jueves, 22 de enero de 2026

POEMAS DE ANNE HÉBERT - DESDE CANADA EN RECUERDO DE SU FALLECIMIENTO EN 2020-


Ciudades en camino

 

Ciudades en camino sobre el agua, plazas de sal,

nenúfares de piedra,

 

 

 

Islas que ruedan cuesta abajo por las pendientes del mar,

viento de pie, sol en proa,

 

 

 

Ramilletes amargos en la cumbre de las olas, luz

geranio en las crestas de los gallos verdes alineados,

 

 

 

Flujo y reflujo, trajín de sol, caídas repentinas

de abrigos salobres, noche, plena noche,

 

 

 

Cortejo de alta mar que ha vuelto, la dársena como

una estrella, lecho abierto que rechina fuco y

cáscara de cítricos,

 

 

 

Barcas amarradas, balanceadas, día de festejo,

corazón izado sobre el mar entre las algas,

 

 

 

Palmas abiertas, extraños ibis muy azules llegan

sigilosos a beber ahí,

 

 

 

Toda la dulzura alrededor respira con anchura. La

tierra entera se ha amansado.

 

 

Pesadilla

 

El espanto tiene patas de terciopelo

Agazapado en los cuatro rincones de la alcoba

Se mueve con la sombra que lo cubre todo

Teniendo por blanco el corazón que se oscurece

En sus cuarteles llega a pernoctar.

 

 

El pan

 

Atrás de la rejilla el pan

Se hornea lentamente

Del otro lado el hambre

Se arrodilla

 

Sólo el olor franquea el espacio

Deseo.

Tomado de:

https://www.antoniomiranda.com.br/poesiamundialportugues/anne_hebert.html

 

 

"Las dos manos"

 

Estas dos manos que tenemos,

La derecha cerrada

O abierta;

 

La izquierda abierta

O cerrada.

 

Y las dos

Sin esperarse

Una a la otra.

 

Estas dos manos no mezcladas,

Estas dos manos no mezclables.

 

La que damos

Y la que guardamos;

 

La que conocemos

Y la otra, la desconocida.

 

Esta mano de niño,

Esta mano de mujer.

 

Y a veces esta mano trabajadora,

Sencilla como mano de hombre.

 

¡Entonces hay tres!

Y descubro un número infinito

En mí

De manos que se tienden

Hacia mí,

Como extranjeras

Temibles.

 

¡Ay!, ¿quién me devolverá

Mis dos manos unidas?

Y la ribera

Que se toca

Con las dos manos,

Cargadas con el mismo bagaje,

Después de derramar por el camino

Todas esas manos inútiles...

Tomado de:

https://franciscocenamor.blogspot.com/2026/01/poema-del-dia-las-dos-manos-de-anne.html

 

 

La alcoba de madera

Miel del tiempo

Sobre las paredes resplandecientes

Techo de oro

Flores de los nudos

                    corazones impredecibles de la madera

 

Alcoba cerrada

Cofre claro donde se ovilla mi infancia

Como un collar desensartado.

 

Duermo sobre flores apaciguadas

El olor de los pinos es una vieja sirvienta ciega

El canto del agua golpea mi sien

Pequeña vena azul rota

Todo el río atraviesa la memoria.

 

Me paseo

En un armario secreto.

La nieve, un puñado apenas,

Florece bajo un globo de cristal

Como una corona de recién casada.

Dos penas ligeras

Se estiran

Y ocultan sus garras.

 

Voy a coser mi vestido con este hilo perdido.

Tengo zapatos azules

Y ojos de niña

Que no me pertenecen.

Aquí debo vivir.

En este espacio pulido.

 

Tengo víveres para la noche

Siempre que no me canse

De este canto monótono de río

Y que esta sirvienta trémula

No deje caer su carga de olores

De repente

Sin retorno.

 

Sin cerradura ni llave

Me rodea la madera antigua.

Amo a un pequeño candelero verde.

