martes, 5 de marzo de 2024

POEMAS DE ELENA MEDEL


Curso de submarinismo

 

Como anticipo a la pérdida,

un corazón que flota y sobrevive

a la riada de sueños encerrados en burbujas.

 

Como coraza contra la victoria,

agendas que no abandonan su jaula de jabón,

muertas sobre la placa de la ducha.

 

Hoy es epílogo

 

las horas construyen su ataúd junto a mi almohada.

 

De "Vacaciones" 2004

 

 

Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre...

 

Escribiré quinientas veces el nombre de mi madre.

Con un vestido blanco trazaré cada una de sus letras por las

          paredes de mi dormitorio, por el suelo del patio del

          colegio, por el pasillo de la casa más antigua. Para

          recordar mi origen cada vez que yo viva.

En todos los lugares podré besar sus mejillas limpias de

          cristal, aunque ella duerma lejos:

sus mejillas cercanas que me dolerán allá donde acaricie

          su nombre escrito.

Tantos días, tantas noches habrá de alimentarme

          amorosamente con su parábola descalza;

vendrá mi madre a arroparme, mujer de humo, con los ojos

          tiritando de suerte,

y en cada sueño mis apellidos dolerán como un cartel de

          bienvenida a un hogar diferente.

Sobre mi cabello, rubio como el de mi madre, la corona que

          me ciño como hija primogénita de Dinamarca.

Me llamaré Vacía, en honor a mis muertos; miraré cómo

          retozan de acrílico las palmas de mis manos, sangrará

          mi lengua a disposici6n de mis muertos.

Gritaré quinientas veces el nombre de mi madre para quien

          quiera escucharlo, y escribiré que bendigo este medio

          corazón en huelga mío, pues no olvido:

nací para llorar la muerte de otros.

 

De "Tara" 2006

 

 

I will survive

 

Tengo una enorme colección de amantes.

Me consuelan y me aman y con ellos mi ego

se expande y extramuros alcanza la azotea.

Cuando estoy con cualquiera de ellos,

o con todos a la vez, siento la pesada carga

de millones de pupilas subidas a mi grupa,

y a mi oído lo acosan millones de improperios,

se habrá visto niña más desvergonzada / pobrecita,

Dios le libre del problema que suponen / habría

que encerrarlas a todas. Languidezco.

Quiero volar y volar y volar como Campanilla

 

-blanco y radiante cuerpo celestial,

pequeño cometa, pequeño cometa-

de la mano mis amantes, que dicen cosas bonitas

como estigma, princesa, miss cabello bonito, asteroide.

 

Todo sea por mis amantes, que no son dignos de elogio:

son minúsculos, y redondos, y azules,

azules o blancos, o azules y blancos,

y su boquita de piñón es invisible,

y para besarles introduzco a los pitufos

en mi boca, y para gozar de ellos

los trago, porque me sé mantis religiosa.

Quién soy, quién soy, ni siquiera sé quién soy.

Sólo los necesito cuando me desdoblo en dos,

cuando mi ego se encoge incomprensiblemente

e intramuros alcanza un punto mínimo,

cuando lloro demasiado o río demasiado,

y entonces los llamo y ellos, decidme vosotros

quién soy, mi pequeño y urgente consuelo,

se adentran en mi boca sin dudarlo, complacidos,

y me recorren por dentro, y al fin sonrío, soy,

sonrío tras sus cuatro, cinco, seis besos azules,

un balanceo en mi regazo, la sonrisa desencajada,

quién soy ahora, quién soy realmente ahora,

quizá sea una muñeca de trapo, me toman prestada,

sonrío con sus besos fríos color pitufo, color papá pitufo,

besos de colores, ligero toque frío y plástico en mi lengua,

quién soy ahora, quién soy realmente ahora.

