miércoles, 23 de marzo de 2022

POEMAS DE JOSÉ MARÍA EGUREN

 



La niña de la lámpara azul

 

En el pasadizo nebuloso

cual mágico sueño de Estambul,

su perfil presenta destelloso

la niña de la lámpara azul.

 

Ágil y risueña se insinúa,

y su llama seductora brilla,

tiembla en su cabello la garúa

de la playa de la maravilla.

 

Con voz infantil y melodiosa

en fresco aroma de abedul,

habla de una vida milagrosa

la niña de la lámpara azul.

 

Con cálidos ojos de dulzura

y besos de amor matutino,

me ofrece la bella criatura

un mágico y celeste camino.

 

De encantación en un derroche,

hiende leda, vaporoso tul;

y me guía a través de la noche

la niña de la lámpara azul.

 

La pensativa

 

En los jardines otoñales,

bajo palmeras virginales,

miré pasar muda y esquiva

la Pensativa.

 

La vi en azul de la mañana,

Con su mirada tan lejana;

Que en el misterio se perdía

De la borrosa celestía.

 

La vi en rosados barandales

Donde lucía sus briales;

Y su faz bella vespertina

Era un pesar en la neblina...

 

Luego marchaba silenciosa

A la penumbra candorosa;

Y un triste orgullo la encendía,

¿Qué pensaría?

 

¡Oh su semblante nacarado

Con la inocencia y el pecado!

¡oh, sus miradas peregrinas

de las llanuras mortecinas!

 

Era beldad hechizadora;

Era el dolor que nunca llora;

¿Sin la virtud y la ironía

Qué sentiría?

 

En la serena madrugada,

La vi volver apesarada,

Rumbo al poniente, muda, esquiva

¡La Pensativa!

 

La ronda de espadas

 

Por las avenidas

de miedo cercadas,

brilla en la noche de azules oscuros,

la ronda de espadas.

 

Duermen los postigos,

las viejas aldabas;

y se escuchan borrosas de canes

las músicas bravas.

 

Ya los extramuros

y las arruinadas

callejuelas, vibrante ha pasado

la ronda de espadas.

 

Y en los cafetines

que el humo amortaja,

al sentirla el tahúr de la noche,

cierra la baraja.

 

Por las avenidas

morunas, talladas,

viene lenta, sonora, creciente

la ronda de espadas.

 

Tras las celosías,

esperan las damas,

paladines que traigan de amores

las puntas de llamas.

 

Bajo los balcones

do están encantadas,

se detiene con súbito ruido

la ronda de espadas.

 

Tristísima noche

de nubes extrañas:

jay, de acero las hojas lucientes

se toman guadañas!

 

¡Tristísima noche

de las encantadas!

 

La sangre

 

El mustio peregrino

vio en el monte una huella de sangre:

la sigue pensativo

en los recuerdos claros de su tarde.

 

El triste, paso a paso,

la ve en la ciudad, dormida, blanca,

junto a los cadalsos,

y al morir de ciegas atalayas.

 

El curvo peregrino

transita por bosques adorantes

y los reinos malditos,

y siempre mira las rojas señales.

 

 

Las torres

 

Brunas lejanías...;

batallan las torres

presentando

siluetas enormes.

 

Áureas lejanías...;

las torres monarcas

se confunden

en sus iras llamas.

 

Rojas lejanías...;

se hieren las torres;

purpurados

se oyen sus clamores.

 

Negras lejanías...;

horas cenicientas

se obscurecen

¡ay, las torres muertas!

 

 

Lied I

 

Era el alba,

cuando las gotas de sangre en el olmo

exhalaban tristísima luz.

 

Los amores

de la chinesca tarde fenecieron

nublados en la música azul.

 

Vagas rosas

ocultan en ensueño blanquecino

señales de muriente dolor.

 

Y tus ojos

el fantasma de la noche olvidaron,

abiertos a la joven canción.

 

Es el alba;

hay una sangre bermeja en el olmo

y un rencor doliente en el jardín.

 

Gime el bosque,

y en la bruma hay rostros desconocidos

que contemplan el árbol morir.

 

 

Lied III

 

En la costa brava

Suena la campana,

Llamando a los antiguos

Bajales sumergidos.

Y como tamiz celeste

Y el luminar de hielo,

Pasan tristemente

Los bajales muertos.

Carcomidos, flavos,

Se acercan bajando...

Y por las luces dejan

Oscuras estelas.

Con su lenguaje incierto,

Parece que sollozan,

A la voz de invierno,

Preterida historia.

En la costa brava

Suena la campana

Y se vuelven las naves

Al panteón de los mares.

 

 

Lied IV

 

La noche pasaba, ,

y al terror de las nébulas, sus ojos

inefables reían de tristeza.

 

La muda palabra

en la mansión culpable se veía,

como del Dios antiguo la sentencia.

 

La funesta falta

descubrieron los canes, olfareando

en el viento la sombra de la muerta.

