Ciudades en camino
Ciudades en camino sobre el agua, plazas de sal,
nenúfares de piedra,
Islas que ruedan cuesta abajo por las pendientes del
mar,
viento de pie, sol en proa,
Ramilletes amargos en la cumbre de las olas, luz
geranio en las crestas de los gallos verdes alineados,
Flujo y reflujo, trajín de sol, caídas repentinas
de abrigos salobres, noche, plena noche,
Cortejo de alta mar que ha vuelto, la dársena como
una estrella, lecho abierto que rechina fuco y
cáscara de cítricos,
Barcas amarradas, balanceadas, día de festejo,
corazón izado sobre el mar entre las algas,
Palmas abiertas, extraños ibis muy azules llegan
sigilosos a beber ahí,
Toda la dulzura alrededor respira con anchura. La
tierra entera se ha amansado.
Pesadilla
El espanto tiene patas de terciopelo
Agazapado en los cuatro rincones de la alcoba
Se mueve con la sombra que lo cubre todo
Teniendo por blanco el corazón que se oscurece
En sus cuarteles llega a pernoctar.
El pan
Atrás de la rejilla el pan
Se hornea lentamente
Del otro lado el hambre
Se arrodilla
Sólo el olor franquea el espacio
Deseo.
Tomado de:
https://www.antoniomiranda.com.br/poesiamundialportugues/anne_hebert.html
"Las dos manos"
Estas dos manos que tenemos,
La derecha cerrada
O abierta;
La izquierda abierta
O cerrada.
Y las dos
Sin esperarse
Una a la otra.
Estas dos manos no mezcladas,
Estas dos manos no mezclables.
La que damos
Y la que guardamos;
La que conocemos
Y la otra, la desconocida.
Esta mano de niño,
Esta mano de mujer.
Y a veces esta mano trabajadora,
Sencilla como mano de hombre.
¡Entonces hay tres!
Y descubro un número infinito
En mí
De manos que se tienden
Hacia mí,
Como extranjeras
Temibles.
¡Ay!, ¿quién me devolverá
Mis dos manos unidas?
Y la ribera
Que se toca
Con las dos manos,
Cargadas con el mismo bagaje,
Después de derramar por el camino
Todas esas manos inútiles...
Tomado de:
https://franciscocenamor.blogspot.com/2026/01/poema-del-dia-las-dos-manos-de-anne.html
La alcoba de madera
Miel del tiempo
Sobre las paredes resplandecientes
Techo de oro
Flores de los nudos
corazones impredecibles de la madera
Alcoba cerrada
Cofre claro donde se ovilla mi infancia
Como un collar desensartado.
Duermo sobre flores apaciguadas
El olor de los pinos es una vieja sirvienta ciega
El canto del agua golpea mi sien
Pequeña vena azul rota
Todo el río atraviesa la memoria.
Me paseo
En un armario secreto.
La nieve, un puñado apenas,
Florece bajo un globo de cristal
Como una corona de recién casada.
Dos penas ligeras
Se estiran
Y ocultan sus garras.
Voy a coser mi vestido con este hilo perdido.
Tengo zapatos azules
Y ojos de niña
Que no me pertenecen.
Aquí debo vivir.
En este espacio pulido.
Tengo víveres para la noche
Siempre que no me canse
De este canto monótono de río
Y que esta sirvienta trémula
No deje caer su carga de olores
De repente
Sin retorno.
Sin cerradura ni llave
Me rodea la madera antigua.
Amo a un pequeño candelero verde.
El mediodía arde en los vidrios de plata
El lugar del mundo resplandece como una fragua
Esta sombra es de angustia
Estoy desnuda y toda oscura bajo un árbol amargo.
Tomado de:
https://www.cubaliteraria.cu/tres-poetisas-quebequenses-anne-hebert/
VII
El reverso del mundo
Nuestra fatiga nos ha roído por el corazón
A nosotras las muchachas azules del verano
Largos tallos suaves del más bello campo de perfumes.
