viernes, 4 de enero de 2019

POEMAS DE ERNST ORVIL.


Ernst Orvil - absolutamente poeta

(12 de abril de 1898 en Kristiania  - 16 de junio de 1985 en Oslo )

PRECISAMENTE

Se filtra a través de mí un
día recién cortado con nubes
lanudas sobre mi paseo
y alguien me pregunta horrorizado
por qué estoy tan contento.
Le digo que es porque
no tengo que escribir sobre
los problemas de los negros. Pero
¡si tú nunca escribes sobre los
problemas de los negros! No, precisamente por eso.
Retazos, 1970. Traducción de Francisco J. Uriz.

POESÍA

Él dijo: Me es difícil perdonar
que tú no seas poética.
También a mí, dijo ella.
Pero tú a mí me gustas mucho,
dijo ella, queriendo saber algo
sobre su incipiente proximidad.
Agosto tiene sus límites poéticos,
dijo él, puede que el sol
los haya hecho toscos pero están ahí.
Es poesía super, dijo ella
cuando el sol se desliza
por debajo de la falda y se queda ahí.
Él había pensado presentarle un completo
panorama sobre la existencia pero
ella ya había entendido más que bien.
La poesía es una corresponsabilidad creativa
con tradiciones milenarias,
dijo él, en el torrente de la estirpe.
Y en el centro del movimiento, dijo él,
¿comienza la vida? Cuando hablas de la braga,
dijo ella, entiendo lo que quieres decir.
La inquietud de los años, póstumo. Traducción de Francisco J. Uriz.

Existencia


Anne volvió de la escuela
diciendo que en la escuela dicen que
Dios no existe. Yo le dije
tú no debes creer eso.

Bueno, entonces, ¿Dios existe?
Para los que no creen, no,
le dije, pero por lo demás Dios
existe. ¿No es eso raro? dijo Anne.

Sí, le dije, es raro.
¿Es posible, dijo Anne, no
existir y existir?
Sí, le dije, para Dios es posible.

El sentido de la vida


El sentido de la vida, digo inquieto,
¿por qué nos es desconocido?

Porque una vida con sentido
nos parece intolerable.

Un sentido de la mañana
a la noche, de la noche a la mañana.

Así una vida sin sentido,
dijo ella, no es una vida sin sentido.


DERROTA


Guarda tus derrotas
si no otra cosa podrán
tener valor como antigüedades.
Tus derrotas las conquistas
en combate y con tu honrada
incapacidad.
Esta es una valoración
a la que parece que no has prestado
la debida atención.
Ernst Orvil.

CARGAS


Las cargas que llevo son mías.
Soy su dueño. Ningún ladrón
irrumpe en mí y me roba
las cargas que llevo.

Las cargas que te llevas
nadie te quita. Se mantiene a sí mismo
y sientes extrañamente pesadas
en la sangre las cargas que llevas.

Una persona
no está solo. Una persona
con las manos llenas de
días y noches, el amargo peso
de las cargas.

Desafortunado lo que no tiene propiedades.
Y lo que no tiene una carga
que llevar. El sentido de la vida es ser vivida
y el de las cargas ser llevadas.
El hombre no está solo
bajo el yugo.

Ama las cargas que
te unen a la vida.
La muerte es el ladrón.
Despoja de tus cargas.



            Kommer du metil meg 1947



relatividad


Cuando los cañones retumban
allí en Rakke
se mueve la mariposa
para otra flor.

O visto desde la perspectiva
de la mariposa: Cuando se mueve
la mariposa para otra flor
y los cañones en Rakke.



Brekasjer, 1970




EL PERDEDOR


El perdedor va por la vida
arrastrando
una pesada carga,
en el fardo no hay nada.

No se para descansar.
Y desaparece
en la sombra
de un bondadoso Dios.



Nœr nok, 1980




jueves, 3 de enero de 2019

POEMAS DE JOSÉ MARÍA DE HEREDIA


 Resultado de imagen para JOSÉ MARÍA DE HEREDIA

22 de noviembre de 1842, La Fortuna, Costa Rica - 3 de octubre de 1905, Bourdonné, Francia)

LA ESTACIÓN DE LOS NORTES



Témplase ya del fatigoso estío
El fuego abrasador: del yerto polo
Del septentrión los vientos sacudidos,
Envueltos corren entre niebla oscura,
Y a Cuba libran de la fiebre impura.

Ruge profundo el mar, hinchado el seno,
Y en golpe azotador hiere las playas:
Sus alas baña Céfiro en frescura,
Y vaporoso, transparente velo
Envuelve al Sol y al rutilante cielo.

¡Salud, felices días! A la muerte
La ara sangrienta derribáis que mayo
Entre flores alzó: la acompañaba
Con amarilla faz la fiebre impía,
Y con triste fulgor resplandecía.

Ambas veían con adusta frente
De las templadas zonas a los hijos
Bajo este cielo ardiente y abrasado:
Con sus pálidos cetros los tocaban,
Y a la huesa fatal los despeñaban.

Mas su imperio finó: del norte el viento,
Purificando el aire emponzoñado,
Tiende sus alas húmedas y frías,
Por nuestros campos resonando vuela,
Y del rigor de agosto los consuela.

Hoy en los climas de la triste Europa
Del aquilón el soplo enfurecido
Su vida y su verdor quita a los campos,
Cubre de nieve la desnuda tierra,
Y al hombre yerto en su mansión encierra.

Todo es muerte y dolor: en Cuba empero
Todo es vida y placer: Febo sonríe,
Mas templado entre nubes transparentes,
Da nuevo lustre al bosque y la pradera,
Y los anima en doble primavera.

¡Patria dichosa! ¡Tú, favorecida
Con el mirar más grato y la sonrisa
De la Divinidad! No de tus campos
Me arrebate otra vez el hado fiero.
Lúzcame ¡ay! en tu cielo el sol postrero.

¡Oh! ¡con cuánto placer, amada mía,
Sobre el modesto techo que nos cubre
Caer oímos la tranquila lluvia,
Y escuchamos del viento los silbidos,
Y del distante Océano los bramidos!

Llena mi copa con dorado vino,
Que los cuidados y el dolor ahuyenta:
Él, adorada, a mi sedienta boca
Muy más grato será de ti probado,
Y a tus labios dulcísimos tocado.

Junto a ti reclinado en muelle asiento,
En tus rodillas pulsaré mi lira,
Y cantaré feliz mi amor, mi patria,
De tu rostro y de tu alma la hermosura,
Y tu amor inefable y mi ventura.


NIÁGARA


Templad mi lira, dádmela, que siento
En mi alma estremecida y agitada
Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
En tinieblas pasó, sin que mi frente
Brillase con su luz...! Niágara undoso,
Tu sublime terror sólo podría
Tornarme el don divino, que ensañada
Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, calla
Tu trueno aterrador: disipa un tanto
Las tinieblas que en torno te circundan;
Déjame contemplar tu faz serena,
Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
Yo digno soy de contemplarte: siempre
Lo común y mezquino desdeñando,
Ansié por lo terrífico y sublime.

Al despeñarse el huracán furioso,
Al retumbar sobre mi frente el rayo,
Palpitando gocé: vi al Oceano,
Azotado por austro proceloso,
Combatir mi bajel, y ante mis plantas
Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro.
Mas del mar la fiereza
En mi alma no produjo
La profunda impresión que tu grandeza.

