lunes, 2 de octubre de 2017

POEMAS DE PROPERCIO

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(47 a. C., Umbría, Italia - 14 a. C., Roma, Italia)

"A Cintia ausente"

Aunque a pesar mío, Cintia, te alejas de Roma,
me alegro de que sin mí habites campos apartados.
Ningún joven seductor habrá en esas tierras castas
que, con sus halagos, no te permita ser virtuosa;
ninguna riña surgirá al pie de tus ventanas,
ni harán tu sueño desapacible las llamadas nocturnas.
Sola, Cintia, estarás, y solos contemplarás los montes,
los rebaños, los predios del pobre labrador.
No podrán corromperte allí los juegos ni los templos,
motivo más frecuente de todos tus pecados.
Allí constantemente mirarás los bueyes arando
y la viña que pierde su follaje bajo la hábil podadera;
y allí llevarás un poco de incienso a un tosco santuario,
donde un cabrito se desplomará ante un rústico altar.
Luego imitarás, con las piernas desnudas, las danzas del país;
¡con tal que todo esté protegido de las miradas de hombre extraño!
Yo, por mi parte, cazaré. Me agrada ahora ya emprender
los ritos de Diana y dejar los votos de Venus.
Comenzaré tendiendo trampas a las fieras,
colgando cuernos como trofeo en los pinos,
aguijando a los perros temerarios con mi propia voz.
Con todo, no me atrevería a atacar enormes leones
o a llegar, ligero, muy cerca de los salvajes jabalíes.
Ya es audacia bastante para mí capturar tiernas liebres
y atravesar con mis flechas pájaros por donde el Clitumno
reviste sus hermosas corrientes con arboleda propia
y lava con sus ondas los níveos bueyes.
Cada vez que algo intentes, mi vida, acuérdate
de que me reuniré contigo dentro de breves días.
Si lo recuerdas, ni los bosques solos,
ni las errabundas corrientes que fluyen
por las musgosas cumbres, podrán impedir
que repita tu nombre con incansable lengua;
pues todo y todos están dispuestos a hacer daño
a un amante ausente.

MIENTRAS TÚ, PÓNTICO, CANTAS LAS LUCHAS FATALES DE LA TEBAS…

Mientras tú, Póntico, cantas las luchas fatales de la Tebas
de Cadmo y la guerra fratricida y –¡ojalá me sintiera feliz así!–
rivalizas con Homero, príncipe de los poetas
(siempre que los hados sean propicios a tus versos),
yo, como acostumbro, me dedico a mi poesía de amor
y busco algo con que doblegar a mi altiva dueña;
y se me obliga a ser esclavo no tanto de mi inspiración como de
mi dolor y a lamentar los días penosos de mi juventud.
Así transcurre mi manera de vivir, así es mi renombre,
de esa forma deseo que se extienda la fama de mis versos.
Que de mí alaben tan sólo haber agradado a mi culta amada,
Póntico, y haber soportado a menudo injustas amenazas;
que después me lea asiduamente el amante desdeñado
y séale útil el conocimiento de mis desgracias.
Si a ti también este niño te hiriera con su arco certero
(y espero que nuestros dioses, ay, no lo deseen),
llorarás desgraciado cuando, lejos los campamentos, lejos
los siete ejércitos, sean sordos a tu llamada en eterno olvido;
y en vano desearás componer versos enternecedores
ni Amor, ya tardío, te inspirará poemas.
Entonces ya no me verás más como un poeta de estilo ligero,
entonces me antepondrás a los romanos dotados de vena poética;
y los jóvenes no podrán guardar silencio en mi sepulcro:
AQUÍ YACES, POETA GRANDE DE NUESTROS AMORES.
Tú no desprecies con tu orgullo mis poesías:
cuando Amor llega tarde, cobra un interés exorbitante.
Traducción de Antonio Ramírez de Verger.

Elegía 1, 1




Cintia, fue ella la primera, me atrapó con su mirada,

pobre de mí, que fuera antes inmune a los deseos.

Bajó Amor luego la altivez constante de mis ojos

y aplastó mi cráneo bajo el peso de sus pies.

