domingo, 30 de octubre de 2016

POEMAS DE AURELIO ARTURO


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(22 de febrero de 1906, La Unión - 23 de noviembre de 1974, Bogotá)


Arrullo


La noche está muy atareada 
en mecer una por una, 
tantas hojas. 
Y las hojas no se duermen 
todas. 

Si le ayudan las estrellas, 
cómo tiembla y tintinea la infinita 
comba eterna. 

¿Pero quién dormirá a tantas, 
tantas, 
si ya va subiendo el día 
por el río? 

(¿Dónde canta este país 
de las hojas 
y este arrullo de la noche 
honda?). 

Por el lado del río 
vienen los días 
de bozo dorado, 
vienen las noches 
de fino labio. 

(¿Dónde el bello país de los ríos 
que abre caminos 
al viento claro 
y al canto?) 

La noche está muy atareada 
en mecer una por una, 
tantas hojas. 
Y las hojas no se duermen 
todas. 

Si le ayudan las estrellas...
Pero hay unas más ocultas, 
pero hay unas hojas, unas 
que entrarán nunca en la noche, 
nunca. 

(¿Dónde catan este país 
de las hojas, 
y este arrullo de la noche 
honda?) 

 



Canción de amor y soledad


Como en el áureo dátil de solitaria palma,
orillas de mi predio todo el valle resuena,
tú en mi corazón, dátil amargo, tiemblas
y te inclinas desnuda, sollozo y carne trémula.

De palma en que acongojase con vago son el viento,
dátil fiel donde todos los horizontes suenan,
mi corazón es una carne tuya, tu carne,
cantando entre distancias y entre nieblas.

Tuyo es el viento y el rumor, dorados,
tuyo el canto en la noche sin palmeras,
tuyo el trémolo al fondo de los huesos,
y el palpitar oscuro de mis venas.

El país que en tus ojos vive entre parpadeos,
canta en mí con su largo sollozar innegable,
rumora en mí, y el ansia de tu boca madura,
y rumoran sin fin los valles de tu carne.
Oscura tú, y entre tu luz sin tregua,
eres un son tan hondo, tan hondo y dolorido.

Dátil maduro, dátil amargo, escucha
mi corazón al filo del viento, tu gemido,
tu gemido gozoso, tu olor de flor abierta.
Mecido en ti, lleno de ti se escucha,
y da al viento ceniza de sus gritos.




Canción de hadas


Hadas divinas hadas!
Creer en las hadas
en las rosadas, felices noches estivales,
y también en esas noches extrañas
cuando entre abismos de sombras en el silencio
del silencio
se encuentra de súbito una líquida palabra melodiosa
como una fresca agua recóndita, un agua
de dulce mirada.
¿No creer ya en las hadas?
Pero entonces... Yo creo, ciertamente,
que mi antigua haya era una reina de hadas,
y lo supe cuando en el cielo de su mirada
subían rosas ardientes y cuando su palabra
quemó mi piel sin dejar señales,
y porque en su corpiño, bajo las sedas
le palpitaban palomas blancas.

* * * 
Ahora el silencio
un silencio duro, sin manantiales,
sin retamas, sin frescura,
un silencio que persiste y se ahonda
aun detrás del estrépito
de las ciudades que se derrumban.
Y las hadas se pudren en los estanques muertos
entre algas y hojas secas
y malezas,
o se han transformado en trajes de seda
abandonados en viejos armarios que se quejan,
trajes que lucieron ciñéndose a la locura de las da
entre luces y músicas.




Canción de hojas y lejanías 


Eran las hojas, las murmurantes hojas, 
la frescura, el rebrillo innumerable, 
Eran las verdes hojas  -la célula viva, 
el instante imperecedero del paisaje-     
eran las verdes hojas que acercan en su murmullo, 
las lejanías sonoras como cordajes, 
las finas, las desnudas hojas oscilantes. 

Las hojas y el viento. 
Hojas con marino ritmo ondulaban, 
hojas con finas voces 
hablando a un mismo tiempo, y que no eran 
tantas sino una sola, palpitante 
en mil espejos de aire, inacabable 
hoja húmeda en luces, 
reina del horizonte, ágil 
avecilla saltante, picoteante por todos 
los aros del horizonte, los aros cintilantes. 

Las hojas, las bandadas de hojas, 
al borde del azul, a la orilla del vuelo. 

Eran las hojas y las murmurantes lejanías, 
las hojas y las lejanías llenas de hablas, 
las lejanías que el viento tañe como cuerdas: 
oh pentagrama, pentagrama de lejanías 
donde hojas son notas que el viento interpreta. 

