domingo, 28 de enero de 2018

POEMAS DE ELENA SHVARTS

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(17 de mayo de 1948, San Petersburgo, Rusia - 11 de marzo de 2010, San Petersburgo, Rusia)

Un retrato del sitio de Leningrado mediante pintura de género, naturaleza muerta y paisaje 


1, Relato de un testigo (Género)
Pasado el mercado Andreevsky
un hombre camina del lado de dentro del Sitio.
De repente, le asalta una visión increíble:
¡Un olor a sopa, una aparición en forma de sopa!
Dos fornidas mujeronas
vierten la sopa en platos.
La gente se la toma encogida sobre sí misma,
escudriñando en sus pupilas reflejadas en el líquido.
De pronto la policía
les quita de un golpe los platos de las manos,
dispara al aire:
¡Están ustedes comiendo carne humana!
¡Carne humana!
Los rollizos brazos de las mujeronas se recogen
y se dirigen a la cuadrilla que dispara,
caminan y aúllan silenciosamente
y las garras de sus ojos lobeznos
arañan el aire.
El transeúnte llega tarde para la sopa.
Un pájaro picotea sus pies desde el suelo—está peor aún.
Y él marcha, caminando sobre los muertos
o rodeándolos, como charcos.

2, Naturaleza muerta
La basura del crepúsculo lame la ventana.
Un joven se encorva sobre ella impaciente,
mirando fijamente una cacerola…
Dentro de la cacerola, un gato balbucea.
Cuando llegas a su altura, lo llama «conejo».
Come, ríe salvajemente.
No tarda en morir. Con calma, en el aire
trazas con carboncillo una naturaleza (¡y tanto!) muerta.
Una vela, un poco de cola de carpintero,
una ración de pan, un puñado de lentejas.
¡Rembrandt! Así querría uno vivir y orar.
Incluso congelado. Incluso en los huesos.

3, Paisaje mixto. Escaleras, patio, iglesia
(papel, carbón, sangre de cuervo)
Ya ni hermano ni padre
arrastran una sombra
con los rifles apoyados contra el coxis.
Una bombilla desnuda cuelga de forma parecida,
una corriente la azota desde el sótano.

Tras esta pintura de un azul apagado hay amarillo,
tras el amarillo, verde,
no raspes hasta llegar al fondo, no es necesario,
no hay más que yeso y vapores del infierno.
Aquí, cómetela, una patata de color rosa.
¡No tienes nada más, Sitio, ¡que mi hueso!
¿Qué has comido? Dime:
escarcha azul de las rocas,
gusanos, un hocico de caballo,
una cola de gato.
De toneles de manos humanas y mechones de pelo
te has alimentado. De golondrinas, de estrellas y humo,
de árboles, como un pájaro carpintero,
de acero, de herrumbre.
Y en el patio cortan la garganta de un hombre sin cuchillo,
con una sencillez privada de toda ceremonia.
Una voz surge de la herida humeante.
Canta de una semilla de mostaza y de una miga de pan,
del alma de la sangre.
Bajo la débil aurora boreal
el cielo camina sobre tumores.
El Sitio se alimenta
del alma, como el lobo come su pata atrapada en el cepo,
como el pez come el gusano,
como la sabiduría insaciable come palabras…
Devuélvenos a cuantos se llevaron lejos
en el cuerpo del camión fofo,
tintineando, como leña congelada.

Viernes Santo. Vacía, hambrienta iglesia.
En la voz deshidratada del diácono, vivo por poco,
resuenan sombras llevadas en sus mortajas.
El sacerdote gira la cabeza:
“Oh, ahora he visto, he comprendido—
Te levantaste de entre los moribundos
y no hay salida, la ruina nos espera a todos”.
Mi sangre se convierte en vino helado,
el uróboros se muerde la cola.
Los dientes se esparcen por el cielo
ocupando el lugar de las crueles estrellas.

En la isla de Santa Elena

Bajo la acidez del limonero
Se enfría el desayuno de Bonaparte.
Asquerosillo es el viento meridional,
Agitado está el océano.
Confuso está Napoleón, susurra a parte:
«Tintineando con el sable ebrio,
La muerte me adelantaba,
Y ahora quiere perseguirme,
Escupiendo con la venenosa saliva».
De repente ve que en su huerto
Entra el toro, descaradamente mastica la col,
—Conde, por favor, páseme la escopeta de perdigón.
Apunta a la frente,
A velocidad del rayo cae el toro.
«¡Hah! ¡Todavía me acuerdo!
La mano no me tiembla».
Hoy ha sido el toro,
Ayer los chivitos (gimoteaba el chivo
Mientras lo arrastraban a la cocina).
Antes de ayer — un cerdito.
«Como si la muerte,
Tintineando con la bala ebria,
volara delante de mí».
Con calma
Se unió con la taza de té,
Tomado como providencial, amarillo
Sosias ceñudo de la Muerte.
Tokareva, Kseniya [Blog Internet]. Traducimos la poesía rusa al español, entrada de 15 de octubre de 2015. Disponible en: <https://transruspoetry.wordpress.com/ >

"Yo estaba pensando..."

Traducido del ruso por Stephanie sandler
Estaba pensando: Dios me ha abandonado,
Entonces, ¿qué pasa? Él es un rayo de luz inestimable
O una aguja delgada en el pajar del hombre. Y cruel
Me he alejado de él; no me atormente más.
Pero ¿quién de nosotros es más cruel? ¿Más que temer?
El que no tiene cuerpo, por supuesto.
Él nos ha hecho interminables, vastos-
Para que nuestro dolor no tenga límites.

Un día gris
Traducido del ruso por Stephanie sandler
Hablé con prisa, en un silencio nervioso,
Porque el tiempo era corto
El relámpago temblaba,
Disminuyendo la velocidad, corriendo.

O era mi sangre,
¿La tranquila disminución de la vida cotidiana?
Es hora de que salga
En tu pequeña semilla de mostaza.

En la casa de mi Padre, todo se está desvaneciendo,
En la casa del Padre, todos los ángeles están llorando,
Debido a la angustia de un caballo exhausto y agotado
A veces encuentra su camino incluso a ellos.

Un día gris, yo estaba vivo en esta tierra,
Y en medio de la bruma del día-en triunfo-
El Espíritu puede acercarse y mirar
Para que lo veas, sin ver.

Y, entonces, celebra la escasa luz,
Maldición, no el crepúsculo.
Si Cristo nos visita
Será en días tan lamentables como estos.

Orfeo

Daba miedo
en el camino de regreso:
silbaba, silbaba,
gruñía, tosía.
Eurídice: No mires alrededor, no te atrevas,
............. El lugar es salvaje.
Orfeo: en este silbido no reconozco
............. La voz de mi Eurydice.
Eurídice: Antes de salir de la oscuridad, ten cuidado,
............. Soy peor que un dragón.
............. Solo puedo volverme mi yo anterior
............. Cuando veo un cielo azul.
............. Seré mi yo anterior cuando respire
............. Primero, dolorosamente, parece que está cerca,
............. Parece que puedo escuchar
............. El mar y la brisa.
La voz era corta, salvaje,
La barba crujió en el viento.
Orfeo: Estoy tan asustado, ¿y si llevo a las estrellas
............. Alguien más, no tú, Eurídice ...
Miró hacia atrás, torturado por la duda ...
Una serpiente, ancha como el tronco de un árbol, se
apresuró a ir detrás con ojos suplicantes.
Y, asustado, saltó a un lado.
Queridos brazos delgados con una querida cicatriz
estirada de una vil y fea barriga ...
Para él, él tímidamente se tocó las uñas.
-No, tu corazón no me reconoció,
No, no me amas-
La serpiente siseó con una sonrisa.
¡No no! No necesito eso, ella se desvaneció
como el humo en la oscuridad del infierno.
mil novecientos ochenta y dos

Corazón, corazón, tengo que escucharte, 
pero no puedo siquiera verte, 
Un pequeño saco de boxeo, 
Golpeado desde adentro. 
Lo que está latiendo en ti, picoteando: 
una especie de pollo astral 
que rompe dolorosamente la cáscara de huevo y dice: 
............. - ¿No soy la muerte, soy tu doble? 
............. ¿Qué debería hacer en mi problema? 
Tengo miedo de mi propio corazón, 
no lo lavé con mi sangre 
sino con el agua de los días; de ahí mi enojo 
Te desprecio, corazón, no porque 
seas oscuro, eres un extraño, 
sino porque eres inteligente, 
astuto y desolador.

