sábado, 8 de julio de 2017

POEMAS DE HAROLD ALVARADO TENORIO

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(Buga -Colombia- 1945)

Poeta, ensayista, traductor y editor colombiano nacido en Buga en 1945.
Hizo estudios de Literatura Latinoamericana en la Universidad Complutense de Madrid, donde recibió título de Doctor 
con una tesis sobre la obra de Jorge Luis Borges. 
Ha sido docente en varias universidades americanas, catedrático en el departamento de literatura latinoamericana 
de Marymount Manhattan College de New York  y director del Departamento de Letras en la Universidad Nacional 
de Colombia
 donde recibió el Título de Profesor. 



En espera del gran día


Gran vida que das y todo quitas
ni siquiera el recuerdo quedará en nuestros huesos
ni siquiera la música del violín de Mendelssohn.


Desperdicio


Que el pasado caiga desde nosotros.
Que sea como agua inútil
y además, como agua innecesaria.
Nuestro pasado vale tres cuartos.
Vale nada.



Como en un campo de cáñamo


Como en un campo de cáñamo
uno a otro tallo se apoyan
en la mañana
uno a otro se oprimen
entrada la noche



En Salónica



Viajando por Salónica
la luz en la hora más temida
ante el llameante brillo
corre ligeramente
en medio del aire estático
sobre las estrellas centelleantes.



Hoja de otoño


Hoja de otoño, no percibes
el saludo y el beso,
el cuerpo detenido en un lecho de aroma,
la mano y el labio en la boca,
la carne y el ojo en los ojos.

Viento de otoño vuelto hacia dentro.



1975


La delicia de las cosas
reposa en el paladar.

Desgraciado
quien llegado a los treinta
sólo ha probado un lado del placer
y gustado sólo una caricia.



Primavera


Primavera golpea las ventanas y el polvo del Gobi
cubre los objetos con una pátina amarga.

Alguien habla de un lejano país tropical.

La vida es implacable.

El tiempo inexorable.



La pregunta


Un día preguntaron qué deseaba
y le trajeron aquella que había perdido en su juventud.

Después de siete lunas y siete sonrisas
un hueso de uva
le separó de sus brazos
de su perfume
y sus ajorcas.



Dioses


Muchos eran más listos que nosotros.

Cuando los necesitan
les hacen venir golpeando la carraca,
trazan sus huellas sobre la arena
las flautas hablan sus voces.

Nadie les temía: habían fabricado sus rostros.



A un poeta alemán


En el alto infierno de Dios,
William Blake, poeta de toda fe,
oyó de Satán que el fuego nos consume.

Dos mil son años de confusión.

Dos mil de sujeción a la ley de Moisés.

Dos mil los del último profeta.

Seis días suman los años de la creación:
¿Y el séptimo? Ya ves, Bertold Brecht.



Arte y ficción


Como en el arte,
hizo de su vida una ficción.

Y lo que más amó, el placer,
lo obtuvo en sueños.

No había realidad
y si la hubo
resultó también quimera.



No todo es silencio en la montaña


No todo es silencio en la montaña.
El moscardón acosa la luz de la lámpara.
El gallo canta anunciando la mañana.
Los gansos persiguen al perro.

No todo es silencio.
El moscardón, el gallo y los gansos
recuerdan que no puede haber silencio
si aún estamos vivos.



Dónde


¿Dónde posar el pie,
dónde el poema?

¿Por qué las llagas nos cubren
y el escarnio te cerca a toda hora?

Sueño del hombre y su sombra
ninguno sabe que uno es sombra de otro
nadie sabe si sueña o está muerto.



Portero de noche


Bajo el arduo sopor del mediodía
Vuelvo y veo tus ojos, esa noche.

Al volver abriste la puerta
y para verme mejor preguntaste la hora:
eran la una y cuarto.

Tu cuerpo exigía otro cuerpo.
Y eso obtuviste.