Abandonadas a la fuerza
Levantar piedras en la corriente,
Devoradas por el sol
Y por sonrisas a flor de piel.
Ayer
Nos comimos las más tiernas hojas del sueño
Los sueños nos han acostado
En la cima del árbol de la noche.
Nuestra fatiga no se ha dormido
Inventa máscaras de seda
Guantes de angustia y sombreros agujereados
Para nuestro despertar y paseo al alba.
Resplandecen tras la vida nuestros pasos
Por el hábito y la paciencia.
En nuestras manos pintadas de sal
(Las líneas del destino están repletas de escarcha)
Tenemos extrañas pesadas cabezas de amantes
Que ya no nos pertenecen
Pesan y mueren entre nuestros dedos inocentes.
La voz del pájaro
Fuera de su corazón y de sus alas guardadas en otro
lugar
Busca alocadamente la puerta de la memoria
Para vivir aún algunos instantes más.
Una de nosotras se decide
Y lentamente acerca su oído a la tierra
Como una caja sellada sonora de insectos
prisioneros
Dice: "La pradera está invadida de ruido
Ningún árbol de palabras deja crecer en él sus raíces
silenciosas
En el negro corazón de la noche.
Aquí está el reverso del mundo
¿Quién pues nos ha desterrado de esta orilla?"
Y busca en vano tras ella1
Un perfume, el rastro de su tierna edad
Y encuentra este dulce barranco de hielo
a modo de memoria.
1 se refiere a una de las dos protagonistas
del poema.
XII
LA TUMBA DE LOS REYES
Tengo mi corazón en las manos.
Como un halcón ciego.
El taciturno pájaro atrapado entre mis dedos
Lámpara henchida de vino y sangre,
Desciendo
Hacia las tumbas de los reyes
Sorprendida
Apenas nacida.
¿Qué hilo de Ariadna me conduce
A lo largo de los sordos dédalos?
El eco de los pasos se consume al tiempo.
(¿En qué sueño
Se ató a esta muchacha por el tobillo
Como si fuera una esclava fascinada?)
El hacedor del sueño
Tensa el hilo,
Y vienen los pasos desnudos
Uno a uno
Como las primeras gotas de lluvia
Al fondo del pozo.
Ya ondea el olor en densas tormentas
Chorrea bajo el umbral de las puertas
Hacia las habitaciones secretas y redondas,
Ahí donde están preparadas las camas cerradas.
El inmóvil deseo de los yacentes me atrae.
Miro con sorpresa
Incluso los negros osamentos
Resplandecer las azules piedras incrustadas.
Algunas escenas trágicas pacientemente trabajadas,
Sobre el pecho de los reyes, colocadas,
A modo de joyas
Me son presentadas
Sin lágrimas ni lamentos.
En una sola línea ordenados:
El humo del incienso, el pastel de arroz seco
Y mi cuerpo que tiembla:
Ofrenda ritual y sumisa.
La máscara de oro sobre mi rostro ausente
Unas flores violetas a modo de pupilas,
La sombra del amor me maquilla con pequeños trazos
precisos;
Y este pájaro que tengo
Respira
Y se queja extrañamente.
Un largo escalofrío
Parecido al viento que se aferra, de árbol en árbol,
Agita a siete grandes faraones de ébano
En sus sarcófagos solemnes y ornamentados.
No es otra cosa que la profundidad de la muerte lo que
persiste,
Simulando el último tormento
Buscando su apaciguamiento
Y su eternidad
En un ligero ruido de pulseras
Vanos círculos juegos por otra parte
Alrededor de la carne sacrificada.
Ávidos de la fuente fraternal del mal en mí
Me acuestan y me beben;
Siete veces, conozco el torno de los huesos
Y la mano seca que busca el corazón para romperlo.
Pálida y satisfecha de sueño horrible
Los miembros desenlazados
Y los muertos fuera de mí, asesinados,
¿Qué reflejo del amanecer se extravía aquí?
¿Por qué pues este pájaro tiembla
Y gira hacia la mañana
Sus pupilas reventadas?
Tomado de:

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