Una Corona

(Un estilista parado en su cabeza)
............. Eres un zar, vive solo. 
......................... Alexander Pushkin
*
Soy un rey caído, privado
de agua y fuego,
pero no puedes arrancar de mi cabeza
mi antigua corona pirateada.
Este borde ardiente,
un sello, un oboe dorado
brilla por encima, de
modo que el Espíritu
me encuentra en el abismo,
respirando en el anillo
soplando el polvo de la corona,
este pequeño islote de aire
es todo mi reino.
Este es mi pilar,
pero no con un pie desnudo.
Alzando la frente
, crezco.
1998
Traducido de Rusia por Ian Probstein

Animal-flor

El presentimiento de la vida permanece hasta la muerte.
Un fuego escalofriante arde a lo largo de los huesos:
cuando pasa una ducha brillante el
día de San Pedro al romper el verano.
Las flores escarlata están a punto de florecer
en las clavículas, en las costillas, en la cabeza.
El plumero será etiquetado  Elena arborea -
Su hábitat es Hiperbórea congelado
en jardines de ladrillo, en hierba de piedra.
Los ojos brotan claveles oscuros. Soy a la vez
Un arbusto de rosas y nomeolvides
Como si un jardinero salvaje me
hubiera injertado. Una lepra virulenta floreciente. Seré
violeta y roja,
carmesí, amarilla, negra y dorada,
dentro de una peligrosa nube zumbante
de abejas y avispas seré un pozo sagrado.
Y cuando mis flores se desvanezcan, oh Señor, oh Señor,
qué pedazo de mordiente quedará,
Ciega frío y con su piel abierta de par en par,
Una Animal-Flor desvaída, medio muerta.

Viaje

Ignatius, Joseph, Chrissy, May y yo nos
sumergimos en un barco cálido y agrietado por una niebla deslumbrante.
Si el Vístula fuera nuestro Golfo, probablemente estaríamos a la deriva a través de él.
Estábamos desnudos, pero escondidos en las nubes de motas rosadas,
apenas visibles entre sí, como las moscas en una jarra de cristal tallado,
como las pepitas de uva bajo la piel de la uva.
El cuerpo se había hundido en el interior, pero las almas, como brotes de cultivos de invierno,
estaban afuera cubriéndonos con sacos de dormir transparentes.
¿A dónde íbamos tan lentamente, como si no estuviéramos a la deriva,
                                                                                      aún a la deriva?
Todos nosotros miramos durante mucho tiempo el deslizamiento del suelo marino poco profundo.
-Joseph, ¿es eso una marca de nacimiento en tu frente?
Él me respondió y todo se oscureció ante mis ojos.
-Yo era el guardián de la iglesia de San Florián
Y en mi frente aquí, esta es una herida fatal.
Alguien me disparó, probablemente estaban borrachos.
Mira el brillo de Chrissy en seda azul lila, el
fuego la consumió ayer en su casa cerca de Czestochowa
Nie ma juz ciala, un boli mnie glowa 1
Como un castaño tostado, ella es toda oscura y cálida
¿Fue el hombre del sombrero dir, du armes Kind, getan ? 2
Lo que él me contó sobre mí, no fue que fuera horrible
, simplemente no recuerdo qué, intenté en vano comprenderlo,
no apaciguar la conciencia, de alguna manera había quedado cegado.
Deoculado: ¿qué me estaba pasando allí?
Lo que sea que fuera, no, no me estaba pasando a mí.
Esconderse como de costumbre en la imagen de una jaula
Tres primos canarios y coevalos
Diviértete en el brillo de la canción. Disparo limpio
Junto a mí, una ardilla de un solo ojo se agachó.
La corriente brillaba y era tan lánguida y poco profunda.
Oh, tomaré ahora ardillas y canarios,
y me abriré paso, ¿qué hay de ti, Joseph, Chrissy?
La orilla está por allí, todavía no está oculta en la niebla.
-Sólo el agua brillante con iluminación estática
Parece horrible, como la corriente de alta tensión se sacudirá,
Se arrastrará en una dirección
Y ni siquiera sueñe con volver.
La piel de la ardilla se empapa de tanino,
Tus cenizas se secan deleitándose en su urna.
¿Lo que hay por ahí? Pero aquí la dulce luz del sol se calienta.
-¿Qué hay de las personas que he amado,
nunca las veré más?
-¡No te preocupes! Los verás, con la marea
El agua los llevará hacia nosotros aquí.
Y si siempre 3,  entonces
Muzyka brzmi 4  extrae de Strauss.
¡El agua se ha espesado y se ha convertido en crema!
Pero nadie lo bebe. ¡Oh, si tan solo pudieras
traer de vuelta nuestro zumo de granada caliente anterior
que dio vueltas alrededor de tanto tiempo, que chasqueó y sollozó: desde
el corazón, hasta el corazón, el carbón subcutáneo sagrado, el
hilo escarlata cosido y cosido Tu creación!
Oh tú, simple concepto de circulación sanguínea,
eres hermoso como un ángel vengador.
¿Cuántos barcos, cuántos barcos frágiles están dando vueltas,
en uno de ellos vislumbro a ti, mi viejo amigo ahogado,
y mi gatito asesinado de repente
saltó sobre mi hombro
acariciando mi mejilla con su blanca garra.
Juntos no hemos llegado demasiado lejos para flotar.
Como un crujido de puertas
El aleteo de rowlocks está contento,
Para sondear el alma turbia
Un ángel caerá como plomo ...
Traducido del ruso por Michael Molnar.


sábado, 27 de enero de 2018

POEMAS DE URI TZVI

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(22 de septiembre de 1896, Bilyi Kamin, Ucrania - 8 de mayo de 1981, Ramat Gan, Israel)

BAJO EL ARADO


Las nieves se han derretido nuevamente allá
y los asesinos se han transformado en labradores.
Han salido a cultivar el campo, ese campo
que es camposanto de mi gente.
Al paso del arado han quedado al descubierto
sobre el surco
los restos de uno de los míos.
El labrador continúa como si nada hubiera pasado,
ni se sobresalta.
Sonríe, lo ha reconocido...
ha visto las señales de su instrumento.


La primavera ha vuelto a resplandecer:
brotes, flores, el piar de las aves,
los rebaños, pastando junto al arroyo
de aguas claras y transparentes.

Ya no se pasean judíos con sus barbas y aladares,
no se los ve por las posadas con sus taledes
y los flecos fuera del pantalón,
ya no venden en sus baratillos ropa o comestibles,
ya no trabajan en sus talleres ni tampoco en los trenes,
ya no pasean por los mercados ni están en la sinagoga,
el arado del gentil está pasando sobre ellos.

El Señor con gran parsimonia visitó a los gentiles,
la primavera es primavera
y el verano después, ha de ser feraz.
Los árboles, a la vera del camino están frondosos,
como si estuvieran en un jardín.
La fruta nunca estuvo tan sabrosa como ahora
que no hay judíos.

Los judíos no tenían campanarios para invocar a Dios.
Benditos los gentiles, cuyos campanarios son altos.
Ahora, que es primavera,
su tañido se difunde por el llano,
solemne se diluye por el vasto paisaje
lleno de luz y de aromas,
con su ceremonial lo domina todo:
no hay lugar por el que no se escuche su eco
que como antaño pasaba
por sobre los tejados judíos...

