viernes, 18 de enero de 2019

POEMAS DE DINA BELLRHAM (Edelina Adriana Beltrán Ramos)


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(6 de julio de 1984, Cantón Milagro - 27 de octubre de 2011, Guayaquil, Ecuador)

PLUMIER

El averno retoza
en el tranvía de mi humus
El negro es el blanco quimérico
masticando la noche
sujetándose
a mi mano estetoscópica
y cíclica.
Porque soy agorafóbica empedernida
y colecciono esquinas
mientras fecundo urdimbres
o relampagueo gárgolas
cuando me hallo grávida de versos
gélida,
en la tranquilidad de mis muertes.

Delirios

I
Tengo una luciérnaga en medio de los dientes
soy lámpara humana
he retornado a la pared
y a su diluvio de gárgolas.
Me enchufé
(sonrío).
A veces me desnudo esperándote
arranco mis ojos
y mutilo su humedad septentrional...
—tan cansado es el lunar donde blasfemo—.
Tantas uñas queriendo rasgarme
¿hacia dónde va esta cicatriz de hinojos?
ya sólo tengo vómitos
cortocircuitos
hambre
(muerte).
Es hora de marchar(te)
desmembrar(te).
Todas me hablan...
he decidido gritar
hoy,
que me he estacionado
que he construido
una lágrima púrpura
en mi cuenca de abismos.

II

Estoy a punto de fugar
este simposio noctámbulo
he ataviado de telarañas
estas vénulas famélicas.
No soy parte del trapecio de átomos
amo al hombre que fue mío
su velo de besos muertos
yo también estoy en la profundidad
donde gorgotean nuestras manos entrenzadas
como grillos emanando ecos atrófi cos
como velas tapizando un suelo de plegarias.
—Las secretarias mutilan teclas,
son asesinas de rutinas—
¿y yo?
también necroso animales
que penden de un árbol
deletreo entes cobijados en letras,
artista en pantomimas
de un Sansón en alopecia
vacíos... (((tijeras púrpuras)))
—la gris Átropos ha tardadoestoy
acostumbrada a cenar
frente a un espejo;
y empacharme de anginas
porque te extraño
porque eres agua extraviada en óleo
y aún fermentas un delirio de alhelí
en mi imperio de insectos.

Adiós... alone alone

Como la furcia que no sabe de quién es el hijo
así son estos dedos empolvados de amores
que terminan arrojando fetos disfrazados.
Ninguno es amor,
me desnudo las papilas
para arrullar una epopeya de fragmentos.
Yo en átomos
haciendo alquimia en pantanos
tal vez (es casi seguro)
porque intenté amar desesperadamente
un zapato
y embarullarme necesariamente a sus agujetas
para sentirme amada.
¡Déjenme ir! suelten mis alas
desde hace tanto soy un espectro
que jala los pies de ángeles muertos
y aún así debo mutilarme el hálito que ya no existe
¡amar! ¿Cuándo entenderán
que las esquinas son el eco
de las calles que musitan besos?
Demasiado románticos son mis ojos de sal
tan frágil mi ánfora de los secretos
y ahora mi boca no es más
que un tren recolectando inquilinos efímeros
una virgen prostituyéndose el síncope
(estoy lejana)
regurgito los intentos,
la herida pariendo gusanos
el corazón queriendo ser riñón.
No escribo, muto a péndola
y derramo esta tinta cargada de sismos.
Déjame ir... quiero dormir placenteramente
en un sepulcro de lirios brunos
hacer el amor con osamentas arcaicas
tal vez ellos entiendan de este adiós prematuro.
Tic-tac, tic-tac
el reloj no existe
y todos dependen de él.
Tic-tac, tic-tac
“el mar se quiere parecer al cielo”
—¿te acuerdas?—
los extraños toman café en el muelle
y también un sorbo de amores no correspondidos...
Tic-tac
tic-tac
aún no es hora de irse
(el sicario no existe)
tic-tac
hace tiempo que no estoy
sólo falta se consuman las células
ya cumplí mi guión de enamorada “alone alone”
Tic
tac
la tristeza es mi duende encantado
que me abriga la incoherencia caducada
Déjenme ir.


