lunes, 31 de octubre de 2022

POEMAS PARA LA NOCHE SAMHAIN

 


“Espíritus de los muertos” (Edgar Allan Poe)

Tu alma, sobre la tumba de piedra gris

 

a solas yacerá con sombríos pensamientos;

 

Nadie, en toda esa intimidad, penetrará

 

en la delgada hora de tu Secreto,

 

 

 

Sé silencioso en esa quietud,

 

la cual no es Soledad, ya que

 

Los Espíritus de los Muertos,

 

quienes te precedieron en la Vida,

 

en la Muerte te rodearán,

 

y con Sombras, tu quietud enlazarán;

 

 

 

La Noche, tan clara, se oscurecerá,

 

y las estrellas nos arrebatarán su brillo

 

desde sus altos tronos en el Cielo,

 

con su luz de esperanza para los mortales,

 

pero sus esferas rojas, apagadas,

 

en tu hastío tendrán la forma de Fiebre y Llamas,

 

y te reclamarán para siempre.

 

 

 

Ahora son pensamientos que no desterrarás,

 

ahora son visiones casi desvaneciéndose;

 

de tu Espíritu no pasarán jamás,

 

como la gota de rocío muere sobre la hierba

 

 

 

La brisa, aliento de Dios, es inmóvil,

 

y la niebla sobre la colina

 

Sombría, sombría, y a la vez intocable,

 

Es una Señal y un Símbolo.

 

¡Cómo se extiende sobre los árboles,

 

¡Misterio de Misterios!

 

 

“Gato negro” (Rainer Maria Rilke)

Un fantasma, aunque invisible, todavía es como un lugar donde

 

su vista puede tocar, haciendo eco; pero aquí

 

dentro de esta piel negra y espesa, tu mirada más fuerte

 

será absorbida y desaparecerá por completo:

 

 

 

Al igual que un loco loco, cuando nada más

 

puede aliviarlo, se lanza a su oscura noche

 

aullando, golpea la pared acolchada y siente que

 

la rabia es absorbida y pacificada.

 

 

 

Parece esconder todas las miradas que alguna vez han caído

 

en ella, para que, como una audiencia,

 

pueda mirarlas, amenazadoras y hoscas,

 

y acurrucarse para acostarse con ellas. Pero de repente

 

 

 

Como si hubiera despertado, vuelve su rostro hacia el tuyo;

 

y con un susto, te ves, pequeña,

 

dentro del ámbar dorado de sus globos oculares

 

suspendidos, como una mosca prehistórica.

 

 

“Debajo de la tumba” (Robert Nelson)

Seres aterradores andan a tientas en lagos sangrientos,

 

una bruma asquerosa se arrastra y se alimenta de hinchadas babosas;

 

de los lechos de plantas perfumadas se retuercen serpientes fétidas,

 

y como una flor cultivada con negras sustancias,

 

una luna de acero gotea sangre sobre un cielo oscurecido

 

por las profecías de locos fantasmas.

 

 

 

Pero esto ha cesado, ha quedado atrás,

 

y en ese bosque mefítico, debajo de la tumba,

 

los muertos cenan donde las sombras flotan,

 

y velas abrasadoras limpian la pútrida penumbra;

 

y los que estaban de pie en la alegría y el dolor de la tristeza,

 

ahora urden el estribillo extático del infierno.

 

 

 

Muy por debajo, donde criaturas tumefactas se mantienen

 

en habitaciones glaciales, y los cráneos arden como lámparas

 

para guiar a través de la vida más allá, y donde se corren

 

los velos verdes de un limo rezumante y mortales humedades,

 

resuena la tumba eternamente en alegre liberación.

 

 

“Canción de cuna para un vampiro” (Lisa Ben)

Duerme profundamente en tu tumba silenciosa,

 

sueña con el festín carmesí que anhelas,

 

hasta que el hambre te despierte

 

y debas abandonar

 

tu lugar de descanso.

 

 

 

Sueña, sueña con tu furtivo vuelo

 

a las tierras sombrías de la noche.

 

Tus colmillos se encuentran con la suave carne blanca

 

y regresas rejuvenecido.

