domingo, 11 de marzo de 2018

POEMAS DE MUTSUO TAKAHASHI


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 15 de diciembre de 1937, Fukuoka, Prefectura de Fukuoka, Japón
1
¿De dónde viene nuestro amor por las muñecas,
Pigmalión?
El padre amarillo con un paraguas empuja el carrito por un callejón
y la pálida madre pedaleando en su máquina de coser es violada en la puerta de entrada.
El violador no es una personalidad
sino un hirsuto y sudoroso sujeto en bata de cirujano.
Siento el bulto enorme de su espalda en la habitación contigua.
Odio al padre con su débil voluntad, odio a la madre que no opone resistencia,
odio el coito indiferente entre padre y madre que nos trajo al mundo.
Bajamos la mirada, nos ovillamos
y no podemos más que fingir un parto en el piso de tatami.
A lo lejos se escucha una voz, es el comerciante de residuos de papel.
Es la mañana apacible de un día de primavera
cuando el olor del baño impregna la calle principal.

 2
En cuanto a nuestro sexo, no somos ni hombre ni mujer
mucho menos algo neutro.
Un muchacho: ni el tercero ni el cuarto, siempre el sexo del número cero.
Así que, como euglenas o medusas comunes
llevamos a cabo, sin cesar, nuestra diáfana monogénesis.
Las copias de nosotros que se multiplican interminablemente
llenan la pequeña habitación, se derraman sobre los espacios huecos del piso de tatami,
salen a la calle a través de las rendijas de las ventanas y flotan en el aire.
Si existe el término «embarazo imaginario», el término «alumbramiento imaginario» también debería existir.
La imaginación es una forma de existencia.
Esto es una certeza.
Pigmalión,
como una mujer embarazada que he experimentado muchos partos, nosotros
hemos envejecido siendo jóvenes
y con un ojo negro, nos convulsionamos sin cesar. 

 3
La muñeca: se trata de un concepto antes que de una cosa,
una idea mucho más llena de sustancia que una cosa.
Porque la sustancia es más delicada que las células o partículas,
se nos revela a través de las paredes o del empapelado de las puertas y se planta frente a nosotros.
Se hunde en nuestra cabellera y se agazapa en el cerebro.
El cráneo termina por parecerse, cada vez más, al útero.
Parir una muñeca, dar a luz a través de las pupilas y las puntas de los diez dedos, Pigmalión,
no tiene el tipo de entrañas o de alma que hay dentro de nosotros.
No, en lugar de un alma o de entrañas, su ausencia lo colma todo.
La superficie brillante de su cuerpo cubriendo una sustancia llamada ausencia ni siquiera es material.
¿Es él? ¿Es ella? Si nuestro sexo es el de un niño,
su sexo es el de una muñeca. Si somos el número cero, el sexo es la enésima potencia.

 4
El cuchillo, la sierra, los alicates, el martillo, la lima,
las tenazas, las tijeras, el tornillo, el taladro, las pinzas,
cinta de goma, guantes de caucho, algodón, el secador…
¡Cuánto se parecen estos utensilios para hacer muñecas
a los instrumentos para matar a un hombre!
Pigmalión,
no hacemos muñecas que se nos asemejen,
somos nosotros, tan bien como podemos, quienes nos asemejamos a las muñecas.
Habría que rehacer al padre, habría que rehacer a la madre.
Que salga la carne deformada del padre y hagamos de nuevo a la madre.
Si no pueden rehacerse, dejemos que sean aniquilados.
La cabeza y el torso, piernas y brazos, ojos y lengua, cabello y vello púbico—
Diseccionar es unir o, por decirlo de otra manera,
dar muerte es dar vida.

