lunes, 2 de marzo de 2026

POEMAS DE AHMAD SHAMLOU - DESDE IRÁN LLEGA POESÍA -


En este callejón sin salida

(Versiones de Antonio Gamoneda basada en las de Clara Jánes)

 

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Buscan en tu boca por si hubieras dicho: te amo.

Buscan en tu corazón

     es un tiempo extraño, amigo mío.

Al amor

le dan latigazos

junto a los postes del camino.

 

      Hay que esconder el amor en el rincón más oculto de la casa.

 

En este callejón serpenteante y frío

mantienen el fuego con los leños de la poesía y de la canción.

No te arriesgues a pensar,

es un tiempo extraño, amigo mío.

El que de noche llama a la puerta

ha venido a matar al farol en su llama.

 

Hay que esconder la luz en el rincón más oculto de la casa.

 

Alto, ahí están los carniceros dominando los caminos

con una tabla y un machete ensangrentado;

        es un tiempo extraño, amigo mío.

Van a cicatrizar la sonrisa de los labios y las canciones de la boca.

 

Hay que esconder la alegría en el rincón más oculto de la casa.

 

Un pincho de carne de canario sobre el fuego de azucena y jacinto.

                            Es un tiempo extraño, amigo mío.

 

Satán, ebrio de victoria, está celebrando en la mesa nuestro llanto.

Hay que esconder a Dios en el rincón más oculto de la casa.

 

 

 

Del frío que albergamos

 

Todo el temblor de mis manos y de mi corazón se debía

a que el amor ha de ser cobijo,

no un vuelo

un lugar de fuga

 

Ay amor, ay amor,

tu rostro azul no aparece.

 

*

 

Un frescor apaciguante en la llamarada de una herida,

no el incendio de una llama sobre el frío que albergamos.

 

Ay amor, ay amor,

tu encendido rostro no aparece.

 

*

 

Una fosca y tenue veladura en las presencias imaginarias

y un rincón de libertad en la fugacidad de la presencia,

una sombra

         sobre la calma azul

y el verde de una hoja leve

   en el árbol de Judea.

 

Ay amor, ay amor,

tu color más nuestro

no aparece.

Tomado de:

https://archivopdp.unam.mx/?view=article&id=4466

 

 

EL RÍO

 

Abandonarse al cauce del destino

y con cada canto rodado

dejar escapar un secreto.

¡Qué dulce es el susurro del río!

Bajar de la altura del propio orgullo

en picado desde la claridad altiva del autoencierro

con el grito de pánico propio de la caída

¡Qué glorioso es el estruendo de las cascadas!

Y hundirse cada vez más en el hondo tajo

y con cada roca

lanzarse a una pelea.

¡Qué leyenda es el río, qué leyenda!

 

 

CANCIÓN DE LOS DESTERRADOS

 

Para Pariyush Gangí

 

Nada murmura

               ya

en mi camino:

ni la brisa, ni el árbol

ni el agua que corre.

Herrumbroso ondea un canto fúnebre

                       solo

más negro que la noche

sobre los hombros errantes del viento.

 

 

***

 

Lejos

allí está mi tierra

queda sola

en un monótono crepúsculo

que nunca acaba.

 

La oscura ciudad

espera mi trágico regreso

en un callejón recóndito

con dos amables ventanas.

 

 

CANCIÓN DE AMOR

 

El que te dice te quiero

es un triste encantador de serpientes

que ha perdido el don.

        ¡Oh, si tuviera el amor

        lengua para hablar!

Mil alegres abalorios

              hay en tu mirada

Mil canarios mudos

hay en mi garganta.

        El amor, ¡oh, si

        tuviera lengua para hablar!

El que te dice te quiero

es el triste corazón de una noche

en pos de la luz de luna.

        ¡Oh, si el amor

        tuviera lengua para hablar!

Mil soles sonrientes hay en tu grácil andar,

mil estrellas en llanto

en mis súplicas.

        El amor, ¡oh, si

        tuviera lengua para hablar!

Tomado de:

https://orienteymediterraneo.blogspot.com/2018/10/fenix-en-la-lluvia-antologia-poetica-de.html

 

 

Resurrección

Yo fui todos los muertos:

los muertos de los pájaros que cantan

y están silenciosos,

los muertos de los más bellos animales

de tierra y agua,

los muertos de todos los hombres

buenos y malos.

Y estuve allí

en el pasado

sin canción. -

sin una sonrisa

ni un anhelo.

Tu afecto

hizo que me vieras

de noche

en tu sueño

y desperté

contigo.