 

Tus labios son una mancha escarlata.

 

 

 

Duerme, duerme en tu cama sombría.

 

Tierra de tu patria sobre tu cabeza,

 

hasta que la luna en lo alto

 

del cielo aterciopelado

 

te llame de nuevo.

 

 

“El mensajero” (H. P. Lovecraft)

La Cosa, dijo él, por la noche vendría,

 

desde el viejo camposanto sobre la colina,

 

agachado frente al rubor de un fuego de robles

 

traté de decirme que aquello no podía ser.

 

seguramente, reflexioné, esto es una burla,

 

urdida por alguien que desconoce sin dudas

 

el Signo Mayor, legado de antigua solemnidad,

 

que libera las formas que hurgan en la oscuridad.

 

 

 

Él no quiso afirmarlo, no, pero igual encendí

 

otra lámpara, mientras el estrellado Leo

 

remontaba el río, la llama chispeó como un deseo,

 

y la luz de la lumbre se deshizo, lento, muy lento.

 

¡Entonces en la puerta, de la cautelosa agitación vino,

 

Y la Verdad demencial me devoró como una llama!

 

 

“En un cementerio en desuso” (Robert Frost)

Los vivos llegan pisando el pasto

 

para leer las lápidas en la colina;

 

el cementerio dibuja la vida todavía,

 

pero nunca más a los muertos.

 

 

 

Los versos en ellas repiten:

 

“Los vivos que llegan hoy

 

a leer las piedras y marcharse,

 

mañana muertos vendrán a quedarse”.

 

 

 

Tan segura de la muerte está la rima del mármol,

 

sin embargo, no puede dejar de recordar

 

que ningún muerto, al parecer, volverá.

 

¿Qué hace que los hombres se encojan?

 

 

 

Más fácil sería ser astuto

 

y decirles a las piedras: los hombres odian morir

 

y han dejado de morir ahora para siempre.

 

Creo que creerían la mentira.

 

 

“En el bosque negro” (Amy Levy)

Me acosté debajo de los pinos,

 

miré hacia arriba, hacia el verde

 

oscuro en la copa de los árboles,

 

brillo sombrío que marca el paso del azul.

 

 

 

Cerré los ojos, y una increíble

 

sensación fluyó sin criterio:

 

Aquí yazgo, muerta y enterrada,

 

y este es un cementerio.

 

 

 

Estoy en un reposo eterno,

 

han terminado todos los conflictos.

 

Caí recta y sentí los lamentos

 

por mi pequeña vida pasada.

 

 

 

Derecho injusto y labor perdida,

 

sabio conocimiento despreciado;

 

la pereza y el pecado y el fracaso,

 

¿me sentí apenada por esto?

 

 

 

Triste me han puesto a menudo;

 

ahora ya no pueden entristecerme,

 

mi corazón estaba lleno de pesar

 

por la alegría que nunca tuvo.

 

 

“Así es la muerte” (Charles Hamilton Sorley)

Así, así es la Muerte: ningún triunfo: ninguna derrota:

 

sólo un cubo vacío, una limpia pizarra rota,

 

una distancia misericordiosa de lo que ha sido.

 

 

 

Y esto sabemos: La muerte no es la Vida,

 

estrellado, el cubo se vacía. Y nosotros, que hemos alcanzado

 

cosas maravillosas, sabemos que el final no ha llegado.

 

 

 

Vencedor y vencido son uno en la muerte:

 

Amigo y enemigo, cobarde y valiente.

 

 

 

Los fantasmas no dicen, “¿Qué recuerdas de tu atardecer?”

 

Pero un desacorde se oculta en cada ayer,

 

Tan famélico, tan prolijamente incompleto.

 

 

 

Y su Promesa brillante, marchita y apresurada,

 

Se roza, se mueve, se eleva, crece dulcificada.

 

Esas flores son como tú cuando estés muerto.

 

 

“A la muerte” (Amy Levy)

Si dentro de mi corazón hay hastío,

 

si la llama de la poesía

 

y el fuego del amor se hace frío,

 

lacera mi carne sin cortesía.

