

La tibieza y secrecía

viva en su pecho

Inmersa en la gloria solitaria

Bañada en la pureza de la

infancia

Oh tierra maldita

retenida a los segundos

Cuentas los minutos y las

horas de tu turno

Llévanos de vuelta a nuestro amado

despertar

Murmura infancia antes

del amanecer

Y concédenos nuestro último deseo

 

***

 

Pinta una bella imagen de la

juventud

Que el amor sea el caballete

Que el amor sea el óleo

Que el amor sea la tumba

 

Pinta una imagen de

la inocencia juvenil

siendo violada y destruida

por su vida

¿No estamos jodidos?

Tomado de:

https://www.isliada.org/poetas/rozz-williams/