miércoles, 27 de septiembre de 2017

POEMAS DE PETRARCA

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(20 de julio de 1304, Arezzo, Italia - julio de 1374, Arquà Petrarca, Italia)

Bendito sea el año, el punto, el día...       

Bendito sea el año, el punto, el día,
la estación, el lugar, el mes, la hora
y el país, en el cual su encantadora
mirada encadenóse al alma mía.
Bendita la dulcísima porfía
de entregarme a ese amor que en mi alma mora,
y el arco y las saetas, de que ahora
las llagas siento abiertas todavía.
Benditas las palabras con que canto
el nombre de mi amada; y mi tormento,
mis ansias, mis suspiros y mi llanto.
Y benditos mis versos y mi arte
pues la ensalzan, y, en fin, mi pensamiento,
puesto que ella tan sólo lo comparte.
Versión de F. Maristany

  

El que su arte infinita y providencia...

El que su arte infinita y providencia
demostró en su admirable magisterio,
que, con éste, creó el otro hemisferio
y a Jove, más que a Marte, dio clemencia,

vino al mundo alumbrando con su ciencia
la verdad que en el libro era misterio,
cambió de Pedro y Juan el ministerio
y, por la red, les dio el cielo en herencia.

Al nacer, no le plugo a Roma darse,
sí a Judea: que, más que todo estado,
exaltar la humildad le complacía;

y hoy, de una aldea chica, un sol ha dado,
que a Natura y al sitio hace alegrarse
donde mujer tan bella ha visto el día.


En la muerte de Laura


Sus ojos que canté amorosamente,
su cuerpo hermoso que adoré constante,
y que vivir me hiciera tan distante
de mí mismo, y huyendo de la gente,

Su cabellera de oro reluciente,
la risa de su angélico semblante
que hizo la tierra al cielo semejante,
¡poco polvo son ya que nada siente!

¡Y sin embargo vivo todavía!
A ciegas, sin la lumbre que amé tanto,
surca mi nave la extensión vacía...

Aquí termine mi amoroso canto:
seca la fuente está de mi alegría,
mi lira yace convertida en llanto.

Versión de Alejandro Araoz Fraser


Fue el día en que del sol palidecieron... 


Fue el día en que del sol palidecieron
los rayos, de su autor compadecido,
cuando, hallándome yo desprevenido,
vuestros ojos, señora, me prendieron.

En tal tiempo, los míos no entendieron
defenderse de Amor: que protegido
me juzgaba; y mi pena y mi gemido
principio en el común dolor tuvieron.

Amor me halló del todo desarmado
y abierto al corazón encontró el paso
de mis ojos, del llanto puerta y barco:

pero, a mi parecer, no quedó honrado
hiriéndome de flecha en aquel caso
y a vos, armada, no mostrando el arco.



Los que, en mis rimas sueltas...


Los que, en mis rimas sueltas, el sonido
oís del suspirar que alimentaba
al joven corazón que desvariaba
cuando era otro hombre del que luego he sido;

del vario estilo con que me he dolido
cuando a esperanzas vanas me entregaba,
si alguno de saber de amor se alaba,
tanta piedad como perdón le pido.

Que anduve en boca de la gente siento
mucho tiempo y, así, frecuentemente
me advierto avergonzado y me confundo;

y que es vergüenza, y loco sentimiento,
el fruto de mi amor é claramente,
y breve sueño cuanto place al mundo.

 


Mi loco afán está tan extraviado...

Mi loco afán está tan extraviado
de seguir a la que huye tan resuelta,
y de lazos de Amor ligera y suelta
vuela ante mi correr desalentado,

que menos me oye cuanto más airado
busco hacia el buen camino la revuelta:
no me vale espolearlo, o darle vuelta,
que, por su índole, Amor le hace obstinado.

Y cuando ya el bocado ha sacudido,
yo quedo a su merced y, a mi pesar,
hacia un trance de muerte me transporta:

por llegar al laurel donde es cogido
fruto amargo que, dándolo a probar,
la llama ajena aflige y no conforta.


Mis venturas se acercan lentamente...


Mis venturas se acercan lentamente,
dudando espero, el ansia en mí renace,
y aguardar y apartarme me desplace,
pues se van, como el tigre, velozmente.

Ay de mí, nieve habrá negra y caliente,
sierras con peces, mar que olas no hace,
y el sol se acostará por donde nace
Eufrate y Tigris de una misma fuente,

antes que ella una tregua, o paz, me ofrezca,
o Amor otro uso enseñe a mi señora,
que en contra mía ya han pactado alianza:

que si algo hay dulce, tras la amarga hora,
hace el desdén que el gusto desfallezca;
y de sus gracias nada más me alcanza.

 

No tengo paz ni puedo hacer la guerra...


No tengo paz ni puedo hacer la guerra;
temo y espero, y del ardor al hielo paso,
y vuelo para el cielo, bajo a la tierra,
nada aprieto, y a todo el mundo abrazo.

Prisión que no se cierra ni des-cierra,
No me detiene ni suelta el duro lazo;
entre libre y sumisa el alma errante,
no es vivo ni muerto el cuerpo lacio.

Veo sin ojos, grito en vano;
sueño morir y ayuda imploro;
a mí me odio y a otros después amo.

Me alimenta el dolor y llorando reí;
La muerte y la vida al fin deploro:
En este estado estoy, mujer, por tí.

Versión de Julián del Valle



Porque una hermosa en mí quiso vengarse...


Porque una hermosa en mí quiso vengarse
y enmendar mil ofensas en un día,
escondido el Amor su arco traía
como el que espera el tiempo de ensañarse.

En mi pecho, do suele cobijarse,
mi virtud pecho y ojos defendía
cuando el golpe mortal, donde solía
mellarse cualquier dardo fue a encajarse.

Pero aturdida en el primer asalto,
sentí que tiempo y fuerza le faltaba
para que en la ocasión pudiera armarme,

o en el collado fatigoso y alto
esquivar el dolor que me asaltaba,
del que hoy quisiera, y no puedo, guardarme.


Si con suspiros de llamaros trato...

Si con suspiros de llamaros trato,
y al nombre que en mi pecho ha escrito Amor,
de que el Laude comienza ya el rumor
del primer dulce acento me percato.

Vuestra realeza, que hallo de inmediato,
redobla, en la alta empresa, mi valor;
pero ¡Tate!, me grita el fin, que honor
rendirle es de otros hombros peso grato.

Al Laude, así, y a reverencia, enseña
la misma voz, sin más, cuando os nombramos,
oh de alabanza y de respeto digna:

sino que, si mortal lengua se empeña
en hablar de sus siempre verdes ramos,
su presunción tal vez a Apolo indigna.


Si el fuego con el fuego no perece...


Si el fuego con el fuego no perece
ni hay río al que la lluvia haya secado,
pues lo igual por lo igual es ayudado,
y a menudo un contrario al otro acrece,

Amor -que un alma en dos cuerpos guarece-,
si has siempre nuestras mentes gobernado,
¿qué haces tú que, de moda desusado,
con más querer, así el de ella decrece?

Tal vez igual que el Nilo que, cayendo
desde muy alto, su contorno atruena,
o cual sol que, al mirarlo, está ofuscando,

el deseo que consigo no consuena,
en su objeto extremado va cediendo
y, al espolear demás, se va frenando.


