martes, 5 de agosto de 2025

POEMAS DE NATALIE DIAZ -Desde la nación mojave-


Desde el campo del deseo

 

Ya no lo llamo sueño.

Prefiero arriesgarme a perder algo nuevo

 

como tú perdiste tu luna rosalzada, te la sacudiste hasta

[liberarte de ella.

 

Pero, a veces, cuando meto mis cuernos en algo

un asombro o una pena o una línea suya — es una fruta

[pegajosa y arruinada

 

y es difícil desentenderse de ella,

a pesar de mi temblor.

 

Déjame entonces llamar a mi ansiedad, deseo

Déjame llamarla, un jardín.

 

Quizá a eso se refería Lorca

Cuando dijo, verde que te quiero verde

porque, cuando viene la sombra de la noche,

yo soy un campo de ella, cualquier ansiedad está lista para

[florecer en mi pecho.

 

Mi mente en lo oscuro is a beast, desatenta,

Caliente. Y si no ha sido uncida hasta el agotamiento

 

Bajo la cadera y el arado de mi amante,

Entonces soy otra noche deambulando el prado del deseo

 

perpleja en su brillo verde y bajo,

tañendo el prado entre la medianoche y la mañana.

El insomnio se parece así a la primavera — sorprendente

y de muchos pétalos.

 

La patada y el salto dorado de saltamontes sobre mis cejas.

 

Me tocan las horas embrujadas del deseo

quiero su vida verde. La quiero dentro

en una hora verde que soy incapaz de detener.

Vena verde en su cuello verde ala en mi boca

 

Verde espina en mi ojo. La deseo como avanza un río,

doblándose. Verde que mueve verde, conmoviéndose.

 

Así de rápido, así es como sucede.

Soy una sonámbula.

Y aunque hayas dicho que hoy te sentiste mejor,

y es demasiado tarde en este poema, está bien ser claras,

decir, no me siento bien,

 

para pedirte que me cuentes una historia sobre la hierba

de búfalo que plantaste — y que me la cuentes una

u otra vez —

 

hasta que pueda oler su humo dulce,

pueda dejar este campo destrozado y ser tersa.

 

 

Ligera luz de piel

 

Toda mi vida he obedecido:

cada una de sus cacerías. Me muevo bajo ella

como un jaguar se mueve, en la oscura

cuchilla líquida de un hombro.

 

El prado áureo y abierto es una mano que se desliza

afrutada con luz y encendida de guadaña.

 

He llegado al lugar hecho por este dios:

 

Teotlachco, el campo de juego de pelota:

porque la luz la llamó: ¡hacia la luz!

y vive aquí: País-Lámpara.

 

Tocamos la pelota de luz

Uno contra el otro: — cuerpos divididos, golpeados por el deseo

y tocados hasta resplandecer.

La luz le da nueva forma al codo de mi

amada,

un silbato de bronce.

 

Pongo mi boca ahí: — luxada por la piedad y las dos nos venimos

en luz. Me arrolla.

Una ráfaga de escorpiones:

rápidos como la luz. Un látigo de respiración:

—hacedor de diosas.

 

 

Oda a las caderas de la amada

 

Campanas son — se les dio forma en el octavo día, percusiones

de plata en la mañana — son la mañana.

Vaivén viento viraje. Mantén lejos el día, que viaje

un poco más lento, que sea un poco más largo, más fácil. Llámame

Quiero mecerme, qui-ero mecerme, qui-ero mecerme

ya mismo — así que a ellas me acerco — tocada y muda,

ciega por ese tañido, sonando con la garganta llena de Hosanna.

¿Cuántas horas inclinadas ante este Infinito de la Bendita

Trinidad? Comunión de Pelvis, Sacro, Fémur.

Mi boca — ángel terrible, novenario eterno,

devoradora extática.

 

Oh, los sitios donde las he colocado, hincándome a recoger

el ámbar — rápida miel — de su apertura.