Sereno corres, majestuoso; y luego
En ásperos peñascos quebrantado,
Te abalanzas violento, arrebatado,
Como el destino irresistible y ciego.
¿Qué voz humana describir podría
De la sirte rugiente
La aterradora faz? El alma mía
En vago pensamiento se confunde
Al mirar esa férvida corriente,
Que en vano quiere la turbada vista
En su vuelo seguir al borde oscuro
Del precipicio altísimo: mil olas,
Cual pensamiento rápidas pasando,
Chocan, y se enfurecen,
Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo
Devora los torrentes despeñados:
Crúzanse en él mil iris, y asordados
Vuelven los bosques el fragor tremendo.
En las rígidas peñas
Rómpese el agua: vaporosa nube
Con elástica fuerza
Llena el abismo en torbellino, sube,
Gira en torno, y al éter
Luminosa pirámide levanta,
Y por sobre los montes que le cercan
Al solitario cazador espanta.

Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
Con inútil afán? ¿Por qué no miro
Alrededor de tu caverna inmensa
Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
Que en las llanuras de mi ardiente patria
Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
Y al soplo de las brisas del Océano,
Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo a mi pesar me viene...
Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
Ni otra corona que el agreste pino
A tu terrible majestad conviene.
La palma, y mirto, y delicada rosa,
Muelle placer inspiren y ocio blando
En frívolo jardín: a ti la suerte
Guardó más digno objeto, más sublime.
El alma libre, generosa, fuerte,
Viene, te ve, se asombra,
El mezquino deleite menosprecia,
Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas
Vi monstruos execrables,
Blasfemando tu nombre sacrosanto,
Sembrar error y fanatismo impío,
Los campos inundar en sangre y llanto,
De hermanos atizar la infanda guerra,
Y desolar frenéticos la tierra.

Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
En grave indignación. Por otra parte
Vi mentidos filósofos, que osaban
Escrutar tus misterios, ultrajarte,
Y de impiedad al lamentable abismo
A los míseros hombres arrastraban.
Por eso te buscó mi débil mente
En la sublime soledad: ahora
Entera se abre a ti; tu mano siente
En esta inmensidad que me circunda,
Y tu profunda voz hiere mi seno
De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!
¡Cómo tu vista el ánimo enajena,
Y de terror y admiración me llena!
¿Dó tu origen está? ¿Quién fertiliza
Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
¿Qué poderosa mano
Hace que al recibirte
No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;
Cubrió tu faz de nubes agitadas,
Dio su voz a tus aguas despeñadas,
Y ornó con su arco tu terrible frente.
¡Ciego, profundo, infatigable corres,
Como el torrente oscuro de los siglos
En insondable eternidad...! ¡Al hombre
Huyen así las ilusiones gratas,
Los florecientes días,
Y despierta al dolor...! ¡Ay! agostada
Yace mi juventud; mi faz, marchita;
Y la profunda pena que me agita
Ruga mi frente, de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día
Mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos...!
¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la radiosa frente.


HIMNO AL SOL



En los yermos del mar, donde habitas,
Alza ¡oh Musa! tu voz elocuente:
Lo infinito circunda tu frente,
Lo infinito sostiene tus pies.
Ven: al bronco rugir de las ondas
Une acento tan fiero y sublime,
Que mi pecho entibiado reanime,
Y mi frente ilumine otra vez.

Las estrellas en torno se apagan,
Se colora de rosa el oriente,
Y la sombra se acoge a occidente
Y a las nubes lejanas del sur:
Y del este en el vago horizonte,
Que confuso mostrábase y denso,
Se alza pórtico espléndido, inmenso,
De oro, púrpura, fuego y azul.

¡Vedle ya...! Cual gigante imperioso
Alza el Sol su cabeza encendida...
¡Salve, padre de luz y de vida,
Centro eterno de fuerza y calor!
¡Cómo lucen las olas serenas
De tu ardiente fulgor inundadas!
¡Cuál sonriendo las velas doradas
Tu venida saludan, oh Sol!

De la vida eres padre: tu fuego
Poderoso renueva este mundo:
Aun del mar el abismo profundo
Mueve, agita, serena tu ardor.
Al brillar la feliz primavera,
Dulce vida recobran los pechos,
Y en dichosa ternura deshechos
Reconocen la magia de Amor.

Tuyas son las llanuras: tu fuego
De verdura las viste y de flores,
Y sus brisas y blandos olores
Feudo son a tu noble poder.
Aun el mar te obedece: sus campos
Abandona huracán inclemente,
Cuando en ellos reluce tu frente,
Y la calma se mira volver.

Tuyas son las montañas altivas,
Que saludan tu brillo primero,
Y en la tarde tu rayo postrero
Las corona de bello fulgor.
Tuyas son las cavernas profundas,
De la tierra insondable tesoro,
Y en su seno el diamante y el oro
Reconcentran tu plácido ardor.

Aun la mente obedece tu imperio,
Y al poeta tus rayos animan;
Su entusiasmo celeste subliman,
Y le ciñen eterno laurel.
Cuando el éter dominas, y al mundo
Con calor vivificas intenso,
Que a mi seno desciendes yo pienso,
Y alto numen despiertas en él.

¡Sol! Mis votos humildes y puros
De tu luz en las alas envía
Al Autor de tu vida y la mía
Al Señor de los cielos y el mar.
Alma eterna, doquiera respira,
Y velado en tu fuego le adoro:
Si yo mismo ¡mezquino! me ignoro,
¿Cómo puedo su esencia explicar?

A su inmensa grandeza me humillo:
Sé que vive, que reina y me ama,
Y su aliento divino me inflama
De justicia y virtud en amor.
¡Ah! si acaso pudieron un día
Vacilar de mi fe los cimientos,
Fue al mirar sus altares sangrientos
Circundados por crimen y error.


CALMA EN EL MAR



El cielo está puro,
La noche tranquila,
Y plácida reina
La calma en el mar.
En su campo inmenso
El aire dormido
La flámula inmóvil
No puede agitar.

Ninguna brisa
Llena las velas,
Ni alza las ondas
Viento vivaz.
En el oriente
Débil meteoro
Brilla y disípase
Leve, fugaz.

Su ebúrneo semblante
Nos muestra la luna,
Y en torno la ciñe
Corona de luz.
El brillo sereno
Argenta las nubes,
Quitando a la noche
Su pardo capuz.

Y las estrellas,
Cual puntos de oro,
En todo el cielo
Vense brillar.
Como un espejo
Terso, bruñido,
Las luces trémulas
Refleja el mar.

La calma profunda
De aire, mar y cielo,
Al ánimo inspira
Dulce meditar.
Angustias y afanes
De la triste vida,
Mi llagado pecho
Quiere descansar.
Astros eternos,
Lámparas dignas,
Que ornáis el templo
Del Hacedor;
Sedme la imagen
De su grandeza,
Que lleve al ánimo
Santo pavor.

¡Oh piloto! la nave prepara:
A seguir tu derrota dispónte,
Que en el puro lejano horizonte
Se levanta la brisa del sur;
Y la zona que oscura lo ciñe,
Cual la luz presurosa se tiende,
Y del mar, cuyo espejo se hiende,
Muy más bello parece el azul.


AL OCÉANO



¡Qué! ¡De las ondas el hervor insano
Mece por fin mi lecho estremecido!
¡Otra vez en el Mar!... Dulce a mi oído
Es tu solemne música, Oceano.
¡Oh! ¡cuántas veces en ardientes sueños
Gozoso contemplaba
Tu ondulación, y de tu fresca brisa
El aliento salubre respiraba!
Elemento vital de mi existencia,
De la vasta creación mística parte,
¡Salve! felice torno a saludarte
Tras once años de ausencia.

