Poemas al muchacho azul
1.
El muchacho de plata, aquel de la boina azul
y las charreteras, resultó ser un sueño.
Que me halle hablando con gatos y estrellas
posiblemente se deba al ron.
Yo no he vivido en un patio entre árboles
bajo nubes y anaranjados atardeceres.
Para el muchacho de plata cogí el retrato
del negro del calendario francés.
Borrachos y dorados ángeles he anhelado.
No ha llovido, pero la lluvia he oído.
En la oscuridad atardeceres he presenciado
y no son manos lo que he besado, sino farolas...
Desde el azul solo he contemplado
labios y ojos imaginarios,
copas vacías, lágrimas y bailes...
He estado ebrio, entiendo que he estado loco.
2.
Ya no te espero... ¿Marcharás
junto al sol que se escabulle?
Quizá vuelvas a ser ocaso
sin llamas, sin sangre ni lágrimas...
Viaja, fúndete en el crepúsculo, saluda a la lluvia.
No soy quien te besa, no soy el que llora de nuevo,
[ni siquiera quien sonríe.
... ¡Me temo que solo has sido un ángel imaginario!
Y eres ocaso.
Pero el muchacho azul no ha sido
Muchacho de gorro azul y plata
con ojos de baile sureño,
aquel ebrio muchacho que de lejos susurra: Sasha [1]
Y esta noche
...Ay, la vieja farola me llevaba a la iglesia
[bajo el horizonte nocturno.
Cúpulas de niebla, cúpulas de luna e invierno.
Yo también he caído en la nieve
bajo dos fríos y mudos ojos...
¡Policía! ¡Policía!
Sálveme de mis recuerdos.
¡Policía!
Haz que el día tenga lugar...
Pero voy a llorar...
Es posible que el muchacho azul haya existido.
Versos a un muchacho
I
El muchacho iba paseando por el viejo y oscuro bosque.
De rocío sus botas hace tiempo que se cubrieron de
plata.
Iba silbando, con los árboles hablaba,
y con sus manos rozaba la corteza rojo-dorada.
Los pájaros silentemente cantaban escondidos entre las
oscuras ramas,
el muchacho con tristeza les alzaba la mano, llevaba
una pluma sobre su sombrero.
El bosque llegó a su límite por la tarde. Se expandió
el gran horizonte.
Una carroza iba tirada por caballos viejos, cubiertos
de polvo.
El muchacho se detuvo en el camino y miró el dorado
atardecer.
La carroza azul en el crepúsculo; el bosque, oscuro y
silencioso.
Con su frente dorada por el sol, con sus ojos en llamas
y de color escarlata,
el muchacho se puso a llorar en silencio y la noche en
tristeza aconteció.
II
Soy aquel muchacho que viaja por un oscuro bosque.
Sol enfermo, aire enfermo, pájaros enfermos.
Tal como flor débil, crecida en algún lugar a la
oscuridad,
así de bello y mórbido es el muchacho de oscuras
pupilas.
No vivo al sol, respiro, crezco entre tinieblas.
Amo las habitaciones sombrías, aquellas con retratos y
cómodas amarillentas;
mi espejo, el que reflejaba la oscuridad, junto a la
pared;
a su lado el gato, morador de las tinieblas, mi mejor
compañero.
Amo las grandes y vacías tabernas, inaccesibles para el
sol azul.
Deliraba horizontes morados, farolas bailando en lo
negro.
estoy loco, estoy enfermo, el aire a mi alrededor está
infectado.
Ciérrate, enorme horizonte... Cerrad, cerrad la
antesala.
III
El muchacho bajo la vieja y triste farola sonríe con
impotencia.
No toquéis nunca sus dedos, ni tampoco sus oscuros
ojos.
Su infección penetrará en vuestro feliz y apacible
hogar.
Entonces despreciaréis el mundo, aquel que sufre y
canta bajo el sol.
Europa depredadora
El mundo estallando y nosotros ensordecidos,
abrumados por las noticias, los discursos, los eventos.
Las noticias vuelan como un rayo.
Y tú ajeno ante este panorama.
Europa pierde su aliento por la destrucción,
asolada bajo banderas de guerra.
París está muerto. Londres desolado
se derriba por todos los tiempos.
Un desagradable líder fanático
traza una cruz sobre los dos polos.
Ya está decidido que desde hoy mismo
lo que Europa necesita no son libros sino bayonetas.
¿Qué más da que de este mismo aire aquí
hayan respirado Rembrandt, Kant y Dostoyevski?
Con una bayoneta Europa apunta decidida
a su propia cultura y a su progreso.
¿Será en el oeste donde acontezca la puesta de sol,
o un nuevo mundo nacerá bajo los estruendos?...
El mundo estallando y nosotros ensordecidos,
una desgracia que nos hayamos vuelto impasibles.
Eran pequeños pero tu ferrocarril
y tus ciudades han construido.
Han excavado tu tierra en búsqueda de minerales.