Una barba de Camden


Mientras más te cerque el día definitivo
mayores goces encontrará la carne.

Busca una joven y cantarás con ella
lo que une y entrelaza.

A vuestro alrededor,
jóvenes rozagantes
se disponen a tocar tus brazos.



Rigveda 10,90


Del hombre todo viene:

La luna, de su espíritu. De sus ojos, el sol.

De su aliento el viento, de su ombligo la atmósfera.

De la cabeza el cielo. De sus pies la tierra.

¿Cuántas partes de él hicieron, cómo se llamó su boca,
cómo sus brazos, sus muslos y sus pies?



Café Beach Café


El amargo sabor de los sueños
volverá para darte una muchacha
con el pelo suelto
contando recibos del paso del día.

Desnúdate de ti
y ella vendrá a vestirse
con las caderas, los ojos y los gestos
que hubo en tu camino
ese verano del ochenta y dos.



Durante años


Durante años
fue la vigilia, para él,
un sueño de horror.

Los días transcurrían como una pena
que debía pagar en las noches.

Sólo una catástrofe, con su manto de nube,
le arrojó al verdadero día y la veraz noche
de los otros, sus habituales enemigos.



Dora Bekerman habla consigo misma 

Mira los manzanos en invierno.
Están secos con tanto lamento.
Tus nietos fijan sus ojos azules en mi rostro.
Mi cabeza
dorada ayer
mañana estará como la nieve.

Aquí fue nuestro encuentro
en este día
Hace mil noches.

 Memoria de Holanda


Recuerdo una mañana
cuando después del goce de soltero
caminaba en el campo
recorriendo tu cuerpo
Aquella noche
apagada
la sed
bebimos
vino
dulce.


Ahora que está lejos


Ahora que está lejos soñándose a sí misma
quieres entrar de nuevo
y que nada diga.
Que nunca sepa que vienes de mundos
donde un emperador hierve
rodeado de eunucos
y los rostros centenarios de sus concubinas.
Entra en ella
buscando el rostro y la carne
que no volverán.



La tarde va cayendo en su gris


La tarde va cayendo en su gris
y uno que otro disparo de fusil o revólver
recuerda que estás en tu país de muertos.

Alguien volverá a llamar esta tarde,

alguien sin esperanza.


Que la tarde muera como mueres hoy
en el silencio del primer día de un año
como tantos otros del pasado.



Al cerrar la puerta



Desnuda
al cerrar la puerta
recibías como recompensa
un vano rosario de palabras.
Dile que vuelva.
Dile que venga y presente al respetable
sus magnificas nalgas rosadas
la ronca voz
y la canción de entonces.



Menorca


En la desolación
el verano
es una llaga blanca.

Los hombres abandonan
el campo y vuelven
a casa sin rostro.

Sólo los ancianos recuerdan la luz:
la vida es extensión
una inmensa llanura.

 Llegada la hora


Llegada la hora, hicieron lo suyo.
Presenciaron los hechos y el fracaso.
Incorporaron sus setenta y cinco años
y tomando dos trozos de cal y canto
procedieron a concluir la tarea.

Los ojos vieron el cabello confundido de su madre.
Los ojos vieron los encendidos labios de su madre.
Los ojos vieron el cuerpo y el alma de su madre,
la única que había tenido
y tendría para siempre.



Noche de Octubre


Su memorable voz
una noche de Octubre, sobre la puerta.

Su cabeza coronada con hiedra, violetas
y numerosas cintas de colores.

El equilibrio de su cuerpo
dejando oír, cómo una noche,
recostado en aquel a quien amaba,
rogando compartir su cuerpo
obtuvo sólo una mirada.


Alba


Cuando llegue el verano
no visites los palacios imperiales
ni lleves lilas a la Puerta de Tiananmen.

