martes, 11 de enero de 2022

POEMAS DE GABRIELA MISTRAL (Lucila Godoy Alcayaga) A Un año más de su Muerte.

 



"Desvelada"

 

Como soy reina y fui mendiga, ahora

vivo en puro temblor de que me dejes,

y te pregunto, pálida, a cada hora:

"¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!".

 

Quisiera hacer las marchas sonriendo

y confiando ahora que has venido;

pero hasta el dormir estoy temiendo

y pregunto entre sueños: "¿No te has ido?".


 

"La noche"

 

Por que duermas, hijo mío,

el ocaso no arde más:

no hay más brillo que el rocío,

más blancura que mi faz.

 

Por que duermas, hijo mío,

el camino enmudeció:

nadie gime sino el río;

nada existe sino yo.

 

Se anegó de niebla el llano.

Se encogió el suspiro azul.

Se ha posado como mano

sobre el mundo la quietud.

 

Yo no solo fui meciendo

a mi niño en mi cantar:

a la Tierra iba durmiendo

el vaivén del acunar...

 

"La madre triste"

 

Duerme, duerme, dueño mío,

sin zozobra, sin temor,

aunque no se duerma mi alma,

aunque no descanse yo.

 

Duerme, duerme y en la noche

seas tú menos rumor

que la hoja de la hierba,

que la seda del vellón.

 

Duerma en ti la carne mía,

mi zozobra, mi temblor.

En ti ciérrense mis ojos:

¡duerma en ti mi corazón!

 

"Miedo"

 

Yo no quiero que a mi niña

golondrina me la vuelvan;

se hunde volando en el Cielo

y no baja hasta mi estera;

en el alero hace el nido

y mis manos no la peinan.

Yo no quiero que a mi niña

golondrina me la vuelvan.

 

Yo no quiero que a mi niña

la vayan a hacer princesa.

Con zapatitos de oro

¿cómo juega en las praderas?

Y cuando llegue la noche

a mi lado no se acuesta...

Yo no quiero que a mi niña

la vayan a hacer princesa.

 

Y menos quiero que a un día

me la vayan a hacer reina.

La subirían al trono

a donde mis pies no llegan.

Cuando viniese la noche

yo no podría mecerla...

¡Yo no quiero que a mi niña

me la vayan a hacer reina!

Tomado de:

https://www.eluniversal.com.mx/cultura/letras/cinco-poemas-conmovedores-de-gabriela-mistral

 

LOS SONETOS DE LA MUERTE

 

 

Del nicho helado en que los hombres te pusieron,

te bajaré a la tierra humilde y soleada.

Que he de dormirme en ella los hombres no supieron,

y que hemos de soñar sobre la misma almohada.

 

Te acostaré en la tierra soleada con una

dulcedumbre de madre para el hijo dormido,

y la tierra ha de hacerse suavidades de cuna

al recibir tu cuerpo de niño dolorido,

 

Luego iré espolvoreando tierra y polvo de rosas,

y en la azulada y leve polvoreda de luna,

los despojos livianos irán quedando presos.

 

Me alejaré cantando mis venganzas hermosas,

¡porque a ese hondor recóndito la mano de ninguna

bajará a disputarme tu puñado de huesos!

 

 

II

 

Este largo cansancio se hará mayor un día,

y el alma dirá al cuerpo que no quiere seguir

arrastrando su masa por la rosada vía,

por donde van los hombres, contentos de vivir...

 

Sentirás que a tu lado cavan briosamente,

que otra dormida llega a la quieta ciudad.

Esperaré que me hayan cubierto totalmente...

¡y después hablaremos por una eternidad!

 

Sólo entonces sabrás el por qué no madura

para las hondas huesas tu carne todavía,

tuviste que bajar, sin fatiga, a dormir.

 

Se hará luz en la zona de los sinos, oscura:

sabrás que en nuestra alianza signo de astros había

y, roto el pacto enorme, tenías que morir...

 

 

III

 

Malas manos tomaron tu vida desde el día

en que, a una señal de astros, dejara su plantel

nevado de azucenas. En gozo florecía.

Malas manos entraron trágicamente en él...

