Estampa del exilio
Tu puente de agua blanca va y se extiende
más allá del país de los naufragios.
El faro verde de estribor te avisa,
vas nadando con fe hasta la baranda.
Te extrañas. Nadie sale a recibirte.
Estás aquí, en un barco
de vidrio silencioso
y descubres de pronto nuestra fiesta
de huérfanos que sueñan con el mar.
De "Una
interpretación" 2001
Ediciones Rialp S.A.
La pendiente
Miras abajo porque sientes
que todo lo que sientes
va a acabarse,
que el dolor sí se ha roto,
que hay un viento que anuncia
tu nombre y tu llegada a otras ciudades,
un lamento gris,
tus ojos que ahora sí lo entienden todo
y lo perdonan todo,
tus ojos que no miran
más que el vago contoneo de las cosas
para guardadas dentro,
que saben que la marcha
es una aceptación.
Antes de irte
quieres estrechar la mano del verdugo,
porque no deseas llevarte
nada parecido a un mal sueño.
Olvidas el dolor,
te están llevando,
parece que ahora estás mucho más lejos.
De "Delta"
2004
Visor Libros-
Colección de poesía
Las ollerías
Aún es pronto para volver a casa:
me han curvado la espalda los enanos
que he venido cargando desde siempre,
los que duermen la siesta en mis bolsillos
para ralentizar mi digestión.
Aún es pronto para volver a casa,
aunque pisé los límites.
Pensé que nadie me podría reconocer.
Escuché los ladridos, temí el polvo naranja.
Recordé la alcancía oculta bajo el mueble.
¿Qué ha sido del nervio, el escondite
bajo un muslo de reina y el metal de unas manos?
Ahora los disfraces son de piel
y miro la avenida desde lejos, ya muy lejos
del sol y de los otros,
que alguna vez volaron para aplacar mi fiebre.
Sé lo que estás pensando: aún es pronto,
y casi no he cumplido mis pactos con la vida.
Es muy pronto aún, pero qué esperas,
si tu voz se me clava en los tobillos
y me amansa la angustia, el temor de un insomnio.
Dentro, en mí, habitas aún la casa.
Otros vinieron antes, y ya la vaciaron
de ti, de tus vestidos, de tus plantas vivaces
a las que siempre hablabas de mí, entre otras cosas.
De "Las
Ollerías" 2011
Premio Loewe de
poesía 2011
Visor 2011
Litoral
Estás quieta dentro del paisaje.
El rastro del azul
en la legión de puntas esparcidas.
La espalda como un río
encuentra la belleza en su estar dentro,
un sigilo que se afina,
que expone y que acompaña a la escalera;
ve a él, saborea en él
lo grueso de este labio sobre labio.
De "Delta"
2004
Visor Libros-
Colección de poesía
Parada en la calle Velintonia
Y bajamos la cuesta de la luz.
Era una tarde de marzo y el aire
una caricia hilada del pasado,
un susurro dorado que iba ardiendo
en las copas acres,
en las aceras de plomo,
en los veleros perdidos por aquel mar naranja.
Supimos que otros hombres de otro tiempo
distante de este sol que se deshace
vinieron en tu busca en otro ocaso
con la sola querencia de escucharte.
Y bajaron la cuesta de la luz.
Divisaron de lejos los postigos
y los sauces naciendo sobre el muro;
era también aquél
un atardecer de marzo
y en el aire danzaban las palabras,
y tu verso latía entre las copas rojas,
en las aceras de bronce, en los barcos
llegados a tu puerto de acacias desde el mundo.
Tú estabas allí para aguardarles
con tu mirada gris de tardes largas.
Y todos acudían a que oyeras
sus sueños de papel y peregrinos.
Y bajaban la cuesta de la luz.
Ayer bajamos nosotros
tu cuesta de la luz.
La puerta de la verja está oxidada.
Las acacias ahogadas en la tierra.
Los sauces ya crecieron y espumosos
han vertido la niebla en tu jardín.
Sólo queda tu nombre en esta calle.
Y subimos la cuesta de la luz.
De "Una
interpretación" 2001
Ediciones Rialp S.A.
Una hermosa muchacha despierta en 1939 tras un largo sueño
Has contado despacio
las ruinas que quedaron
de tu casa de mármol tras el fuego.
Buscas los restos, esperas
encontrar las miradas,
las voces de los tuyos.
Cada roca te muestra una sonrisa,
cada gesto se oculta en cada roca.