El templo oculto de Ah.Muzen Cab en Tulum — lamí

Hasta dejar liso lo pegajoso de su cadera, ossa coxae

Golpeada por el calor. Centelleante esclava al iliaco e isquion

[—nunca me canso

de sacudir este panal salvaje, de partirlo con los pulgares

goteando dulce — caliente agujero hexagonal, diamante oscuro —

hasta su reina enloquecida por el néctar. Lengua ménade

Borracha de venirme, chupando miel, en trance por el

[zumbido— soy

para sus caderas — canción rasgada y súcubo.

 

Ellas son el signo: cadera. Y el cosigno: un gran libro

la Biblia del cuerpo abierta en el Evangelio de la Buena Nueva.

Aleluyas, Ave Marías, Hail Marys, ay ay ays,

Oh-my-Gods, y cachún cachún rá rá

 

Culto del coxis. Illiac-Crest-Cult.

Oráculo del orgasmo. Enigma de Rorschach.

¿Qué veo? Caderas.

Hueso innominado. Hueso de los deseos. Huesode Orfeo.

Hueso de la transubstanación — caderas de pan,

muslos bañados en vino. Una palabra tuya bastará para sanarme.

Mariposa de hueso. Alas de hueso. Noria de hueso.

 

Cuenca de hueso trono de hueso lámpara de hueso.

Aparición en la gruta del hueso —sexto misterio,

Una cuenta resbalosa del rosario — Let the grace be with me dé una década

en este jardín de flores escarlata. Exíliame

al enorme huerto de Alcínoo — fruta especiada, árbol

cargado —Emparaísame, Pues, Dios,

soy culpable. Soy el pecado frenético y lleno de dientes

que añora la pera sobre la manzana sobre el higo.

 

Tus caderas son más que todo eso.

Son una ciudad. Son Reino.

Troya y su caballo hueco, un ejército de deseo

treinta soldados en el vientre, dos en la boca.

Amada, tus caderas son la guerra.

 

En la noche tus piernas, amor mío, son bulevares

que me guían arruinada y hambrienta a tu dulce

casa, a tu mansión barroca. Incluso cuando llego tarde

y ya levantaron la mesa,

déjame comer pastel en la cocina de tus caderas.

 

Oh, constelación del desliz pélvico — cada curva,

un esplendor, estrella. Más infinitas todavía, tus caderas

son kósmicas, son universo — galáctico carrusel de cometas

encendidos y Big Bangs. Halcón Milenario,

déjame ser tu Solo. O, planeta caliente, déjame

circunnavegar. O, galaxia espiral, vengo por tu materia oscura.

 

Along the streets de tus muslos deambulo,

sigo el desfile de tu pulso como una fila de tambores

desciendo a tu Plaza de Toros

las manos, pulsantes toros de Miura, Isleros oscuros.

Tus caderas arqueadas — ay, mi torera.

A lo largo del corredor, tus paredes húmedas

me llevan como un traje de luces — de palo rosa y oro, brillante.

Soy el animal que nació para apurar tus densas y rojas

Muletas — cada aliento, cada suspiro, cada gemido—

un cuerno enganchado de deseo. Mi boca en tu muslo,

adentro. Aquí debo entrar en ti, mi pobre

Manolete — presiono y te separo como una herida —

hago que la multitud palpitante en la tribuna

de tu cresta ilíaca se levante en una ovación.

 

 

Ligera luz de sangre

 

Mi hermano sostiene un cuchillo.

Ha decidido apuñalar a mi padre.

 

Esto podría ser una historia bíblica,

si no fuera ya una historia sobre estrellas.

 

Lloro alacranes — escorpiones repiquetean

y caen al piso como tijeras metálicas amarillas.

 

Caen boca arriba, sobre la espalda y los ojos

pero se retuercen y se voltean sobre sus vientres segmentados.

 

Mi hermano olvidó ponerse los zapatos de nuevo.

Mis escorpiones lo rodean, latigan sus tobillos.

 

En ellos está lo que me punza

hacen que mi hermano caiga al suelo.

 

Se levanta, todavía con el cuchillo en mano.

Mi padre salió corriendo de la casa,

 

Lloraba por la calle como un farolero

pero nadie encendió sus luces. Está oscuro.

 

Sólo queda la luz que emanan los escorpiones

queda una luz pequeña también en el cuchillo.

 

Ahora mi hermano me quiere dar el cuchillo.

