Oficios
Pasaban las muchachas con cestas de granadas;
supe de los oficios más humildes.
Y abrazarte en la aurora
fue perder la partida de ajedrez,
sacrificar la sombra del baniano
donde estaba el asceta sosegado en sí mismo.
Te sostuve, insegura, bajo el cuarto creciente,
y amarte fue también mi oficio más humilde,
como trenzar el mimbre o moler el centeno,
cuidar de los rebaños, picar piedras,
ser barquero en un río caudaloso.
Y amarte fue también mi oficio más humilde,
como el del mercader de marionetas
en un poblado árido o el lastre
de los porteadores de estación.
Y amarte fue también mi oficio más humilde,
como tejer guirnaldas durante treinta noches,
ser acróbata en ferias polvorientas
o intuir otras vidas por algunas monedas
en la choza precaria del astrólogo ciego.
Café Baba (Tánger)
La extraña forma de medir el tiempo
en las pipas de kif, cuando el futuro
es lancha e incerteza
y la tarde tableros de desidia.
Puede durar un té lo que dura un otoño.
Tiempo o dilatación.
Tiempo: salmo y liturgia.
Tiempo: giro lunar de la mujer derviche.
Tiempo o franja de playa.
Tiempo: vientos alisios y Levante
que forja la locura de los hombres de costa.
Veré tu nombre escrito por las barcas.
Fez
Puede arrastrar el mundo
toda su crueldad y sus orugas,
carniceros que afeitan cien cabezas de vaca
en un rincón perdido de la tarde.
¿Cómo será ser ciego dentro del laberinto?
¿Cómo será ir tentando el dédalo de calles,
esa cal infinita que transcurre intramuros,
sin ver la luz de cobre que lacera
desde la plaza de los latoneros?
Esta ciudad no acaba de un modo desigual.
Amamos en un tiempo de epopeya
dentro de las murallas,
dentro de esos espacios confinados
donde la piel invoca un tiempo tácito,
ojival vuelo de estorninos
para la profecía.
Balada de septiembre
Un tomillar siempre conduce al agua
y a ese reposo intenso de final del verano.
Algo nos interroga en la palabra
que desprende resina;
algo nos adormece
en las vetas del roble.
Me detengo en tu vientre
como quien ha palpado
la intimidad del mundo.
XIV
Amanecí en la selva
más desnuda que antaño.
Fui apartando las ramas, los rastrojos
y llegué a una explanada
donde se purifican los impíos.
Empezar la jornada en la contemplación.
Empezar la jornada en la circunferencia.
Pequeños resplandores se mezclaban
con el canto de pájaros azules.
Dolía la elocuencia en la espesura.
Road Movie
Arbustos de mimosa
por una carretera
que nos conduce al norte.
En el mapa limita con la niebla;
hay túmulos y orugas
y un silencio tan frágil
que a punto está de resbalar la lluvia
por la barba del poeta visionario.
Tomado de:
https://circulodepoesia.com/2019/01/poesia-espanola-veronica-aranda/
Blancanieves jugando con el trofeo del
padre
(Paula Rego), 1995
Junto a una cabeza de venado,
se hace presente Blancanieves.
Toma el trofeo y el sillón del padre,
prueba la autoridad, se muestra indócil
con su vestido blanco de satén.
Toma la muerte expuesta, rematada
con dos ojos de vidrio,
sujeta al animal por la pala del cuerno.
Unos segundos antes del disparo,
atravesó un pomar.
Arrabales
La ciudad tenía cuatro ríos
y en sus arrabales
de humareda culpable
asaban animales diminutos
que hacían pensar
en los cuadros del Bosco.
En una intimidad
fría como las aguas
de aquellos cuatro ríos
que interrogaban náufragos,
su piel era ribera
o su ribera, piel
en un deseo sitiado.
En el daguerrotipo
En el daguerrotipo
te distancias de mí.
Hay sombras de otro siglo.
Y frente al mar,
la hipnosis.
Y bajando hacia el mar,
los motivos florales
y los cuartos a medio construir
donde amanezco hablando de los bosques.
Bodegones de Morandi
Los ocres de Morandi,
la beis miel, los azules,
cada jarra acanalada,
la luz cobriza entrando
por el patio de siempre,
nos revelan liturgia,
proporción de silencio
en los objetos.
Tomado de:
https://www.zendalibros.com/7-poemas-de-veronica-aranda/
La casa giratoria
La casa giratoria
que no encuentra
......su centro
ni sus altas terrazas.
Si hay desvelo,
no hay labios,
ni cítrica humedad
ni caricia que mengua.
Huyes de los espejos,
de la luz contundente
que entra por la alacena,
porque tu cuerpo no convoca alféizares
y chocan las ventanas
del rincón más sagrado de la casa.
Sólo unos milímetros
y empieza la discordia.
Tanto desasosiego se concentra
en las vetas del roble.
La casa enfermedad
La casa son murmullos,
mantras memorizados
en sánscrito, en extrema delgadez,
cuando la enfermedad es enramada,
un solo de trombón
frente a las rosaledas.
Inventario
Todas las pertenencias del marino
caben en la cabina de un pesquero.
