viernes, 3 de agosto de 2018

POEMAS DE EMILE VERHAEREN


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(21 de mayo de 1855, Sint-Amands, Bélgica - 27 de noviembre de 1916, Ruan, Francia)


“El bello jardín de las llamas”

El jardín de las llamas
no es más que un doble espejo
que por la noche cristaliza
en oro, un silencio blanco que
desciende hacia el horizonte de
mármol, una inmensa sombra azul
bajo la arboleda, sin viento,
sin aliento, vive, como las
estrellas, a través del aire
translúcido, bajo el polvo
infinito que parece nieve, cerca
de la cobriza luna pálida, en
brillante quietud, es el tiempo de
Dios, donde la mente está embrujada
en pos de la eternidad pura e inmutable
que sucede a la miseria humana.

CANCIÓN DEL LOCO

Podrán gritar cuanto quieran contra la tierra,
la boca en la fosa,
jamás ninguno de los difuntos
responderá a sus amargos clamores.
Están bien muertos, los muertos,
aquellos que antaño hicieron fecundo el campo,
forman ahora la inmensa acumulación de muertos
que pudren, en los cuatro rincones del mundo,
los muertos.
Entonces
Los campos eran dueños de las ciudades
el mismo espíritu servil
sometía por doquier las frentes y las espaldas
y nadie podía ver aún
erigidos, en el fondo de la noche,
los brazos azorados y formidables de las máquinas.
Podrán gritar cuanto quieran contra la tierra,
la boca en la fosa:
aquellos que antaño eran los difuntos
son hoy en día, hasta el fondo de la tierra,
los muertos.
A Bélgica
Por desgracia, desde los días de las luchas supremas,
Tus compañeros son miedo y desgracia;
Te quedan solo para el país jirones de dunas
Y llanuras en llamas en el horizonte, allá.

Amberes y Gante y Lieja y Bruselas y Brujas
Usted fue arrancado y gimió en la distancia
Sin que tus ojos quietos sean sus testigos
No es que tus brazos sigan siendo su refugio.

Eres el que está de luto y vive con el mar
Para aprender a resistir bajo las tormentas
Y sueñas y lloras, pero vas
En terror y en el orgullo de tus reveses.

Te sientes muy bien, aunque conquistado,
Fuiste leal, claro y firme, como en ese momento
Donde el honor bajo el cielo estaba brillando
Donde la gloria realmente valía la pena vivir

Tu pobre esquina del suelo donde se levanta,
Ante la tormenta, un rey con su fe armada,
Aún lo tienes con cañones y ejércitos,
Para sostenerlo trágicamente hasta el final.

Te levantas tan alto que te sientes solo
En gloria, en belleza, en dolor
Y que todos te exalten y te admiren en su corazón,
Como un pueblo que nunca estuvo en la tierra.

¿Qué le importa este amor a la angustia de tu destino?
Y Ypres es desierto, y Dixmude, ruina,
Y tan vacío y hueco como un cofre oscuro,
Se levanta en la noche, el inmenso campanario muerto.

En el momento en que esta ceniza sigue siendo la Patria
La amamos de rodillas con tal impulso
¿Qué hay de cada una de las paredes saqueadas y saqueadas?
Nos follaríamos la piedra rota y magullada.

Y si mañana el hombre alemán desviado y loco
Completado para morderte en su abrazo pálido,
Dulce querida Bélgica, espera y cree de todos modos:
Tu país muerto es inmortal en nosotros.
Ardiente de los sentidos, ardor de los corazones
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Ardor de los sentidos, ardor de corazones, ardor de almas,
Palabras creadas por aquellos que disminuyen el amor;
Sol, no distingues entre tus llamas
Los de la tarde, del alba o del mediodía de los días.

Caminas cegado por tu propia luz,
En el sofocante azul bajo los grandes cielos arqueados,
Sin saber nada excepto que tu fuerza es plenaria
Y que tu fuego trabaje en misterios sagrados.

Porque amar es actuar y exaltarse sin cesar;
Oh tú, cuya dulzura baña mi orgulloso corazón,
¿Cuál es el punto de pesar el oro puro de nuestro sueño?
Los amo a todos, con todo mi ser.
Apenas
El día
Se encontraron en su establo y en su patio,
Sus duras miradas se fijaron obstinadamente en el suelo;
Y ambos, trabajaron duro para sanar mejor,
Ella, sus cerdos, y él, sus bueyes,
Como estaban enfurruñados, canallas y solitarios.

Se miraban unos a otros por el rabillo del ojo, en sus plumas,
Con la secreta esperanza de ser atrapado por culpa.
Pero ella todavía estaba firme y lista
Y trabajó duro y sostuvo su mano
En el granero y el campo.

Se movieron, como dos bloques de silencio,
Hecho de triste pesar y violencia dura:
En las tres comidas, se sentaron, ferozmente,
Cara a cara, su doble terquedad.
Eran codiciosos, con la boca llena,
Su pan compacto
Poniendo los dientes en el tictac exacto
Del reloj de roble;

Cuando su nuera vino, el domingo, a verlos,
Uno dijo, en voz alta, pesado y lento,
Lo que el otro debe saber
Para compras y ventas
Y el acuerdo se hizo, en la suma, sin más.
- Oh! que eran ardientes y resueltos
Un giro de ganancia mínima
¡El penique más humilde! -

La noche,
De espaldas, yacen en su cama vieja,
Todos mirando hacia el amanecer
Estar solo para trabajar
En la panadería o ático,
Cuando el otro se olvidó de descansar de nuevo.

así
Su bondad,
Gracias a su acre y triste preocupación
Para ser siempre sin falta y sin piedad,
Y vivir, durante meses y años,
Mandíbula cerrada

Himnos
I.

Me gustaría poseer para contar su esplendor,
El triunfante canto llano de las olas en la arena,
O los pulmones gigantes de vientos inagotables;

Me gustaría dominar los fuertes ecos de refunfuños,
Quién arroja palabras extrañas a la noche,
Para hacerlos gritar y proclamar tus alabanzas;

Me gustaría cantar todo el mar,
Y como un peso el mundo levantó su marea,
Para decirte magnífico y para establecerte sagrado;

Me gustaría que tu nombre en el cielo estalle,
Como un fuego que viaja, de estrella a estrella,
Con tormentas eléctricas y desastres.

