miércoles, 25 de noviembre de 2015

POEMAS DE ALEJANDRO AURA


(México 1944- Madrid 2008)

Allá ella, abandonada


4


Ya entiendo:
la ciudad vivirá más que yo
que la he amado.
Allá ella,
abandonada.
Su corazón será
un inmenso cacto,
cubierto de primores
y de muertos.

5


Sin embargo me iré a hacer otras ciudades;
por un leve tiempo dejarás de importarme;
aunque me vaya te estaré haciendo falta.
Olvidaré por completo
tus complicados números de teléfono,
tus direcciones
cada vez más inaccesibles y lejanas,
no pensaré en ir a tal o cual cine,
a tal o cual mercado, parque, paseo,
monumento, galería, oficina;
todo será nuevo:
calles desechables, casas de papel,
tiendas de una sola vez, platillos imposibles,
rutas de autobuses que corren
nada más sobre el papel de un plano.
Me sentiré feliz como una flecha suelta,
hasta que alguna cosilla accidental en la memoria
me haga pegar de nuevo un grito de dolor
y me clave otra vez en tu pecho,
y para siempre.

8


El resto de la aurora
no caerá de mi mano,
lo aseguro,
mas tampoco el frío impredecible
que me dejó temblando
perdurará.
Acepto la derrota
pero que la ciudad
acepte también
que la he vencido.