 

La bella cantaba,

y el florete durmióse en la armería

sangrando la piedad de la inocencia.

 

 

Lied V

 

La canción del adormido cielo

Dejó dulces pesares;

yo quisiera dar vida a esa canción

que tiene tanto de ti.

 

Ha caído la tarde sobre el musgo

del cerco inglés,

con aire de otro tiempo musical.

 

El murmurio de la última fiesta

ha dejado colores tristes y suaves

cual de primaveras oscuras

y listones perlinos.

 

Y las dolidas notas

han traído la melancolía

de las sombras galantes

al dar sus adioses sobre la playa.

 

La celestía de tus ojos dulces

tiene un pesar de canto,

que el alma nunca olvidará.

 

El ángel de los sueños te ha besado

para dejarte amor sentido y musical

y cuyos sones de tristeza

llegan al alma mía,

como celestes miradas

en esta niebla de profunda soledad.

 

¡Es la canción simbólica

como un jazmín de sueño,

que tuviera tus ojos y tu corazón!

¡Yo quisiera dar vida a esta canción!

 

 

Los ángeles tranquilos

 

Pasó el vendaval; ahora,

con perlas y berilos,

cantan la soledad aurora

los ángeles tranquilos.

 

Modulan canciones santas

en dulces bandolines;

viendo caídas las hojosas plantas

de campos y jardines.

 

Mientras sol en la neblina

vibra sus oropeles,

besan la muerte blanquecina

en los Saharas crueles.

 

Se alejan de madrugada,

con perlas y berilos,

y con la luz del cielo en la mirada

los ángeles tranquilos.

 

 

Los delfines

 

Es la noche de la triste remembranza;

en amplio salón cuadrado,

de amarillo iluminado,

a la hora de maitines

principia la angustiosa contradanza

de los difuntos delfines.

Tienen ricos medallones

terciopelos y listones;

por nobleza, por tersura

son cual de Van Dyck pintura;

mas, conservan un esbozo,

una llama de tristura

como el primo, como el último sollozo.

Es profunda la agonía

de su eterna simetría;

ora avanzan en las fugas y compases

como péndulos tenaces

de la última alegría.

Un Saber innominado,

abatidor de la infancia,

sufrir los hace, sufrir por el pecado

de la nativa elegancia.

y por misteriosos fines,

dentro del salón de la desdicha nocturna,

se enajenan los delfines

en su danza taciturna.

 

 

Los muertos

 

Los nevados muertos,

bajo triste cielo,

van por la avenida

doliente que nunca termina.

 

Van con mustias formas

entre las auras silenciosas:

y de la muerte dan el frío

a sauces y lirios.

 

Lentos brillan blancos

por el camino desolado;

y añoran las fiestas del día

y los amores de la vida.

 

Al caminar, los muertos una

esperanza buscan:

y miran sólo la guadaña,

la triste sombra ensimismada.

 

En yerma noche de las brumas

y en el penar y la pavura,

van los lejanos caminantes

por la avenida interminable.

 

 

Los reyes rojos

 

Desde la aurora

combaten dos reyes rojos,

con lanza de oro.

 

Por verde bosque

y en los purpurinos cerros

vibra su ceño.

 

Falcones reyes

batallan en lejanías

de oro azulinas.

 

Por la luz cadmio

airadas se ven pequeñas

sus formas negras.

 

Viene la noche

y firmes combaten foscos

los reyes rojos.

 

 

Nocturno

 

De Occidente la luz matizada

Se borra, se borra;

En el fondo del valle se inclina

La pálido sombra.

Los insectos que pasan la bruma

se mecen y flotan,

y en su largo mareo golpean

las húmedas hojas.

 

Por el tronco ya sube, ya sube

La nítida tropa

De las larvas que, en ramas desnudas,

Se acuestan medrosas.

 

En las ramas de fusca alameda

Que ciñen las rocas,

Bengalíes se mecen dormidos,

Soñando sus trovas.

Ya descansan los rubios silvanos

Que en punas y costas,

Con sus besos las blancas mejillas

Abrazan y doran.

En el lecho mullido la inquieta

Fanciulla reposa,

y muy grave su dulce, risueño

semblante se torna.

Que así viene la noche trayendo

Sus causas ignotas;

Así envuelve con mística niebla

Las ánimas todas.

Y las cosas, los hombres domina

La parda señora,

De brumosos cabellos flotantes

Y negra corona.

 

 

La tarda

 

Despunta por la rambla amarillenta,

donde el puma se acobarda;

viene de lágrimas exenta

la Tarda.

 

Ella del esqueleto madre

al puente baja inescuchada,

y antes que el rondín ladre

a la alborada

lanza ronca carcajada.

 

Y con sus epitalamios rojos,

sus vacíos ojos

y su extraña belleza,

pasa sin ver por la senda bravía,

sin ver que hoy me he muerto de tristeza

y de monotonía.