Alguien podría decir, Mi hermano quería apuñalarme.

 

Intenta pasármelo — como si se tratara de algo bueno.

Como si dijeran, ¿No quieres un poco de luz en el vientre?

 

Así como Orión y Escorpio

a lo largo de toda esa noche negra — se pasan el sol.

 

Mi hermano se suelta la mandíbula

entre sus dientes, late la roja Antares.

 

Una manera de abrir el cuerpo a las estrellas: con un cuchillo.

Una manera de amar a una hermana: ayúdala a sangrar luz ligera.

 

 

El lamento de Asterión

 

Tú, arqueándote — tú, curva de río y caudal lleno —

¿por qué Teseo no halló contigo la felicidad?

Déjame ser tu capitán tierno, navegar

El hilo ultramarino que desenredaste

de tu madeja — para guiar a los más perdidos a través

del laberinto de tu cuerpo.

 

Avanza siempre hacia abajo, me dijiste.

Sé que otro nombre para lo sagrado es agua

—he sufrido a la herida hirviente de la sed.

Sólo los sin-boca no se ungirían

con la tuya, no descenderían el verde-violeta

zigzagueante, el cardumen de tu clavícula,

ni dejarían caer el casco de sus pechos en tu costa.

Estoy viva y acecho el agua

de esa corriente que emana del esternón al seno

— descalza, dejando atrás la blusa, mareada

por los moños en verde plateado de

tus muñecas. Como cada arroyo centelleante se vierte

en las copas ágata de tus palmas. Me sumergiré

en el canal profundo que da vuelta a las arenas

de tus caderas para bajar por los muelles de tus muslos.

En tus manos soy una embarcación que viene,

un barco vacío dispuesto a ser el timón o el timón,

atado, sujeto — engrilletado y lleno.

Más peregrinaje que errancia. Más piedad

que asombro. Seguiré este mapa húmedo que eres

a través de los pasillos que me queden en la vida.

Y, si puedes cerrar los ojos frente al Minotauro

que hay en mí, con su cornamenta retorcida y pesada, puedo

[hallarte.

Avanza siempre hacia abajo, lo haremos

Hacia la belleza y la saciedad del apetito de un monstruo.

Tomado de:

https://vein.es/poemas-de-natalie-diaz/

 

 

Poema de amor postcolonial

 

Me enseñaron que las restañasangres pueden curar una mordedura de serpiente,

que pueden evitar una hemorragia—la mayoría de la gente olvidó esto

cuando terminó la guerra. La guerra terminó

dependiendo de qué guerra hables: las que comenzamos,

antes de ésas, hace milenos y de allí en adelante,

aquéllas que me iniciaron, que perdí y gané—

estas heridas irrestañables.

Me formaron las disputas. De modo que hago el amor y peor—

siempre otra campaña por la que hay que atravesar

una noche en el desierto por el destello de cañón de tu piel pálida

instalándose en la laguna plateada de humo en tu seno.

Me apeo de mi caballo negro, me doblego allí ante ti, te emancipo,

la intensa atracción de todos mis deseos—

aprendí a Beber en un país agobiado por sequías.

Nos disfrutamos hasta el dolor, dejamos marcas

del tamaño de piedras—cada una un cabujón bruñido

por nuestras bocas, yo, tu lapidaria, tu molinete lapidario,

girando—rojo moteado de verde—

los jaspes de nuestros deseos.

Hay flores del campo en mi desierto

que toman hasta veinte años para florecer.

Las semillas duermen como geodas debajo de la arena caliente de feldespato

hasta que una crecida desborda el arroyo, arrastrándolas

en su corriente cobriza, abriéndolas con la memoria—

recuerdan lo que les insufló su dios

en las costillas: despierten y sufran por sus vidas.

Donde tus manos estuvieron hay diamantes

en mis hombros, en mi espalda, en mis muslos—

soy tu culebra.

Me arrastro por ti en la tierra.

Tus caderas son cristales de roca peligrosos,

dos carneros de cuernos rosados que surgen de un arroyo tranquilo en el desierto

antes de que el cielo de noviembre desate un diluvio de cien años—

el desierto regresó de improviso a su mar prístino.