En las hojas rumoraban bellos países y sus nubes. 
En las hojas murmuraban lejanías de países remotos, 
rumoraban como lluvias de verdeante alborozo, 
reían, reían lluvias de hablas clarísimas 
como aguas, hablas alegres de hadas, vocales de gozo. 

Y las lejanías tenían rumores de frondas sucesivas, 
las lejanías oían, oían lluvias que narran leyendas, 
oían lluvias antiguas. Y el viento 
traía las lejanías como trae una hoja.



Canción de la distancia


Mirarás un país turbio entre mis ojos,
mirarás mis pobres manos rudas,
mirarás la sangre oscura de mis labios:
todo es en mí una desnudez tuya.

Venía por arbolados la voz dulce
como acercando un bosque húmedo y fresco,
y una estrella caía duramente,
fija, la antigua cicatriz de un beso.

De arena parecían los cielos, y volvía
poseso del rumor que cual dos alas
me ciñó en una ronda inacabable,
me ciñó al fin la flor de tu palabra.

¿Qué rojea en la noche sino el puro
labio tuyo? y corazón, estrella y sueño,
mueve un solo vaivén que lejos fluye,
turbio como distancia y como ruego.

Tu desnudez verás en mis ojos absortos,
mirarás mi horizonte que roe una fogata,
tú, que no serás nunca sino masa de llamas,
en mi honda noche de árboles, callada.

Desnudo en mi fervor y tú en tu sangre,
es más que seda suave este silencio,
en esta noche ancha en que germina
todo y palpita todo, aromas y luceros.

Volver cuando anoche en canto y frondas
y rumia el viento que lo aleja todo:
ya no veré sino una palma muda
y el cielo, un áureo torbellino, en torno.

Volver, los cielos parecían de arena,
ha mucho, hace un instante, ha mucho tiempo;
y nadie ha de quitarme esta noche en que fuiste
larga y desnuda carne vestida de mi aliento.

Volver la senda turbia oyendo al viento
rumiar lejos, muy lejos, de los días.
Por mi canción conocerás mi valle,
su hondura en mi sollozo has de medirla.




Canción de la noche callada


En la noche balsámica, en la noche,
cuando suben las hojas hasta ser las estrellas,
oigo crecer las mujeres en la penumbra malva
y caer de sus párpados la sombra gota a gota.

Oigo engrosar sus brazos en las hondas penumbras
y podría oír el quebrarse de una espiga en el campo.

Una palabra canta en mi corazón, susurrante
hoja verde sin fin cayendo. En la noche balsámica,
cuando la sombra es el crecer desmesurado de los árboles,
me besa un largo sueño de viajes prodigiosos
y hay en mi corazón una gran luz de sol y maravilla.

En medio de una noche con rumor de floresta
como el ruido levísimo del caer de una estrella,
yo desperté en un sueño de espigas de oro trémulo
junto del cuerpo núbil de una mujer morena
y dulce, como a la orilla de un valle dormido.

Y en la noche de hojas y estrellas murmurantes
yo amé un país y es de su limo oscuro
parva porción el corazón acerbo;
yo amé un país que me es una doncella,
un rumor hondo, un fluir sin fin, un árbol suave.

Yo amé un país y de él traje una estrella
que me es herida en el costado, y traje
un grito de mujer entre mi carne.

En la noche balsámica, noche joven y suave,
cuando las altas hojas ya son de luz, eternas...

Mas si tu cuerpo es tierra donde la sombra crece,
si ya en tus ojos caen sin fin estrellas grandes,
¿qué encontraré en los valles que rizan alas breves?,
¿qué lumbre buscaré sin días y sin noches?



Canción del ayer


Un largo, un oscuro salón rumoroso 
cuyos confines parecían perderse en otra edad balsámica. 
Recuerdo como tres antorchas áureas nuestras cabezas 
                                                                              inclinadas 
sobre aquel libro viejo que rumoraba profundamente en 
                                                                                la noche. 

Y la noche golpeaba con leves nudillos en la puerta de 
                                                                                      roble. 
Y en los rincones tantas imágenes bellas, tanto camino 
soleado, bajo una leve capa de sombra luciente como 
                                                                            terciopelo. 
La voz de Saúl me era una barca melodiosa. 
Pero yo prefería el silencio, el silencio de rosas y plumas, 
de Vicente, el menor, que era como un ángel 
que hubiese escondido su par de alas en un profundo 
                                                                                  armario. 

Mas, ¿quién era esa alta, trémula mujer en el salón 
                                                                                profundo? 
¿Quién la bella criatura en nuestros sueños profusos? 
¿Quizá la esbelta beldad por quien cantaba nuestra sangre? 
¿O así, tan joven, de luz y silencio, nuestra madre? 