Con tractores, palas y heroísmo
han surcado tus tierras, tus llanuras,
con la esperanza de que nunca los patearías
ni los ignorarías como a tristes y malvados hombres:
tus trabajadores, oh, Europa.
Y así ocurre, que por tus pecados estás pagando.
Habiendo olvidado que existe la justicia,
mimada, notificada y avariciosa,
has chupado el oro de los continentes.
Has robado dátiles y diamantes,
cacao, fruta, hierro, carbón,
los has saqueado a cambio de una miseria
frente a los ojos de las mulas de carga:
tus trabajadores, Europa.
Ahora te escondes aterrada y patética
en las oscuras mazmorras de Londres.
Ya no bostezas de aburrimiento detrás del abanico,
ni escuchas jazz y no, ya no bailas más.
Los estallidos son ahora tu música
y los incendios tu digno atrezo.
Pero otra vez, por desgracia, por ti mueren
bajo el resonante estruendo de las bombas, desgarrados:
tus trabajadores, oh, Europa.
No detesto a tus pueblos.
Y creo que ya agonizas.
Y no será sobre la tumba de tus trabajadores
donde logres acabar con tu oficio depredador.
Estas manos, que todo construyeron, servirán para
demolerlo
y toda la tierra será distinta.
Eh, Europa, mátame... mátame, bruja.
Sobre tus calderas de sangre y oro
respiraba alcohol vaporizado.
Bailaba, cantaba, escribía versos.
Y aquí estoy ahora, mírame, más viejo que tú
y al igual que tú, amenazado de muerte.
Los listillos al leer mis versos sonreirán
sabiamente. Luego los ignorarán.
Poeta reaccionario, exclamarán.
Por enésima vez no desaprovecharán la ocasión
de charlar sobre fundamentos y posiciones.
Seguirán discutiendo sobre Hitler
y viviendo en su estética sublime
de panfleto de barrio.
Oh, Europa depredadora, tienes hijos:
un rebaño de imbéciles parlanchines.
Oh, Europa, deja que al menos ellos sirvan
de abono para un fructífero y deseable futuro.
Retuércete, muérete y maldice.
Eh tú, bruja... ojalá toda la gentuza se extinga junto
a ti.
Ya tengo de qué morir.
Restaurante
¡Ay! ¡Este restaurante ruidoso y brillante!
¡Ay! ¡Estas mesas ordenadas y limpias!
Escuchar la atronadora y salvaje banda de jazz
desde la esquina, escuchar también, ensimismado,
las agradables y resonantes voces
de las damas, aquellas vestidas con estupendos
trajes de noche: ¡Oh, restaurante!
¿Cómo es que he acabado aquí esta noche?...
Pero todo esto me es tan ajeno.
Pero todo esto me produce tanto rechazo:
No puedo aguantar estas risas.
No puedo aguantar esta gente.
He crecido y vivido en otro lugar.
He conocido el hambre, el insomnio, la necesidad.
y me he acostumbrado a vivir y luchar
por mi mundo: el de los oprimidos e injuriados,
el de los barrios periféricos, las buhardillas,
el de los sofocados sótanos de la ciudad.
¡Ay! ¡Este restaurante tan brillante!
¡Ay! ¡Esta atronadora y salvaje banda de jazz!
Contentos y despreocupados caballeros
perfumados con la solapa bien planchada,
y vosotras, damas con preciadas joyas:
si yo os llevara
ahora a aquel pobre y viejo barrio,
donde he crecido, sufrido y vivido:
¿acaso resonaría vuestra risa despreocupada
sobre el barro pegajoso
y las viejas cercas rotas?
Oh, puede ser
que vuestros corazones latan de alegría,
al ver que vosotros no sois como aquellos
que sufren
bajo los bajos y perforados tejados...
Y puede ser también que os sintáis mal:
pero solamente
cuando veáis vuestro estupendo y brillante calzado
cubierto de fango y encharcado...
¡Ay! ¡Este restaurante ruidoso y brillante!
¡Ay! ¡Esta salvaje canción de la banda de jazz!...
No puedo estar más tiempo aquí.
Mi corazón lucha con toda su fuerza
por la gente sufrida y de rostros demacrados.
Mi corazón late, palpita locamente,
envuelto en la esperanza, el entusiasmo
de aquella gente necesitada.
Y ustedes, ustedes, espléndidos caballeros
del restaurante, ¡me sois totalmente ajenos!
Hotel
Subo por las viejas escaleras de rojas alfombras,
aquellas con barandillas de madera e hierro, con un
espejo en cada esquina.
En la oscuridad hallo mi reflejo, mis manos, la frente:
azules, oscuros,
mi cuerpo larguirucho, mis prendas y mi abrigo
amarillentos por el sol, por el polvo.
Suavemente llamo a mi puerta, la abro, y dentro todo
está en silencio.
Mi propio retrato de la pared me recibe con su apacible
rostro.