Recuerda cuando en las playas de Cayo Juan,
los desiertos de la Guajira,
la serpiente de agua del Amazonas,
las altas piedras de San Agustín,
la vasta plaza española de Villa de Leyva
y las noches y los días de treinta y tres
lunas interminables conocimos el amor.



Un barrio de Shanghai


Serpentino barrio de Shanghai
en tus orillas se levantaron
grandes mansiones
y espléndidos festines
Aquí tuvieron gloria.

Recuerda mientras puedas
el brillo de los jardines
todavía lucientes
y ve llenándote de este aire vespertino
y de esta ciega polvareda
donde la ciudad del ayer
es sólo polvo y oscuridad.



Zen


La sombra sigue al cuerpo
condenado a viajar

Tendrás mi piel
tendrás mi carne
tendrás mis huesos

Pero el último guardó silencio
Tendrás mi medula -dijo-

Con el polvo del camino
la mano sostenía una sandalia.



Bodas de plata


La belleza de tu rostro
y la dulzura de tu voz bastaron
para que te amara.

Un año pasamos juntos
y luego a él regresaste.

Ahora, que de nuevo le engañas,
te duele el corazón
y ante a mí
crece tu desgracia:
has comenzado a envejecer.



Llegado el otoño


Llegado el otoño
declaró su amor
a
Nina de Gierachi.

Esa noche
veinte puñales cercaron
los ojos de la bella.

Los remordimientos
le llevaron
de ciudad en ciudad.



Esta mañana


Esta mañana,
una pluma ha llegado
hasta el libro que leía.

¿Qué significa esta pluma?

¿Este temporal de suavidad?

¿Este pensar en el futuro?

¿Estas dos ciudades,
estos dos espacios?



Cuando fuimos uno con otro


Cuando fuimos uno con otro
contamos numerosas estrellas

Cuando hacíamos el amor
las noches se detenían en la nuestra

Cuando de toda palabra nos recibíamos
escribíamos un libro

Los dioses no han sido derrocados
y su poder nos asignó varios caminos

Cuando nos separamos
todo retornó al futuro y al vacío

Habíamos recobrado nuestra contingencia
y el pasado habitaba en la memoria.



Manuela lee a Melville la carta de la fortuna.


En Paita,
la vieja conocedora de hombres
leyó la carta de la fortuna
a un joven inglés de rubias crenchas.
Vio las antiguas palabras cifradas y las dijo:
'Que la ira de los desposeídos te guìe'.
Para acabar con el mal y el dolor,
para no contaminarse,
a las almas sensibles
Sólo queda la pobreza y la miseria.
Huye del mundo y sus leyes,
Huye, incluso, de la misma vida.



Noches de Boca Grande


Cuantas veces la vi sólo miraba
la alta escalera el balcón las ropas
los hombres en la playa con las cuentas
del mar entre las manos la esquina
con el bar

No vi jamás ese algo oscuro
en sus ojos aspirando el goce
los árboles el cuerpo
el sueño sobre la playa
la hormiga el subir y el bajar de la marea
el giro de la aguja la búsqueda en nosotros escrita
en un lenguaje de triángulos y círculos.



1479


En la sanguina plaza de Florencia,
la ciudad del lirio rojo,
entre la música y el pueblo,
Masino de Perétola, el bello Julián,
el magnifico Lorenzo, el viejo Cosme,
el 28 de Diciembre de este año,
frente al ahorcado Bernardo di Bandino Baroncelli,
de brazo del amado Salaí,
Leonardo, nacido bastardo en Vind,
entre la música y la insidia del pueblo,
recuerda sus palabras de ayer en el palacio:
«Los Medicis me han hecho y me han deshecho»



Happy New Year


Cruzamos
trece mil novecientos kilómetros
para encontrarnos
pero, como es habitual en ti,
cambiaste el parecer.

Oh, tú, nacida
en un Diciembre inconstante,
de grandes ojos de novilla,
de fina cintura
y pies diminutos,
dueña de un Loto Dorado
voraz e insaciable.