Soneto

Bendecidos el año, el mes, el día
y la estación y el sitio y el instante
y el hermoso país en que delante
de su mirar mi voluntad rendía.

Y bendecida la tenaz porfía
de amor entre mi pecho palpitante,
y el arco y la saeta y la sangrante
herida que en mi corazón se abría.

Bendecida la voz que repitiendo
va por doquier el nombre de mi amada,
suspiros, ansias, lágrimas vertiendo.
Y bendecido todo cuanto escribe
la mente que al loarla consagrada
en Ella y sólo para Ella vive.
Versión de Carlos López Narváez

Soneto a Laura
Paz no encuentro ni puedo hacer la guerra,
y ardo y soy hielo; y temo y todo aplazo;
y vuelo sobre el cielo y yazgo en tierra;
y nada aprieto y todo el mundo abrazo.
Quien me tiene en prisión, ni abre ni cierra,
ni me retiene ni me suelta el lazo;
y no me mata Amor ni me deshierra,
ni me quiere ni quita mi embarazo.
Veo sin ojos y sin lengua grito;
y pido ayuda y parecer anhelo;
a otros amo y por mí me siento odiado.
Llorando grito y el dolor transito;
muerte y vida me dan igual desvelo;
por vos estoy, Señora, en este estado.
Versión de Jorge A. Piris

A Una Joven Bajo Un Verde Laurel


Vi más blanca y más fría que la nieve
que no golpea el sol por años y años;
y su voz, faz hermosa y los cabellos
tanto amo que ahora van ante mis ojos,
y siempre irán, por montes o en la riba.
Irán mis pensamientos a la riba
cuando no dé hojas verde el laurel;
quieto mi corazón, secos los ojos,
verán helarse al fuego, arder la nieve:
porque no tengo yo tantos cabellos
cuantos por ese día aguardara años.
Mas porque el tiempo vuela, huyen los años
y en un punto a la muerte el hombre arriba,
ya oscuros o ya blancos los cabellos,
la sombra ha de seguir de aquel laurel
por el ardiente sol y por la nieve,
hasta el día en que al fin cierre estos ojos.
No se vieron jamás tan bellos ojos,
en nuestra edad o en los primeros años,
que me derritan como el sol la nieve:
y así un río de llanto va a la riba
que Amor conduce hasta el cruel laurel
de ramas de diamante, áureos cabellos.
Temo cambiar de faz y de cabellos
sin que me muestre con piedad los ojos
el ídolo esculpido en tal laurel:
Que, si al contar no yerro, hace siete años
que suspirando voy de riba en riba,
noche y día, al calor y con la nieve.
Mas fuego dentro, y fuera blanca nieve,
pensando igual, mudados los cabellos,
llorando iré yo siempre a cada riba
por que tal vez piedad muestren los ojos
de alguien que nazca dentro de mil años;
si aún vive, cultivado, este laurel.
A oro y topacio al sul sobre la nieve
vencen blondos cabellos, y los ojos
que apresuran mis años a la riba.

Yo voy pensando y al pensar asido
me siento de piedad de mí tan fuerte,
que me hace que liberte
lágrimas como nunca antes llorara;
pues, viendo ya cuán cerca está la muerte,
a Dios mil veces alas he pedido,
que alcen a eterno nido
la mente que en mortal cárcel repara;
mas tengo al fin aquí por cosa avara
suspiro o llanto que hoy me haga pedazos;
y así conviene que a razón me traiga
que el que, pudiendo en pie, al suelo caiga,
es digno de que yazga en los ribazos.
Aquellos tiernos brazos
en que confío, abiertos veo ahora;
pero el temor me azora
de otros ejemplos, y mi estado temo,
que hay quien me aguija, y soy quizá al extremo.

Dice, conmigo hablando, un pensamiento:
«¿Qué ansías? ¿Qué consuelo es el que atiendes?
Ay mísera, ¿no entiendes
con cuánto deshonor tu tiempo vuela?
Obra con seso presto, no te arriendes;
arranca de tu pecho todo asiento
del placer, que contento
no puede darte más, y te desvela.
Si te ahíta la continua bagatela
de aquel mentido dulce fugitivo
que puede dar traidor el mundo a otro,
¿por qué esperar aún de ese quillotro,
de toda paz y de firmeza esquivo?
Mientras que el cuerpo es vivo,
al freno aún del pensamiento accedes.
Sujétalo hoy que puedes,
que incierto es demorarse, como sabes,
y, antes de empezar, puede que acabes.

Bien sabes la dulzura que le ha hecho
a tus ojos la vista de esa fiera,
la cual más nos valiera
que más por nuestra paz fuese nacida.
Bien debes acordarte cómo era
cuando llegó corriendo hasta tu pecho,
allá donde de hecho
quizás no entrara llama otra prendida.
Ella la encendió; y si fementida
tanto tiempo duró ofreciendo un día,
que en pro de nuestro bien ya nunca vino,
hoy alza tu esperanza a otro camino
que al cielo lleva y que tu alma cría,
nueva, inmortal y pía:
que pues, si de ese mal que aquí os inquieta,
vuestro deseo aquieta
un pestañeo, un razonar, un canto,
¿cuál gozo será aquel, si es este tanto?»

Por otra un dulce y agrio pensamiento
con carga fatigante y deleitosa
en el alma se posa,
del que afán y esperanza el pecho pace;
que solo por la fama alma y gloriosa
no siente si yo sol o hielo siento,
o enflaco macilento;
y si lo mato, más fuerte renace.
Y día a día en mí mayor se hace
desde la cuna y mi más tierno juego,
y temo que un sepulcro a ambos encierre;
pues, cuando el cuerpo el alma ya deshierre,
no pienso que menguar pueda su fuego.
Mas que en latín o en griego
hablen de mí ya muerto, será viento;
si, porque siempre intento
ganar lo que en un hora se malogra,
por ir tras sombra, el alma a Dios no logra.

Mas aquel otro afán, del que estoy lleno,
cuanto se yergue junto a él derruye;
y así el tiempo huye
que, escribiendo de otro, a mí me olvido;
y la luz del mirar que me destruye
süavemente a su calor sereno
me tiene con un freno
contra el que maña o fuerza en vano mido.
¿Qué importa, pues, que el casco haya bruñido
de mi barquilla, si en escollo luego
de dos rocas la veo aún encallada?
Tú que del resto que en la mar enfada,
has librado mi rumbo y mi trasiego,
¿por qué, Señor, te ruego,
no impides que en la faz venga a correrme?
Que, como aquel que duerme,
ya de la muerte la visión me alarma;
y quiero hacer defensa, y voy sin arma.

Cuanto hago, sé; y embuste disfrazado
no me engaña, que Amor antes me esfuerza,
el cual no seguir fuerza
la senda del honor a quien de él fía;
y siento poco a poco en mí con fuerza
un severo desdén antes no usado,
que todo mi cuidado,
por que ella vea, saca a la faz mía;
que amar cosa mortal con pleitesía
que sólo a Dios por deuda le es debida,
desacredita a quien con ruegos clama.
Y esto aún a voces me reclama
tras los sentidos la razón perdida,
mas, porque no sea oída,
la costumbre viciada más la empuja,
y en los ojos dibuja
la que nació por sólo darme muerte,
porque harto gustó a ambos mal tan fuerte.