 

El mediodía arde en los vidrios de plata

El lugar del mundo resplandece como una fragua

Esta sombra es de angustia

Estoy desnuda y toda oscura bajo un árbol amargo.

Tomado de:

https://www.cubaliteraria.cu/tres-poetisas-quebequenses-anne-hebert/

 

 

VII
El reverso del mundo

Nuestra fatiga nos ha roído por el corazón

A nosotras las muchachas azules del verano

Largos tallos suaves del más bello campo de perfumes.

Abandonadas a la fuerza

Levantar piedras en la corriente,

Devoradas por el sol

Y por sonrisas a flor de piel.

Ayer

Nos comimos las más tiernas hojas del sueño

Los sueños nos han acostado

En la cima del árbol de la noche.

Nuestra fatiga no se ha dormido

Inventa máscaras de seda

Guantes de angustia y sombreros agujereados

Para nuestro despertar y paseo al alba.

Resplandecen tras la vida nuestros pasos

Por el hábito y la paciencia.

En nuestras manos pintadas de sal

(Las líneas del destino están repletas de escarcha)

Tenemos extrañas pesadas cabezas de amantes

Que ya no nos pertenecen

Pesan y mueren entre nuestros dedos inocentes.

La voz del pájaro

Fuera de su corazón y de sus alas guardadas en otro lugar

Busca alocadamente la puerta de la memoria

Para vivir aún algunos instantes más.

Una de nosotras se decide

Y lentamente acerca su oído a la tierra

Como una caja sellada sonora de insectos

prisioneros

Dice: "La pradera está invadida de ruido

Ningún árbol de palabras deja crecer en él sus raíces

silenciosas

En el negro corazón de la noche.

Aquí está el reverso del mundo

¿Quién pues nos ha desterrado de esta orilla?"

Y busca en vano tras ella1

Un perfume, el rastro de su tierna edad

Y encuentra este dulce barranco de hielo

a modo de memoria.

 

1 se refiere a una de las dos protagonistas del poema.

 

 

XII
LA TUMBA DE LOS REYES

Tengo mi corazón en las manos.

Como un halcón ciego.

El taciturno pájaro atrapado entre mis dedos

Lámpara henchida de vino y sangre,

Desciendo

Hacia las tumbas de los reyes

Sorprendida

Apenas nacida.

¿Qué hilo de Ariadna me conduce

A lo largo de los sordos dédalos?

El eco de los pasos se consume al tiempo.

(¿En qué sueño

Se ató a esta muchacha por el tobillo

Como si fuera una esclava fascinada?)

El hacedor del sueño

Tensa el hilo,

Y vienen los pasos desnudos

Uno a uno

Como las primeras gotas de lluvia

Al fondo del pozo.

Ya ondea el olor en densas tormentas

Chorrea bajo el umbral de las puertas

Hacia las habitaciones secretas y redondas,

Ahí donde están preparadas las camas cerradas.

El inmóvil deseo de los yacentes me atrae.

Miro con sorpresa

Incluso los negros osamentos

Resplandecer las azules piedras incrustadas.

Algunas escenas trágicas pacientemente trabajadas,

Sobre el pecho de los reyes, colocadas,

A modo de joyas

Me son presentadas

Sin lágrimas ni lamentos.

En una sola línea ordenados:

El humo del incienso, el pastel de arroz seco

Y mi cuerpo que tiembla:

Ofrenda ritual y sumisa.

La máscara de oro sobre mi rostro ausente

Unas flores violetas a modo de pupilas,

La sombra del amor me maquilla con pequeños trazos precisos;

Y este pájaro que tengo

Respira

Y se queja extrañamente.

Un largo escalofrío

Parecido al viento que se aferra, de árbol en árbol,

Agita a siete grandes faraones de ébano

En sus sarcófagos solemnes y ornamentados.

No es otra cosa que la profundidad de la muerte lo que persiste,

Simulando el último tormento

Buscando su apaciguamiento

Y su eternidad

En un ligero ruido de pulseras

Vanos círculos juegos por otra parte

Alrededor de la carne sacrificada.

