jueves, 7 de septiembre de 2023

POEMAS DE FRANCISCA AGUIRRE



El último mohicano (de Los trescientos escalones)

No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,

comprendo que lo tuve todo

no teníamos nada, nada, salvo el miedo, el dolor,

el estupor que produce la muerte.

Cuando mataron a mi padre, nos quedamos en esa zona

de vacío que va de la vida a la muerte

dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,

como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto,

ahí nos quedamos, como peces en una pecera sin agua,

como los atónitos visitantes de un planeta vacío.

Nada teníamos, aunque también es cierto que ya nada queríamos.

Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí

nos dieron la noticia en el cuarto de aseo de aquel colegio

para hijas de presos políticos.

Había un espejo enorme y yo vi la palabra muerte

crecer dentro de aquel espejo hasta salir de él y alojarse

en los ojos de mi hermana

como un vapor letal y pestilente.

Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos

salvo algunas horas de amor en que Félix y yo éramos

dos huérfanos, y el rostro milagroso de mi hija.

Y nada más tuvimos durante mucho tiempo

pero mamá tuvo menos que nadie,

mamá quedó como un espejo sin azogue,

lo perdió todo, salvo un hilo delgado que la unía a nosotras.

Y por aquel inconcebible puente, como tres hormiguitas, íbamos y

veníamos a su estatua de vidrio restituyéndole el azogue.

Volvió a nosotras desde el país del hielo.

Y volvió tan absolutamente

que gracias a ella, nosotras,

que nada teníamos, lo tuvimos todo.

Mamá fue nuestro Espasa,

nuestro guerrero del antifaz,

El País de las Hadas,

la abundancia dentro de la miseria,

nuestro mejor amigo,

nuestro escudo contra los moros,

la enamorada de las bellas artes,

la que hizo posible que papá no muriera,

la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.

Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,

que adoraba los libros,

que no podía vivir sin la música,

y que fue amigo de Unamuno.

Cierto que no tuvimos nada.

que muchas veces nos faltaba todo.

Pero aunque algunos días no comimos,

tuvimos una radio para oír a Beethoven.

Y un día de Reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro

mamá y los tíos fueron al Rastro:

nos compraron tres libros:

La Cuesta encantada, Nómadas del Norte

y El último mohicano.

Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.

Mamá nos trajo El último mohicano

y de la mano de ese indio solitario

entramos en el mundo de lo maravilloso

y lo tuvimos todo para siempre.

Y ya nadie podrá quitárnoslo

 

Paisajes de papel (de Itaca)

A mis hermanas Susy y Margara

Aquella infancia fue más triste.

Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.

Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.

Éramos serios y aburridos.

Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:

sin resquicios y tristes.

Veo a mis pocos años observar con ahínco,

tras el cristal opaco, la calle larga y gris;

el sol estaba lejos y era lo único barato,

lo único que traía alegría sin exigirnos nada.

Veo a mi niña, adulta y consecuente

con un programa bien trazado:

crecer, crecer muy pronto, darse prisa

—ser niño era una carga demasiado pesada

para nosotros y para los grandes—.

Sólo en verano el mundo parecía asequible,

durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.

Lo gris volvía siempre muy pronto.

Un día amanecimos lentas, crecidas,

llenas de miedo, de presente.

Buscábamos palabras en el diccionario

con el afán de comprenderlo todo:

necesitábamos hacer lenguaje.

Algunos nos miraron con asombro,

decían que éramos inteligentes.

Nosotras, durante los dolientes domingos

dibujábamos inseguros paisajes.

Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.

Salir a un campo que no fuera pintado

suponía gastar unos zapatos.

Salir, salir, ése era el sueño,

abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:

¡mi reino por un trabajo!

¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?

¿Cómo añorarlos sin desconfianza?

Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,

mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla.

Cementerio (de Itaca)

Tiene también la sangre sus revoluciones,

sus líderes y demagogos

que arengan al pueblo de las ansias

congregado en el corazón.

Tiene también la sangre sus masacres

—en nombre de oscurísimas razones—,

en las que mueren tantos inocentes:

los de pequeña voz, los tímidos

que no saben exponer sus deseos;

menos aún, imponerlos.

Mueren entre las venas, y de manera irrevocable,

lo mismo que acontece entre la historia.

Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero

en la espantosa servidumbre del reemplazo

sucumben a su vez los opresores

sin que exista un recodo, un breve hueco

en que dejar sobre una lápida

constancia de su paso.

En la anónima fosa de la sangre

yacen mezclados víctimas y verdugos;

y en las terribles horas de la comprensión

qué imposible resulta distinguir

del corrompido olor de la esperanza degollada

el agrio aroma de sus asesinos

Apuesta (de Itaca)

Somos tan sólo el ansia de lo que nunca fuimos;

somos tan sólo esa punzada que nos llega

puntual como un eclipse de sol

y nos apaga durante unos segundos;

somos la apuesta que nunca arriesgamos,

la alegría a que no nos atrevimos

y el llanto, el miedo, el miedo siempre:

miedo incluso de esta nostalgia que nos acompaña,

miedo de que nos avasalle y nos destruya,

ahora,

cuando ya es tiempo de asumir esta nada.