Lunas de ayer


La luna, esta noche, la que nunca ha vuelto
vendrá para nosotros.

Porque hemos mentido, como en las lunas de ayer.
No habrá segunda parte esta vez.

Nuestro amor ha de ser como nunca fue,
un insensato amor, amor de dos
que nada necesitan ni nada desean
más que amarse.

Nuestro amor será así
o no será.



Cuando llegue


Cuando llegue
con sus alas y sus armas
cuida de cerrar mis ojos
y que mi boca no sea
violada por las moscas.

Pónme en el suelo
mirando hacia la tierra.

Lávame bien
peina mis cabellos
corta mis uñas
y hónrame
con aromáticos ungüentos.



Tardes


Nada fue fácil para él.

Nada difícil.

El tiempo dispuso para su corazón
buenas y malas tardes
hasta cuando sufrió el desdén,
la frialdad, la escasez de una mirada.

Se duele el hombre en lo que ama
se duele la mujer.

Los tiempos han dispuesto
buenas o malas tardes.



Recuerdos


En un viejo bar
alguien recuerda cómo fuiste.

No aparece el ayer tan claro para ti
como el brillo
que el hombre tiene en los ojos.

Turbio rostro —el tuyo—
incapaz de rehacer las noches
de felicidad que has deparado.

Apareces vivido por otro.
Voraz rumia de días y días de alcohol
sexo y cefaleas
que poco regalan a un extrañado
de treinta y cuatro años.



Lector


Lector de libros inútiles
mira tu vientre adiposo
y tus manos corroídas por la artritis.

¿De qué sirvieron
las horas gastadas en pos
de una belleza de papel y palabras?

Más hubiese valido
saborear, ahora que ella te ronda,
las fragancias que ofrecía de joven.

La vieja desdentada no dará más de sí
como tú mismo, hoy que lamentas
los días y los meses de comercio
con libros y metáforas.




Como la comadre de Bath


Tú, como la comadre de Bath,
vuelve tres veces a Jerusalén,
visita de nuevo Colonia,
respira el aire de incienso
del botafumeiro de Santiago,
en Compostela.

Habrás conocido cómo la carne importa
—tanto o menos—
que las emociones de Bracciolini
al descubrir los antiguos manuscritos
llenos de polvo, basuras y dientes de ratón.

La ruina de tu tiempo
es igual que los restos
de esa ciudad de salas derruidas.



La amistad


La amistad, entendieron otros,
era una prolongada conversación
sobre el consumo del tiempo
haciendo los días perdurables.

La amistad era goce de las palabras
y un memorioso ajedrez
terminando partidas en placer,
por jugar con los gestos y la voluntad.

La amistad, vieja moneda errabunda,
es ofrecida ahora por ancianos,
enfermos, animales, borrachos y locos.

Nada saben, los hombres, de ella:
la fugitiva de los siglos.

 Cabaret


Que el poema la retrate
sólo como la viste en el tiempo
que quiso darse a tus ojos y a tu alma.

Hecha de la dura memoria de la carne,
mostraba la astucia y el candor
de quien presentía
la huella que deja otro corazón.

Así la deseabas.

Querías someterte al desdén que promete
el oro de la juventud.

Estabas dispuesto
a sufrir el rigor de sus ojos de hembra
del mejor cabaret: la vida.



Donde vayan tus sueños


Donde vayan tus sueños
ánima o deseos nuestros
poco encontrarás
el oro del tiempo está perdido para ti
creciste con hombres
que perdieron los ojos y las manos
pero también el cuerpo

Viste mucho de lo poco
que puede darte la quietud del feliz
donde vayas serás
este rostro joven en busca de la risa
de ella o las manos de él

Repetición que no trae
lo que quisiste
Alma o deseo nuestro



Marco Antonio de Dominis


habla de sí mismo


Cada mañana
terminado el sueño
recojo de mi mismo
los pedazos
que han perfilado
y serán
mi
cara
un día
Recobro el pasado y el futuro
y posando el pie sobre la tierra
ayer lunes o viernes venidero
jamás de presente me recibo
Hay
inevitablemente
uno que sueña
y quien permanece.