 5
¿Es posible dar muerte a una muñeca?
Esta es la máxima consideración en nuestro amor por las muñecas.
¿Cómo determinar clínicamente la hora de la muerte
de una muñeca que no tiene corazón o cerebro?
La cabeza separada del cuerpo,
los ojos arrancados de las cuencas
miran fijamente nuestras manos sin expresión alguna.
Aun si blandimos nuestro martillo contra ellos,
los aplastamos y los despedazamos,
la imagen póstuma de los globos oculares seguirá mirándonos.
No sólo la cabeza, no únicamente los ojos,
el ombligo, la entrepierna, las palmas, las plantas,
cada parte nos observa fijamente.
Si antes de nacer ya vivía,
¿cómo es posible darle muerte?
Pigmalión,
estamos muertos antes de ser asesinados. 

Traducción: DANIELA CAMACHO
Durmiendo, pecando, cayendo 
II
Estás huyendo, hermano mayor.
No importa cuán lejos vayas,
estás corriendo
aquí, sobre mi rostro.
--

Ay, pobre hermano mayor.
¿Dónde estás ahora?
Casi puedo verte -
a ti, intentando escapar de la Tierra que palideció,
las orejas cubiertas por tus manos, los ojos llenos de sangre, huyendo con apuro, a ciegas.
Quisiera venir y besarte.
Pero ya no soy.
Porque, repentinamente y por la espalda, blandiste contra mí un trozo de hierro pesado,
mi cara se dispersó en varias direcciones.
Te busco a través de la noche oscura
pero como me he convertido en muchos
ya no puedo encontrarte en ningún lugar.
--

Hermano mayor,
me pusiste sobre un columpio
y me elevaste hacia el cielo con todas tus fuerzas.
¿Por qué hiciste algo tan espantoso?
Cuando padre preguntó, no respondiste.
Cuando él dijo que escuchó una voz de sangre, tapaste tus oídos.
Hermano mayor,
¿no era esa tu voz?
Las escaleras en espiral continúan hacia lo más profundo de la Tierra,
eres tú quien desciende apresurado.
Te comprendo.
Mis caras, hay tantas de ellas.
Pero no tengo voz.
Además,
mis rostros siguen creciendo, sin número.
--

No puedes dormir,
hermano mayor, pero no eres el único.
Desde que blandiste hierro sobre mi cabeza
mis ojos han permanecido abiertos.
Yo siempre estoy despierto.
A través del bosque de la noche, bajo el oscuro follaje,
sobre el rostro callado del agua,
hacia el final de los campos asolados, donde la luna brilla devastada,
mis ojos te siguen, sin importar cuán lejos deban ir.
Mis ojos abiertos te buscan,
tu corazón tan solitario como un lobo.
--

Medianoche, despierto bajo el follaje,
llorando suavemente- ese soy yo.
¿Por qué no te había dicho esto?
Que te quiero tanto.
Pero tú siempre te veías amenazante,
arando la tierra, de espaldas a mí.
No tuve oportunidad de decirlo.
¡Ay, si hubiera sabido que estabas sufriendo así,
si hubiera tenido un poco más de coraje!
Hermano mayor, ¿dónde en el mundo está Nod?
Incluso si llegas ahí, no serás capaz de limpiar
mi sangre de tus manos.
Tus oídos no olvidarán mi alarido.
Incluso si sufres,
ese no es mi deseo.
Hermano mayor, me gustaría decirte:
¡Ay, cuánto te quiero!
--

Hermano mayor,
nunca, ni una sola vez, sonreíste para mí,
nunca viste mi rostro y lloraste.
Si hubieras hecho eso,
yo habría corrido a tus brazos
y así, contenidos en un abrazo, habríamos llorado.
Después, tomados de la mano,
habríamos ido hacia el fin de la Tierra.
Estamos despiertos,
pero los dos estamos solos, para siempre.
--

Me llevo las manos a la boca,
grito con mi voz más alta.
Pero tú huyes a ciegas.
Mi voz comienza a enronquecer,
Pero tú no escuchas.

Cubres tus oídos,
pero lo que estás escuchando
no es mi voz.
La dirección en la que escapas
es roja con el pecado que cometiste.
--

Bosque,
árboles,
brazos gentiles, piernas, enjambres de nervios susurrantes,
almas sensibles del mundo,
ustedes deben saber
cuánto lo quise.
Cuando juntos te atravesamos,
tocaste mis brazos, sus hombros,
moviste tus hojas, tus ramas.

