martes, 27 de octubre de 2015

POEMAS DE SULLY PRUDHOMME

Sully
 (Francia, 1839-1907)

Combatientes íntimos


¿Y pasto del amor serás inerte?
¿Ni voluntad bastante
tienes para pugnar osado y fuerte
y a la insana pasión sobreponerte
  con ánimo arrogante.

Cual sobre el tigre el domador se asienta.
Habiéndole rendido,
y con mano terrífica y sangrienta
le mantiene postrado, ¿y le amedrenta
   aun después que ha mordido?

Metido él en la jaula, en sí confía,
y protección no espera;
nadie con él terciara en tal porfía,
ni el tácito lenguaje hablar sabría
   con que él doma a la fiera.

Ni hay quien, en pugna tú y el apetito,
te auxilie ni rescate;
nadie, tú bajo el diente, oirá tu grito;
vencerás o caerás, santo o precito,
   en singular combate.

Versión de Miguel Antonio Caro



El búcaro roto


El vaso donde muere esta verbena
un golpe de abanico lo rompió
el golpe lo debió rozar apenas,
pues ni un leve ruido se advirtió.
Mas no obstante, la leve rozadura
fue rajando el cristal muy lentamente
y con avance invisible y muy seguro
completamente roto lo dejó.

El agua ha huido, gota tras gota
y el jugo de las flores se ha secado ya
nadie nota la leve rajadura
mas no lo toquéis, está quebrado.

Así también la mano más amada
rozando el corazón hace una herida;
y el corazón, después, por sí se rompe
y la flor de un amor pierde la vida.

A los ojos del amor sigue intacto
pero siente crecer, tan resignado
la herida cruel que lleva allá en su fondo
Mas no lo toquéis: ¡el búcaro roto está!

Versión de Max Grillo

 


El mejor momento del amor...


El mejor momento del amor
no es aquel en que se dice: «Te amo.»
Se halla en ese mismo silencio que está a punto
de romperse todos los días.
Está en la rápida y furtiva comprensión de los corazones.
Está en los fingidos rigores y en las secretas indulgencias.
Está en el estremecimiento del brazo
en que se apoya la mano temblorosa,
en esa página que volvemos juntos,
pero que ninguno de los dos leemos.
¡Momento único, en que los labios callan
y dicen tantas cosas con su pudor;
en que se abre el corazón,
estallando quedamente como un botón de rosa!
En que el solo perfume de los cabellos
parece un favor conquistado.
¡Momento de deliciosa ternura,
en que el respeto mismo es una confesión!

Versión de Max Grillo



La costumbre


La costumbre es una forastera
que suplanta a nuestra razón,
una vieja ama de casa que se instala en el hogar.
Es discreta, humilde y leal.
Conoce todos los rincones.
Nunca nos ocupamos de ella
porque sus atenciones son invisibles.

Conduce los pasos del hombre
por el camino que él hubiera elegido.
Sabe los fines que este persigue
sin que él haya de señalárselos,
y le dice con voz queda: «Por aquí. »

Trabajando en silencio para nosotros
con ademán seguro y siempre idéntico,
tiene la vigilancia en la mirada
y la dulzura del sueño en los labios.
Pero imprudente aquel
que se abandone a su yugo, una vez conocido!

Esta vieja de paso monótono
va adormeciendo la joven libertad,
y todos los que, insensiblemente,
se han dejado ganar por su fuerza oscura,
son hombres por la fisonomía,
pero son cosas por los movimientos.

Versión de Max Grillo




 

Las cadenas


Deseé amarlo todo y ahora soy desgraciado,
porque he multiplicado las causas de mis penas.
Innumerables lazos sutiles y dolorosos
unen mi alma a las cosas en todo el universo.

Todo me atrae al mismo tiempo
y con igual atractivo: lo cierto, por sus resplandores,
y lo desconocido por sus velos.
Un estremecido trazo de oro une mi corazón al sol,
y largos hilos de seda lo enlazan con las estrellas.