Ávidos de la fuente fraternal del mal en mí

Me acuestan y me beben;

Siete veces, conozco el torno de los huesos

Y la mano seca que busca el corazón para romperlo.

Pálida y satisfecha de sueño horrible

Los miembros desenlazados

Y los muertos fuera de mí, asesinados,

¿Qué reflejo del amanecer se extravía aquí?

¿Por qué pues este pájaro tiembla

Y gira hacia la mañana

Sus pupilas reventadas?

Tomado de:

https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/6297337.pdf

miércoles, 21 de enero de 2026

POEMAS DE ALEKSANDAR VUTIMSKI - DESDE BULGARIA -


Poemas al muchacho azul

 

 

1.

El muchacho de plata, aquel de la boina azul

y las charreteras, resultó ser un sueño.

Que me halle hablando con gatos y estrellas

posiblemente se deba al ron.

Yo no he vivido en un patio entre árboles

bajo nubes y anaranjados atardeceres.

Para el muchacho de plata cogí el retrato

del negro del calendario francés.

Borrachos y dorados ángeles he anhelado.

No ha llovido, pero la lluvia he oído.

En la oscuridad atardeceres he presenciado

y no son manos lo que he besado, sino farolas...

Desde el azul solo he contemplado

labios y ojos imaginarios,

copas vacías, lágrimas y bailes...

He estado ebrio, entiendo que he estado loco.

 

2.

Ya no te espero... ¿Marcharás

junto al sol que se escabulle?

Quizá vuelvas a ser ocaso

sin llamas, sin sangre ni lágrimas...

Viaja, fúndete en el crepúsculo, saluda a la lluvia.

No soy quien te besa, no soy el que llora de nuevo,

 

[ni siquiera quien sonríe.

 

... ¡Me temo que solo has sido un ángel imaginario!

Y eres ocaso.

Pero el muchacho azul no ha sido

Muchacho de gorro azul y plata

con ojos de baile sureño,

aquel ebrio muchacho que de lejos susurra: Sasha [1]

 

Y esta noche

 

...Ay, la vieja farola me llevaba a la iglesia

 

[bajo el horizonte nocturno.

 

Cúpulas de niebla, cúpulas de luna e invierno.

Yo también he caído en la nieve

bajo dos fríos y mudos ojos...

¡Policía! ¡Policía!

Sálveme de mis recuerdos.

¡Policía!

Haz que el día tenga lugar...

 

Pero voy a llorar...

Es posible que el muchacho azul haya existido.

 

 

Versos a un muchacho

 

 

I

 

El muchacho iba paseando por el viejo y oscuro bosque.

De rocío sus botas hace tiempo que se cubrieron de plata.

Iba silbando, con los árboles hablaba,

y con sus manos rozaba la corteza rojo-dorada.

Los pájaros silentemente cantaban escondidos entre las oscuras ramas,

el muchacho con tristeza les alzaba la mano, llevaba una pluma sobre su sombrero.

El bosque llegó a su límite por la tarde. Se expandió el gran horizonte.

Una carroza iba tirada por caballos viejos, cubiertos de polvo.

El muchacho se detuvo en el camino y miró el dorado atardecer.

La carroza azul en el crepúsculo; el bosque, oscuro y silencioso.

Con su frente dorada por el sol, con sus ojos en llamas y de color escarlata,

el muchacho se puso a llorar en silencio y la noche en tristeza aconteció.

 

 

II

Soy aquel muchacho que viaja por un oscuro bosque.

Sol enfermo, aire enfermo, pájaros enfermos.

Tal como flor débil, crecida en algún lugar a la oscuridad,

así de bello y mórbido es el muchacho de oscuras pupilas.

No vivo al sol, respiro, crezco entre tinieblas.

Amo las habitaciones sombrías, aquellas con retratos y cómodas amarillentas;

mi espejo, el que reflejaba la oscuridad, junto a la pared;

a su lado el gato, morador de las tinieblas, mi mejor compañero.

