Dilema del gato
Es posible el caso de
un gato deforme
que haya nacido con
cinco colas...
Justus Hartnach
Yo he tenido tres gatos,
todos con cuatro patas y una elegante cola.
Ésa parece a cualquiera
la lógica del mundo.
No existe más: no hay otro género de gatos,
de lógica felina.
Y sólo el necio se preguntaría:
¿por qué no han de tener tres patas y tres colas
mis tres gatos?
¿no sería ésa una composición más lógica del mundo?
¿por qué no ser un gato de cuatro colas
y una pata exclusiva, una garza de colas?
Sólo el sonriente Wittgenstein lo toma en serio
y dice:
el gato tiene su forma,
su naturaleza,
sus propiedades internas,
pero podría haber, digo, podría,
tres gatos de tres patas y tres colas
y nueve gatos
de nueve ojos astutos,
estrábicos de 4 y 5, 9 y 7,
de nueve uñas cortantes / y nueve colas
—como hay látigos.
Podría.
La lógica del mundo es sólo
una ordenadamente hermosa / terquísima visión.
Y yo conozco gente más compleja
que todos esos gatos.
6.12**
Una aberrante tautología del ser.
Sólo a esta inútil criatura,
a esta insensata fiera se le ocurre pensar,
tener su lógica, su diccionario,
su weltanshauung, su ducha,
su cepillo de dientes, sus calzones,
su mundo en pocos términos.
Es bueno este progreso del hombre para el hombre.
Esta cultura humana de la humanidad,
este arte del artista.
Es bueno el hombre por ser hombre.
Debemos resignarnos a la sinrazón:
toda especie preserva la vida de sus vástagos
—o la destruye—
con base en algo siempre, tautológicamente,
huérfano de razón.
Hombre es el hombre.
(De Al margen de un tratado)
** El número que aparece en estos poemas remiten al
Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein.
Omelette de sonetos
a la Góngora y a la Ricardo Reis
La rosa corto del jardín primera,
esta rosa feliz que alumbra el año
con su amarillo, con su luz entera,
y sólo es el principio del rebaño.
Un rebaño de rosas que prospera
del primero hasta el último peldaño,
siguiendo el curso azul de la escalera
que al cielo lleva espinas sin más daño.
Vive dos días cortada, estrella rota,
pero raudas gemelas la suceden
con la prisa estelar en que se agota
la rosa superior a la que ceden
flores, hombres, criaturas en derrota,
que toda luz, al marchitar conceden.
La rosa del amor corto primera,
y palpo, beso, desenvuelvo, adoro
sus pétalos de blanca primavera;
y luego, la rehago, vuelvo al oro
lo que era cobre y floración grosera.
La rosa, hoy amarilla, que desfloro,
vuelve a la sangre, calma y desespera
por ser la pulpa que hoy, carnal, devoro.
Mujer la flor se ha vuelto, esplendorosa,
de su metamorfosis sorprendida,
por obra de esa magia poderosa.
Y aunque fue, cuando flor, notable cosa,
era planta, verdura, apenas vida;
y hoy late, canta la perfecta rosa.
(De
Bitácora del sedentario (Inédito])
I
Carnívoras rosadas
Este encantador género de plantas, hijas de la Aurora, se
especializan precisamente en jardines. Tal especia-lidad consiste, para decirlo
de una vez, en su costum-bre hipócrita de florecer, como quien no quiere la
cosa, en los prados familiares, donde la fauna de los nidos prospera con
abundancia enternecedora y apetecible: sólo comen carne sonrosada. Su gusto
cruel se agrava con este censurable racismo.
Tienen hojas transparentes —y rosáceas— que llaman a la
caricia sobre todo a los niños muy pequeños.
Florecen tarde, generalmente en invierno; y es entonces
cuando su condición de lobos vegetales sale a la luz. Si uno acerca la vista al
centro de sus flores, tan encendidas como las de Nochebuena —pero eso sí más
bellas—, puede alcanzar el tufo lejanísimo de rastro o de matanza, y percibir
las gotas de sangre fresca sobre los pistilos, como una baba dulce que juega en
estos monstruos el digestivo y sápido papel de la memoria.