Tomado de:

https://cielosquedanmiedo.wordpress.com/category/ahmad-shamlou/

domingo, 1 de marzo de 2026

POEMAS DE ROBERT HASS - EL PODER DE LA POESÍA EN LO COTIDIANO -


Una flexible corona de arrayanes

 

¡Pobre Nietzsche en Turín, comiendo salchichas

Que su madre le envía por correo desde Basilea! Un cuarto alquilado,

Una pequeña y cuadrada ventana que enmarca las nubes de agosto

Sobre la montaña. Rumiando la forma de las cosas:

La colgante rama

De una aguileña de los Alpes, los troncos de los cedros torturados

Por el invierno, al sol del verano, la comba que el peso de la nieve

Dejó en el tronco del álamo.

 

 

 

“El desierto crece:

 

¡Ay de aquel que dentro de sí cobija desiertos!”.

 

Muriendo de sífilis. Recortándose el tupido bigote.

Enamorado de las óperas de Bizet.

 

 

Distribución de la felicidad

 

Las colchas desechas,

Sábanas enredadas,

Lustrosas a la luz de la luna.

 

Imagen del gozo,

O la nostalgia,

O el tormento.

 

Depende de quién

Esté imaginando.

 

(Ya sé: tú eres

La penetrada, yo, aquél

 

Que se inclina a tu lado,

Tratando de mirarte a los ojos).

 

 

El problema de descifrar el color

 

Si yo dijese—recordando el verano,

La súbita mancha roja del cardenal

Sobre el desnudo gris de los bosques en invierno—

 

Si yo dijese, listón rojo sobre el ladeado sombrero de paja

De la chica de labios besucones

De la que se cuelga un perrillo faldero

En aquel cuadro de Renoir—

 

Si yo dijese fuego, si yo dijese sangre que mana de un corte—

 

O restos de amapola en el aire de verano oloroso a pasto

En la ladera de una colina batida por el viento, a las afueras de Fano—

Si yo dijese, su único arete rojo jalando su sedoso lóbulo

 

Si ella adivinase el futuro en una baraja de hojas caídas

Hasta que atinase—

 

Coloreado pezón, y boca—

(¿Cómo no amarías a una mujer

Que hace trampa en el tarot?)

 

Rojo, dije. Súbitamente, rojo.

 

 

Según Goethe

 

En todas las montañas,

Quietud;

En las copas de los árboles

Ni el menor asomo de brisa.

Las aves guardan silencio en el bosque.

Espera: muy pronto

Tú también guardarás silencio.

Tomado de:

https://gerardo1313.wordpress.com/2013/06/25/martes-de-poesia-robert-hass/

 

 

Deriva y vapor (tenue rompiente)

 

 

“¿Cuánto daño hacemos,

haciendo el amor de esta manera, cuando apenas

nos toleramos?” –Yo te tolero. Eres de las pocas personas

 

que siempre tolero. –Bueno, sí, pero ya sabes a qué me refiero.

–Igual no. Creo que me tomo el sexo más a la ligera

Que tú. Creo que es un poco agotador

tratarlo como si fuera un jodido sacramento. –No es buen chiste.

–No mucho. (Ella lame pequeños rastros de sal seca

de la carne blanda de su brazo. Él sacude

arena de su seno). –Y me gustas. En general.

No creo que pueda esperarse que se despierte la imaginación de uno

por la misa persona todo el tiempo. (Arena, pequeñísimos guijarros,

que se pegan a la piel rosada, arrugada de su areola en la tibia brisa

Los estudia, bizcando, y luego chupa suavemente su pezón). –Mmmh.

–Estoy de mal humor. Realmente no estás aquí. Venimos

Como si estuviésemos abriendo una herida. –No hables por mí.

(Una joven mujer, con el delantal ocre de los empleados del hotel,

emerge de las dunas de hierba a la distancia. Lleva albas toallas

que ellos miran cómo coloca en una pila sobre una mesa

bajo una sombrilla hecha de frondas de palmera). –Mira,

sé que te duele. Creo que quieres que me sienta culpable, y no me siento.

–No quiero que te sientas culpable. –¿Qué quieres entonces?

–No sé. Cenar. (La mujer tararea algo, apeas escuchan trozos que

se elevan y descienden entre la brisa).

–Esa es la chica que perdió su bebé el interino pasado.

–¿Cómo sabes estas cosas? (Ella se pone la parte superior

del bañador). —Yo hablo con la gente. Hablé con la chica

que nos limpia la habitación. (Él hace bizcos de nuevo

mirando a lo largo de la playa, sacude la cabeza.