Amo las grandes y vacías tabernas, inaccesibles para el sol azul.

Deliraba horizontes morados, farolas bailando en lo negro.

estoy loco, estoy enfermo, el aire a mi alrededor está infectado.

Ciérrate, enorme horizonte... Cerrad, cerrad la antesala.

 

 

III

El muchacho bajo la vieja y triste farola sonríe con impotencia.

No toquéis nunca sus dedos, ni tampoco sus oscuros ojos.

Su infección penetrará en vuestro feliz y apacible hogar.

Entonces despreciaréis el mundo, aquel que sufre y canta bajo el sol.

 

 

Europa depredadora

 

El mundo estallando y nosotros ensordecidos,

abrumados por las noticias, los discursos, los eventos.

Las noticias vuelan como un rayo.

Y tú ajeno ante este panorama.

Europa pierde su aliento por la destrucción,

asolada bajo banderas de guerra.

París está muerto. Londres desolado

se derriba por todos los tiempos.

Un desagradable líder fanático

traza una cruz sobre los dos polos.

Ya está decidido que desde hoy mismo

lo que Europa necesita no son libros sino bayonetas.

¿Qué más da que de este mismo aire aquí

hayan respirado Rembrandt, Kant y Dostoyevski?

Con una bayoneta Europa apunta decidida

a su propia cultura y a su progreso.

¿Será en el oeste donde acontezca la puesta de sol,

o un nuevo mundo nacerá bajo los estruendos?...

El mundo estallando y nosotros ensordecidos,

una desgracia que nos hayamos vuelto impasibles.

 

Eran pequeños pero tu ferrocarril

y tus ciudades han construido.

Han excavado tu tierra en búsqueda de minerales.

Con tractores, palas y heroísmo

han surcado tus tierras, tus llanuras,

con la esperanza de que nunca los patearías

ni los ignorarías como a tristes y malvados hombres:

tus trabajadores, oh, Europa.

Y así ocurre, que por tus pecados estás pagando.

Habiendo olvidado que existe la justicia,

mimada, notificada y avariciosa,

has chupado el oro de los continentes.

Has robado dátiles y diamantes,

cacao, fruta, hierro, carbón,

los has saqueado a cambio de una miseria

frente a los ojos de las mulas de carga:

tus trabajadores, Europa.

 

Ahora te escondes aterrada y patética

en las oscuras mazmorras de Londres.

Ya no bostezas de aburrimiento detrás del abanico,

ni escuchas jazz y no, ya no bailas más.

Los estallidos son ahora tu música

y los incendios tu digno atrezo.

Pero otra vez, por desgracia, por ti mueren

bajo el resonante estruendo de las bombas, desgarrados:

tus trabajadores, oh, Europa.

 

 

No detesto a tus pueblos.

Y creo que ya agonizas.

Y no será sobre la tumba de tus trabajadores

donde logres acabar con tu oficio depredador.

Estas manos, que todo construyeron, servirán para demolerlo

y toda la tierra será distinta.

Eh, Europa, mátame... mátame, bruja.

Sobre tus calderas de sangre y oro

respiraba alcohol vaporizado.

Bailaba, cantaba, escribía versos.

Y aquí estoy ahora, mírame, más viejo que tú

y al igual que tú, amenazado de muerte.

Los listillos al leer mis versos sonreirán

sabiamente. Luego los ignorarán.

Poeta reaccionario, exclamarán.

Por enésima vez no desaprovecharán la ocasión

de charlar sobre fundamentos y posiciones.

Seguirán discutiendo sobre Hitler

y viviendo en su estética sublime

de panfleto de barrio.

Oh, Europa depredadora, tienes hijos:

un rebaño de imbéciles parlanchines.

Oh, Europa, deja que al menos ellos sirvan

de abono para un fructífero y deseable futuro.

Retuércete, muérete y maldice.