(De
Manual de flora fantástica (Inédito])
II
Chupaflores areniscas
Validas del proceso clorofílico de asimilación de la luz y
atenidas al principio de que el hambre y la sed son malos consejeros, estas
cactáceas que crecen en las más solitarias zonas de Altar, aunque son aparentemente
ciegas y abstemias, han desarrollado el más agudo sentido ocular y distinguen a
leguas a los seres vivientes de locomoción desarrollada.
Como ellas no pueden moverse, procuran llamar la atención
del viandante con rojos frutos inconsistentes, paridos a la carrera, o
borbotones fogosos de flores verdaderamente hechizas que pueden deslumbrar al
peregrino sediento incluso en noches de luna llena.
Cuando un hombre se acerca, atraído por tales prometedores
jugos (no fuegos) artificiales, la planta envilecida por el vicio vampírico de
su soledad, no pierde la oportunidad de clavar un dardo al sediento cuando se
encuentra a tiro de espina. Cada púa de esos nervudos tallos de la chupaflores
es en realidad como la punta de una jeringa hipodérmica, hueca y adoctrinada
para herir y succionar con rapidez la sangre del que se aproxima a devorar el
fruto ilusorio.
El viajero inocente come el fruto y sufre el espejismo de
su rehidratación momentánea. Un golpe de reconfortante avidez inflama cerebro,
pero es sólo la reacción que padece al perder varios litros de su sangre, y se
aleja ebrio hacia el fondo del desierto, con medio tanque de menos en las
arterias, para morir cerca de ahí, lleno de amor por las cactáceas que son la
última esperanza del sediento y el horror de los camellos —curtidas cactáceas
animales— que miran a las chupaflores con fundada sospecha.
II. Grande es el odio
2
Y el miedo es una cosa grande como el odio.
El miedo hace existir a la tarántula,
la vuelve cosa digna de respeto,
la embellece en su desgracia,
rasura sus horrores.
Qué sería de la tarántula, pobre,
flor zoológica y triste,
si no pudiera ser ese tremendo
surtidor de miedo,
ese puño cortado
de un simio negro que enloquece de amor.
La tarántula, oh Bécquer,
que vive enamorada
de una tensa magnolia.
Dicen que mata a veces,
que descarga sus iras en conejos dormidos.
Es cierto.
pero muerde y descarga sus tinturas internas
contra otro,
porque no alcanza a morder sus propios
miembros,
y le parece que el cuerpo del que pasa,
el que amaría si lo supiera,
es el suyo.
6
De pronto, se quiere escribir versos
que arranquen trozos de piel
al que los lea.
Se escribe así, rabiosamente,
destrozándose el alma contra el escritorio,
ardiendo de dolor,
raspándose la cara contra los esdrújulos,
asesinando teclas con el puño,
metiéndose pajuelas de cristal entre las uñas.
Uno se pone a odiar como una fiera,
entonces,
y alguien pasa y le dice:
"vente a cenar, tigrillo,
la leche está caliente".
III. Lamentación por una perra
1. Monelle
También la pobre puta sueña.
La más infame y sucia
y rota y necia y torpe,
hinchada, renga y sorda puta,
sueña.
Pero escuchen esto,
autores,
bardos suicidas
del diecinueve atroz,
del veinte y de sus asesinos:
sólo sabe soñar
al tiempo mismo
de corromperse.
Ésa es la clave.
Ésa es la lección.
He ahí el camino para todos:
soñar y corromperse a una.
3
Muerde la perra
cuando estoy dormido;
rasca, rompe, excava
haciendo de su hocico lanza,
para destruirme.
Pero hallará otra perra dentro
que gime y cava hace veinte años.
5
¡Qué bajos cobres ha de haber
tras esa aurífera corona!
¡Qué llagas verdes
bajo las pulpas húmedas
de su piel de esmeralda!
¡Qué despreciable perra puede ser ésta,
si de veras me ama!
7
Uno creería que terminado este poema,
gastada en el papel tanta azul tinta envenenada
—catarsis y todo eso—,
sería más claro el rostro de las cosas,
compuesto el trote del poeta,
recién bañado el tigre,
vuelto al archivo el orden,
al gato los tejados.