Y no sé el tiempo que me diera el cielo,
cuando primera vez pisé la tierra
a sufrir la cruel guerra
que yo contra mí mismo he practicado,
ni puedo el día que la vida cierra
prever a causa del corpóreo velo;
mas veo mudar el pelo,
y cambiar dentro de mí todo cuidado.
Y, pues creo ya casi haber llegado
al tiempo de partir, que cerca inquieta,
como aquel que el perder hace discreto,
pienso en dónde dejé aquel vericueto
que guía la derrota a buena meta;
y de un lado me aprieta
vergüenza y llanto a que me dé la vuelta;
del otro no me suelta
un placer por costumbre en mí tan fuerte
que a hacer pacto se atreve con la muerte.

Heme, canción, aquí más frío el pecho
por el propio temor que helada nieve,
sintiéndome morir ya en tal barullo;
que así pensando he vuelto ya al enjullo
gran parte de esta tela mía breve;
y todo peso es leve
cargando el que sostengo en tal estado,
que con la muerte al lado
busco de mi vivir consejo nuevo,
y conozco el mejor, y el peor apruebo.


martes, 26 de septiembre de 2017

POEMAS DE MANUEL JOSE OTHON

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Angelus domini


Sobre el tranquilo lago, occiduo el día,
flota impalpable y misteriosa bruma
y a lo lejos vaguísima se esfuma
profundamente azul, la serranía.

Del cielo en la cerúlea lejanía
desfallece la luz. Tiembla la espuma
sobre las ondas de zafir, y ahúma
la chimenea gris de la alquería.

Suenan los cantos del labriego; cava
la tarda yunta el surco postrimero.
Los últimos reflejos de luz flava

en el límite brillan del potrero
y, a media voz, la golondrina acaba
su gárrulo trinar, bajo el alero.

II
Ondulante y azul, trémulo y vago,
el ángel de la noche se avecina,
del crepúsculo envuelto en la neblina
y en los vapores gráciles del lago.

Del septentrión al murmurante halago
los pliegues de su túnica divina
se extienden sobre el valle y la colina,
para librarlos del nocturno estrago.

Su voz tristezas y consuelo vierte.
Humedecen sus ojos de zafiro
auras de vida y ráfagas de muerte.

Levanta el vuelo en silencioso giro
y, al llegar a la altura, se convierte
en oración, y lágrima, y suspiro.




Canto nupcial

                                           A Ladislao Gómez Palacio
Un nuevo hogar es huerto florecido
de jazmines, y lirios, y azahares,
entre cuyas alburas estelares
se estremece el amor como un latido.

Surge de cada flor, de cada nido,
un verso del Cantar de los Cantares
y pasan, del Hermón por los pinares,
suspirando los vientos un gemido.

De Galaad por los collados bajan
triscando las ovejas. En las viñas
de Engaddi el zumo los racimos cuajan;
mientras la esposa ve, desde el umbroso
retiro, que atraviesa las campiñas
y se acerca a sus puertas el esposo.

Oh esposa virgen y radiante!, mira:
el amor en sus ojos centellea
y el coro de los sueños le rodea
y a su oído solícito suspira.

A infundirte su alma sólo aspira.
Su cerebro, que es urna de la idea,
cual una forja ignífera chispea.
Canta su corazón como una lira.

¡El coro de los sueños! Los amigos
del esposo, que en júbilo inundados,
de su dicha inmortal serán testigos...

Los recuerdos del niño, los anhelos
viriles que le ascienden, ya encarnados,
en su viaje contigo, hasta los cielos.

Y a ti, joven y fuerte, en los umbrales
del sagrado refugio, jubilosa
te espera amante la rendida esposa
bajo los resplandores otoñales.

Tampoco sola está: las virginales
compañeras, de frente ruborosa,
tienden sobre ella su dosel de rosa
al compás de los cánticos nupciales.

Son las ansias sin fin, las esperanzas,
las ilusiones del amor, venidas
de azules y profundas lontananzas.

Todas alzan un himno al varón fuerte
que ha de llevar dos almas y dos vidas
a través de la vida y de la muerte.

Crepúsculos

I
Rubia la aroma luce en el oriente
sus galas más espléndidas de fiesta,
que amorosa y rendida ya se apresta
del esposo a besar la roja frente.
Para verle asomar alza su ingente
tajada cumbre la montaña enhiesta;
prepárale su incienso la floresta,
su trino el ave y su rumor la fuente.

El cielo gotas de cristal rocía
en corolas y muérdagos. Los vientos
tañen las ramas de la selva umbría.
Y alza a su Dios en rítmicos acentos,
como grata oración del nuevo día,
himnos la tierra, el hombre pensamientos.

II
Tramonta el sol. Esmalta la colina
de su postrera luz con el escaso
fulgor, que va envolviendo en el ocaso
con su túnica blanca la neblina.
Desbarátase la húmeda calina
en la llana extensión del campo raso,
y ya por el oriente, paso a paso,
la silenciosa noche se avecina.

Todo es misterio y paz. El tordo canta
sobre los olmos del undoso río;
el hato a los apriscos se adelanta,
flota el humo en el pardo caserío,
y mi espíritu al cielo se levanta
hasta perderse en Ti. ¡Gracias, Dios mío!

En la estepa maldita


En la estepa maldita, bajo el peso
de sibilante brisa que asesina,
irgues tu talla escultural y fina
como un relieve en el confín impreso.

El viento, entre los médanos opreso,
canta como una música divina,
y finge bajo la húmeda neblina,
un infinito y solitario beso.

Vibran en el crepúsculo tus ojos,
un dardo negro de pasión y enojos
que en mi carne y mi espíritu se clava;

y destacada contra el sol muriente,
como un airón, flotando inmensamente,
tu bruna cabellera de india brava.


En tus aras quemé mi último incienso...


En tus aras quemé mi último incienso
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya sólo queda el arenal inmenso.

Quise entrar en tu alma, y qué descenso,
¡qué andar por entre ruinas y entre fosas!
¡A fuerza de pensar en tales cosas
me duele el pensamiento cuando pienso!

¡Pasó...! ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti ni la moral dolencia,
ni el dejo impuro, ni el sabor del llanto.

Y en mi ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,
y qué horrible disgusto de mi mismo!


Envío

En tus aras quemé mi último incienso
y deshojé mis postrimeras rosas.
Do se alzaban los templos de mis diosas
ya sólo queda el arenal inmenso.
Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso,
qué andar por entre ruinas y entre fosas
¡A fuerza de pensar en tales cosas,
me duele el pensamiento cuando pienso!
¡Pasó!... ¿Qué resta ya de tanto y tanto
deliquio? En ti, ni la moral dolencia
ni el dejo impuro ni el sabor del llanto.
Y en mí, ¡qué hondo y tremendo cataclismo!
¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,
y qué horrible disgusto de mí mismo!

¡Es mi adiós...! Allá vas, bruna y austera...


¡Es mi adiós...! Allá vas, bruna y austera,
por las planicies que el bochorno escalda,
al verberar tu ardiente cabellera,
como una maldición, sobre tu espalda.