Con qué cuidado
removí esas hojas, esas ramas
de sus hombros, de su cuello -
cuando en tus profundidades, bajo las hojas de fresas silvestres
él puso su boca en el chorro de un manantial desbordante
e hizo gorjear su garganta
y con cuánta dulzura contemplé su nuca
temblando mientras su garganta gorjeaba-
cuando se sintió saciado después de comer y dormitaba
y una víbora se arrastró hasta sus pies descalzos
con qué violencia la maté-
tantos días, tantas noches
nuestras, suyas y mías…
bosque, debes saberlo
--

Las piernas endurecidas del muerto sobre mis hombros,
sus dientes mordiendo, labios sin sangre abriendo, cerrando, debajo de mí,
desciendo, el frío de las escaleras en las plantas de mis pies-
¿conduce esta espiral ondulante hacia el fondo de la Tierra, hacia el fondo más profundo de una pesada y nauseabunda niebla-de qué oscuridad?
Ahora ni siquiera puedo proferir una voz.
Mis oídos contienen las tapas de un silencio
tan aterrador como el clamor de la ciudad del pecado.
Una sofocante                                        no, mejor
una lúgubre                      ansiedad que rompe el corazón.
Repentinamente, lo tiendo en el suelo,
caigo de rodillas, lo abrazo, lo beso:
con mi boca húmeda y caliente abro su boca fría,
con mis dientes tibios golpeo sus dientes frescos,
con mi lengua ardiente busco su lengua helada de muerte.
La carne en movimiento de una lengua entrelaza el garfio entumecido de la otra,
la saliva espumosa, caliente, absorbe el líquido viscoso de la muerte.
Y ahora, ¿estas escaleras descendentes realmente descienden,
o es que ascienden?
Ahora, ¿es el que vive quien sostiene al muerto,
está la boca viva siendo aspirada por la boca muerta?
Fuera del cielo aterrador
luz superabundante se derrama -
sus ojos ya no la engullen.
Absorbiendo haces de luz a plenitud
tus ojos, oscuros, marrones, se movían vivazmente.
Ahora, vueltos hacia arriba por la rigidez de la muerte,
¿qué están viendo
dentro de los párpados pálidos, en las cámaras secretas bañadas de roja sangre?
Un bosque de intrincados nervios ópticos,
un cúmulo de ramas de sangre pesada,
follajes de células cerebrales colapsadas y espumosas,
la tempestad de tu cerebro crujiendo- en medio de todo esto
una sombra escapando a toda velocidad,
ese soy yo, ese soy yo, ese soy yo, ese soy yo.
Cabizbajo, sumido en el pensamiento,
mirando tu rostro sobre la húmeda hojarasca con roja sangre viscosa coagulada en ella ¾
ese soy yo.
Tus piernas sobre los hombros, caminando pesadamente-  ese soy yo.
Ojos inyectados en sangre, los oídos cubiertos con las manos- ese soy yo.
Lavando mis manos en un arroyo donde la luna brilla- ese soy yo.
Abriendo tus labios muertos con labios,
empujando tus dientes con dientes, buscando a tientas tu lengua con lengua ¾ ese soy yo.
Dejando la marca de mi dentellada en tus muslos- ese soy yo.
Abrazándote violentamente- ese soy yo.
Tú estás llamando a estos yos desde más allá de la oscura tormenta
con una voz que no forma una voz.
¿Dónde en el mundo te encuentras?
¿Dónde estoy yo?
--