¡Salve otra vez! a tus volubles ondas
Del triste pecho mío
Todo el anhelo y esperanza fío.
A las orillas de mi fértil patria
Tú me conducirás, donde me esperan
Del campo entre la paz y las delicias,
Fraternales caricias,
Y de una madre el suspirado seno.

¡Me oyes, benigno Mar! De fuerza lleno,
En el triste horizonte nebuloso,
Tiende sus alas aquilón fogoso,
Y las bate: la vela estremecida
Cede al impulso de su voz sonora,
Y cual flecha del arco despedida,
Corta las aguas la inflexible prora.
Salta la nave, como débil pluma,
Ante el fiero aquilón que la arrebata
Y en torno, cual rugiente catarata,
Hierven montes de espuma.

¡Espectáculo espléndido, sublime
De rumor, de frescura y movimiento:
Mi desmayado acento
Tu misteriosa inspiración reanime!
Ya cual mágica luz brillar la siento:
Y la olvidada lira
Nuevos tonos armónicos suspira.
Pues me torna benéfico tu encanto
El don divino que el mortal adora,
Tuyas, glorioso Mar, serán ahora
Estas primicias de mi nuevo canto.

¡Augusto primogénito del Caos!
Al brillar ante Dios la luz primera,
En su cristal sereno
La reflejaba tu cerúleo seno:
Y al empezar el mundo su carrera,
Fue su primer vagido,
De tus hirvientes olas agitadas
El solemne rugido.

Cuando el fin de los tiempos se aproxime,
Y al orbe desolado
Consuma la vejez, tú, Mar sagrado,
Conservarás tu juventud sublime.
Fuertes cual hoy, sonoras y brillantes,
Llenas de vida férvida tus ondas,
Abrazarán las playas resonantes
-Ya sordas a tu voz-, tu brisa pura
Gemirá triste sobre el mundo muerto,
Y entonarás en lúgubre concierto
El himno funeral de la Natura.

¡Divino esposo de la Madre Tierra!
Con tu abrazo fecundo,
Los ricos dones desplegó que encierra
En su seno profundo.
Sin tu sacro tesoro inagotable,
De humedad y de vida,
¿Qué fuera? -Yermo estéril, pavoroso,
De muerte y aridez sólo habitado.

Suben ligeros de tu seno undoso
Los vapores que, en nubes condensados
Y por el viento alígero llevados,
Bañan la tierra en lluvias deliciosas,
Que al moribundo rostro de Natura
Tornando la frescura,
Ciñen su frente de verdor y rosas.

¡Espejo ardiente del sublime cielo!
En ti la luna su fulgor de plata
Y la noche magnífica retrata
El esplendor glorioso de su velo.
Por ti, férvido Mar, los habitantes
De Venus, Marte, o Júpiter, admiran
Coronado con luces más brillantes
Nuestro planeta, que tus brazos ciñen,
Cuando en tu vasto y refulgente espejo
Mira el Sol de su hoguera inextinguible
El áureo, puro, vívido reflejo.

¿Quién es, sagrado Mar, quién es el hombre
A cuyo pecho estúpido y mezquino
Tu majestosa inmensidad no asombre?
Amarte y admirar fue mi destino
Desde la edad primera:
De juventud apasionada y fiera
En el ardor inquieto,
Casi fuiste a mi culto noble objeto.
Hoy a tu grata vista, el mal tirano
Que me abrumaba, en dichoso olvido
Me deja respirar. Dulce a mi oído
es tu solemne música, Oceano.


VANIDAD DE LAS RIQUEZAS



Si la pálida muerte se aplacara
Con que yo mis riquezas le ofreciera,
Si el oro y plata para sí quisiera,
Y a mí la dulce vida me dejara;

¡Con cuánto ardor entonces me afanara
Por adquirir el oro, y si viniera
A terminar mis días la Parca fiera,
Cuán ufano mi vida rescatara!

Pero ¡ah! no se libertan de su saña
El hombre sabio, el rico ni el valiente:
En todos ejercita su guadaña.

Quien se afana en ser rico no es prudente:
Si en que debe morir nadie se engaña,
¿Para qué trabajar inútilmente?


AL POPOCATEPETL



Tú que de nieve eterna coronado
Alzas sobre Anahuac la enorme frente,
Tú de la indiana gente
Temido en otro tiempo y venerado,
Gran Popocatepetl, oye benigno
El saludo humildoso
Que trémulo mi labio te dirige.
Escucha al joven, que de verte ansioso
Y de admirar tu gloria, abandonara
El seno de Managua delicioso.

Te miro en fin: tus faldas azuladas
Contrastan con la nieve de tu cima,
Cual descuellas encima
De las cándidas nubes que apiñadas
Están en torno de tu firme asiento:
En vano el recio viento
Apartarlas intenta de tu lado.

¡Cuál de terror me llena
El boquerón horrendo, do inflamado
Tu pavoroso cóncavo respira!
¡Por donde ardiendo en ira
Mil torrentes de fuego vomitabas,
Y el fiero tlascalteca
El ímpetu temiendo de tus lavas,
Ante tu faz postrado
Imploraba lloroso tu clemencia!

¡Cuán trémulo el cuitado
¡Quedábase al mirar tu seno ardiente
Centellas vomitar, que entre su gente
Firmísimos creían
Ser almas de tiranos,
Que a la tierra infeliz de ti venían!

Y llegará tal vez el triste día
En que del Etna imites los furores,
Y con fuertes hervores
Consigas derretir tu nieve fría,
Que en torrentes bajando
El ancho valle inunde,
Y destrucción por él vaya sembrando.

O bien la enorme espalda sacudiendo
Muestres tu horrible seno cuasi roto,
Y en fuerte terremoto
Vayas al Anahuac estremeciendo,
Y las grandes ciudades
De tu funesta cólera al amago,
Con miserable estrago
Se igualen a la tierra en su ruina,
Y por colmo de horrores
Den inmenso sepulcro
A sus anonadados moradores...

¡Ah! ¡nunca, nunca sea!
¡Nunca, oh sacro volcán, tanto te irrites!
Lejos de mí tan espantosa idea.

A tu vista mi ardiente fantasía
Por edades y tiempos va volando,
Y se acerca temblando
A aquel funesto y pavoroso día
En que Jehová con mano omnipotente
La ruina de la tierra decretara.

El Aquilón soberbio
Bramando con furor amontonara
Inmensidad de nubes tempestuosas,
Que con su multitud y su espesura
La brillantez del sol oscurecieron:
Cuando sus senos húmedos abrieron
El espumoso mar se vio aumentado,
Y entrando por la tierra presuroso,
Imaginó gozoso
A su imperio por siempre sujetarla.

Los hombres aterrados
A los enhiestos árboles subían,
Mas allí no perdían
Su pánico terror: pues el Océano
Que fiero se estremece
Temiendo que la tierra se le huye,
A todos los destruye
En el asilo mismo que eligieron.

Acaso dos monarcas enemigos
Que en pos corriendo de funesta gloria,
Sobrados materiales a la historia
En bárbaros combates preparaban,
Al ver entonces el terrible aspecto
De la celeste cólera, temblaron:
En un sagrado templo guarecidos,
De palidez cubiertos se abrazaron,
Y al punto sofocaron
Sus horrendos rencores en el pecho.