Surjan el heliotropo silvestre, la phacelia crenulata,

la phacelia campanularia que porta el morado de la forma en que una garganta puede portar

la forma de cualquier mano formidable—

Manos formidables fue como ella llamó a las mías.

Con el tiempo vendrán las lluvias, o tal vez no.

Hasta entonces, nos tocamos los cuerpos como heridas—

la guerra nunca terminó y de algún modo comienza nuevamente.

Tomado de:

https://www.abisiniareview.com/poema-de-amor-postcolonial-postcolonial-love-poem/

 

 

Fueron los animales

 

Hoy mi hermano trajo un pedazo del arca

envuelta en una bolsa de plástico del súper.

 

Puso la bolsa en la mesa de mi comedor y la desanudó

para revelar una madera fracturada de un pie de largo.

Dio un paso hacia atrás y la señaló con un gesto

de brazos y manos abiertas:

 

Es el arca, dijo.

¿Te refieres al arca de Noé?

¿Acaso hay otra? respondió.

 

Lee la inscripción, me dijo.

Dice lo que sucederá al final.

¿Qué final? quise saber.

Se rió, ¿A qué te refieres con «¿Qué final?»?

El final final.

 

Luego la extrajo. La bolsa de plástico cascabeleó.

Sus dedos, lisos por las ampollas de la pipa.

Sostenía con tanta gentileza el trozo de madera quebrada.

Había olvidado que mi hermano podía ser gentil.

 

La puso sobre la mesa como la gente en la televisión

coloca objetos que podrían estallar

o activarse —la colocó justo al lado de mi taza de café vacía.

 

No era un arca

—era la orilla rota de un marco para fotos,

tallada con flores en la superficie.

 

Recargó la cabeza en las manos.

 

No debía mostrarte esto…

Dios, ¿por qué le mostré esto?

Es tan antigua —Ay, Dios,

es tan vieja.

 

Bueno, cedí. ¿Dónde la conseguiste?

La chica, dijo él. Ay, la chica.

¿Cuál chica? pregunté.

Desearás no haberlo sabido nunca, me dijo.

 

Lo observé pasar sus dedos deshechos

por el trabajo floral y despostillado de la madera.

 

Deberías leerlo. Pero, ay, no podrías tolerarlo

—sin importar cuántos libros hayas leído.

 

 Estaba equivocado. Pude tolerar el arca.

Incluso pude tolerar sus dedos maravillosamente jodidos.

Cómo, casi, brillaban.

 

Fueron los animales —a los animales no pude tolerarlos

 

—subieron por la pasarela y entraron a mi casa,

rompieron el marco de la puerta con sus cascos y caderas,

me pasaron de largo, entraron en mi cocina, en mi hermano.

 

Sus colas serpentearon sobre mis pies antes de desaparecer

como los cables de las aspiradoras rebobinándose en los huecos

de las clavículas de mi hermano. Los colmillos rayaban las paredes,

 

extendiéndose hacia él: ñus, cerdos,

los oryx de negra y concordante cornamenta,

jabalíes, jaguares, pumas y aves de rapiña. Los ocelotes

con sus rostros matemáticos. Tantos tipos de cabras.

Tantos tipos de criaturas.

 

Quería seguirlos, llegar al fondo del asunto,

pero mi hermano me detuvo.

 

Esto es algo serio, dijo.

Tienes que entender.

Puede salvarte.

 

Así que tomé asiento, con mi hermano arruinado y abierto así,

y, de dos en dos, las bestias fantásticas

lo desfilaron. Me senté, mientras el agua caía sobre mis tobillos,

se elevaba a mi alrededor y llenaba mi taza de café

antes de que flotara lejos de la mesa.

 

Mi hermano —abarrotado de sombras—

un casco de huesos, encendido por dientes y colmillos,

levantaba bien alto su arca en el aire.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/5-poemas-de-natalie-diaz/

lunes, 4 de agosto de 2025

POEMAS DE EDUARDO COTE LAMUS -Revisitando su obra siempre-

 

A veces para ver tiendo los brazos

Cuando para buscar tiendo los brazos,

imaginando que separo días,

escucho la distancia como el trino

de un ave: es que devuelvo la mirada.

