domingo, 15 de febrero de 2026

POEMAS DE JOAQUÍN PÉREZ AZAÚSTRE - POESÍA QUE IRRUMPE DESDCE ESPAÑA


Estampa del exilio

 

Tu puente de agua blanca va y se extiende

más allá del país de los naufragios.

 

El faro verde de estribor te avisa,

vas nadando con fe hasta la baranda.

 

Te extrañas. Nadie sale a recibirte.

 

Estás aquí, en un barco

de vidrio silencioso

y descubres de pronto nuestra fiesta

de huérfanos que sueñan con el mar.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

La pendiente

 

Miras abajo porque sientes

que todo lo que sientes

va a acabarse,

 

que el dolor sí se ha roto,

que hay un viento que anuncia

tu nombre y tu llegada a otras ciudades,

 

un lamento gris,

tus ojos que ahora sí lo entienden todo

y lo perdonan todo,

 

tus ojos que no miran

más que el vago contoneo de las cosas

para guardadas dentro,

que saben que la marcha

es una aceptación.

 

Antes de irte

quieres estrechar la mano del verdugo,

porque no deseas llevarte

nada parecido a un mal sueño.

 

Olvidas el dolor,

te están llevando,

parece que ahora estás mucho más lejos.

 

De "Delta" 2004

Visor Libros- Colección de poesía

 

 

Las ollerías

 

Aún es pronto para volver a casa:

me han curvado la espalda los enanos

que he venido cargando desde siempre,

los que duermen la siesta en mis bolsillos

para ralentizar mi digestión.

Aún es pronto para volver a casa,

aunque pisé los límites.

Pensé que nadie me podría reconocer.

Escuché los ladridos, temí el polvo naranja.

Recordé la alcancía oculta bajo el mueble.

¿Qué ha sido del nervio, el escondite

bajo un muslo de reina y el metal de unas manos?

Ahora los disfraces son de piel

y miro la avenida desde lejos, ya muy lejos

del sol y de los otros,

que alguna vez volaron para aplacar mi fiebre.

Sé lo que estás pensando: aún es pronto,

y casi no he cumplido mis pactos con la vida.

Es muy pronto aún, pero qué esperas,

si tu voz se me clava en los tobillos

y me amansa la angustia, el temor de un insomnio.

Dentro, en mí, habitas aún la casa.

Otros vinieron antes, y ya la vaciaron

de ti, de tus vestidos, de tus plantas vivaces

a las que siempre hablabas de mí, entre otras cosas.

 

De "Las Ollerías" 2011

Premio Loewe de poesía 2011

Visor 2011

 

 

Litoral

 

Estás quieta dentro del paisaje.

 

El rastro del azul

en la legión de puntas esparcidas.

 

La espalda como un río

encuentra la belleza en su estar dentro,

un sigilo que se afina,

que expone y que acompaña a la escalera;

ve a él, saborea en él

lo grueso de este labio sobre labio.

 

De "Delta" 2004

Visor Libros- Colección de poesía

 

 

Parada en la calle Velintonia

 

Y bajamos la cuesta de la luz.

 

Era una tarde de marzo y el aire

una caricia hilada del pasado,

un susurro dorado que iba ardiendo

en las copas acres,

en las aceras de plomo,

en los veleros perdidos por aquel mar naranja.

 

Supimos que otros hombres de otro tiempo

distante de este sol que se deshace

vinieron en tu busca en otro ocaso

con la sola querencia de escucharte.

 

Y bajaron la cuesta de la luz.

 

Divisaron de lejos los postigos

y los sauces naciendo sobre el muro;

era también aquél

un atardecer de marzo

y en el aire danzaban las palabras,

y tu verso latía entre las copas rojas,

en las aceras de bronce, en los barcos

llegados a tu puerto de acacias desde el mundo.

 

Tú estabas allí para aguardarles

con tu mirada gris de tardes largas.

 

Y todos acudían a que oyeras

sus sueños de papel y peregrinos.

 

Y bajaban la cuesta de la luz.

 

Ayer bajamos nosotros

tu cuesta de la luz.

 

La puerta de la verja está oxidada.

 

Las acacias ahogadas en la tierra.

 

Los sauces ya crecieron y espumosos

han vertido la niebla en tu jardín.

 

Sólo queda tu nombre en esta calle.

 

Y subimos la cuesta de la luz.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

Una hermosa muchacha despierta en 1939 tras un largo sueño

 

Has contado despacio

las ruinas que quedaron

 

de tu casa de mármol tras el fuego.