NIÑO SIN NOMBRE

Para mí no acaba el plazo de la vida 
porque morí al nacer,
no hay fecha que desazone mi espíritu pensando en el horror del vacío porque antes de conocer siquiera las caricias de mi madre pasé a mejor vida, como dicen,
aunque no hay vida mejor que ese breve momento en el que tuve sangre circulando caliente por mis venas y oí en mis propios oídos un ruido que salía de mí mismo como un líquido dulce
pues todo lo demás –cuál mejor– fue pudrirme, secarme luego y comenzar el único trabajo posible del amor que es deshacerse,
volver a ser de nada
ah, si hubiera tenido un rato más para probar a qué sabía mi madre,
para oír su voz enseñándome con paciencia de carne una a una las palabras con que se hace el cuerpo de la vida,
–cuerpo, carne, sangre, sabor, qué apetecibles palabras–
si hubiera visto sus ojos enfrentito de los míos proyectando en mi retina lisa toda su historia y la de sus antepasados, fuera lo que fuera y como fuera,
habría dado mi vida –es un decir– por tener un recuerdo palpable de besos, de caricias, de cuerpo contra cuerpo, 
como esas vírgenes desnudas que sueñan los herejes o algunos cristianos muy puros 
abrazando a sus niños con emoción de madre nueva,
si hubiera dado tiempo de algo,
pero apenas había corrido el trámite de pasar de líquido a corpóreo,
apenas había podido desfruncir mis párpados y labios para aspirar los listones del aire
cuando el color amarillo verdoso me llevó a la muerte sin que hubiera voz que apelara la sentencia
porque mi madre permanecía sedada y mi padre era un cretino
al revés de como es la vida yo he ido decreciendo en donde no estoy,
un conjunto de negaciones fue mi infancia, mis juegos infantiles, mis aprendizajes, 
las rayas regulares del piso son los escalones de ascenso, las rayas irregulares son asechanzas chistosas, 
los claros en que piso son lo único que puedo hacer,
si piso raya mi destino cambia, el universo revienta 
y los muertos desaparecemos,
mal que bien tuve que ir educando a mis padres para que me quisieran,
ellos no lo saben pero entre maldiciones y blasfemias he intercalado besos, caricias dolorosas, abrazos apretados llenos de fiebre y miedo, de una pesadez horrible que he sentido en mi cuerpo negado
para que ellos, al contacto conmigo, vuelvan a creer en la fertilidad que se frustró con mi deceso
bien que ya es imposible remediarlo
porque el seno en el que estuve tramitando el corto viaje también ya está del otro lado
pero la enmienda de las torceduras espirituales 
igual sucede en tiempos que no son los tiempos reales de la vida
por eso me aplico
y lleno de fervor amoroso hacia mis padres trato de enderezar el naufragio de mi precaria vida.
¡Cuál vida!
¡Si yo hubiera vivido!
Si el miedo hubiera estado allí con su humedad para causar esa alegría sorda de los sudores infantiles 
envuelta la cabeza para no ver los fantasmas que me asediaban,
si la avena, el plátano, la leche, el pan dulce, hubieran nutrido mi niñez saludable, rubicunda, ay qué bonito, qué llenito,
poco a poco habría ido conociendo las palabras
mientras viera mi piel extendiéndose para cubrir la carne con que se formaban.
Porque sí digo, pero con lo que digo no digo nada pues todo se quedó en veremos.
Salí en una cajita ridículamente adornada de encajes azules 
bajo el brazo de mi padre, como un libro,
una novela cuyos primeros capítulos estaban plenos de carnalidad, saliva, risas y acumulación de vacíos; 
y el muchacho, que me iba leyendo 
con esa voracidad con que a veces se devoran las historias, 
arrancaba las páginas para no caer en tentación de releerlas, 
desde que salimos del Centro Médico hasta que llegamos al cementerio –yo no sé su nombre, no sé cómo se llama el depósito en donde fui dejado; ahora me da risa pero en ese momento
tuve la tentación de reflexionar sobre el destino de mi alma 
pues el de mi cuerpo estaba más que claro– hasta que sin una sola lágrima que lo ayudara a soportar la desolación infinita, la más arenosa y seca de las aflicciones, me dejó enterrado,
mas como uno de los capítulos se llamaba El deseo
ando aquí medrando en los páramos más tristes de la memoria.
De tal modo, pues, se reproduce la vida, 
vuelve a ser en donde menos se espera; 
a diferencia de la vida vegetal, 
la vida humana retoña en donde no hay tronco ni rama ni agua ni sol ni aire ni un demonio.
Así que además de ser ya nada, soy recuerdo.
¿Qué diferencia hay entonces entre vivir y no vivir?
Puedo tener, ya tengo, la vida pormenorizada en la que cada segundo
está lleno de olor, asombro, sentimiento, reflexión, acopio,
de simultaneidad tal que en ella pueden abrirse 
cada uno de los capítulos desde cuando fui universo indiscriminado
hasta estas pocas horas en las que luché por conservar la vida.
¿O qué fui? ¿En donde terminé apenas empezaba?¿Esa entidad no temporal, ese fugaz evento?
Qué gracia: aquí, donde me toca estar, en este Limbo, 
no hay autoridad que decida qué hacer con el caudal de almas
todas sin usar
que se amontonan sin ningún sentido práctico ni mucho menos común
y a un lado de este digamos territorio
está la fábrica de almas nuevas que se van poniendo a toda velocidad
en ejercicio. Un almario febril y enloquecido, una sanfrancia almal
que llena de estrépito las esferas celestes, como ya se sabe.
Ninguna diferencia hay entre vivir y no vivir porque ruido de todos modos se hace
y esos ruidos hay momentos en que hasta son armónicos 
y combinados con sus buenos silencios alcanzan a empalmarse en un coro cósmico descomunal con la música de las esferas
que aquí entre nos no es otra cosa que la danza bellísima, efusiva, entusiasmada 
de lo que no existe
como yo.


PETRUS


Petrus Aura,
el más remoto de mis antepasados
de que tengo noticia,
fue quemado al pie del castillo de Montsegur,
por hereje,
en el lugar que desde entonces se llama
Val de Chemé.
Con ello perdió la tierra,
los frutales,
el solar,
la mujer (también quemada),
y seguramente libros, manuscritos, actas,
y el cuerpo provenzal, la vida entera.
Pero Petrus,
el más remoto de mis antepasados,
con sus hechos,
ganó su nombre.