Llegó a enseñarme a rehuir a las chicas honestas,

malvado, y a vivir sin sentido.

Y este furor mío no remite todo un año,

aunque me fuerzo a tener a los dioses contra mí.

Milanión, sin rehuir, Tulo, esfuerzo alguno,

sometió la fiereza de la impasible Jásida.

Pues ya erraba insensato por los valles Partenios,

e iba a enfrentarse con las fieras hirsutas;

él, incluso, herido por la clava de Hileo,

gimió su dolor por las rocas Arcadias.

Logró así dominar a la chica veloz:

Implorar vale tanto en amor como una heroicidad.

En mi caso, Amor inepto no pergeña ya artimañas

ni sabe. como antes, seguir senderos seguros.

Mas vosotras, que exhibís la falacia de que os lleváis la luna

y os esforzáis en fuegos mágicos rezando encantamientos,

¡Cambiad, venga ya, el pensar de mi dueña

y haced que su rostro palidezca más que el mío!

Así he de creer que estrellas y torrentes

podéis conducir con cantos Citeinos.

Y vosotros, que me ayudáis tarde en mi caída, amigos,

buscadle un remedio a mi corazón enfermo.

Hierro y fuegos crueles aguantaré fuerte,

si, al menos, puedo expresar libremente mi ira.

Llevadme entre pueblos recónditos, llevadme por mares,

donde mujer alguna sepa mi paradero:

Vosotros quedáos, que un dios os atiende con fácil oído,

y vivid para siempre por parejas en controlado amor.

A mí, nuestra Venus me somete a noches de amargura

y Amor, en calma, no se va de mí un momento.

Guardáos, os lo advierto, de este mal; controle a cada uno

su cuita y no cambie el objeto de su amor constante.

Que si alguien tarda en prestar atención a mis consejos,

¡Con qué dolor profundo ha de pensar en mis palabras!



Elegía 1, 6




Ya no temo conocer contigo el mar de Adria,

ni por aguas Egeas llevar mis velas, Tulo,

con quien puedo subir a los montes Rifeos

y pasar al otro lado las tierras de Memnón;

mas me impide marchar la voz de una chica en mis brazos,

y sus ruegos severos a veces, mudada la color.

Ella me arguye su pasión toda la noche,

y gime que no hay dioses si la dejo;

dice que ya no es mía, me amenaza,

lo que una amante triste a su hombre ingrato.

Yo no puedo resistir un momento sus quejas:

¡Muérase quien pueda amar con indolencia!

¿Tanto me vale conocer la docta Atenas

y admirar las arcaicas riquezas de Asia?

¿Y que así me organice un escándalo al zarpar la nave,

Cintia, y se arañe la cara con mano histérica,

y diga al viento opuesto que le deben besos,

que no hay nada más cruel que un hombre desleal?

Tú prueba a superar los fascios logrados por tu tío,

y recuerda a nuestros aliados las viejas leyes que olvidaron.

Pues nunca has dedicado tu tiempo a amar,

tu cuita ha sido siempre las armas de tu patria.

¡Que ese niño no te acarree nunca mis penas,

ni todo lo que mis lágrimas han conocido!

Déjame, a quien siempre quiso humillar la fortuna,

que entregue mi ánima a la última abyección.

Muchos han muerto a gusto en su amor eterno,

en cuyo número también me ha de cubrir la tierra.

Yo no nací destinado a loas ni a guerras:

Los hados quieren que sufra esta milicia.

Tú irás por donde se extiende la tierra Jonia, o por donde

la Lidia arada tiñe el agua del Pactolo,

a sesgar la tierra con tus pies o el ponto con tus remos;

tendrás parte en la forja de un imperio:

Entonces, si tienes un momento para recordarme,

sabrás que vivo bajo una dura estrella.

Elegías II,  1




Os preguntáis por qué describo amores tantas veces

por qué a mis labios llega siempre una obra dulce.

Ni Calíope ni Apolo me los cantan.

Mi propia amiga excita mi imaginación.