Pero en el templo mismo
Los furores del mar les alcanzaban
Que con ellos y su odio sepultaban
Su reconciliación y su memoria.

Revueltos entre sí los elementos,
Su terrible desorden anunciaba
Que el airado Criador sobre la tierra
El peso de su cólera lanzaba.

Tú entonces, del volcán genio invencible.
El ruido de las ondas escuchaste,
Y al punto demostraste
Tu sorpresa y tu cólera terrible.
Cual sacude el anciano venerable
Su luenga barba y cabellera cana,
Tal tú con furia insana
La nieve sacudiste que te adorna,
Y humo y llamas ardientes vomitando,
Airado alzaste la soberbia frente,
Y tembló fuertemente
La tierra, aunque cubierta de los mares.

Entonces dirigiste
A la ondas la voz, y así dijiste:
"¿Quién ha podido daros
Suficiente osadía,
Para que a vista mía
Mi imperio profanéis de aqueste modo?
Volved atrás la temeraria planta,
Y no intentéis osadas
Penetrar mis mansiones, visitadas
Sólo del aire vagaroso y puro".

Así dijiste, y de su seno oscuro
Con horrible murmurio respondieron
Las ondas a tu voz, y acobardadas
Al llegar a tus nieves eternales
Con respetuoso horror se detuvieron.
De espumas y cadáveres hinchadas,
Mil horribles despojos arrastrando
Hasta tu pie venían,
Y humildes le besaban,
Y allí la furia horrenda contenían.

Jehová entonces su mano levantando,
Dio así nuevos esfuerzos a las ondas,
Que súbito se hincharon,
Y a pesar de tu rabia y tus bramidos
A tus senos ardientes se lanzaron.

Mas aun allí tu cólera temían,
Pues de tu ardiente cráter arrojadas,
Y en vapor transformadas,
Vencer tu resistencia no podían.

Pero Jehová contuvo tus furores,
Y sobre tu cabeza
Con inmortal, divina fortaleza
Aglomeró las ondas espumosas.

Viéndote ya vencido
Por el mar protegido de los cielos,
En tu seno más hondo y escondido
Los fuegos inextintos ocultaste,
Con que tu claro imperio recobraste
Pasados los furores del diluvio.

En tanto de tus senos anegados
Un negro vapor sube,
Que alzando al éter columnosa nube,
Al universo anuncia
Los estragos del húmedo elemento,
De Jehová la venganza y la alta gloria,
Su tan fácil victoria,
Y tu debilidad y abatimiento.

Después de la catástrofe horrorosa
Luengos siglos pasaste sosegado,
Temido y venerado
De la insigne Tlaxcala belicosa.
Jamás humana planta
Las nieves de tu cima profanara.

Mas ¿qué no pudo hacer entre los hombres
la ansia fatal de eternizar sus nombres?
Mira tu faz el español osado,
Y temerario intenta
Penetrar tus misterios escondidos.
El intrépido Ordaz se te presenta,
Y a tu nevada cúspide se arroja.

En vano con bramidos
Le quisiste arredrar; entonce airado
Ostentas tu poder. Con mano fuerte
Procuras de tu espalda sacudirle,
Y haciéndole temer próxima muerte,
Por los aires despides
Mil y mil trozos de tu duro hielo,
Y amenazas con llamas abrasarle,
Y le encubres el cielo
Y la lejana tierra
Con pómez y volcánica ceniza
Que a fuer de lluvia bajo sí le entierra.

Mas él, siempre animoso,
Ve tu furor con ánimo sereno:
Holla tu nieve, y desde tu ancha boca
Mira con ansia tu hervoroso seno.

Mil victorias y mil doquier lograba
El español ejército valiente,
Pero ya finalmente
La pólvora fulmínea les faltaba.
Y su impávido jefe fabricarla
Con el azufre de tu seno quiere.

Hablara así a sus huestes el grande hombre:
"Eterno loor a aquel que se atreviere
A acometer empresa de tal nombre".
Así dice, y Montaño valeroso,
La voz de honor oyendo que le anima,
Baja a tu ardiente sima,
Y tus frutos te arranca victorioso.

¿Con fuerza te estremeces? ¡ah! yo creo
Que a cólera mi labio te provoca.
De tu anchurosa boca
Humo y sulfúrea llama salir veo.
¿Qué? ¿me quieres decir fiero y airado
Que sólo he numerado
Los terribles ultrajes que has sufrido?

Basta, basta, oh volcán; ya temeroso
El torpe labio sello;
Pero escucha mis súplicas piadoso:
No quieras despiadado
Ser más temido siempre que admirado.
Jamás enorme piedra
De tus senos lanzada
Llene de espanto al labrador vecino;
Jamás lleve tu lava su camino
A su fértil hacienda,
Ni derribes su rústica vivienda
Con tus fuertes y horribles convulsiones;
Que el inextinto fuego
Que en tu seno se guarda
Para siempre jamás quede en sosiego.


EN EL TEOCALLI DE CHOLULA



¡Cuánto es bella la tierra que habitaban,
Los aztecas valientes! En su seno
En una estrecha zona concentrados,
Con asombro se ven todos los climas
Que hay desde el Polo al Ecuador. Sus llanos
Cubren a par de las doradas mieses
Las cañas deliciosas. El naranjo
Y la piña y el plátano sonante,
Hijos del suelo equinoccial, se mezclan
A la frondosa vid, al pino agreste,
Y de Minerva el árbol majestoso.

Nieve eternal corona las cabezas
De Iztaccihual purísimo, Orizaba
Y Popocatepetl, sin que el invierno,
Toque jamás con destructora mano
Los campos fertilísimos, do ledo
Los mira el indio en púrpura ligera
Y oro teñirse, reflejando el brillo
Del sol en occidente, que sereno
En yelo eterno y perennal verdura
A torrentes vertió su luz dorada,
Y vio a Naturaleza conmovida
Con su dulce calor hervir en vida.

Era la tarde; su ligera brisa
Las alas en silencio ya plegaba,
Y entre la hierba y árboles dormía,
Mientras el ancho sol su disco hundía
Detrás de Iztaccihual. La nieve eterna,
Cual disuelta en mar de oro, semejaba
Temblar en torno de él; un arco inmenso
Que del empíreo en el cenit finaba,
Como espléndido pórtico del cielo,
De luz vestido y centellante gloria,
De sus últimos rayos recibía
Los colores riquísimos. Su brillo
Desfalleciendo fue; la blanca luna
Y de Venus la estrella solitaria
En el cielo desierto se veían.
¡Crepúsculo feliz! Hora más bella
Que la alma noche o el brillante día,
¡Cuánto es dulce tu paz al alma mía!

Hallábame sentado en la famosa
Cholulteca pirámide. Tendido
El llano inmenso que ante mí yacía,
Los ojos a espaciarse convidaba.
¡Qué silencio! ¡Qué paz! ¡Oh! ¿Quién diría
Que en estos bellos campos reina alzada
La bárbara opresión, y que esta tierra
Brota mieses tan ricas, abonada
Con sangre de hombres, en que fue inundada
Por la superstición y por la guerra...?

Bajó la noche en tanto. De la esfera
El leve azul, oscuro y más oscuro
Se fue tornando; la movible sombra
De las nubes serenas, que volaban
Por el espacio en alas de la brisa,
Era visible en el tendido llano.