–Pobrecilla. (Ella le besa el pómulo. Él se ponelos pantalones).

Tomado de

https://gerardo1313.wordpress.com/2013/07/09/martes-de-poesia-robert-hass-2/

 

 

IOWA, ENERO

 

En las largas noches de invierno se estrechan

los sueños del granjero.

 

Entra en el surco una y otra vez.

 

 

ESA MÚSICA

 

La plata de la cala bajo el sol de agosto,

La luminosidad del aire seco, los últimos regueros de nieve fundida

Filtrándose a través de las raíces de la hierba de montaña,

El vinagre de la maleza, el humo dorado, o la roya de la pradera.

¿Otorgan los cuerpos de los amantes

Al oscurecer en verano, la respiración de él, el rostro dormido de ella,

Otorgan la leve brisa entre los pinos?

Si tú fueras el intérprete, si esa fuera tu tarea.

 

 

EL ÁLAMO HACE ALGO AL VIENTO

 

El álamo centellea al viento

Y eso nos deleita.

Las hojas danzan, giran sobre sí mismas,

porque ese movimiento en el calor de agosto

protege sus células y no se secan. Del mismo

modo la hoja del chopo.

De la reserva genética se elevó con rapidez

un tronco tembloroso

y el árbol inició su danza. No.

El árbol capitalizó.

No. Hay límites para decir,

con el lenguaje, lo que el árbol hizo.

Es bueno a veces para la poesía

que nos decepcione.

Danza conmigo, bailarín. Oh cómo lo deseo.

Montañas, cielo,

El álamo hace algo al viento.

 

 

ARTE Y VIDA

 

¿Conoces esa lechera de un Vermeer? Ensimismada

en el acto de verter un pequeño flujo de leche.

Impresiona en el Mauritshuis Museum de La Haya

ver lo blanca que es, y lo real, como ante alguien

que lee su propia poesía o canta en un coro, crees

estar viendo su alma, un animal concentrado en su quehacer,

una ardilla, su pelaje resplandeciente en otoño, que se estira

bajo una delgada rama para alcanzar la baya madura

de un espino, prueba la rama con su peso,

se queda quieta cuando se inclina, estira luego con cautela una pata.

Nada hay menos ambiguo que la concentración de un animal

y por eso celebras, admiras incluso, que la atención de ella,

ajena a ti, sea tan vívida, y te provoca melancolía

no obstante. Nada mejor que ser la fiel sirviente

y como pensamiento suyo, el influjo de leche.

En La Haya, en la cafetería de empleados, me pregunto

quién será el restaurador. La chica rubia

en el reservado, chaqueta japonesa de marca, que picotea

el requesón -¿Requesón y pastel? El azúcar

del pastel ya había sufrido su transformación en el horno

mucho antes de que se despertara. Parece una persona

que calcula precios y decide conformarse con eso.

Es algo que se percibe cuando su blanca boca ensimismada

acepta los bocados de pastel con el azúcar reposada.

O el hombre mayor, pelo castaño encanecido, chaqueta de lana marrón,

zapatos marrones de ante como el instante en que alboroto y puesta de sol se

unen y desvanecen. Una boca conformada a base de ironías privadas, como si

hubiera asistido callado a demasiados encuentros con personas que le parecían

más poderosas pero mucho menos inteligentes que él.

¿O ese tipo delgado como un silbido, el pelo negro peinado hacia atrás

con la forma en zigzag de un rayo en la nuca?

No sé si existe realmente un arquetipo. Me hubiera gustado

hacerle una entrevista. ¿Qué haces en la vida?

Sólo soy un acólito. Mondo el tiempo, con mucho cuidado,

de las delgadas capas de pintura en lienzos de hace trescientos años.

Restituyo la leche que fluye bajo la pintura oscurecida

del cántaro que sujeta la mujer representada, joven, su mejilla

rosa y ligeramente de amarillo, fortuna de la luz

que casi la toca a través de la ventana que la refracta.

Soy el sirviente de un ademán tan perfecto, de un cuerpo

tan en armonía, que se convierte en un pensamiento, tan ensimismado,

y, aunque apacigua el deseo, lo provoca infinitamente.

Pero ni la conoces ni la vas a poseer, ni tú

ni nadie. El hombre de negro debe de ser un ayudante del conservador.

Mira como si pensara que él es la obra de arte. Por todas partes

en La Haya ese olor de tierra baja a sal marina.

No sabemos nada de la madre de Vermeer.