 

Y yo dije al Señor: - "Por las sendas mortales

le llevan ¡Sombra amada que no saben guiar!

¡Arráncalo, Señor, a esas manos fatales

o le hundes en el largo sueño que sabes dar!

 

¡No le puedo gritar, no le puedo seguir!

Su barca empuja un negro viento de tempestad.

Retórnalo a mis brazos o le siegas en flor".

 

Se detuvo la barca rosa de su vivir...

¿Que no sé del amor, que no tuve piedad?

¡Tú, que vas a juzgarme, lo comprendes, Señor!


 

EL PENSADOR DE RODIN

 

Con el mentón caído sobre la mano ruda,

el Pensador se acuerda que es carne de la huesa,

carne fatal, delante del destino desnuda,

carne que odia la muerte, y tembló de belleza.

 

Y tembló de amor, toda su primavera ardiente,

ahora, al otoño, anégase de verdad y tristeza.

El "de morir tenemos" pasa sobre su frente,

en todo agudo bronce, cuando la noche empieza.

 

Y en la angustia, sus músculos se hienden, sufridores

cada surco en la carne se llena de terrores, 

Se hiende, como la hoja de otoño, al Señor fuerte

 

que le llama en los bronces... Y no hay árbol torcido

de sol en la llanura, ni león de flanco herido,

crispados como este hombre que medita en la muerte.

 

 

AL OÍDO DEL CRISTO

 

Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;

Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:

estas pobres gentes del siglo están muertas

de una laxitud, de un miedo, de un frío!

 

A la cabecera de sus lechos eres,

si te tienen, forma demasiado cruenta,

sin esas blanduras que aman las mujeres

y con esas marcas de vida violenta.

 

No te escupirían por creerte loco,

no fueran capaces de amarte tampoco

así, con sus ímpetus laxos y marchitos.

 

Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden,

por no disgregarse, mejor no se mueven.

¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!

 

**

 

Aman la elegancia de gesto y color,

y en la crispadura tuya del madero,

en tu sudar sangre, tu último temblor

y el resplandor cárdeno del Calvario entero,

 

les parece que hay exageración

y plebeyo gusto; el que Tú lloraras

y tuvieras sed y tribulación,

no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.

 

Tienen ojo opaco de infecunda yesca,

sin virtud de llanto, que limpia y refresca;

tienen una boca de suelto botón

 

mojada en lascivia, ni firme ni roja,

¡y como de fines de otoño, así, floja

e impura, la poma de su corazón!

 

**

 

¡Oh Cristo! El dolor les vuelva a hacer viva

l'alma que les diste y que se ha dormido,

que se la devuelva honda y sensitiva,

casa de amargura, pasión y alarido.

 

¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan

al como se parten frutos y gavillas;

amas que a su gajo caduco se prendan

amas como argollas y como cuchillas!

 

¡Llanto, llanto de calientes raudales

renueve los ojos de turbios cristales

les vuelva el viejo fuego del mirar!

 

¡Retòñalos desde las entrañas, Cristo!

si ya es imposible, si tú bien lo has visto,

son paja de eras… ¡desciende a aventar!

 

 

PINARES

 

El pinar al viento

vasto y negro ondula,

y mece mi pena

con canción de cuna.

 

Pinos calmos, graves

como un pensamiento,

dormidme la pena,

dormidme el recuerdo.

 

Dormidme el recuerdo,

asesino pálido,

pinos que pensáis

con pensar humano.

 

El viento los pinos

suavemente ondula.

¡Duérmete, recuerdo,

duérmete, amargura!

 

La montaña tiene

el pinar vestida

como un amor grande

que cubrió una vida.

 

Nada le ha dejado

sin poseerle, ¡nada!

¡Como un amor ávido

que ha invadido un alma!

 

La montaña tiene

tierra sonrosada;

el pinar le puso

su negrura trágica,

 

(Así era el alma

alcor sonrosado;

así el amor púsole

su brocado trágico.)

 

El viento reposa

y el pinar se calla,

cual se calla un hombre

asomado a su alma.

 

Medita en silencio,

enorme y oscuro,

como un ser que sabe

del dolor del mundo.