II.

Pies desenvainados de bronce y ojos muy abiertos,
Como grandes lagartos, bebiendo luces de oro,
Arrastre mis deseos largos y verdes a su cuerpo.

Al mediodía, a las horas habituales,
Dormí al borde de un campo al sol;
Luego, tiembla una esquina ardiente de meslin,

El aire se aferra a nuestros amores del calor colgado,
El Scheldt se hunde en la distancia como un camino plateado,
Y el cielo dorado lamé alarga la extensión.

Y mientes lascivo y gigante, insurgente,
Como grandes lagartos bebiendo luces de oro,
Mis deseos volvieron a su ardor crudo.

III.

Y mi amor será el sol deslumbrante,
¿Quién usará el caluroso verano y la ociosidad?
Las laderas claras y desnudas de tu cuerpo montañoso,

Él derramará sobre ti su luz en caricias,
Y el toque de este nuevo fuego
Serán lenguas doradas lamiendo tu piel.

Serás la belleza del día, amanecerás
Y el enrojecimiento de las noches trágicas y tormentosas;
Harás luz de esplendores en tu vestido,

Tu carne será como mármoles fabulosos,
Quién cantó, en los desiertos, canciones grandiosas,
Cuando la mañana quemó sus bloques, apoteosis.

IV.

Hierely justo en el mundo, amor!
Gran Dios, vestido de rojo en tus sagrados esplendores,
Hacia ti, la humanidad se levanta como el día,

Escalar como los vientos y como las mareas;
Te magnificamos, Amor, Dios joven y rojo,
Que te rompa la frente tus destellos de ira,

Pero quien también golpea el fondo de nuestra médula,
La emoción eléctrica para el placer eterno
Y te contemplamos, bajo tu solemne cielo,

Donde los corazones dorados están ardiendo en lugar de estrellas,
Donde la luna rodea su vermeil orbe del pecho,
Donde la carne de Venus pone lagos de sol.

Como en edades ingenuas

Como en las edades ingenuas, te di mi corazón,
Y una gran flor,
Quien abre puro y bello en las horas de rocío;
Entre sus pliegues mojados mi boca se levantó.

La flor, la recojo con los dedos de la llama,
No le digas nada: porque todas las palabras son peligrosas
Es a través de los ojos que el alma escucha a un alma.

La flor que es mi corazón y mi confesión,
Simplemente, confía a tus labios
Que ella es leal, clara y buena, y que confiamos
Para el amor virgen, como un niño confía en Dios.

Deja que el espíritu florezca en las colinas
En caprichosos caminos de vanidad,
Y haz una simple bienvenida a la sinceridad
Quién sostiene nuestros dos corazones verdaderos en sus manos cristalinas
Y nada es hermoso como una confesión de almas
Uno a otro, en la noche, cuando la llama
Diamantes incomparables
Arde como tantos ojos
silencioso
El silencio de los firmamentos.

Flor Fatal

El absurdo crece como una flor fatal
En el suelo de los sentidos, corazones y cerebros;
En vano trueno, allí, los nuevos prodigios;
Permanecemos estancados en la razón natal.

Quiero caminar a la locura y sus soles,
Sus blancos atardeceres iluminados por la luna al mediodía, raro,
Y sus ecos distantes, mordidos por mareos
Y ladrando y lleno de perros bichos.
Islas en flor, en un lago de nieve; nube
Donde anidan pájaros bajo las plumas del viento;
Cuevas nocturnas, con un sapo dorado al frente,
Y quién no se mueve y come un rincón del paisaje.

Picos de garzas, enormemente abiertos para nada,
Volar, en un rayo, moverse, inmóvil
La suave inconsciencia y el estúpido tic-tac
¡De la tranquila muerte de los locos, lo escucho bien!

Inconciencia

Alma y corazón tan cansados ​​de días, tan cansados ​​de voces,
Tan cansado de nada, tan cansado de todo, el alma sucia;
Cuando estoy solo, de noche, de repente, a veces,
Siento el blanco ojo de la locura llorando por mí.

Eso, tan triste, ¡ay! quien fue allí,
- Ojo desencantado pálido de razón desagradable -
Soñando con algo, muy lejos, que no ves
Tiene algo a lo lejos que tiembla, llora y canta.

¡El sapo de Mourne se acurrucaba bajo las rosas, solo!
Si solo! - lúgubre sapo lunar en topless, ¡llama!
Llamar Y tú, pequeñas flores, para la mortaja
Desde mi cerebro, ¿viene la madriguera?

Siendo el vagabundo en el mundo y el pobre de uno mismo,
Con el fuego en movimiento de un alma, que parpadea
Detrás de una mano frágil y meneo;
Quien parpadea como un reflejo en la boleta del agua.

Ir inconsciente y hacer amigos
De lo que vuela, se arrastra y huye por allí. No hace mucho tiempo,
Antes de que se saliera la suma, la persona dormida
El primer hombre, vimos a mi clase en la tierra.

¡Ten amor por ellos, ten un poco de amor!
Son los encantadores lentos, allí, brisas lentas:
Sus dedos, que nunca tocaron el fuego malo,
Baila lejos, en flautas revoloteantes:

Los pueriles y los vagabundos, pero lejos del mal,
Y los equivocados, por los padres verdes:
Hamlet se reiría ¡Quizás, ay! pero Parsifal?
¡Oh Parsifal, benigno y claro, sin duda lo entenderías!

Te traigo mi alegría

Te traigo, esta noche, como una ofrenda, mi alegría
Para haber sumergido mi cuerpo en oro y seda
Viento feliz y franco y hermoso sol;
Mis pies están claros de haber caminado entre las hierbas,
Mis dulces manos tocando el corazón de las flores,
Mis ojos brillantes han sentido de repente el llanto
Nacer, levantarse y levantarse, alrededor de mis alumnos,
Delante de la tierra en fiesta y su fortaleza eterna.