 

Les comparto con muchas otras, Sylvia, Anne,

ay mis amantes pluriempleados, no lo he dicho,

mis amantes que son minúsculos, redondos y azules,

apuestos príncipes de un cuento de hadas,

cuando hago como que duermo

creen que soy la Bella Durmiente,

y entonces quiebran el relato y me besan,

y son como cualquier beso que lo es para dormirse,

buenas noches pequeñas plásticas azules y blancas,

quién soy, ya no quiero responder, no sé quién soy,

y contradigo el cuento y mi sueño es más profundo,

y no quiero despertar, no quiero, sólo quiero más

besos azules, quién, besos blancos,

besos porque mi ego tambalea en el centro de mi estómago,

quién soy, besos redondos o cilíndricos,

no importa quién soy, quién soy realmente,

falo químico para mi sonrisa, quién soy ahora,

falo químico de colores para mi cabeza baja.

 

De "Mi primer bikini" 2001

 

 

Irène Némirovsky

 

                                                   Para Benjamín Prado

 

Yo soy Elisabeth Gille llorando tu marcha:

éstas son mis cartas de cumpleaños quemadas.

Yo soy tu hija pequeña sin regalos de Navidad.

Persiguiendo a los nazis, saltando la valla.

Yo soy David Golder arruinado tras tu muerte.

Yo soy un acorde de piano cualquiera

que, de repente, en Issy-L'Evêque suena.

Yo soy Danièle Darrieux tirándose a un ministro nazi.

Yo soy la familia Kampf en un baile malogrado.

Yo soy las lágrimas que derramaste

en una cámara de gas en Auschwitz.

Yo soy el espíritu de la mala suerte.

Yo soy, como tú, una judía atea.

Yo también me exilié por la guerra.

Y soy un susurro al oído y un cuento de Chejov

y las moscas del otoño en un suburbio de Moscú

y soy un perro y soy un lobo

y soy un trago de vino de soledad...

Y soy tu todo y soy tu nada.

Y soy el cabrón alemán que te mató.

Y el germen de la semilla de tu ser.

Yo también me marché de Kiev.

Yo soy tú y a la vez yo.

Yo soy un insecto que por noviembre

merodea en los crematorios.

Yo soy la elegancia, el clasicismo y la frescura

de la boca que Hitler mandó callar un día.

Yo soy Grasset quemando todos tus fonemas

cuando tus hijas aún duermen a tu sombra.

Soy tu mano que acaricia sus cabellos

y que, dedos traviesos, imagina un nuevo cuento.

Y digo que este poema es Irène Némirovsky

lo mismo que yo soy Finlandia en 1918

y tú eres un corazón más en un mundo vacío.

 

De "Mi primer bikini" 2001

 

 

Los niños que se mueren

 

Los niños que se mueren

pueden elegir entre saltar durante el día sobre camas de

          hormigón dulce, o comerse las sábanas muy lento, con

          los ojos cerrados y felices.

El privilegio de la franela. Dos centésimas de miedo para

          que suelten su mano: por la avenida se agarran de la

          punta de mis dedos, mordiéndome, mamá.

Ya no tengo piernas y canto muy bajito, buscando en un lugar

          cerca de mi padre, así que ellos me hacen compañía

          antes de llegar a casa.

Qué alegría en el vestíbulo: soy tan blandita que no puedo

          morir.

Tengo amigos sin sueño ni pijama. Huelen a víspera de

          festivo, y convierten los termómetros en un cuento de

          buenas noches, y han muerto y sin embargo

confían en enero igual que en las ventanas y la voz de la

          nieve.

Así es la vida de los niños que se mueren. Acolchada. Muy

          dulce. Es tan bello extinguirse siendo niño...

 

De "Tara" 2006

 

 

Mi primer bikini

 

Sólo yo sé cuándo sobrevivimos.

Lo sé porque mis dedos

se transforman en lápices de colores.

Lo sé porque con ellos

dibujo en las paredes de tu casa

mujeres con rostro de epitafio.

Porque, a la caricia de la punta,

comienza el derrame de los cimientos

formando arco iris en la noche.

Porque, al escribir testamentos

en el suelo, se remueven las vísceras

de azúcar, y trepan tus raíces.

