martes, 24 de marzo de 2026

POEMAS DE EDEL MORALES - DESDE NUESTA AMADA CUBA -


ANTES DEL BIG CRUNCH

 

 El Universo expande la finitud de sus cuerdas.

No hay bordes. Es de noche alrededor.

Y de estos versos —escritos para precisar un instante—

nada quedará, finalmente.

Lo sé, intentan una imagen imposible del suceso.

Perdura en ellos la magia antigua del cazador,

su fiebre por encontrar la huella en la espesura,

su destino entre el bien y el mal.

Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,

demasiado vergonzantes para una escritura

sumergida en el smog y en la frialdad de la época contemporánea.

Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.

Nada quedará de su impulso cegador. Nada

de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda.

Es de noche. El Universo se expande. No hay bordes.

Pero sí finitud en las cuerdas

y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño.

En esa fría indeterminación hago lecturas.

En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa

y sucesivos— y traduzco para un amigo estos versos:

hechos con una rara claridad que los condena

y los aleja de cualquier estética al uso.

Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.

Lo sé. Como sé que ninguna sustancia

escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.

Ni siquiera la luz.

 

 

AYER, MIENTRAS LEÍA A BORGES

 

 Ayer, mientras leía a Borges,

pensé de un modo diferente la tristeza.

El polvo al pie de las murallas

era el polvo apagado en una tarde de verano,

pero en la página viva

fue el pulso intemporal de una escritura

—suspendida desde antaño

entre el musgo y las losas de mármol—

y fue también la huella manifiesta de un origen

—perdida bajo el agua

en la memoria de cien generaciones—.

Nada de lo que llamamos real

hizo que pensara la tristeza de un modo diferente

—la vida es ahora virtual y distante

y débil es el pensamiento de la época, you know—.

Al pie de las murallas gocé tu desoladora belleza

y la belleza del mar recomenzando,

pero no deseaba en verdad un modo diferente

—la vida es ahora una copia

y tu cuerpo repetición de otros cuerpos

pasados y por venir—.

Los magníficos dramas hicieron a los griegos eternos

y a Shakespeare un hombre obligado y libre

—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:

en la tensa plenitud de su tiempo,

o en los espacios congelados de las videocintas,

el mito digital y la imagen—.

Nada en el mundo físico anunció el sentido

de aquella revelación; pero ayer, mientras leía a Borges

—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—

pensé de un modo diferente esa humana tristeza

y la serenidad y el oro de una página.

Tomado de:

https://elreporteroliterario.bigpress.net/texto-diario/mostrar/4969990/serenidad-oro-pagina-poemas-edel-morales-poesia-cubana-contemporanea

 

 

GASTADAS IMÁGENES DE ANTAÑO

 

 

Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

Costas de La Habana, abiertas

en los días de invierno de mil novecientos noventa,

que la tristeza no me obligue a ser otro.

Gastadas imágenes de antaño:

la piel de manzana de las niñas en un auto azul

y el ojo irónico de los hijos de Occidente

con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.

Costas de La Habana, dispuestas para el viaje

en las noches más frías de enero,

que la tristeza no me lleve a morir en las playas.

Que la tristeza no me impulse hacia el mar.

 

 

LOS TEXTOS ESCOGIDOS

 

Después un amigo me envió unos textos de Borges.

Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo,

encuadernadas con el escaso papel de bodega que pudo pagar.

Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte

estaban las palabras, la ruidosa inocencia

de un gesto de juventud que descreía del fracaso

y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas.

Eran apenas cinco o seis los textos escogidos

 —una muestra ambiciosa y humilde, supe luego—,

entre los mil y un poemas que Borges tradujo,

mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del Sur.

 

Cafés de Palermo Viejo, calle Florida, certidumbre

y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.

Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,

la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la ciudad.

El primer puente de Constitución y a mis pies

el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales infinitos,

las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:

Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,

precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.

Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,

una inteligencia otra inteligencia,

una sensibilidad otra que vuelve en mi memoria circular.

 

Un idioma es una tradición, un modo de sentir la realidad.

Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia

que nos haga recordar los textos escogidos.

Tú buscas en los numerosos stands

cuál tipografía hará el milagro de eternizar

una circunstancia que sé azarosa y frágil.

En esos movimientos de mi vida adivino los Límites

de El otro, el mismo; Lo perdido de El oro de los tigres.

Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la claridad:

las palabras que intento para ti son también palabras

que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.

Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su libro y el tuyo.

 

 

DENTRO DE MIL O CINCUENTA AÑOS

 

Es por la felicidad que escribo estas cosas.

Los discos, el ocaso, las monedas, la espera

interminable bajo la sombra apacible de los árboles.

La silueta, ligeramente inclinada y sola,

de una muchacha hermosa que todas las tardes a las seis,

tiende su ropa del día en los balcones blancos.

