Una flexible corona de arrayanes
¡Pobre Nietzsche en Turín, comiendo salchichas
Que su madre le envía por correo desde Basilea! Un cuarto
alquilado,
Una pequeña y cuadrada ventana que enmarca las nubes de
agosto
Sobre la montaña. Rumiando la forma de las cosas:
La colgante rama
De una aguileña de los Alpes, los troncos de los cedros
torturados
Por el invierno, al sol del verano, la comba que el peso
de la nieve
Dejó en el tronco del álamo.
“El desierto crece:
¡Ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!”.
Muriendo de sífilis. Recortándose el tupido bigote.
Enamorado de las óperas de Bizet.
Distribución de la felicidad
Las colchas desechas,
Sábanas enredadas,
Lustrosas a la luz de la luna.
Imagen del gozo,
O la nostalgia,
O el tormento.
Depende de quién
Esté imaginando.
(Ya sé: tú eres
La penetrada, yo, aquél
Que se inclina a tu lado,
Tratando de mirarte a los ojos).
El problema de descifrar el color
Si yo dijese—recordando el verano,
La súbita mancha roja del cardenal
Sobre el desnudo gris de los bosques en invierno—
Si yo dijese, listón rojo sobre el ladeado sombrero de
paja
De la chica de labios besucones
De la que se cuelga un perrillo faldero
En aquel cuadro de Renoir—
Si yo dijese fuego, si yo dijese sangre que mana de un
corte—
O restos de amapola en el aire de verano oloroso a pasto
En la ladera de una colina batida por el viento, a las
afueras de Fano—
Si yo dijese, su único arete rojo jalando su sedoso
lóbulo
Si ella adivinase el futuro en una baraja de hojas caídas
Hasta que atinase—
Coloreado pezón, y boca—
(¿Cómo no amarías a una mujer
Que hace trampa en el tarot?)
Rojo, dije. Súbitamente, rojo.
Según Goethe
En todas las montañas,
Quietud;
En las copas de los árboles
Ni el menor asomo de brisa.
Las aves guardan silencio en el bosque.
Espera: muy pronto
Tú también guardarás silencio.
Tomado de:
https://gerardo1313.wordpress.com/2013/06/25/martes-de-poesia-robert-hass/
Deriva y vapor (tenue rompiente)
“¿Cuánto daño hacemos,
haciendo el amor de esta manera, cuando apenas
nos toleramos?” –Yo te tolero. Eres de las pocas personas
que siempre tolero. –Bueno, sí, pero ya sabes a qué me
refiero.
–Igual no. Creo que me tomo el sexo más a la ligera
Que tú. Creo que es un poco agotador
tratarlo como si fuera un jodido sacramento. –No es buen
chiste.
–No mucho. (Ella lame pequeños rastros de sal seca
de la carne blanda de su brazo. Él sacude
arena de su seno). –Y me gustas. En general.
No creo que pueda esperarse que se despierte la
imaginación de uno
por la misa persona todo el tiempo. (Arena, pequeñísimos
guijarros,
que se pegan a la piel rosada, arrugada de su areola en
la tibia brisa
Los estudia, bizcando, y luego chupa suavemente su
pezón). –Mmmh.
–Estoy de mal humor. Realmente no estás aquí. Venimos
Como si estuviésemos abriendo una herida. –No hables por
mí.
(Una joven mujer, con el delantal ocre de los empleados
del hotel,
emerge de las dunas de hierba a la distancia. Lleva albas
toallas
que ellos miran cómo coloca en una pila sobre una mesa
bajo una sombrilla hecha de frondas de palmera). –Mira,
sé que te duele. Creo que quieres que me sienta culpable,
y no me siento.
–No quiero que te sientas culpable. –¿Qué quieres
entonces?
–No sé. Cenar. (La mujer tararea algo, apeas escuchan
trozos que
se elevan y descienden entre la brisa).
–Esa es la chica que perdió su bebé el interino pasado.
–¿Cómo sabes estas cosas? (Ella se pone la parte superior
del bañador). —Yo hablo con la gente. Hablé con la chica
que nos limpia la habitación. (Él hace bizcos de nuevo
mirando a lo largo de la playa, sacude la cabeza.
–Pobrecilla. (Ella le besa el pómulo. Él se ponelos
pantalones).
Tomado de
https://gerardo1313.wordpress.com/2013/07/09/martes-de-poesia-robert-hass-2/
IOWA, ENERO
En las largas noches de invierno se estrechan
los sueños del granjero.