 

Buscas los restos, esperas

encontrar las miradas,

 

las voces de los tuyos.

 

Cada roca te muestra una sonrisa,

cada gesto se oculta en cada roca.

 

Te conquistan desiertos de silencio,

el polvo se ha anudado a tu garganta.

 

Ahora gritas, y gritas para nadie.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

 

 

Una noche de conjuros y ebriedad

 

Anunciaron tu nombre las estrellas.

 

Sacamos nuestras galas al saber que venías.

 

Disfrazamos la casa de palacio,

cubrimos nuestras mesas con los manteles de oro;

quemamos varas de incienso en el salón,

fuimos a pisar mil uvas

en una tina de cobre, dulce baile.

 

Te esperamos cantando hasta las tantas,

y de la noche llovió un susurro

azul de vino; un lamento veloz

que fue desbordando, triste, tu caudal.

 

Soñamos que llegabas,

cansado de tan lejos, como una vez llegaste,

siendo nosotros niños que esperaron

esa mirada oscura perdiéndose en palabras,

esos paisajes ocres que envolvían

a los cielos marrones del invierno.

 

Pero no apareciste en varias noches

y el viento se volvió de pronto frío,

se encresparon cascadas en los valles.

 

Tu vino de la vida nos regó.

 

Acordamos lucir todas las galas.

 

Soñamos que llegabas,

cansado de tan lejos, como una vez llegaste.

 

De "Una interpretación" 2001

Ediciones Rialp S.A.

Tomado de:

http://amediavoz.com/perez.htm

 

 

EDADES DE PAUL NEWMAN

 

Creíamos que no podía morir,

que no iba a morir nunca.

Ha dicho Robert Redford que tras él,

tras su existencia fúlgida y humana,

el mundo es un lugar mejor en que vivir;

pero también la tierra se ha quedado más fría,

mucho más esteparia, a la intemperie.

Algo hemos perdido con la muerte de Paul;

algo quizá íntimo, mucho más interior

de lo que supone en un actor.

Paul Newman es una pasión

como el cine también:

se han escrito a sí mismos con sus trazos

hendidos y dorados, pero también sangrientos.

Creíamos que Paul Newman no podía morir,

que era inmortal, que siempre estaría ahí

con su gorra de béisbol y sus gafas de sol,

avejentado pero todavía esbelto,

animador discreto de carreras de coches,

piloto en la estación septembrina del frío,

con una aparición fugaz en una cinta

que no sería la última,

habitando su reino con Joanne Woodward,

en tardes de domingo alfombradas de hierba.

Mi Paul Newman de infancia:

La leyenda del indomable.

No solo por la escena de los cincuenta huevos,

sino por la pelea en el presidio,

por cómo iba encajando sin quejarse

la paliza que le dio George Kennedy;

frente a ese pugilato de Wayne o de Kirk Douglas,

este hombre se dejaba sacudir,

era vulnerable y lo asumía

pero sin rendirse y sin caer.

Mi Paul Newman para una juventud:

el que fue compañero de su amigo en Montana,

Dos hombres y un destino, llamados para El golpe.

Ahora: el de La gata sobre el tejado de cinc

o Dulce pájaro de juventud.

Y dentro de unos años,

en una madurez imaginada,

me seguirán gustando Harry e hijo,

Veredicto final y Al caer el sol.

Un mes antes del fin

decidió renunciar al hospital.

Quería morir tranquilo.

Fue entonces cuando muchos nos despedimos de él.

Todos podemos ser partidarios del mito

y la felicidad, y de hecho qué felices

nos hacen ciertos mitos; pero qué pocos hombres

han dejado tras ellos

ese rastro de honrada bonhomía.

Nunca brindé con él, pero parece

que se haya muerto alguien querido extrañamente.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/poemas-leidos-centro-comercial/

 

 

LOS NADADORES

 

 

1

 

La primera inmersión es la que cuenta,

quizá porque las otras

son apenas un eco en mitad de su origen:

aprender a nadar, con cuatro años,

es la reminiscencia apresurada

de su final de impulso, de exilio o de regreso

hacia el néctar amniótico.

Así extender los brazos

y dar una patada hacia delante, hacia un delante incierto,

en un magma templado

por un temblor desnudo en las rodillas,

tan sólo es una huida de nosotros,

de nuestro miedo público.

En el Parque Figueroa, nadar era jugar a ser de agua,

familiar y espumosa.

Luego, en el Club Albaida, nadar era dejar de ser de agua

para vencer la curva medular,

para buscar al hombre que anidaba

en aquella columna maleable.