O acaso, acaso esa mujer era la misma música, 
la desnuda música avanzando desde el piano, 
avanzando por el largo, por el oscuro salón como en un 
                                                                                       sueño. 


(A ti lejano Esteban, que bebiste mi vino, 
te lo quiero contar, te lo cuento en humanas, míseras 
                                                                            palabras: 
Cuando estás en la sombra. Cuando tus sueños bajan 
de una estrella a otra hasta tu lecho, 
y entre tus propios sueños eres humo de incienso, 
quizá entonces comprendas, quizá sientas, 
por qué en mi voz y en mi palabra hay niebla). 


Un largo, un oscuro salón, tal vez la infancia. 
Leíamos los tres y escuchábamos el rumor de la vida, 
en la noche tibia, destrenzada, en la noche 
con brisas del bosque. Y el grande, oscuro piano, 
llenaba de ángeles de música toda la vieja casa. 


 



Canción del niño que soñaba


Ésta es la canción del niño que soñaba
caminando por el salón penumbroso
de brisa lenta que estremecía sus pequeñas alas,
y oía, afuera, entre los árboles las arpas de la noche,
y voces ¿por qué tantas voces en el silencio?

Y cuando ya en el lecho su estrella descendía
y se quedaba temblando en un rincón como un sollozo,
el niño salía por la ventana como un pajarillo
pero su cuerpo muerto se estremecía en el sueño.

Y subía a las montañas y a la nieve lunar de las montañas.
Veía landas sin luna, desiertos acuáticos
y por fin hacia el final de las sombras,
una ciudad desierta, iluminada
y como en un relato de magnificencia y catástrofes,
por las calles un solemne cortejo: un asno
paso a paso y sobre su lomo entrañas humanas,
entrañas: gruesos rubíes y topacios.

Y termina la canción porque el gallo canta
y el sueño despierta el pequeño cadáver,
y llega el alba sobre sus yeguas blancas.




 


Canción del viento


Toda la noche
sentí que el viento hablaba,
sin palabras.

Oscuras canciones del viento
que remueven noches y días que yacen 
bajo la nieve de muchas lunas, 
oh lunas desoladas,
lunas de espejos vacíos, inmensos,
lunas de hierbas y aguas estancadas, 
lunas de aire tan puras y delgadas, 
que una sola palabra
las destrozó en bandadas de palomas muertas.

La canción del viento desgarra
orlas de soles y bosques,
y allí, en ellas, hermosas muchachas ríen en el agua,
y traen en sus brazos
ramas y cortezas de días de oro
y hojas de luz naciente. 

Días antiguos,
de sol y alas,
y de viento en las ramas,
cada hoja una sílaba,
la sombra de una palabra,
palabras secretas
de fragancia y penumbra.

Pero las noches entonces son más dulces,
y mi amiga esconde las estrellas más puras
en su ternura,
y las cubre con su aliento
y con la sombra de sus cabellos,
contra su mejilla.
El viento evoca sin memoria.
Canción oscura, entrecortada.
Flor de ruina y ceniza,
de vibraciones metálicas,
durante toda la noche que envejece
de soledad y espera.

El viento ronda la casa, hablando
sin palabras,
ciego, a tientas,
y en la memoria, en el desvelo,
rostros suaves que se inclinan
y pies rosados sobre el césped de otros días,
y otro día y otra noche,
en la canción del viento que habla
sin palabras.




Canciones


Cántame tus canciones,
tus esbeltas, desnudas canciones,
esas que se visten de menudas hojas verdes
y hojas rojas,
y hojas verdidoradas,
con cortezas resinosas
y pequeñas piedras pulidas por el agua.

Cántame tus canciones:
las de los delgados cielos azules,
de las nubes azules,
de las montañas azules.

Y las otras:
las de las aguas hechizadas
que se precipitan gritando por las rocas,
y aquellas en las que bandadas de alondras
levantan la mañana.

Y la canción de los hermosos caballos,
en la que se enumeran los caballos por sus colores,
y sus nombres
y sus orígenes y linajes.

Y la canción de los pájaros, las aves
que se nombran según sus plumajes
y sus vuelos y sus melodías.

Y la canción de las lluvias,
de las lluvias inmemoriales. Y de las otras,
las frívolas y danzarinas.

Y la honda canción de las noches
que hablan doradas palabras
que rebrillan por instantes,
las pacientes noches de larga memoria.





Clima


Este verde poema, hoja por hoja,
lo mece un viento fértil, suroeste;
este poema es un país que sueña,
nube de luz y brisa de hojas verdes.

Tumbos del agua, piedras, nubes, hojas
y un soplo ágil en todo, son el canto.
Palmas había, palmas y las brisas
y una luz como espadas por el ámbito.