Si la haces pasear deslumbrante en túnica de Cos,

sobre túnicas de Cos tratará todo el volumen;

si veo que su pelo despeinado le salpica la frente,

le gustará ensoberbecerse por mis loas a sus cabellos;

si sus dedos de marfil tocan en la lira una canción,

me admiro del arte que imprime a sus manos dóciles:

Si declina su mirada en pos del sueño,

halla mil nuevos temas mi poesía.

Si arrebato sus ropas y, desnuda, me hace frente,

entonces compongo extensamente auténticas Ilíadas:

Haga lo que haga, diga lo que diga

de una nimiedad nace una historia desmedida.

Pues, si los hados, Mecenas, me hubieran concedido

que pudiera guiar al combate tropas heroicas,

yo no cantaría a los Titanes, ni sobre el Olimpo

al Osa, para llegar por el Pelión hasta los cielos,

ni a la antigua Tebas, o a Pérgamo, fama de Homero,

la unión de dos mares por orden de Jerjes, o el primer

reino de Remo o el valor de la altiva Cartago,

la amenaza de los Cimbrios y las gestas de Mario:

Recordaría las hazañas guerreras de tu César, y tú,

tras el gran César, serías mi segundo tema.

Pues cuantas veces Módena o las piras civiles de Filipos

cantara, o la guerra naval con Sicilia en fuga,

o los lares destruidos a la antigua raza Etrusca,

o la toma de las costas del faro Tolomeico,

o cantara a Egipto y su Nilo cuando arrastrado

a la ciudad, iba débil con siete brazos cautivos,

o a la cerviz de reyes circundadas por grilletes de oro,

o las proas de Accio avanzando la vía sacra;

siempre asociárate mi musa a aquellas gestas,

perdida la paz o recobrada, caudillo fiable:

Teseo en el infierno es mi testigo, y en la tierra

Aquiles, él con el Ixionida, éste con el Menotiada.



***

 Mas ni la guerra contra Zeus de Flegreo y Encelado

ha de entonarse en el pecho delicado de Calímaco,

ni mi sensibilidad se aviene a un verso enérgico,

que fije el nombre de César entre sus ancestros Frigios.

De vientos el marino, de bueyes habla el labrador,

cuenta el soldado sus heridas, el pastor sus ovejas;

Yo prefiero contar las refriegas de mi justo lecho:

cada uno pase el día en la actividad que pueda.

Loa es morir enamorado; otra loa, si se logra

de un solo amor gozar: ¡que goce yo solo del mío!

Ella suele hablar mal, si no yerro, de las chicas ligeras;

y no aprueba del todo la Ilíada por Helena.

Si Fedra es mi madrastra y he de probar sus venenos,

no afectarán los venenos a su hijastro, o si debo

caer bajo los filtros de Circe, o si la Cólquida

me hierve su caldera en fuegos de Yolcos,

que una sola mujer ha apresado mis sentidos

y han de sacar mis restos de su casa.

Cualquier medicina sana los dolores humanos:

sólo al amor no le gustan los médicos.

Macaón sanó las piernas heridas de Filoctetes,

el Filírida Quirón los ojos de Fénix,

y el dios de Epidauro, con hierbas Cretenses,

devolvió a Androgeo de la muerte a su hogar patrio;

el joven Misio que se sintió herido por Hemonia

espada, de la misma espada sintió su curación.

Mas si alguien logra corregir mi daño, él sólo

podrá poner frutos al alcance de Tántalo;

él llenará a las vírgenes las tinas con sus cántaros,

no pese el agua para siempre en sus tiernos cuellos;

él soltará también a Prometeo de la roca Cáucasa

los brazos y echará al ave del centro de su pecho.

Pues, cuando los hados reclamen mi vida

y sea un breve nombre sobre un poco de mármol,

Mecenas, esperanza que admira nuestra juventud,

gloria que hace justicia con mi vida y mi muerte,

si un día tus pasos te acercan a mi tumba,

frena tu carro Britano de armazón cincelado,

y dile así llorando a mis cenizas mudas:

«Una chica insensible fue el hado de este infeliz.»