El silencio de las balsas que salen al mar

y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa

que habitaron, agitando sus manos en el agua.

Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.

Como esos pescadores que en el interior de sus botes

recogen el nailon y lo lanzan y ven pasar la luna

sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—

miro pasar la historia bajo la sombra apacible

de los árboles, y escribo estas levedades.

La profundidad del azul en el ojo del pez

me ofrece los mejores motivos.

No la fuerza con que el viento arrastra

cuando penetra en las ciudades del Golfo.

No el movimiento de las batallas que enrojecen el cielo,

haciendo más visible el sentido trascendente de las palabras.

Escribo estas levedades para noches aún lejanas.

Para la felicidad de sorprenderme un instante

—dentro de mil o cincuenta años—

mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,

mientras el ocaso, las monedas, los discos

giran su espera interminable en el aire del mar.

Distinto en dolor a las balsas que parten

y a esos pasajeros que en silencio agitan sus manos,

intentando vanamente retener una costa

que ya para siempre se aleja.

 

 

NEGROS CON NOVIAS EN LA TARJA DE LEZAMA

  

 

Reclinados en la tarja de Lezama,

negros con novias estremecen Trocadero:

las tutean, las convidan, las abrazan,

se entregan con pasión a la más próxima.

Negros con novias en la tarja de Lezama,

en la paciencia semejante de un Espejo

que deambula su oquedad a ras del piso.

Negros con novias estremecen Trocadero

en la calle viva para todos los que ahora

fijan en las fotos la imagen de lo alterno.

Lo han hecho bien esta tarde y aún lo viven:

la vista es la constancia de su voz en la salita

del vecino, más caliente cada día, desgastada

por el clima fuerte y los olores de abandono;

la evidencia digital de un tiempo en fuga

hacia la noria permanente del mañana.

Negros con novias entre el humo del tabaco

y los zeppelines del año que acompañan ese ron

añejo ya anunciado, ya servido y tasado con pericia

su bouquet en el muro y los portales del Deuville.

Negros que abrazan a sus novias de postal,

suficientes ellas mismas, proyectivas y sinceras,

blanconazas duras de una estirpe liberada

que se pegan sin dobleces y prometen el disfrute,

la certeza de algo limpio en este día de Lecturas:

Mujeres con negros en la tarja de Lezama,

fijando inalterables su presencia en Trocadero;

mujeres que comparten el gusto de vivir al tope

con el trazo en su memoria de jardines invisibles;

mujeres de buen ver, sumergidas en el tiempo

y en la risa para irse con los negros a la costa,

a las rocas de este mar citadino de Galiano

donde otras blancas, otros negros, otras y otros,

acoplan en su lente la postal imaginada

antes de irse a la noche insular que sobreviene:

en su horizonte el sol penetra un agua en calma

para después seguir con su paso en el abismo.

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2011/08/novedades-editoriales-seis-poetas-cubanos/

 

 

VIENDO LOS AUTOS PASAR HACIA OCCIDENTE

 

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,

se quedan vacías en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo

y una paz, una extraña y larga ausencia,

llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.

Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,

semejan un set, cuidadosamente preparado,

que espera el regreso de los actores para continuar la filmación.

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba

todo es ausencia y espera en los meses de invierno.

Yo he vivido esa pesada quietud.

Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,

viendo los autos pasar hacia Occidente.

Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros

pasar gustosa hacia otro hombre.

 


TERCERA MIRADA A LA PSICOLOGÍA DEL POEMA

 

Escojo palabras en la claridad del día.

Sé que es inútil —el resplandor,

los claroscuros, la más profunda sombra.

Quise un cuerpo limpio y fuerte.

Quise caminar por el país.

Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.

Escojo pedazos de agua en la claridad del día.

Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,

mi tristeza de niño frente al acero de las armas.

Ustedes no conocerán la historia.

Yo quisiera estar (sentado) en el suelo de una casa con varias maravillas al

alcance de la mano: una bebida fresca y excitante, una música que ayude a

caminar por el país, el brazo izquierdo y suave de una muchacha largamente

conocida, y las voces de mis (nueve) amigos más queridos y leales. Yo quisiera

que algún narrador contara por mí las dos historias.

Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.

Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,

la inocencia de un niño frente al peso de la Historia.

Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre.

Veo pasar imágenes (superpuestas) del resplandor,

los claroscuros, la más profunda sombra.

Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día,

y escribo mi esperanza de que algún narrador pueda contar la historia.

Y gozo decir: Buenas noches, y no olviden.

 

 

CORTE DE LUZ

 

Toda la noche la casa ha estado vacía.

Viajaba en esa oscuridad: Babilonia, Atenas, el Cuzco

(ciudades que invitan a vivir otra vida

en calles trazadas para el ejercicio y el goce del amor).