Servicio de placer


De cada noche que vivimos
recuerdo implacable tus caderas.

Como nunca, nadie
ofreció iguales placeres.

Como nunca, nadie
extrajo de mí la vida.

Dicen que ahora otro,
tan alto como yo,
complace tus caprichos
y los de tus padres.

Soy sólo un escribano
y debo componer
tres mil caracteres cada día.

Apenas sirvo para dar placer.



El tiempo pasa en vano


No basta la mentira
para saber, con tu rostro
mal diseñado y tus creencias,
que hay peores días por venir.

En este país
se necesita poco
para alcanzar
fama
y fortuna.

Sal bien de mañana
con la máscara aceitada de sonrisas
y mala leche.

Mete la mano donde puedas,
mete también el pie,
guárdate de amar limpio,
debes estar seguro: el tiempo pasa en vano.



Si nunca vinieron


Si nunca vinieron
¿Por qué desesperas?

Tu casa no tuvo puertas
donde golpear
ni zaguanes para pasearse de tarde.

Dime,
¿qué hacemos aquí parados
en esta noche de polvo?

Buses de muerte pasan veloces,
borrachos de camisas sudadas
eructan y eyaculan solitarios.

Sólo los que habitan pueblos de olvido
conocen la cercanía de la muerte,
el hedor de la soledad,
la máscara del tedio.



Pericles Anastasiades, circa 1895

                            Para Raúl Lecuona Rodríguez

Vagos, son ya, los rostros de su rostro
vaga, también, la forma de sus manos
lejos, está, su aliento de mi boca
su pequeña estatura
sus quince años
Sólo un ayer ocupa mi memoria
nuestro pequeño amor
nuestro pequeño mes
hace diez lunas
De repente
en la alta noche
sus ojos, de púrpura vestidos,
sus labios
labios de un amor apresurado
sus largos brazos
brazos de inolvidable carnadura
aparecen
!Cuánto he perdido buen Dios
Cuánto he perdido!



Silla


La ha comprado
para ver su mundo: cartas,
plantas, lámparas, alfombras,
vajillas, miradores, caperuzas, telas,
máquinas de escribir, bombillos, espejos,
tocadiscos, sobres de correo,
libros, cintas de colores,
libreas, voces, mesas,
voluntades, hojas,
montañas de segundas, de terceras,
quizás de cuartas manos.

Objetos que sobreviven a sus arrendatarios
y nos sobrevivirán.

La caoba es más perdurable que la carne,
el ciprés, más vivo que unos ojos,
el cedro más negro que la piel
y también los metales.

Estas basuras
cambian de anciano cada semana.



M.M.C.


Miro tu rostro.

Imagino que habríamos sido felices
si fuera joven
como tú,
sin un pasado,
sin las convicciones que compramos al tiempo.

Miro tu rostro
y confirmo
que nada tiene ya sentido:
tu hermosura debería ser mi sal de cada día
tu juventud me haría vivir otros veinte años.

Miro tu rostro
y me pregunto:

¿Quién estableció esta rutinaria separación de edades?

¿Quién la fidelidad como hierro inamovible?

¿Quién nos quitó la realidad
y sólo nos dejó el deseo?



Llama


Con las viejas canciones
volvía a la muchacha
de la una de la tarde.

La incansable pianola
repetía un perfume de talco barato,
blusa de colegial y miradas furtivas.
Fueron tiempos donde el insaciable
no hartaba la sed del corazón.

Veinte años después, una mañana,
ese olvidado placer volvió a visitarlo.

Ahora ella tenía veinticuatro años,
hablaba una lengua que ignoraba el bolero;
era color de nieve y una inmensa espiga
coronaba su cabeza.