 

Grabo versos de colores fríos

en tu piel, de arquitrabe a basa,

y les llueve y los diluye, y compruebo

que la lluvia suena como hacen al caer

las canicas brillantes y naranjas

que cambiaba en el patio del recreo,

poco antes de calzar mi primer bikini.

 

Hoy guardo las canicas, como un apagado

tesoro, en los huecos de otras espaldas.

 

Pinto también en la terraza de enfrente

un jardín de lápidas cálidas y hermosas.

Trazo como una medusa de bronce,

un paraíso de cadenas hendiendo en mantillo

el valle diminuto que proclama que es frágil

y sin embargo, dirás tú, sobrevive.

 

De "Mi primer bikini " 2001

 

 

Punto de partida

 

Un poema condenado al ocio.

Sus dieciocho versos montan en autobús

y guardo en la cartera -dibujos animados-

dos pasajes con destino a la garganta.

Tu móvil, apenas unos céntimos, sonrisa:

ganarte así, renegando de Espronceda.

 

Tus besos son la excusa del verano.

 

De "Vacaciones" 2004

 

 

Sueño sucio #1

 

Con apenas un año de vida, mi hija se asoma al balcón: sus

          pulmones son una pecera.

Dentro del plástico le flota una piraña; bajo la lengua, una

          brújula apunta al suelo:

el mecanismo de la vida de mi hija me vino por correo aéreo,

          desmontado.

Desde un segundo piso, mi hija disfruta con las cosas

          brillantes, los estribillos de dos sílabas, las alturas. ¡Está

          muy mayor para su edad!

Asoma su cabeza entre las rejas del balcón: tiene su mismo

          aspecto.

                                                        Se lanza frente a Él.

Contra el suelo.                        Tiene su mismo aspecto.

 

Esta sensación me salpica los zapatos: como si me atravesaran

          el esternón con un cuchillo y extrajesen una porción

          que se exhibiera, por los siglos de los siglos, en una

           urna, sobre un cojín púrpura;

como si nos inventásemos salmos

para recitar en el colegio, entre segundo plato y postre, yendo

          de paseo, al irnos a dormir, al decirnos te quiero y

          abrazarnos,

para limpiarte la conciencia cuando untes en tu desayuno

          tostadas con la miel de la vida de mi hija,

manual de instrucciones para amortiguar el golpe.

          Igual que tú, tiemblo.

 

          Ya no puedo llorar.

 

De "Tara" 2006

 

 

Sueño sucio #2

 

Me arranco la piel seca de los labios. Caen, de mis dedos al

suelo, virutas antipáticas y grises. Permanezco unos minutos

con los labios heridos. Tomo el cepillo de dientes eléctrico,

enfrento su fuerza a mi silencio. El cepillo, de inmediato,

se ha llenado de sangre. Las llagas crecen como esos familiares

a los que sólo visitas de verano en verano. Incómodas; heridas

como valles, un cadáver en la piel seca de mis labios.

 

De "Tara" 2006

 

 

Tara

 

I

La noche de tu muerte

Dios acribillaba a gargajos el cristal de mi ventana. La lluvia

     dolía igual que duele el frío en un cuento navideño

     con barrios de cartón. El viento

golpeaba las paredes, se colaba por las rendijas de la casa,

     helaba los armarios, componía con sus silbidos una

     nana que velase

por todas nosotras.

Escondida bajo la cama, me tapaba los oídos, negando la

     presencia del viento ante la puerta de mi cuarto.

Deberás superar doce pruebas para invadir mis dominios.

     No lo pondré tan fácil.

Me creía etimóloga de las condiciones atmosféricas, experta

     en acepciones.

Al lado de los miedos de mis quince años, cantaban las

     pelusas en un sueño de Sófocles:

     abre y verás cómo el frío te espera con su rostro de miedo, para

     decirte todo lo que no quieres saber. Abre y verás; porque

     el frío aguarda con su rostro de miedo para leer la biografía

     de tus manos.