Obviamente suplanta ahí su pezón, toma

toda la tradición de la Virgen y la transforma en luz y leche

con ese hábito tan meticuloso de imaginar las geometrías

de la composición que opera en él. Y en ella: robusto cuerpo alemán,

luz tenue, habitación muy sencilla.

El exquisito tapiz rojo que su piel, quizá teñida

un poco por la aspereza de una toalla, adquiere.

Y esa estacada que mueve la nostalgia

hacia lo sombrío y el aturdimiento, se agradece después.

Uno de vosotros toca la vena del cuello del otro,

siente el pulso de la impresión, la corriente de un río

o el flujo de leche. Quién desea el paraíso oriental de la Amida

cuando existe todo este mundo para probar con la lengua,

tocar con los dedos, vello como hilos de seda

que se alisa en los brazos del otro, en las piernas, bajo la espalda.

Entonces hablas. Siempre esa otra impresión

de la vida concreta, la vida vivida, una madre en un asilo,

pudiera ser, una persona difícil, dolida o vengativa.

El chismorreo de los otros sirvientes. Un hermano que trabaja

en una posada y tiene grandes planes.

Escuchas. Aprendiste hace tiempo la regla

de no pensar lo que vas a decir a continuación

cuando está hablando la otra persona. Una parte de ti

la sorbe como leche. Algo en ti empieza a notar

que somete a prueba la decepción consigo misma en el acopio

de una complejidad indolentemente formulada. La observas

menear la cabeza para corregirse; percibes

que tiene una mente que quiere hacer las cosas bien.

El temblor de su cuerpo arrulla una noción

a lo largo de tu costado y te estiras para sentir de nuevo

la humedad que nos corresponde en lugar de la luminosidad

de la pintura. Más tarde, en una de esas rutas la mente

retorna de nuevo sobre sus pies, habla de

Hans, el mayordomo, cómo fuerza a las chicas

y luego reza con fervor los domingos a cada hora.

Es domingo. Se está vistiendo. Habéis acordado

pedir un taxi para que la lleve con su madre

a Gronigen. Está contenta, se pone un poco mimosa,

hace su pequeño primer gesto de posesión

al cepillar tu chaqueta. Afuera se oye

el ruido de los cascos de los caballos sobre los adoquines.

Es el momento en que las obligaciones para con la vida de otra persona

parecen insoportables. Siempre queremos volver a nacer

pero en realidad hacerlo, ¿te das cuenta?

Parece redundante. Ésta es la vida que te eligió

y que tú elegiste. Aquí tienes el cepillo, la crin,

el pelo del tejón, la barba del macho cabrío, la arena.

Y el olor de la pintura. El volátil, acre aceite

de linaza, semilla de colza. Aquí está el hedor de la esencia

de pino en un bote de trementina. Aquí está la mano,

la mancha de la muñeca, el escarceo del tendón en el golpe de pincel. Aquí

la nube, el agua del lago alzándose una mañana de verano,

polvo y polvo y polvo de tiza, la humedad de la pintura

que se adhiere al entramado de lino del lienzo, aquí

está la fidelidad de capas sobre capas sobre capas de pintura.

Hay algo que permanece de un modo inaprensible,

sigue vivo porque no lo podemos poseer.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-robert-hass/

 

 

Una dúctil corona de mirto

Pobre Nietzsche en Turín, comiendo salchichas que su madre

Le envía por correo desde Basilea. Una habitación alquilada,

Una pequeña ventana cuadrada que enmarca las nubes de agosto

Sobre la montaña. Cavilando la forma

De las cosas: la espuela que cuelga

De un águila alpina, troncos torturados por el invierno

De cedro en el sol de verano, la aberración en el tronco del álamo

…Donde se coló a través de la capa de nieve.

 

«En todas partes crece la tierra baldía; pobre de

Aquél cuya tierra baldía está dentro».

 

Morir de sífilis. Recortando un exuberante bigote.

Enamorado de la ópera de Biznet.

 

 

El problema de describir árboles

El álamo brilla en el viento.

Y eso nos deleita.

 

La hoja revolotea, gira,

Porque ese movimiento al calor del verano

Protege sus células de la desecación. Igualmente la hoja

Del árbol del chopo.

 

El acervo genético arrojó un tallo tambaleante

Y el árbol bailó. No.

El árbol capitalizó.

No. Hay límites para decir,

En el lenguaje, lo que hizo el árbol.

 

A veces es bueno que la poesía nos desencante.

 

Baila conmigo, bailarín. Oh, lo haré.

 

Álamos haciendo algo en el viento.