CASA DEMOLIDA

Del viejo señorío sólo quedan estos viejos escombros que veo
y que celebro.
Aquí habrá estado la sala donde se recibía
(alguien aparecía con el servicio del té),
se hablaba en esta sala, de seguro, de los caminos del tiempo;
alguna mano rozó alguna mejilla,
alguna mirada rozó el lindero del silencio
y se concertaron almas con encanto.
Se habrán tratado también asuntos de negocios,
herencias, ires y venires de otras propiedades,
cuestiones entre caballeros,
damas en juego…
Me acuerdo de las plantas que escurrían por las ventanas
y de las que subían y bajaban por la fachada,
las trepadoras y las buganvilias.
Yo por aquí pasaba:
las rodillas raspadas, el cabello corto,
el miedo a los fantasmas,
el amor al diablo y el temor a Dios.
No se veía la gente de esta casa.
En esa parte llena de escombros
pudo haber estado el comedor
con una mesa de roble al centro,
y a la pared, una vitrina grande con las cristalerías;
quizás la familia tenía escudo de armas
que presidiera las horas de los sagrados alimentos.
En aquella otra parte, una escalera
(la ascención, la ascención, mis soledades)
que habrá llevado a donde esos pedazos de muro tapizado
lucían en su sitio, cobijando;
alguna vez abrieron la ventana
y vi ese tapiz en la pared de la recámara
y un gran espejo ovado;
allí se cumplirían amores,
conciertos de soledades espejeadas,
rompimientos y ayuntamientos de almas.
En esta y otras recámaras de la casa
habrán nacido, crecido, amado y muerto
dos o tres generaciones.
Yo recogía las buganvilias para el té.
Era muy antigua mi infancia.
La casa está demolida;
en unos días más
se llevarán todo el cascajo,
las armazones de las ventanas,
el bidet roto,
las tuberías semipodridas
que se arrojan como periscopios a la luz.

HELENA A LA MURALLA

De manera que estás, bellísima Helena, arrepentida
y cuando llega Iris mensajera en forma de tu cuñada Laódice, la primera en hermosura,
a buscarte con susurros de telas que al paso de sus pasos parecen palmas de manos que se frotaran las unas con las otras,
que subas a los torreones a ver a tu exmarido y a Alejandro pelear por ti
para que ya se acabe de una buena vez esa maldita guerra que lleva ya diez años, ya, ya,
tú estás muy modosita bordando en un manto de púrpura las caras de los troyanos que siempre se te han figurado, a pesar del esfuerzo que hacen, muñecos con los que te apetece jugar,
y de los aqueos a quienes te ha dado por extrañar últimamente,
en particular al rubio Menelao que aquí estás prefigurando y en cuyos robustos brazos tantas veces…
Para qué recordarlo. Con un espejo de bronce en tus manos te asomabas entonces al vacío
y loca, te daba por delirar imaginándote amada, arrancada, desgarrada, comida por el amor.
Ahora que te ven pasar esos ancianos rumbo a la muralla y se quedan murmurando lascivias de ti, desvergonzados,
que a su edad no les importa esconder lo que saben que nadie puede cobrar al espacio sin dientes de sus bocas,
con cuánto amor piensas en tu primer hogar
con las muchachas, la lana esperando ser cardada, el perfumero,
la resina de aquel árbol en que te gustaba subirte de niña y hasta ya bien entrada en mujer. La presentación formal de Menelao pretendiente.
Tu primer hogar, tu casa, tu hermana Clitemnestra, y a propósito: ¿estás enterada que el bruto de tu excuñado Agamenón, al que ahora vas a ver desde la altura sobresalir entre todos los guerreros,
tanto por su estatura de gigante como por su porte de primero entre los príncipes,
quiso sacrificar a la núbil Ifigenia
para propiciar que los dioses le soplaran las velas de los barcos en que venían por ti?
¿Y sabes que hace ya diez años que, sin que nadie lo sepa, convertida en vestal de Artemisa,
ha sido negada a todo amor de varón, con lo que tú no te avendrías?
Piensas: no sé por qué tiene todo esto un olor a tragedia; y eso que no sabes nada, mas que lo poco que ves y la mucha sangre vertida,
mientras vas hacia la muralla desde donde tu suegro Príamo, el bueno de Príamo que si no se atrevió a intentar tener hijos contigo
fue sólo porque a todos les habría parecido un escándalo imperdonable,
aunque ganas no le faltaran, como a todos,
está mirando el desarrollo de los acontecimientos
como suele decirse desde tiempo inmemorial. Y ya está viejo también.
De manera que extrañas, que estás arrepentida; ah, caramba. Leda, madre, piensas,
cuando con mi padre Zeus en figura de cisne nos engendraste a mí y a Polideuces,
¿no habrás tomado por casualidad una ponzoña al estar rasguñando la tierra con las uñas ansiosas
y tenido el descuido de contaminar con ella
la semilla turgente de mi corazón todavía no formado siquiera?
¡Ay Zeus! También Alejandro está allá, donde van a pelear por mí.
Yo qué hago. Diez años ha que yazgo con él en su lecho blando. ¿Habrá un solo modo de su cuerpo que me quede aún por conocer? Qué hago.
Perra de mí, que habré de ser materia de cantos y reproches merecidos en el inclemente futuro,
así me doy a la vista de todos con los brazos desnudos y mi cara de perra y esta túnica talar que viste mi desvergüenza.
Helena. Helena en la torre de Ilión.
Los dioses apocados por tus recursos primorosos labraron tan ingrato destino como el que hoy te trae a la muralla.