El espacio entre sus brazos de claridad móvil,
Borracho, ferviente y sollozante, me alejó,
Y pasé, no sé dónde, muy lejos, allí,
Con gritos cautivos que mis pasos entregaron.
Te traigo la vida y la belleza de las llanuras;
Respíctame con franco y buen aliento,
Orégano acarició mis dedos, y el aire
Y su luz y sus perfumes están en mi carne.

El alma de la ciudad

Los techos parecen perdidos
Y los campanarios y los aguilones derretidos,
En esas mañanas hollín y rojo,
Donde, fuego, señales se mueven.

Una gran curva de viaducto
Ir a lo largo de los muelles aburridos y uniformes;
Un tren está temblando enorme y cansado.

allí,
Un vaporizador ronco con un sonido de cuerno.

Y junto a los muelles uniformes y lúgubres,
Y por los puentes y las calles,
Peleándose entre ellos, en sus hordas,
En pantallas de brumas crudas,
Sombras y sombras

Un aire de azufre y nafta exhala;
Un sol turbio y monstruoso se extiende;
La mente se desvanece de repente
Hacia lo imposible y lo extraño;
Crimen o virtud, él ve de nuevo
Lo que se mueve en estos paisajes,
Donde, en frente de él, en las plazas, se exalta
Alas grandes, en la niebla
Un águila negra con un estandarte
Entre sus garras de basalto.

O siglos y siglos en esta ciudad,
Grande de su pasado
Quema constantemente - y cruzado,
Como en este momento, fantasmas!
O siglos y siglos en eso,
Con su vida inmensa y criminal
Battant, ¿desde cuándo? -
Cada hogar y cada piedra
¡Deseos locos o ira carnívora!

Algunas chozas primero y algunos sacerdotes:
El asilo para todos, la iglesia y sus ventanas
Dejando la luz del dogma a salvo
Y su ingenuidad hacia los cerebros oscuros.
Mazmorras abolladas, palacios masivos, claustros bárbaros;
Cruz de los Papas cuyo mundo no está resuelto;
Monjes, abades, barones, siervos y villanos;
Mitre de monedas de oro, cascos de plata, chaquetas de lino;
Luchas de instintos, lejos de las luchas del alma
Entre vecinos, por el orgullo vano de una oriflama;
Haines de cetro con cetro y monarcas en bancarrota
En su dinero falsificado abriendo sus flores de lirio,
Cortando el bloque de su justicia con espadas
Y el erecto y el imponente, áspero y breve.

Entonces, el boceto, lento para nacer, de la ciudad:
Fuerzas que queremos solo en la ley plantando;
Clavos del pueblo y mandíbulas de reyes;
Mufles tensa a la sombra y bajo tierra
Hacia algún ideal desconocido en las profundidades de las nubes;
Tocsins revolviendo, por la tarde, rabias desconocidas;
Llamas de liberación y salvación, de pie
En la gran atmósfera donde hierve la revuelta;
Libros cuyas páginas, repentinamente inteligibles,
Quemar con la verdad, como antiguamente las Biblias;
Hombres divinos y claros, como monumentos de oro
Por lo tanto, los eventos salen armados y fuertes;
Net y nuevos deseos, nueva conciencia
Y la loca esperanza, en todos los cerebros,
A pesar de los andamios, a pesar de los incendios
Y las cabezas ensangrentadas al final de los puños blandieron.

Ella tiene mil años,
La ciudad amarga y profunda;
Y constantemente, a pesar del asalto de días
Y la gente socava su orgullo pesado,
Resiste el desgaste del mundo.
¡Qué océano, sus corazones! ¡qué tormenta, sus nervios!
¡Qué nudos de voluntades apretados en su misterio!
Victorioso, ella absorbe la tierra,
Superado, ella es la atracción del universo;
Siempre, en su triunfo o sus derrotas,
Ella parece gigante, y su llanto suena y su nombre brilla,
Y la claridad que sus fuegos dorados hacen en la noche
Rayon en la distancia, a los planetas!

¡Oh siglos y siglos en eso!

Su alma, en estas mañanas oscuras,
Circula en cada átomo
Vapor pesado y velas dispersas
Su alma enorme y vaga, así como sus grandes cúpulas
Que se desvanecen en la niebla.
Su alma errante en cada una de las sombras
Quién cruza sus cuartos oscuros,
Con un nuevo ardor al final de su pensamiento,
Su alma formidable y convulsionada,
Su alma, donde el boceto pasado
Con la red actual, el futuro aún queda.
O este mundo de fiebre y desarrollo incansable
Rué, con pulmones pesados ​​y jadeantes,
Hacia algunos objetivos desconocidos?
Mundo prometió aún a las leyes de oro,
Tiene leyes claras, que todavía ignora
Pero, ¿qué debe un día, exhumar,
Uno por uno, desde las profundidades de las brumas.
Mundo hoy obstinado, trágico y pálido
Quién pone su vida y alma en el esfuerzo
Que proyecta, día, noche,
Cada hora, hacia el infinito.

O siglos y siglos en esta ciudad!

El viejo sueño está muerto y el nuevo está forjado.
Él está fumando en pensamiento y sudor
Orgullosos brazos de trabajo, orgullosos frentes de luz,
Y la ciudad lo escucha subiendo desde el fondo de la garganta
De aquellos que lo usan
Y lo quiero gritando y llorando en el cielo.

Y de todos lados llegamos a ella,
Algunas de las ciudades y las demás de los campos,
Como siempre, desde el fondo de la distancia;
Y los caminos eternos son los testigos
De estos pasos, a través del tiempo,
Que están puntuados como sangre
Y vamos, continuo.

El sueño ! es más alto que los humos
Que devuelve envenomées
A su alrededor, hacia el horizonte;
Incluso con miedo o en problemas,
Él está allí, quien domina, las noches,
Al igual que estos arbustos
Estrellas doradas y coronas negras,
Que se ilumina, en la noche, evocador.