Anhedonia


Hasta los sismos en las piernas han mutado a esfinges.
Hemos huido de la catástrofe de las encías. Nos mudaremos
de falanges y ventanas, con el miedo bajo el brazo
cual portafolio de oficina.
El parque se torna pluvioso, quebradizo. No basta crujir
nuestros dientes de columpio, ni bostezar resbaladeras si
nos sobran extremidades y saliva. El suelo se ha vuelto
puta en los zapatos.
Y yo pretendo seguir de raíz en los cordeles, ahora que hay
suburbios en un racimo de ósculos.


la insensible

la insensible
jamás nutrió el bonsái
que habitaba en su ojo
descubrió que abrir las piernas
era más fácil que abrir los brazos
por eso revienta sus grifos
y enciende sus cuernos.
la insensible
mató la cuna y los pezones del hambre
nació columpio
y pronto se deshizo de los niños,
amarla es irrumpir el silencio de las piedras.
la insensible
por insensible dejará huérfana su sombra.
romperá su voz de lluvia
para olvidar la melancolía de los dientes.
la insensible transita en su diástole,
como su padre hecho ovillo
en alguna botella fermentada de espinas.
importa poco su esqueleto fútil
y la jauría carcomiendo los retratos.
la insensible prefirió arrancar sus oídos
a los relámpagos en su pecho.


tratado de la realidad

era mi rodilla el bastón hambriento de polillas,
precaria, trémula, descansada de iglesias,
porque mi realidad cuando pasó
era sólo una sospecha...
las luciérnagas no necesitan interruptores
ni faros que guíen su caída al abismo;
mi lluvia suicidó la lumbre y los espejos.
porque mi realidad siempre venía
absorta y enredada en camillas blancas.
era mi sonrisa la oreja de Van Gogh
en un florero de mi estancia,
reía luego de las visitas y los tentempiés;
porque mi rostro era una simulación
de edificios y autos estacionados,
porque el mar no es mar
sin mis huesos atados como madrépora en el fondo,
porque el amor no es amor
desde que muero por costumbre ilícita
y me resucitan por limosna en los barcos.
era falda y dedo gangrenado al filo de la luna
alimentaba a los peces del dios mudo y ahorcado,
del dios que parió panes en un cuento de ogros;
porque mi fe se cayó con los dientes de leche,
y en el sudor de un niño en el semáforo en rojo.
era una muñeca de porcelana con afeites de tulipanes,
pero otras muñecas rompieron sus rieles,
porque mi realidad cuando pasó
era una sospecha
roja, cancerígena,
mundana


síndrome del miembro fantasma

lo bello de un pie gangrenado
es su ausencia en la tierra;
por eso los ojos se van al pasto
y maduran como naranjos.
el cuerpo estorba
             aprieta
no entra
   en el vientre de los sorbetes
ni en la estufa de mi abuela,
por eso amo mis pies lilas
cubiertos de hormigas


perífrasis del poema

Es claro que éste es el poema gobernante, prolífico.
Pero mi tortuga está hambrienta. Quisiera rozar mi dedo índice en su cabeza, que sencillamente me la imagino viscosa como sus patas traseras; todas mis fobias se concentran en unos besos hasta que mi boca queda plisada en el vidrio donde la observo, y mi mano cuenta escudos en su caparazón: mi tortuga se eleva, y pienso que ama tanto mis dedos en sus placas que le he provocado un orgasmo.
Todo mi cuerpo se concentra en el poema que va a nacer. Lúdico, y mi cerebro se llena de cabezas de penes; debería masturbarme antes de escribir. La tierna, muda, pug, de ojos intranquilos, que me recuerdan a alguien que una vez me cortó algo, está extrañada; mi cuerpo es violento, mi mano baja y atrapa una ola, hasta que es arrastrada al fondo y pierde los dedos. Mi vejiga está hinchada que debo correr con el short junto a los pies y mi perra espera en la puerta del baño, cuando realmente no alcanzo a verla; se rompen otras olas: mi mascota me parece una fotografía vidriosa.
Me vuelve el poema, que debo, es obvio, hay que escribir, todas las ideas están metidas en los pulmones; pero la flema se ha movido, no sé si está, o se fue en la ola, o se quedaron prendidas en el filo de uno de mis vellos púbicos, o está en medio de la uña, junto con estreptococos, cuando bajó mi mano. He cocinado mis pies dos horas en la tina, mi rostro es un anciano en el espejo, pero los senos siguen erectos, rosados como las vulvas de las nenas en aquellas maternidades donde sus nombres están escritos tan bellamente, mientras sus familias las miran desde el vidrio, y plisan sus manos, además de sus bocas.
De lo desnudo que estaba mi reflejo ahora tiene medias de colores azules y verdes haciendo cuadros, hay dos centímetros de piel hasta llegar a una licra, la chompa blanca es amplia que podría entrar un librero o una nube. El poema reposa en mi saliva, y estoy otoñal. Yo misma soy hija, y tengo dos hijos, la niña duerme en el piso, almohada y osito del tamaño de ella, no puedo abrazarla, tan finísima, entra en mi cuello, si pudiera contarle fábulas... es muda, no habla como el otro, oscuro como la noche. Mi amiga me pregunta si escribo poemas, en este instante —ella es la liebre— olvida su antigüedad que perdemos tiempo presentándonos continuamente. Miento. Le he dicho que el poema es magnífico, y vuelve a su etereidad: el asesino aparece en escena apenas dos amantes terminan una buena actuación coital. Reímos hasta que nuestra columna se curva, me duele exageradamente el diafragma que recuerdo que no hay poema.