Tambor interno 23


23



Duérmame yo, pesadamente silencioso
pensando ser estrella;
prófugo del día pasado de la fuga,
compañero de nadie,
perseguido, perseguido
–ya sé que me persigo.

Despertar
es un juego de asombros
que embellece.

Tambor interno 22


22



Las palabras rosadas
sorprendidas en el vaivén del titubeo
le dan vena y vestido
al mundo que vivimos.

No digo que el amor es esto y es aquello
porque no vine a decirlo.

No digo más sino que estoy floreado de la piel del alma
y así
saludo el día.

Ay, qué corto tiempo,
qué pequeña canción.

No en vano


No en vano
se llena uno de cosas;
las paredes se cubren:
óleos, dibujos, acuarelas.
No de balde
los libreros aumentan:
maderos y maderos
y lomos y acomodos.
No es inútil 
que la casa se llene de papeles,
de muebles, de juguetes. 
No es gratuito
el cúmulo de objetos
que hablan en la casa de nuestra historia de amor.

Se me acaba de ocurrir


Se me acaba de ocurrir que el verdadero
gran hombre, el gigante – no el fatuo
que se abanica con muchas palabras-
es silencioso.
Habla para saludar, para pedir su comida,
para bajar del camión,
para alegrar a la mujer amada
o para llamar a los animales domésticos,
y toda la charlatanería
desarrollada al pie del asombro de los otros
no va con él.
Para recitar está bien saber muchas cosas de memoria,
para impresionar al suegro, tal vez hasta
para ganar dinero; pero un vaso de brandy
una buena mirada, una mano que sabe tocar,
hacen del silencioso una laguna de agua dulce
donde hasta el más tonto sabe 
que se puede sumergir tranquilo.
El silencioso es casi un dios, 
está a punto de ser una paloma, un barco, 
y nos enseña a todos con la mano en la cintura, 
cómo se hace la vida sin aspavientos, 
cómo lo poco que se tiene que decir 
debe guardarse un ratito en la boca
a que se entibie.

Volver a casa



1


Un día
abandonaremos
la ciudad de México;
la dejaremos en pie y desierta
para que
las conjeturas
crezcan,
y nos iremos a fundar
en otra parte
nuestras maravillas.