Echado en la cama durante toda la noche

mira al techo vacío de la casa:

es blanco y está totalmente limpio de significados.

Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,

tanta posibilidad en las preguntas

que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.

Barcelona, Buenos Aires, La Habana

(ciudades que ha visto pasar desde siempre

en el tiempo de la meditación que impone una casa apagada

—ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas, ni demasiado iguales),

invitándolo a vivir una vida distinta

en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la libertad.

Las mira desvanecerse mutuamente

después de habitar en ellas durante muchas horas.

Sabe que volverán en el próximo corte de luz.

Como vuelve en el techo iluminado de la casa

el tiempo de la realidad y de la poca acción.

 

 

PISOS HÚMEDOS

 

Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana

de donde en verdad nunca has partido.

En su florescencia de marzo

los altos mangos iban también en esos viajes,

picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de lajas,

era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las postales

y recogía en los espejos el humo del padre,

los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.

Todo iba contigo por el mundo.

Todas las cosas simples donde aprendiste a encontrar tu nombre.

Todo iba contigo en esos viajes.

Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos húmedos

de Masó 151, que no es avenida al mar sino calle que termina

en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.

Todo lo que en este tiempo has visto era hermoso y extraño:

los distintos lenguajes de los hombres,

el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,

los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos

en las escaleras de los night clubs.

Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.

Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de familia

y ya sabes qué significa partir,

qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,

qué encontrarás en las próximas ciudades.

Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría

y la iluminación que pudiste gozar en los sitios lejanos

entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos pisos.

Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el dolor

que en tus manos pusieron estos largos veinte años

nada hubiese sido claramente tuyo,

nunca hubieses podido decir: por encima de todas las cosas

el tono azul de los cuadros de familia,

la florescencia de marzo sobre las aves del patio.

Todo se te oculta frente a la claridad de este instante.

Y, aun así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,

vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,

vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana

de donde en verdad nunca has partido.

Tomado de:

https://www.trasdemar.com/home/poesia/una-forma-de-mira-en-la-ventana-poemas-de-edel-morales/


domingo, 22 de marzo de 2026

POEMAS DE SERGIO SOLMI -POETA TOCADO POR EL HERMETISMO-


Alassio, marzo

 

Salías a la calle en los días de viento

arrebujada en el abrigo rústico,

el rostro envuelto en el pañuelo,

como las viejas alasinas.

Todavía a la vuelta de los años

el ojo aún se empeña en engañarse,

en descubrir en otros la figura

sabida, por la cual el corazón

con el dolor antiguo se estremece.

La ráfaga del viento tramontano

fuerza estériles olas, y trastorna

la primavera incierta. Por tan leve,

por tan ínfimo error en el espacio

y en el tiempo, y aún estarías aquí.

 

(1958)

Tomado de:

http://eltrabajodelashoras.blogspot.com/2018/01/sergio-solmi-alassio-marzo-alassio.html

 

 

Arte poética

 

Suspirada palabra que al final

me alcanzas, atrapándome

en un momento de descuido,

te pretendes imprevista, no buscada,

renuente al gesto raro, a la medida

exorbitante. De mar te orlas

en una línea, henchida nube, te debates

como sisella, surges encima del simple

soplo de la voz, indolente mano

que escande y urge –trémula

cosa entre cosas- a instalarte

en esta cálida, irisada, precisa existencia.

 

 

Alta marea

 

El luminoso asedio del delirio

disolvió las apariencias, abolió

perfiles nubiformes

de muebles, sumergió

el jardín tras los vidrios, rescató

un día turinés

de milnovecientosdiez,

atemperó, esfumó primavera, mañana, 

plantas de la calle Valentino, escuela

elemental Rajneri, precisó   

hora y momento hasta el parpadeo

de las hojas recortadas

en limpias sombras en el derramado

resplandor

sobre el pavimento.

Tomado de:

https://diariodesvejk.blogspot.com/2021/07/sergio-solmi-tres-poemas.html

 

 

Canto de mujer

 

Voz de mujer que se sabe no vista

tras cerrados postigos, canto ronco

agitado por lánguidos desmayos

y escalofríos bruscos, hecho

de vacías palabras que yo no comprendo.

Oh voz absorta, tempestuosa y dulce,

llena de sueños,

la que un tiempo raptaba navegantes

sobre los mares, canto de sirena.

Voz del deseo que no sabe si

quiere o teme, y jamás dice otra cosa

sino su oscuridad, su tembloroso

amor. Acaso la encendida carne

habla como tú, y, asombrada,

se escucha existir.