Eh tú, bruja... ojalá toda la gentuza se extinga junto a ti.

Ya tengo de qué morir.

 

 

Restaurante

 

 

¡Ay! ¡Este restaurante ruidoso y brillante!

¡Ay! ¡Estas mesas ordenadas y limpias!

Escuchar la atronadora y salvaje banda de jazz

desde la esquina, escuchar también, ensimismado,

las agradables y resonantes voces

de las damas, aquellas vestidas con estupendos

trajes de noche: ¡Oh, restaurante!

¿Cómo es que he acabado aquí esta noche?...

Pero todo esto me es tan ajeno.

Pero todo esto me produce tanto rechazo:

No puedo aguantar estas risas.

No puedo aguantar esta gente.

He crecido y vivido en otro lugar.

He conocido el hambre, el insomnio, la necesidad.

y me he acostumbrado a vivir y luchar

por mi mundo: el de los oprimidos e injuriados,

el de los barrios periféricos, las buhardillas,

el de los sofocados sótanos de la ciudad.

¡Ay! ¡Este restaurante tan brillante!

¡Ay! ¡Esta atronadora y salvaje banda de jazz!

Contentos y despreocupados caballeros

perfumados con la solapa bien planchada,

y vosotras, damas con preciadas joyas:

si yo os llevara

ahora a aquel pobre y viejo barrio,

donde he crecido, sufrido y vivido:

¿acaso resonaría vuestra risa despreocupada

sobre el barro pegajoso

y las viejas cercas rotas?

Oh, puede ser

que vuestros corazones latan de alegría,

al ver que vosotros no sois como aquellos

que sufren

bajo los bajos y perforados tejados...

Y puede ser también que os sintáis mal:

pero solamente

cuando veáis vuestro estupendo y brillante calzado

cubierto de fango y encharcado...

¡Ay! ¡Este restaurante ruidoso y brillante!

¡Ay! ¡Esta salvaje canción de la banda de jazz!...

No puedo estar más tiempo aquí.

Mi corazón lucha con toda su fuerza

por la gente sufrida y de rostros demacrados.

Mi corazón late, palpita locamente,

 

envuelto en la esperanza, el entusiasmo

de aquella gente necesitada.

Y ustedes, ustedes, espléndidos caballeros

del restaurante, ¡me sois totalmente ajenos!

 

 

Hotel

 

 

Subo por las viejas escaleras de rojas alfombras,

aquellas con barandillas de madera e hierro, con un espejo en cada esquina.

En la oscuridad hallo mi reflejo, mis manos, la frente: azules, oscuros,

mi cuerpo larguirucho, mis prendas y mi abrigo amarillentos por el sol, por el polvo.

Suavemente llamo a mi puerta, la abro, y dentro todo está en silencio.

Mi propio retrato de la pared me recibe con su apacible rostro.

Desde la ventana... mira, la cortina me saluda con benevolencia.

El reloj está detenido y las dos rosas en su jarrón, marchitas.

Permanezco junto a la ventana alumbrado por una lejana farola.

Las chimeneas son negras y la luna destella en la oscuridad.

Débiles perros abajo en la oscura esquina dormitan.

Las casas son negras, negro es el cielo, negra es mi habitación.

... ¿Desde dónde he venido a este viejo y recóndito hotel?

¿De qué país, a través de qué océanos y atardeceres?

No lo sé. Pero en la noche la nostalgia me angustia:

¿acaso ando? ¿sueño? ¿lloro? Estoy aquí, ¿seré un forastero?

Seguramente hable un idioma desconocido y olvidado.

Puede que mis tatarabuelos sean incas: sumos sacerdotes de un templo misterioso.

No lo sé. Yo no lo sé. Aquí la luna permanece sobre una chimenea.

Las dos rosas marchitas siguen en el jarrón. Silencio. En el hotel estoy solo.

