ANTES DEL BIG CRUNCH
El Universo
expande la finitud de sus cuerdas.
No hay bordes. Es de noche alrededor.
Y de estos versos —escritos para precisar un instante—
nada quedará, finalmente.
Lo sé, intentan una imagen imposible del suceso.
Perdura en ellos la magia antigua del cazador,
su fiebre por encontrar la huella en la espesura,
su destino entre el bien y el mal.
Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,
demasiado vergonzantes para una escritura
sumergida en el smog y en la frialdad de la época
contemporánea.
Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.
Nada quedará de su impulso cegador. Nada
de la intensidad y la fiebre de esa singularidad
desnuda.
Es de noche. El Universo se expande. No hay bordes.
Pero sí finitud en las cuerdas
y en la antigua magia del cazador para cumplir un
sueño.
En esa fría indeterminación hago lecturas.
En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa
y sucesivos— y traduzco para un amigo estos versos:
hechos con una rara claridad que los condena
y los aleja de cualquier estética al uso.
Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la
corriente.
Lo sé. Como sé que ninguna sustancia
escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.
Ni siquiera la luz.
AYER, MIENTRAS LEÍA A BORGES
Ayer, mientras
leía a Borges,
pensé de un modo diferente la tristeza.
El polvo al pie de las murallas
era el polvo apagado en una tarde de verano,
pero en la página viva
fue el pulso intemporal de una escritura
—suspendida desde antaño
entre el musgo y las losas de mármol—
y fue también la huella manifiesta de un origen
—perdida bajo el agua
en la memoria de cien generaciones—.
Nada de lo que llamamos real
hizo que pensara la tristeza de un modo diferente
—la vida es ahora virtual y distante
y débil es el pensamiento de la época, you know—.
Al pie de las murallas gocé tu desoladora belleza
y la belleza del mar recomenzando,
pero no deseaba en verdad un modo diferente
—la vida es ahora una copia
y tu cuerpo repetición de otros cuerpos
pasados y por venir—.
Los magníficos dramas hicieron a los griegos eternos
y a Shakespeare un hombre obligado y libre
—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:
en la tensa plenitud de su tiempo,
o en los espacios congelados de las videocintas,
el mito digital y la imagen—.
Nada en el mundo físico anunció el sentido
de aquella revelación; pero ayer, mientras leía a
Borges
—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—
pensé de un modo diferente esa humana tristeza
y la serenidad y el oro de una página.
Tomado de:
GASTADAS IMÁGENES DE ANTAÑO
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
Costas de La Habana, abiertas
en los días de invierno de mil novecientos noventa,
que la tristeza no me obligue a ser otro.
Gastadas imágenes de antaño:
la piel de manzana de las niñas en un auto azul
y el ojo irónico de los hijos de Occidente
con su mirada posmoderna en la memoria de las islas.
Costas de La Habana, dispuestas para el viaje
en las noches más frías de enero,
que la tristeza no me lleve a morir en las playas.
Que la tristeza no me impulse hacia el mar.
LOS TEXTOS ESCOGIDOS
Después un amigo me envió unos textos de Borges.
Eran peligrosas reproducciones en mimeógrafo,
encuadernadas con el escaso papel de bodega que pudo
pagar.
Sobre la íntima pobreza que anunciaba el soporte
estaban las palabras, la ruidosa inocencia
de un gesto de juventud que descreía del fracaso
y del éxito, de las escuelas literarias y de sus
dogmas.
Eran apenas cinco o seis los textos escogidos
—una muestra
ambiciosa y humilde, supe luego—,
entre los mil y un poemas que Borges tradujo,
mirando las antiguas estrellas desde estos barrios del
Sur.
Cafés de Palermo Viejo, calle Florida, certidumbre
y tiempo deseable, ya eterno, de la Recoleta.
Atestiguo la belleza y las mejillas que el amor desea,
la derrota, la falsía, el río de cielo que fundó la
ciudad.
El primer puente de Constitución y a mis pies
el tedio ruinoso que se ordena hacia los arrabales
infinitos,
las Obras escogidas de Jorge Luis Borges:
Naipes, bife, editoriales orientales y occidentales,
precios de oferta, tapas plastificadas, papel bond.
Veredas donde un cuerpo prefigura otro cuerpo,
una inteligencia otra inteligencia,
una sensibilidad otra que vuelve en mi memoria
circular.