 

 

 

Rápido, sin pausa ni demora;

 

No dejes que el campo de mi vida se nutra

 

Con la ceniza de los sentimientos muertos,

 

Deja que tu canto fluya con ternura.

 

 

“El canto del sepulturero” (Robert S. Carr)

Yo soy el que los atrapa a todos,

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

Los magros, los bajos, los altos, los gordos,

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

Ricos y pobres, profundo los coloco,

 

donde los gusanos se arrastran y retuercen

 

en la tierra fría y fangosa.

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

 

 

Sobre ataúdes brillantes y nuevos,

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

Sobre los privilegiados de los mausoleos;

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

Oye cómo caen los terrones mojados,

 

el predicador, el payaso, el ladrón,

 

el vestido elegante, los harapos,

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

 

 

Lejos de las preocupaciones banales,

 

¡ho! ¡Balanceo mi pala!

 

Mordisquea la larva tus dedos expuestos,

 

Nacido para morir —¡qué broma cruenta! —

 

En el mejor de los casos, después de los cuarenta,

 

después te pudrirás con el resto,

 

¡ho! ¡Mientras balanceo mi pala!

 

 

“Me da miedo tener cuerpo” (Emily Dickinson)

Me da miedo tener cuerpo–

me da miedo tener alma–

posesión –profunda y frágil–

y propiedad –obligada–

 

Doble herencia –conferida

a heredero por sorpresa–

Duque en inmortal instante

y con Dios, como frontera.

 

 

“El palacio encantado” (Edgar Allan Poe)

En el más verde de nuestros valles,

habitado por ángeles buenos,

en otro tiempo un bello y señorial palacio,

un palacio radiante, alzaba su cabeza.

¡En los dominios del monarca Pensamiento,

allí se levantaba!

Jamás un serafín tendió sus alas

sobre una fábrica ni la mitad de bella!

 

 

Banderas gualdas, gloriosas, doradas,

en su techo flotaban y ondeaban

(esto, todo esto, sucedió en los tiempos

de antaño, hace ya mucho),

y cuanta brisa gentil jugueteaba,

en aquella amable época,

por las empenachadas y pálidas murallas,

un alado aroma se llevaba.

 

Quienes andaban por aquel feliz valle

veían por dos ventanas luminosas

espíritus que se movían musicalmente,

obedeciendo a un laúd bien afinado,

alrededor de un trono en que, sentado,

Porfirinogeno,

en pompa que concordaba con su gloria,

aparecía como gobernante de aquel reino.

 

Y toda refulgente con perlas y rubíes

veíase la bella puerta del palacio,

por la que penetraba fluyendo, fluyendo, fluyendo

y centelleando eternamente,

un tropel de ecos, cuyo dulce deber

no era sino cantar

con voces de belleza excepcional

el ingenio y la sabiduría de su rey.

 

Mas seres de maldad, con ropas de aflicción,

asaltaron la elevada grandeza del monarca

(¡ah, lamentémonos, pues nunca la mañana

amanecerá desolada sobre él!)

y en torno a su casa la gloria

que se sonroja y florecía

no es más que una historia vagamente recordada

de los antiguos tiempos sepultados.

 

Y ahora los viajeros en aquel valle ven

por las ventanas de rojo iluminadas

vastas formas que se mueven fantásticamente

al ritmo de una discordante melodía,

mientras, cual rápido río fantasmal,

a través de la pálida puerta

un odioso tropel sin cesar se abalanza

y ríe… pero ya no sonríe.

 

 

“Casas encantadas” (Henry Wadsworth Longfellow)

Todas las casas en donde los hombres han vivido y muerto

Son casas embrujadas. A través de las puertas abiertas

Los fantasmas inofensivos en su misión se deslizan,

Con los pies que no hacen ruido en los pisos.

 

Nos encontramos con ellos en la entrada, en la escalera,

A lo largo de los pasillos ellos van y vienen,

Con impresiones impalpables en el aire,

Una sensación de que algo se movía de aquí para allá.