2


El jueves en la mañana
despertamos alegres,
llenos de sueños.
Desayunamos dorados panes
y jugos de las frutas;
bañamos en agua tibia
nuestros cuerpos sencillos
y salimos a mirar el sol.
Redonda y fina en calidad
fue la voz grande
de los demás.
–Vámonos,
ya vámonos,
se oía cantar.




3


Los bienes de la ciudad
fueron hechos
por los que estuvieron antes
y por nosotros.
Como flores
nos salieron de las manos
todas estas casas
y estas calles
y estos líricos hilos de la luz.
Y este humo espeso
que nos volvió ciudad de llanto.




4


Fuimos hechos con líquenes
y con palabras divinas;
amasaron
con jugos de flores
nuestra sustancia;
allá hicieron sacrificios,
en donde el tiempo pasa.
Está escrito:
cierta forma de
bocas
que abiertas
hasta la
obscenidad
miran al cielo.
Merecimos la sangre,
fuimos dotados
con el soplo de la conciencia
atribulada.
Fuimos hechos.





5


Se nos salieron las lágrimas
cuando vimos sucio
lo blanco de nuestros ojos.
¿Qué transparencia queda ahora
para mirar el amor?
¿Cómo he de llegar
llorando mugre
a las sábanas blancas
de mi amada?






6


Nos convidábamos agua
unos a otros;
el que tenía sed
abría el grifo
por donde la buena voluntad
de los demás
salía;
luego le agregábamos azúcar
y zumo de limón
y nos bebíamos la frescura
de nuestras comuniones.
Así éramos,
no os quepa duda.





7


Nuestra crueldad
no tenía límites;
sacrificábamos
a la doncella
y al mancebo
para que con su natural inquieto
no removieran
nuestras viejas armonías.
Quizá fue en esto
en lo único
en que encontramos
escueta y redonda
la verdad.

Carta a mis amigos pintores


Iba por las calles viendo el esplendoroso andar de las mujeres bellas, compungido por mi azarosa consistencia de venado;

a través de la campana de humo, que tarde o temprano tañerá por nuestra retirada, hendía el prepotente sol

y nos tocaba con indiferencia las fibras aquellas que mueven de un lado para otro nuestros estados de ánimo.

La belleza, por esta luminosidad fue puesta en evidencia.

Que la última palabra que yo diga se refiera a ustedes, que hablando de mí mismo me diluya en puras manchas de color.

Vi la piedad y la sombra enmarcadas en épocas remotas —llenos están los museos de piedad y sombra en oro.

Andando vi delante mío las caderas apenas redondas de las paseantes y el atractivo mate de las perdidizas corvas.

Un millón de años no bastaría para delinear mejor algunos cuerpos de muchacha.

Oh mediodía, oh más que momentáneo soplo del tiempo, cabálgame, déjame cabalgarte, carga con todos nosotros en tu lomo ligeramente espeluznante.


El sol nos pintará de un ocre claro la conciencia, andaremos mostrando un derredor de luz, así seremos.

Mi inclinación me llevó por sitios que la pobreza no frecuenta; fui dichoso con ansedumbre y con real sacudimiento;

fui sagaz ante lo que mi memoria hubiera querido ponerme enfrente como un vidrio oscuro: me declaré nuevo y puntagudicé todos mis sentidos.

En estas calidades de color y luz me vi estar con ustedes enamorado de las cosas primitivas: el cuerpo, la ciudad, el aire, el dardo de Cupido.

Un estruendo de pechos transparentes como un coro de aleluyas me detuvo, fui obligado con gracia a ser poeta, improvisé deleites, canté para que mi sangre nunca envejeciera:

Que la sabrosa tierra nos vuelva a dar su fruto, que la sabrosa ciudad nos dé su fruto, oh pechos eternamente refrescantes, que lo que inventamos —porque lo inventamos— nos devuelva la luz y la fresca, la cándida, la sencilla posibilidad de elaborar la belleza.