Un idioma es una tradición, un modo de sentir la
realidad.
Mi lejano amigo espera aún de mi poesía una magia
que nos haga recordar los textos escogidos.
Tú buscas en los numerosos stands
cuál tipografía hará el milagro de eternizar
una circunstancia que sé azarosa y frágil.
En esos movimientos de mi vida adivino los Límites
de El otro, el mismo; Lo perdido de El oro de los
tigres.
Es Buenos Aires, su fervor, y puedo definir la
claridad:
las palabras que intento para ti son también palabras
que en otra latitud del círculo mi lejano amigo espera.
Confundo, al evocar el gesto, su mano y la tuya, su
libro y el tuyo.
DENTRO DE MIL O CINCUENTA AÑOS
Es por la felicidad que escribo estas cosas.
Los discos, el ocaso, las monedas, la espera
interminable bajo la sombra apacible de los árboles.
La silueta, ligeramente inclinada y sola,
de una muchacha hermosa que todas las tardes a las
seis,
tiende su ropa del día en los balcones blancos.
El silencio de las balsas que salen al mar
y los pasajeros sin voz, cada vez más lejos de la costa
que habitaron, agitando sus manos en el agua.
Es por la felicidad de unas noches aún lejanas.
Como esos pescadores que en el interior de sus botes
recogen el nailon y lo lanzan y ven pasar la luna
sin agotarse nunca —con la misma estudiada paciencia—
miro pasar la historia bajo la sombra apacible
de los árboles, y escribo estas levedades.
La profundidad del azul en el ojo del pez
me ofrece los mejores motivos.
No la fuerza con que el viento arrastra
cuando penetra en las ciudades del Golfo.
No el movimiento de las batallas que enrojecen el
cielo,
haciendo más visible el sentido trascendente de las
palabras.
Escribo estas levedades para noches aún lejanas.
Para la felicidad de sorprenderme un instante
—dentro de mil o cincuenta años—
mirando una silueta inclinada en los balcones blancos,
mientras el ocaso, las monedas, los discos
giran su espera interminable en el aire del mar.
Distinto en dolor a las balsas que parten
y a esos pasajeros que en silencio agitan sus manos,
intentando vanamente retener una costa
que ya para siempre se aleja.
NEGROS CON NOVIAS EN LA TARJA DE LEZAMA
Reclinados en la tarja de Lezama,
negros con novias estremecen Trocadero:
las tutean, las convidan, las abrazan,
se entregan con pasión a la más próxima.
Negros con novias en la tarja de Lezama,
en la paciencia semejante de un Espejo
que deambula su oquedad a ras del piso.
Negros con novias estremecen Trocadero
en la calle viva para todos los que ahora
fijan en las fotos la imagen de lo alterno.
Lo han hecho bien esta tarde y aún lo viven:
la vista es la constancia de su voz en la salita
del vecino, más caliente cada día, desgastada
por el clima fuerte y los olores de abandono;
la evidencia digital de un tiempo en fuga
hacia la noria permanente del mañana.
Negros con novias entre el humo del tabaco
y los zeppelines del año que acompañan ese ron
añejo ya anunciado, ya servido y tasado con pericia
su bouquet en el muro y los portales del Deuville.
Negros que abrazan a sus novias de postal,
suficientes ellas mismas, proyectivas y sinceras,
blanconazas duras de una estirpe liberada
que se pegan sin dobleces y prometen el disfrute,
la certeza de algo limpio en este día de Lecturas:
Mujeres con negros en la tarja de Lezama,
fijando inalterables su presencia en Trocadero;
mujeres que comparten el gusto de vivir al tope
con el trazo en su memoria de jardines invisibles;
mujeres de buen ver, sumergidas en el tiempo
y en la risa para irse con los negros a la costa,
a las rocas de este mar citadino de Galiano
donde otras blancas, otros negros, otras y otros,
acoplan en su lente la postal imaginada
antes de irse a la noche insular que sobreviene:
en su horizonte el sol penetra un agua en calma
para después seguir con su paso en el abismo.
Tomado de:
https://circulodepoesia.com/2011/08/novedades-editoriales-seis-poetas-cubanos/
VIENDO LOS AUTOS PASAR HACIA OCCIDENTE
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los
edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos
deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar la
filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y
Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y
cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.
