miércoles, 4 de septiembre de 2019

POEMAS DE GERTRUD KOLMAR


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(10 de diciembre de 1894, Berlín, Alemania - 1943, Auschwitz, Oświęcim, Polonia)



DE LA OSCURIDAD

De la oscuridad vengo yo, una mujer.
Llevo un niño, ya no sé de quién;
en otro tiempo lo supe.
Pero no hay más hombre para mí...
Todos se han hundido a mi paso, como un riachuelo
que la tierra bebió.
Avanzo, más y más lejos.
Porque quiero alcanzar las montañas antes de que se haga
de día, y ya se apagan las estrellas.

De la oscuridad vengo yo.
Marchaba sola por las oscuras callejas
cuando de pronto se abalanzó una luz, despedazando
con sus garras la blanda negrura,
el leopardo a la cierva,
y una puerta abierta del todo escupió una espantosa
algarabía, un griterío salvaje, un aullido animal.
Unos borrachos se revolcaron...
Todo esto lo sacudí del borde de mis ropas por el camino.

Y atravesé el mercado desierto.
Las hojas nadaban en los charcos, que reflejaban la luna.
Perros flacos, ansiosos, olisqueaban desperdicios
sobre las piedras.
Pisoteadas, se pudrían las frutas,
y un viejo cubierto de harapos seguía torturando
su pobre instrumento de cuerda.
Cantaba en voz baja un desafinado lamento,
sin ser oído.
Y aquellas frutas que en otro tiempo maduraron al sol,
con el rocío,
aún soñaban con el perfume y la dicha de la amorosa flor,
pero el mendigo quejumbroso
hacía tiempo que lo había olvidado y no conocía ya
más que el hambre y la sed.

Ante el palacio del poderoso me detuve en silencio,
y cuando pisé el escalón más bajo,
el porfirio rojo carne estalló, partiéndose
bajo mi suela.
Me volví
y miré hacia arriba, hacia la ventana vacía, la tardía vela
del pensador,
que meditaba, meditaba, y jamás se libró de su pregunta,
y hacia la lamparilla velada del enfermo que, por supuesto,
no estudió
la forma en que habría de morir.
Bajo los arcos del puente
dos esqueletos horribles se pegaban por el oro.
Yo alcé mi pobreza como un escudo gris ante mi rostro
y seguí mi camino sin ser molestada.

A lo lejos el río habla con sus orillas.

Ahora tropiezo al subir por el sendero de piedra,
recalcitrante.
Los guijarros, los matorrales de espinas hieren las manos
que tantean a ciegas:
esperan un gruta,
que en la más profunda hendidura alberga al cuervo
verde metálico, el que no tiene nombre.
Entraré ahí,
me acurrucaré bajo la sombra de sus grandes alas
y descansaré.
Amodorrada, escucharé cómo crece la muda voz de mi hijo
y dormiré, con la frente inclinada hacia el este,
hasta la salida del sol.

EL ÁNGEL EN EL BOSQUE

Dame tu mano, tu mano querida, y ven conmigo,
pues queremos alejarnos de los hombres.
Son mezquinos, ruines, y su mezquina ruindad nos odia
y mortifica.
Sus ojos rondan maliciosos por nuestro rostro y su oído ávido
manosea las palabras de nuestra boca.
Recogen beleño...
Así que huyamos
a los campos soñadores que, gentiles, con flores y hierba,
confortan nuestros pies vagabundos,
al borde del río que, con paciencia, carga sobre su espalda
imponentes fardos, pesados barcos repletos de mercancías,
con los animales del bosque, que no murmuran.

Ven.
La niebla del otoño vela y humedece el musgo con brillos
mates, esmeralda.
Ruedan las hojas del haya, tesoro de monedas de bronce dorado.
Por delante de nuestros pasos, llama roja, temblorosa,
salta la ardilla.
Alisos negros, retorcidos, silban junto al pantano
en el resplandor cobrizo del atardecer.

Ven.
Porque el sol se ha puesto, se ha acostado en su cueva
y su aliento cálido, rojizo, se apaga.
Ahora se abre una bóveda.
Bajo el arco azul grisáceo entre las coronadas columnas
de los árboles estará el ángel,
alto, esbelto, sin alas.
Su semblante es dolor.
Y su vestido tiene la palidez glacial de las estrellas
que centellean en las noches de invierno.
El que es,
que no habla, no debe, sólo es,
que no conoce maldición alguna ni trae la bendición y que no
peregrina a las ciudades al encuentro de lo que muere:
no nos mira
en su silencio de plata.
Pero nosotros le miramos,
porque somos dos y estamos desamparados.