La armonía me encadena al aire melodioso,
la suavidad del terciopelo a las rosas que acaricio.
He hecho de una sonrisa cadena de mis ojos,
y de un beso cadena de mi boca.

Mi vida pende de esos frágiles lazos,
y estoy cautivo de los mil seres que amo.
A la menor sacudida que un soplo les imprime,
siento que se desgarra algo de mí mismo.

Versión de Max Grillo


Una cita


En este nido furtivo 
en que nos encontramos los dos solos,               
¡oh alma querida, cuán agradable es olvidarse 
de los hombres estando tan cerca de ellos!
              
Para que la hora que huye 
vaya más lentamente, para gozar de ella               
no es necesaria una alegría ruidosa. Hablemos quedo.
Temamos acelerarla con un gesto,               
con una palabra, incluso con un soplo. 
Es tan celeste, que hemos de procurar               
no perder uno solo de sus momentos.

Para sentirla bien nuestra,               
para que no se gaste, estrechémonos 
el uno contra el otro sin movernos.
Sin levantar siquiera los párpados, imitemos               
el casto reposo de esos viejos castellanos de piedra, 
de ojos cerrados, cuyos cuerpos inmóviles               
y vestidos de pies a cabeza se han callado en el mausoleo, 
lejos de sus almas, que emprendieron el vuelo.
              
Dormitemos gravemente como ellos, 
en una alianza más sublime que las uniones terrenales.               
Porque para nosotros pasaron ya los ardores 
del amor joven que puede terminar.               
Nuestros corazones ya no necesitan labios para unirse, 
ni palabras solemnes para transformar el culto en deber,               
ni espejismo de las pupilas para verse.

No me obligues a jurar de nuevo que te amo,               
no me obligues a decirte cuánto otra vez. 
Gocemos de la felicidad, aunque sea sin juramentos.
Saboreemos la ternura que diviniza los dolores               
en lo que nuestras lágrimas nos dicen silenciosamente.

Amada, en este inefable remanso               
se adormece hechizado el deseo 
y se sueña en el amor como se sueña en la muerte.
Parece que se siente el fin del mundo.               
El universo parece zozobrar o hundirse 
en una caída suave y profunda.
              
El alma se aligera de sus cargas 
por la inmensa huida de todo lo existente,               
y la memoria se funde como si fuera de nieve.
En torno nuestro parece aniquilada               
toda la vida ardiente y triste. Para nosotros 
ya no existe nada; nada mas que el amor.
              
Amemos en paz. La noche es lóbrega 
y el pálido fulgor de la antorcha se va extinguiendo.               
Pudiéramos creemos en la tumba.
Dejémonos sumergir en los fúnebres mares               
y adormecer por sus tinieblas 
como después del último suspiro...
              
¿No es cierto que hace mucho tiempo 
estamos juntos bajo tierra? Escucha cómo los pasos               
estremecen el suelo encima de nosotros.
Mira desaparecer a lo lejos               
las innúmeras noches del pasado como una sombría 
bandada de cuervos que huyen hacia el Norte,               
y disminuir a lo lejos la blancura de los viejos días, 
como una inmensa nube de cigüeñas ¡que nunca han de volver!
              
¡Qué extraña y dulce es la velada de nuestros corazones 
lejos de la esfera llena de sol cuyos rigores hemos soportado!
Ya no sé qué aventura apagó antaño nuestros ojos,               
ni desde cuándo ni en qué cielo transcurre nuestro éxtasis.

Las cosas de la antigua vida               
han huido por completo de mi memoria; pero, 
en todo lo que alcanzan mis recuerdos, siempre te he amado.
¿Qué ser bienhechor hizo erigir este lecho?               
¿Qué himeneo dejó para siempre tu mano en mi mano?
Pero no importa, amada mía.               
Durmamos bajo nuestros ligeros sudarios, 
solos al fin por toda la feliz eternidad.
              
Versión de Max Grillo

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