 

Hay más invitados a la mesa que anfitriones

Invitados: el vestíbulo iluminado

Se llena de tranquilidad, fantasmas inofensivos,

Tan silenciosos como los cuadros en la pared.

 

El desconocido en mi hogar no puede ver

Las formas que veo ni oye los sonidos que escucho;

Él sin embargo percibe lo que es, mientras que a mí

Todo aquello ha sido visible y claro.

 

No tenemos títulos de propiedad de casa o tierras;

Los propietarios y ocupantes de fechas anteriores

Desde tumbas olvidadas estiran sus manos polvorientas,

Y mantienen en manos muertas todavía sus antiguas propiedades.

 

El mundo del espíritu en torno a este mundo de los sentidos

Siempre queda como una atmósfera, y en todas partes

Ráfagas a través de estas nieblas terrestres y vapores densos

Un soplo vital de aire más etéreo.

 

Nuestras pequeñas vidas se mantienen en equilibrio

Por atracciones y deseos opuestos;

La lucha del instinto que disfruta,

Y el más noble instinto a que aspira.

 

Estas perturbaciones, este jarro perpetuo

De deseos terrenales y aspiraciones elevadas,

Van desde la influencia de una estrella invisible

A un planeta sin descubrir en nuestro cielo.

 

Y como la luna de alguna puerta oscura de nubes

Deja sobre el mar un puente flotante de luz,

A través de cuyos tablones oscilantes nuestra profusión de fantasías

En el reino del misterio y la noche, –

 

Así que desde el mundo de los espíritus de allí descendieron

Un puente de luz, que se conecta con esto,

En cuyo suelo inestable, que se balancea y se dobla,

Deambule por nuestros pensamientos sobre el oscuro abismo.

 

 

“Las hadas” (William Allingham)

Arriba en la aireada montaña,

Abajo en la sombría cañada,

Nos desafiamos a la caza

Por temor a la pequeña gente,

Diminuta gente, buena gente,

Marchando unidos, diligentes,

¡Chaquetas verdes, gorros rojos

Y blancas plumas relucientes!

 

Abajo en la orilla rocosa

Algunos hacen su hogar,

Viven en crujientes chozas,

Junto al arroyo o el mar;

Otros en las tenebrosas cañas

Del lago negro en la montaña,

Con sapos como guardianes,

Perros de una vigilia interminable.

 

Arriba en la sierra

El viejo rey se sienta;

Es tan viejo y maliciento

Que casi a perdido el ingenio.

Con un puente de niebla rosa

Sobre el Columbkill siempre cruza,

En su majestuosa jornada

Por Slieveleague y Rosses;

O persiguiendo la música

De las frías noches estrelladas,

Buscando incesante a su Reina

Bajo la alegre aurora boreal.

 

La pequeña Bridget allí se ha perdido

Por siete largos años,

Cuando ella volvió del rebaño

Todos sus amigos se habían ido.

Ellos tomaron su ligera espalda

Entre el crepúsculo y la mañana,

Pensaron que dormía con rubor,

Pero yacía muerta de dolor.

Ellos la tienen desde entonces

En las profundidades del lago,

Sobre un lecho de olas veloces,

Velando hasta que descanse.

 

Junto a la ladera del monte altivo,

A través del musgo desnudo,

Han plantado árboles y espinos,

Y allí danzan esos pies duros.

Si algún hombre atrevido

Se acerca con orgullo y sigilo,

Habrá de caer entre los espinos,

Y encontrará un oscuro destino.

 

Arriba en la aireada montaña,

Abajo en la sombría cañada,

Nos desafiamos a la caza

Por temor a la pequeña gente,

Diminuta gente, buena gente,

Marchando unidos, diligentes,

¡Chaquetas verdes, gorros rojos

¡Y blancas plumas relucientes!

 

 

“La aparición” (John Donne)

Cuando por tu despecho, ¡oh inmoladora!, esté muerto,

y libre te creas ya de todos mis asedios,

vendrá entonces mi espectro hasta tu lecho

y a ti, vestal farsante, en ajenos brazos te hallará.