Tomado de:

https://campodemaniobras.blogspot.com/2012/10/sergio-solmi-canto-de-mujer.html

 

 

Abril en San Vittore

 

Gracias sean dadas a los ciegos dioses

rientes, que trajeron al poeta

de la muerte y el negro pelotón

al día alegre de la celda donde

cantan los jovencitos partisanos.

                                                      Abril,

dulce dormir, aunque áspera se empoce

en las bocas de lobo la sirena,

se haga el recuento, o sobre las murallas

los alemanes abran fuego.

El ruezno virgen de la cabellera

sobre el pliegue del codo reclinado,

dentro del sueño confiado hundidos

como en el vientre de la madre, allá

en el lejano tiempo

de la otra vida, hoy los contemplo,

casi hijos míos, vueltos mis hermanos

por esta antigua juventud que ha henchido

mi corazón de pronto, cuando el rayo

de miel primaveral se filtra

entre las rejas, sobre el piso estampa

recuadros luminosos, y a las frágiles

vidas nuestras, tendidas a un oscuro

destino, mide ahora,

con lento paso, el día igualitario.

Tomado de:

https://eltrabajodelashoras.blogspot.com/2017/12/sergio-solmi-abril-en-san-vittore.html

viernes, 20 de marzo de 2026

POEMAS DE JAIME SABINES -CUANDO LO COTIDIANO SE VUELVE POEMA-


Boca de llanto, me llaman...

 

Boca de llanto, me llaman

tus pupilas negras,

me reclaman. Tus labios

sin ti me besan.

¡Cómo has podido tener

la misma mirada negra

con esos ojos

que ahora llevas!

 

Sonreíste. ¡Qué silencio,

qué falta de fiesta!

¡Cómo me puse a buscarte

en tu sonrisa, cabeza

de tierra,

labios de tristeza!

 

No lloras, no llorarías

aunque quisieras;

tienes el rostro apagado

de las ciegas.

 

Puedes reír. Yo te dejo

reír, aunque no puedas.

 

 

Casida de la tentadora

 

Todos te desean pero ninguno te ama.

Nadie puede quererte, serpiente,

porque no tienes amor,

porque estás seca como la paja seca

y no das fruto.

Tienes el alma como la piel de los viejos.

Resígnate. No puedes hacer más

sino encender las manos de los hombres

y seducirlos con las promesas de tu cuerpo.

Alégrate. En esa profesión del deseo

nadie como tú para simular inocencia

y para hechizar con tus ojos inmensos.

 

 

Codiciada, prohibida....

 

Codiciada, prohibida,

cercana estás, a un paso, hechicera.

Te ofreces con los ojos al que pasa,

al que te mira, madura, derramante,

al que pide tu cuerpo como una tumba.

Joven maligna, virgen,

encendida, cerrada,

te estoy viendo y amando,

tu sangre alborotada,

tu cabeza girando y ascendiendo,

tu cuerpo horizontal sobre las uvas y el humo.

Eres perfecta, deseada.

Te amo a ti y a tu madre cuando estáis juntas.

Ella es hermosa todavía y tiene

lo que tú no sabes.

No sé a quién prefiero

cuando te arregla el vestido

y  te suelta para que busques el amor.

 

 

Cuando estuve en el mar era marino....

 

Cuando estuve en el mar era marino

este dolor sin prisas.

Dame ahora tu boca:

me la quiero comer con tu sonrisa.

 

Cuando estuve en el cielo era celeste

este dolor urgente.

Dame ahora tu alma:

quiero clavarle el diente.

 

No me des nada, amor, no me des nada:

yo te tomo en el viento,

te tomo del arroyo de la sombra,

del giro de la luz y del silencio,

 

de la piel de las cosas

y de la sangre con que subo al tiempo.

Tú eres un surtidor aunque no quieras

y yo soy el sediento.

 

No me hables, si quieres, no me toques,

no me conozcas más, yo ya no existo.

Yo soy sólo la vida que te acosa

y tú eres la muerte que resisto.

 

 

Después de todo -pero después de todo-...

 

Después de todo -pero después de todo-

sólo se trata de acostarse juntos,

se trata de la carne,

de los cuerpos desnudos,

lámpara de la muerte en el mundo.

 

Gloria degollada, sobreviviente

del tiempo sordomudo,

mezquina paga de los que mueren juntos.

 

A la miseria del placer, eternidad,

condenaste la búsqueda, al injusto

fracaso encadenaste sed,

clavaste el corazón a un muro.

 

Se trata de mi cuerpo al que bendigo,

contra el que lucho,

el que ha de darme todo

en un silencio robusto

y el que se muere y mata a menudo.

 

Soledad, márcame con tu pie desnudo,

aprieta mi corazón como las uvas

y lléname la boca con su licor maduro.

 

 

El día

 

Amanecí sin ella.

Apenas si se mueve.

Recuerda.