Traducción del búlgaro de Marco Vidal González

Tomado de:

https://vocesdelextremopoesia.blogspot.com/2024/06/6-poemas-de-aleksandar-vutimski.html

 

 

Vagabundos

 

En las inquietas tinieblas de la noche

vamos andando: ¿a dónde llegaremos?… La lluvia.

Un lejano destello por los aleros suena.

En las preocupantes e inquietas tinieblas

lejos, por la ciudad,

vamos andando, andando.

 

¿Qué son estos reflejos de luz,

que cortan en tiras las aceras

frías y desiertas? ¿Qué son

estas luces nocturnas y tenues,

encendidas en esas redes brillantes y lluviosas?

Por nuestras frentes heladas y pálidas

corre la lluvia.

Lejos, allá donde las inquietas

e infinitas tinieblas, vamos andando.

Lejos de la ciudad:

suena infinitamente, con ternura,

suena en nuestros oídos,

susurra la lluvia…

 

Vamos andando… ¿A dónde llegaremos?…

Las aceras frías y desiertas.

…Sin pan, sin techo,

mojados,

ensimismados en el susurro de la lluvia otoñal.

Y ya,

a través de la infinidad de tantas noches,

habiendo deambulado en lo lejano, no solo una vez,

dejamos caer

nuestras manos en una fría desesperación;

y no una sola vez,

en silencio:

con mandíbulas de hierro chirriamos en la noche.

¿A dónde llegaremos?…

 

La lluvia susurra. Oh, ¡esos reflejos

por las aceras! Oh, ¡esas luces!

Con las frentes heladas

y oscuras,

caminamos

en las inquietas tinieblas de la noche.

Nuestras manos,

nuestros ojos,

arrastrados, son sacudidos hacia las puertas y

los cristales oscuros y silenciados

de las casas…

¿Y nuestro corazón?

Un manantial infinito de un impulso desesperado.

 

Traducción del búlgaro al español de Marco Vidal González

 

 

Un paisaje uniforme

 

Las nieblas descienden. La noche susurra.

Y los vientos se marchan con la lluvia.

Los caminos dispersos por el viento se alejan

hacia el fondo de la oscura amplitud.

Entonces,

bajos los viejos y ensimismados árboles,

pasan las cabras cansadas

y el cabrero apacible en el crepúsculo silba

bajo el infinito destello de la lluvia.

 

Él mira un buen rato las casas calmadas

y el crepúsculo, y los caminos dispersos por el viento.

La niebla cae lentamente sobre sus ojos:

Los árboles están tristes y solos…

Y las viejas cabras andan sin cesar…

Y el cabrero apacible en el crepúsculo escucha

pasos solitarios, vientos y suspiros:

y silentemente él sonríe y calla…

 

La lluvia susurra. El cabrero sigue caminando

junto a las casas y las tranquilas cabras

hacia los horizontes oscuros y nebulosos.

 

 

Infancia

 

Aún recuerdo aquel pequeño patio

y esa pobre chabola en su interior,

que tal como una enorme tortuga

dormitaba bajo la límpida amplitud.

 

De noche sobre las verdes praderas

se iba marchando la luna vagabunda.

Y las tilias bajo la luz de la luna

eran negras, eran terribles gigantes.

 

Y cuando mi entrañable padre

seguía sin volver del frente,

mi mirada yo clavaba en las ramas plateadas

y en él yo pensaba por las noches.

 

¡Resulta que en vano lo he esperado!

Recuerdo la luna descolorida

y los ojos de una mujer,

con un húmedo destello brillaban en la oscuridad…

 

¡Ay, estos días de entonces!

¡Ay, estos últimos años!

Mirad, los cielos vuelven a su azul,

de nuevo la amplitud límpida suena.

 

A nadie espero hoy que vuelva

yo no soporto esta pura amplitud…

Aún recuerdo aquel pequeño patio.

Aún recuerdo aquella casa sigilosa.

Traducciones Marco Vidal González

Tomado de:

https://liberoamerica.wordpress.com/2020/10/24/mi-querido-sasha-el-muchacho-azul-de-aleksandar-vutimski/