En mis desolaciones ¿qué te espera?
-ya apenas veo tu arrastrante falda-
una deshojazón de primavera
y una eterna nostalgia de esmeralda.

El terremoto humano ha destruido
mi corazón y todo en él expira.
¡Mal hayan el recuerdo y el olvido!

Aún te columbro, y ya olvidé tu frente;
sólo, ay, tu espalda miro cual se mira
lo que huye y se aleja eternamente.


Frons in mare

Cada vida mortal es una hoja
que el árbol guarda a octubre amarillento;
cuando secas están se agita el viento
y al bramador torrente las arroja.

Mas ¿por qué de la tuya nos despoja,
si era fronda que el aire tremulento
acariciaba con divino acento,
bajo un alba de abril dorada y roja?

Del huracán al golpe furibundo
cayó la verde hojita en la corriente
del manso río azul que, desde el mundo,

en sus ondas purísimas y bellas
la llevó, cariñosa y blandamente
hasta el sereno mar de las estrellas.

Idilio salvaje

¿Por qué a mi helada soledad viniste
cubierta con el último celaje
de un crepúsculo gris?... Mira el paisaje,
árido y triste, inmensamente triste.

Si vienes del dolor y en él nutriste
tu corazón, bien vengas al salvaje
desierto, donde apenas un miraje
de lo que fue mi juventud existe.

Mas si acaso no vienes de tan lejos
y en tu alma aún del placer quedan los dejos,
puedes tornar a tu revuelto mundo.

Si no, ven a lavar tu ciprio manto
en el mar amarguísimo y profundo
de un triste amor o de un inmenso llanto.

Invocación

No apartes, adorada Musa mía,
tu divino consuelo y tus favores
del alma que, nutrida en los dolores,
abrasa el sol y el desaliento enfría.

Aparece ante mí como aquel día
primero de mis jóvenes amores
y tu falda blanquísima con flores
modestas u olorosas atavía.

¡Oh, tú, que besas mi abrasada frente
en horas de entusiasmo o de tristeza,
que resuene en tu canto inmensamente

tu amor a Dios, tu culto a la Belleza,
alma del Arte, y tu pasión ardiente
a la madre inmortal Naturaleza!

La campana


¿Qué te dice mi voz a la primera
luz auroral? "La muerte está vencida,
ya en todo se oye palpitar la vida,
ya el surco abierto la simiente espera".

Y de la tarde en la hora postrimera:
"Descansa ya. La lumbre está encendida
en el hogar..." Y siempre te convida
mi acento a la oración en donde quiera.

Convoco a la plegaria a los vivientes,
plaño a los muertos con el triste y hondo
son de sollozo en que mi duelo explayo.

Y, al tremendo tronar de los torrentes
en pavorosa tempestad, respondo
con férrea voz que despedaza el rayo.

La llanura amarguísima y salobre...


La llanura amarguísima y salobre,
enjuta cuenca de océano muerto,
y en la gris lontananza, como puerto,
el peñascal, desamparado y pobre.

Unta la tarde en mi semblante yerto
aterradora lobreguez, y sobre
tu piel, tostada por el sol, el cobre
y el sepia de las rocas del desierto.

Y en el regazo donde sombra eterna,
del peñascal bajo la enorme arruga,
es para nuestro amor nido y caverna,

las lianas de tu cuerpo retorcidas
en el torso viril que te subyuga,
con una gran palpitación de vidas.


Mira el paisaje: inmensidad abajo...

Mira el paisaje: inmensidad abajo,
inmensidad, inmensidad arriba;
en el hondo perfil, la sierra altiva
al pie minada por horrendo tajo.

Bloques gigantes que arrancó de cuajo
el terremoto, de la roca viva;
y en aquella sabana pensativa
y adusta, ni una senda ni un atajo.

asoladora atmósfera candente
de se incrustan las águilas serenas
como clavos que se hunden lentamente.

Silencio, lobreguez pavor tremendos
que viene sólo a interrumpir apenas
el galope triunfal de los berrendos.

Noctifer


Todo es cantos, suspiros y rumores.
Agítanse los vientos tropicales
zumbando entre los verdes carrizales,
gárrulos y traviesos en las flores.

Bala el ganado, silban los pastores,
las vacas van mugiendo a los corrales,
canta la codorniz en los maizales
y grita el guacamayo en los alcores.

El día va a morir; la tarde avanza.
Súbito llama a la oración la esquila
de la ruinosa ermita, en lontananza.

Y Venus, melancólica y tranquila,
desde el perfil del horizonte lanza
la luz primera de su azul pupila.


Nocturno


Junto al rojo fogón de la cocina,
bajo el techo de paja del bohío,
ni lluvia torrencial, ni viento frío
temo, cuando la noche se avecina.

Después, el sueño mi cerviz inclina,
me arrulla el manso murmurar del río
y encuentro en el reposo calma y brío,
"al lado de mi vieja carabina"...

Cuando en el mar del cielo ya no bogue
la luna y en el golfo del ocaso
el grupo de las Pléyades se ahogue;

cuando entonen los pájaros la diana,
del pobre hogar saldré con firme paso
a bañarme en la luz de la mañana. 


Nostálgica

                                                            «O ubi campi»

En estos días tristes y nublados
en que pesa la niebla sobre mi alma
cual una losa sepulcral, ¡ay! cómo
mis ojos se dilatan
tras esos limitados horizontes
que cierran las montañas,
queriendo penetrar otros espacios,
cual en un mar sin límites ni playas.
¡Pobre pájaro muerto por el frío!
¿Para qué abandonaste tus campañas,
tu cielo azul, tus fértiles praderas
y viniste a morir entre la escarcha?

¡Oh, mi naturaleza azul y verde!,
¿dónde están tus profundas lontananzas
en qué otros días engolfé mi vista,
anhelante de sombras y de ráfagas?
¿Dónde están tus arroyos bullidores,
tus negras y espantosas hondonadas
que poblaron mi espíritu de ensueños
o a los hondos abismos lo arrojaban?

He de morir. Mas, ay, que no mi vida
se apague entre estas brumas. La tenaza
del odio, de la envidia el corvo diente
y el venenoso aliento de las almas
por la corte oprimidas, aquí sólo
podránme dar, al fin de la jornada,
la desesperación más que la muerte,
¡y yo quiero la muerte y pálida!

Y allá en tus verdes bosques, madre mía,
bajo tu cielo azul, madre adorada,
podré morir al golpe de un peñasco
descuajado de la áspera montaña,
o derrumbarme desde la alta cima
donde crecen los pinos y las águilas
viendo de frente al sol, labran el nido
y el corvo pico entre las grietas clavan,
hasta el fondo terrible del barranco
donde me arrastren con furor las aguas.
Quiero morir allá: que me triture
el cráneo un golpe de tus fuertes ramas
que, por el ronco viento retorcidas,
formen, al distenderse, ruda maza;
o bien, quiero sentir sobre mi pecho
de tus fieras los dientes y las garras,
madre naturaleza de los campos,
de cielo azul y espléndidas montañas.

Y si quieres que muera poco a poco,
tienes pantanos de aguas estancadas...
¡Infíltrame en las venas el mortífero
hálito pestilente de tus aguas!