Benditos sean los gentiles
que tienen campanarios altos
para glorificar a Dios
que vela por ellos todos...

Los judíos están bajo la reja del arado
o bajo el pasto de los prados
o enterrados en el bosque
o a la vera del camino,
en las riberas del arroyo
o en su seno.

DESCANSO


Profundamente cansado y antes de dormirme,
como un huérfano de hospicio
embutido en su delantal blanco,
sentado, escribo en el aire
como sobre una pizarra:
"No tiene importancia, no importa".

Que venga ya el gato negro a lamer
la leche que aún queda
en el jarro y lo vuelque,
yo cierro los ojos y me duermo profundamente:
"No tiene importancia, no importa".


COMO MUJER...


Como mujer que sabe de sus encantos
se burla Dios de mí: ¡huye si es tu deseo!
y no puedo huir.

Escapo de él lleno de furia
con la promesa a flor de labios,
como brasa ardiente:
¡no quiero volverlo a ver!

Sin embargo, regreso a él
y golpeo a su puerta
como novio prendado.

Como si me hubiera escrito
una carta de amor.



LA COLINA DE CADÁVERES EN LA NIEVE


Cuando sacaron a mi padre de la casa para conducirlo a la colina de
(cadáveres,
en los nevados campos extranjeros aulló el general alemán:
(¡A desvestirse!.
Y mi padre comprendió cuál era la sentencia.
Se quitó mi padre el abrigo y los pantalones como si se quitase
(la realidad del mundo,
se arrancó los zapatos como para el duelo de la tarde de Ab,
y se quedó en su ropa blanca, con las medias...
¿Qué había más desnudo que su desnudez
bajo la bóveda del cielo y en el campo nevado, aquel día, en el mundo?
Nunca se había encontrado tan desnudo bajo el cielo
y la negra y pequeña kipá de su cabeza,
a no ser por las noches al pie de la cama,
o en la casa de los baños, cuando se quitaba la ropa blanca,
las medias y el gorro, y no miraba los pudores de su carne hasta que
(las aguas
por una y otra parte la cubrían, como quien baja a adorar a lo profundo.
Pero cuando el general vio que mi padre estaba aún en ropa blanca,
con el gorrito en la cabeza, aquel malvado
le asestó un golpe entre las paletillas con su arma fría,
y mi padre tosió y cayó de cara, como delante de Dios,
se postró profundamente hasta lo más hondo de la vida y no se levantó:
emitió un quejido, como el fin de una última plegaria,
y nada existió después fuera de los cielos nublados y de la colina
(de cadáveres
y de ese general que resoplaba sobre la nieve
enrojecida con la sangre que salía de su boca.
Y al ver el general que no se levantaba, metió la puntera
de su bota negra por debajo del vientre del venerable padre
y le sacudió y lo puso boca arriba, y parecía que la tierra pagana
le pegaba en el rostro puntapiés.

Y al anochecer brotaron las estrellas y creció la colina de cadáveres en
(el campo,
y la nieve caía en la noche con una abundancia cruelmente blanda...
Así lo quería Dios. Se notaba que había Dios,
aunque era el Dios de los paganos. No hay Dios para Israel.
Sólo la nieve era testigo, la nieve que bajaba del cielo en abundancia...
Acertó a pasar por aquel sitio Rabi Uri de Strelisk, el Serafín, el abuelo,
sin que se oyera ruido alguno de pasos, ni respiración en el aire.
Abrió su boca y dijo susurrando:
ah, cuerpo que era arpa de las oraciones de Israel,
boca que derramaba consuelo al afligido,
¿cómo es que te cubre la nieve infinita de los campos paganos?
¿Dónde fueron a parar tus oraciones, nieto mío?
¿Dónde fueros las mías?
¿A qué región del mundo?
En la colina de cadáveres se agitó y se deslizó
el pequeño Samuel, a quien llamaban Samuelito. Rebulló
y se deslizó a los pies del abuelo Rabi Uri de Strelisk,
el Serafín...Gimoteó como un chiquillo y
no abrió sus ojos porque no podía. Palpó
con la palma de sus manos pequeñas los zapatos del abuelo,
y el abuelo se inclinó hacia él, y le besó en la frente y le dijo:
Bebé mío, criatura santa.
Contestó el hijo de mi hermano venerable, el chiquillo
de nombre Samuel, a quien llamaban por cariño Samuelito:
Abuelo, abuelo, ¿por qué no viniste antes con una muchedumbre
de serafines y de ángeles?
Abuelo, abuelo, ¿dónde está el Dios de los judíos?
Entonces el niño se calló,
y se quedó tendido a los pies del abuelo Rabi Uri,
que se había retrasado con sus lámparas
y no había traído un ejército de ángeles
como escudo a nuestra casa.
Y Rabi Uri de Strelisk, el Serafín,
estaba doblado, de rodillas, helándose en el campo extranjero.
Y la nieve caía. Caía. Caía...

Con Mi Dios el Smith


Como capítulos de profecía, mis días brillan con cada epifanía
Entre ellos, mi cuerpo es un trozo de metal en bruto para forjar.
Y parado encima de mí, mi herrero, Dios está atacando con fuerza:
cada herida que el tiempo corta en mí se abre ante él y
arranca y muestra en chispas hechas de momentos una luz de fuego atado.
Y este es mi destino y mi oración hasta el anochecer en el camino.
Y cuando vuelvo a arrojar mi bulto martillado sobre la cama,
mi boca es una herida que se abre y se abduce.
desnudo le hablo a mi Dios: "Tu arduo trabajo nunca disminuyó.
La noche ahora ha caído, así que ambos descansemos ".

Aquellos que viven a través de su Virtud dicen

Ellos fueron los mejores, cantando alegremente ... y su voz es silenciada.
Hijos de la raza de David que cayeron y su espada en la mano.
Eran simples y tan queridos como el muchacho David de la familia de los pastores.
Y, o Dios! te alaban desde el suelo,
El suelo en el que están cerrados no es la tierra de la muerte.
De este tipo de tierra, Tú has creado al Hombre de la antigüedad.
De este tipo es también el Monte del Templo, el suelo y la roca.
Aquellos que te elogian de este tipo de tierra: ¡son inmortales!
No hay verdad sino la de ellos y no hay gloria sino solo la de ellos.
Y nosotros de este universo, sin ellos, somos
Viviendo a través de su virtud. Su brillo nos dota de un regalo.
Aquellos que miran su tumba dejan de ser esclavos - -


viernes, 26 de enero de 2018

POEMAS DE ALPHONSE DE LAMARTINE

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(21 de octubre de 1790, Mâcon, Francia - 28 de febrero de 1869, París, Francia)

El otoño


¡Salve, bosques que ciñen los verdores postreros!
Amarillos follajes en la hierba esparcidos;
¡salve, breve hermosura! La natura enlutada
se acomoda al dolor y me es grata a los ojos.

Ando a pasos muy lentos el desierto camino
y por última vez vuelvo a ver este sol
palidísimo y bello cuya luz expirante
ilumina a mis pies la tiniebla del bosque.

Para mí hay más encanto en la luz del otoño
cuando todo se muere a su vista empañada:
el adiós de un amigo, la sonrisa postrera
de unos labios a punto de sellarse por siempre.

Ya dispuesto a dejar la ilusión de la vida,
y llorando los sueños esfumados que tuve,
vuelvo aún la cabeza y envidioso contemplo
esos grandes tesoros de que nunca gocé.

Tierra y sol, valles, bella, mansa naturaleza,
os debía una lágrima con un pie en el sepulcro.
¡Todo el aire es perfume y la luz es tan pura!
¡Al que muere este sol le parece tan bello!

Yo quisiera apurar hasta las mismas heces
este cáliz que mezcla con el néctar la hiel;
tal vez en esta copa donde bebí la vida
pueda haber todavía una gota de miel.

El futuro quizá para mí reservaba
un retorno a la dicha de la cual nada espero.
Es posible que un alma que yo ignoro aún hubiese
comprendido mi alma, respondiendo a mis ansias...