Por saber que la luz es sólo sombra

que no nos pertenece aunque queramos,

nos sentimos muy lejos, muy distantes,

más allá que los huesos de un abuelo.

Uno pregunta y se pregunta: ¿Quién,

qué me ha obligado a abandonar la infancia?

Dejemos que la sombra nos depare

turno de tierra y tiempo de cenizas.

 

 

La vida cotidiana

Hoy comienzo el día de ayer

con palabras y con deseos;

ya los zapatos tienen polvo

de mañana: sin excepción

los actos se me vuelven huellas.

Vemos al ciervo y hasta a veces

llega a beber en nuestras manos,

pero la sed se le hace vieja

como un abuelo entre los labios.

Somos del hoy, mas lo que hacemos

pertenece al pasado, somos

la fuente que se queda: el agua,

quiero decir la vida, pasa.

A mi oído llegan las voces

que mañana diré, mañana:

a suerte mía de callar

con la palabra de otro día.

Si se lanzara el sueño al aire

como unos brazos, si una red

–del ayer a lo que seremos–

nos circundara. Pero todo,

todo lo que hago es ya pasado.

Ahora yo que soy recuerdo

que miro adentro y huelo a solo,

y muy vagamente distingo

al abuelo que está en mi rostro

 

 

Cae tu palabra en la soledad como ramo de olivo

en la paz. Yo no sabía

que tu voz llegara con estrellas.

Eres mi grito de combate

contra la muerte.

Ahora un árbol crece donde el olvido

cierra los ojos.

Tú.

 

 

La estación perenne

Tu cuerpo desnudo brilla bajo los relámpagos

como antes bajo mis manos.

Todas las estaciones están en tu cuerpo.

La primavera comienza su esplendor en tu abrazo

y concluye en tu boca entreabierta, exultante.

Todos los ríos del mundo están en tu cuerpo,

confluyen en ti en el momento

en que el animal más bello del bosque

–el ciervo, por ejemplo–

bebe de ti y se contempla.

Tu piel es el límite del fuego

donde se refugia el ardor del verano.

Rojas llamas te inundan.

Se mezclan los elementos y tu cuerpo se curva,

hay más aire en tu boca y mi cuerpo sediento

busca en ti salida, la libertad, los deseos.

Se anudan en ti los olivos del mundo

y ardes como una lámpara.

Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte.

El otoño se riega en tu cuerpo como vino rojo en la mesa.

Tus muslos descansan en el borde del mundo.

Vuela una paloma de tu pecho a mis manos.

Después miramos los dos, de alegría cansados,

como a chimenea en invierno, el fuego pasado

y tu piel que brilla bajo los relámpagos.

 

 

El acto y la palabra que lo nombra

Por testimonio el tiempo dejó un hombre

fuerte, cabal, capaz en su materia

de actos. Subió con él, le dio sentido

al movimiento de su vida y de

sus manos, y miró desde sí mismo

el contorno de sus propios trabajos

perdidos.

Acudió a los días solo.

Por testigo nada más que el firme paso

dado al azar, con voluntad de no

recuperarlo; elaboró su condición

de frente altiva y no dejó

que lo tentara el ángel, a pesar

de que una vez pensó, serenamente

en darle a la existencia el nombre puro

del orgullo.

La luz se le entregó

Entonces adquirió la certidumbre

de que la libertad es la medida

de la limitación del hombre:

así

toda moneda que se lanza al aire

es libre sólo cuando está en el aire.

La luz miró la luz y quedó ciega.

Reflexionó sobre su propio saco

de piel; el tiempo y otra vez el tiempo.

Los turbios ojos del puente, erigidos

en honor del camino, y los caminos

siempre viejos enemigos del agua.

De la manera como el árbol es

la medida del tiempo y de los vientos

en la selva, la vida llena el sueño

de hermosos menesteres, los terribles

y decisivos pasos que no tienen

regreso. Sí, fue entonces, sí, entonces

cuando volvió los ojos y se vió

testimonio del tiempo y su destino.