Entra en el surco una y otra vez.
ESA MÚSICA
La plata de la cala bajo el sol de agosto,
La luminosidad del aire seco, los últimos regueros de
nieve fundida
Filtrándose a través de las raíces de la hierba de
montaña,
El vinagre de la maleza, el humo dorado, o la roya de la
pradera.
¿Otorgan los cuerpos de los amantes
Al oscurecer en verano, la respiración de él, el rostro
dormido de ella,
Otorgan la leve brisa entre los pinos?
Si tú fueras el intérprete, si esa fuera tu tarea.
EL ÁLAMO HACE ALGO AL VIENTO
El álamo centellea al viento
Y eso nos deleita.
Las hojas danzan, giran sobre sí mismas,
porque ese movimiento en el calor de agosto
protege sus células y no se secan. Del mismo
modo la hoja del chopo.
De la reserva genética se elevó con rapidez
un tronco tembloroso
y el árbol inició su danza. No.
El árbol capitalizó.
No. Hay límites para decir,
con el lenguaje, lo que el árbol hizo.
Es bueno a veces para la poesía
que nos decepcione.
Danza conmigo, bailarín. Oh cómo lo deseo.
Montañas, cielo,
El álamo hace algo al viento.
ARTE Y VIDA
¿Conoces esa lechera de un Vermeer? Ensimismada
en el acto de verter un pequeño flujo de leche.
Impresiona en el Mauritshuis Museum de La Haya
ver lo blanca que es, y lo real, como ante alguien
que lee su propia poesía o canta en un coro, crees
estar viendo su alma, un animal concentrado en su
quehacer,
una ardilla, su pelaje resplandeciente en otoño, que se
estira
bajo una delgada rama para alcanzar la baya madura
de un espino, prueba la rama con su peso,
se queda quieta cuando se inclina, estira luego con
cautela una pata.
Nada hay menos ambiguo que la concentración de un animal
y por eso celebras, admiras incluso, que la atención de
ella,
ajena a ti, sea tan vívida, y te provoca melancolía
no obstante. Nada mejor que ser la fiel sirviente
y como pensamiento suyo, el influjo de leche.
En La Haya, en la cafetería de empleados, me pregunto
quién será el restaurador. La chica rubia
en el reservado, chaqueta japonesa de marca, que picotea
el requesón -¿Requesón y pastel? El azúcar
del pastel ya había sufrido su transformación en el horno
mucho antes de que se despertara. Parece una persona
que calcula precios y decide conformarse con eso.
Es algo que se percibe cuando su blanca boca ensimismada
acepta los bocados de pastel con el azúcar reposada.
O el hombre mayor, pelo castaño encanecido, chaqueta de
lana marrón,
zapatos marrones de ante como el instante en que alboroto
y puesta de sol se
unen y desvanecen. Una boca conformada a base de ironías
privadas, como si
hubiera asistido callado a demasiados encuentros con
personas que le parecían
más poderosas pero mucho menos inteligentes que él.
¿O ese tipo delgado como un silbido, el pelo negro
peinado hacia atrás
con la forma en zigzag de un rayo en la nuca?
No sé si existe realmente un arquetipo. Me hubiera
gustado
hacerle una entrevista. ¿Qué haces en la vida?
Sólo soy un acólito. Mondo el tiempo, con mucho cuidado,
de las delgadas capas de pintura en lienzos de hace
trescientos años.
Restituyo la leche que fluye bajo la pintura oscurecida
del cántaro que sujeta la mujer representada, joven, su
mejilla
rosa y ligeramente de amarillo, fortuna de la luz
que casi la toca a través de la ventana que la refracta.
Soy el sirviente de un ademán tan perfecto, de un cuerpo
tan en armonía, que se convierte en un pensamiento, tan
ensimismado,
y, aunque apacigua el deseo, lo provoca infinitamente.
Pero ni la conoces ni la vas a poseer, ni tú
ni nadie. El hombre de negro debe de ser un ayudante del
conservador.
Mira como si pensara que él es la obra de arte. Por todas
partes
en La Haya ese olor de tierra baja a sal marina.
No sabemos nada de la madre de Vermeer.
Obviamente suplanta ahí su pezón, toma
toda la tradición de la Virgen y la transforma en luz y
leche
con ese hábito tan meticuloso de imaginar las geometrías
de la composición que opera en él. Y en ella: robusto
cuerpo alemán,
luz tenue, habitación muy sencilla.