La flor muere entregando sus perfumes al céfiro;
a la vida y al sol, éstos son mis adioses;
ahora muero y mi alma cuando expiro se exhala
como un triste sonido lleno de melodía.



El valle


Hasta de la esperanza ahora se siente hastiado
mi corazón, no quiere pedir nada al destino;
oh, tú, préstame sólo, valle de mi niñez,
el asilo de un día para esperar la muerte.

Ésta es la senda estrecha de mi valle sombrío:
llenan ambas laderas unos bosques espesos
que cruzando sus sombras curvas sobre mi frente
por entero me cubren de silencio y de paz.

Dos arroyos ocultos bajo puentes verdosos
serpenteando dibujan los contornos del valle;
un instante confunden su murmullo y sus aguas,
y no lejos de aquí ya se pierden sin nombre.

Se han perdido también de mi vida las aguas,
que se fueron sin ruido, sin retorno y sin nombre;
mas la fuente es muy límpida, y mi alma enturbiada
no ha podido espejear luz de días hermosos.

El frescor de sus cauces y su manto de sombra
me encadenan por siempre cerca de estos arroyos:
como un niño mecido por un canto monótono
se adormece mi espíritu al murmullo del agua.

Allí estoy entre muros de verdor, con un corto
horizonte ante mí que ya basta a mis ojos,
sin moverme y tan solo con la naturaleza,
sin oír más que el agua, sólo viendo los cielos.

Demasiado en mi vida he sentido y amado;
aunque vivo, ahora busco del Leteo la calma.
¡Oh lugares tan bellos, dad también el olvido!
Desde ahora el olvido ya es mi única dicha.

Corazón aquietado como el alma en silencio;
oigo apenas el ruido muy lejano del mundo
como un eco remoto que se ahogó en la distancia
y que traen los vientos al oído inseguro.

La existencia la veo como en medio de brumas
deshacerse en la sombra del pasado perdido.
Sólo queda el amor, como queda una imagen
que perdura en el alba cuando un sueño se borra.

Alma mía, reposa en este último asilo
como lo hace un viajero que camina con fe,
que se sienta a las puertas de la nueva ciudad
y respira un instante el perfume del véspero.

Sacudamos como él de los pies todo el polvo;
nunca más volveremos a andar este camino;
respiremos como él al final de la senda
esta calma que anuncia una paz que no acaba.

Tan oscuros y breves como días de otoño
son tus días que menguan como sombras del monte.
La amistad te traiciona, la piedad te abandona,
solitaria desciendes donde están los sepulcros.

Mas aquí está invitándote la natura que te ama;
piérdete en sus entrañas que ella siempre te ofrece:
aunque todo es mudanza, la natura es la misma,
como el sol es el mismo que da luz a tus días.

Ella sigue envolviéndote con sus luces y sombras,
sé insensible a los falsos bienes que ya has perdido,
ven y adora aquí el eco que adoraba Pitágoras,
presta oído con él al celeste concierto.

Con la luz sé tú el cielo, sé la sombra en la tierra;
en los llanos del aire sé aquilón volador;
con los pálidos rayos misteriosos de luna
sé cual alma del bosque en la sombra del valle.

Dios nos dio inteligencia para así concebirlo:
la natura descubre en sí misma a su autor.
Una voz en silencio al espíritu ha hablado:
¿Quién no ha oído esta voz resonar en su pecho?




Meditación sobre los muertos


Ved las hojas que ya no tienen savia
y que caen encima de la hierba;
ved el viento que se alza con su voz
gemebunda, que suena por el valle;
ved también la viajera golondrina
que roza con las puntas de sus alas
el agua adormecida del pantano;
ved al niño que vive en una choza
y que va a recoger entre los brezos
esas ramas caídas de los bosques.

Ya no se oye el murmullo de las aguas
que encantaba a las fuertes arboledas;
bajo ramas que no tienen verdor
han perdido los pájaros su voz;
el crepúsculo está cerca del alba;
apenas nace el sol a nuestros ojos
cuando va a terminar su recorrido;
antes de su final aún nos depara
claridades muy pálidas y breves
a las que llamaremos todo un día.

No se siente ya el céfiro en la aurora
bajo sus nubes de color dorado;
y el rojo del crepúsculo se muere
sobre el agua incolora de la tarde.
El mar está vacío y solitario,
le vemos como un árido desierto
en el cual no hay ni sombra de un esquife;
y con sordo sonido allí en la playa
las olas borrascosas y tardías
no son más que un murmullo quejumbroso.

La oveja que recorre las colinas
a su paso no encuentra hierba alguna;
su cordero ha dejado entre las zarzas
las lanosas guedejas que le visten;
la flauta de la música campestre
ya nunca más alegrará el hayedo
con tonadas de júbilo o de amores;
han cortado la hierba de los campos:
ved cómo acaba un año, ved también
cómo acaba en tristeza nuestra vida.

Es ésta la estación que todo troncha
por la fuerza impetuosa de los vientos;
un aquilón que viene de la tumba
siega también a todo ser viviente;
se desploman entonces por millares
como si fueran esa pluma inútil
que el águila abandona mientras vuela
cuando otras plumas nuevas han nacido
que calientan sus alas otra vez
al acercarse el frío del invierno.

En ese tiempo fue cuando mis ojos
palidecer os vieron y morir,
¡oh tiernos frutos que no quiso Dios
dejar que madurasen a la luz!
A pesar de ser joven, en la tierra
me he convertido ya en un solitario
entre aquellos que son de mi edad misma.
Y cuantas veces llego a preguntarme:
¿Dónde están los que ha amado el corazón?
la mirada se vuelve hacia la hierba.

En aquella colina está su tumba,
bien conocen mis pies este camino;
pero, Señor, su esencia que es divina,
ellos mismos, Señor, ¿están allí?
Hasta las tierras indias tan lejanas
una paloma lleva su mensaje,
y acaba por volver hasta nosotros.
La vela cruza el mar y al fin regresa.
Mas del estrecho espacio que ahora ocupan
jamás puede volver el alma suya.

Pero, ay, cuando los vientos del otoño
silban entre el ramaje ya desnudo,
cuando tiemblan las briznas de la hierba,
cuando oímos la música del pino,
cuando el doblar de la campana oscura»
deja oír sus lamentos funerarios,
en la noche y en medio de los bosques,
a cada viento que levanta el soplo,
a cada ola que muere entre los guijos,
yo pregunto: ¿No sois su voz acaso?

Al menos, si su voz siendo tan pura
es a nuestros sentidos inaudible,
sé que su alma en secreto me murmura
más íntimos acentos todavía.
En unos corazones que dormitan
los recuerdos de antaño al despertar
se agolpan tumultuosos, en tropel,
como unas hojas secas y sin vida
que vuelven a traer esas tormentas
al tronco que las tuvo entre en sus ramas.

Es una madre que maravillada
a sus hijos dispersos para siempre
desde la otra ribera de la vida
tiende brazos que un día los mecieron;
hay besos que florecen en su boca;
sobre el pecho que un día fue su cuna
su corazón a sí vuelve a llamarlos;
hay lágrimas que empañan su sonrisa,
y les dice mil veces su mirada:
¿Es que hay alguien que os ame como yo?

O es acaso una joven desposada
con corona nupcial sobre la frente
que se llevó tan sólo un pensamiento
de lo que era ser joven a la tumba.
Y que, ay, está triste hasta en el cielo,
para volver a ver a aquel que ama,
y retorna hacia él para decirle:
¡Mi tumba está cubierta de verdor!
En esta tierra que es como un desierto,
dime, ¿qué esperas? ¡Yo no estoy contigo!

O es tal vez un amigo de la infancia
que en los días oscuros de desdicha
nos prestó la benigna Providencia
como sostén de nuestro corazón;
ya no está aquí, nuestra alma es como viuda;
sigue los pasos de tan dura prueba
y nos dice movido a compasión:
Amigo, si en tu alma ya rebosa
el júbilo o acaso la aflicción,
¿quién comparte contigo todo eso?