Te conquistan desiertos de silencio,
el polvo se ha anudado a tu garganta.
Ahora gritas, y gritas para nadie.
De "Una
interpretación" 2001
Ediciones Rialp S.A.
Una noche de conjuros y ebriedad
Anunciaron tu nombre las estrellas.
Sacamos nuestras galas al saber que venías.
Disfrazamos la casa de palacio,
cubrimos nuestras mesas con los manteles de oro;
quemamos varas de incienso en el salón,
fuimos a pisar mil uvas
en una tina de cobre, dulce baile.
Te esperamos cantando hasta las tantas,
y de la noche llovió un susurro
azul de vino; un lamento veloz
que fue desbordando, triste, tu caudal.
Soñamos que llegabas,
cansado de tan lejos, como una vez llegaste,
siendo nosotros niños que esperaron
esa mirada oscura perdiéndose en palabras,
esos paisajes ocres que envolvían
a los cielos marrones del invierno.
Pero no apareciste en varias noches
y el viento se volvió de pronto frío,
se encresparon cascadas en los valles.
Tu vino de la vida nos regó.
Acordamos lucir todas las galas.
Soñamos que llegabas,
cansado de tan lejos, como una vez llegaste.
De "Una
interpretación" 2001
Ediciones Rialp S.A.
Tomado de:
http://amediavoz.com/perez.htm
EDADES DE PAUL NEWMAN
Creíamos que no podía morir,
que no iba a morir nunca.
Ha dicho Robert Redford que tras él,
tras su existencia fúlgida y humana,
el mundo es un lugar mejor en que vivir;
pero también la tierra se ha quedado más fría,
mucho más esteparia, a la intemperie.
Algo hemos perdido con la muerte de Paul;
algo quizá íntimo, mucho más interior
de lo que supone en un actor.
Paul Newman es una pasión
como el cine también:
se han escrito a sí mismos con sus trazos
hendidos y dorados, pero también sangrientos.
Creíamos que Paul Newman no podía morir,
que era inmortal, que siempre estaría ahí
con su gorra de béisbol y sus gafas de sol,
avejentado pero todavía esbelto,
animador discreto de carreras de coches,
piloto en la estación septembrina del frío,
con una aparición fugaz en una cinta
que no sería la última,
habitando su reino con Joanne Woodward,
en tardes de domingo alfombradas de hierba.
Mi Paul Newman de infancia:
La leyenda del indomable.
No solo por la escena de los cincuenta huevos,
sino por la pelea en el presidio,
por cómo iba encajando sin quejarse
la paliza que le dio George Kennedy;
frente a ese pugilato de Wayne o de Kirk Douglas,
este hombre se dejaba sacudir,
era vulnerable y lo asumía
pero sin rendirse y sin caer.
Mi Paul Newman para una juventud:
el que fue compañero de su amigo en Montana,
Dos hombres y un destino, llamados para El golpe.
Ahora: el de La gata sobre el tejado de cinc
o Dulce pájaro de juventud.
Y dentro de unos años,
en una madurez imaginada,
me seguirán gustando Harry e hijo,
Veredicto final y Al caer el sol.
Un mes antes del fin
decidió renunciar al hospital.
Quería morir tranquilo.
Fue entonces cuando muchos nos despedimos de él.
Todos podemos ser partidarios del mito
y la felicidad, y de hecho qué felices
nos hacen ciertos mitos; pero qué pocos hombres
han dejado tras ellos
ese rastro de honrada bonhomía.
Nunca brindé con él, pero parece
que se haya muerto alguien querido extrañamente.
Tomado de:
https://www.zendalibros.com/poemas-leidos-centro-comercial/
LOS NADADORES
1
La primera inmersión es la que cuenta,
quizá porque las otras
son apenas un eco en mitad de su origen:
aprender a nadar, con cuatro años,
es la reminiscencia apresurada
de su final de impulso, de exilio o de regreso
hacia el néctar amniótico.
Así extender los brazos
y dar una patada hacia delante, hacia un delante
incierto,
en un magma templado
por un temblor desnudo en las rodillas,
tan sólo es una huida de nosotros,
de nuestro miedo público.
En el Parque Figueroa, nadar era jugar a ser de agua,
familiar y espumosa.
Luego, en el Club Albaida, nadar era dejar de ser de
agua
para vencer la curva medular,
para buscar al hombre que anidaba
en aquella columna maleable.