El viento fiel que mece mi poema,
el viento fiel que la canción impele,
hojas meció, nubes meció, contento
de mecer nubes blancas y hojas verdes.

Yo soy la voz que al viento dio canciones
puras en el oeste de mis nubes;
mi corazón en toda palma, roto
dátil, unió los horizontes múltiples.

Y en mi país apacentando nubes,
puse en el sur mi corazón, y al norte,
cual dos aves rapaces, persiguieron
mis ojos, el rebaño de horizontes.

La vida es bella, dura mano, dedos
tímidos al formar el frágil vaso
de tu canción, lo colmes de tu gozo
o de escondidas mieles de tu llanto.

Este verde poema, hoja por hoja
lo mece un viento fértil, un esbelto
viento que amó del sur hierbas y cielos,
este poema es el país del viento.

Bajo un cielo de espadas, tierra oscura,
árboles verdes, verde algarabía
de las hojas menudas y el moroso
viento mueve las hojas y los días.

Dance el viento y las verdes lontananzas
me llamen con recónditos rumores:
dócil mujer, de miel henchido el seno,
amó bajo las palmas mis canciones.




Interludio


Desde el lecho por la mañana soñando despierto,
a través de las horas del día, oro o niebla,
errante por la ciudad o ante la mesa de trabajo,
¿a dónde mis pensamientos en reverente curva?

Oyéndote desde lejos, aun de extremo a extremo,
oyéndote como una lluvia invisible, un rocío.
Sintiéndote en tus últimas palabras, alta,
siempre al fondo de mis actos, de mis signos cordiales,
de mis gestos, mis silencios, mis palabras y pausas.

A través de las horas del día, de la noche
-la noche avara pagando el día moneda a moneda-
en los días que uno tras otro son la vida, la vida
con tus palabras, alta, tus palabras, llenas de rocío,
oh tú que recoges en tu mano la pradera de mariposas.

Desde el lecho por la mañana, a través de las horas,
melodía, casi una luz que nunca es súbita,
con tu ademán gentil, con tu gracia amorosa,
oh tú que recoges en tus hombros un cielo de palomas.



sábado, 29 de octubre de 2016

POEMAS DE FEDERICO GARCÍA LORCA



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LA COGIDA Y LA MUERTE

A las cinco de la tarde. 
Eran las cinco en punto de la tarde. 
Un niño trajo la blanca sábana 
a las cinco de la tarde. 
Una espuerta de cal ya prevenida 
a las cinco de la tarde. 
Lo demás era muerte y sólo muerte 
a las cinco de la tarde.

El viento se llevó los algodones 
a las cinco de la tarde. 
Y el óxido sembró cristal y níquel 
a las cinco de la tarde. 
Ya luchan la paloma y el leopardo 
a las cinco de la tarde. 
Y un muslo con un asta desolada 
a las cinco de la tarde. 
Comenzaron los sones de bordón 
a las cinco de la tarde. 
Las campanas de arsénico y el humo 
a las cinco de la tarde. 
En las esquinas grupos de silencio 
a las cinco de la tarde. 
¡Y el toro solo corazón arriba! 
a las cinco de la tarde. 
Cuando el sudor de nieve fue llegando 
a las cinco de la tarde 
cuando la plaza se cubrió de yodo 
a las cinco de la tarde, 
la muerte puso huevos en la herida 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
A las cinco en Punto de la tarde.

Un ataúd con ruedas es la cama 
a las cinco de la tarde. 
Huesos y flautas suenan en su oído 
a las cinco de la tarde. 
El toro ya mugía por su frente 
a las cinco de la tarde. 
El cuarto se irisaba de agonía 
a las cinco de la tarde. 
A lo lejos ya viene la gangrena 
a las cinco de la tarde. 
Trompa de lirio por las verdes ingles 
a las cinco de la tarde. 
Las heridas quemaban como soles 
a las cinco de la tarde, 
y el gentío rompía las ventanas 
a las cinco de la tarde. 
A las cinco de la tarde. 
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde! 
¡Eran las cinco en todos los relojes! 
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!


  ALMA AUSENTE

No te conoce el toro ni la higuera, 
ni caballos ni hormigas de tu casa. 
No te conoce tu recuerdo mudo 
porque te has muerto para siempre.

No te conoce el lomo de la piedra, 
ni el raso negro donde te destrozas. 
No te conoce tu recuerdo mudo 
porque te has muerto para siempre.

El otoño vendrá con caracolas, 
uva de niebla y montes agrupados, 
pero nadie querrá mirar tus ojos 
porque te has muerto para siempre.

Porque te has muerto para siempre, 
como todos los muertos de la Tierra, 
como todos los muertos que se olvidan 
en un montón de perros apagados.