Es la sombra muy pálida de un padre
que murió pronunciando nuestro nombre;
o es tal vez una hermana o un hermano
que anticipan sus pasos a los nuestros.
Bajo el techo de nuestra feliz casa,
con aquel que ahora llora por su ausencia,
¡ay, parece que ayer aún dormían!
Y el corazón no sabe si creer
que el gusano devora en el sepulcro
esta carne que es carne también mía.

O el niño cuya muerte tan cruel
una cuna vacía deja pronto,
y cae de los pechos de su madre
a la helada yacija de la tumba.
Todos aquellos, pues, cuya existencia
se nos arrebató un día u otro,
llevándose una parte de nosotros,
murmuran desde el polvo que los cubre:
¡Oh vosotros que veis aún la luz!
¿os acordáis tal vez de los ausentes?

Ah, sé bien que lloraros es la dicha suprema,
espíritus amados, de quien puede llorar.
Si os olvido me olvido de mí mismo también.
¿Es que no sois acaso como un pecio de mi alma?

A medida que andamos en el viaje sombrío
es más bello el paisaje del pasado feliz.
Y partida por dos se divide nuestra alma,
y la parte mejor pertenece al sepulcro.

Dios benigno, su Dios, oh tú, Dios de tus padres,
tantas veces nombrado por su boca silente,
mira ahora las lágrimas de sus rostros fraternos,
¡oh, recemos por ellos, que nos dieron su amor!

Ellos te suplicaron en su vida tan corta,
sonreían también cuando Tú les heriste;
exclamaron: Bendita sea siempre tu mano.
Oh, Dios, toda esperanza, ¿no les vas a ser fiel?

Y no obstante, ¿por qué este largo silencio?
¿Es que acaso nos han olvidado del todo?
¿Ya no pueden amar? ¡Ah, esa duda te ofende!
¡Oh, Dios mío, Tú que eres todo amor para siempre!

Pero si ellos hablasen al mortal que les llora,
si pudieran decirnos lo dichosos que son,
viviríamos antes lo que Tú nos preparas,
volaríamos antes de tu día hacia ellos.

¿Dónde viven? Di, ¿qué astro ilumina sus ojos
con fulgores perennes y más dulces que el sol?
¿Van acaso a poblar esas islas de luz?
¿O se quedan flotando entre el cielo y nosotros?

¿Es que están anegados en el fuego eternal?
¿Han perdido los dulces nombres de nuestra tierra,
esos nombres de hermana o de amante o de esposa?
¿Por qué a nuestras llamadas no responden jamás?

No es posible, Dios mío, si la gloria celeste
les hubiese borrado los humanos recuerdos,
Tú también nos quitaras su memoria en nosotros;
¿es que en vano vertemos nuestro llanto por ellos?

¡Ah, que se pierda su alma en tu seno divino,
pero que conservemos en su pecho un lugar!
Ya que antaño gozaron de lo que es nuestro júbilo,
sin su dicha jamás vamos a ser felices.

¡Oh, sí, extiende sobre ellos esa mano clemente!
Es verdad que pecaron, pero el cielo es un don.
Y sufrieron también, y ésta es otra inocencia.
Y al amar les selló el perdón de los cielos.

Fueron lo mismo que nosotros somos,
sólo polvo y juguete de los vientos.
Frágiles como siempre son los hombres,
débiles como ha de ser la misma nada.
Si sus pies a menudo tropezaron,
si sus labios pudieron transgredir
algún punto concreto de tu ley,
¡Oh Padre, oh Juez supremo, te lo ruego,
ah, no veas en ellos cómo son,
ve solamente en ellos a ti mismo!

Si remueves el polvo de los cuerpos
el polvo será nada ante tu voz.
Y si alargas la mano hacia la luz
su falsedad te manchará los dedos.
Si tus ojos divinos sondearan
los hombres, las columnas de este mundo
y del cielo verías que retiemblan;
si dijeses un día a la inocencia:
Sube a la altura a defender tu causa,
velarían su rostro tus virtudes.

Pero, Señor, sé bien que Tú posees
una inmortalidad que es algo propio.
Toda la dicha que Tú das a otro
no hace más que aumentar tu propia dicha.
Tú dijiste al sol: brilla sobre el mundo
y la luz se derrama todavía.
Tú dijiste a los tiempos que engendraran,
y dócil a tu voz la eternidad
hizo siglos y siglos por millares,
sin tregua sucediéndose hasta hoy.

Los mundos que Tú quieres restaurar
sin fin rejuvenecen ante ti,
no separas jamás ante tus ojos
el tiempo del pasado y el futuro.
Eres la vida, vives, las edades
que para tus hechuras son distintas,
para ti son iguales, son lo mismo.
Y tus labios jamás han pronunciado
ay, estas tres palabras tan humanas:
que decimos: ayer, hoy y mañana.
¡Oh, Tú, Padre de la naturaleza,
abismo y manantial de todo bien,
nada puede medirse por ti mismo!

Más, ay, no quieras Tú medirte a nada.
¡Oh, divina clemencia, te suplico
que si pesas la nada no te olvides
de echar todo tu peso en la balanza!
¡Oh, suprema virtud, triunfa, pues,
contemplándote a ti en toda virtud,
oh, sí, triunfa al querernos perdonar!



Milly o la tierra natal


¿Por qué, pues, pronunciar ese nombre de patria?
En su exilio brillante se estremece mi pecho
y resuena de lejos en el alma afligida
como lo hacen los pasos o la voz de un amigo.

¡Oh montañas veladas por la niebla de otoño,
valles que entapizaban las escarchas del alba,
sauces cuya corona deshojaba la poda,
viejas torres doradas por el sol de la tarde,

muros negros del tiempo, lomas, cuestas abruptas,
manantial donde van a beber los pastores,
gota a gota esperando aguas raras y límpidas,
con sus urnas dispuestas mientras hablan del día!

Choza que hace brillar el fulgor de la lumbre
y que amaba el viajero por humear a lo lejos,
sólo objetos, ¿o acaso tenéis alma también
que se pega a nuestra alma y a la fuerza de amar?

Yo vi cielos azules cuya noche es sin brumas,
toda de oro hasta el alba bajo un brillo de estrellas
que en su curva infinita redondeaban la cúpula
de cristal que jamás ha empañado algún viento.

Y vi montes cargados de limones y olivas
reflejar en las aguas sus inquietos perfiles;
y en sus valles profundos al impulso del céfiro
balancearse la espiga y la cepa madura;

en los mares que apenas son un leve murmullo
vi del agua luciente la ondulante cintura
apretando y soltando en sus pliegues azules
de sus riscos mellados los contornos inciertos

extenderse en el golfo como mantos de luz,
y blanqueando el escollo con sus flores de espuma
llevar hasta lo lejos de un poniente rojizo
islas» que eran el lecho como de oro del sol;

allí abriéndose a mí me mostraban sin límite
todo un mar infinito donde habita el misterio;
vi las cumbres altivas, cual del aire pirámides,
donde estío fundía el abrigo invernal,

descendiendo en peldaños hasta el fondo de valles
con laderas pobladas por aldeas y frondas,
con picachos y rocas que se yerguen, bajando
en pendientes de hierba para huir deslizándose,

mientras curvas humeantes, con un ruido de trueno
sus torrentes de espuma y sus ríos en polvo,
en sus flancos que son ya de luz ya de sombra,
con oleadas oscuras y con islas radiantes,

se ven valles profundos caros al soñador,
ascendiendo, bajando y ascendiendo otra vez,
y allí desde la raíz de sus amplias murallas,
entre abetos y robles por la tierra esparcidos,

en los lagos o espejos que a su sombra dormitan
dar sus verdes reflejos o su imagen oscura,
y en el tibio azul claro de estas límpidas aguas
ser la nieve un temblor y algo fluido los cerros.