Testigo de excepción (de Los trescientos escalones)

Un mar, un mar es lo que necesito.

Un mar y no otra cosa, no otra cosa.

Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.

Un mar, un mar es lo que necesito.

No una montaña, un río, un cielo.

No. Nada, nada,

únicamente un mar.

Tampoco quiero flores, manos,

ni un corazón que me consuele.

No quiero un corazón

a cambio de otro corazón.

No quiero que me hablen de amor

a cambio del amor.

Yo sólo quiero un mar:

yo sólo necesito un mar.

Un agua de distancia,

un agua que no escape,

un agua misericordiosa

en que lavar mi corazón

y dejarlo a su orilla

para que sea empujado por sus olas,

lamido por su lengua de sal

que cicatriza heridas.

Un mar, un mar del que ser cómplice.

Un mar al que contarle todo.

Un mar, creedme, necesito un mar,

un mar donde llorar a mares

y que nadie lo note.

Tomado de:

https://www.uco.es/servicios/biblioteca/media/kunena/attachments/1000004/SELECCINDEPOESADEFRANCISCAAGUIRRE.pdf

 

 

TESTIGO DE EXCEPCIÓN

 

Un mar, un mar es lo que necesito.

Un mar y no otra cosa, no otra cosa.

Lo demás es pequeño, insuficiente, pobre.

Un mar, un mar es lo que necesito.

No una montaña, un río, un cielo.

No. Nada, nada,

únicamente un mar.

Tampoco quiero flores, manos,

ni un corazón que me consuele.

No quiero un corazón

a cambio de otro corazón.

No quiero que me hablen de amor

a cambio del amor.

Yo sólo quiero un mar:

yo sólo necesito un mar.

Un agua de distancia,

un agua que no escape,

un agua misericordiosa

en que lavar mi corazón

y dejarlo a su orilla

para que sea empujado por sus olas,

lamido por su lengua de sal

que cicatriza heridas.

Un mar, un mar del que ser cómplice.

Un mar al que contarle todo.

Un mar, creedme, necesito un mar,

un mar donde llorar a mares

y que nadie lo note.

 

 

LOS BIENAVENTURADOS

 

[…] ellos poseerán la tierra

 

Los fieles, los constantes,

los condenados a lo eterno,

los asombrados de una sola vez,

los que solo confían en el miedo,

los que edifican sobre el desengaño,

los cuidadosos que cosechan pasos,

los fareros de la rutina,

los cómplices tenaces del trabajo,

los que se mueren razonablemente,

esos que en tantas ocasiones

desearían con urgencia

que hubiese un dios al que pedir socorro.

 

 

DESPEDIDA

 

Decir adiós quiere decir tan poco.

Adiós dijimos a la infancia

y vino detrás nuestro como un perro

rastreando nuestros pasos.

Decir adiós: cerrar esa obstinada puerta que se niega,

la persistente cicatriz que destila memoria.

Decir adiós: decir que no; ¿quién lo consigue?

¿quién encontró la mágica llave?

¿quién el instante que nos desliza hacia el olvido,

la mano que extirpará raíces

sin quedarse para siempre cerrada sobre ellas?

Decir adiós: volver la espalda; pero

¿quién sabe dónde está la espalda?

¿quién conoce el camino que no muere en el pisado atajo?

Decir adiós: gritar porque se está diciendo

y llorar porque no se dice nada;

porque decir adiós nunca es bastante,

porque tal vez decir adiós completamente

sea encontrar el recodo donde volver la espalda,

donde hundirse en el no definitivo

mientras escapa lentamente la vida.

 

 

NO OS CONFUNDÁIS

 

Y cuando ya no quede nada

tendré siempre el recuerdo

de lo que no se cumplió nunca.

Cuando me miren con áspera piedad

yo siempre tendré

lo que la vida no pudo ofrecerme.

Creedme:

todo lo que pensáis que fue destrozo y pérdida

no ha sido más que conjetura.

Y cuando ya no quede nada

siempre tendré lo que me fue negado.

No os confundáis: con lo que nunca tuve

puedo llenar el mundo palmo a palmo.

Tanto miedo tenéis que no habéis advertido

la riqueza que se oculta en la pérdida.

Desdichados,

poca ganancia es la vuestra

si nunca habéis perdido nada.

Yo sí he perdido:

yo tengo, como el náufrago,

toda la tierra esperándome.

 

 

NO CONTESTES

 

Tú que no crees en lo eterno

ni tampoco en lo fugitivo

¿qué podrás ofrecerte?:

exorcismos, conjuros,

el viejo rito de la digestión,

la sonrisa que no te pertenece,

la ofuscación del árbol,

el candor de la piedra.