No te conoce nadie. No. Pero yo te canto. 
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia. 
La madurez insigne de tu conocimiento. 
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.

La tristeza que tuvo tu valiente alegría. 
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, 
un andaluz tan claro, tan rico de aventura. 
Yo canto su elegancia con palabras que gimen 
y recuerdo una brisa triste por los olivos.


EL POETA PIDE A SU AMOR QUE LE ESCRIBA

Amor de mis entrañas, viva muerte, 
en vano espero tu palabra escrita 
y pienso, con la flor que se marchita, 
que si vivo sin mí quiero perderte.

El aire es inmortal. La piedra inerte 
ni conoce la sombra ni la evita. 
Corazón interior no necesita 
la miel helada que la luna vierte.

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas, 
tigre y paloma, sobre tu cintura 
en duelo de mordiscos y azucenas.

Llena pues de palabras mi locura 
o déjame vivir en mi serena 
noche del alma para siempre oscura.


ÁRBOL DE CANCIÓN


PARA ANA MARÍA DALÍ
Caña de voz y gesto, 
una vez y otra vez 
tiembla sin esperanza 
en el aire de ayer.

La niña suspirando 
lo quería coger; 
pero llegaba siempre 
un minuto después.

¡Ay sol! ¡Ay luna, luna! 
Un minuto después. 
Sesenta flores grises 
enredaban sus pies.

Mira cómo se mece 
una vez y otra vez, 
virgen de flor y rama, 
en el aire de ayer.


ANDA JALEO

Yo me alivié a un pino verde 
por ver si la divisaba, 
y sólo divisé el polvo 
del coche que la llevaba. 
Anda jaleo, jaleo: 
ya se acabó el alboroto 
y vamos al tiroteo.

No salgas, paloma, al campo, 
mira que soy cazador, 
y si te tiro y te mato 
para mí será el dolor, 
para mí será el quebranto, 
Anda, jaleo, jaleo: 
ya se acabó el alboroto 
y vamos al tiroteo.

En la calle de los Muros 
han matado una paloma. 
Yo cortaré con mis manos 
las flores de su corona. 
Anda jaleo, jaleo: 
ya se acabó el alboroto 
y vamos al tiroteo.


 ARBOLÉ, ARBOLÉ...


Arbolé, arbolé 
seco y verdé.

  La niña del bello rostro 
está cogiendo aceituna. 
El viento, galán de torres, 
la prende por la cintura. 
  Pasaron cuatro jinetes 
sobre jacas andaluzas 
con trajes de azul y verde, 
con largas capas oscuras. 
  «Vente a Córdoba, muchacha». 
La niña no los escucha. 
  Pasaron tres torerillos 
delgaditos de cintura, 
con trajes color naranja 
y espadas de plata antigua. 
  «Vente a Sevilla, muchacha». 
La niña no los escucha. 
  Cuando la tarde se puso 
morada, con luz difusa, 
pasó un joven que llevaba 
rosas y mirtos de luna. 
  «Vente a Granada, muchacha». 
Y la niña no lo escucha. 
  La niña del bello rostro 
sigue cogiendo aceituna, 
con el brazo gris del viento 
ceñido por la cintura.

  Arbolé arbolé 
seco y verdé.


ADÁN

A PABLO NERUDA, RODEADO DE FANTASMAS
Árbol de Sangre riega la mañana 
por donde gime la recién parida. 
Su voz deja cristales en la herida 
y un gráfico de hueso en la ventana.

Mientras la luz que viene fija y gana 
blancas metas de fábula que olvida 
el tumulto de venas en la huida 
hacia el turbio frescor de la manzana,

Adam sueña en la fiebre de la arcilla 
un niño que se acerca galopando 
por el doble latir de su mejilla.

Pero otro Adán oscuro está soñando 
neutra luna de piedra sin semilla 
donde el niño de luz se irá quemando.


BALADA DE LA PLACETA

Cantan los niños 
En la noche quieta: 
¡Arroyo claro, 
Fuente serena!

    LOS NIÑOS
¿Qué tiene tu divino 
Corazón en fiesta?

    YO
Un doblar de campanas, 
Perdidas en la niebla.

    LOS NIÑOS
Ya nos dejas cantando 
En la plazuela. 
¡Arroyo claro, 
Fuente serena!

¿Qué tienes en tus manos 
De primavera?

    YO 
Una rosa de sangre 
Y una azucena.

    LOS NIÑOS
Mójalas en el agua 
De la canción añeja. 
¡Arroyo claro, 
Fuente serena!

¿Qué sientes en tu boca 
Roja y sedienta?