Tal vez
caiga una hoja seca, marrón, sobre su hombro,
resbale.
Nosotros la recogeremos y la guardaremos,
antes de seguir adelante.

Ven, amigo mío; conmigo, ven.
La escalera en casa de mi padre es oscura, tortuosa, estrecha,
pero ahora es la casa de la huérfana, y en ella
vive gente extraña.
Llévame.
En la puerta la vieja llave oxidada se resiste
a mis débiles manos.
Ahora chirriando se cierra.
Mírame ahora en la oscuridad, tú, desde hoy mi patria.
Pues tus brazos se erigirán para mí en muros protectores,
y tu corazón será mi aposento y tu ojo mi ventana,
por la que brilla el amanecer.
Y la frente se alza a tu paso.
Tú eres mi casa en cualquier calle del mundo, en cualquier
hondonada, en cualquier colina.
Tú, mi techo, languidecerás conmigo extenuado
bajo el mediodía abrasador, te estremecerás conmigo
cuando azote una tormenta de nieve.
Pasaremos hambre y sed, juntos resistiremos,
juntos un día caeremos al borde del camino, cubierto de polvo,
y lloraremos...

El cisne (traducido del alemán)

¡Oh cisne!
Florece en gracia y poder.
¿Fuiste expulsado del bosque de juncos por Pan
para florecer como una rosa blanca?

No dudes:
sobre las olas cansadas
brilla una luz sobrenatural;
Esconde su brillante plumaje.

La cara de la marea de inundación se hace
más y más clara para ver.
Ondas de leche de amapola, se abren ampliamente,
donde las alas descansaron momentáneamente.

Imagen de mujer,
canta la muerte más profunda;
Fuera del rocío helado
El dulce silencio gotea de su aliento.

Taza de plumón,
indefenso, completamente abandonada.
Ha olvidado el sonido
y los sueños al anochecer.

Flotante, a la deriva,
Cambiado a gris dorado,
el cisne está cantando
una canción cuyo final es la tristeza y la decadencia.

The Blessed (Traducción al inglés)

Estoy en la oscuridad y solo.
Delante de mí está la puerta.
Cuando lo abro, estoy bañado en luz.
Hay un padre, una madre y una hermana,
un perro que, tonto, todavía ladra con amabilidad.

¿Cómo puedo mentir y cómo puedo decir
que yo, escondido allí en la oscuridad, no he venido a dañarlos?
Me arrastro por el umbral.

La nieve florece en mis ojos.
Lo vi inclinándose ante mí cortésmente;
Cuánto me dolió eso.

¿Cómo podría mi corazón encontrar la paz,
cuando al rededor corrió la voz del viejo?
Vivo en frialdad

Me sequé las lágrimas y fui
a donde el hombre estaba comiendo con su familia.
Fue tan tranquilo y amoroso una recepción.

Sentí los violines sonando dentro de mí
Al principio, tan dulcemente, tan suavemente.
Nunca volverán a sonar cuando haya terminado.

El miedo me mojó las manos.
Debajo de mí, casi podía saborear mi útero.
Una sonrisa burlona pareció decir: '¿No tienes vergüenza?
¿Qué has hecho con el anillo de bodas en tu dedo?
Terrible ladrón, ¿dónde escondiste tu coraje?
¿La desnudez de mi mano derecha significa muy poco para mí?

Me sentí tan pobre y desnuda.
Me revolví en mi silla
y temblé al pensar qué debía hacer.

La piedad arañó mi corazón y sacudió mi cuerpo
Como un árbol en un campo de invierno arrastrado por el viento
Derramando hojas.

Me dije que era hora de irnos
Regañando a mi pálido y desvaído yo por mis pequeñas preocupaciones.
Complacido conmigo mismo de nuevo, me preparé para la tortura.

La alegría de eso! ¡Oh, cómo quiero ser
como un animal y ser feliz de nuevo!
Afilo mis garras con un cuchillo.

Todavía es de noche, y esa cosa llamada vergüenza,
no puedo dejar que se muestre.
Conozco el tren que atraviesa el bosque.

Salgo a los carriles insensibles.
Cansado, me alegro de ir a la cama,
corriendo por dos palos planos de hierro.


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