El exquisito tapiz rojo que su piel, quizá teñida
un poco por la aspereza de una toalla, adquiere.
Y esa estacada que mueve la nostalgia
hacia lo sombrío y el aturdimiento, se agradece después.
Uno de vosotros toca la vena del cuello del otro,
siente el pulso de la impresión, la corriente de un río
o el flujo de leche. Quién desea el paraíso oriental de
la Amida
cuando existe todo este mundo para probar con la lengua,
tocar con los dedos, vello como hilos de seda
que se alisa en los brazos del otro, en las piernas, bajo
la espalda.
Entonces hablas. Siempre esa otra impresión
de la vida concreta, la vida vivida, una madre en un
asilo,
pudiera ser, una persona difícil, dolida o vengativa.
El chismorreo de los otros sirvientes. Un hermano que
trabaja
en una posada y tiene grandes planes.
Escuchas. Aprendiste hace tiempo la regla
de no pensar lo que vas a decir a continuación
cuando está hablando la otra persona. Una parte de ti
la sorbe como leche. Algo en ti empieza a notar
que somete a prueba la decepción consigo misma en el
acopio
de una complejidad indolentemente formulada. La observas
menear la cabeza para corregirse; percibes
que tiene una mente que quiere hacer las cosas bien.
El temblor de su cuerpo arrulla una noción
a lo largo de tu costado y te estiras para sentir de
nuevo
la humedad que nos corresponde en lugar de la luminosidad
de la pintura. Más tarde, en una de esas rutas la mente
retorna de nuevo sobre sus pies, habla de
Hans, el mayordomo, cómo fuerza a las chicas
y luego reza con fervor los domingos a cada hora.
Es domingo. Se está vistiendo. Habéis acordado
pedir un taxi para que la lleve con su madre
a Gronigen. Está contenta, se pone un poco mimosa,
hace su pequeño primer gesto de posesión
al cepillar tu chaqueta. Afuera se oye
el ruido de los cascos de los caballos sobre los
adoquines.
Es el momento en que las obligaciones para con la vida de
otra persona
parecen insoportables. Siempre queremos volver a nacer
pero en realidad hacerlo, ¿te das cuenta?
Parece redundante. Ésta es la vida que te eligió
y que tú elegiste. Aquí tienes el cepillo, la crin,
el pelo del tejón, la barba del macho cabrío, la arena.
Y el olor de la pintura. El volátil, acre aceite
de linaza, semilla de colza. Aquí está el hedor de la
esencia
de pino en un bote de trementina. Aquí está la mano,
la mancha de la muñeca, el escarceo del tendón en el
golpe de pincel. Aquí
la nube, el agua del lago alzándose una mañana de verano,
polvo y polvo y polvo de tiza, la humedad de la pintura
que se adhiere al entramado de lino del lienzo, aquí
está la fidelidad de capas sobre capas sobre capas de
pintura.
Hay algo que permanece de un modo inaprensible,
sigue vivo porque no lo podemos poseer.
Tomado de:
https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-robert-hass/
Una dúctil corona de mirto
Pobre Nietzsche en Turín, comiendo salchichas que su
madre
Le envía por correo desde Basilea. Una habitación
alquilada,
Una pequeña ventana cuadrada que enmarca las nubes de
agosto
Sobre la montaña. Cavilando la forma
De las cosas: la espuela que cuelga
De un águila alpina, troncos torturados por el invierno
De cedro en el sol de verano, la aberración en el tronco
del álamo
…Donde se coló a través de la capa de nieve.
«En todas partes crece la tierra baldía; pobre de
Aquél cuya tierra baldía está dentro».
Morir de sífilis. Recortando un exuberante bigote.
Enamorado de la ópera de Biznet.
El problema de describir árboles
El álamo brilla en el viento.
Y eso nos deleita.
La hoja revolotea, gira,
Porque ese movimiento al calor del verano
Protege sus células de la desecación. Igualmente la hoja
Del árbol del chopo.
El acervo genético arrojó un tallo tambaleante
Y el árbol bailó. No.
El árbol capitalizó.
No. Hay límites para decir,
En el lenguaje, lo que hizo el árbol.
A veces es bueno que la poesía nos desencante.
Baila conmigo, bailarín. Oh, lo haré.
Álamos haciendo algo en el viento.