Toda la luz de julio
desgasta las maderas de los barcos
donde están retratadas
las sirenas.
Señales de humo
Ladran todos los perros del año nuevo chino.
Deseo transcender esta quietud,
dar un sentido bíblico
al tiempo que ha quedado a la deriva,
aplazado en el óxido
y en el glissando más acuático.
Dicen, no es trigo,
digo, puedo cuidar de las peceras,
conversar con los hombres de cabeza de pez
y frente de alabastro,
que parecen remar a la deriva.
En el lienzo se quedan impregnadas
sus señales de humo.
Envidia
Envidias, en el fondo,
la quietud de mis días.
Interrogas pinceles, rosaledas,
la voz pausada que nos narra
leyendas de tortugas.
Cuando estás sobre mí
realzas los posesivos.
Gula
Al regresar del viaje,
el silencio en la casa
no trazaba siluetas de animales apócrifos.
Ordené la alacena,
tiré todas las latas de conservas
que quedaban intactas
de ese largo verano que fue nuestro,
y cené sola y libre
bajo el cuarto creciente.
Tomado de:
https://letralia.com/letras/poesialetralia/2019/11/22/poemas-de-veronica-aranda/
Mapas
Consultaba los mapas
con un bosque lluvioso en la retina,
y dejaba su huella
en las contraventanas.
Si fallaban las brújulas,
si en un ardor de cal le cegaba la luz,
ella asumía el riesgo de quedarse atrapada
en una ciudad ajena.
Pinar del Río (Cuba)
Mi bisabuelo posa con uniforme a rayas
en un estudio de Pinar del Río.
Tiene aquel gesto grave del recién reclutado
que siempre había pensado que la patria
se almacenaba entre la naftalina
de las casullas nazareno y oro,
o en la tarde de sol de un patio de cuadrillas,
hasta que en el embarque
los labios del sargento se llenaron altivos
con la palabra España.
El mismo gesto del torero clásico
y algo meditabundo que se enfrenta
a aquella artificiosa soledad del retrato.
Pero, ¿en qué pensaría el bisabuelo
hace más de cien años
en el etéreo instante de la fotografía?
Reconstruyo esta historia colectiva
que es la misma de siempre. Es el soldado
que ve pasar la muerte a cañonazos
en la explanada de los palmerales
o la intuye acechando entre epidemias
sobre lechos de yodo. Y se imagina,
cuando acabe esa guerra, perdida de antemano,
con aquella mulata que tenía
un puesto de santera frente a la catedral
y sabía a vainilla
y a jugosa guanábana. Se piensa
convertido en indiano, propietario
de un ingenio de azúcar,
paseando el domingo con su puro
y su traje de lino almidonado,
con fondo musical de banda de kiosco
y un olor familiar a caramelos
tostados en la feria. No sabía
mi bisabuelo en el etéreo instante
en que fue retratado, que esperaba
un barco de tullidos de regreso
a la vieja metrópoli, el vendaje
gangrenado de pérdidas, Castilla
y los caminos de la trashumancia.
Cape Cross (Namibia)
El aislamiento es como este hotel
de muros gris lavanda, desolado
fuera de la estación vacacional.
De repente sentimos
un deseo imperante de escribir
a los viejos amantes: la memoria,
el desaliento de la lejanía,
el olvido que encierra una postal
desde una playa atlántica con niebla,
chacales y preguntas silenciadas.
Más allá los desiertos, el hedor
de colonias de focas en la costa
donde los portugueses dejaron una cruz.
Poco más queda de los navegantes.
Fragmentos de postales
Ciudades a destiempo
o ciudades-taberna
con siete jugadores
que apuestan a las cartas
bajo una tenue luz de queroseno.
Ciudades que nos abren sus bodegas oscuras
o ciudades-buhardilla
donde esperar que algún desconocido,
al final de una tarde de verano,
nos cite en una plaza de obeliscos.
Ciudades con jardines de papagayos verdes,
en cuyos callejones las muchachas
giran barras de incienso.
Ciudades-oquedad donde la pérdida
tiene sabores agrios
y nos atrapa en forma de espiral.
Ciudades que habitan tatuadores,
dibujando en su piel cúpulas malva
o plumas de avestruz. Los marineros
no llevan en el brazo
un nombre de mujer sino de calle.
Ciudades con un patio hexagonal
y aroma a ciruelas amarillas,
que tienen por trazado el lomo musculoso
de caballos aztecas.
Ciudades-languidez de hombres enjutos
fumando pipas de ámbar o ciudades
con heridos de bala
y huelga general. Lechos de juncos
donde yacen, exhaustos, los amantes.
Esta es tu poética, viajero.
No dudes en los cruces de caminos.
Demora tu regreso varios años.
Café de Madame Porte
Pasar el tiempo en los cafés del Sur
donde bulle la vida, pero nada acontece
y la hora de la siesta se prolonga
como una eternidad,
y arrastro mi cansancio más allá del periplo.
Más allá de llegar a media tarde
a una ciudad que muy pronto hago mía,
donde el amor asciende
por el vértice oscuro de la menta
y es posibilidad o tentación,
mano o frágil arteria de estornino,
los viejos veladores, las palabras no dichas.
Tomado de:

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