Desayuno de trabajo


Éste que sale del baño no soy
el que entré en la regadera.

Era otro. Tenía un topacio en cada ojo.

Venía de ver la verdad escueta
y la trenzada hilatura de los sueños.

Era un yo mismo mucho más potente,
capaz de salir de sí, de su piyama
y ponerse en la tierra de los otros,
con la mirada interna del que sueña
extendida a la vista de todos,
a tomarse su jugo de naranja.

Estaba concentrado y seguro
en el aspecto, en el sudor,
en el espíritu redondo y sin espinas
y esta serenidad me daba luz
para andar sin tropiezo entre alegrías.

Ahora en cambio estoy desnudo,
rasurado, indefenso, con corbata,
con el chanel que pone en evidencia
mi indefensión total.

Cualquier poema que pudiera asomarse
durante este desayuno de trabajo
me tomaría en rehenes el músculo del corazón,
el tiempo laboral,
las promesas que hice,
los deseos,
el vuelo de los sueños,
y el otro,
el que fui de verdad antes del baño.

Gato en la noche


El gato no se sube a la mesa,
ni menos a las siete de la tarde
cuando en julio comienza a oscurecer.

Ronda por toda la casa, inquieto,
buscando el paso entre el día y la noche,
asuntos diferentes de tratar.

Ha comido, ha bebido, ha dormido
su porción de reposo de las horas de luz
y ahora se prepara para cumplir
su profesión minúscula de gato de la casa.

La sociedad con la que trata
mientras el sol empuja al mundo
dobla su servilleta cotidiana
y ya no pide más para alimentar su fantasía.
Él abre el socavón de su alma.

En algún rincón de la morada
se fabrican las verdades jugosas
y el gato, que lo sabe, sin estorbos morales
se apresta a mordisquear, goloso,
la carne sabrosa de la noche.


Mi hermano mayor


Yo tenía un hermano mayor; 
era siempre cinco años más amable y más sereno; 
quería un escritorio y un caballo 
y una manera nueva de contar los sueños 
y una mina de azúcar, de seguro. 
Le gustaba leer y razonaba, 
a veces era tierno con las cosas 
pero yo nunca vi que fuera un niño. 
Era un hermano mayor con todo su traje azul marino, 
con toda su camisa blanca blanca, 
con toda su corbata guinda oscura muy de gala. 
Yo tenía un hermano mayor 
de pie sobre la luz; 
me daban miedo las calles en la noche 
y el corredor oscuro de la casa, 
me daba miedo estar a solas con mi abuela, 
pero tenía un hermano mayor 
sobre la luz cantando. 
Mi hermano mayor también era un fantasma, 
una calavera dientona, 
una carcajada de monje a media noche. 
Mi hermano era un muchacho blanco y sin anginas. 
Por eso nunca nos comimos juntos 
ninguna jícama del camino 
ni rompimos de guasa los vidrios de las ventanas 
ni nada que yo recuerde hicimos juntos. 
Ni jugamos ni fuimos enemigos. 
Éramos buenos hermanos, como dicen. 
Se habló de inteligencias y de escobas, 
se discutió sobre los pantalones cortos y las hostias 
y el carrito con ruedas de patines; 
se supo y se dijo que mi modo era grosero 
y mi cabello oscuro. 
Él era siempre mejor que yo 
cinco años. 
Hace cinco años se casó mi hermano. 
El que se casa pobre 
tiene que andar cuidando su manera de contar estrellas, 
tiene que andar despierto y trabajando, qué remedio. 
Se tiene que acabar de cuajo con los sueños, dicen, 
porque vienen los hijos, la suegra, los cuñados, 
y lo dicen, aquello de los sueños, sin decoro, 
sin tocarse la vena, sin énfasis ni estilo, 
como el que dice que no sabe de dónde viene el hombre. 
Hace cinco años que no crece ya mi hermano. 
Mi hermano, 
mi hermanito menor, mi consentido.

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