 

Ocaso

                                                      A un pintor
He aquí, pintor, tu espléndido paisaje:
un lago oscuro, ráfagas marinas
empapadas en tintas cremesinas
y en el azul profundo del celaje,
un tronco que columpia su ramaje
al soplo de las auras vespertinas,
y manchadas de verde las colinas
y de amarillo el fondo del boscaje;
un peñasco de líquenes cubierto;
una faja de tierra iluminada
por el último rayo del sol muerto;
y de la tarde al resplandor escaso,
una vela a lo lejos, anegada
en la divina calma del ocaso.
 

Pulchérrima dea


Del mar de Chipre en la rosada orilla,
blonda, a través de transparente bruma,
aparece flotando entre la espuma
de Citeres la virgen sin mancilla.

Es blanca la color de su mejilla
como del cisne de Estrimón la pluma,
viste el fulgor de la Belleza suma
y de las Gracias la expresión sencilla.

Extático el Olimpo adora en ella
y se siente feliz. De polo a polo
un himno Pan enamorado entona.

Toca en la playa la gentil doncella,
y a su palacio de marfil Apolo
la lleva y cine con triunfal corona.


Qué enferma y dolorida lontananza...


¡Qué enferma y dolorida lontananza!
¡Qué inexorable y hosca la llanura!
Flota en todo el paisaje tal pavura
como si fuera un campo de matanza.

Y la sombra que avanza, avanza, avanza,
parece, con su trágica envoltura,
el alma ingente, plena de amargura,
de los que han de morir sin esperanza.

Y allí estamos nosotros, oprimidos
por la angustia de todas las pasiones,
bajo el peso de todos los olvidos.

En un cielo de plomo el sol ya muerto,
y en nuestros desgarrados corazones
¡El desierto, el desierto... y el desierto!


Voz interna

En las noches tediosas y sombrías
buscan su nido en mi cerebro enfermo,
plegando el ala ensangrentada y rota,
mis antiguos recuerdos.
No vienen como alegres golondrinas
de la rústica iglesia a los aleros,
trayendo de la rubia Primavera
las blandas brisas y los tibios besos.
Vienen, como los pájaros nocturnos,
a acurrucarse huraños y siniestros
de la musgosa tapia en las ruinas
o de la vieja torre entre los huecos.

¡Que vengan en buena hora, que no tarden!
¿Por qué no se apresuran? ¡Los espero!...
¡Hace ya tantos años que dormito!
¡Hace ya tanto tiempo!
El negro muro del hendido claustro,
aunque roto y abierto,
aún se mantiene en pie, y en las ojivas
del campanario viejo,
si no hay esquilas que a la misa llamen
al asomar el matinal lucero
o anuncien la oración al campesino
y la hora del regreso
a las muchachas de la azul cisterna,
al pastor y al vaquero;
si ya no hay campanitas que repiquen
del santo titular a los festejos,
hay oquedades hondas y sombrías
que abrigarán en sus oscuros senos
a las lechuzas pardas y siniestras
y a los pájaros negros...

Y no sabré decirte...

Irás por el camino gloriosamente quieta
glosando los perfumes y las cadencias todas,
y en torno de tus ojos lucirá la violeta
y en tu traje la nieve....así como en las bodas.
Te besarán las trenzas los hombros soberanos,
los hombros escultóricos de mármoles morenos,
y un beso de crepúsculo habrá sobre tus manos,
y una eclosión de rosas habrá sobre tus senos.
Tus labios milagrosos dirán romanzas nuevas
-asombro de los pájaros y amor de los caminos-
y el viento jovialmente dirá: ¿Por qué te llevas
todo lo que de dulce conservo de los trinos?
La fiesta de los campos será, por ti, completa:
las voces del arroyo serán, por ti, de plata;
y el cielo habrá de darte su lírica paleta
bañándote en sus tintas como una catarata.
Y al ver cómo te nimbas de luz y palideces
vestida con el traje de gala de las flores;
y al ver tus verdes ojos, y al ver que resplandeces
bajo la insigne llama del sol de los amores;
y al dejo de fragancias que dejen tus aromas,
y al ver que recibirte me apresto en el sendero...
habrá sobre las almas un vuelo de palomas...
¡y no sabré decirte lo mucho que te quiero!


lunes, 25 de septiembre de 2017

POEMAS DE LAUREN MENDINUETA

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(poeta, ​ ensayista y traductora de Colombia, nacida en Barranquilla el 14 de abril de 1977)


Hay sólo un tiempo

¿Hoy que vives entre cosas cotidianas
te olvidas de aquella época ilustre
cuando a tus pies tuviste la poesía?
me pregunta desde un poema Raúl Gómez Jattin.
Asustada yo no me detengo a contestar.
Dice el evangelio que allí donde está el tesoro
reposa el corazón.
¿Será por eso que quien soy
no concuerda con lo que Soy?
Decidirme por lo que no me agrada.
Pensar en el futuro como si creyera en él.
Temeridad.
Hay sólo un tiempo para ser,
para hacer. Hacerse. Hágame. Hágase en mí.
Ya no me hago. No puedo hacerme.
Me dejo hacer por lo cotidiano.
Me harta el final del día
y no hay esperaza que me ilusione más allá del lunes.
Me siento como una enamorada
que persigue a su compañera infiel, la poesía,
de antro en antro,
buscando la ocasión de darle una bofetada
para regresar con ella a casa y lamerle los pies.
Aunque sé que la verdad es otra
porque en realidad nunca salgo a buscarla
soy la infiel,
la amante egoísta y ególatra
que se deja manosear en los bares.
Tengo que reconocerlo aunque me avergüence:
en mí se ha perdido lo más valioso del recuerdo
y no sé si tendré fuerzas para salir a encontrarlo.

Interior veraniego (1909)

Cuando la realidad me repite en un cuadro de Edward Hopper
—una mujer ensimismada, un poco curva,
la insípida decoración del cuarto
y los brazos lánguidos del desaliento rodeándome—,
en mí se despliega un catálogo de paisajes abandonados,
puertas canceles que chirrían con el viento de la tarde
y de un recuerdo cierto aunque no vivido.
En esos paisajes que la habitación no puede evocar pero despierta,
me repito, me repito.
El arte alcanza la inteligencia necesaria del misterio.
Todavía sentada en el suelo
(Las piernas recogidas, un brazo encima de la cama,
la cabeza caída sobre el pecho),
busco motivos para la alegría
hasta llegar resignada y seca al confín de mi esperanza.
El silencio ya no es posible para mí en esta vida.
Mi propio ruido acompañando todos los sonidos. ¿Será un castigo
o tiene algo qué decirme esta presencia discordante? 
El ojo del pensamiento me lleva otra vez al cuadro de Edward Hopper,
donde vuelvo a existir absorta e indefensa
en las pinceladas del presente.

Poema de amor


Para Jorge Luis Borges

Me pesan
El bullicio y la injusticia
La marea turbia
Y el olor de un atardecer marino
Que no he de presenciar
Las largas despedidas
Y los encuentros fugaces
Algunas palabras
Y los silencios forzados por la distancia
La noche despoblada de ti
Que avanza indiferente
Hacia el abismo del día
Las letras que componen tu nombre
Inmensa pieza del universo que todo lo encierra
La cifra que define tu número
El género que marca tu cuerpo
El tiempo indefinido de tu existencia.