 

Va a la ciudad, que duerme parda,

por la muerta avenida,

sin ver el dolor, distraída,

la Tarda.

 

 

Los muertos

 

Los nevados muertos,

bajo triste cielo,

van por la avenida

doliente que nunca termina.

 

Van con mustias formas

entre las auras silenciosas,

y de la muerte dan el frío

a sauces y lirios.

 

Lentos brillan blancos

por el camino desolado.

y añoran las fiestas del día

y los amores de la vida.

 

Al caminar los muertos una

esperanza buscan:

y miran sólo la guadaña,

la triste sombra ensimismada.

 

En yerma noche de las brumas

y en el penar y la pavura,

van los lejanos caminantes

por la avenida interminable.


 

Las bodas vienesas

 

En la casa de las bagatelas,

Vi un mágico verde de rostro cenceño,

Y las cincidelas

Vistosas le cubren la barba de sueño.

 

Dos infantes oblongos deliran

Y al cielo levantan sus rápidas manos,

Y dos rubias gigantes suspiran,

Y el coro preludian cretinos ancianos.

 

Que es la hora de la maravilla;

La música rompe de canes y leones

Y bajo chinesca pantalla amarilla

Se tuercen guineos con sus acordeones.

 

Y al compás de los címbalos suaves,

Del hijo del Rino comienzan las bodas;

Con sus basquiñas enormes y graves

Preséntase mustias las primeras beodas.

 

Y margraves de añeja Germania,

Y el rútilo extraño de blonda melena,

Y llega con flores azules de insania

La bárbara y dulce princesa de Viena.

 

Y al dulzor de las virgíneas camelias

Van pos del cortejo la banda macrobia,

Y rígidas, fuertes, las tías Amelias;

Y luego cojeando, cojeando la novia, 

 

 

La luz de Varsovia

 

Y en la racha que sube a los techos

Se pierden, al punto, las mudas señales,

Y al compás alegre de enanos deshechos

Se elevan divinos los cantos nupciales.

 

Y en la bruma de la pesadilla

Se ahogan luceros azules y raros,

Y, al punto, se extiende como nubecilla

El mago misterio de los ojos claros.

Tomado de:

http://amediavoz.com/eguren.htm

 

Marcha fúnebre de una Marionnette

 

Suena trompa del infante con aguda melodía...

La farándula ha llegado a la reina Fantasía;

Y en las luces otoñales se levanta plañidera

La carroza plañidera.

 

Pasan luego, a la sordina, peregrinos y lacayos

Y con sus caparazones los acéfalos caballos;

Van azul melancolía

La muñeca. ¡No hagáis ruido!;

Se diría, se diría

Que la pobre se ha dormido.

 

Vienen túmidos y erguidos palaciegos borgoñones

Y los siguen arlequines con estrechos pantalones.

Ya monótona en litera

Va la reina de madera;

Y Paquita siente anhelo de reír y de bailar,

Flotó breve la cadencia de la murria y la añoranza;

Suena el pífano campestre con los aires de la danza.

 

¡Pobre, pobre marionnette que la van a sepultar!

Con silente poesía

Va un grotesco Rey de Hungría

Y los siguen los alanos;

Así toda la jauría

Con los viejos cortesanos.

Y en tristor a la distancia

Vuelan goces de la infancia,

Los amores incipientes, los que nunca han de durar.

 

¡Pobrecita la muñeca que la van a sepultar!

Melancólico el zorcico se prolonga en la mañana,

La penumbra se difunde por el monte y la llanura,

Marionnette deliciosa va a llegar a la temprana sepultura.

 

En la trocha aúlla el lobo

Cuando gime el melodioso paro bobo.

Tembló el cuerno de la infancia con aguda melodía

Y la dicha tempranera a la tumba llega ahora

Con funesta poesía

Y Paquita danza y llora.

 

Los reyes rojos

 

Desde la aurora

Combaten los reyes rojos,

Con lanza de oro.

 

Por verde bosque

Y en los purpurinos cerros

Vibra su ceño.

 

Falcones reyes

Batallan en lejanías

De oro azulinas.

 

Por la luz cadmio,

Airadas se ven pequeñas

Sus formas negras.

 

Viene la noche

Y firmes combaten foscos

Los reyes rojos.

 

 

El dominó

 

Alumbraron en la mesa los candiles,

Moviéronse solos los aguamaniles,

Y un dominó vacío, pero animado,

Mientras ríe por la calle la verbena,

Se sienta iluminado,

Y principia la cena.

 

Su claro antifaz de un amarillo frío

Da los espantos en derredor sombrío

Esta noche de insondables maravillas,

Y tiende vagas, lucifugas señales

A los vasos, las sillas

Los ausentes comensales.

 

Y luego en horror que nacarado flota,

Por la alta noche de voluntad ignota,

En la luz olvida manjares dorados,

Ronronea una oración culpable, llena

De acentos desolados,

Y abandona la cena.

Tomado de:

http://www.los-poetas.com/c/engur1.htm

 

 

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