Diluviaba más allá de la puerta cerrada de mi cuarto. El

     agua invadía las sábanas, traspasaba el somier, las pelusas

     desfilaban -pobres, densísimas- hacia la puerta.

 

Me tumbé, empapada, sobre el colchón.

 

(Fundido en negro)

 

Tumbada, temblorosa, sobre el colchón, colgué el teléfono.

     Las pelusas -colmadas, orgullosas- reconquistaron

     cuanto les robé.

La luz empujaba sus partículas contra mis ojos: punzantes

como el granizo, imitando en su choque a los aplausos.

La lámpara aprendía el gesto de las nubes, descargaba contra

     mí toda su rabia. No lo impediré: basta con resistir para

     apagarme.

Las pelusas ascendieron trepando por la mesilla de noche,

     hasta invadir mi cama, y se colaron acampando en la

     garganta.

Mi boca gris, el oráculo con toda la razón, negando unos y

     otros lo que vendría después. Respiraba con dificultad.

     No podía pensar en otra cosa.

Sucia, desde luego, por meterme donde no me llaman.

     Escucho cómo, en la habitación contigua, Caravaggio

     acapara todo el protagonismo.

Apenas media hora. La llamada, la marcha de mis padres,

     tu muerte.

Mi pecho topaba con la tela; en mi frente y mi nuca, el

     sudor se confundía con el agua.

 

 

II

(Soy Salomón. Pienso construir un altar secreto para los

     domingos. No busco de vosotros una mano en la

     espalda, sino que la tendáis para ayudarme a escapar

     de la marea.

El río al que caí multiplica su caudal conforme los otros

     lloran. Mi corazón es una esponja, una caja negra que

     recoge

     todo cuanto sucede.

El tanatorio, mientras, ejerce su función. Alquiler igual a

     frío.

Una mujer rubia, pálida, me da la bienvenida. Soy Salomón.

     Te mostraré mi altar secreto

la si me guías hasta donde descansa)

 

Ofelia al otro lado del cristal, Angélica después de cuatro

     años, respetada por las aguas,

mientras yo pataleo para no ahogarme. Pronuncio agua y

     lloro por aquello de lo que carezco. Como pulsar un

     botón en lo profundo de mi espalda. Lo conocido me

     zarandea.

Dijiste dos días antes: cuando mejore, iré a la peluquería a

     arreglar este desastre.

El cristal mostraba lo contrario: en tu pelo antes gris,

     revuelto, brillarán los bucles durante cuarenta días y

     cuarenta noches.

Nunca vulnerable, nunca muerta: tan hermosa como la

     última vez en que nos vimos.

 

(Dios, entonces, posó sus manos sobre mis hombros

y me sentí sola.

 

 

III

La franela protege mi vida subterránea. El mundo, bajo las

     sábanas, se percibe diferente:

su grosor iba a alejarme de colmillos y radiactividad, iba a

     librarme del ataque de los monstruos.

Tulipanes amarillos sobre fondo azul. Prozac para las horas

     oscuras. Costaba respirar bajo las sábanas. Las pesadillas

     formaban parte

de un estrato ajeno a mi dormitorio, por encima de las

     nubes, allá donde la asfixia ocurre con la misma frecuencia

que debajo de la manta. Justo cuando no podía respirar me

     rescatabas, y yo dormía abrazada a ti, mis cuatro, cinco

     años, y las pesadillas se digerían con el desayuno.

Todo cuanto tengo

te lo debo. Aprendiste a leer con cinco años. Con ochenta

     escribiste, en un cuaderno de hojas cuadriculadas, tu

     vida. Felicidad fue tu última palabra-

 

Ahora que has muerto, más allá de la puerta cerrada de

     mi cuarto, mientras las hermanas viejas corren a

     refugiarse bajo los soportales,

alguien que no soy yo, pero se me parece, escribe en una

     cabina telefónica con rotulador negro permanente:

Dios, ven aquí,

atrévete a volver a hacerlo,

ahora

soy más grande que tú.