© Lauren Mendinueta



Carta de Alejandro a Aristóteles


(20 de septiembre de 336 a de J.C.)

A veces pude llamarte Maestro.
Olías a barro sudoroso
Aquellas tardes ennoblecidas
Por el humo del sacrificio.
Te pregunté por el destino
Y tus ojos chocaron
Saltando chispas.
Mi mente debe ser
Una gran hoguera.
Filipo el desgraciado me dijo:
"busca hijo mío
un reino igual a ti
porque en Macedonia no cabes".
Yo te digo a ti
Oh sabio
Un discurso no vale más que una razón.
Ya ves en cambio
Cien ciudades siempre valdrán
Más que una.
¿No reconforta la nueva máscara de estagira
la fijeza de tus días?
Cometes imprudencia irreparable
A mis ojos
Impartiendo conocimiento
Como se reparte lanza.
¿De quién me diferencio ahora?
Si antes abracé el conocimiento con fervor
Ahora abrazo la batalla.
No volverán los días
Cuando tu mano era propicia
Como al luto el silencio.
Nueva York, Abril 14 de 1977

© Lauren Mendinueta

  

Boceto de autorretrato


Insisto en no esquivar nada
Vivir es participar
¿Acaso no es más sensato elegir entre lo conocido?
Me opongo a la servidumbre
¿Lo he logrado?
Sometida a otra esclavitud
Soy verdugo y víctima
Lo acepto Lo prefiero
Reconozco la grandeza del héroe
¡Oh gloria! ¡Oh victoria! ¡Oh desdichado!
La moneda que llevo en la mano
Es un espejo pequeño
Verme ignorando mi reverso
Agujero de sombra
La cara de la moneda es hermosa
Su perfil de rayo
Su reverso feo
Formarme como una obra de mi propia mano
No es fácil
Si renuncio a esa otra parte de mí
Si la desecho para hacer triunfar la belleza
Entonces tendría que renunciar a mí misma
Me sorprendo
¿No es esta también una moral?
Renuncio a ser
Sólo lo que no es
Se construye
Hoy la infancia es un estremecimiento
"todo se ha consumado"
En el tiempo
La moneda no permanecerá
Los espejos no guardan la esencia
Única parte inamovible
Espantado del miedo de la memoria
Hay demasiados caminos para un mismo rostro
Mis palabras
Ojo de aguja
O clavo de ausencia
Vagan por las calles de la ciudad colmada
¿Es inútil este boceto?
Prematuro suplicio
De la imagen propia

© Lauren Mendinueta




El árbol de oro


(En el Popol Vuh representa la muerte y el renacimiento de la vida en la naturaleza.
Se le vincula con el dios Sol, Kinich Ahau
)

El árbol de oro transforma la apariencia del paisaje.
Lo que nosotros llamamos naturaleza está ahí,
pero la vida del árbol le trajo un relieve,
una claridad que antes no tenía.
Crecen en sus ramas resplandores sin sol,
y sus altas luces obligan a mirar hacia arriba,
hacia la amplitud del cielo, que él,
con la delicadeza de sus hojas, resalta.
Su firme presencia
hace visible el espacio invisible del aire.
© Lauren Mendinueta

  

El espacio en su jardín


Lo visible y lo invisible
están en eterna contradicción,
y esta lucha tiene por fuerza
el poder de matarme lentamente.
El triunfo de lo invisible,
carece de espectáculo,
mientras incluso en la derrota
lo visible gana en notoriedad.
Si la brevedad es el signo de la vida humana,
el tiempo es asunto mío, también.
Y la roca gritó, otra vez
El mundo habla en lengua extranjera,
al tiempo que en él la voluntad se cumple
portadora de exilio y soledad.
Creo en los signos secretos,
en las llamadas sin responder
y en ciertos árboles abandonados
en la orilla equivocada de los caminos.
Si se desnudara lo original,
se reflejaría en la superficie de la tierra
y no en la cara teatral de lo humano,
estoy segura.
En medio de tanto ruido,
el grito ignorado de la roca
dice lo que otra vez preferimos no entender:
si esto es vivir, la muerte es un jardín florido.
© Lauren Mendinueta

  

El Danubio


Lo que pacientes elaboraron los años
no tiene título por ahora,
sólo un olor y un sonido que lo distingue
del tumulto de lo real y notable.
El Danubio que yo conozco
no lo frecuenta el mundo;
es el escenario de los últimos vasos de leche
que tomé gustosa de las ubres;
la cama junto a la cama de mis abuelos paternos,
que anhelaron encaminar su hacienda, y así fue,
y sembraron tres hijos en sus jardines.
En El Danubio pude ver hacia el universo,
y me atemorizó la imagen del infinito;
aquella aparición del vacío
que amenazaba con tragarse el mundo.
Todo lo que yo conocí en mis primeros años,
fiel a lo anunciado por mis visiones, desapareció;
y ahora cumplido el presagio, perdida la niñez,
los amigos tempranos, la casa en la que nací,
perdida la calle Felicidad para habitarla,
me sigue quedando El Danubio y su jazmín,
el naranjal, unos corrales,
y las cumbres nevadas de la Sierra:
es decir, un paisaje que se pierde
en el temor de perderse otra vez,
otra vez en lo definitivo.
© Lauren Mendinueta



Venecia

Para Silvia Favaretto

Quisiera capturar en vida tu imagen,
guardarla en la galería de mi mente,
desenterrarte del lugar donde te has refugiado
mientras aumenta cada día tu esplendor
y voy ciega a tu existencia.
Eres como un velo tendido sobre la arena,
toda transparencia y gravedad;
pareces tan tenue, tan serena,
tan desnuda de todo
salvo de tu gracia.
Me pregunto al contemplar las imágenes
grabadas en la laguna,
cuál es la ciudad real y cuál es su reflejo.
© Lauren Mendinueta


  

Poema auto-referencial


La que sin ser yo
No es otra
La de tirantes dedos para acariciar
El espino
Escribe
Pocos años Pocas horas
No menos de mil
No más de mil
Recoge
La herida de la tierra amarga
Para protegerse
De la orgullosa espesura
Sostenida por siete pájaros azules
Su soledad
No derrama pájaros
Árboles con amplias miradas
Antigua huella de adioses
Guardaron para ella la señal
Y las flores
Grandes triunfadoras
Le cortaron es suspiro inocente
Joven aún
No la conozco
Ella y yo
Dos manos de trazo libre
Para esquivar la espera
Dos pies en forma de pies
Para marchar al combate
Dos ojos
Que siempre miran recuerdos
Diosa y mujer
Nosotras