Y qué importan los males y las horas locas,
Y las cubas de vicio donde la ciudad fermenta,
Si algún día, de nieblas y velas,
Surge un nuevo Cristo, en luz tallada,
Quien le levanta la humanidad
Y bautízala con nuevas estrellas.

jueves, 2 de agosto de 2018

POEMAS DE BLAGA DIMITROVA


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(2 de enero de 1922, Byala Slátina, Bulgaria - 2 de mayo de 2003, Sofía, Bulgaria)


solo

El árbol perdona al viento
que le saquea las hojas
y le Abraza con ramas.
El ave perdona a la nube
que se saque al sol
y la saluda con alas.
La ola perdona a la piedra
que le impide el salto
y la envuelve en caricias.
Sólo el hombre no perdona
al aire, al agua, a la piedra,
a ninguna criatura terrestre.
Persigue a todo con ensañamiento.

Y solo está en el universo.

JUVENTUD


Cuando eres joven
y ondean al viento
tus cabellos alborotados
y te sumerges en sus ojos
ves un fragmento del mundo,
un balcón rozando el cielo,
un tren rebelde sin raíles,
una bandada de álamos en vuelo.
¡ Mundo de libertad, sin fronteras
al cual añades fantasía con tu existencia!
De pronto un día tus cabellos clarean y ante ti
se descubre un mundo en su totalidad.
El balcón esta empotrado en un muro,
el tren se mueve por raíles
y los tallos inmovilizan a los álamos.
Aquí no hay lugar para la fantasía.

Perdiste tus cabellos alborotados.

ARS POETICA



Crea cada uno de tus poemas como si fuera el último.
En este siglo saturado de estroncio,
lleno de terrorismo,
en el que todo ha echado a volar con velocidad supersónica
la muerte viene aún más rápida.
Manda cada una de tus palabras
como si fuera la última carta antes de la ejecución,
como un mensaje en el muro de la prisión.
No tienes derecho a mentir,
ni el derecho a los juegos infantiles.
Simplemente no tienes tiempo para corregir tus errores.
Escribe cada uno de tus poemas,
lacónicos y despiadados,
con sangre, como una despedida.


SIN



Durante toda la vida aprendemos a vivir
sin miedo, con dignidad,
sin lloriqueos, con silencio,
sin drogas, con dolor.
Sin somníferos, con insomnio,
sin pareja, con soledad.
Sólo hay algo sin lo que no puedo aún
sin aire.
La muerte me lo enseñará.

TERNURA



Comenzaste a morir
ya en aquel momento,
cuando yo nací.

Día tras día
te encogías imperceptiblemente
mientras yo crecía.

Mis anginas infantiles
y mi imprudente juventud
dañaron tu corazón.

Mis derroches
en las despreocupadas bromas
las pagaste al contado con tus días.

Papá, con cuanta ternura
sentabas a la muerte en tus rodillas
y la hacías caricias.

Aún así


Traducción de Zhivka Baltadzhieva
Me hago una pregunta
de elevada dificultad:
 – qué pudiera cambiar
en este inconstante mundo,
cuando sin parar me cambio a mí
sin cambiar en nada?
Y mire, dicen sobre las constantes transformaciones:
Se vistió Elías con lo de todos los días...

Pero aquel día repentino,
cuando en mi ventana
cayó el álamo cercenado,
amputada columna del cielo,
y la bóveda del firmamento consigo arrastró,
sin que yo lograra, ni por un instante,
anular este crimen,
emplazar, pregonar,
estar al lado y gritar: -¡Si talas, tálame a mí!-
el árbol me sopló
una idea:

-¡Mientras todavía respiramos,
cambiemos este aire!

Solos, sin ayuda
y sin órdenes, sin parcartas ni cartel.
Por lo menos por aquí, al lado, a un paso,
a ramita, ala, brote,
en la sombra propia de uno,
en el espacio de la sonrisa,
a quemarropa contra el viento,
a voces, a susurro, a silencio,
a arrebato, a impulso,
a fresco y a verde, a altura,
a un tan sólo aliento...

Parece improbable:
respirar hedores y veneno
y exhalar oxígeno.
Aún así el árbol
lo practica.

AGUJERO EN EL CIELO



Un bípedo, sin alas, con fusil,
uno incapaz de volar,
desde abajo dio en un pájaro
que planeaba cadencioso en el firmamento.
Resonó el disparo
y un agujero en el azul abrió.
Y cayó en picado el ave,
piedra contra piedra arrojada.
Se vació el cielo sin alas
como mirada de asesino.

DIMENSIONES O CRUZ


De ala a ala,
abierta,
la medida del ave
para el horizonte.

De mano a mano,
en la cruz clavada,
la medida del hombre
para el Universo.

SIEMBRA A CIEGAS



Arrojadas de ninguna parte
por la mismísima mano vacía del Universo,
semillas de laboratorio,
esparcidas y abandonadas a su suerte,
o peor todavía,
bajo permanente control,
nos precipitamos
y precipitamos

cada vez más aceleradamente,
más unidireccional,
más vertical,
cada vez más y más
hacia la Tierra,

hasta sembrarnos en ella.

¿Y qué brotará?

FUTURO RADIANTE



–¿Pájaro? –preguntarán los niños–. ¿Pero qué es eso?
–Algo policromo, con plumas, alado.
Muy hermoso, etéreo.
Vuela hasta las nubes.
Y canta como una campanilla cristalina.
¿Vuela? –exclamarán los niños– ¿Sin pilas,
por sí sólo?
¿Su canto hechiza?
¿Todo plumas de colores deslumbrantes?
¿Y no nos ataca, no mata?
¡No! ¡Fantasías!
¡No ha habido, y menos habrá todavía
un ser así, de cuento de hadas!

HASTA DÓNDE LLEGAREMOS



De la época de los enormes dinosaurios,
a pesar de que corrían a desmayante velocidad,
apenas han llegado a nosotros fósiles
de vértebra o cascarón.