Ese tú que me pertenece, solo,
el tú que yo he creado, es decir, el tú que está muerto-
trazando ese tú con la punta de mis dedos, yo espolvoreo la tierra.
Coloco tus tobillos lado a lado, uno tus manos sobre tu pecho,
y esparzo la tierra hasta tu discreta manzana de Adán.
Lleno de tierra, tac-tac,
el espacio alrededor de tu cabello suave recoge luz,
sólo dejo fuera la pequeña boca abierta, vacía, y los ojos.
Hermano menor, en el tiempo de tu pesado sueño, algún día crecerá un avellano,
se deleitarán los tojos, las plantas amarantáceas se multiplicarán.
Al igual que tú, que te conviertes en un zarzal, nidos de pájaros, y charcos de agua,
no se olvidará desde el cielo este lugar,
yo seguiré deambulando, siempre bajo el peso
de esta tierra que eres tú mismo.
--

Padre dijo: Ve a Nod,
asesino de tu hermano menor, ve a Nod,
no tienes otro lugar adonde ir más que Nod.
Pero ¿dónde está Nod?
¿Qué quieres decir con Nod?
No lo sé, nadie lo sabe.
Pero como he matado a mi hermano menor
no tengo otro lugar a donde ir que Nod.
Ay, Nod, Nod, mi Nod está seca.
Sin razón alguna, mi Nod está seca, maldita sea.
Nod es árida, ¿a qué lugar del mundo te refieres con Nod?
Esa Nod seca, esa sequía es Nod.
La siempre árida Nod, eso es Nod.
Porque eres el asesino de tu hermano menor,
ve a la árida Nod, a la aridez de Nod,
A Nod en llamas.
Pero, Nod,
¿qué quieres decir con Nod?
--

Asesinado hermano menor,
tu rostro llena todo aquello de la Tierra hasta hoy conocido.
Después de errar largos meses y años
finalmente he llegado
a la cicatriz de tu frente, al chorro de sangre burbujeante, derramándose.
Mi dolorosa huida consistió en esconderme en tu herida.
Mis manos sucias están limpiándose, por primera vez,
cuando las sumerjo profundamente en tu sangre.
La paz de ti y de mí
descansa en nuestro pecado.
--

 

Una garganta blanca y delicada se movía nerviosamente- eso lo recuerdo.
--

No permitir que mi furia que se desvanece llegue a su fin,
con un golpe de hierro, lo incapacité eternamente para hablar.
Después, mis manos sucias de sangre
a ciegas apilaron ramas y ortigas sobre él.
Pero
¿hice algo?
¿Fue de verdad asesinado?
En ese momento, en el derrame aterrador de la sangre
yo no entendí nada,
pero vinieron las manos grandes de alguien más
para llevárselo en aquel instante
entre mi decisión y el golpe, creo.
Cuando llega la noche, más allá de los matorrales de hojas del bosque,
en la oscuridad que flota sobre el horizonte, sus ojos muy abiertos
tiemblan como si quisieran decir algo, creo.
A pesar de mí mismo me levanto de puntillas
y me siento colmado de un pedazo de voz como sangre espumosa atascada en la garganta.
Pero ahora, alguien se opone
entre él y yo.

*Takahashi, Mutsuo. Sleeping, Sinning, Falling. City Lights Books, San Francisco, 1992. Edición y traducción al inglés de Hiroaki Sato.

Nosotros, el pueblo de Zipango*


Zipango es el primer nombre occidental de Japón,
escritura que  Marco Polo (1254-1324) dio a Ji-pun-guo,
la pronunciación china de Nippon-koku.

La isla, envuelta en nubes doradas,
no existe en ningún lugar del mapa.
Nosotros, los habitantes de la isla, de igual manera,
no existimos en ningún lugar de la realidad.
El mar de fantasía del comerciante Marco Polo-
y contiguo a él, el océano cerebral
de los marineros, en cuya tormenta flotamos, a la deriva,
nosotros, el así llamado pueblo de Zipango:
una multitud que, finalmente, es una ilusión, un sueño, algo inexistente.
No creas nunca en nuestra palabra.


*Takahashi Mutsuo, “Prism”, en Sleeping, Sinning, Falling, City Lights Books, San Francisco, 1992. Edición y traducción al inglés de Hiroaki Sato.


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