© Lauren Mendinueta


La felicidad, como tantas otras cosas,


depende de los reflujos de la mente.
Pero ese vaivén de la memoria lo gobierna el azar,
y por fatalidad he vivido dando rodeos
acercándome quizás, sin alcanzar lo memorable,
una y otra vez cayendo en lo peor de lo vivido.
¿Acaso la felicidad está en lo más próximo,
en lo que no es memoria sino llana realidad?
Si es así no hay esperanza
pues para llegar a lo más cercano
hay que transitar por el camino más largo,
que dicho sea de paso, es el más difícil.
La felicidad, como un legítimo tesoro,
espera en el fondo
de lo ríos más caudalosos de la memoria.
Sólo en esos acuosos mantos existe con pureza.
Aunque en tierras cotidianas contemos con réplicas exactas
dispuestas en vitrinas a precios caprichosos.
Si alguno codicia las auténticas joyas
tiene que sumergirse en innumerables aguas,
sortear atroces peligros, arriesgarse.
Pero que entienda de antemano
que los tesoros verdaderos no son hallazgos de la voluntad.
Yo prefiero abandonarme al azar,
tal vez un día aparezca ahogada en buenas aguas.
© Lauren Mendinueta


SOLA



Voy de un teatro a otro,
de una noche pizarrosa a un día ocre.
Busco mi alma que suele esconderse
en la estación clausurada del ferrocarril
y me burla la brevedad.
La muerte como un paisaje
adorna las cortinas de mi casa.
Quizás otro día tenga el valor para espantarla.
Sin tu amor estoy sola en el recuerdo,
un recuerdo, inconcluso que no cesa,
que no puede, que no acaba de morir.



YO MARINA TSVIETÁIEVA


Me acuerdo de libros sagrados
y de otros que no son más que cifras,
lo elevado no incluye lo grande.

Recuerdo días en los que se dijo de mí:
“Eres una bruja”
y otros en los que terminé encerrada por el miedo
en la jaula de la santidad.
el jorobado paga por su joroba,
el ángel paga por sus alas en la tierra.

Lo que siento no tiene cuerpo
Y otros lo miran como si fuera estéril,
-sólo la carne se prende y se pudre-.
odo se le ha dado al inocente y más al que todo lo sabe.

Yo, Marina Tsvietáieva
pienso en mí como en una flor recién segada
de mayor estatura que los hombres.
La jirafa es su cuello.

Mi vientre se ha hinchado numerosas veces,
y tres veces ha escupido su fruto:
las caras de mis hijos amados y de los menos amados
transparentes  y cortantes como el vidrio.
Yo, Marina Tsvietáieva, la testigo de esa historia
cortada en dos por la espada de Yalta,
doy fe de una mitad aún sin voz: la mía.



LOS CIRCOS DE PUEBLO


Para Armando Romero


Un payaso gordo y mutilado,
otros a los que no les faltaba nada, salvo la gracia,
varios enanos, un gigante, el hombre bala,
un mago torpe y una joven fonámbula.
Yo me acercaba a los once años
cuando aquel circo de maravillosa tristeza
llegó a mi pueblo.
La niña que caminaba sobre la cuerda no debía tener más de diez.
Sí, era mujer aquella niña del circo,
su pecho era plano como el de un buitre desnutrido,
pero en su mirada afloraba una ave exuberante.
Era menudita aquella cría de buitre
y casi parecía natural verla caminar sobre la cuerda floja.
Era un circo pobre, para los hijos de los pobres,
y con descaro feliz los payasos pregonaban:
“¡Esta noche a las siete
no se pueden perder el mayor espectáculo del planeta!”
“¡El circo más famoso del mundo,
los invita a una única función!”
Así lo anunciaron noche tras noche,
y los niños noche tras noche creímos que era cierto.
En esto consistía el milagro:
en los payasos que mentían y amaban su mentira descaradamente.
Y en aquella avecilla salvaje disfrazada de bailarina,
la pequeña fonámbula que caminó en nuestro pueblo
sin llegar a pisar tierra,
y sobre todo
en las boletas mágicas de pague uno y entren dos
y en esas funciones únicas
repetidas noche tras noche.
Ha pasado un cuarto de siglo desde aquella visita del circo
y sin embargo pocas cosas han cambiado,
la niñez sigue siendo un sueño enamorado de sus mentiras
y la vida con sus personajes de inexplicable extrañeza
continúa pareciéndose al milagro triste
de los circos de pueblo.


DESEO DE NADA


Todavía es temprano.
Mil noches han caído sobre la tierra,
y otras mil cayeron antes,
pero aún no es tarde.
El viento arropa con tanta fuerza la casa
que se diría una madre enloquecida de amor.
Pero el viento no puede amar.
Tengo miedo.
El mar no está lejos de aquí,
y yo soy esa misma arena sobre la que caen
furiosas, incontenibles y enajenadas las olas.
Más allá, en el centro mismo de la tormenta,
mi ojo busca las razones de tanta rabia.
Tengo ganas de azotar a la noche
hasta verla sangrar.
Deseo hasta el infinito
poseer algo que jamás se entregue.


 

RELOJ SIN MANECILLAS


Tengo el boleto para un viaje que promete el Jardín como destino,
la costumbre de rondar sobre cenizas para no olvidar el fuego
y la voz de mi madre que me arropó con rumor de palmas en la tarde.
Tengo también el compromiso de estar viva, de preservar lo intocable
para que el mundo siga siendo aquello que no soy.
Pero vivir en redondo como aguja de reloj termina por cansar.
Cuánta ironía: tener que envejecer para al fin recobrar la infancia,
tener que morir para que ya nadie pueda robármela.


 

EL JARDÍN COMO DESTINO


En los umbrales del jardín te espera la más hermosa nada.
No encontrarás al gran ángel negro de alas encendidas
ni saldrá a recibirte el viejo barbón que custodia la casa.
Ahí has de encontrarte con el gran desconocido que fuiste,
con aquel obscuro murmullo que aterrorizó tu niñez,
el mismo canto de sordos que cargaste la vida entera.
No encontrarás girasoles que se inclinen a occidente,
ni azaleas encarnadas que escapen al alba.
Atrás habrán quedado los árboles del Paraíso
con sus ramas desfloradas
erguidas al cielo con orgullosa inocencia
y conocerás la vergüenza de haberte avergonzado un día de tu desnudez.
Si alguna vez llegas a los confines del jardín,
ahí donde todo lo ha quemado el cielo,
donde la materia cumple su único destino,
sabrás que tu vida ha sido como un poema atravesado de tormentos
pero insensible a sus propias palabras.
Y te preguntarás cómo has podido no entender
que tu anhelo de vivir eternamente,
tu miedo animal a la soledad,
no tenía el poder de construir otros mundos.
El jardín es uno solo y a él vas y vuelves sin percatarte.
Y como el alma no siente, sólo sabe,
te sorprenderás al saber que la nada posee tu propio rostro.


  

ENCALLAR EN EL EGEO


Vi mi rostro reflejado en las aguas del Egeo.
Cada rasgo con su trazo único, apenas mío,
la imagen de una exactitud inquietante.
Esos eran por fin mis ojos. Mi boca. Mi nariz.
Mis pómulos. La inclinación exacta de mi barbilla.
Así estuve atenta días y noches
deseosa de que el reflejo intentara hablarme.
Desde entonces no importa a dónde vaya
en ese mar me quedé yo, temblando entre rocas y olas:
muda, idéntica a la felicidad que nunca tuve.