    YO
El sabor de los huesos 
De mi gran calavera.

    LOS NIÑOS
Bebe el agua tranquila 
De la canción añeja. 
¡Arroyo claro, 
Fuente serena!

¿Por qué te vas tan lejos 
De la plazuela?

    YO
¡Voy en busca de magos 
Y de princesas!

    LOS NIÑOS
¿Quién te enseñó el camino 
De los poetas?

    YO
La fuente y el arroyo 
De la canción añeja.

    LOS NIÑOS
¿Te vas lejos, muy lejos 
Del mar y de la tierra?

    YO
Se ha llenado de luces 
Mi corazón de seda, 
De campanas perdidas, 
De lirios y de abejas, 
Y yo me iré muy lejos, 
Más allá de esas sierras, 
Más allá de los mares 
Cerca de las estrellas, 
Para pedirle a Cristo 
Señor que me devuelva 
Mi alma antigua de niño, 
Madura de leyendas, 
Con el gorro de plumas 
Y el sable de madera.

    LOS NIÑOS
Ya nos dejas cantando 
En la plazuela. 
¡Arroyo claro, 
Fuente serena!

Las pupilas enormes 
De las frondas resecas, 
Heridas por el viento, 
Lloran las hojas muertas.





GRÁFICO DE LA PETENERA

  FALSETE

¡Ay, petenera gitana! 
¡Yayay petenera! 
Tu entierro no tuvo niñas 
buenas. 
Niñas que le dan a Cristo muerto 
sus guedejas, 
y llevan blancas mantillas 
en las ferias. 
Tu entierro fue de gente 
siniestra. 
Gente con el corazón 
en la cabeza, 
que te siguió llorando 
por las callejas. 
¡Ay, petenera gitana! 
¡Yayay petenera!


DOS MUCHACHAS

A MÁXIMO QUIJANO
  LA LOLA
Bajo el naranjo, lava 
pañales de algodón. 
Tiene verdes los ojos 
y violeta la voz.

¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor!

El agua de la acequia 
iba llena de sol, 
en el olivarito 
cantaba un gorrión.

¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor!

Luego cuando la Lola 
gaste todo el jabón, 
vendrán los torerillos.

¡Ay, amor, 
bajo el naranjo en flor!


BALADILLA DE LOS TRES RÍOS

A Salvador Quintero
El río Guadalquivir 
va entre naranjos y olivos. 
Los dos ríos de Granada 
bajan de la nieve al trigo.

¡Ay, amor 
que se fue y no vino!

El río Guadalquivir 
tiene las barbas granates. 
Los dos ríos de Granada 
uno llanto y otro sangre.

¡Ay, amor 
que se fue por el aire!

Para los barcos de vela, 
Sevilla tiene un camino; 
por el agua de Granada 
sólo reman los suspiros.

¡Ay, amor 
que se fue y no vino!

Guadalquivir, alta torre 
y viento en los naranjales. 
Dauro y Genil, torrecillas 
muertas sobre los estanques,

¡Ay, amor 
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva 
un fuego fatuo de gritos!

¡Ay, amor 
que se fue y no vino!

Lleva azahar, lleva olivas, 
Andalucía, a tus mares.

¡Ay, amor 
que se fue por el aire!


Ay voz secreta del amor oscuro 
¡ay balido sin lanas! ¡ay herida! 
¡ay aguja de hiel, camelia hundida! 
¡ay corriente sin mar, ciudad sin muro!

¡Ay noche inmensa de perfil seguro, 
montaña celestial de angustia erguida! 
¡ay perro en corazón, voz perseguida! 
¡silencio sin confín, lirio maduro!

Huye de mí, caliente voz de hielo, 
no me quieras perder en la maleza 
donde sin fruto gimen carne y cielo.

Deja el duro marfil de mi cabeza, 
apiádate de mí, ¡rompe mi duelo! 
¡que soy amor, que soy naturaleza!


CANCIÓN CHINA EN EUROPA

A MI AHIJADA ISABEL CLARA
La señorita 
del abanico, 
va por el puente 
del fresco río.

  Los caballeros 
con sus levitas, 
miran el puente 
sin barandillas.

  La señorita 
del abanico 
y los volantes 
busca marido.

  Los caballeros 
están casados, 
con altas rubias 
de idioma blanco.

  Los grillos cantan 
por el Oeste.

  (La señorita, 
va por lo verde).

  Los grillos cantan 
bajo las flores.

  (Los caballeros, 
van por el Norte).


VI

CASIDA DE LA MANO IMPOSIBLE


Yo no quiero más que una mano; 
una mano herida, si es posible. 
Yo no quiero más que una mano 
aunque pase mil noches sin lecho.