Dudará entonces tu enfermiza llama,

y aquel, tu entonces Dueño, fatigado ya,

si te mueves, o intentas alzarlo con pellizcos,

pensará que clamas por más,

y en simulado sopor te rehuirá,

y entonces, álamo tembloroso, menospreciada, abandonada,

te bañarás en gélido sudor de azogue,

espectro más real que el mío propio.

Lo que diré no he de decirlo ahora,

no vaya eso a protegerte.

Desvanecido ya mi amor,

antes quisiera verte con dolor arrepentida

que, por mis amenazas, inocente.

 

“La ciudad de la noche pavorosa” (James Thomson)

¡Hermanos de Melancolía, oscuros, oscuros, oscuros!

¡Guerreros de la marea negra sin conjuros!

¡Oh, espectrales vagabundos de la noche impía!

Mi alma ha sangrado por ustedes en estos años sin sol,

Con la sangre amarga en lágrimas de dolor,

¡Oh, oscuridad, oscuridad, oscuridad,

¡Lejos de toda alegría y esplendor!

 

Mi corazón se enferma de angustia por ti;

Tu infortunio es mi pena,

Y allí yazgo, cobarde, en tu muerte eterna.

He buscado en las alturas y en los abismos

El alcance de todo nuestro universo,

Con desesperada esperanza,

Para encontrar consuelo a tu inquietud salvaje.

 

Y ahora os traigo la última palabra auténtica,

Atestiguada por cada ser vivo y muerto;

Buenas nuevas de gran alegría para ti, para todos:

No hay ningún Dios, ningún demonio en el cielo

Conjura nuestras torturas al descansar,

Nada se sacia en la hiel de nuestro desconsuelo.

 

Es a la oscura ilusión de un sueño,

Aquel ser consciente y supremo;

A quien debemos maldecir

Por maldecirnos con la vida;

A quien debemos aborrecer

Por aborrecernos con la vida,

Que jamás concluye en la tumba serena,

Que no cesa con el veneno o el cuchillo.

 

Es esta pequeña vida todo lo que nos queda,

La sagrada paz de la tumba siempre nos espera,

Nos dormimos y jamás despertaremos,

Nada nos pertenece, sólo la carne que se corrompe,

Aunque sus elementos se disuelvan y permanecen

En la tierra, el aire, las aguas, y otros hombres.

 

 

“El niño robado” (W. B. Yeats)

Donde se zambullen las montañas rocosas

Del bosque de Sleuth en el lago,

Hay una boscosa isla

Donde las garzas al aletear despiertan

A las soñolientas ratas de agua:

Allí hemos ocultado nuestras tinajas encantadas,

Llenas de bayas

Y de las cerezas robadas más rojas.

¡Márchate, oh niño humano!

A las aguas y a lo silvestre

con un hada, de la mano,

pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender.

 

Donde las olas del claro de luna alumbran

Las oscuras arenas grises con su brillo,

Lejos, en el lejano Rosses

Nosotros caminamos por ellas toda la noche,

Tejiendo viejas danzas,

Juntando las manos y juntando las miradas

Hasta que la luna emprende el vuelo;

Saltamos de un lado a otro

Y cazamos las burbujas de la espuma,

Mientras el mundo está lleno de problemas

Y duerme con ansiedad.

¡Márchate, oh niño humano!

A las aguas y a lo silvestre

con un hada, de la mano,

pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender.

 

Donde el agua errante cae

Desde los cerros a Glen-Car,

En lagunas entre los rápidos

Que casi podrían bañar una estrella,

Buscamos las truchas que dormitan

Y susurrando en sus oídos

Les damos sueños inquietos;

Inclinándonos con suavidad desde

Los helechos que lloran

Sobre los jóvenes arroyos.

¡Márchate, oh niño humano!

A las aguas y lo silvestre

con un hada, de la mano,

pues hay en el mundo más llanto del que puedes entender.

 

Con nosotros se marcha

El de mirada solemne:

Ya no oirá el mugido

De los terneros en la cálida colina

O a la tetera en la cocina

Cantar paz para su pecho,

Ni verá el cuello pardo de los ratones

Alrededor del cajón de la harina de avena.