 

SIN ENTENDER NADA


La tarde se agotaba en Rodas,
abril, como toda promesa cumplida, perdía interés
y yo vi correr tus lágrimas hasta el mar.
Sin entender nada
ni tu melancolía ni la migración de las aves
ni el silbido de los barcos ni el rostro envejecido de los capitanes,
cerré los ojos.
Al volver a abrirlos, no sé si yo era distinta
o si el puerto había cambiado
pero los barcos anclados embellecieron con la noche.
Tú que mirabas hacia las colinas
no viste mis lágrimas encendiendo las primeras lámparas.



 
Poemas del libro La Vocación Suspendida (Editorial Point de lunettes, España, 2008)


 

ASÍ PASAN LOS AÑOS


Pasan los años,
y aunque la vida me acusa de inmovilidad,
también yo he viajado.
Como una partícula de polvo
he revoloteado por la casa y me he prendido a los libros.
Como  un insecto he reposado a la orilla de las acequias,
o simplemente he sido una mujer que de tarde en tarde
ha mirado hacia el mar
buscando barcos olvidados por la neblina
y que vuelven a la memoria,
sin esperanza distinta de la muerte.


 

BOGOTÁ, DESPUÉS DE UNA VISITA A HELENA IRIARTE


No hay relación entre las cosas
y aquello que las encarna.
La realidad acaso es un vacío
y el reflejo en los espejos
la evidencia de su precariedad.
Los nombres van por el mundo
retratando la angustia de no ser lo que nombran.
La gente corre afanada hacia el vagón del metro
o el autobús porque la vida depende de un concepto.
Tampoco la puntualidad corresponde a su palabra,
Pues no se puede llegar con retraso al destino.
¿Es posible que convivan alma y cuerpo?
¿no serán un binomio inseparable,
una sola cosa que no sabemos nombrar aún?
En estos temas, como en tantos otros,
me atropella la retórica,
y vuelvo a preguntarme si será posible
nada más vivir.


 

OLVIDO DE MÍ


Octubre ha llegado dominado por las lluvias,
y los demás meses lo han seguido hasta aquí.
De repente este amontonado tiempo lo ha llenado todo,
el verde de la casa, las sillas, la manta que cubre el piso
cuando en el verano me recuesto a leer.
En mí no es posible el abandono del tiempo,
la gracia que supone el olvido
me hubiese salvado de esta invasión.
Ahora debo caminar con cuidado
para no maltratarme con tantos recuerdos.
¿Me engañaré o será verdad lo que voy a decir?
Renuncio a esta visita, no le temo a la soledad.


 

LA TORRE DE MARFIL 


El mundo es una torre de marfil, en vano
busco una puerta en sus paredes curvas.
Parezco una actriz representando a un borracho,
camino tratando de hacer una línea recta,
nunca eses. No soy una profesional
de la actuación, ni siquiera me le parezco,
pero caminaré tratando de hacer una línea recta.
A veces me siento frente al ordenador y busco
toda clase de cosas, desde zapatos hasta amor.
Y sí, todo lo encuentro allí, porque el mundo es una torre
y estoy atrapada con todo lo demás, es inevitable.
Cuando me miro al espejo me sorprende lo común
que parece mi rostro, y me digo:
es bueno ser tan común, no te asustes.
Vuelvo a sentarme frente al ordenador y encuentro
las mismas cosas, todo, todo, hasta el amor.
Y allí mismo, tecleando,
trato de comprender
por qué me siento libre en la jaula del pájaro.


 

HAY SÓLO UN TIEMPO


¿Hoy que vives entre cosas cotidianas
te olvidas de aquella época ilustre
cuando a tus pies tuviste la poesía?
me pregunta desde un poema Raúl Gómez Jattin.
Asustada yo no me detengo a contestar.
Dice el evangelio que allí donde está el tesoro
reposa el corazón.
¿Será por eso que quien soy
no concuerda con lo que Soy?
Decidirme por lo que no me agrada.
Pensar en el futuro como si creyera en él.
Temeridad.
Hay sólo un tiempo para ser,
para hacer. Hacerse. Hágame. Hágase en mí.
Ya no me hago. No puedo hacerme.
Me dejo hacer por lo cotidiano.
Me harta el final del día
y no hay esperanza que me ilusione más allá del lunes.
Me siento como una enamorada
que persigue a su compañera infiel, la poesía,
de antro en antro,
buscando la ocasión de darle una bofetada
para regresar con ella a casa y lamerle los pies.
Aunque sé que la verdad es otra
porque en realidad nunca salgo a buscarla
soy la infiel,
la amante egoísta y ególatra
que se deja manosear en los bares.
Tengo que reconocerlo aunque me avergüence:
en mí se ha perdido lo más valioso del recuerdo
y no sé si tendré fuerzas para salir a encontrarlo.


 

INTERIOR VERANIEGO (1909)


Cuando la realidad me repite en un cuadro de Edward Hopper
—una mujer ensimismada, un poco curva,
la insípida decoración del cuarto
y los brazos lánguidos del desaliento rodeándome—,
en mí se despliega un catálogo de paisajes abandonados,
puertas canceles que chirrían con el viento de la tarde
y de un recuerdo cierto aunque no vivido.
En esos paisajes que la habitación no puede evocar pero despierta,
me repito, me repito.
El arte alcanza la inteligencia necesaria del misterio.

Todavía sentada en el suelo
(Las piernas recogidas, un brazo encima de la cama,
la cabeza caída sobre el pecho),
busco motivos para la alegría
hasta llegar resignada y seca al confín de mi esperanza.
El silencio ya no es posible para mí en esta vida.
Mi propio ruido acompañando todos los sonidos. ¿Será un castigo
o tiene algo qué decirme esta presencia discordante?
El ojo del pensamiento me lleva otra vez al cuadro de Edward Hopper,
donde vuelvo a existir absorta e indefensa
en las pinceladas del presente.



 
Poemas del libro Poesía en sí misma (Universidad Externado de Colombia, Bogotá, 2007).
 
 

EUCLIDIANA


Desde la azotea observo
la diaria geometría de los pájaros
que vuelan sin sombra de duda
por el laberinto del cielo.
El tiempo
que como ellos migra
dispone la distancia imprescindible
entre nosotros y el orden de las cosas.
El hoy en mí quiere darle las gracias
¿por qué cosa debo empezar?


 

ANTIGUA MORADA


La infancia viene de muy lejos,
de un lugar muy antiguo,
de una casa abandonada en el mundo.
Lo cumplido en aquellos años no demora.
Demasiado vieja el alma,
milenaria en su forma,
termina por imponer
su voluntad de retiro.
El resto de la vida nos queda
para fijar su extrañeza,
la severa distancia impuesta
por su opacidad inalcanzable.


 

CARTA DE BEATRIZ A DANTE

(En un día imposible de precisar)

Por voluntad divina
nos une la memoria.
La sombra de tu cercano tormento
se mezcla con la mía
blandamente como si entrara al paraíso.
¡Agonía
emerges desde el fondo de los siglos!
Si pudiera lanzaría tu nombre
a los brazos infinitos de la noche.
Libre
sería un ave no tocada por el cielo.
Espigada sombra
fulguras desterrada.
Cuando retornes al paraíso
será mi rostro
una visión con velas
encendida en desolación.
Será mi cuerpo
un traje rumoroso
en los huesos lucientes.
¿Qué fatalidad
encadena el alma
con las ilusiones fallidas?
Es bueno guardar silencio
cuando se ha visto al fuego
caer del cielo.