viernes, 13 de febrero de 2026

POEMAS DE VERÓNICA ARANDA -RENOVACIÓN DESDE ESPAÑA -


Oficios

 

Pasaban las muchachas con cestas de granadas;

supe de los oficios más humildes.

Y abrazarte en la aurora

fue perder la partida de ajedrez,

sacrificar la sombra del baniano

donde estaba el asceta sosegado en sí mismo.

 

Te sostuve, insegura, bajo el cuarto creciente,

y amarte fue también mi oficio más humilde,

como trenzar el mimbre o moler el centeno,

cuidar de los rebaños, picar piedras,

ser barquero en un río caudaloso.

 

Y amarte fue también mi oficio más humilde,

como el del mercader de marionetas

en un poblado árido o el lastre

de los porteadores de estación.

 

Y amarte fue también mi oficio más humilde,

como tejer guirnaldas durante treinta noches,

ser acróbata en ferias polvorientas

o intuir otras vidas por algunas monedas

en la choza precaria del astrólogo ciego.

 

 

Café Baba (Tánger)

 

La extraña forma de medir el tiempo

en las pipas de kif, cuando el futuro

es lancha e incerteza

y la tarde tableros de desidia.

 

Puede durar un té lo que dura un otoño.

Tiempo o dilatación.

Tiempo: salmo y liturgia.

Tiempo: giro lunar de la mujer derviche.

Tiempo o franja de playa.

Tiempo: vientos alisios y Levante

que forja la locura de los hombres de costa.

 

Veré tu nombre escrito por las barcas.

 

 

Fez                    

 

Puede arrastrar el mundo

toda su crueldad y sus orugas,

carniceros que afeitan cien cabezas de vaca

en un rincón perdido de la tarde.

 

¿Cómo será ser ciego dentro del laberinto?

¿Cómo será ir tentando el dédalo de calles,

esa cal infinita que transcurre intramuros,

sin ver la luz de cobre que lacera

desde la plaza de los latoneros?

 

Esta ciudad no acaba de un modo desigual.

Amamos en un tiempo de epopeya

dentro de las murallas,

dentro de esos espacios confinados

donde la piel invoca un tiempo tácito,

ojival vuelo de estorninos

para la profecía.

 

 

Balada de septiembre

 

Un tomillar siempre conduce al agua

y a ese reposo intenso de final del verano.

Algo nos interroga en la palabra

que desprende resina;

algo nos adormece

en las vetas del roble.

Me detengo en tu vientre

como quien ha palpado

la intimidad del mundo.

 

 

XIV       

 

Amanecí en la selva

más desnuda que antaño.

Fui apartando las ramas, los rastrojos

y llegué a una explanada

donde se purifican los impíos.

 

Empezar la jornada en la contemplación.

Empezar la jornada en la circunferencia.

Pequeños resplandores se mezclaban

con el canto de pájaros azules.

Dolía la elocuencia en la espesura.

 

 

Road Movie

 

Arbustos de mimosa

por una carretera

que nos conduce al norte.

En el mapa limita con la niebla;

hay túmulos y orugas

y un silencio tan frágil

que a punto está de resbalar la lluvia

por la barba del poeta visionario.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2019/01/poesia-espanola-veronica-aranda/

 

 

Blancanieves jugando con el trofeo del padre
(Paula Rego), 1995

 

Junto a una cabeza de venado,

se hace presente Blancanieves.

Toma el trofeo y el sillón del padre,

prueba la autoridad, se muestra indócil

con su vestido blanco de satén.

Toma la muerte expuesta, rematada

con dos ojos de vidrio,

sujeta al animal por la pala del cuerno.

 

Unos segundos antes del disparo,

atravesó un pomar.

 

 

Arrabales

 

La ciudad tenía cuatro ríos

y en sus arrabales

de humareda culpable

asaban animales diminutos

que hacían pensar

en los cuadros del Bosco.

En una intimidad

fría como las aguas

de aquellos cuatro ríos

que interrogaban náufragos,

su piel era ribera

o su ribera, piel

en un deseo sitiado.

 

 

En el daguerrotipo

 

En el daguerrotipo

te distancias de mí.

Hay sombras de otro siglo.

Y frente al mar,

la hipnosis.

Y bajando hacia el mar,

los motivos florales

y los cuartos a medio construir

donde amanezco hablando de los bosques.

 

 

Bodegones de Morandi

 

Los ocres de Morandi,

la beis miel, los azules,

cada jarra acanalada,

la luz cobriza entrando

por el patio de siempre,

nos revelan liturgia,

proporción de silencio

en los objetos.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/7-poemas-de-veronica-aranda/

 

 

La casa giratoria

 

La casa giratoria

que no encuentra

......su centro

ni sus altas terrazas.

Si hay desvelo,

no hay labios,

ni cítrica humedad

ni caricia que mengua.

 

Huyes de los espejos,

de la luz contundente

que entra por la alacena,

porque tu cuerpo no convoca alféizares

y chocan las ventanas

del rincón más sagrado de la casa.

 

Sólo unos milímetros

y empieza la discordia.

Tanto desasosiego se concentra

en las vetas del roble.

 

 

La casa enfermedad

 

La casa son murmullos,

mantras memorizados

en sánscrito, en extrema delgadez,

cuando la enfermedad es enramada,

un solo de trombón

frente a las rosaledas.

 

 

Inventario

 

Todas las pertenencias del marino

caben en la cabina de un pesquero.