Pues se viene, el niño humano,

A las aguas y a lo silvestre

Con un hada, de la mano,

Desde un mundo con más llanto del que puede entender.

 

 

“Esta mano viviente” (John Keats)

Esta mano viviente, ahora tibia y capaz

De agarrar firmemente, si estuviera fría

Y en el silencio helado de la tumba,

De tal modo hechizaría tus días y congelaría tus sueños

Que desearías tu propio corazón secar de sangre

Para que en mis venas roja vida corriera otra vez,

Y tú aquietar tu consciencia —la ves, aquí esta—

La sostengo frente a ti.

 

“La bruja” (Mary Elizabeth Coleridge)

He caminado mucho sobre la nieve,

No soy alta ni mi corazón fuerte.

Mis ropas están mojadas,

Y mis dientes se estremecen,

El camino ha sido largo

Por el penoso sendero crujiente.

He vagado sobre la exuberante Tierra,

Pero nunca he venido aquí antes.

¡Oh, levantádme sobre el Umbral

¡Y dejádme ante la Puerta!

 

El filo del viento es un enemigo cruel,

No me atrevo a pararme en la tempestad.

Mis manos son de piedra,

Y mi voz se lamenta.

Lo peor de la muerte ha pasado,

Pero aún soy una pequeña dama.

Mis delicados pies se han llagado,

Y en blancas heridas sangrado.

¡Oh, levantádme sobre el Umbral

¡Y dejádme ante la Puerta!

 

Su voz era la voz que las mujeres tienen

Rogando por un deseo del corazón.

Ella vino.

Ella llegó,

Y la llama temblando,

Hundiéndose en el fuego

Finalmente murió.

Nunca más en mi alma se encendió,

Desde que me agité en el suelo,

Levantándola sobre el Umbral,

Y dejándola ante la Puerta.

 

 

“Un bosque silencioso” (Elizabeth Siddal)

Oh, silencioso bosque, te atravieso

Con el corazón tan lleno de miseria

Por todas las voces que caen de los árboles,

Y las hierbas que rasgan mis piernas.

 

Deja que me siente en tu sombra más oscura,

Mientras los grises búhos vuelan sobre tí;

Allí he de rogar tu bendición:

No convertirme en una ilusión,

No desvanecerme en un lento letargo.

 

Escrutando a través de las penumbras,

Como alguien vacío de vida y esperanzas,

Congelada como una escultura de piedra,

Me siento en tu sombra, pero no sola.

 

¿Podrá Dios traer de vuelta aquel día,

En el que como dos figuras sombrías

Nos agitamos bajo las hojas tibias

¿En este silencioso bosque?

 

 

“El aullador” (H.P. Lovecraft)

Me dijeron que evitara el sendero de Briggs’ Hill,

que antiguamente había sido el camino de Zoar,

porque Goody Watkins, ahorcada en mil setecientos cuatro,

había dejado un vástago monstruoso detrás.

 

Pero cuando desobedecí, y observé ante mí

la cabaña cubierta de hiedra, junto a una gran ladera rocosa,

no pude pensar en olmos o cuerdas de cáñamo,

sólo me pregunté por qué la casa parecía nueva.

 

Al detenerme un momento para contemplar el ocaso,

oí débiles aullidos, como en una habitación en el piso alto,

mientras la hiedra entre los cristales dejó pasar con desgano

un rayo de sol, que tomó por sorpresa al Aullador.

Llegué a verlo, y de aquel lugar huí, presa del pavor,

de aquella cosa con cuatro patas y rostro humano.

 

 

“A una muerta” (Francis Ledwidge)

Un mirlo cantando,

Sobre un campo de musgo tapizado,

Capullos que ensombrecen,

Penumbras que salvajes florecen,

Una canción en el bosque,

Un barco en el mar,

La canción era tuya,

El barco era sólo mío.

 

Un mirlo cantando,

Lo oigo en mi atribulada mente,

Capullos en el viento,

Los veo en un distante aliento,

Pero el dolor y el silencio

Son del bosque su lamento,

El silencio es tuyo,

El dolor es sólo mío.