Visité esas orillas y ese albergue divino
que la sombra del vate eligió como tumba,
esos campos que pudo la Sibila-" mostrarle,
y el Elíseo y Cumas; y a pesar de todo eso
no está allí el corazón...

Pero existe también una estéril montaña
que no tiene ni bosques ni hontanares, con una
cumbre humilde minada por la acción de los años,
que por su propio peso día a día se inclina

y que pierde su tierra derramada en barrancos
conservando un boj seco de raíz descarnada,
con roquedos a punto de caer si los pisa
con su pata ligera algún chivo nervioso.

Con el tiempo esos restos al caer han formado
como un cerro que mengua y que va escalonándose
hasta muros que sirven de pared protectora
a unos campos avaros que ha regado el sudor;

unas cepas con brazos que no encuentran sus arces
por la tierra serpean o en la arena se arrastran,
y hay zarzales en donde el zagal de la aldea
coge un fruto olvidado que disputa a los pájaros;

allí ovejas escuálidas de las chozas vecinas
ramonean dejando entre espinos su lana.
Lugar donde la música de las aguas de estío
o el temblor del follaje que sacuden las brisas

o los himnos que entrega el ruiseñor a los aires,
no conmueven el pecho ni el oído seducen,
sino que bajo un cielo que es de bronce perpetuo
la cigarra ensordece con su grito escondido.

Hay en estos desiertos una rústica casa
que recibe tan sólo de este monte la sombra,
con paredes golpeadas por la lluvia y los vientos,
con los musgos antiguos ocultando su edad.

En su umbral pueden verse tres peldaños de piedra
y allí puso el azar de una yedra las raíces
que mezclando cien veces sus enredos de nudos
con sus brazos esconde las injurias del tiempo,

y curvando en un arco sus volutas agrestes
es el único adorno de aquel rústico porche.
Un jardín que desciende por el flanco de un cerro
muestra cara al poniente un sediento arenal.

No sujeta, la piedra que el invierno ha tiznado
es el triste jalón del recinto minúsculo.
Esa tierra que hieren las azadas exhibe
sus entrañas desnudas de la hierba y la sombra;

ni esmaltadas alfombras ni el verdor hecho bóveda,
ni un arroyo en los bosques, ni frescor ni murmullo;
solamente seis tilos que el arado olvidó,
con un poco de hierba extendida a sus pies

dan en tiempo de otoño sombra tibia y escasa,
que es más grata a la frente bajo un cielo tan duro;
árboles que en sus frondas, en mi infancia feliz,
albergaron los sueños más hermosos que tuve.

En aquellos lugares que suspiran por agua
hay un pozo en la roca que el frescor nos esconde,
y allí el viejo, después, de muy largos esfuerzos,
mientras gime descansa su urna sobre el brocal;

la era donde el mayal sobre tierra pisada
bate rítmicamente las dispersas gavillas,
y la blanca paloma y el humilde gorrión
se disputan la espiga que el rastrillo olvidó;

y esparcidas por tierra, herramientas del campo,
yugos rotos y carros que duermen bajo porches,
ejes ya sin los rayos que quebró la rodada,
y la reja inservible que embotaron los surcos.

Nada alivia la vista de su estéril prisión,
ni las cúpulas áureas de soberbias ciudades,
ni la senda de polvo, ni a lo lejos un no,
ni los blancos tejados a la luz de la aurora.

Solamente esparcidos de distancia en distancia
los refugios agrestes que los pobres habitan,
junto a sendas estrechas que dispuso el desorden,
con tejados de bálago y paredes ahumadas,

se ven donde el anciano que se sienta a la puerta,
en su cuna de juncos duerme al niño que llora.
¡Una tierra sin sombra, sin colores los cielos,
unos valles sin agua! ¡Y allí está el corazón!

Éstos son los lugares, los sagrados parajes
de los cuales el alma rememora la imagen,
y que forjan de noche mis ensueños más bellos
hechizando los ojos con antiguas visiones.

Allí cada momento, cada aspecto del monte,
cada ruido que se alza por la noche en los campos,
cada mes que retorna como un paso del tiempo,
y hace verdes o mustia esos bosques y prados,

y la luna que mengua o que crece en la sombra,
y la estrella que asciende por la oscura colina,
los rebaños del monte que la escarcha ha expulsado
y que vuelven al valle con su andar vacilante,

viento, espino florido, hierba verde o marchita,
y la reja en el surco y en los prados el agua,
todo me habla una lengua que resuena aquí dentro,
con palabras que entienden los sentidos y el alma:

resonancias, perfumes, tempestades y rayos,
y peñascos, torrentes, y esas dulces imágenes
y esos viejos recuerdos que en nosotros dormitan,
que un lugar nos conservan y devuelven más dulce.

Allí está el corazón que se vuelve a encontrar;
todo allí me recuerda, me conoce y me ama.
Allí abundan amigos en todo este horizonte,
en cada árbol releo una historia pasada

y también cada piedra tiene un nombre que es suyo;
«¿qué más da que este nombre, como Palmira o Tebas,»
no recuerde los fastos de un imperio grandioso
ni la sangre vertida a la voz de un tirano

o esos grandes que el hombre llama azotes de Dios?
El lugar cuya trama nos cautiva la mente,
que aún rebosa de fastos que no olvida nuestra alma,
me parece tan grande como el campo glorioso

que fue cuna o sepulcro de un imperio inseguro.
¡Nada es vil! ¡Nada es grande! Todo el alma lo mide.
Al nombrar una choza puede un pecho agitarse,
y sobre monumentos de los héroes y dioses
el pastor pasa y silba y desvía los ojos.

He aquí el banco rústico que servía a mi padre,
y la sala que oyó su voz fuerte y severa,
cuando aquí los pastores, en sus rejas sentados,
le contaban los surcos hechos en cada hora;

o tal vez palpitante de sus días de gloria
nos contaba la historia de los regios cadalsos;
y aún viviendo el combate en que había luchado,
al contarnos su vida la virtud enseñaba.

Y el vacío lugar en que siempre mi madre,
al suspiro más leve de su casa salía
para hacernos llevar o la lana o el pan,
y vestir la indigencia o dar vida al hambriento;

y aquí están las cabañas donde su mano amante
las heridas curaba con aceite y con miel,
y muy cerca del lecho del anciano expirante
no dejaba de abrir ese libro que da

todavía esperanza al que deja la vida,
recogiendo suspiros que eran casi estertores
y llevando hacia Dios su postrera ansiedad,
y cogiendo la mano del menor de nosotros,

a la viuda y al niño, de rodillas ante ella,
les decía enjugando de sus ojos las lágrimas:
«Os doy un poco de oro, devolvedlo en plegarias.»
Y el umbral a la sombra donde nos acunaba,

y la rama de higuera que curvaba su mano,
y el estrecho sendero que cuando las campanas
en el templo lejano atronaban el alba,
tras sus pasos subíamos al altar del Señor

con el fin de ofrecerle dos inciensos muy puros
que eran nuestra inocencia junto con nuestra dicha.
Y su voz aquí mismo, muy piadosa y solemne,
nos hablaba de un Dios que en la madre sentíamos,

señalando la espiga encerrada en su germen,
el racimo que daba su brebaje aromático,
la ternera" trocando plantas verdes en leche,
y la peña agrietada por manar de las fuentes,

y la lana de oveja que a las zarzas se roba
para así tapizar dulces nidos de pájaros,
y aquel sol siempre exacto en sus doce mansiones
repartiendo en su entorno estaciones y horas,

y esos astros nocturnos salvo a Dios incontables,
mundos que el pensamiento casi no osa escalar,
enseñaba la fe hija de agradecidos,
y hacía admirar a nuestra simple infancia

que el insecto invisible a los ojos y el astro
en los cielos tenían padre igual que nosotros.
Esos brezos y campos, esos prados y viñas
tienen muchos recuerdos y sus sombras amadas.