Tomado de:

https://www.uexternado.edu.co/wp-content/uploads/2017/01/9-antologia-EduardoCoteLamus.pdf

 

 

Estoraques III

 

El tiempo nada más en la piel del estoraque,

el tiempo como un perro que nunca llega al hueso,

el tiempo ladrando como perro, como un perro

derrotado por los sueños.

 

En la superficie el tiempo: Heráclito el Oscuro

hubiera aquí encontrado que su río es la sed,

hubiese aquí encontrado que es mejor

el limo que los días, el cristal que las imágenes,

la rueda del molino igual al agua.

 

Aquí las ruinas no están quietas:

el viento las modela. Por ejemplo

lo que antes era escombro de palacio

 

lo convirtió en estatua la erosión

y lo que fue la sombra de la torre

es ahora la sombra del chalán.

 

Ese bote de lanza del jinete

contra algo inexistente, ese ademán

de contienda en esos ojos sin sueño,

ese violento paso del caballo

detenido por siempre, ese color,

fueron antes las bases de algún templo,

el comienzo de algún arco, el fin

de tanta fe entregada a un dios terrible.

 

Hoy es un rostro, máscara mañana,

sueño primero, luego ni recuerdo,

columna ardiendo en el viento en llamas,

tórridas manos sobre la garganta

del caballero ecuestre, río, ríos

de sombra al rojo blanco dominando

aquello que existencia fue sin duda.

 

En esta sucesión que nadie nota

algo que no se mueve ni transforma,

algo quieto a pesar de tanto caos,

algo que permanece sin embargo

aunque desaparezcan estoraques

y nazcan otros, aunque aquellos bosques

de serpientes de pie como escuchando

la flauta del encanto comprendieran

que nunca han existido.

 

Pero es que aquí, también, todo se queda.

Es que acaso ¿razón tenía Parménides?

En fundamento todo permanece,

los elementos son iguales siempre

y la materia siempre es inmutable,

inmóvil es el ser y no se mueve

(ser y pensar son una cosa misma)

y todo esto que vemos y sentimos

es no más que un asunto incomprensible.

 

No más que la alta hoguera de la estrella

sobre este mundo. Nada más que el sueño

de pronto convertido en nada. Nada

distinto al propio fuego en que se incendia

ebria, la luz, muy dentro de la tierra

o encima de la lámpara que lleva

todo nombre encendido. El estoraque

siempre tiene las luces apagadas.

 

Al polvo nada vuelve, todo queda

delante de los ojos y las manos

sin poder recoger huellas de arena,

sin poder encontrar en tanta forma

cosa distinta de nuestro fracaso.

Por esto, Gorgias, Gorgias, yo te veo.

En la verdad te vi, en lo incomprensible

después de preguntar qué significan

esta vida, estos monstruos, estos sueños.

 

 

El desígnio

 

         A Ernesto Mejía Sánchez

 

En las páginas solas de algún libro

alguien (seguramente yo) há dejado

escrita, para luego destruirla,

 

una palabra: Muerte. Con amor

la fue escribiendo, con amor la deja

como para olvidarla en esa forma,

pero vuelve después sobre las letras.

Como un adolescente que lee un libro

a escondidas, detrás de la familia,

se descubre culpable hasta los huesos:

 

la misma mano que dejó los signos

se endurece de pronto en la escritura

y el mundo, entonces, ya, de nada sirve.

Tomado de:

https://www.antoniomiranda.com.br/iberoamerica/colombia/eduardo_cote_lamus.html

 

 

CANTO DE FUTURO

 

Si ésta, una palabra, de pronto se muriera,

y se le fuesen cayendo las letras

como las hojas de un árbol,

y quedase descarnada,

y solamente la sangre del sonido

produjera un murmullo.

 

Si éste, un poema en las angustias,

viajero de las sombras y la muerte

encontrara a las voces desangrándose.

 

Si yo, un hombre delirante,

hallase el fondo de mis manos

y fuese ahondando una mirada

hasta enterrar el tiempo.

 

Si después del verbo y de la carne

detuviera una fuerza fatigada

la caída del mundo y del sonido

y hallase, de pronto, las aldeas

donde se quejan los poemas.