TERCERA MIRADA A LA PSICOLOGÍA DEL POEMA
Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil —el resplandor,
los claroscuros, la más profunda sombra.
Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.
Escojo pedazos de agua en la claridad del día.
Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de las armas.
Ustedes no conocerán la historia.
Yo quisiera estar (sentado) en el suelo de una casa con
varias maravillas al
alcance de la mano: una bebida fresca y excitante, una
música que ayude a
caminar por el país, el brazo izquierdo y suave de una
muchacha largamente
conocida, y las voces de mis (nueve) amigos más
queridos y leales. Yo quisiera
que algún narrador contara por mí las dos historias.
Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso de la Historia.
Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo
transcurre.
Veo pasar imágenes (superpuestas) del resplandor,
los claroscuros, la más profunda sombra.
Escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del
día,
y escribo mi esperanza de que algún narrador pueda
contar la historia.
Y gozo decir: Buenas noches, y no olviden.
CORTE DE LUZ
Toda la noche la casa ha estado vacía.
Viajaba en esa oscuridad: Babilonia, Atenas, el Cuzco
(ciudades que invitan a vivir otra vida
en calles trazadas para el ejercicio y el goce del
amor).
Echado en la cama durante toda la noche
mira al techo vacío de la casa:
es blanco y está totalmente limpio de significados.
Pero hay tanta promesa de vida en la contemplación,
tanta posibilidad en las preguntas
que la incertidumbre y la blancura de un techo aceptan.
Barcelona, Buenos Aires, La Habana
(ciudades que ha visto pasar desde siempre
en el tiempo de la meditación que impone una casa
apagada
—ni demasiado suyas, ni demasiado ajenas, ni demasiado
iguales),
invitándolo a vivir una vida distinta
en calles trazadas para el ejercicio y el goce de la
libertad.
Las mira desvanecerse mutuamente
después de habitar en ellas durante muchas horas.
Sabe que volverán en el próximo corte de luz.
Como vuelve en el techo iluminado de la casa
el tiempo de la realidad y de la poca acción.
PISOS HÚMEDOS
Vuelves a estar en los pisos húmedos de la casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
En su florescencia de marzo
los altos mangos iban también en esos viajes,
picoteaban las aves tu café de las seis en el patio de
lajas,
era la sonrisa de tu hermana lo que iluminaba las
postales
y recogía en los espejos el humo del padre,
los silencios de la madre, la ausencia de Miguel.
Todo iba contigo por el mundo.
Todas las cosas simples donde aprendiste a encontrar tu
nombre.
Todo iba contigo en esos viajes.
Vuelves a estar luego de veinte años en los pisos
húmedos
de Masó 151, que no es avenida al mar sino calle que
termina
en el agrio movimiento de las vegas de tabaco.
Todo lo que en este tiempo has visto era hermoso y
extraño:
los distintos lenguajes de los hombres,
el gozo de tocar las nubes y vivir la paz del cielo,
los cuerpos que se ofrecían gustosos y sueltos
en las escaleras de los night clubs.
Todo se te oculta frente a la claridad de este
instante.
Vuelves a estar en el tono azul de los cuadros de
familia
y ya sabes qué significa partir,
qué te esperaba más allá de las fantasías de neón,
qué encontrarás en las próximas ciudades.
Toda esa belleza extraña y ajena, toda esa sabiduría
y la iluminación que pudiste gozar en los sitios
lejanos
entraba en ti para que reconocieras la humedad de estos
pisos.
Pero no culpes al mundo por eso: sin el placer y el
dolor
que en tus manos pusieron estos largos veinte años
nada hubiese sido claramente tuyo,
nunca hubieses podido decir: por encima de todas las
cosas
el tono azul de los cuadros de familia,
la florescencia de marzo sobre las aves del patio.
Todo se te oculta frente a la claridad de este
instante.
Y, aun así, vuelves a estar de espaldas a la puerta,
vuelves a escuchar tu adiós en los pisos húmedos,
vuelves a buscar en nuevos viajes esta casa lejana
de donde en verdad nunca has partido.
Tomado de:
https://www.trasdemar.com/home/poesia/una-forma-de-mira-en-la-ventana-poemas-de-edel-morales/

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