Aquí mismo jugaban mis hermanas, y el viento
las seguía jugando con sus rubios cabellos;
allí con los pastores en la cumbre del cerro
encendía fogatas con ramaje y espinos,

y mis ojos, pendientes de las llamas del fuego
las veían ondear horas y horas enteras.
Allí contra el furor del temible aquilón
este sauce vacío nos prestaba su tronco,

y yo oía silbar en su fronda ya muerta
brisas que aún rememora como música el alma.
Y aquí el álamo está, inclinado al abismo,
que en el tiempo de nidos nos mecía en su copa,

y el arroyo en los prados cuyas aguas dormidas
lentamente inundaban nuestras barcas de caña,
y la encina, la peña, el molino monótono,
y aquel muro que al sol, en los días de otoño,

me veía sentado, cerca de los ancianos,
contemplando el crepúsculo con atenta mirada.
Todo aún sigue en pie y en su sitio renace;
aún seguimos las huellas de mi andar por la arena;

sólo un corazón falta que lo pueda gozar.
¡Ay de mí! Que la luz disminuye y se pierde.
Como espigas en la era, dispersó la existencia
lejos de la paterna heredad a los hijos,

y a la madre también, y ese hogar tan amado
se parece a los nidos de los cuales ha huido
la veloz golondrina en los largos inviernos.
Ya la hierba que crece en las losas antiguas

borra en torno a los muros los senderos domésticos,
y la hiedra, flotando como un manto de luto,
cubre a medias la puerta y hasta invade el umbral.
Tal vez pronto... ¡Oh Dios mío, oh presagio funesto!,

tal vez pronto un extraño al que nadie conoce,
con el oro en la mano del lugar se hará dueño,
oh lugares que habitan, según nuestra memoria,
tantas sombras queridas, familiares, y entonces

todos nuestros recuerdos de las cunas y tumbas,
huirán a su voz igual que las palomas
echarán a volar de su nido en el árbol
de los bosques que el hacha abatió para siempre,

y que ya no sabrán donde van a posarse.
¡No permitas, Señor, tanto llanto y ofensa!
No toleres, Dios mío, que nuestra humilde herencia
pase de mano en mano a vil precio comprada,

como el techo de gentes que vivieron del vicio,
arruinados, o el campo que fue de unos proscritos.
Que un extraño avariento venga con paso altivo
y que pise el humilde surco que años atrás

fue también nuestra cuna sobre un campo de hierba,
a expoliar a los huérfanos, a contar sus monedas
donde sólo tenía la pobreza un tesoro,
blasfemando tu nombre aquí bajo estos pórticos

donde antaño mi madre enseñaba a la voz
de sus hijos los cánticos que exaltaban tu gloria.
Ah, prefiero cien veces que entregada a los vientos
penda roto el tejado sobre el muro decrépito;

que las flores mortuorias, los espinos, las malvas,
broten entre las ruinas de los atrios deshechos.
Que el lagarto dormido allí al sol se caliente,
que en las horas del sueño Filomela allí cante,

que el humilde gorrión y las fieles palomas
allí junten en paz bajo el ala a sus crías,
y que el ave del cielo tenga allí su nidada
donde antaño durmió la inocencia en su lecho.

Ah, si el número escrito por los altos destinos
alcanzara la edad de los blancos cabellos,
ojalá, feliz viejo, allí mengüen mis días
entre tales recuerdos de mis simples amores.

Y ojalá cuando sean los benditos tejados
y estos tristes escombros para mí solamente
todo un pueblo de sombras, ojalá pueda entonces
reencontrar en los nombres, en los mismos lugares,

tantos seres amados que los ojos no ven.
Y vosotros que acaso viviréis cuando yo
sea helada ceniza, si queréis dedicarme
algo grato al recuerdo, elevadme algún día...

Pero no, no elevéis nada que me recuerde;
sólo cerca del sitio donde duerme la humilde
esperanza de aquellos que llamamos cristianos,
en los campos cavadme ese lecho que quiero,

como el último surco donde va a germinar
otra vida. Extended sobre mí un lecho herboso
que el cordero del pueblo ramonee en primavera,
donde todos los pájaros que años ha mis hermanas

consiguieron que fueran del lugar habitantes,
aquí acudan a amar y también a cantar
en mis noches tranquilas. Y para señalar
mi lugar de reposo, que despeñen rodando

de las altas montañas un fragmento de roca;
sobre todo que no haya un cincel que lo talle
ni que borre ese musgo de los días antiguos
que oscurece su cara, y que al paso de inviernos,

incrustado en la piedra, dé en sus letras vivientes
una fecha a sus años; y que no haya ni cifras
ni mi nombre grabado en tal página agreste.
Ante la eternidad toda edad se confunde,

y Aquel que con su voz a los muertos despierta,
aunque falte mi nombre sé que no va a olvidarme.
Allí bajo mis cielos, al pie de las colinas
que cubrieron antaño con sus sombras mi cuna,

junto al suelo natal, junto al aire y al sol,
con un sueño muy leve esperaré el despertar.
Mi ceniza mezclada con la tierra que me ama
volverá a tener vida incluso antes que el alma,

será verde en los prados y color en las flores,
en las noches de estío beberá los perfumes
y los llantos del aire; y al llegar de aquel día
que no tiene crepúsculo la primera centella

que podrá despertarme a la aurora sin fin,
cuando se abran los ojos volveré a ver lugares
que en mi vida adoré y que vi tantas veces,
nuestra aldea y sus piedras con el fiel campanario,

la montaña y el cauce seco de este torrente,
y los campos resecos; y juntando ante mí
con la nueva mirada tantos seres queridos,
cuya sombra dormía aquí cerca entre escombros,

mis hermanas, un padre y una madre que es alma,
no dejando cenizas que conserve la tierra,
igual que el viajero desembarca y dirige
al navío miradas en las que hay gratitud,

nuestras voces dirán al unísono entonces
a todo este lugar que rebosa delicias
nuestro único adiós ya sin mezcla de lágrimas.



Tristeza


Devuélvame, decía, a la afortunada orilla
donde Nápoles reflexiona en un mar de azul
sus palacios, sus laderas, sus astros sin nube,
donde el naranjo florece bajo un cielo siempre puro.
¿ Que tarda? ¡ Vayámonos! Todavía quiero ver de nuevo
Vesubio encendido saliente del pecho de las aguas;
quiero de sus alturas ver levantarse la aurora;
Quiero, guiando del que adoro,
volver a bajar, soñando, de estas risueñas laderas;
Soy en los rodeos de este golfo tranquilo;
regresemos sobre estos bordes a nuestros pasos tan conocidos,
a los jardines de Cintia, a la tumba de Virgilio,
cerca de los pedazos dispersos del templo de Venus:
Allí, bajo los naranjos, bajo la vid florida,
cuyo pámpano flexible en el myrte se casa,
y trenza en tu cabeza una bóveda de flores,
al ruido dulce de la ola o del viento que murmura,
sólo con nuestro amor, sólo con la naturaleza,
la vida y la luz tendrán más dulzuras.

De mis días pasados la antorcha se consume,
se apaga por grados al soplo de la desgracia,
O, si lanza a veces una luz débil,
es cuando tu memoria en mi pecho lo vuelve a encender;
no sé si los dioses me permitirán por fin
terminar aquí abajo mi día penoso.
Mi horizonte se limita, y mi ojo incierto
atrévete a extenderlo apenas más allá de un año.
Pero si hay que perecer por la mañana,
si hace falta, sobre una tierra a la felicidad destinada,
dejar escapar de mi mano
esta copa que el destino
parecía tener para mí de rosas coronada,
les pido a los dioses sólo guiar mis pasos
hasta los bordes que embellece tu memoria querida,
de saludar de lejos estos afortunados climas,
y de morir a los lugares donde probé la vida.




Vieja canción inglesa

                             I dare not ask a kiss
Ni un beso... ni siquiera una sonrisa
he de pedirte yo.
Con la dicha de un beso de tus labios
no ha soñado jamás mi corazón.