 

 

“Remordimiento póstumo” (Charles Baudelaire)

Cuando en el fondo duermas, mi Bella Tenebrosa,

de una tumba de mármol negro construida;

y tan sólo tengas por lecho o guarida

una bóveda lluviosa y una profunda fosa.

 

Cuando oprima la losa tu carne trémula

y tus flancos doblados con encanto tendida,

el latir y el desear a tu pecho le impidan,

y a tus pies huir su carrera azarosa.

 

La Tumba, confidente de mi sueño infinito,

(porque la Tumba siempre comprenderá al Poeta)

en esas largas noches en las que el sueño está prohibido,

 

Te dirá: “¿De qué os sirve, indiscreta cortesana,

no haber conocido lo que los Muertos lloran?”.

Y el gusano roerá tu carne,

como un Remordimiento.

 

 

“Incluso en la tumba” (Walter de la Mare)

Deposité mi inventario en la mano de la Muerte,

en su arboleda oscura y frondosa;

mientras dulce y desolado, sin distraerse,

oí al Amor cantar en esa tierra silenciosa.

 

Él leyó el registro hasta el final:

las descuidadas y duraderas heridas del destino,

la carga del enemigo, la carga del amor y el odio;

las heridas del enemigo, las amargas heridas de un amigo.

 

Todo, todo lo leyó, incluso la indiferencia,

la frívola conversación, el vano silencio, la esperanza y el sueño.

Él me preguntó: ¿Qué buscas, entonces, en su lugar?

Incliné mi rostro en el pálido brillo de la tarde.

Luego me miró con extraña inocencia, y dijo:

Incluso en la tumba te tendrás a ti mismo.

 

 

“En la noche” (Amy Levy)

¿Cruel? Creo que nunca hubo una trampa

más infame y agotadora que esta.

No es un sueño, así lo decía mi corazón,

con la sobria certeza del despertar.

 

¿Sueños? Yo conozco sus rostros,

en apariencia agradables; vaporosos,

adornados de alas multicolores;

He tenido sueños antes y esto no es soñar.

Llega la luz del día y la alegría cubre mi pesar.

 

¿Qué la hiere, amor mío; qué dolor la arrebata?

Pues ella en soledad empalidece;

y sus facciones lentamente se desvanecen.

No puedo unirme a ella,

Me estiro hacia allí sin sentido,

mientras mis brazos rodean el silencio y el vacío.

 

 

“Cuando entre la sombra oscura” (Gustavo Adolfo Becquer)

Cuando entre la sombra oscura

perdida una voz murmura

turbando su triste calma,

si en el fondo de mi alma

la oigo dulce resonar,

 

Dime: ¿es que el viento en sus giros

se queja, o que tus suspiros

me hablan de amor al pasar?

 

Cuando el sol en mi ventana

rojo brilla a la mañana

y mi amor tu sombra evoca,

si en mi boca de otra boca

sentir creo la impresión,

 

Dime: ¿es que ciego deliro,

o que un beso en un suspiro

me envía tu corazón?

 

Y en el luminoso día

y en la alta noche sombría,

si en todo cuanto rodea

al alma que te desea

te creo sentir y ver,

 

Dime: ¿es que toco y respiro

soñando, o que en un suspiro

me das tu aliento a beber?

 

 

“Antarktos” (H.P. Lovecraft)

En lo profundo de mi sueño el gran pájaro susurraba extrañamente,

hablándome del cono negro de los desiertos polares,

que se alza lúgubre y solitario sobre el casquete glaciar,

azotado, desfigurado, por eones de frenéticas tormentas.

Allí no palpita ninguna forma de vida terrestre;

sólo pálidas auroras, soles mortecinos,

que brillan sobre ese peñón horadado, cuyo origen primitivo

intentan adivinar, a oscuras, los Antiguos.

 

Si los hombres lo vieran, se preguntarían entonces:

qué raro capricho de la Naturaleza contemplo;

pero el pájaro me ha hablado de lugares más vastos

que meditan, escondidos, bajo la espesa mortaja de hielo.