Mi padre, entonces, cuando era un hombre joven
y en el pleno verano me arengaba a seguir esforzándome
en la vida,
quizá ya descubrió que yo iba a ser de agua,
que había un sueño de sal detrás del cloro,
en todas las baldosas como un mosaico abstracto,
junto a aquellas rejillas con los barrotes anchos y muy
turbios
en las que un niño antiguo,
indefenso y sin nombre,
había muerto atrapado en el desagüe.
Nadar era crecer.
Nadar para empezar a ser un hombre,
con la espalda de un hombre y la voluntad de un hombre,
con los hombros de un hombre y la verdad de un hombre,
mientras mi espalda débil, que había de sostenerme,
iba remodelando una nueva firmeza
hacia un bordillo duro y soleado,
justo donde mi padre me esperaba
para darme un pulmón de oro macizo.
2
He vuelto a nadar a ratos con mi padre.
Quizá lo razonable sería que ahora yo nadara con mi
hijo,
con mi verdad de padre, que ahora le enseñara que nadar
no es sino evadirse de lo ajeno,
liberarse en el agua
para también ser agua y renacer
en el extrarradio de uno mismo.
Quizá algún día lo haga.
Ahora, al menos, nado con mi padre,
aunque muy pocos días, quizá uno o dos al año,
y ese hijo invisible que navega en el silencio de
nuestras conversaciones
es sólo una calma melodiosa, es un rumor de agua que nos
limpia
de una sequedad muy de diario, de nuestras manos grandes
de hombres acostumbrados a nadar
sin eludir el pulso a la corriente.
LA CONTRACTURA
La vieja contractura de la espalda
ha vuelto a aparecer,
como un amigo incómodo que un día
nos viera cometer los pecados feroces.
La noto entre las vértebras más altas,
como una garrapata aferrada a mi ánimo,
que es una incisión fina y consciente
sobre cada escalón de mi memoria.
La poesía no debe ser confesional,
porque todos tenemos una historia;
quizá, al menos, no deba ser confesional
únicamente: hay que darle el barniz
de la escritura, travestirla en lenguaje.
Recordar esta vieja contractura en la espalda
es hablar también de mis quince años,
de su primer chasquido como un fósforo ardiendo
sobre el lomo de felpa de un antílope.
Todo era duro en mí, todo diamante.
La poesía ha de ser honesta, la poesía es un artificio,
la poesía ha de ser mentira en su verdad objetiva.
Todo entonces también era muy cierto
hasta ese primer golpe en mitad de los hombros,
ese crujido tosco, su punzada de luz
convertida en incendio al sacudir la tierra
que también era cuerpo, y un temblor de onda corta
para amansar la lumbre de mi espalda creciente.
Detrás de la rotura hubo una sed,
tan delicada y tierna como una amante joven
en su mitad del sueño, el visillo turgente
amasando las horas para enviarlas después
a cualquier otra parte. (Entonces no había tiempo,
porque tiempo era todo lo que el sexo tenía).
La vieja contractura, como entonces y ahora,
reapareció en la noche despierta de un hotel,
en un amanecer sobre el hambre en La Habana
y tras una pelea que resolví con suerte.
Así suele venir, sin avisar,
como todo el dolor de cualquier biografía.
El poema, ¿por qué ha de travestirse? ¿Por qué ha de ser
lenguaje?
¿Por qué no puede ser, hoy nada más, una verdad honrada?
Así ha venido ahora la vieja contractura,
como un recordatorio de la vida.
La he reconocido nada más levantarme
y le he buscado sitio en mi asiento del tren,
le he pedido algo para desayunar
y he tratado al fin de protegerla
al coger las maletas. Y me he puesto a escribirla.
Cuántos poemas caben en el puño de un hombre.
De qué sirve escribir cuanto no cabe en el puño de un
hombre.
Pensando en ella he visto las antiguas lesiones:
las muñecas abiertas, un esguince de agua en los
tobillos,
el menisco cansado de golpear el cemento
como un gran paredón de hierba seca.
Y también unas cuantas cicatrices
que a veces me acarician con una suavidad de mariposa.
En ella puedo ver mi única verdad
como una herida antigua que no nos hace daño:
me hace percibir que estoy en casa,
que a pesar de las costras y de las vidas nuevas
nunca me he movido de mi casa.
Tomado de:
https://circulodepoesia.com/2014/02/poesia-espanola-joaquin-perez-azaustre/

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