 

(Mis ojos, mas delgados, la sueñan.)

 

¿Qué fácil es la ausencia?

 

En las hojas del tiempo

esa gota del día

resbala, tiembla.

 

 

El llanto fracasado

 

Roto, casi ciego, rabioso, aniquilado,

hueco como un tambor al que golpea la vida,

sin nadie pero solo,

respondiendo las mismas palabras para las mismas

cosas siempre,

muriendo absurdamente, llorando como niña, asqueado.

He aquí éste que queda, el que me queda todavía.

Háblenle de esperanza,

díganle lo que saben ustedes, lo que ignoran,

una palabra de alegría, otra de amor, que sueñe.

 

Todos los animales sobre la tierra duermen.

Sólo el hombre no duerme.

¿Han visto ustedes un gesto de ternura en el rostro de

un loco dormido?

¿Han visto un perro soñando con gaviotas?

¿Qué han visto?

 

Nadie sino el hombre pudo inventar el suicidio.

Las piedras mueren de muerte natural.

El agua no muere.

Sólo el hombre pudo inventar para el día la noche,

el hambre para el pan,

las rosas para la poesía.

 

Mortalmente triste sólo he visto a un gato, un día,

agonizando.

Yo no tengo la culpa de mis manos: es ella.

Pero no fue escrito:

Te faltará una mujer para cada día de amor.

 

Andarás, te dijeron, de un sitio a otro de la muerte

buscándote.

La vida no es fácil.

Es más fácil llorar, arrepentirse.

 

En Dios descansa el hombre.

Pero mi corazón no descansa,

no descansa mi muerte,

el día y la noche no descansan.

 

Diariamente se levantan los montes, el cielo se ilumina

el mar sube hacia el mar

los árboles llegan hasta los pájaros.

Sólo yo no me alumbro, no me levanto.

 

Háblenle de tragedias a un pescado.

A mí no me hagan caso.

Yo me río de ustedes que piensan que soy triste

como si la soledad o mi zapato

me apretaran el alma.

 

La yugular es la vena de la mujer.

Allí recibe al hombre.

Las mujeres se abren bajo el peso del hombre

como el mar bajo un muerto,

lo sepultan, lo envuelven,

lo incrustan en ovarios interminables,

lo hacen hijos e hijos…

Ellas quedan de pie,

paren de pie, esperando.

 

No me digan ustedes en dónde están mis ojos,

pregunten hacia dónde va mi corazón.

 

Les dejaré una cosa el día último,

la cosa más inútil y más amada de mí mismo,

la que soy yo y se mueve, inmóvil para entonces,

rota definitivamente.

Pero les dejaré también una palabra,

la que no he dicho aquí, inútil, amada.

 

Ahora vuelve el sol a dejarnos.

La tarde se cansa, descansa sobre el suelo, envejece.

Trenes distantes, voces, hasta campanas suenan.

Nada ha pasado.

 

 

Entonces se enviaban suspiros en las rosas...

 

Entonces se enviaban suspiros en las rosas,

besos-palomas de balcón a balcón.

Pero la sucia noche revolvía alfileres,

sábanas, rezos, cruces, luto de amor.

 

Caras agrias, en sombra, el deseo encendió.

(Cuántos hijos tirados en paredes,

pañuelos, muslos, manos, por Dios!)

 

muro de agua, la angustia, se levantó.

Humo rojo en mis venas. Transfigurado cielo.

De polvo a polvo soy.

 

 

Es la sombra del agua...

 

Es la sombra del agua

y el eco de un suspiro,

rastro de una mirada,

memoria de una ausencia,

desnudo de mujer detrás de un vidrio.

 

Está encerrada, muerta -dedo

del corazón, ella es tu anillo-,

distante del misterio,

fácil como un niño.

 

Gotas de luz llenaron

ojos vacíos,

y un cuerpo de hojas y alas

se fue al rocío.

 

Tómala con los ojos,

llénala ahora, amor mío.

Es tuya como de nadie,

tuya como el suicidio.

 

Piedras que hundí en el aire,

maderas que ahogué en el río,

ved mi corazón flotando

sobre su cuerpo sencillo.

 

 

He aquí que tú estás sola y que estoy solo...

 

He aquí que tú estás sola y que estoy solo.

Haces tus cosas diariamente y piensas

y  yo pienso y recuerdo y estoy solo.

A la misma hora nos recordamos algo

y nos sufrimos. Como una droga mía y tuya

somos, y una locura celular nos recorre

y una sangre rebelde y sin cansancio.

Se me va a hacer llagas este cuerpo solo,

se me caerá la carne trozo a trozo.

Esto es lejía y muerte.

El corrosivo estar, el malestar

muriendo es nuestra muerte.