Elegías 1




2

¿Qué sacas de andar, vida mía, con el pelo enjoyado
y ondular pliegues trasparentes en túnica de Cos?
¿Qué de esparcir por tu cabeza mirra del Orontes
y hacerte tributaria de modas extranjeras,
perder tu encanto natural con afeites comprados
sin dejar que brille tu cuerpo por sus propios méritos?
Créeme, no exige maquillajes tu belleza:
no gusta a Amor desnudo quien amaña su presencia.
Mira qué colores emite la tierra radiante,
cómo nacen mejor las hiedras por su cuenta
y crecen las matas más robustas en valles solitarios
y el agua sabe seguir su curso sin ayuda.
En la playa, atrae el colorido de sencillos guijarros
y las aves cantan bien dulcemente sin normas.
Febe, la Leucípida, no apasionó así a Castor,
ni su hermana Hilaira a Pólux, con afeites;
ni a Idas le enconó otrora con Febo su pasión
por la hija de Eveno, a orillas de su padre;
ni se atrajo su marido Frigio con falso candor
Hipodamia, llevada sobre ruedas extrañas:
Mas sus rostros presentábanse libres de gemas,
cual se exhibe el color en las tablas de Apeles.
No ansiaban vulgarmente atraerse amantes:
bastante belleza les daba su modestia.
Yo no temo ya ser para ti más vil que todos esos:
Si una chica gusta a un hombre bien ornada está;
sobre todo si Febo te dona sus poemas,
Calíope su lira Aonia de buen grado,
y tus palabras seductoras tienen gracia especial,
todas esas cosas que aprueban Venus y Minerva.
Con ellas, serás siempre lo más grato de mi vida,
mientras te hastíen esas míseras ostentaciones.



3



Cual yació, al zarpar la nave de Teseo,
lánguida la Cnosia en la playa desierta;
cual durmió su primer sueño la Cefea
Andrómeda, ya libre de las duras rocas;
cual Edónida cansada de danzas incesantes
cae sobre el césped Apidano;
vi a Cintia respirar muelle quietud
reposando su cabeza sobre manos indolentes.
Yo arrastraba ebrios efluvios por abusar de Baco,
blandían antorchas los esclavos en la noche cerrada.
Sin perder el sentido por completo, probé a acercarme
a ella y me senté dulcemente en su cama;
y, aunque me impulsaban, arrastrado por un doble ardor,
a la vez Amor y Líber, dos crueles dioses,
a deslizar mi brazo con cuidado y tocarla inconsciente,
a disponer mis fuerzas e iniciar a besos el combate,
no osaba turbar la calma de mi dueña,
por miedo a sus broncas de fiereza bien probada.
Mas seguía yo quieto mirándola con ojos atentos,
como Argos los cuernos extraños de la Ináquida.
Ya me quitaba guirnaldas de la frente
y las ponía, Cintia, en tus sienes.
Ya me entretenía en retocar tus cabellos deslizados
y dejaba algún fruto furtivo en la palma de tu mano.
Derrochaba toda clase de presentes a tu sueño ingrato,
presentes que, al volverte, rodaban a veces de tu regazo;
cuantas veces emitías suspiros con gesto inusual,
creía, preocupado por vanos auspicios,
que alguna pesadilla te causaba insólitos temores,
que alguien, por la fuerza, te obligaba a ser suya.
Hasta que la luna pasó ante tus ventanas,
luna aplicada de minuciosa luz
y abrió con sus rayos ligeros tus apretados párpados.
Y me dijo con el codo apoyado en su blando lecho:
«¿Por fin te devuelve a mi cama la ofensa de otra,
que te ha echado de casa y te cierra su puerta?
¿Dónde has consumido largas horas de mi noche,
ay de mí, hasta cansarte, al fin de las estrellas?
¡Así llegues a pasar, rufián, las mismas noches
que siempre me haces soportar, pobre de mí!
Poco ha que engañaba mi sueño con hilo púrpura
y cantaba, rendida, después con la lira de Orfeo;
entretanto, abandonada, me quejaba en susurros
del tiempo que pasas tantas veces en amores extraños:
luego el sopor me llevó desfallecida en sus alas felices.
Así acabó la cuita de mis lágrimas.»

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