De Time and Materials: Poems 1997-2005 (2007)

Tomado de:

https://poesia.uc.edu.ve/robert_hass/

 

 

Envidia de los poemas ajenos

 

En una versión de la leyenda las sirenas no cantaban.

Que pudieran hacerlo fue sólo el cuento de un marinero.

Así que Odiseo, amarrado al mástil, fue atormentado

Por una música que nunca escuchó —las sacudidas del mar,

La transparencia del viento, el hambre marina de los pájaros—

Y aquellas silenciosas mujeres que apilaban algas para el manto de los jardines,

Viéndolo forcejar contra las cuerdas, viendo el horrible deseo

En sus ojos, ya no serían las mismas sobre el baldío rocoso de las islas,

Imaginando cuál era la canción que el hombre imaginaba

Y que ellas nunca habían cantado.

 

 

El mundo como voluntad y representación

 

Cuando era un niño, mi padre, todas las mañanas…

Algunas mañanas, durante un tiempo, cuando yo tenía unos diez años

más o menos,

Mi padre le daba a mi madre una droga que se llamaba antabus.

Te hacía vomitar cada que vez que tomabas alcohol.

Eran unas pequeñas pastillas amarillas. Él las picaba

En un vaso, disolviéndolas en agua, después le alcanzaba

A mi madre el vaso, y la observaba de cerca mientras se lo tomaba.

Esto fue hacia finales de los cuarenta, un tiempo,

Un mundo social, donde los hombres se levantaban

Para ir al trabajo, dejando a las mujeres con los niños.

Él me hacía un guiño, a la manera en que se hacían los guiños

a finales de los cuarenta,

Y yo la observaba de cerca para que no pudiera “zafarse”,

Ni “hacernos una jugarreta” a un par de tipos astutos como nosotros dos.

Cuando escucho esas mismas expresiones en las viejas películas

mi mente comienza a desvariar.

La razón por la que mi padre picaba tan finamente los medicamentos

Era que aquellas pastillas podían esconderse debajo de la lengua,

Para luego escupirlas. La razón para que este ritual

Ocurriera tan temprano en las mañanas, –o eso me informaban,

Y yo sabía que era cierto– era que ella, si quería, podía inducir el vómito,

Así que había que vigilarla mientras el organismo

Absorbía toda la droga. Es muy difícil reproducir en estos versos

El ritmo de aquella escena. Él picaba dos pastillas

Esparciendo el polvo sobre el vaso de agua,

Después se lo acercaba a ella, después la observaba mientras tomaba el vaso.

En mi recuerdo él tiene un traje gris de Herringbone,

Y una camisa blanca que ella misma había planchado.

Algunas mañanas, igual que en los cómics que leíamos,

En los que Dagwood salía muy temprano para tranquilizar

Al Señor Dithers, dejándole a Blondie los restos de una

Tostada y los riachuelos amarillos del huevo

Que ella tendría que limpiar,

antes de irse de compras con Trixie, la vecina

en lo que el Comic llamaba un frenesí de compras-,

Mi padre tomaba uno de los primeros buses, encargándome

A mí de la vigilancia. “Échale un ojo a mamá, socio”.

¿Conoces ese pasaje de La Eneida? Un hombre parte de

La ciudad incendiada con su padre sobre los hombros,

Llevando a su pequeño hijo de la mano.

Se abre camino entre los tapices en llamas

Y las columnas que caen, mientras el profeta ciego,

Levantando los brazos hacia el cielo, aúlla desde el interior:

“Ha caído la gran Troya. La gran Troya no existe más”.

Tumbada sobre su bata, arrepentida y obediente,

Mi madre en el mesón de la cocina sufría arcadas y bebía,

Bebía y sufría arcadas. De alguna parte tuvimos que aprender

Nuestra primera idea moral sobre el mundo,

De alguna parte la justicia y el poder, el género y el orden de las cosas.

 

 

Cimbelino

 

Todo lo que hacemos es una explicación del amanecer.

La muerte lo explica. Hacer el amor lo explica.

 

Las últimas obras de Shakespeare lo explican.

Somos tan ignorantes como al principio.

 

Levantamos Stonehenge una y otra vez

Pensando que servirá de algo para saber dónde

 

O al menos cuándo. Hay una llama doble entre dos piedras

Nos eleva, igual que el sexo al arquear el cuerpo, nos conduce, más arriba,

 

Y nadie sabe cómo o cuándo se va a detener,

Así que todo lo que hacemos es una explicación del amanecer.

Tomado de:

https://www.festivaldepoesiademedellin.org/es/Festival/31/RobertHass/