¿Sabes tú lo que quiero, lo que ansío
en mi amoroso afán?
Sólo besar el aire embalsamado
que con tus alas te besó al pasar

Versión de Ismael Enrique Arciniegas




jueves, 25 de enero de 2018

CHARLES MARIE RENÉ LECONTE DE LISLE

Resultado de imagen para CHARLES MARIE RENÉ LECONTE DE LISLE 
22 de octubre de 1818, Saint-Paul, Reunión - 17 de julio de 1894, Voisins-le-Bretonneux, Francia

De los modernos

” Vivís en rebeldía, pero sin sueños, sin destino,
más viejos, más decrépitos que este mundo infecundo,
castrados desde la cuna por el siglo asesino
de todo ardor noble, vigoroso y profundo.

Vuestra mente está tan vacía como vuestro sino,
y habéis mancillado este miserable mundo
con una sangre corrompida, con un aliento dañino,
y la muerte crece sola en este fango inmundo.

Hombres, cazadores de dioses, cerca los tiempos están,
donde los grandes pilares de oro se enlodarán,
donde el fértil sol roerá las más grandes rocas.

Impávidos en el día y en la noche sin remedio,
nacidos en la estulta nada del supremo tedio,
morís estólidamente cuando abrís vuestras bocas. ”

El colibrí

” El verde colibrí, rey de las colinas,
Viendo la aurora y el sol claro
Brillar en su nido de hierbas finas,
Como fresco rayo del aire escapado.

Alzó el vuelo por las fuentes vecinas,
Donde siente el bambú el mar azaro,
Donde la Asoka de fragancias divinas
Y al corazón un relámpago ha dado.

Hacia la dorada flor desciende, se posa,
Liba tanto amor en la copa de la rosa,
Que muere salado, sin agotarla, tal vez.

En tu labios puros, ¡oh, mi bien amado!
¡Cómo el alma que quiso perecer
Del primer beso que la ha perfumado! ”

El Eclesiastés

” Un perro vivo vale menos -el Eclesiastés ha contado-
Que un león muerto. Excepto, ciertamente, comer y beber,
Todo es sombra, humo. El mundo es viejo para permanecer,
La náusea de vivir el sepulcro negro ocupado.

En las antiguas noches, de cara a los cielos, he mirado
Desde lo alto de la torre, como un promontorio, oler
En el silencio; a lo lejos, dejad de mirar a los ojos, caer
En la sombra de tu trono de marfil como he soñado.

Viejo amante del sol que lloráis de esta manera,
La inevitable muerte es, también, una mentira fiera.
¡Dichosos los que se adentran en ella en un solo paso!

Yo, como siempre, escucho espantado la autoridad
En la embriaguez y el horror de la inmortalidad,
El largo rugido de la Vida eterna y su fracaso. ”

Fiat Nox

” La muerte universal parece un flujo marino,
Tranquilo o furioso, ni lento ni apresurado,
Que se eleva, ola tras ola, rugiente, rodado,
Y en los altos peñascos pasa el tiempo anodino.

Si la felicidad de este vano mundo sin desatino
Se vive, si es un siglo sin fin el día angustiado,
El tormento y la dicha serán sueño de lo soñado
Cuando nuestro pie tropiece con el abismo divino.

¡Oh corazón del hombre, oh tú, mártir miserable
Que corroes el rencor y el amor has de agotar,
Tú que besas tu cadena y que libre quieres marchar!

¡Mira! ¡La ola sube y viene para devorarte!
¡Tu infierno, en la negra marea, se ha extinguido,
Derramando tu sombra sagrada en el olvido! ”

La muerte del león

” Siendo vieja alma de aire libre, sedienta
de la sangre negra de los bueyes, de mirar
desde lo más alto a las llanuras y al mar,
y de rugir en paz, libre en soledad cruenta.

Pero como condenado que pudre su osamenta
en el infierno, por el placer de la infinidad,
fue atrapado en la jaula de hierro fatal,
aunque pretendió escapar de tal afrenta.

Su horrible suerte, en fin, no pudo resolver;
la muerte se llevó su espíritu vagabundo,
pues había dejado de comer y de beber.

¡Oh, frágil corazón, víctima de la rebelión!
¿Por qué vuelves jadeante a la jaula del mundo?
¡Libérate! ¡Y haz lo que hizo este león! ”

La muerte del sol

” El viento de otoño, los ruidos lejanos de los mares igual,
llena de despedida solemne, de quejas desconocidas,
equilibrio tristemente a lo largo de las avenidas
¡Los macizos pesados enrojecidos de tu sangre, oh sol!

Las hojas en remolinos despega los desnudos;
y vemos oscilar, en un río bermejo,
a las aproximaciones de tarde inclinados al sueño,
de grandes nidos teñidos de púrpura al cabo de las ramas desnudas.

¡Cae, Astro glorioso, fuente y antorcha de día!
Tu gloria en manteles de oro que fluye de tu herida,
Así como de un pecho poderoso cae un amor supremo.

¡Muere pues, renacerás! La esperanza está segura de eso.
Pero quien reanimará la llama y la voz
¿Al corazón quién se estrelló por última vez? ”


Paisaje polar

” Mundo muerto, espuma inmensa de mar clandestino,
Abismo de sombra estéril, fulgores espectrales,
Pihuelas convulsivas estiradas en espirales
Que la niebla amarga hace perder amino.

Un ávido infierno, cielo rugoso en remolinos,
Donde se oyen los sórdidos clamores sepultares,
Las risas, los sollozos, los llantos agudos fantasmales
Que un viento siniestro arranca del clarín mortecino.

Corroídos por olas voraces, sobre las altas cimas,
Congelados en su sueño frío y cadavérico,
Duermen los viejos dioses de las antiguas culturas;
Y los grandes osos, blanqueados por nieves grimas.

Aquí y allá, mecieron sus cuellos epilépticos,
Ebrios y monstruosos, babeando lujurias oscuras. ”


A un poeta muerto


Tus ojos erraban, alterados por luz,
del color divino al contorno inmortal
y de carne viva al esplendor del cielo,
duerme en paz en la noche que sella tu párpado.

¿Ver, entender, oler? Viento, humo y polvo.
¿Gustar? La copa de oro contiene sólo la hiel.
Así como un Dios lleno de aburrimiento que deja el altar,
vuelve y dispérsate en la materia inmensa.

Sobre tu mudo sepulcro y tus huesos consumidos
qué otro vuelque o no las lágrimas acostumbradas,
qué tu siglo común te olvide o te renombre;

Te envidio, en el fondo de la tumba tranquila y negra,
de ser liberado de vivir y no saber más,
de la vergüenza de pensar y el horror de ser un hombre.


El sueño del jaguar


Bajo caoba negra, vides en flor, 
En el aire pesado, inmóvil y saturado de moscas, 
Cuelgue y, envolviéndose entre los tocones, 
Rock el loro espléndido y pendenciero, 
Araña con espalda amarilla y monos salvajes. 
Aquí es donde el asesino de bueyes y bueyes 
A lo largo de los viejos troncos muertos con corteza de musgo, 
Siniestro y cansado, regrese a pasos iguales. 
Él va, frotando sus músculos musculosos que él cojea; 
Y, desde la enorme boca de sed, 
Un aliento ronco y breve, una sacudida repentina, 
Problemas con los lagartos grandes, los fuegos calientes del mediodía, 
Cuyo escape chispea a través de la hierba roja. 
En una madera oscura y vacía prohibida al sol 
Él se hunde, acostado en una roca plana; 
Con una larga lamida, azota su pata; 
Parpadea sus dorados ojos aturdidos por el sueño; 
Y, en la ilusión de sus fuerzas inertes, 
Moviendo su cola y temblando sus flancos, 
Él sueña que en medio de plantaciones verdes, 
Él empuja sus uñas goteando 
En la carne de toros asustados y bramando.