Iztaccihual purísimo volvía
Del argentado rayo de la luna
El plácido fulgor, y en el oriente,
Bien como puntos de oro centellaban
Mil estrellas y mil... ¡Oh! ¡Yo os saludo,
Fuentes de luz, que de la noche umbría
Ilumináis el velo,
Y sois del firmamento poesía!

Al paso que la luna declinaba,
Y al ocaso fulgente descendía,
Con lentitud la sombra se extendía
Del Popocatepetl, y semejaba
Fantasma colosal. El arco oscuro
A mí llegó, cubrióme, y su grandeza
Fue mayor y mayor, hasta que al cabo
En sombra universal veló la tierra.

Volví los ojos al volcán sublime,
Que velado en vapores transparentes,
Sus inmensos contornos dibujaba
De occidente en el cielo.
¡Gigante del Anáhuac! ¿Cómo el vuelo
De las edades rápidas no imprime
Alguna huella en tu nevada frente?

Corre el tiempo veloz, arrebatando
Años y siglos, como el norte fiero
Precipita ante sí la muchedumbre
De las olas del mar. Pueblos y reyes
Viste hervir a tus pies, que combatían
Cual hora combatimos, y llamaban
Eternas sus ciudades, y creían
Fatigar a la tierra con su gloria.

Fueron: de ellos no resta ni memoria.
¿Y tú eterno serás? Tal vez un día
De tus profundas bases desquiciado
Caerás; abrumará tu gran ruina
Al yermo Anáhuac; alzaránse en ella
Nuevas generaciones, y orgullosas,
Que fuiste negarán...

Todo parece
Por ley universal. Aun este mundo
Tan bello y tan brillante que habitamos,
Es el cadáver pálido y deforme
De otro mundo que fue...

En tal contemplación embebecido
Sorprendióme el sopor. Un largo sueño
De glorias engolfadas y perdidas
En la profunda noche de los tiempos,
Descendió sobre mí. La agreste pompa
De los reyes aztecas desplegóse
A mis ojos atónitos. Veía
Entre la muchedumbre silenciosa
De emplumados caudillos levantarse
El déspota salvaje en rico trono,
De oro, perlas y plumas recamado;
Y al son de caracoles belicosos
Ir lentamente caminando al templo
La vasta procesión, do la aguardaban
Sacerdotes horribles, salpicados
Con sangre humana rostros y vestidos.

Con profundo estupor el pueblo esclavo
Las bajas frentes en el polvo hundía,
Y ni mirar a su señor osaba,
De cuyos ojos férvidos brotaba
La saña del poder.

Tales ya fueron
Tus monarcas, Anáhuac, y su orgullo,
Su vil superstición y tiranía
En el abismo del no ser se hundieron.

Sí, que la muerte, universal señora,
Hiriendo a par al déspota y esclavo,
Escribe la igualdad sobre la tumba.
Con su manto benéfico el olvido
Tu insensatez oculta y tus furores
A la raza presente y la futura.

Esta inmensa estructura
Vio a la superstición más inhumana
En ella entronizarse. Oyó los gritos
De agonizantes víctimas, en tanto
Que el sacerdote, sin piedad ni espanto,
Les arrancaba el corazón sangriento;
Miró el vapor espeso de la sangre
Subir caliente al ofendido cielo,
Y tender en el sol fúnebre velo,
Y escuchó los horrendos alaridos
Con que los sacerdotes sofocaban
El grito del dolor.

Muda y desierta
Ahora te ves, pirámide. ¡Más vale
Que semanas de siglos yazcas yerma,
Y la superstición a quien serviste
En el abismo del infierno duerma!
A nuestros nietos últimos, empero,
Sé lección saludable; y hoy al hombre
Que ciego en su saber fútil y vano
Al cielo, cual Titán, truena orgulloso,
Sé ejemplo ignominioso
De la demencia y del furor humano.


Los conquistadores


Como halcones que escapan de sus antros natales,
fatigados de empresas altivas y mezquinas,
partieron desde Palos las gentes colombinas
embriagadas de sueños épicos y brutales.

Iban a conquistar los preciosos metales
que el remoto Cipango maduraba en sus minas,
mas llevaban sus velas las ráfagas marinas
hacia los misteriosos mundos occidentales.

Cada tarde, esperando futuros heroísmos,
fosforecentes mares del Trópico, abrasados,
encantaban sus sueños con claros espejismos.

O, absortos en la proa de las embarcaciones,
miraban ascender a cielos ignorados
del fondo del océano nuevas constelaciones.



El olvido


Los escombros del templo, sobre el alta colina,
yacen. Y en este erial, entre ramas fragosas,
los broncíneos héroes y marmóreas diosas
bajo el yugo cayeron de la muerte divina.

Al abrevar los bueyes, entona en su bocina
el pastor un antiguo cantar; y en las brumosas
tinieblas, se destacan sus formas prodigiosas
sobre el negro horizonte de la calma marina.

Cara a los viejos dioses, en primavera, siente
la tierra maternal cómo es fútil su canto,
y hace brotar del roto capitel otro acanto.

Mas al sueño ancestral el hombre indiferente
oye impasible, en medio de las noches serenas,
al mar que se acongoja llorando a las sirenas.


Estinfalia



Y aves mil, asu paso, por entre los fangales,
aquí y allá, del valle donde el héroe posa,
al escaparse en brusca ráfaga premurosa
agitaban en lúgubres lagos ondas letales.

Otras, cuando cruzaban los negros matorrales,
la frente acariciaron que en Onfalia reposa,
cuando ajustando al nervio la flecha victoriosa
el arquero divino traspasó los juncales.

De las nubes atónitas que de entonces horada,
y por rayos mortíferos de fuego coronada,
llovió una lluvia horrible con estridente grito.
Por fin el sol miró, detrás de los jirones
en que el arco del héroe trocó los nubarrones,
a Hércules sangrante sonriendo al infinito.


miércoles, 2 de enero de 2019

POEMAS DE CELIA THAXTER


Resultado de la imagen para CELIA THAXTER

(29 de junio de 1835, Portsmouth, Nuevo Hampshire, Estados Unidos - 25 de agosto de 1894, Appledore Island, Maine, Estados Unidos)

EL arrepentimiento 

Suavemente la muerte la tocó y ella falleció.
Fuera de este mundo alegre y brillante ella hizo más justa,
Dulce como las flores de manzana, cuando en mayo.
Los huertos al ras, de verano se hacen conscientes.

Toda esa belleza fresca y delicada desapareció de la vista.
¡Esa suave y graciosa presencia ya no se sentía!
¿Cómo se debe vaciar de alegría la casa?
¡Qué sombras en el umbral pasó por delante!

Ella me amaba Seguramente estuve agradecido, aún
No pude devolverle todo lo que me dio,
Siempre lo pienso con vano arrepentimiento,
Reflexionando sobre un verano junto al mar;

Recordando tropas de chicas alegres que presionaban.
Sobre mí, - brazos pegados y ojos tiernos,
Y el amor, como el aroma de las rosas. Con los demas
Ella vino a llenar mi corazón con nueva sorpresa.

El día que los dejé a todos y zarpé,
Mientras se encuentra el mar en calma, bajo el suave cielo gris
Se despidieron, ella me siguió, para decir.
Sin embargo, una vez más, su anhelante y dulce "adiós".