 

Ya no sé dónde estás. Yo ya he olvidado

quién eres, dónde estás, cómo te llamas.

Yo soy sólo una parte, sólo un brazo,

una mitad apenas, sólo un brazo.

Te recuerdo en mi boca y en mis manos.

Con mi lengua y mis ojos y mis manos

te sé, sabes a amor, a dulce amor, a carne,

a siembra , a flor, hueles a amor, a ti,

hueles a sal, sabes a sal, amor y a mí.

En mis labios te sé, te reconozco,

y giras y eres y miras incansable

y toda tú me suenas

dentro del corazón como mi sangre.

Te digo que estoy solo y que me faltas.

Nos faltamos, amor, y nos morimos

y nada haremos ya sino morirnos.

Esto lo sé, amor, esto sabemos.

Hoy y mañana, así, y cuando estemos

en nuestros brazos simples y cansados,

me faltarás, amor, nos faltaremos.

 

 

Los amorosos

 

Los amorosos callan.

El amor es el silencio más fino,

el más tembloroso, el más insoportable.

Los amorosos buscan,

los amorosos son los que abandonan,

son los que cambian, los que olvidan.

 

Su corazón les dice que nunca han de encontrar,

no encuentran, buscan.

Los amorosos andan como locos

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato,

llorando porque no salvan al amor.

 

Les preocupa el amor. Los amorosos

viven al día, no pueden hacer más, no saben.

Siempre se están yendo,

siempre, hacia alguna parte.

Esperan,

no esperan nada, pero esperan.

 

Saben que nunca han de encontrar.

El amor es la prórroga perpetua,

siempre el paso siguiente, el otro, el otro.

Los amorosos son los insaciables,

los que siempre -¡que bueno!-  han de estar solos.

Los amorosos son la hidra del cuento.

 

Tienen serpientes en lugar de brazos.

Las venas del cuello se les hinchan

también como serpientes para asfixiarlos.

Los amorosos no pueden dormir

porque si se duermen se los comen los gusanos.

En la oscuridad abren los ojos

y les cae en ellos el espanto.

Encuentran alacranes bajo la sábana

y su cama flota como sobre un lago.

 

Los amorosos son locos, sólo locos,

sin Dios y sin diablo.

Los amorosos salen de sus cuevas

temblorosos, hambrientos,

a cazar fantasmas.

Se ríen de las gentes que lo saben todo,

de las que aman a perpetuidad, verídicamente,

de las que creen en el amor

como una lámpara de inagotable aceite.

 

Los amorosos juegan a coger el agua,

a tatuar el humo, a no irse.

Juegan el largo, el triste juego del amor.

Nadie ha de resignarse.

Dicen que nadie ha de resignarse.

Los amorosos se avergüenzan de toda conformación.

Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla,

la muerte les fermenta detrás de los ojos,

y ellos caminan, lloran hasta la madrugada

en que trenes y gallos se despiden dolorosamente.

 

Les llega a veces un olor a tierra recién nacida,

a mujeres que duermen con la mano en el sexo,

complacidas,

a arroyos de agua tierna y a cocinas.

Los amorosos se ponen a cantar entre labios

una canción no aprendida,

y se van llorando, llorando,

la hermosa vida.

 

 

Me doy cuenta de que me faltas...

 

Me doy cuenta de que me faltas

y de que te busco entre las gentes, en el ruido,

pero todo es inútil.

Cuando me quedo solo

me quedo más solo

solo por todas partes y por ti y por mí.

No hago sino esperar.

Esperar todo el día hasta que no llegas.

Hasta que me duermo

y no estás y no has llegado

y me quedo dormido

y terriblemente cansado

preguntando.

Amor, todos los días.

Aquí a mi lado, junto a mí, haces falta.

Puedes empezar a leer esto

y cuando llegues aquí empezar de nuevo.

Cierra estas palabras como un círculo,

como un aro, échalo a rodar, enciéndelo.

Estas cosas giran en torno a mí igual que moscas,

en mi garganta como moscas en un frasco.

Yo estoy arruinado.

Estoy arruinado de mis huesos,

todo es pesadumbre.

 

 

Me dueles

 

Mansamente, insoportablemente, me dueles.

Toma mi cabeza. Córtame el cuello.

Nada queda de mí después de este amor.

 

Entre los escombros de mi alma, búscame,

escúchame.

En algún sitio, mi voz sobreviviente, llama,

pide tu asombro, tu iluminado silencio.

 

Atravesando muros, atmósferas, edades,

tu rostro (tu rostro que parece que fuera cierto)

viene desde la muerte, desde antes

del primer día que despertara al mundo.

 

¡Qué claridad de rostro, qué ternura

de luz ensimismada,

qué dibujo de miel sobre hojas de agua!