No se repite la historia, repitió.

Supo, no obstante, que la vida
está hecha de gestos.

Esa mañana, un aire, que venía del tiempo,
Había mecido aquella cabellera
Deteniéndolo todo.



La poesía


¿Qué eres sino la visión de la noche?

Todo lo nocturno te pertenece.

Invitas a los espléndidos banquetes de los sueños
y a las no menos espléndidas vigilias de la realidad.

Viajas con el hombre y la mujer como si fueras
la llama de sus ojos, el bordón de su felicidad
o el humo espeso de los amaneceres.

Para ti, madre del dolor, sólo hay gloria y pesar,
el mediodía no está escrito en tus agendas.

Ninguna otra cosa eres, poesía,
que la más alta sima donde el loco,
los mortales,
los desheredados de la suerte y la fortuna,
encuentran cobijo.

Tú, la detestada, la leprosa, la purulenta,
eres la mejor de las hembras
la mejor madre.
la mejor esposa
la mejor hermana
y la más larga y gozosa de las noches.

  

Café Blanche


Creyendo que la mejor cura contra la melancolía
eran esas superficies radiantes y abiertas
fuiste hasta las memorables ruinas
y viste la estatua de basalto
que del cuerpo de Antonio hicieron.
Grecia era el testimonio, bajo esa copiosa
y virulenta luz, de cómo solo lo externo
tiene propia existencia.
Ética y belleza
eran una y lo mismo.
Tallar el cuerpo era
tallar también el alma.
Curar el odio a si mismo
era curar la soledad.

De vuelta a casa, liberado ya del pasado,
con aquellas camisas de colores chillones,
tus negros pantalones de tres prenses,
tus zapatos puntiagudos y habaneros,
el desnudo pecho mostrando la cadena
de oro macizo y los cinco medallones
entrabas al Blanche y pasabas las noches
bebiendo cubatas y quemando porros.

Todas y todos eran tuyos.
Te enamorabas, sin duda.
Amabas tanto los ritos de la carne,
su lenguaje y sus palabras
que incluso ahora, cuando escribes,
no sientes, tampoco, interés alguno
por el “acto final”.



Anotaciones


Dulce enemiga
que llevas al hombre
más allá de sí mismo.

Adoro tus perfecciones
y tus fulgores sobre mi cuerpo helado.

Recorres a zancadas
los cielos —nada apacibles—
y las estrellas incesantes
y las estrellas quietas.

Bella al alba y al crepúsculo
dueña de la vida
todo te magnifica.

Ante vosotros llego
soberanos de la gran ramera
con la vieja segadora de vidas.

Otorgadle,
como a los secuaces del gran negocio,
pasteles y agua y aire
y una casa solariega en Manhattan.

Retrocede, Sui,
viejo cocodrilo
no me acometas
vete
no cortarás mi juventud.

Mis versos
como cuchillo de pedernal,
mis versos
como muelas de joven caballo,
destruirán tus ojos y tu boca.



En honor de ti misma


Digamos que esta noche has sido feliz.

Porque esta única noche,
vuelves a ti como en los tiempos donde vestías
las mejores ropas de tu memoria,
la mísera,
la de tantos inviernos vueltos para siempre
en un país que no era el tuyo,
todo revuelto con recuerdos de cuerpos que no conociste,
ni supiste a qué sabían
después de las tres de la madrugada.

Que la poesía traiga, a esa otra que ahora escribe,
los mejores regalos que nunca tuvo.

Esta noche has deshecho los caminos errantes
que gastaste en pos de una música de papel y palabras.

Esta noche,
has encontrado la imagen del deterioro,
bajo el abrazo a un viejo volumen
en una lengua que a nadie importa.

Esta noche,
volverás a ver unos labios sedientos
y otros labios secos
y otro cuerpo  que vendrá para ti entre los rumores
de un mar que no era
ni hediondo ni triste
sino solo el mar de tus catorce años.