Pero el dolor prosigue contra el texto,
cebándose en las carnes
como el can caduco y ciego,
que desconoce al dueño por la noche,
o bien, el amo alcohólico
que muele a palos a su perra
mientras ella (¡oh tristes!)
lame
la dura sombra que la aplasta.
IV. Boleros del resentido
1
Días en que el ocio y la esterilidad
cubren las cosas,
como un polvo finísimo.
Y sobre el polvo,
sobre la superficie de los muebles, agrisada,
dibujamos cabezas,
casas con sus ventanas.
Escribimos la palabra Lola
sobre el polvo;
el nombre Juana.
Sobre el polvo del ocio de los muebles,
como niños deformes,
que apenas pueden controlar el dedo.
7
Hay un lejano olor a muerto en todo el aire.
Alguien se muere aquí,
muy cerca, en el jardín de al lado.
Tal vez aquí, junto al umbral,
más bien adentro de la casa, en el pasillo,
y no, más cerca, en este cuarto donde moríamos
juntos.
No, tampoco.
Más cerca aun, junto a mi cuerpo.
Y no, más cerca.
V. La fiesta
8. Magna et pulchra conventio
Hoy me produce vómitos
pertenecer a este planeta,
pero entiéndase bien: sólo por hoy,
sólo por esta vez.
No se me tome por contrarrevolucionario.
Sólo por unas horas.
Hay que comprenderlo.
No me importa por hoy
pertenecer al bando oscuro
o claro de los hombres.
De todo hay en la fiesta.
Toda clase de baile se cultiva.
Sólo siento esta vez
unas ganas dulcísimas,
ganas empalagosas
de matar un hombre
—pudiera ser yo mismo—
o una mujer,
por nada, sin motivo,
como un supremo lujo irrealizable.
Ganas terribles
de que nuestras sagradas asambleas
de ranas que barritan
y canguros que graznan
estallen como el vientre
de la chinche golosa.
Pero eso es todo, amada.
Simplemente por hoy,
aunque no constituya precedente,
como un relámpago sucio
contrario a los principios esenciales,
por esta vez, insisto,
sólo por media hora,
vuelvo el estómago,
hago del cuerpo con la boca
de sólo ver un traje o unos poemas
tejidos por los hombres.
VI. La ciudad ha perdido su Beatriz
II
Oh muerte, ¿qué ha de morir de ti,
qué carne dañarás de muerte,
qué has de matar si ella está muerta?
¿Qué cosa ha de ser cosa
tras su muerte?
¿Qué dolor dolerá
si ella no duele?
XII
¿Cómo expulsar del sueño
el sueño tuyo, amada?
¿Cómo cerrar las puertas del sueño,
a toda forma viviente?
¿Cómo estorbar la marcha
del tigre desgarrado,
con parapetos de neblina?
¿Cómo impedir el paso
de estas sólidas fieras
a la juguetería vaga del sueño?
¿Cómo escapar de un tigre
que crece al avanzar cuando lo sueñan
como la mole de nieve en la colina?
Tomado de:
El sexo en siete lecciones
1. Gozo y tortura
que el Tártaro yel Cielo
-uña de carne- desempeñan.
Al sexo y su desorden milagroso,
a su perfecto matrimonio; ,
de beso y abrelatas, sucumbimos.
A la gloria del sexo,
a su desenfrenado latrocinio,
su avaricia impecable,
alto, cedemos.
* * *
2. Y por estar a flote,
por ser la superficie de la espuma en la piel,
por ser lo más visible y general,
por ser el más común lugar del paraíso visitado,
el sexo, lo evidente,
lo que a todos iguala,
lo esencial-sabia era Eva,
ingenuo Segismundo-,
por ser el sexo algo tan real,
lo único real acaso,
sólo se existe y vive a su merced.
No es reducible el sexo a números ni a ciencia,
no es cosa comprensible,
no es natural ni humano
y la divinidad lo desconoce.
Lo real no está sujeto a inquisición.
* * *
3. El tiempo escaso por costumbre
y, por la costumbre, frágil,
no basta para el amor
y es demasiado para el sexo.
Pero si en sexo se midiera el tiempo
si el sexo -el gozo, mejor dicho- fuera
una unidad de tiempo,
sería la más pequeña
que el reloj pudiera imaginar,
la apenas registrable,
el átomo del tiempo.