Toda la luz de julio

desgasta las maderas de los barcos

donde están retratadas

las sirenas.

 

 

Señales de humo

 

Ladran todos los perros del año nuevo chino.

Deseo transcender esta quietud,

dar un sentido bíblico

al tiempo que ha quedado a la deriva,

aplazado en el óxido

y en el glissando más acuático.

Dicen, no es trigo,

digo, puedo cuidar de las peceras,

conversar con los hombres de cabeza de pez

y frente de alabastro,

que parecen remar a la deriva.

En el lienzo se quedan impregnadas

sus señales de humo.

 

 

Envidia

 

Envidias, en el fondo,

la quietud de mis días.

Interrogas pinceles, rosaledas,

la voz pausada que nos narra

leyendas de tortugas.

 

Cuando estás sobre mí

realzas los posesivos.

 

 

Gula

 

Al regresar del viaje,

el silencio en la casa

no trazaba siluetas de animales apócrifos.

 

Ordené la alacena,

tiré todas las latas de conservas

que quedaban intactas

de ese largo verano que fue nuestro,

y cené sola y libre

bajo el cuarto creciente.

Tomado de:

https://letralia.com/letras/poesialetralia/2019/11/22/poemas-de-veronica-aranda/

 

 

Mapas

 

Consultaba los mapas

con un bosque lluvioso en la retina,

y dejaba su huella

en las contraventanas.

 

Si fallaban las brújulas,

si en un ardor de cal le cegaba la luz,

ella asumí­a el riesgo de quedarse atrapada

en una ciudad ajena.

 

 

Pinar del Río (Cuba)

 

Mi bisabuelo posa con uniforme a rayas

en un estudio de Pinar del Río.

Tiene aquel gesto grave del recién reclutado

que siempre habí­a pensado que la patria

se almacenaba entre la naftalina

de las casullas nazareno y oro,

o en la tarde de sol de un patio de cuadrillas,

hasta que en el embarque

los labios del sargento se llenaron altivos

con la palabra España.

 

El mismo gesto del torero clásico

y algo meditabundo que se enfrenta

a aquella artificiosa soledad del retrato.

 

Pero, ¿en qué pensaría el bisabuelo

hace más de cien años

en el etéreo instante de la fotografía?

Reconstruyo esta historia colectiva

que es la misma de siempre. Es el soldado

que ve pasar la muerte a cañonazos

en la explanada de los palmerales

o la intuye acechando entre epidemias

sobre lechos de yodo. Y se imagina,

cuando acabe esa guerra, perdida de antemano,

con aquella mulata que tenía

un puesto de santera frente a la catedral

y sabí­a a vainilla

y a jugosa guanábana. Se piensa

convertido en indiano, propietario

de un ingenio de azúcar,

paseando el domingo con su puro

y su traje de lino almidonado,

con fondo musical de banda de kiosco

y un olor familiar a caramelos

tostados en la feria. No sabía

mi bisabuelo en el etéreo instante

en que fue retratado, que esperaba

un barco de tullidos de regreso

a la vieja metrópoli, el vendaje

gangrenado de pérdidas, Castilla

y los caminos de la trashumancia.

 

 

Cape Cross (Namibia)

 

El aislamiento es como este hotel

de muros gris lavanda, desolado

fuera de la estación vacacional.

De repente sentimos

un deseo imperante de escribir

a los viejos amantes: la memoria,

el desaliento de la lejanía,

 

el olvido que encierra una postal

desde una playa atlántica con niebla,

chacales y preguntas silenciadas.

 

Más allá los desiertos, el hedor

de colonias de focas en la costa

donde los portugueses dejaron una cruz.

 

Poco más queda de los navegantes.

 

 

Fragmentos de postales

 

Ciudades a destiempo

o ciudades-taberna

con siete jugadores

que apuestan a las cartas

 

bajo una tenue luz de queroseno.

 

Ciudades que nos abren sus bodegas oscuras

o ciudades-buhardilla

donde esperar que algún desconocido,

al final de una tarde de verano,

nos cite en una plaza de obeliscos.

 

Ciudades con jardines de papagayos verdes,

en cuyos callejones las muchachas

giran barras de incienso.

 

 

Ciudades-oquedad donde la pérdida

tiene sabores agrios

y nos atrapa en forma de espiral.

 

Ciudades que habitan tatuadores,

dibujando en su piel cúpulas malva

o plumas de avestruz. Los marineros

no llevan en el brazo

un nombre de mujer sino de calle.

 

Ciudades con un patio hexagonal

y aroma a ciruelas amarillas,

que tienen por trazado el lomo musculoso

de caballos aztecas.

 

Ciudades-languidez de hombres enjutos

fumando pipas de ámbar o ciudades

con heridos de bala

y huelga general. Lechos de juncos

donde yacen, exhaustos, los amantes.

 

Esta es tu poética, viajero.

No dudes en los cruces de caminos.

Demora tu regreso varios años.

 

 

Café de Madame Porte

 

Pasar el tiempo en los cafés del Sur

donde bulle la vida, pero nada acontece

y la hora de la siesta se prolonga

como una eternidad,

y arrastro mi cansancio más allá del periplo.

 

Más allá de llegar a media tarde

a una ciudad que muy pronto hago mía,

donde el amor asciende

por el vértice oscuro de la menta

y es posibilidad o tentación,

mano o frágil arteria de estornino,

los viejos veladores, las palabras no dichas.

Tomado de:

https://www.otroparamo.com/web/articulo.php?ed=29&ar=252

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