¿Desde nuestra época de vanidosos homosaurios
que vuelan a velocidad supersónica,
hasta dónde llegaremos bajo las cenizas
con el herrumbroso casquillo de bala?

¿Bajarán? los superiores equisaurios,
subatmosféricos buceadores-arqueólogos,
a arrancar con telepáticas uñas
desde el fondo del tiempo de nuestros barcos,

hundidos para siempre jamás,
el congelado embrión de una loca idea,
las huellas dactiloscópicas del dolor,
los moluscos de unos verbos:

Non omnis moriar.
To be o not to be.
SOS.

MURALLA CHINA



A primera vista la reconocí, y ella a mí.
Peldaño tras peldaño
siempre hacia arriba
por la milenaria muralla dentada.
Ningún guía me hacia falta,
ni lengua de confusiones.
El ancestral cordón umbilical me conducía
a ciegas.

Echaba vistazos por las aspilleras.
Al otro lado permanecían
la misma hierba ingenua,
las mismas montañas y bosques y cielo
radicalmente otros:
amenazantes, prohibidos, ajenos,
guaridas del terror y los sobresaltos.

Mucho tiempo anduve por esa espalda de dinosaurio,
alzada de horizonte a horizonte,
de época a época
sellando el aire,
suspendiendo el eco.
Sólo el tiempo como culebra
se abre paso sin obstáculo,
instante tras instante,
convulsión tras convulsión,
siglo tras siglo.

Palmeaba el hombro de la piedra
con un gesto familiar y le decía en silencio:
Estás en mis células, emparedada,
desde antes de nacer.
Tus aspilleras
son mis ojos hacia el mundo
entornados de desconfianza.
Tu cuerpo está soldado
con mi sangre, sudor y lágrimas
piedra sobre piedra,
horror sobre horror,
silencio sobre silencio.

¿Cuántos milenios de eternidad me serán necesarios
para en mí misma derrumbarte?


Estos poemas pertenecen al libro "ESPACIOS" Traducción de:Zhivka Baltadzhieva, editorial La Poesía Señor Hidalgo, Barcelona 2006. Pido disculpas a la traductora por haber omitido su enorme trabajo. Y, agradezco sus aportes.

miércoles, 1 de agosto de 2018

POEMAS DE GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANADA


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DESEO DE VENGANZA

(Soneto escrito en una tarde tempestuosa)

¡Del huracán espíritu potente,
rudo como la pena que me agita!
¡Ven, con el tuyo mi furor excita!
¡Ven con tu aliento a enardecer mi mente!

¡Que zumbe el rayo y con fragor reviente,
mientras -cual a hoja seca o flor marchita-
tu fuerte soplo al roble precipita.
roto y deshecho al bramador torrente!

Del alma que te invoca y acompaña,
envidiando tu fuerza destructora,
lanza a la par la confusión extraña.

¡Ven... al dolor que insano la devora
haz suceder tu poderosa saña,
y el llanto seca que cobarde llora!


A WASHINGTON


No en lo pasado a tu virtud modelo,
ni copia al porvenir dará la historia,
ni otra igual en grandeza a tu memoria
difundirán los siglos en su vuelo.

Miró la Europa ensangrentar su suelo
al genio de la guerra y la victoria...
pero le cupo a América la gloria
de que al genio del bien le diera el cielo.

Que audaz conquistador goce en su ciencia,
mientras al mundo en páramo convierte,
y se envanezca cuando a siervos mande;

¡mas los pueblos sabrán en su conciencia
que el que los rige libres sólo es fuerte,
que el que los hace grandes sólo es grande!

CONTEMPLACIÓN


Tiñe ya el Sol extraños horizontes;
el aura vaga en la arboleda umbría;
y piérdese en la sombra de los montes
la tibia luz del moribundo día.

Reina en el campo plácido sosiego,
se alza la niebla del callado río,
y a dar al prado fecundante riego,
cae, convertida en límpido rocío.

Es la hora grata de feliz reposo,
fiel precursora de la noche grave...
torna al hogar el labrador gozoso,
el ganado, al redil, al nido el ave.

Es la hora melancólica, indecisa,
en que pueblan los sueños los espacios,
y en los aires -con soplos de la brisa-
levantan sus fantásticos palacios.

En Occidente el Héspero aparece,
salpican perlas su zafíreo asiento
y -en tanto que apacible resplandece-
no sé qué halago al contemplarlo siento.

¡Lucero del amor! ¡Rayo argentado!
¡Claridad misteriosa! ¿Qué me quieres?
¿Tal vez un bello espíritu, encargado
de recoger nuestros suspiros, eres?...

¿De los recuerdos la dulzura triste
vienes a dar al alma por consuelo,
o la esperanza con su luz te viste
para engañar nuestro incesante anhelo?

¡Oh, tarde melancólica!, yo te amo
y a tus visiones lánguida me entrego...
Tu leda calma y tu frescor reclamo
para templar del corazón el fuego.

Quiero, apartada del bullicio loco,
respirar tus aromas halagüeños,
a par que en grata soledad evoco
las ilusiones de pasados sueños.

¡Oh! si animase el soplo omnipotente
estos que vagan húmedos vapores,
término dando a mi anhelar ferviente,
con objeto inmortal a mis amores...

¡Y tú, sin nombre en la terrestre vida,
bien ideal, objeto de mis votos,
que prometes al alma enardecida
goces divinos, para el mundo ignotos!

¿Me escuchas? ¿Dónde estás? ¿Por qué no puedo
-libre de la materia que me oprime-
a ti llegar, y aletargada quedo,
y opresa el alma en sus cadenas gime?

¡Cómo volara hendiendo las esferas
si aquí rompiese mis estrechos nudos,
cual esas nubes cándidas, ligeras,
del éter puro en los espacios mudos!

Mas ¿dónde vais? ¿Cuál es vuestro camino,
viajeras del celeste firmamento?...
¡Ah! ¡lo ignoráis!..., seguís vuestro destino
y al vario impulso obedecéis del viento.