los amorosos anónimos

Ser la cazadora de los unicornios en los cuentos donde los castillos apenas se reconocen o son fosas donde descansan los sapos que jamás se convertirán en príncipes, ni siquiera en hamacas en donde reposar mis voces maniatadas es vicioso, cancerígeno. Todos quieren dos piernas abiertas en el desayuno y espaldas nutridas de llanto para no recordar los rostros. Queremos zapatos de fiestas y huellas descalzas para transitar en casa sin que ningún reflejo o timbre nos moleste en los paseos oníricos, queremos andar solos y acompañados cuando la entrepierna murmura como esquizofrénico en plena escena idílica. El reloj nos gana la carrera siempre, y ya es tarde cuando no nos reconocemos en las fotos del bautizo del hijo del mejor amigo, ni en el carnet de secundaria, cuando éramos embriones, ebriamente felices. Yo he lamido heridas ajenas sólo por asegurarme una bufanda en tiempos gélidos, aunque iba ahorcando la esperanza y los amores con besos de niños. Crecemos y se nos mueren las alas. Nos hacemos mundo y giramos pretéritos, insanos. Yo me he vuelto el dragón de los cuentos, pero ya me cansa eso de buscar escondites en cuerpos vacuos que sólo desgastan sus pasos en sábanas y noches mustias. Me cansé de los amorosos anónimos y sus lapsus de primaveras.

encenderme

Acostumbrada a reposar en los ceniceros y en las cloacas. Eso de encenderme la luz del velador en media pesadilla es atroz. Desnuda me anuncio tumba para asustar a los príncipes y me vuelvo a esconder en las hojas de Alejandra: su silencio es perpetuo, como el gas de la estufa cuando lo dejas hambriento queriendo que pase lo atemporal. Que me traguen los árboles otoñales, las sillas de ruedas, el purgatorio; que me secuestre Cerbero en su uña ponzoñosa; que se mueran esas alevillas que renacen las úlceras. Todo el miedo lo he bebido en una danza de falanges, estacionadas como fiestas de diabéticos crónicos. Rompen mi ventana los picos de pájaros relámpagos, de pájaros sonrisas, de pájaros murmullos. Incrédula, hasta de mí reflejo que me rasguña tiempos de arena y cocteles. Es difícil acercarse a la humanidad cuando hueles con impotencia las flores que vienen a regalarte cada mañana en tu lápida.

a

“Más que por la A de amor estoy por la A
de asma, y me ahogo
de tu no aire, ábreme”
Gonzalo Rojas.
La tumba me zumba desde la epiglotis. Cómo duele lanzar un grito en medio de los árboles. Respirar se me ha vuelto tan desesperante. ¡Ah disnea!, esa capacidad la tuya de dejarme trémula en media vereda, en media cena, en media distancia hacia el apocalíptico murmullo de los bronquios, que gimen su tortura; y pensar que quería usar la bufanda para apresurar el salto de canguro del miocardio. Están de luto las sextas uñas. Vocifero una espuma de hematíes y las palabras me salen cortadas, ahogadas... La tos es la muerte del amor de cantinas. La tos no escatima súplicas a la afonía verde de los insectos. Y pensar que siempre quiero marcharme dejando las maletas debajo del catre, y el abrigo puesto en el cuerpo de otra.


IX (muñecas mudas)

Hay princesas en la alacena de la casa carente de espectros. He visto sus faldas cual campanas de iglesias marchitas, retumbando pentagramas prolijos en su vientre pueblerino. Mientras el agua inunda maceteros, las princesas salen a buscar dragones alopécicos. Les pesan los kilos de tela en sus entrepiernas, sus alarmas pudoríficas en los pechos.
Cada madrugada cuando todos duermen (incluso yo), salen a observar a la mujer de helio que posa desnuda frente a un lavabo, tiene el arma entre sus dientes, tiene dientes en sus muñecas de espantapájaros , hay planetas mientras sus pupilas se cuartean, le crecen alas en los vocablos, le caben litros en las palmas, se condensan, los ultraja. Hay atardeceres cuando deshabita el mundo. Odio verla, no me escucha cuando disparo plegarias en su lengua quimérica.
He despertado. El sol regurgita su grito de fotones. Mis muñecas están rotas. Hay murciélagos en el techo. Ellos fueron. Ellos bebieron los relámpagos de sus rizos. Mis muñecas se han quedado mudas.



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