CUENTA I
El hogar es un diente que nos falta.
La lengua busca
rigidez,
pero solo encuentra
ausencia.
CUENTA II
Altas, rígidas, afiladas.
Intenta llegar al otro lado
a pesar de las espinas salvajes.
Nosotros, que marchamos de casa adolescentes,
niños que cruzamos fronteras y fuimos despedazados
por mil lenguas dentadas,
nosotros, que llevamos heridas que florecen
bajo la piel cicatrizada,
¿en quiénes nos hemos convertido?
Me pregunto si casa
será mi fantasma,
si llevará mi ropa interior
guardada en la antigua cómoda
que compré hace veinte años,
si habrá anidado en mi blusa colgada
en una percha que no me atrevo a tirar.
Acaso esté extraviada entre filas de libros
ordenados alfabéticamente en un idioma
en el que no nací. O aquí, en el borde
de esta taza desportillada
que mi último amor olvidó.
Llevo semillas en la boca. Planto
cúrcuma, cardamomo y diminutos
pepinos aromáticos en el jardín.
Los riego con la lluvia que arranco
de las canciones de la abuela.
Crecerán, lo sé, por encima
de las murallas de espinos.
Se abrirán paso, ilesos.
Me fui de casa a los trece.
No había vivido lo suficiente como para saber
no amar.
Casa era el mar Caspio, los bazares bulliciosos,
el aroma del kebab y el arroz, los almuerzos
de los viernes, los picnics junto a los arroyos.
Nunca quise irme tan lejos.
Dijeron: Vuelve
y morirás.
El exilio es una maleta con el asa rota.
Lleno cien cuadernos de garabatos,
los arrojo al fuego y vuelvo a empezar,
esta vez me tatúo las palabras en la frente,
esta vez escribo solo para no olvidar.
La complacencia se contagia como un catarro.
Nado a contracorriente para dejar mis huevos púrpuras.
Dicen: Saca sustento de esta tierra,
pero mira cómo cuelgan mis frutos en espiral
y huelen a cuadernos viejos y a encaje.
¿Qué es un árbol trasplantado
sino un ser en el tiempo,
resignado a la adopción?
Los espíritus apremian, los espíritus se van,
lloran y se lamentan en la puerta del templo,
donde pendo al borde de un abismo.
Tal vez los espíritus solo acuden en el exilio.
Pero incluso esto es una ilusión.
CUENTA III
Querida América,
solías colarte en mi cuarto,
¿lo recuerdas?
Yo tenía once y tú venías
noche tras noche, a Teherán, te deslizabas
desde la vieja radio de mi escritorio,
pasabas por la pila de deberes de matemáticas, sobre
la desgastada alfombra persa, y me arremetías
con tus golpes de
rock and roll.
Te quería más que al chicle,
más que a los plátanos importados
que vendían en la calle por un ojo de la cara.
Pensaba que eras azur, América,
como el vestido nuevo de mamá, y kumquats,
y naranja, cielo y amapolas.
Soñaba contigo, América, soñaba
contigo cada noche con la ferocidad de un niño
extraviado hasta que te volviste real como la carne.
Y cuando llegué,
me embestiste
como una carcajada.
Tomado de:
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-sholeh-wolpe/
Es un mundo de hombres
Soy mujer. Eso es todo.
Es pecado mirarme:
por eso llevo un velo.
Mi voz tienta y yo debo
guardar silencio.
Es un crimen el pensamiento
y otro los libros: su alimento.
Tengo que soportarlo todo
y morir sin escándalo
sin una queja.
Solo entonces
me admitirá Dios a su lado
y tendida en el mármol de una nube, desnuda,
pondré uvas en la boca de los santos,
serviré vino de doradas urnas,
les hablaré de amores al oído.
Versión de Aurelio Asiain
Tomado de:
https://aurelioasiain.com/2016/09/09/sholeh-wolpe-es-un-mundo-de-hombres/
Diario de cuarentena: día 68
Él dice fresas; yo digo
semillas. Él dice iris; yo digo
sexo.
Él dice fe; yo me persigno con alcohol.
A dos meses del aislamiento Covid ya estoy metida
a fondo en esta existencia de pantalla verde Zoom y
WhatsApp, únicos testigos de mis gruñidos a pleno
pulmón,
de la ronda de moscas nerviosas
que ataco con mi raqueta eléctrica amarilla.
¡Con solo dos pilas AA electrocuto a estas plagas
zumbantes!
¿Quién les dio permiso de
congregarse bajo mi fresno en este
patio de ciudad?
¿No se han enterado?
Las reuniones están estrictamente prohibidas.
Él dice, ¿no tienes compasión? Yo digo, ¡divirtámonos!
Si yo no las devuelvo a su creador, alguna otra razón lo
hará. De todos modos ya nada tiene sentido—
¿o acaso lo tiene?
Esta mosca, la que estoy a punto de aniquilar,
deambula por un impecable haz de luz.
Blanco perfecto.
Como nosotros. Ahora. Para la raqueta dorada de Dios.
¡Zas!
Él dice locura, yo digo que por
supuesto al principio siempre es algo
insignificante,
como las gotitas de sirope de arce en la
balaustra azul que separa nuestro huerto de
frutales
del de nuestro vecino; acribillando la
línea de hormigas despistadas con el
chorro brutal de nuestra manguera—
implacable, infinita, irracional.
Tomado de:
https://diecisiete.org/wp-content/uploads/2020/06/wolpe%CC%81.pdf

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