¿Por qué yo, en tanto, con afán insano
quiero indagar la suerte que me espera?
¿Por qué del porvenir el alto arcano
mi mente ansiosa comprender quisiera?

Paternal Providencia puso el velo
que nuestra mente a descorrer no alcanza,
pero que le permite alzar el vuelo
por la inmensa región de la esperanza.

El crepúsculo huyó; las rojas huellas
borra la Luna en su esmaltado coche,
y un silencioso ejército de estrellas
sale a guardar el trono de la noche.

A ti te amo también, noche sombría;
amo tu Luna tibia y misteriosa,
más que a la luz con que comienza el día,
tiñendo el cielo de amaranto y rosa.

Cuando en tu grave soledad respiro,
cuando en el seno de tu paz profunda
tus luminares pálidos admiro,
un religioso afecto el alma inunda:

¡Que si el poder de Dios, y su hermosura,
revela el Sol en su fecunda llama,
de tu solemne calma la dulzura
su amor anuncia y su bondad proclama!

A LA POESÍA


¡Oh, tú, del alto cielo
precioso don, al hombre concedido!
¡Tú, de mis penas íntimo consuelo,
de mis placeres manantial querido!
¡Alma del orbe, ardiente Poesía,
dicta el acento de la lira mía!

Díctalo, sí, que enciende
tu amor mi seno, y sin cesar ansío
la poderosa voz, que espacios hiende,
para aclamar tu excelso poderío,
y en la naturaleza augusta y bella
buscar, seguir y señalar tu huella.

¡Mil veces desgraciado
quien -al fulgor de tu hermosura ciego-
en su alma inerte y corazón helado
no abriga un rayo de tu dulce fuego;
que es el mundo, sin ti, templo vacío,
cielo sin claridad, cadáver frío!

Mas yo doquier te miro;
doquier el alma, estremecida, siente
tu influjo inspirador; el grave giro
de la pálida Luna, el refulgente
trono del Sol, la tarde, la alborada...
todo me habla de ti con voz callada.

En cuanto ama y admira,
te halla mi mente. Si huracán violento
zumba, y levanta el mar, bramando de ira;
si con rumor responde soñoliento
plácido arroyo al aura que suspira...
tú alargas para mí cada sonido
y me explicas su místico sentido.

Al férvido verano,
a la apacible y dulce primavera,
al grave otoño y al invierno cano
me embellece tu mano lisonjera;
¡que alcanzan, si los pintan tus colores,
calor el hielo, eternidad las flores!

¿Qué a tu dominio inmenso
no sujetó el Señor? En cuanto existe
hallar tu ley y tus misterios pienso:
el Universo tu ropaje viste,
y en su conjunto armónico demuestra
que tú guiaste la hacedora diestra.

¡Hablas! ¡Todo renace!
Tu creadora voz los yermos puebla;
espacios no hay que tu poder no enlace;
y rasgando del tiempo la tiniebla,
de lo pasado al descubrir ruinas,
con tu mágica luz las iluminas.

Por tu acento apremiados,
levántanse del fondo del olvido,
ante tu tribunal, siglos pasados;
y el fallo que pronuncias -trasmitido
por una y otra edad en rasgos de oro-
eterniza su gloria o su desdoro.

Tu genio, independiente
rompe las sombras del error grosero;
la verdad preconiza; de su frente
vela con flores el rigor severo,
dándole al pueblo, en bellas creaciones,
de saber y virtud santas lecciones.

Tu espíritu sublime
ennoblece la lid; tu épica trompa
brillo eternal en el laurel imprime;
al triunfo presta inusitada pompa;
y los ilustres hechos que proclama
fatiga son del eco de la fama.

Mas, si entre gayas flores,
a la beldad consagras tus acentos;
si retratas los tímidos amores;
si enalteces sus rápidos contentos;
a despecho del tiempo, en tus anales,
beldad, placer y amor son inmortales.

Así en el mundo suenan
del amante Petrarca los gemidos;
los siglos con sus cantos se enajenan;
y unos tras otros -de su amor movidos-
van de Valclusa a demandar al aura
el dulce nombre de la dulce Laura.

¡Oh! No orgullosa aspiro
a conquistar el lauro refulgente,
que humilde acato y entusiasta admiro,
de tan gran vate en la inspirada frente;
ni ambicionan mis labios juveniles
el clarín sacro del cantor de Aquiles.

No tan ilustres huellas
seguir es dado a mi insegura planta...
Mas, abrasada al fuego que destellas,
¡oh, genio bienhechor!, a tu ara santa
mi pobre ofrenda estremecida elevo,
y una sonrisa a demandar me atrevo.

Cuando las frescas galas
de mi lozana juventud se lleve
el veloz tiempo en sus potentes alas,
y huyan mis dichas como el humo leve,
serás aún mi sueño lisonjero,
y veré hermoso tu favor primero.

Dame que puedas entonces,
¡Virgen de paz, sublime Poesía!,
no transmitir en mármoles ni en bronces
con rasgos tuyos la memoria mía;
sólo arrullar, cantando, mis pesares,
a la sombra feliz de tus altares.

LAS CONTRADICCIONES


No encuentro paz, ni me permiten guerra;
De fuego devorado, sufro el frío;
Abrazo un mundo, y quédome vacío;
Me lanzo al cielo, y préndeme la tierra.

Ni libre soy, ni la prisión me encierra;
Veo sin luz, sin voz hablar ansío;
Temo sin esperar, sin placer río;
Nada me da valor, nada me aterra.

Busco el peligro cuando auxilio imploro;
Al sentirme morir me encuentro fuerte;
Valiente pienso ser, y débil lloro.

Cúmplese así mi extraordinaria suerte;
Siempre a los pies de la beldad que adoro,
Y no quiere mi vida ni mi muerte.

A LAS ESTRELLAS


Reina el silencio: fúlgidas en tanto
Luces de paz, purísimas estrellas,
De la noche feliz lámparas bellas,
Bordáis con oro su luctuoso manto.

Duerme el placer, mas vela mi quebranto,
Y rompen el silencio mis querellas,
Volviendo el eco, unísono con ellas,
De aves nocturnas el siniestro canto.