* * *
4. Ni el denodado goce de los cuerpos,
ni el carnívoro roce de las bocas,
ni las fieras sensuales de los dedos,
ni las mejillas ardorosas,
ni el sudor refrescante de los pechos
-su rima encantadora-,
ni el tacto delicioso de los muslos,
ni la plata del pubis,
ni las caudas azules y viriles,
son suficientes para el sexo.
La plena saciedad misma, no basta.
Lacios los cuerpos tras el goce, exhaustos,
bebidos uno a otro hasta las plantas,
sueñan, despiertos, con el sexo.
Sólo han probado, sólo empiezan a hervir.
La saciedad más absoluta
es siempre, apenas, el principio.
* * *
5. El cuerpo es siempre virgen para el sexo.
El cuerpo siempre, Paul, recomenzando.
Y el cuerpo eterno, el fiero eterno cuerpo
muere antes que el sexo.
* * *
6. Y nada de que el sexo
sólo con amor es sexo.
El sexo es siempre amor,
nunca el amor es sexo.
El amor no es amor,
el sexo es el amor.
No hay sexo sin amor
pero hay amor sin sexo, y no lo es.
Todo amor sin sexo es corruptible.
Sólo una advertencia:
es ya desgracia conocida
que el sexo y el amor no sean posibles
sino con personas,
con almas y con cuerpos de cuatro dimensiones,
con seres existentes,
y nunca con fantasmas o sombras pasajeras,
mucho menos con plantas o gallinas.
7 (y última). El sexo es una cosa
que se embellece cuando se la mira.
Y la prostitución es su magnífico revés,
su negación perfecta,
su ausencia depresiva.
El sexo es este Dios moldeado
por su más portentosa y vil creatura.
Amor
La regla es ésta:
dar lo absolutamente imprescindible,
obtener lo más,
nunca bajar la guardia,
meter el jab a tiempo,
no ceder,
y no pelear en corto,
no entregarse en ninguna circunstancia
ni cambiar golpes con la ceja herida;
jamás decir "te amo", en serio,
al contrincante.
Es el mejor camino
para ser eternamente desgraciado
y triunfador
sin riesgos aparentes.
El tigre real, el amo, el solo, el sol...
El tigre real, el amo, el solo, el sol
de los carnívoros, espera,
está herido y hambriento,
tiene sed de carne,
hambre de agua.
Acecha fijo, suspenso en su materia,
como detenido por el lápiz
que lo está dibujando,
trastornada su pinta majestuosa
por la extrema quietud.
Es una roca amarilla:
se fragua el aire mismo de su aliento
y el fulgor cortante de sus ojos
cuaja y cesa al punto de la hulla.
Veteado por las sombras,
doblemente rayado,
doblemente asesino,
sueña en su presa improbable,
la paladea de lejos, la inventa
como el artista que concibe un crimen
de pulpas deliciosas.
Escucha, huele, palpa y adivina
los menores espasmos, los supuestos crujidos,
los vientos más delgados.
Al fin, la víctima se acerca,
estruendosa y sinfónica.
El tigre se incorpora, otea, apercibe
sus veloces navajas y colmillos,
desamarra
la encordadura recia de sus músculos.
Pero la bestia, lo que se avecina
es demasiado grande
-el tigre de los tigres-.
Es la muerte
y el gran tigre es la presa.
Esto es falso, esto es bueno...
Esto es falso, esto es bueno
y aquello rubio cobre.
Qué ciencia, hermanos,
cómo saben todo eso.
¿No hay más azul, ni falso ni magenta
que el sol del que los mira?
¿No florecemos, no estamos
comprendidos
entre los seres del reino
-oh solipsistas, oh videntes, oh magos-?
Sólo somos el muro que retiene al jardín.
Martirio de Narciso
Al verterse en los charcos la apostura
del que delgado está, pues disemina
sus reflejos, el agua femenina
se hiela por guardar cada figura.
El revés del cristal nos asegura
su espalda contener: allí camina
la sangre que en Narciso se origina
cada vez que un espejo se fractura.
Pulida tempestad en los cristales
impide que navegue su reflejo;
le da ceguera un Tántalo cercano,
quien dice amordazando manantiales:
aquel que aprisionar logra un espejo
puede apretar el mundo con la mano.
Tomado de:
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