No contestes,

acógete a las reglas

y que den testimonio de ti

los puntos suspensivos.

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/6-poemas-de-francisca-aguirre/

 

 

Oficio de tinieblas

Este oficio. Dios mío, tan precario

de ir conjuntando la mirada y el verbo,

este oficio tan de tanteo, tan de sombras

que persiguen la luz como un ahogado,

este oficio de vísceras que ignoran

y sin embargo sienten,

esta revolución de trogloditas

en busca de la unidad tribal,

Dios mío, qué osadía tan irremediable,

qué desatino necesario

este de transmitir la vida boca a boca,

de defender al árbol como a un hombre

y defender al hombre como a un planeta,

como a un astro del que depende

el equilibrio de la constelación,

                                                           .Señor,

y defenderlo con onomatopeyas,

con sílabas, palabras.

Palabras nada más ayes, quejidos.

Qué oficio, hermanos míos, qué tarea.

Qué oficio tan humilde y ambicioso,

qué meta inalcanzable,

qué hermoso oficio

para dejarse en él la vida entera.

De Los trescientos escalones (1973-1976)

 

 

Derivaciones

Todo esto que llamamos cuerpo

esto que somos que llamamos anatomía

que vamos conociendo poco a poco

y casi siempre mal

                                  .de manera incompleta

y por tanto confusa atropellada…

Todo este armazón que nos soporta

sabemos que contiene muchas cosas

                                                                  .pero además

contiene algo que

                                  .naturalmente nadie sabe

                                                                                 .ni remotamente

qué demonios es

                                  .pero esa cosa indecible

                                                                              .inapresable

pero terca desesperadamente terca

                                                                 .tiene derivaciones

tiene absurdas rutas

                                     .imposibles caminos

y desde luego extrañas convicciones

                                                                  .agobiantes ansias

retrocesos desesperados.

                                              .Y terrores.

Miedos que nos devoran como buitres

                                                                      .hasta dejarnos en los huesos

asolados y sin saber a quién pedir ayuda.

Porque el cuerpo nuestro asombroso cuerpo

                                                                                 .no está del todo mal

aguanta lo que le echen.

.

Pero lo otro

                     .eso que apenas entendemos

                                                                          .y sin embargo nos destroza

                                                                                                                              .no

está peor que mal

                                .está hecho polvo

                                                                 .destruido

Siente que puede reventar como si fuera un perro.

.

                                                                            .Pero no hay forma de ladrar.

.

.

.

De Historia de una anatomía (2010)

Tomado de:

https://aullidolit.com/oficio-tinieblas-otros-cuatro-poemas-francisca-aguirre/

 

 

Ítaca

¿Y quién alguna vez no estuvo en Ítaca?

¿Quién no conoce su áspero panorama,

el anillo de mar que la comprime,

la austera intimidad que nos impone,

el silencio de suma que nos traza?

Ítaca nos resume como un libro,

nos acompaña hacia nosotros mismos,

nos descubre el sonido de la espera.

Porque la espera suena:

mantiene el eco de voces que se han ido.

Ítaca nos denuncia el latido de la vida,

nos hace cómplices de la distancia,

ciegos vigías de una senda

que se va haciendo sin nosotros,

que no podremos olvidar porque

no existe olvido para la ignorancia.

Es doloroso despertar un día

y contemplar el mar que nos abraza,

que nos unge de sal y nos bautiza como nuevos hijos.

Recordamos los días del vino compartido,

las palabras, no el eco;

las manos, no el diluido gesto.

Veo el mar que me cerca,

el vago azul por el que te has perdido,

compruebo el horizonte con avidez extenuada,

dejo a los ojos un momento

cumplir su hermoso oficio;

luego, vuelvo la espalda

y encamino mis pasos hacia Ítaca.

 

 

Última nieve

A Pedro García Domínguez

 

Una hermosa mentira te acompaña,

pero no llega a acariciarte.

Sólo sabes de ella lo que dicen,

lo que te explican libros enigmáticos

que narran una historia fabulosa

con las palabras llenas de significación,

llenas de claridad y peso exactos,

y que tú no comprendes sin embargo.

Pero tu fe te salva, te mantiene.

 

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Una hermosa mentira te vigila,

aunque no puede verte, y tú lo sabes.

Lo sabes de esa forma inexplicable

en que sabemos lo que más nos hiere.

 

Llueve desde los cielos tiempo y sombra,

llueve inocencia y loco desconsuelo.

Un incendio de sombras te ilumina,

mientras la nieve apaga las estrellas

que una vez fueron permanentes ascuas.

 

Una hermosa mentira te acompaña;

a infinitos millones de años luz,

intacta y compasiva, se extiende la nevada.

Tomado de:

https://www.actualidadliteratura.com/fallece-francisca-aguirre-4-poemas/

 

 

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