En la proa del barco, ella se inclinó; su vestido verde claro
Barrido sobre el esquife en un pliegue agraciado,
Su rostro resplandeciente, brillante con una muda caricia,
Coronada con su hermoso cabello de oro vago:

Y las lágrimas cayeron en la salmuera de cristal.
Para mí, indigno, como nos movimos lentamente
Libre del amarre. Su última mirada fue mía.
Buscándome todavía la multitud abigarrada entre.

Oh tierna memoria de los muertos que tengo.
Tan precioso a través del traste y cambio de años.
Si viviera hasta que el tiempo se hiciera viejo,
El mar triste estaría más triste por esas lágrimas. 


Las tumbas de los españoles 

Oh marineros, los dulces ojos te cuidaron 
¿El día que navegaste lejos de la soleada España?
Ojos brillantes que siguieron a la nave y la tripulación desvanecidas,
Derritiéndose en la tierna lluvia?

¿Nadie soñaba con esa noche tan triste?
Salvaje con el viento, feroz con la nieve punzante,
Cuando en el punto de granito que molesta el mar,
¿El barco recibió su golpe de muerte?

Hace cincuenta largos años murieron estos marineros:
(Ninguno sabe cuántos duermen bajo las olas)
Catorce lápidas grises, que se levantan de lado a lado,
Señalar sus tumbas sin nombre, -

Solitaria, desconocida, desierta, pero para mí,
Y las aves silvestres que revolotean con llanto de luto,
Y vientos más tristes, y voces del mar.
Eso gime perpetuamente.

Esposas, madres, doncellas, con nostalgia, en vano.
Cuestionó la distancia para el anhelo de la vela,
Esa inclinación hacia el interior, debería haberse estirado de nuevo.
Brazos blancos anchos en el vendaval,

Para traer de vuelta a su amada. Año tras año,
Cansados ​​miraron, hasta que la juventud y la belleza pasaron,
Y los ojos brillantes se oscurecieron y la edad se acercó,
Y la esperanza al fin estaba muerta.

Todavía el verano nace en esa tierra deliciosa,
Rico, fragante, cálido con cielos de brillo dorado:
Vive alguna de las bandas abandonadas.
¿Quién amó hace tanto tiempo?

Mujeres españolas, sobre los mares lejanos,
¿Podría mostrarte dónde reposan tus muertos?
¿Podría enviar noticias sobre esta brisa del norte?
¡Que fuertes y constantes golpes!

Queridas hermanas de ojos oscuros, aún recuerdas
Estas las has perdido, pero nunca las puedes saber.
Uno se para ante sus sombrías tumbas cuyos ojos están húmedos.
Con pensar en tu pena!
 


Thora

Ven bajo mi manto, mi amor! 
Tú pequeño noruego principal!
Ni viento, ni lluvia, ni mar ondulado.
Se enfriará o te dará miedo.

Acércate, pequeña doncella de ojos azules,
Nestle dentro de mi brazo;
Pensó que los relámpagos saltaban y los truenos sonaban,
Estaremos a salvo de cualquier daño.

Swift desde el horizonte oscuro
Las oscuras velas se deslizan por la tierra.
Mira, cómo la nube de lluvia deja caer su franja.
¡Sobre nosotros a cada lado!

Y en lo alto de nuestro arqueamiento hundido.
Rompe el spray blanco frío,
Y tormenta y tumulto llenan el aire.
Y molesta el día de verano.

Pero no temes nada, querido.
Pensó la tempestad murmurar y criar,
Aunque el viento salvaje las arroja, se encerran en sus brillantes mechones marrones
Y agita tu red de la hierba verde.

Yo les beso sabia frente ancha,
Mientras el trueno rueda tan grande;
Y tengo la curva de su adorable mejilla.
En el hueco de mi mano;

Y miro el cielo y el océano,
Y les estudio la cara gentil ...
Sus líneas de dulzura y poder,
Tu tipo de raza nórdica muy fuerte.

Y me pregunto cuál será tu vida,
Tú querido y encantador niño,
¿Quién ha viajado tan lejos en todo el mundo?
A un hogar tan solitario y salvaje.

Rudo y áspero y triste, tal vez;
Ansioso y lleno de trabajo;
Pero creo que no hay pena ni penuria.
Tu paz interior puede echarse a perder.

Por más que fortunas reales
¿Es la riqueza que tienes?
Una naturaleza perfectamente equilibrada,
Una belleza de corazón no contada.

Abrirás la puerta de la paciencia.
Cuando el perdón vendrá y llamará;
Pero a todo mal, cosa indigna.
Desearás las puertas de bloqueo rápido.

Así será bendecido tu día,
Cualquiera que sea tu suerte.
Pero lo que estoy reflexionando en silencio
No entiendes

Y alza para mí tus ojos firmes,
Tranquilo como si el cielo mirara a través.
Hacer todas las doncellas en noruega
¿Tienes los ojos tan claros y azules?

Mira, querida, dónde, en la distancia,
La nube se rompe en el cielo,
Y deja caer un rayo de sol.
¡Donde están nuestras islas lejanas!

Blancas brillan, y el mar brilla.
Y la plata brilla la espuma.
Un poco de espacio, y nuestro ancla cae.
En el remanso del amor y del hogar! 


Solo

Los lirios agrupados justos y altos;
Me paré fuera de la pared del jardín;
Vi su ligera bata brillando a través de
El fragante atardecer y el rocío de la tarde.

Se detuvo pálida sobre los lirios;
En el claro este, la luna navegó;
La vi doblar su encantadora cabeza
En sus rosas ricas se sonroja.

Su mano esbelta acarició las flores,
Su toque las flores inconscientes bendecido;
La rosa contra su palma perfumada.
Inclinó su suave mejilla en calma dichosa.

Hubiera dado mi alma por ser
¡Esa rosa la tocó con tanta ternura!
Me quedé solo, fuera de la puerta,
Y supo que la vida estaba desolada. 


Una cita

De la desolación del norte.
Un iceberg se lo llevó,
A partir de sus camaradas detenidos brotan,
Y viajando día y noche.

¿A quién mando? Quien lo mandó navegar el profundo.
¿Con esa fuerza sin resistencia?
¿Quién hizo la temida cita que debe cumplir?
¿Quién trazó su horrible rumbo?

A los cálidos aires que agitan el dulce sur,
Un buen barco extendió sus velas;
Majestuosamente ella pasó más allá de la boca del puerto,
Perseguido por los vientos favorables;

Y en sus amplias cubiertas una multitud feliz.
Se despidió de la tierra justa;
Claro brilló el día, sin una sola nube.
En todo el cielo pacífico.

Hombres valientes, mujeres dulces, niños pequeños brillantes.
Por todo esto hizo lugar,
Y con su carga de belleza y encanto.
Ella fue a encontrarse con su perdición.

Tormentas azotaron el iceberg, se roció con spray
A través de su altura más alta;
Guiado por igual por la tormenta y la calma, se mantuvo.
Su camino fatal derecho.

Luego olas más cálidas roían su desmoronada base,
Como si en una súplica lamentable;
El ardiente sol lanzó lentas lágrimas por su rostro.
Suavemente fluye hacia el mar.

Dawn la besó con sus tiernos tonos rosados. Víspera
Lo bañé en violeta,
El color melancólico que parecía llorar.
Con un arrepentimiento divino.

Si el día revestido sus hendiduras en arco iris se atenúan
Y sombrío como un sueño.
O Noche a través de espacios solitarios lo vimos nadar.
Blanco a la luz de la luna,

Siempre la muerte cabalgó sobre sus solemnes alturas,
Siempre mantuvo su reloj;
Frío en su corazón a través del cambio de días y noches.
Su propósito inmutable durmió.