 

Amo tus ojos, amo, amo tus ojos.

Soy como el hijo de tus ojos,

como una gota de tus ojos soy.

Levántame. De entre tus pies levántame, recógeme,

del suelo, de la sombra que pisas,

del rincón de tu cuarto que nunca ves en sueños.

Levántame. Porque he caído de tus manos

y quiero vivir, vivir, vivir.

 

 

Me tienes en tus manos...

 

Me tienes en tus manos

y me lees lo mismo que un libro.

Sabes lo que yo ignoro

y me dices las cosas que no me digo.

Me aprendo en ti más que en mi mismo.

Eres como un milagro de todas horas,

como un dolor sin sitio.

Si no fueras mujer fueras mi amigo.

A veces quiero hablarte de mujeres

que a un lado tuyo persigo.

Eres como el perdón

y yo soy como tu hijo.

¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?

¡Qué distante te haces y qué ausente

cuando a la soledad te sacrifico!

Dulce como tu nombre, como un higo,

me esperas en tu amor hasta que arribo.

Tú eres como mi casa,

eres como mi muerte, amor mío.

 

 

Mi corazón emprende...

 

Mi corazón emprende

de mi cuerpo a tu cuerpo último viaje.

Retoño de la luz,

agua de las edades que en ti, perdida, nace.

Ven a mi sed. Ahora.

Después de todo. Antes.

Ven a mi larga sed entretenida

en bocas, escasos manantiales.

quiero esa arpa honda que en tu vientre

arrulla niños salvajes.

Quiero esa tensa humedad que te palpita,

esa humedad de agua que te arde.

Mujer, músculo suave.

La piel de un beso entre tus senos

de oscurecido oleaje

me navega en la boca

y mide sangre.

Tú también. Y no es tarde.

Aún podemos morirnos uno en otro:

es tuyo y mío ese lugar de nadie.

Mujer, ternura de odio, antigua madre,

quiero entrar, penetrarte,

veneno, llama, ausencia,

mar amargo y amargo, atravesarte.

Cada célula es hembra, tierra abierta,

agua abierta, cosa que se abre.

Yo nací para entrarte.

Soy la flecha en el lomo de la gacela agonizante.

Por conocerte estoy,

grano de angustia en corazón de ave.

Yo estaré sobre ti, y todas las mujeres

tendrán un hombre encima en todas partes.

 

 

Mi corazón me recuerda que he de llorar...

 

Mi corazón me recuerda que he de llorar

por el tiempo que se ha ido, por el que se va.

Agua del tiempo que corre, muerte abajo,

tumba abajo, no volverá.

Me muero todos los días

sin darme cuenta, y está

mi cuerpo girando

en la palma de la muerte

como un trompo de verdad.

Hilo de mi sangre, ¿quién te enrollará?

Agua soy que tiene cuerpo,

la tierra la beberá.

Fuego soy, aire compacto,

no he de durar .

El viento sobre la tierra

tumba muertos, sobre el mar,

los siembra en hoyos de arena,

les echa cal.

Yo soy el tiempo que pasa,

es mi muerte la que va

en los relojes andando hacia atrás.

 

 

Miss X

 

Miss X, sí, la menuda Miss Equis,

llegó, por fin, a mi esperanza:

alrededor de sus ojos,

breve, infinita, sin saber nada.

Es ágil y limpia como el viento

tierno de la madrugada,

alegre y suave y honda

como la hierba bajo el agua.

Se pone triste a veces

con esa tristeza mural en su cara

hace ídolos rápidos

y dibuja preocupados fantasmas.

Yo creo que es como una niña

preguntándole cosas a una anciana,

como un burrito atolondrado

entrando a una cuidad, lleno de paja.

Tiene también una mujer madura

que le asusta de pronto la mirada

y se le mueve dentro y le deshace

a mordida de llanto las entrañas.

Miss X, sí, la que me ríe

y no quiere decir cómo se llama,

me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra,

que me ama pero que no me ama.

Yo la dejo que mueva la cabeza

diciendo no y no, que así se cansa,

y mi beso en su mano le germina

bajo la piel en paz semilla de alas.

 

Ayer la luz estuvo

todo el día mojada,

y Miss X salió con una capa

sobre sus hombros, leve, enamorada.

Nunca ha sido tan niña, nunca

amante en el tiempo tan amada.

El pelo le cayó sobre la frente,

sobre sus ojos, mi alma.

 

La tomé de la mano, y anduvimos

toda la tarde de agua.

 

¡Ah, Miss X, escondida

flor del alba!

 

Usted no la amará, señor, no sabe.

Yo la veré mañana.

Tomado de:

http://amediavoz.com/sabines.htm

 

 

Un ropero, un espejo, una silla…

Un ropero, un espejo, una silla,

ninguna estrella, mi cuarto, una ventana,

la noche como siempre, y yo sin hambre,

con un chicle y un sueño, una esperanza.