 

Pinar, tengo miedo

de pensar contigo;

miedo de acordarme,

pinar, de que vivo.

 

¡Ay!, tú no te calles,

procura que duerma;

no te calles como

un hombre que piensa.

 

 

AL PUEBLO HEBREO

 

Raza judía, carne de dolores,

raza judía, río de amargura:

como los cielos y la tierra, dura

y crece aún tu selva de clamores.

 

Nunca han dejado orearse tus heridas;

nunca han dejado que a sombrear te tienda

para estrujar y renovar tu venda,

más que ninguna rosa enrojecida.

 

Con tus gemidos se ha arrullado el mundo.

Y juego con las hebras de tu llanto.

Los surcos de tu rostro, que amo tanto,

son cual llagas de sierra de profundos.

 

Temblando mecen su hijo las mujeres,

temblando siega el hombre su gavilla.

En tu soñar se hincó la pesadilla

y tu palabra es sólo el ¡"miserere"!

 

Raza judía, y aun te resta pecho

y voz de miel, para alabar tus lares,

y decir el Cantar de los Cantares

con lengua, y labio, y corazón deshechos.

 

En tu mujer camina aún María.

Sobre tu rostro va el perfil de Cristo;

por las laderas de Sión le han visto

llamarte en vano, cuando muere el día...

 

Que tu dolor en Dimas le miraba

y Él dijo a Dimas la palabra inmensa

y para ungir sus pies busca la trenza

de Magdalena ¡y la halla ensangrentada!

 

¡Raza judía, carne de dolores,

raza judía, río de amargura:

como los cielos y la tierra, dura

y crece tu ancha selva de clamores!



RUTH

 

Ruth moabita a espigar va a las eras,

aunque no tiene ni un campo mezquino.

Piensa que es Dios dueño de las praderas

y que ella espiga en un predio divino.

 

El sol caldeo su espalda acuchilla,

baña terrible su dorso inclinado;

arde de fiebre su leve mejilla,

y la fatiga le rinde el costado.

 

Booz se ha sentado en la parva abundosa.

El trigal es una onda infinita,

desde la sierra hasta donde él reposa,

 

que la abundancia ha cegado el camino...

Y en la onda de oro la Ruth moabita viene,

espigando, a encontrar su destino.

 

**

Booz miró a Ruth, y a los recolectores.

Dijo: "Dejad que recoja confiada"...

Y sonrieron los espigadores,

viendo del viejo la absorta mirada...

 

Eran sus barbas dos sendas de flores,

su ojo dulzura, reposo el semblante;

su voz pasaba de alcor en alcores,

pero podía dormir a un infante...

 

Ruth lo miró de la planta a la frente,

y fue sus ojos saciados bajando,

como el que bebe en inmensa corriente.

 

Al regresar a la aldea, los mozos

que ella encontró la miraron temblando.

Pero en su sueño Booz fue su esposo.

 

**

 

Y aquella noche el patriarca en la era

viendo los astros que laten de anhelo,

recordó aquello que a Abraham prometiera

Jehová: más hijos que estrellas dio al cielo.

 

Y suspiró por su lecho baldío,

rezó llorando, e hizo sitio en la almohada

para la que, como baja el rocío,

hacia él vendría en la noche callada.

 

Ruth vio en los astros los ojos con llanto

de Booz llamándola, y estremecida,

dejó su lecho, y se fue por el campo...

 

Dormía el justo, hecho paz y belleza.

Ruth, más callada que espiga vencida,

puso en el pecho de Booz su Cabeza.

 

 

LA MUJER FUERTE

 

Me acuerdo de tu rostro que se fijó en mis días,

mujer de saya azul y de tostada frente,

que en mi niñez y sobre mi tierra de ambrosía

vi abrir el surco negro en un abril ardiente.

 

Alzaba en la taberna, honda, la copa impura

el que te apegó un hijo al pecho de azucena,

y bajo ese recuerdo, que te era quemadura,

caía la simiente de tu mano, serena.

 

Segar te vi en enero los trigos de tu hijo,

y sin comprender tuve en ti los ojos fijos,

agrandados al par, de maravilla y llanto.