¡Estrellas, cuya luz modesta y pura
Del mar duplica el azulado espejo!
Si a compasión os mueve la amargura

Del intenso penar por que me quejo,
¿Cómo para aclarar mi noche oscura
No tenéis ¡ay! ni un pálido reflejo?

LA PESCA EN EL MAR


¡Mirad!, ya la tarde fenece...
La noche en el cielo
Despliega su velo
Propicio al amor.

La playa desierta parece;
Las olas serenas
Salpican apenas
Su dique de arenas,
Con blando rumor.

Del líquido seno la luna
Su pálida frente
Allá en occidente
Comienza a elevar.

No hay nube que vele importuna
Sus tibios reflejos,
Que miro de lejos
Mecerse en espejos
Del trémulo mar.

¡Corramos!... ¡Quién llega primero!
Ya miro la lancha...
Mi pecho se ensancha,
Se alegra mi faz.

¡Ya escucho la voz del nauclero,
Que el lino despliega
Y al soplo lo entrega
Del aura que juega,
Girando fugaz!

¡Partamos! La plácida hora
Llegó de la pesca,
Y al alma refresca
La bruma del mar.

¡Partamos, que arrecia sonora
La voz indecisa
Del agua, y la brisa
Comienza de prisa
La flámula a hinchar!

¡Pronto, remero!
¡Bate la espuma!
¡Rompe la bruma!
¡Parte veloz!

¡Vuele la barca!
¡Dobla la fuerza!
¡Canta, y esfuerza
Brazos y voz!

Un himno alcemos
Jamás oído,
Del remo al ruido,
Del viento al son,

Y vuele en alas
Del libre ambiente
La voz ardiente
Del corazón.

Yo a un marino le debo la vida,
Y por patria le debo al azar
Una perla -en un golfo nacida-
Al bramar
Sin cesar
De la mar.

Me enajena al lucir de la luna
Con mi bien estas olas surcar,
Y no encuentro delicia ninguna
Como amar
Y cantar
En el mar.

Los suspiros de amor anhelantes
¿Quién, ¡oh, amigos!, querrá sofocar,
Si es tan grato a los pechos amantes
A la par
Suspirar
En el mar?
¿No sentís que se encumbra la mente
Esa bóveda inmensa al mirar?

Hay un goce profundo y ardiente
En pensar
Y admirar.
En el mar.

Ni un recuerdo del mundo aquí llegue
Nuestra paz deliciosa a turbar;
Libre el alma al deleite se entregue
De olvidar
Y gozar
En el mar.

¡Prestos todos!... ¡Las redes se tiendan!
¡Muy pesadas las hemos de alzar!
¡Prestos todos, los cantos suspendan,
Y callar
Y pescar
En el mar!

LOS REALES SITIOS


Es grato, si el Cáncer la atmósfera enciende,
Si pliega sus alas el viento dormido,
Gozar los asilos que un muro defiende,
Con ricos tapices de Flandes vestido.

Es grata la calma dulcísima y leda
De aquellos salones dorados y umbríos,
Do el sol, que penetra por nubes de seda,
Se pierde entre jaspes y mármoles fríos.

Es grato el ambiente de aquellas estancias
-Que en torno matizan maderas preciosas-
Do en vasos de china despiden fragancias
Itálicos lirios, bengálicas rosas.

Es grato que al Euro -que huyó silencioso-
Imiten las bellas moviendo abanicos;
Allí do cual tronos del muelle reposo
Se ostentan divanes de púrpura ricos.

Y grato en la tarde, con lánguido paso,
Salir de entre sedas y pórfidos y oro,
A ver cuál oculta, llegando a su ocaso,
El astro supremo su ardiente tesoro.

Que allí, para verlo, se tienen vergeles
Que nunca marchitan estivos ardores;
Con bancos de césped, con frescos doseles,
Y bosques y fuentes y exóticas flores.

Asilos tan bellos no hubieron las ninfas
Que hollaron de Grecia colinas amenas,
Ni náyades vieron tan plácidas linfas
Cual esas que guardan marmóreas sirenas.

Por eso en las noches del férvido estío
Es grato a ese elíseo llamar los placeres;
Cubriendo de luces su verde sombrío,
Llenando su espacio de hermosas mujeres.

Y aromas y bailes y amores y risas,
En dulces insomnios disfrutan las bellas,
En tanto que vuelan balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se cubre de estrellas.

¡Oh, espléndidas fiestas! ¡Oh, alegres veladas,
Que brotan al soplo de regia hermosura!
Ni silfos, ni genios, ni próvidas fadas
Os dieran encantos de tanta dulzura!

No, ¡Granja!, no envidies al noble palacio
Que allá San Lorenzo protege vecino;
Pues hoy a las gracias encierra tu espacio,
Y son los placeres tu plácido sino.

¡Difunde fragancias: amores y risas
En gratos insomnios disfruten las bellas,
En tanto que vuelen balsámicas brisas
Y en tanto que el cielo se pueble de estrellas!

PAISAJE GUIPUZCOANO


Suspende, mi caro amigo,
Tus pasos por un instante:
No está la ermita distante,
Y apenas las cinco son.
Ven a admirar -bajo el toldo
De aquellos verdes ramajes-
Los pintorescos paisajes
De esta encantada región.

Mira a tus pies ese río,
Cuyas herbosas orillas
Millones de florecillas
Cubren, difundiendo olor;
Y desde el borde escarpado
Oye las mansas corrientes
Deslizarse transparentes
Con soñoliento rumor.

Hileras de álamos blancos,
Que el hondo cauce sombrean,
Sus altas copas cimbrean
Del viento al soplo fugaz;
Mientras pescan silenciosos,
Con luengas cañas y anzuelos,
Dos vigorosos chicuelos
De viva y morena faz.

Mira en torno cuál se extienden
Cuadros de trigos dorados,
Por ricas franjas cortados
De verde-oscuro maíz;
Y esos tan varios helechos
-Fieles hijos de las sombras-
Que prestan al bosque alfombras
De primoroso matiz.