Y donde a lo lejos pasaba una costa sonriente,
En seguida el aire se enfrió;
Los habitantes percibieron una explosión amarga,
Un informe vago de los enfermos.

Como una criatura imperial, moviéndose lento,
Mientras tanto, con gracia inigualable,
La majestuosa nave, inconsciente de su enemigo,
Dibujó cerca del lugar de la cita.

Porque todavía las brisas prósperas la seguían,
Y la mitad del viaje había terminado;
En muchos senos empezaron a agitarse pensamientos alegres.
De las tierras que yacían antes.

Y los corazones humanos con amor anhelante eran mudos.
Que pronto deje de latir,
Emocionado con la esperanza de las reuniones que vendrán pronto,
Y perdida en recuerdos dulces.

¿No era ancho el desecho de agua de soldadura?
¿Suficiente para que ambos naveguen?
Lo que atrajo a los dos juntos sobre la marea,
Feria de la nave y iceberg pálido?

Llegó una noche sin luna ni estrella,
Las nubes cubrían el cielo de negro;
Con lienzo revoloteando reefed en cada spar,
Y fuego extraño en su pista,

El barco siguió avanzando; un viento salvaje que se acumula rápido
La condujo a la máxima velocidad.
Valientemente, ella se inclinó ante la inestable explosión.
Eso la sacudió como una caña.

0 timonel, gira tu rueda! No habrá conjetura
¿Escucharse a través del sueño de la medianoche?
No hay aviso de la horrible sorpresa.
¿Alcanzar tu oído inconsciente?

Ella se precipitó sobre su ruina. No es un flash
Rompió la oscuridad esperando;
Dully a través del viento y el mar un terrible accidente
Sonó, con ninguno para marcar.

Apenas su tripulación tuvo tiempo de aferrarse a la desesperación.
Tan rápido que se hizo el trabajo:
Antes de que sus labios pálidos pudieran enmarcar una oración sin palabras,
Ellos perecieron, cada uno! 


Karen

En su rueda baja pintoresca se sienta a girar,
Dibujando hábilmente los rollos largos y ligeros.
De lana cardada a través de sus buscadores delgados,
Junto a la chimenea en las islas de los bajíos.

Ella no es bonita, no es joven.
La pobre añorosa Karen, que se sienta y gira,
Tarareando una canción en su lengua,
Eso vacila y se detiene, y de nuevo comienza,

Mientras su rueda vuela rápido, con su zumbido somnoliento,
Y ella hace un cuadro de gracia pensativa.
Como pensamientos de su amada Noruega vienen
Y profundizar las sombras en su rostro.

Su cuello es blanco como la nieve a la deriva,
Y ella giró y tejió bien su vestido azul.
Con esas manos ocupadas. Mira, un resplandor revoloteando.
Hace que su pálida mejilla arda y sus ojos oscuros brillen!

Te dejé un amante en esa tierra lejana,
Oh, Karen triste, ¿por qué pinas tanto?
¿Podría desentrañar y entender?
¡Esa triste y dulce canción noruega!

Cuando soplaba el viento de primavera, el "viento de América"
Como su gente lo llama, eso se lleva lejos.
Sus jóvenes y doncellas un hogar para encontrar.
En este lejano país, ¿no podrías quedarte?

Y vive en esa querida Noruega todavía,
Y que la multitud emigrante navegue hacia el oeste.
¿Sin Ti? Bueno, has tenido tu voluntad.
¿Por qué volarías desde tu nido de refugio?

Oh nena, Karen, escúchame:
No eres joven y no eres justo,
Pero Waldemar nadie más puede ver,
Porque él lleva tu imagen a todas partes.

¿Es él un amante demasiado joven para ti?
¿Con toda su alma en sus ojos azules francos?
¿Te finge inconsciente? Es verdad
¿No sabes que su corazón en tu mano tranquila está?

Guapo y gentil y bueno es él;
Te ama, Karen, mejor que la vida;
Pero consideralo, no puedes ver
¿Qué mujer feliz sería su esposa?

¿No estarás feliz? ¿No puedes estar contento?
¿Todavía tienes que llorar por esa casa lejos?
Bueno, aquí está el final de una esperanza que tenía,
¡Y lo siento por Waldemar! 


Invitados

Girasol alto y malva, esa ola en el
viento juntos
Flor de maíz, amapola y caléndula, floreciendo.
justo y bien
Delicados chícharos que brillan en la tranquilidad.
clima otoñal
Mientras que sobre la cerca, en el fuego con la flor,
Sube a la enredadera de capuchina!

Pintoresco y pequeño desierto de flores, rezagado.
aquí y allá
glorias de la mañana enredadas sobre el larkspur
ido a la semilla,
Corredores escarlata que estallan todos los límites, y wan
Der, el cielo sabe dónde.
Y lilas puntas de bergamota, tan gruesas como cualquier otra.
hierba.

Y oh, las abejas y las mariposas, las humillas.
pajareras y gorriones,
Que sobre el jardín flaquean y gorjean.
revolotea el día vivo!
Colibríes, que se lanzan al sol como el verde.
y flechas de oro,
Mariposas como flores sueltas desperdiciadas por
El viento en juego.

Mira la flor de capuchina roja, inclinada,
flexión y balanceo;
Fuera de la humilde abeja con bandas de oro se rompe y
¡Vuelve a florecer!
Oye, lo que los gorriones de voz dulce
bajo a sí mismos están diciendo,
Picoteando mi avena dorada donde las flores de maíz
brilla tan azul!

Bienvenido, mil veces bienvenido, querida
y vecinos delicados -
Pájaro y abeja y mariposa, y colibrí
hada bien!
Estoy orgulloso de ofrecerte un campo para tu gracia.
trabajos completos;
Toda la miel y todas las semillas son tuyas en
este jardín mío.

Me siento en la puerta y te observo. Más allá
se encuentra el océano infinito,
Chispeante, reluciente, susurrando, meciéndose.
descansar;
Y el mundo está lleno de perfume y color.
hermoso movimiento
Y cada nueva hora de este dulce día el
Parece más feliz y mejor. 



martes, 1 de enero de 2019

POEMAS DE MANOLO CUADRA


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(9 de agosto de 1907, Granada, Nicaragua - 14 de noviembre de 1957, Managua, Nicaragua)

DECIRES AL INDIO QUE BUSCABA TRIGO

         YO SÉ que me andas buscando
        por lo que antaño digo:
        que por un grano de trigo
        tus hijos están llorando.
        Y me pregunto hasta cuando
        lo encontrarán, indio amigo.
        E interrogándome sigo
        y me sigo interrogando.
        Si por um grano de trigo
        tus hijos están llorando,
        seguiré siempre cantando
        y sé, indio, lo que digo.
        Pues mientras me andas buscando
        el trigo, el bendito trigo,
        sigue, indio, germinando,
        em mis cantares, conmigo.
        ¡Con mis cantares, cantando,
        trigo, indio, estoy sembrando!
          (Managua, 1944)