 

Y el lodo de tus pies todavía besara,

porque entre cien mundanas no he encontrado tu cara

¡y aun te sigo en los surcos la sombra con mi canto! 

 

 

LA MUJER ESTÉRIL

 

La mujer que no mece a un hijo en el regazo;

cuyo calor y aroma alcance a sus entrañas,

tiene una laxitud de mundo entre los brazos;

todo su corazòn congoja inmensa baña.

 

El lirio le recuerda unas sienes de infante;

el Ángelus le pide otra boca con ruego;

e interroga la fuente de seno de diamante

por qué su labio quiebra el cristal en sosiega

 

Y al contemplar sus ojos se acuerda de la azada

piensa que en los de un hijo no mirará éxtasiada;

al vaciarse sus ojos, los follajes de octubre.

 

Con doble temblor oye el viento en los cipreses

¡Y una mendiga grávida, cuyo seno florece

cual la parva de enero, de vergüenza la cubre!

 

 

MIS LIBROS

 

Libros, callados libros de las estanterías,

vivos en su silencio, ardientes en su calma;

libros, los que consuelan, terciopelos del alma,

y que siendo tan tristes nos hacen la alegría!

 

Mis manos en el día de afanes se rindieron;

pero al llegar la noche los buscaron, amantes

en el hueco del muro donde como semblantes

me miran confortándome aquellos que vivieron.

 

¡Biblia, mi noble Biblia, panorama estupendo,

en donde se quedaron mis ojos largamente,

tienes sobre los Salmos las lavas más ardientes

y en su río de fuego mi corazón enciendo!

 

Sustentaste a mis gentes con tu robusto vino

y los erguiste recios en medio de los hombres,

y a mí me yergue de ímpetu sólo el decir tu nombre;

porque yo de ti vengo he quebrado al Destino.

 

Después de ti, tan sólo me traspasó los huesos

con su ancho alarido, el sumo Florentino.

A su voz todavía como un junco me inclino;

por su rojez de infierno fantástica atravieso.

 

Y para refrescar en musgos con rocío

la boca, requemada en las llamas dantescas,

busqué las Florecillas de Asís, las siempre frescas

¡y en esas felpas dulces se quedó el pecho mío!

 

Yo vi a Francisco, a Aquel fino como las rosas,

pasar por su campiña más leve que un aliento,

besando el lirio abierto y el pecho purulento,

por besar al Señor que duerme entre las cosas.

 

¡Poema de Mistral, olor a surco abierto

que huele en las mañanas, yo te aspiré embriagada!

Vi a Mireya exprimir la fruta ensangrentada

del amor y correr por el atroz desierto.

 

Te recuerdo también, deshecha de dulzuras,

versos de Amado Nervo, con pecho de paloma,

que me hiciste más suave la línea de la loma,

cuando yo te leía en mis mañanas puras.

 

Nobles libros antiguos, de hojas amarillentas,

sois labios no rendidos de endulzar a los tristes,

sois la vieja amargura que nuevo manto viste:

¡desde Job hasta Kempis la misma voz doliente!

 

Los que cual Cristo hicieron la Vía-Dolorosa,

apretaron el verso contra su roja herida,

y es lienzo de Verónica la estrofa dolorida;

¡todo libro es purpúreo como sangrienta rosa!

 

¡Os amo, os amo, bocas de los poetas idos,

que deshechas en polvo me seguís consolando,

y que al llegar la noche estáis conmigo hablando,

junto a la dulce lámpara, con dulzor de gemidos!

 

De la página abierta aparto la mirada,

¡oh muertos!, y mi ensueño va tejiéndoos semblantes:

las pupilas febriles, los labios anhelantes

que lentos se deshacen en la tierra apretada.



 

EL DIOS TRISTE

 

Mirando la alameda, de otoño lacerada,

la alameda profunda de vejez amarilla,

como cuando camino por la hierba segada

busco el rostro de Dios y palpo su mejilla.