 

IV

 

La lluvia forma en su caída toboganes de barro, alumbra

          arcenes y calzadas para el tránsito nocturno,

expulsa de su reino a los habitantes más hermosos, provoca

          envidias, desmanes, firmas de tratados.

Transforma, también, sus caprichos en notas dispuestas

sobre un tablón de corcho: debo recoger la terraza, ordenar

          mis papeles, resguardarme para cuando llegue la tormenta.

La lluvia consigue todo esto

Igual

que el viento decreta qué árboles no sirven, qué hogares

          deberán pasar la noche en vela, y deshoja tendederos

          y periódicos,

e interrumpe el sueño de quienes se piensan a salvo,

          golpeando contra los cristales de nuestras ventanas.

Y la muerte

no respeta tu puerta cerrada, derritiéndose aprovecha los

          resquicios translúcidos, y se arrastra y se cuela estancada

          en el lugar en el que duermes,

ensuciándote los pies al despertarte, impregnándote los

          huesos y la carne con su olor,

hasta que respiras muy hondo

y decides gritarle sin sábanas, incorporada en el centro de

           tu dormitorio, acabando con todo,

aquello que en el fondo busca con su presencia:

ya no temo a la muerte, porque me reunirá con Ella.

 

De "Tara" 2006

Tomado de:

http://amediavoz.com/medel.htm

 

 

PEZ

 

Nuestro plato favorito requería cierta preparación. Mi abuela abría el pescado en vertical,

 

 leyendo mi futuro.

 

Sobre la superficie herida distribuía su relleno, con cuidado: las marcas de la muerte no deben

 

infectarse.

 

Mientras, ella me hablaba. Yo aún era pequeña; había vuelto del colegio, preguntaba qué

 

había de almorzar, relamía mis gracias y decía:

 

peces como los del verano. Por entonces hacía frío. Y al terminar de comer nos sentábamos

 

juntas, veíamos la televisión juntas, respirábamos juntas cada noche.

 

Vivir era costumbre de las dos,

 

y en verano me enfadaba al verla caminar

 

orilla arriba

 

orilla abajo:

 

yo me enfadaba porque temía perderla en una ola, o que se resfriase, o simplemente estar

 

lejos de ella unos minutos.

 

Al volver, me sentaba en su hamaca y me ayudaba a limpiarme la arena de los pies, a buscar

 

mis ceras en la bolsa, a despegarme la sal y las legañas.

 

 

 

El invierno es, ahora, amable en esta casa. Al entrar he querido encontrarte tranquila,

 

repitiendo tus historias, sonriendo al recordar los buenos tiempos, como siempre,

 

siguiendo las costumbres de mi infancia.

 

Pero no ahora no estás. Las dos ya no vivimos, y el frío me agarra por la espalda y me golpea,

 

recuerda tantas cosas que vuelvo a tener miedo,

 

y mis ojos

 

resbalan en mis manos

 

húmedos

 

como el pez del invierno

 

De Tara (DVD, 2006)

 

 

ÁRBOL GENEALÓGICO

 

Yo pertenezco a una raza de mujeres con el corazón biodegradable.

 

Cuando una de nosotras muere

 

exhiben su cadáver en los parques públicos, los niños se acercan a curiosear en su

 

garganta de hojalata, se celebran festines con moscas y gusanos, me cae mal porque me

 

hizo sonreír a mí, que soy tan triste.

 

A los treinta días exactos de su muerte el cuerpo de esta extraordinaria raza

 

se autodestruye, y a las puertas de vuestras casas llaman los restos del alma de las mujeres

 

sobrenaturales,

 

chocan contra vuestras paredes, sus empastes y sus uñas agujerean vuestras ventanas

 

hasta que sangran nuestras aortas clavadas en la tierra, igual que las raíces.

 

Al morir nos abren el estómago, examinan con los dedos su interior, rebuscan entre las

 

vísceras el mapa del tesoro,

 

sacan sus dedos negros de todos los poemas que se nos han quedado dentro con los años.

 

 

Un espectáculo.