Mi padre, entonces, cuando era un hombre joven

y en el pleno verano me arengaba a seguir esforzándome en la vida,

quizá ya descubrió que yo iba a ser de agua,

que había un sueño de sal detrás del cloro,

en todas las baldosas como un mosaico abstracto,

junto a aquellas rejillas con los barrotes anchos y muy turbios

en las que un niño antiguo,

indefenso y sin nombre,

había muerto atrapado en el desagüe.

Nadar era crecer.

Nadar para empezar a ser un hombre,

con la espalda de un hombre y la voluntad de un hombre,

con los hombros de un hombre y la verdad de un hombre,

mientras mi espalda débil, que había de sostenerme,

iba remodelando una nueva firmeza

hacia un bordillo duro y soleado,

justo donde mi padre me esperaba

para darme un pulmón de oro macizo.

 

 

2

 

 

He vuelto a nadar a ratos con mi padre.

Quizá lo razonable sería que ahora yo nadara con mi hijo,

con mi verdad de padre, que ahora le enseñara que nadar

no es sino evadirse de lo ajeno,

liberarse en el agua

para también ser agua y renacer

en el extrarradio de uno mismo.

Quizá algún día lo haga.

Ahora, al menos, nado con mi padre,

aunque muy pocos días, quizá uno o dos al año,

y ese hijo invisible que navega en el silencio de nuestras conversaciones

es sólo una calma melodiosa, es un rumor de agua que nos limpia

de una sequedad muy de diario, de nuestras manos grandes

de hombres acostumbrados a nadar

sin eludir el pulso a la corriente.

 

 

LA CONTRACTURA

 

La vieja contractura de la espalda

ha vuelto a aparecer,

como un amigo incómodo que un día

nos viera cometer los pecados feroces.

La noto entre las vértebras más altas,

como una garrapata aferrada a mi ánimo,

que es una incisión fina y consciente

sobre cada escalón de mi memoria.

 

La poesía no debe ser confesional,

porque todos tenemos una historia;

quizá, al menos, no deba ser confesional

únicamente: hay que darle el barniz

de la escritura, travestirla en lenguaje.

 

Recordar esta vieja contractura en la espalda

es hablar también de mis quince años,

de su primer chasquido como un fósforo ardiendo

sobre el lomo de felpa de un antílope.

Todo era duro en mí, todo diamante.

 

La poesía ha de ser honesta, la poesía es un artificio,

la poesía ha de ser mentira en su verdad objetiva.

 

Todo entonces también era muy cierto

hasta ese primer golpe en mitad de los hombros,

ese crujido tosco, su punzada de luz

convertida en incendio al sacudir la tierra

que también era cuerpo, y un temblor de onda corta

para amansar la lumbre de mi espalda creciente.

 

Detrás de la rotura hubo una sed,

tan delicada y tierna como una amante joven

en su mitad del sueño, el visillo turgente

amasando las horas para enviarlas después

a cualquier otra parte. (Entonces no había tiempo,

porque tiempo era todo lo que el sexo tenía).

 

La vieja contractura, como entonces y ahora,

reapareció en la noche despierta de un hotel,

en un amanecer sobre el hambre en La Habana

y tras una pelea que resolví con suerte.

Así suele venir, sin avisar,

como todo el dolor de cualquier biografía.

 

El poema, ¿por qué ha de travestirse? ¿Por qué ha de ser lenguaje?

¿Por qué no puede ser, hoy nada más, una verdad honrada?

 

Así ha venido ahora la vieja contractura,

como un recordatorio de la vida.

La he reconocido nada más levantarme

y le he buscado sitio en mi asiento del tren,

le he pedido algo para desayunar

y he tratado al fin de protegerla

al coger las maletas. Y me he puesto a escribirla.

 

Cuántos poemas caben en el puño de un hombre.

De qué sirve escribir cuanto no cabe en el puño de un hombre.

 

Pensando en ella he visto las antiguas lesiones:

las muñecas abiertas, un esguince de agua en los tobillos,

el menisco cansado de golpear el cemento

como un gran paredón de hierba seca.

Y también unas cuantas cicatrices

que a veces me acarician con una suavidad de mariposa.

 

En ella puedo ver mi única verdad

como una herida antigua que no nos hace daño:

me hace percibir que estoy en casa,

que a pesar de las costras y de las vidas nuevas

nunca me he movido de mi casa.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2014/02/poesia-espanola-joaquin-perez-azaustre/

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