¿Ves allá los caseríos
-Que siembran el valle a trechos-
Levantar sus rojos techos
De entre el verde castañar?
¿Ves cuál visten sus paredes
De parra lindos festones,
Y cómo van los gorriones
Sus racimos a picar?

Mas que ya las chimeneas
Despiden humo, repara,
Anunciando se prepara
La cena del segador;
Y a las vacas lentamente
Mira bajar de esos cerros,
Llamando con sus cencerros
Al perezoso pastor.

Mas, ¡oh!, ¡ve! También desciende,
Saltando por entre breñas,
Turba de niñas risueñas
Que acá parece venir.
Sí; no hay duda: ramilletes
Nos ofrecen con empeño...
¿Comprendes tú, caro dueño,
Lo que nos quieren decir?

¡Ah!, sabe que esos perfumes,
Que rinden cual homenaje,
Sólo son mudo lenguaje
De un triste y constante afán;
Pues -con rara poesía-
El mendigo guipuzcoano,
Cubre de flores la mano
Que tiende pidiendo pan.

Acepta al punto, ¡querido!
¿Quién hay que negarse pueda
A cambiar una moneda
Por cada hermoso clavel?
Venid, niñas, cada tarde;
Yo en el trueque me intereso,
Y si al ramo unís un beso
Garante os salgo de él.

¡Pero no entienden!... ¡Se alejan!
Mira por esos barrancos
Saltar, desnudos y blancos,
Sus breves y lindos pies...
Se detienen, se sonríen
Viendo en mi pecho sus ramos,
Y ligeras como gamos
Desaparecen después.

Mientras tanto las montañas
Sus picachos desiguales
Van envolviendo en cendales
De gualda, azul y arrebol,
Y en su carro majestuoso
-Surcando el tibio occidente-
Hunde a su espalda la frente,
Cansado de vida, el sol.

A su postrera mirada
Y a su postrera sonrisa,
Suspiros vuelve la brisa,
Perfumes vuelve la flor,
Y llanto puro los cielos
Vierten en el valle umbrío,
Que lo convierte en rocío
De delicioso frescor.

¡Oh!, ¡mira! Ya por las faldas,
Que cubren altos castaños,
Bajando van los rebaños
Para acogerse al redil...
Ya los niños sus anzuelos
Han recogido y su pesca,
Y se van armando gresca
Con regocijo infantil.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

AL ÁRBOL DE GUERNICA


Tus cuerdas de oro en vibración sonora
Vuelve a agitar, ¡oh lira!,
Que en este ambiente, que aromado gira,
Su inercia sacudiendo abrumadora
La mente creadora,
De nuevo el fuego de entusiasmo aspira.

¡Me hallo en Guernica! Ese árbol que contemplo,
Padrón es de alta gloria...
De un pueblo ilustre interesante historia...,
De augusta libertad sencillo templo,
Que -al mundo dando ejemplo-
Del patrio amor consagra la memoria.

Piérdese en noche de los tiempos densa
Su origen venerable;
Mas ¿qué siglo evocar que no nos hable
De hechos ligados a su vida inmensa,
Que en sí sola condensa
La de una raza antigua e indomable?...

Se transforman doquier las sociedades;
Pasan generaciones;
Caducan leyes; húndense naciones...
Y el árbol de las vascas libertades
A futuras edades
Trasmite fiel sus santas tradiciones.

Siempre inmutables son, bajo este cielo,
Costumbres, ley, idioma...
¡Las invencibles águilas de Roma
Aquí abatieron su atrevido vuelo,
Y aquí luctuoso velo
Cubrió la media luna de Mahoma!

Nunca abrigaron mercenarias greyes
Las ramas seculares,
Que a Vizcaya cobijan tutelares;
Y a cuya sombra poderosos reyes
Democráticas leyes
Juraban ante jueces populares.

¡Salve, roble inmortal! Cuando te nombra
Respetuoso mi acento,
Y en ti se fija ufano el pensamiento,
Me parece crecer bajo tu sombra,
Y en tu florida alfombra
Con lícita altivez la planta asiento.

¡Salve! La humana dignidad se encumbra
En esta tierra noble
Que tú proteges, perdurable roble,
Que el sol sereno de Vizcaya alumbra,
Y do el Cosnoaga inmoble
Llega a tus pies en colosal penumbra!

¿En dónde hallar un corazón tan frío,
Que a tu aspecto no lata,
Sintiendo que se enciende y se dilata?
¿Quién de tu nombre ignora el poderío,
O en su desdén impío,
Tu vejez santa con amor no acata?

Allá desde el retiro silencioso
Donde del hombre huía
-Al par que sus derechos defendía-,
Del de Ginebra pensador fogoso,
Con vuelo poderoso,
Llegaba a ti la inquieta fantasía;

Y arrebatado en entusiasmo ardiente
-Pues nunca helarlo pudo
De injusta suerte el ímpetu sañudo-,
Postró a tu austera majestad la frente
Y en página elocuente
Supo dejarte un inmortal saludo.

La Convención Francesa, de su seno
Ve a un tribuno afamado,
Levantarse de súbito, inspirado,
A bendecirte, de emociones lleno...
Y del aplauso al trueno
Retiembla al punto el artesón dorado.

Lo antigua que es la libertad proclamas...
-¡Tú eres su monumento!-
Por eso cuando agita raudo viento
La secular belleza de tus ramas,
Pienso que en mí derramas
De aquel genio divino el ígneo aliento.

Cual signo suyo mi alma te venera,
Y cuando aquí me humillo
De tu vejez ante el eterno brillo,
Recuerdo, roble augusto, que doquiera
Que el numen sacro impera,
Un árbol es su símbolo sencillo.

Mas, ¡ah!, ¡silencio!... El sol desaparece
Tras la cumbre vecina,
Que va envolviendo pálida neblina...
Se enluta el cielo..., el aire se adormece...
Tu sombra crece y crece...
¡Y sola aquí tu majestad domina!