 

Y en esta tarde lenta como una hebra de llanto

por la alameda de oro y de rojez yo siento

un Dios de otoño, un Dios sin ardor y sin canto

¡y lo conozco triste, lleno de desaliento!

 

Y pienso que tal vez Aquel tremendo y fuerte

Señor, al que cantara de locura embriagada,

no existe, y que mi Padre que las mañanas vierte

tiene la mano laxa, la mejilla cansada.

 

Se oye en su corazón un rumor de alameda

de otoño: el desgajarse de la suma tristeza;

su mirada hacia mí como lágrima rueda

y esa mirada mustia me inclina la cabeza.

 

Y ensayo otra plegaria para este Dios doliente,

plegaria que del polvo del mundo no ha subido:

"Padre, nada te pido, pues te miro a la frente

y eres inmenso, ¡inmenso!, pero te hallas herido."

 

 

LA SOMBRA INQUIETA

 

Flor, flor de la raza mía, Sombra Inquieta,

¡qué dulce y terrible tu evocación!

El perfil de éxtasis, llama la silueta,

las sienes de nardo, l'habla de canción.

 

Cabellera luenga de cálido manto,

pupilas de ruego, pecho vibrador;

ojos hondos para albergar más llanto;

pecho fino donde taladrar mejor.

 

Por suave, por alta, por bella, ¡precita!

fatal siete veces; fatal, ¡pobrecita!,

por la honda mirada y el hondo pensar.

 

¡Ay!, quien te condene, vea tu belleza,

mire el mundo amargo, mida tu tristeza,

¡y en rubor cubierto rompa a sollozar!

 

**

 

¡Cuánto río y fuente de cuenca colmada,

cuánta generosa y fresca merced

de aguas, para nuestra boca socarrada!

¡Y el alma, la huérfana, muriendo de sed!

 

Jadeante de sed, loca de infinito,

muerta de amargura la tuya en clamor,

dijo su ansia inmensa por plegaria y grito:

¡Agar desde el vasto yermo abrasador!

 

Y para abrevarte largo, largo, largo,

Cristo dio a tu cuerpo silencio y letargo,

y lo apegó a su ancho caño saciador...

 

El que en maldecir tu duda se apure,

que puesta la mano sobre el pecho juré;

"Mi fe no conoce zozobra, Señor."

 

**

Y ahora que su planta no quiebra la grama

de nuestros senderos, y en el caminar

notamos que falta, tremolante llama,

su forma, pintando de luz el solar,

 

cuantos la quisimos abajo, apeguemos

la boca a la tierra, y a su corazón,

vaso de cenizas dulces, musitemos

esta formidable interrogación:

 

¿Hay arriba tanta leche azul de lunas,

tanta luz gloriosa de blondos estíos,

tanta insigne y honda virtud de ablución

 

que limpien, que laven, que albeen las brunas

manos que sangraron con garfios y en ríos,

¡oh Muerta!, la carne de tu corazón?

Tomado de:

http://www.los-poetas.com/e/mist1.htm

 

Obrerito

Madre, cuando sea grande,

¡ay..., qué mozo el que tendrás!

Te levantaré en mis brazos,

como el zonda al herbazal.

 

O te acostaré en las parvas

o te cargaré hasta el mar

o te subiré las cuestas

o te dejaré al umbral.

 

¿Y qué casal ha de hacerte

tu niñito, tu titán,

y qué sombra tan amante

sus aleros van a dar?

 

Yo te regaré una huerta

y tu falda he de cansar

con las frutas y las frutas

que son mil y que son más.

 

O mejor te haré tapices

con la juncia de trenzar;

o mejor tendré un molino

que te hable haciendo el pan.

 

Cuenta, cuenta las ventanas

y las puertas del casal;

cuenta, cuenta maravillas

si las puedes tú contar... 

 

Todo es Ronda

Los astros son rondas de niños

jugando la Tierra a espiar...

Los trigos son talles de niñas

jugando a ondular..., a ondular...

 

Los ríos son rondas de niños

jugando a encontrarse en el mar...

Las olas son rondas de niñas

jugando la Tierra a abrazar...

Tomado de:

https://www.frasess.net/poemas-de-gabriela-mistral-389.html

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