Sería un pálido lirio de cal. 
Sería una paloma amarrada a mi corazón. 
Sería el guardián que en la noche de mi tránsito 
prohibiera en absoluto la entrada a la luna.

Yo no quiero más que esa mano 
para los diarios aceites y la sábana blanca de mi agonía. 
Yo no quiero más que esa mano 
para tener un ala de mi muerte.

Lo demás todo pasa. 
Rubor sin nombre ya. Astro perpetuo. 
Lo demás es lo otro; viento triste, 
mientras las hojas huyen en bandadas.


  DE OTRO MODO

La hoguera pone al campo de la tarde, 
unas astas de ciervo enfurecido. 
Todo el valle se tiende. Por sus lomos, 
caracolea el vientecillo.

  El aire cristaliza bajo el humo. 
—Ojo de gato triste y amarillo—. 
Yo en mis ojos, paseo por las ramas. 
Las ramas se pasean por el río.

Llegan mis cosas esenciales. 
Son estribillos de estribillos. 
Entre los juncos y la baja tarde, 
¡qué raro que me llame Federico!


IV

CASIDA DE LA MUJER TENDIDA


Verte desnuda es recordar la Tierra. 
La Tierra lisa, limpia de caballos. 
La Tierra sin un junco, forma pura 
cerrada al porvenir: confín de plata.

Verte desnuda es comprender el ansia 
de la lluvia que busca débil talle 
o la fiebre del mar de inmenso rostro 
sin encontrar la luz de su mejilla.

La sangre sonará por las alcobas 
y vendrá con espada fulgurante, 
pero tú no sabrás dónde se ocultan 
el corazón de sapo o la violeta.

Tu vientre es una lucha de raíces, 
tus labios son un alba sin contorno, 
bajo las rosas tibias de la cama 
los muertos gimen esperando turno.


VII
CASIDA DE LA ROSA

La rosa 
no buscaba la aurora: 
Casi eterna en su ramo 
buscaba otra cosa.

La rosa 
no buscaba ni ciencia ni sombra: 
Confín de carne y sueño 
buscaba otra cosa.

La rosa 
no buscaba la rosa: 
Inmóvil por el cielo 
¡buscaba otra cosa!


  CIUDAD SIN SUEÑO (NOCTURNO DEL BROOKLYN BRIDGE)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas. 
Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan 
y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas 
al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Hay un muerto en el cementerio más lejano 
que se queja tres años 
porque tiene un paisaje seco en la rodilla; 
y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto 
que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase. 

No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda 
o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas. 
Pero no hay olvido, ni sueño: 
carne viva. Los besos atan las bocas 
en una maraña de venas recientes 
y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso 
y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros. 

Un día 
los caballos vivirán en las tabernas 
y las hormigas furiosas 
atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas. 

Otro día 
veremos la resurrección de las mariposas disecadas 
y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos 
veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua. 
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta! 
A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero, 
a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente 
o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato, 
hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan, 
donde espera la dentadura del oso, 
donde espera la mano momificada del niño 
y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul. 

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien cierra los ojos, 
¡azotadlo, hijos míos, azotadlo! 

Haya un panorama de ojos abiertos 
y amargas llagas encendidas. 

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie. 
Ya lo he dicho. 
No duerme nadie. 
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes, 
abrid los escotillones para que vea bajo la luna 
las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.


DANZA DA LUA EN SANTIAGO

¡Fita aquel branco galán, 
olla seu transido corpo!

É a lúa que baila 
na Quintana dos mortos.

Fita seu corpo transido, 
negro de somas e lobos.

Nai: A lúa está bailando 
na Quintana dos mortos.

¿Quén fire potro de pedra 
na mesma porta do sono?

¡É a lúa! ¡É a lúa 
na Quintana dos mortos!

¿Quén fita meus grises vidros 
cheos de nubens seus ollos?

É a lúa, é a lúa 
na Quintana dos mortos.

Déixame morrer no leito 
soñando con froles d'ouro.

Nai: A lúa está bailando 
na Quintana dos mortos.

¡Ai filla, co ár do céo 
vólvome branca de pronto!

Non é o ar, é a triste lúa 
na Quintana dos mortos.

¿Quén brúa co-este xemido 
d'imenso boi melancónico?

Nai: É a lúa, é a lúa 
na Quintana dos mortos.

íSi, a lúa, a lúa 
coronada de toxos, 
que baila, e baila, e baila 
na Quintana dos mortos!