 

Y si también viera el mismo

que fui entre los sueños,

cavaría la nostalgia hasta encontrar lo triste

porque después del fin está el silencio,

y el recuerdo, una mano levantada.

 

Preparación para la muerte, 1950.

Tomado de:

https://poeticas.es/?p=1508

 

 

ESCRITO EN LA HOJA DE UNA ESPADA

 

Destino es trazar paz adonde gime el pecho

Crucé la vida hasta la empuñadura:

me emparedaron por reliquia, estar escrita:

la estirpe ha muerto y yo me conmemoro.

 

 

ESTO ES AMOR

Esto es el amor: llevar en la sangre

el impulso inefable de otra sangre,

buscarse el corazón dentro del pecho

y no encontrarlo hasta palpar su frente,

padecer la ansiedad de ser en otro

como grano de trigo germinando,

es trasladar el mar hasta sus ojos

y sumergirse en ellos hasta el alma,

sentir la eternidad entre las manos

al descubrir a Dios en su mirada,

árbol del bien que las horas traspasa.

Esto es amor: ser uno proyectado.

Tomado de:

https://www.casadepoesiasilva.com/sin-categoria/eduardo-cote-lamus/

 

 

LA JUSTICIA

Yo padecía la luz, tenía la frente

igual que una mañana recién hecha;

luego vino la sombra y me sembró

sin darme cuenta la señal amarga:

las palabras serían desde entonces

una visión del mundo derribado

en sueños; uno tiene que cantar

porque un nuevo Caín es ser poeta.

Me vendí como esclavo para que

mi dueño manejara mis acciones;

resulta que el amor me hizo más solo

y mi amo no podía con sus culpas.

Liberto vago, sí, manumitido

de mí; la sombra soy de lo real;

pero tampoco puedo darme cuenta

de qué es lo que transcurre en mi contorno.

Lo malo es sentir que pasa el sueño

a través de los ojos y del pecho

y no poder decir lo que sucede.

Sí: por esta palabra que yo escribo

seré después juzgado, ajusticiado;

no me defenderán contra la muerte

mi labor de contar, de decir cosas,

el ir muriendo en cada letra, de

ver cenizas donde está la vida.

 

 

DIBUJANDO LA FIEBRE

Algo bulle en mí: muy hondo siento el fuego

que no es luz, que no es voz, que no es el sueño.

pero es más tú, más yo, mucho más fuerte

que hacer de uno mismo o que morir

de ti, de mí, de aquello que hemos sido.

Esto no sé lo que es. Te digo, amor,

no sé qué pueda ser: Mírame tú

aunque no me oigas ni me veas, dime

si ha llegado el final, si la campana

acaba con la torre o con la aldea

cuando suena. Yo, amor, de tanto amarte

ya tengo el pecho rojo. Es el silencio

esta tarde de otoño. El movimiento

viene de aquí, de allí, de no sé dónde.

Cuántos pájaros negros en mis ojos

dibujando la sombra, pero el mundo

mantiene luminosas costas, sitios

por donde no he pasado y quedan lejos.

Amor, dame la mano, ven, me siento

tan solo, detenido entre mi cuerpo

y no puedo salir. Yo quiero decirte

que no tengo la culpa, que es de fuera,

de adentro, que mis pies se agrandan para

que pueda mantener el corazón.

El fuego es muy profundo, amor, lo es mucho:

es la vida, la muerte, la conciencia.

Tomado de:

https://www.isliada.org/poetas/eduardo-cote-lamus/

 

 

LA BOCA OSCURA

En cada viento llega una palabra,

igual que cada sueño tiene un nombre;

y el movimiento de la primavera,

con su viaje de vuelta en el otoño,

deja atrás un lenguaje que ella olvida.

Siempre la boca tiene labios nuevos.

Pero siempre es oscura porque nunca

obtiene lo que muda: el testimonio

del tiempo que se va, no el que se queda.

Un fuego inaugural, como una estatua

que fuese a hablar, las voces de un metal

desconocido de los hombres, no

de la montaña. Y es deber del canto

hermosamente relatar el árbol,

no el que vemos y bajo el cual soñamos,

sino la imagen que se lleva el río.