Hay muchos hombres fuera, en todas partes,

y más allá la niebla, la mañana.

Hay árboles helados, tierra seca,

peces fijos idénticos al agua,

nidos durmiendo bajo tibias palomas.

Aquí, no hay mujer. Me falta.

Mi corazón desde hace días quiere hincarse

bajo alguna caricia, una palabra.

Es áspera la noche. Contra muros, la sombra

lenta como los muertos, se arrastra.

Esa mujer y yo estuvimos pegados con agua.

Su piel sobre mis huesos

y mis ojos dentro de su mirada.

Nos hemos muerto muchas veces

al pie del alba.

Recuerdo que recuerdo su nombre,

sus labios, su transparente falda.

Tiene los pechos dulces, y de un lugar

a otro de su cuerpo hay una gran distancia:

de pezón a pezón cien labios y una hora,

de pupila a pupila un corazón, dos lágrimas.

Yo la quiero hasta el fondo de todos los abismos,

hasta el último vuelo de la última ala,

cuando la carne toda no sea carne, ni el alma

sea alma.

Es preciso querer. Yo ya lo sé. La quiero.

¡Es tan dura, tan tibia, tan clara!

Esta noche me falta.

Sube un violín desde la calle hasta mi cama.

Ayer miré dos niños que ante un escaparate

de maniquíes desnudos se peinaban.

El silbato del tren me preocupó tres años,

hoy sé que es una máquina.

Ningún adiós mejor que el de todos los días

a cada cosa, en cada instante, alta

la sangre iluminada.

 

Desamparada sangre, noche blanda,

tabaco del insomnio, triste cama.

 

Yo me voy a otra parte.

Y me llevo mi mano, que tanto escribe y habla.

 

 

Tlaltelolco 68

1

 

Nadie sabe el número exacto de los muertos,

ni siquiera los asesinos,

ni siquiera el criminal.

(Ciertamente, ya llegó a la historia

este hombre pequeño por todas partes,

incapaz de todo menos del rencor.)

 

Tlaltelolco será mencionado en los años que vienen

como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,

pero esto fue peor,

aquí han matado al pueblo;

no eran obreros parapetados en la huelga,

eran mujeres y niños, estudiantes,

jovencitos de quince años,

una muchacha que iba al cine,

una criatura en el vientre de su madre,

todos barridos, certeramente acribillados

por la metralla del Orden y Justicia Social.

 

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,

y el pueblo se aprestaba jubiloso

a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

 

2

 

El crimen está allí,

cubierto de hojas de periódicos,

con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

 

El aire denso, inmóvil,

el terror, la ignominia.

alrededor las voces, el tránsito, la vida.

Y el crimen está allí.

 

3

 

Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,

asesinar también a los deudos,

que nadie llore, que no haya más testigos.

Pero la sangre echa raíces

y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,

en una enredadera: nos salpica,

nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

 

Las bocas de los muertos nos escupen

una perpetua sangre quieta.

 

4

 

Confiaremos en la mala memoria de la gente,

ordenaremos los restos,

perdonaremos a los sobrevivientes,

daremos libertad a los encarcelados,

seremos generosos, magnánimos y prudentes.

 

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,

pero instauramos la paz,

consolidamos las instituciones;

los comerciantes están con nosotros,

los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,

los colegios particulares,

las personas respetables.

Hemos destruido la conjura,

aumentamos nuestro poder:

ya no nos caeremos de la cama

porque tendremos dulces sueños.

 

Tenemos Secretarios de Estado capaces

de transformar la mierda en esencias aromáticas,

diputados y senadores alquimistas,

líderes inefables, chulísimos,

un tropel de putos espirituales

enarbolando nuestra bandera gallardamente.

 

Aquí no ha pasado nada.

Comienza nuestro reino.

 

5

 

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.

Semidesnudos, fríos, agujereados,

algunos con el rostro de un muerto.

Afuera, la gente se amontona, se impacienta,

espera no encontrar el suyo:

“Vaya usted a buscar a otra parte.”

 

6

 

La juventud es el tema

dentro de la Revolución.

El gobierno apadrina a los héroes.

El peso mexicano está firme

y el desarrollo del país es ascendente.

Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.

hemos demostrado al mundo que somos capaces,

respetuosos, hospitalarios, sensibles

(¡Qué Olimpiada maravillosa!),

y ahora vamos a seguir con el “Metro”

porque el progreso no puede detenerse.

 

La mujeres, de rosa,

los hombres, de azul cielo,

desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa

que constituye la patria de nuestros sueños.

Tomado de:

https://ciudadseva.com/texto/tlaltelolco-68/