Desde la ventana... mira, la cortina me saluda con
benevolencia.
El reloj está detenido y las dos rosas en su jarrón,
marchitas.
Permanezco junto a la ventana alumbrado por una lejana
farola.
Las chimeneas son negras y la luna destella en la
oscuridad.
Débiles perros abajo en la oscura esquina dormitan.
Las casas son negras, negro es el cielo, negra es mi
habitación.
... ¿Desde dónde he venido a este viejo y recóndito
hotel?
¿De qué país, a través de qué océanos y atardeceres?
No lo sé. Pero en la noche la nostalgia me angustia:
¿acaso ando? ¿sueño? ¿lloro? Estoy aquí, ¿seré un
forastero?
Seguramente hable un idioma desconocido y olvidado.
Puede que mis tatarabuelos sean incas: sumos sacerdotes
de un templo misterioso.
No lo sé. Yo no lo sé. Aquí la luna permanece sobre una
chimenea.
Las dos rosas marchitas siguen en el jarrón. Silencio.
En el hotel estoy solo.
Traducción del búlgaro de Marco Vidal
González
Tomado de:
https://vocesdelextremopoesia.blogspot.com/2024/06/6-poemas-de-aleksandar-vutimski.html
Vagabundos
En las inquietas tinieblas de la noche
vamos andando: ¿a dónde llegaremos?… La lluvia.
Un lejano destello por los aleros suena.
En las preocupantes e inquietas tinieblas
lejos, por la ciudad,
vamos andando, andando.
¿Qué son estos reflejos de luz,
que cortan en tiras las aceras
frías y desiertas? ¿Qué son
estas luces nocturnas y tenues,
encendidas en esas redes brillantes y lluviosas?
Por nuestras frentes heladas y pálidas
corre la lluvia.
Lejos, allá donde las inquietas
e infinitas tinieblas, vamos andando.
Lejos de la ciudad:
suena infinitamente, con ternura,
suena en nuestros oídos,
susurra la lluvia…
Vamos andando… ¿A dónde llegaremos?…
Las aceras frías y desiertas.
…Sin pan, sin techo,
mojados,
ensimismados en el susurro de la lluvia otoñal.
Y ya,
a través de la infinidad de tantas noches,
habiendo deambulado en lo lejano, no solo una vez,
dejamos caer
nuestras manos en una fría desesperación;
y no una sola vez,
en silencio:
con mandíbulas de hierro chirriamos en la noche.
¿A dónde llegaremos?…
La lluvia susurra. Oh, ¡esos reflejos
por las aceras! Oh, ¡esas luces!
Con las frentes heladas
y oscuras,
caminamos
en las inquietas tinieblas de la noche.
Nuestras manos,
nuestros ojos,
arrastrados, son sacudidos hacia las puertas y
los cristales oscuros y silenciados
de las casas…
¿Y nuestro corazón?
Un manantial infinito de un impulso desesperado.
Traducción del búlgaro al español de Marco
Vidal González
Un paisaje uniforme
Las nieblas descienden. La noche susurra.
Y los vientos se marchan con la lluvia.
Los caminos dispersos por el viento se alejan
hacia el fondo de la oscura amplitud.
Entonces,
bajos los viejos y ensimismados árboles,
pasan las cabras cansadas
y el cabrero apacible en el crepúsculo silba
bajo el infinito destello de la lluvia.
Él mira un buen rato las casas calmadas
y el crepúsculo, y los caminos dispersos por el viento.
La niebla cae lentamente sobre sus ojos:
Los árboles están tristes y solos…
Y las viejas cabras andan sin cesar…
Y el cabrero apacible en el crepúsculo escucha
pasos solitarios, vientos y suspiros:
y silentemente él sonríe y calla…
La lluvia susurra. El cabrero sigue caminando
junto a las casas y las tranquilas cabras
hacia los horizontes oscuros y nebulosos.
Infancia
Aún recuerdo aquel pequeño patio
y esa pobre chabola en su interior,
que tal como una enorme tortuga
dormitaba bajo la límpida amplitud.
De noche sobre las verdes praderas
se iba marchando la luna vagabunda.
Y las tilias bajo la luz de la luna
eran negras, eran terribles gigantes.
Y cuando mi entrañable padre
seguía sin volver del frente,
mi mirada yo clavaba en las ramas plateadas
y en él yo pensaba por las noches.
¡Resulta que en vano lo he esperado!
Recuerdo la luna descolorida
y los ojos de una mujer,
con un húmedo destello brillaban en la oscuridad…
¡Ay, estos días de entonces!
¡Ay, estos últimos años!
Mirad, los cielos vuelven a su azul,
de nuevo la amplitud límpida suena.
A nadie espero hoy que vuelva
yo no soporto esta pura amplitud…
Aún recuerdo aquel pequeño patio.
Aún recuerdo aquella casa sigilosa.
Traducciones
Marco Vidal González
Tomado de:

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