De Time and Materials: Poems 1997-2005 (2007)
Tomado de:
https://poesia.uc.edu.ve/robert_hass/
Envidia de los poemas ajenos
En una versión de la leyenda las sirenas no cantaban.
Que pudieran hacerlo fue sólo el cuento de un marinero.
Así que Odiseo, amarrado al mástil, fue atormentado
Por una música que nunca escuchó —las sacudidas del mar,
La transparencia del viento, el hambre marina de los
pájaros—
Y aquellas silenciosas mujeres que apilaban algas para el
manto de los jardines,
Viéndolo forcejar contra las cuerdas, viendo el horrible
deseo
En sus ojos, ya no serían las mismas sobre el baldío
rocoso de las islas,
Imaginando cuál era la canción que el hombre imaginaba
Y que ellas nunca habían cantado.
El mundo como voluntad y representación
Cuando era un niño, mi padre, todas las mañanas…
Algunas mañanas, durante un tiempo, cuando yo tenía unos
diez años
más o menos,
Mi padre le daba a mi madre una droga que se llamaba
antabus.
Te hacía vomitar cada que vez que tomabas alcohol.
Eran unas pequeñas pastillas amarillas. Él las picaba
En un vaso, disolviéndolas en agua, después le alcanzaba
A mi madre el vaso, y la observaba de cerca mientras se
lo tomaba.
Esto fue hacia finales de los cuarenta, un tiempo,
Un mundo social, donde los hombres se levantaban
Para ir al trabajo, dejando a las mujeres con los niños.
Él me hacía un guiño, a la manera en que se hacían los
guiños
a finales de los cuarenta,
Y yo la observaba de cerca para que no pudiera “zafarse”,
Ni “hacernos una jugarreta” a un par de tipos astutos
como nosotros dos.
Cuando escucho esas mismas expresiones en las viejas
películas
mi mente comienza a desvariar.
La razón por la que mi padre picaba tan finamente los
medicamentos
Era que aquellas pastillas podían esconderse debajo de la
lengua,
Para luego escupirlas. La razón para que este ritual
Ocurriera tan temprano en las mañanas, –o eso me
informaban,
Y yo sabía que era cierto– era que ella, si quería, podía
inducir el vómito,
Así que había que vigilarla mientras el organismo
Absorbía toda la droga. Es muy difícil reproducir en
estos versos
El ritmo de aquella escena. Él picaba dos pastillas
Esparciendo el polvo sobre el vaso de agua,
Después se lo acercaba a ella, después la observaba
mientras tomaba el vaso.
En mi recuerdo él tiene un traje gris de Herringbone,
Y una camisa blanca que ella misma había planchado.
Algunas mañanas, igual que en los cómics que leíamos,
En los que Dagwood salía muy temprano para tranquilizar
Al Señor Dithers, dejándole a Blondie los restos de una
Tostada y los riachuelos amarillos del huevo
Que ella tendría que limpiar,
antes de irse de compras con Trixie, la vecina
en lo que el Comic llamaba un frenesí de compras-,
Mi padre tomaba uno de los primeros buses, encargándome
A mí de la vigilancia. “Échale un ojo a mamá, socio”.
¿Conoces ese pasaje de La Eneida? Un hombre parte de
La ciudad incendiada con su padre sobre los hombros,
Llevando a su pequeño hijo de la mano.
Se abre camino entre los tapices en llamas
Y las columnas que caen, mientras el profeta ciego,
Levantando los brazos hacia el cielo, aúlla desde el
interior:
“Ha caído la gran Troya. La gran Troya no existe más”.
Tumbada sobre su bata, arrepentida y obediente,
Mi madre en el mesón de la cocina sufría arcadas y bebía,
Bebía y sufría arcadas. De alguna parte tuvimos que
aprender
Nuestra primera idea moral sobre el mundo,
De alguna parte la justicia y el poder, el género y el
orden de las cosas.
Cimbelino
Todo lo que hacemos es una explicación del amanecer.
La muerte lo explica. Hacer el amor lo explica.
Las últimas obras de Shakespeare lo explican.
Somos tan ignorantes como al principio.
Levantamos Stonehenge una y otra vez
Pensando que servirá de algo para saber dónde
O al menos cuándo. Hay una llama doble entre dos piedras
Nos eleva, igual que el sexo al arquear el cuerpo, nos
conduce, más arriba,
Y nadie sabe cómo o cuándo se va a detener,
Así que todo lo que hacemos es una explicación del
amanecer.
Tomado de:
https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/31/RobertHass/