EL CAFÉ DE CHINITAS


          1
En el café de Chinitas 
dijo Paquiro a su hermano: 
«Soy más valiente que tú, 
más torero y más gitano».

          2
En el café de Chinitas 
dijo Paquiro a Frascuelo: 
«Soy más valiente que tú, 
más gitano y más torero».

          3
Sacó Paquiro el reló 
y dijo de esta manera: 
«Este toro ha de morir 
antes de las cuatro y media».

          4
Al dar las cuatro en la calle 
se salieron del café 
y era Paquiro en la calle 
un torero de cartel.


EL LAGARTO ESTÁ LLORANDO

A MADEMOISELLE TERESITA GUILLÉN
TOCANDO SU PIANO DE SEIS NOTAS

El lagarto está llorando. 
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta 
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer 
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo, 
ay, su anillito plomado!

Un cielo grande y sin gente 
monta en su globo a los pájaros.

El sol, capitán redondo, 
lleva un chaleco de raso.

¡Miradlos qué viejos son! 
¡Qué viejos son los lagartos!

¡Ay, cómo lloran y lloran, 
¡ay! ¡ay! cómo están llorando!





EL DIAMANTE

El diamante de una estrella 
Ha rayado el hondo cielo, 
Pájaro de luz que quiere 
Escapar del universo 
Y huye del enorme nido 
Donde estaba prisionero 
Sin saber que lleva atada 
Una cadena en el cuello.

    Cazadores extrahumanos 
Están cazando luceros, 
Cisnes de plata maciza 
En el agua del silencio.

    Los chopos niños recitan 
La cartilla. Es el maestro 
Un chopo antiguo que mueve 
Tranquilo sus brazos viejos.

    Ahora en el monte lejano 
jugarán todos los muertos 
a la baraja. ¡Es tan triste 
la vida en el cementerio!

    ¡Rana, empieza tu cantar! 
¡Grillo, sal de tu agujero! 
Haced un bosque sonoro 
Con vuestras flautas. Yo vuelo 
Hacia mi casa intranquilo.

    Se agitan en mi recuerdo 
Dos palomas campesinas 
Y en el horizonte, lejos, 
Se hunde el arcaduz del día. 
¡Terrible noria del tiempo!


DANZA DE LA MUERTE

Un pájaro de papel en el pecho dice que el tiempo de los besos no ha llegado.
VICENTE ALEIXANDRE
El Mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo viene del África a New York!

Se fueron los árboles de la pimienta, 
los pequeños botones de fósforo. 
Se fueron los camellos de carne desgarrada 
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.

Era el momento de las cosas secas, 
de la espiga en el ojo y el gato laminado, 
del óxido de hierro de los grandes puentes 
y el definitivo silencio del corcho.

Era la gran reunión de los animales muertos, 
traspasados por las espadas de la luz; 
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza 
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.

En la marchita soledad sin honda 
el abollado mascarón danzaba. 
Medio lado del mundo era de arena, 
mercurio y sol dormido el otro medio.

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!

        *
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío 
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano. 
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo, 
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,

acabó con los más leves tallitos del canto 
y se fue al diluvio empaquetado de la savia, 
a través del descanso de los últimos desfiles, 
levantando con el rabo pedazos de espejo.

Cuando el chino lloraba en el tejado 
sin encontrar el desnudo de su mujer 
y el director del banco observaba el manómetro 
que mide el cruel silencio de la moneda, 
el mascarón llegaba al Wall Street.

No es extraño para la danza 
este columbario que pone los ojos amarillos. 
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso 
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres. 
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico, 
ignorantes en su frenesí de la luz original. 
Porque si la rueda olvida su fórmula, 
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos; 
y si una llama quema los helados proyectos, 
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas. 
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo. 
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números, 
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados 
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces, 
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje, 
tendida en la frontera de la nieve!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!

        *
Yo estaba en la terraza luchando con la luna. 
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche. 
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos. 
Y las brisas de largos remos 
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.

La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro 
para fingir una muerta semilla de manzana. 
El aire de la llanura, empujado por los pastores, 
temblaba con un miedo de molusco sin concha.

Pero no son los muertos los que bailan, 
estoy seguro. 
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos. 
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela; 
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos, 
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras, 
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras, 
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta 
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.

¡Que no baile el Papa! 
¡No, que no baile el Papa! 
Ni el Rey, 
ni el millonario de dientes azules, 
ni las bailarinas secas de las catedrales, 
ni construcciones, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas. 
Sólo este mascarón, 
este mascarón de vieja escarlatina, 
¡sólo este mascarón!

Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos, 
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas, 
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo, 
que ya vendrán lianas después de los fusiles 
y muy pronto, muy pronto, muy pronto. 
¡Ay, Wall Street!

El mascarón. ¡Mirad el mascarón! 
¡Cómo escupe veneno de bosque 
por la angustia imperfecta de Nueva York!