¿Importa, acaso, que mientras todo recuerda
y vuelve tú no estés ya?

Hoy es de pronto el amanecer de un día
cualquiera de tu vida
y las canciones de una mujer española
repiten que todo es rutina e indiferencia
mientras cantas en honor de ti misma.

Vano homenaje a tantas cosas
y casos del tiempo que viviste.

Memoria de tus hechos,
este poema,
dará testimonio de esta noche inolvidable,
donde fuiste feliz,
otra vez,
tú,
que cosa distinta no conociste del pasado



Buenos tiempos


En aquellos buenos tiempos tenía que visitarte de tarde,
cuando crecía la brisa,
y esperar que terminaras tu primera cita con aquel,
a quien no amabas.

Tenue recuerdo, tu casa, idéntica a todas,
con un patio de baldosín, cuadrados verdes y rojos,
unas macetas de geranios, las sillas de espaguetis,
las paredes cubiertas de cal amarilla
y el eterno marica
—trasnochado—
yendo de la Ceca a la Meca,
como un perro de matarife.

En aquellos buenos tiempos
pagarte era un placer enorme.

Poder comprar un poco de tu amor,
las múltiples caricias que cambiabas
por diez o veinte pesos,
verte mostrar las piernas y las nalgas
o recordarte
con los pantalones negros apretados a la carne,
y el pulóver rojo que cubría tus enormes tetas,
diosa, bella como ninguna otra, eterna hembra
que han soñado todos a través de los siglos.

Me parece verte, verte y volver a verte
con los labios rojos retumbando bajo el calor de las dos,
al pie de la puerta, muerta de risa y de ganas,
ganas, de algo que solo sabemos son ganas de vivir.

En aquellos buenos tiempos
era bueno abrirte las piernas
y lamerte hasta el cansancio
y fornicarte hasta la última gota y partir.

En aquellos tiempos,
cuando no eras la grande
y gorda puta de hoy a quien celebro,
memorable objeto hecho de música,
muñeca sin rencor,
juguete de todos los placeres,
bella y única.

En aquellos buenos tiempos
idos para siempre, ahora en marzo,
cuando solo el recuerdo
puede construir un pasado y una vida
muerta para siempre.



Proverbios


No hables.

Mira cómo las cosas a tu alrededor se pudren.

Confía sólo en los niños y los animales
y de los ancianos aprende el miedo de haber vivido demasiado.

A tus contemporáneos pregunta sólo cosas prácticas
y comparte con ellos tus fracasos, tus enfermedades,
tus angustias, pero nunca tus éxitos.

De tus hermanos ama el que está lejos
y teme al que vive cerca.

A tus padres nunca preguntes por su pasado
ni trates de aclarar con ellos tu niñez y juventud.

Con tu patrón no hables, escríbele y nunca le cuentes
tus planes futuros y miéntele respecto a tu pasado.

Ama a tu mujer hasta donde ella lo permita
y si llegas a tener hijos, piensa que,
como en los juegos de azar,
podrás ganar o perder.

El destino no existe.

Eres tú tu destino.

Y si llegas a la vejez
da gracias al cielo por haber vivido largo tiempo,
pero implora con resignación por tu pronta muerte.

Los que no tenemos dinero ni poder
valemos menos que un caballo,
un perro,
un pájaro o una luna llena.

Los que no tenemos dinero ni poder
siempre hemos callado para poder vivir largos años.

Los que no tenemos dinero ni poder
llegados a los cuarenta
debemos vivir en silencio
en absoluta soledad.

Así lo entendieron los antiguos,
así lo certifica el presente.

Quien no pudo cambiar su país
antes de cumplir la cuarta década,
está condenado a pagar su cobardía por el resto
de sus días.

Los héroes siempre murieron jóvenes.
No te cuentes, entre ellos,
y termina tus días
haciendo el cínico papel de un hombre sabio.


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