Tomado de:

https://revistas.upb.edu.co/index.php/revista-nstitucional/article/download/3076/2794/5483

domingo, 3 de agosto de 2025

POEMAS DE MARIA TERESA LIUZZO


LLUVIA

 

Se desnudan nubes,

se extienden

en lluvia y tiempo

sobre los setos.

Una blanca sábana

recoge los besos del cielo.

 

 

SUEÑAN

 

entre las palmeras

en los desiertos

olas y limones:

los camelleros

tienen

odres colmados

de esperanza

y el corazón más allá

de las dunas. Ciertas noches,

cuando las estrellas

dejan el triunfo

a la luz lunar,

las tiendas de los beduinos

abren las telas

y escuchan cantos

y cantinelas lejanas.

Aprieta

entre los brazos

el corazón

sobre otros umbrales

quizás una novia,

una muchacha,

un niño…

que sueña con ramas

de cerezos florecidos.

Tomado de:

http://revistaliterariaalga.com/77bis_centrales_19.htm

 

 

Me sumerjo…

 

Me sumerjo en la noche,

en su sábana de cobre

entre susurros de no mantenidas

promesas.

Indago la fiebre del tiempo,

del verde y los tiestos son sombras

entre pimpollos de papel.

Tomado de:

https://www.laotrarevista.com/2019/10/lluvia-maria-teresa-liuzzo/

 

Puzle de rocío

sobre el espino albar...

Entre luces y agujas,

la memoria

recupera enjambres de astros.

Sobre las sienes

de una luna caprichosa

garabatos de pensamientos

se mudan

en evolución de olas,

en espumear de crestas

y, en la mente,

palabras azules,

islas invertidas,

continentes sumergidos.

La luz revela

sobre imaginarios fondos

planimetrías de amor

y la historia del mundo

entre corales

y abismos de tiempo.

Tomado de:

https://franciscocenamor.blogspot.com/2020/01/poema-del-dia-puzle-de-rocio-de-maria.html?m=0

 

 

A TIENTAS

Una nube vela tu ojo gris,

una nube espesa que no te deja

ver el cielo que te cubre ni el suelo

que pisas ni la comida que comes

tan sólo percibes los sonidos del viento

y la lluvia que te moja el rostro.

 

Andas a tientas buscando apoyos

porque en tus ojos sólo hay sombras

y desconoces donde están las cosas

que te harán perder el equilibrio

y dar con tus huesos en el suelo

de donde no te levantarás fácilmente.

 

Necesitas un lazarillo que te guíe

por el mundo del color y te indique

donde están los obstáculos para evitar

quebrar tus huesos contra invisibles aristas

mientras pasan a tu lado insensibles

a tu dolor y a tu inevitable incapacidad.

 

 

HUELLAS

 

No quiero que mis huellas

sean como las que se marcan

en la arena que duran

tan solo lo que viento

tarda en pasar o lo que otras

 

tardan en posarse sobre ellas.

 

Quiero que mis huellas sean

como las que se graban

en un árbol con la punta

de una afilada navaja

o como las que quedan

 

escritas en las páginas

de un libro que siempre

habrá quien se detenga a leerlas

 

o como las que pintan

en un cuadro que en una pared

permanecerá colgado muchos,

muchos años, aunque nadie

sepa de quien son las huellas.

 

 

ME AVERGÜENZO

 

Me avergüenzo de mi gordura

porque es indecente en estos tiempos

que hay cientos de personas

que pasan hambre porque perdieron

su trabajo y no tienen ayudas

a no ser de las ONGS que piden

y piden en muchas puertas

para atender a todos esos

que no tienen nada que comer.

 

Me avergüenzo de tener la suerte

de comer cuatro veces al día

buena carne, buen pescado,

buena verdura, buena fruta

mientras otros se comen los desperdicios

que encuentran en la basura

o se acuestan con el estómago vacío.

 

Sé que no es mía la culpa

que la solución no está en mis manos

que yo solo casi nada conseguiría

pero eso no hace que me sienta mejor

ni que duerma más tranquilo.

Tomado de:

https://alb-spirit.com/2024/05/05/omaggio-di-maria-teresa-liuzzo-al-poeta-spagnolo-jose-luis-rubio-zarzuela/