 

Pertenezco a una raza desarrollada más allá de los púlpitos. Soy una de ellas porque mi

 

corazón mancha al tomarlo entre las manos, porque coincide en tamaño con el hueco

 

de un nicho;

 

fresco y dulce como el de un animal, chupad mi corazón para que, al morir, sepan que

 

hemos estado juntos.

 

Soy una de ellas porque mi corazón será abono. Porque mi sangre, que es la suya, sube y

 

baja por mi cadáver como por escaleras mecánicas;

 

porque el fundamento de mi carácter, al descomponerse, se incorpora a una especie salvaje

 

que ladra y que hiere y que te lleva a su terreno, que ignora las afrentas, que jamás se

 

extinguirá.

 

De Tara (DVD, 2006)

 

 

ESTAMOS REALIZANDO OBRAS EN EL EXTERIOR.
NO UTILIZAR ESTA PUERTA EXCEPTO EN CASO DE EMERGENCIA

Madurar

 

era esto:

 

no caer al suelo, chocar contra el suelo, contemplar el pudrirse de la piel

 

igual que un fruto antiguo.

 

Colchón justo para los dos; años que chocan la lengua contra los dientes una y otra vez que

 

se tambalean en la boca

 

años

 

del sentido incorrecto.

 

Con tres hilos de cabeza he tejido mi tiempo:

 

piensa en vosotros a mi edad, piensa en tres hilos de cabeza, qué te falta, qué te queda;

 

piensa en tres hilos. Quizá

 

eso, madurar:

 

quizá Ulises boca abajo, quizá la orilla boca arriba,

 

eso que queréis me esperará diez años. Pensad en diez caídas; pensad en

 

diez hilos de cabeza. ¿Aquello? ¿La madurez? ¿Márchate, olor a lavavajillas, déjame con mi

 

sueño?

 

¿O quizá en la boca uvas para el postre del color

 

de la rodilla que cae al suelo,

 

de la rodilla que choca contra el suelo? Me tambaleo. Y era yo el zumo en la garganta, y era

 

yo el frío, era yo

 

las uñas y el estómago, quién era yo en mis años

 

con tres, en mi tiempo con diez hilos de cabeza. Hasta mi habitación

 

por la escalera de incendios un hombre

 

y su sentido contrario. Diez hilos de cabeza, veinte hilos de su pecho atados a mi pecho,

 

juro que amé

 

los golpes de sus piernas. Digo que

 

madurar era esto: que no pude negarme, digo que mis tres hilos de nada entre los dedos, y

 

juré chocar y el suelo

 

lo juré. Pensé al suelo la caída

 

y el choque contra el suelo. Pensé el aliento pensé dije

 

tres hilos de cabeza: tambaleo.

 

Pensé en mi edad y pensé en vosotros y pensé

 

que nadie me avisó de madurar así, junto a la vida y el frío en el cajón

 

de la fruta que se pudre.

De Chatterton (Visor, 2014)

 

 

UN CUERVO EN LA VENTANA DE RAYMOND CARVER

 

Para Erika

 

 

 

 

 

 

 

 

Nadie se posa en el alféizar –son veintiocho años

 

de espacio adolescente–,

 

pero qué ocurriría si el pájaro sobre el que he leído

 

en todos los poemas

 

se colara por el patio de luces y asomara

 

por el alféizar de mis veintiocho años,

 

un pájaro

 

mi habitación adolescente.

 

 

Y qué ocurriría si yo escribiese aún

 

–si me preguntan, respondo que ya no–

 

y un pájaro cualquiera, ninguno de los pájaros sobre

 

los que haya leído en todos los poemas,

 

un cuervo o una de las palomas negras que asoman en la oficina,

 

interrumpiese en la escritura

 

como el que se posó en la ventana de Carver.

 

 

¿Ganaría su lugar en el poema?

 

¿Dejaría de ser pájaro?

 

 

Alza el vuelo. Ya no hay

 

habitación en el alféizar.

 

 

De Chatterton (Visor, 2014)

Tomado de:

https://revistaiman.es/poemas-de-elena-medel/

 

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