¡Dios ayude al soñador cuyas locas visiones le muestren

esos ojos muertos engastados en abismos de cristal!

 

 

“Casa fantasma” (Robert Frost)

Habito en una solitaria casa, y sé

que hace muchos veranos desapareció,

salvo las paredes del sótano,

los muros donde se cae la luz del día,

y donde las fresas salvajes se arrastran.

 

Sobre las vallas arruinadas las vides la ocultan

del bosque, volviendo al campo fértil;

pues el árbol del huerto ha cultivado un bosque

donde aletea el carpintero y corta su madera;

sanando para bien el sendero que baja.

 

Habito con un extraño dolor en el corazón,

en aquella casa desaparecida sin un rumor,

sobre aquel camino perdido y olvidado,

que ni siquiera es refugio de lagartos.

Llega la noche, los murciélagos caen con sus dardos;

 

el ave nocturna llega para silenciar

los sonidos y la agitación del cielo:

lo oigo comenzar lejos, muy lejos,

balbuceando muchas veces su decir,

antes de que él arribe, sin otra cosa que callar.

 

Es bajo la pequeña, débil, estrella estival,

pero nada sé sobre la muda multitud

que comparte las penumbras junto a mí,

aquellas sombras bajo el árbol oscuro

sin duda llevan nombres ocultos en el musgo.

 

Son gente incansable, pero lentos y tristes,

aunque dos, los más cercanos, son hombre y mujer,

ninguno entre ellos se atreve a cantar,

y a pesar de estar rodeados de soledad,

como dulces compañeros, continúan en este lugar.

Tomado de:

https://www.lifeder.com/poemas-de-terror/

 

 

La casa fantasma.

Ghost House, Robert Frost

 

(Traducido al español por Sebastián Beringheli para El Espejo Gótico)

 

 

Vivo en una casa solitaria

que sé que desapareció hace muchos veranos

y no dejó más rastro que las paredes del sótano,

un sótano en el que cae la luz del día

y crecen las fresas silvestres de tallo púrpura.

 

Sobre vallas arruinadas, las vides protegen

los bosques que vuelven al campo de siega;

el árbol de la huerta ha crecido en un bosquecillo

de madera nueva y vieja donde pica el pájaro carpintero;

el sendero que baja al pozo está curado.

 

Vivo con un corazón extrañamente dolorido

en esa morada desaparecida allá lejos,

en ese camino en desuso y olvidado

que junta lodo para el baño del sapo.

Llega la noche; los murciélagos dan volteretas y se precipitan.

 

El chotacabras viene a gritar

y callar y cloquear y revolotear:

lo oigo comenzar lo suficientemente lejos,

muchas veces, para decir lo que dice

antes de que llegue para decirlo.

 

Está bajo la pequeña y tenue estrella de verano.

No sé quiénes son estos mudos

que comparten conmigo este lugar sin luz;

esas piedras debajo del árbol de ramas bajas

sin duda llevan nombres que los musgos ocultan.

 

Son gente incansable, pero lenta y triste,

aunque los dos son muy unidos, la muchacha y el muchacho,

sin ninguno entre ellos que cante nunca,

y sin embargo, en vista de tantas cosas,

son los compañeros más dulces que se puede tener.

 

 

En tu lecho de medianoche.

En tu paleta de medianoche mintiendo, Alfred Edward Housman

 

Yaciendo en tu lecho de medianoche,

Escucha debajo de la puerta

a los jóvenes que agotan su luz en suspiros;

llegará el día en que la penumbra los arrebate,

y en la oscuridad ya haya suspiros;

Como la noche que alivia la pena del amante,

Cúbreme con su piedad, ya que no hay mañana para mí.

 

En la Tierra a la que viajo

un refugio lejano me aguarda.

Su delicada cama está hecha de grava,

y en aquel gentil lecho yaceré;

con el pecho sofocado de cizañas,

descansando sobre otros,

cuya esencia era la luz,

y su destino es el polvo.

Tomado de:

http://elespejogotico.blogspot.com/2009/04/fantasmas-poemas.html