                POEMA A HACHAZOS

                  A Octavio A. Caldera
         LOS DÉSPOTAS nos atan los pies y las manos
        y traban nuestros dientes con alambre
        porque los impotentes sienten miedo de la palabra.
        Com nosotros barren el suelo de las ciudades,
        entaponan las letrinhas y nos sumergen en las cloacas.
        Pero este será el año de los grandes milagros.
        Porque la libertad no está em la letra de imprenta,
        ni nace de diez bandidos que discuten en una mesa,
        ni viene de los carneros que mugen en el Parlamento.
        Libertad: esa palabra se aferra muy dura a nuestras
        conciencias.
        He aquí que un pobre roe su pan seco,
        he aquí que uma niña no sacia su escondido deseo,
        he aquí que muere de cólera un obrero,
        un sacerdote, un reportero.
        Pero arriba danza ebrio el dinero
        ¡y he ahí la outra cara de la moneda!
        “ Nosotros llegamos siempre tarde. Estamos tarde,
        Morrimos tarde.”
        Decid si no será esto cochino.
       Pero una gran alba se abre en nuestro camino
        porque Dios se prepara a bajar a media calle.
        Dios, que por fin se há puesto caites.
        El pan que no comemos se pudre en lejanos armarios
        y el vino hierve em las crateras lejanas.      
        Un beso, un solo beso de la mujer amada
        buscadlo ahí donde la tierra se há hecho pedazos.
        Para alcanzar la dicha siempre nos hace falta una pulgada
        y está la culpa en nuestra medrosa mirada,
        en el barniz que engaña a nuestro tacto,
        en los vergeles donde s embriaga el olfato.
        La culpa es de nuestros puercos sentidos,
        desde que nos hizo saber el señor Ministro
        que dos más dos son igual a cinco;
        por fin sabemos que dos más dos son cuatro.
        Cuando bajen al Pueblo estas simples verdades
        el mundo ha de tornarse subitamente claro
        como un cuchillo volado por el aire
        en pleno día, sobre los duros escenarios.
        
                  (Año de Guerra de 1943)

         

PERFIL


Yo soy triste como un policía
de esos que florecen en las esquinas,
con un frío glacial en el estómago
y una gran nostalgia en las pupilas.

Pero yo olvidé la clava     
y me puse el alma en la mano.

A mis pobres nervios enfermaron
tantas babosadas municipales.
Calles inexpresivas
como películas americanas.

(Los peluqueros no tienen alma,
proclama mi barba sucia).

Yo soy triste como un policía
de esos que florecen en las esquinas,
con un frío glacial en el estómago
y una gran nostalgia en las pupilas.

Pero yo olvidé el silbato
y me puse el alma en los labios.

         

ÚNICO POEMA DEL MAR


En Coconut Island,
cuando el sol se mece en las hamacas de las palmas,
miss Christine Braughtigam,
hija de una isleña puta negra
y de un viejo pirata de Holanda,
se da un baño de mar en la inmensidad de las aguas.

Su piel, de un raro color de cinamomo,
cocida a la alta presión del trópico
muchas veces, en los hornos de julio y agosto.

Su cuerpo alegre y esbelto, como el de un junco
ahumado
se irisa en las aguas de plata
entre peces de esmalte y pulpos pequeños.

Envuelta en su maillot de fuego
Christine Braughtigam se sumerge en las aguas,
¡y entonces es una brasa que se apaga!

Desde sus frescos observatorios de cocoteros
una mancha de pájaro isleños
lanza su S.O.S. de sorpresa,
porque pudiera una ola traicionera
de blanca gola con jubón celeste
—verde— llevarse a la perla de canela.

En la isla donde los cocoteros se mueven
pausadamente
esmaltando el cielo de pensamientos alegres,
Christine busca la caricia del mar afuera.
¡Quién colmara las urgencias de su sangre negra!

Desazón de los rubios y pequeños grumetes
que al maniobrar en las aguas de su vientre
despegaban de aquel muelle negro y celeste,
tristes, tristes, tristes...
¡Ay, tristes para siempre!

Fuera del agua ella es como un violinista,
sin violín y sin arco, ante el público.
Las rocas lloran lágrimas saladas,
se varan las algas en las arenas lisas
y se dicen «siento mucho» los peces lúbricos.

Fuera del agua miss Braughtigam es incompleta,
porque su elemento es este solo mar de Coconut
         Island.
Miss Braughtigam se acuna en las aguas.
Duerme a la música maternal de las palmas.

En Coconut Island,
cuando el sol se mece en sus hamacas verdes,
miss Christine Braughtigam,
hija de una isleña puta negra
y de un viejo pirata de Holanda,
entra a sus verdes potreros atlánticos
a pastorear su rebaño de pulpos y de peces.

Coconut Island,                   
donde aburro mi destierro frente al mar Atlántico
mientras arden dátiles y bananos,
y cantan los negros sus canciones esclavas,
indiferentes,
entre los cañaverales vibrantes
y el sordo rumor de las aguas.

http://www.antoniomiranda.com.br/Iberoamerica/nicaragua/nicaragua.html


República de poetas


Mi bandera pretende
como el cielo,
unir el azul y el blanco.

Equivocados los próceres
quisieron juntar abajo
lo que solamente arriba
se hermana y no siempre.

Pero algo logras, paisano,
izando el cielo en tu mástil,
¡somos un millón de hombres
con la cabeza de pájaros!


   Jardín cercado



Al fuego de mi amor estás vedada
Por los lebreles del cercado ajeno.
Rosa para mi mano no cortada.
Nunca te sorberé, dulce veneno.

Fórmula jamás cristalizada
En concreto sentido y goce pleno.
Alto muro te tiene reservada:
Tu sien palpita bien junto a otro seno.

Un hado adverso, por mi mal, lo quiso.
Ciudadela sin puente levadizo.
Barco sin pasarela, desolado.

Cuando en asirte, estúpido, me empeño,
Vuelas alta de mí, hecha de sueño,
Y estás cerca de mí, jardín cercado.


Sólo en la compañía


"En las montañas más altas de Quilalí de las Segovias,
y en las zonas mortales de estas tierra heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por la aventura
yo, Manolo Cuadra, raso número 3495,
iba
solo.

Hablan los compañeros de las coplas canallas
surgidas en la hora como una flor de alivio:
Cantinas, copas rotas, meretrices

(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle).

Yo voy como un tornillo fuera de mecanismo
diciendo a sotto vocce mis estupendas misas:
la tragedia de esta raza aborigen,
su pasado lleno de plumas y caciques,
el futuro elevado de su destino insigne.

Hoy por hoy voy de caza contra el indio furtivo
--extranjero en sus propias selvas americanas--
el que sembró cereales de esperanza
y cosechó vientos de pasión ciudadana;
el que enterró la esteva
en el abono de su campiña rica,
y vio truncarse el tallo de oro de su espiga
cuando dijo su augurio la boca de la Esfinge.

¿Y mañana?

Soplarán de los puntos cardinales
vahos vigorizantes de enviones proletarios:
algo que no sospechan las democracias:
espíritu de Rusia, cultura americana,
pues, en la misma gleba donde la bota hercúlea
tornó la arcilla estéril,
han de surgir, violentos, los estandartes nuevos.

Otra vez:

Cantinas, copas rotas, meretrices.
(Pero no me tienta la mochila,
menos la inútil precisión de mi rifle).

En las montañas más altas de Quilalí de las Segovias
y en las zonas mortales de estas tierras heroicas,
entre diez y siete compañeros estrechamente unidos por la aventura,
yo, Manolo Cuadra, indio, hijo de indios,
de pies electrizados por un amor de gleba
y ojos en los que asoma el orto de un sol nuevo,
repito que iba
solo. "