viernes, 1 de septiembre de 2023

POEMAS DE MANUEL JOSÉ CASTILLA

 


Qué lindo cuando me muera

Qué lindo cuando me muera y vengan mis amigos a mirarme los ojos.

Estaré ya lejano, llenas de un sueño quieto mis pupilas.

Tal vez dentro de esa agua

vayan viendo las cosas que yo he visto y amado:

un lapacho amarillo y otro lapacho blanco

donde miré la tarde endulceserse silenciosa

y a la nieve pensando su copo más hermoso.

 

Tal vez me miren viendo como nace la flor de la semilla,

su fiesta sola y olvidada;

puede ser que me encuentren solos los cementerios de las cumbres en la Poma,

oyendo cómo suena, reseco en siemprevivas, el olvido en el viento

entre rosas celestes de papel inocente.

 

Quizás también, junto a mis apagados ademanes,

beban la chicha cuajada en ojos muertos

por donde miran tristes los maíces de América

y por donde mi canto se calienta

y me sale al camino

igual que una bandera colorada y de fiesta en Bolivia.

 

Quizás dentro los cielos hueros de mis pupilas

hallen una corzuela muriéndose en los montes

como un agua apagada por su propia hermosura

y encuentren unos ciegos cantando, entraña tras entraña,

muertos que se les quedan colgados de sus rezos

igual que una guirnalda de violetas heladas.

 

Acaso un día, carnavaleando airosos con el vino

llenos de sol y harina y coplas y caballos,

topen un ramo verde de albahaca marchitado

y piensen que yo alegre me coronaba de laureles.

 

Puede ser que mirándome se vayan por los chacos

y entre arena y arena y más arena se descuelgue la luna

con una garza adentro entre los bobadales del Bermejo.

 

Quizás entre guitarras las madres amantísimas

sientan las serenatas desvelarlas;

quizás con las palomas del amor se alejen sus mensajes en papeles celestes

deshaciendo en el aire sus huesos delicados.

 

Quizás todo eso ocurra

cuando junto a mis ojos, grises por el olvido,

estén conmigo dulcemente muertos.

 

 

Niño dormido en un mercado

He visto un niño colgado del techo de un mercado

en Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia.

 

Dormía en su cuna de lona

entre el chillido verde tierno y hediondo de los monos,

entre ramos de acelgas arrugados,

entre los mágicos y desnudos cuerpos humanos de las zanahorias

junto al hebroso y blanco de las mandiocas

 

Ahora lo recuerdo

su sueño me quema todavía

con la leche apurada que le daba su madre,

con el pico crepuscular de los tucanes

que lo hubieran tragado como un tamarindo.

 

El niño era una semilla preñándose en la lluvia

sin saber si iba a ser una flor o una lechuga.

 

Gente en los sueños

Los sueños tienen gente.

y uno, dormido, es como una casa

que de golpe se llena de personas.

 

Hay veces que ellas y uno, todos, caminamos y hablamos

y nos oímos apenas como si conversáramos desde lejos.

 

Uno habla con los amigos muertos.

 

Y cuando se recuerda

se hunde en un espejo, de espaldas,

las manos llenas de ademanes vacíos.

Y un día brillante queda lejos y solo.

Tomado de:

https://www.isliada.org/poetas/manuel-j-castilla/

 

 

ESPERO QUE ME LLUEVA

 

 

 

Ese hongo anaranjado y húmedo pegado en la corteza de este tronco

 

                                                                                  [en el monte

 

es mi oreja y escucho, hasta el más leve, todos los ruidos de la tierra.

 

Puedo decir ahora de qué silencio nace el agua y qué oro la moja

 

 [para hacer el maíz

 

mientras crecen enfurecidas las hebras tiernísimas de las manos

 

                                     [del mamboretá mascadora de las moscas.

 

 

 

Adivino, ya oscuro, qué savia se derrama y se endurece haciendo

 

[las luciérnagas.

 

Oigo abajo, disuelta, vagar perdida la negrura hasta quedarse quieta,

 

        [vuelta sangre molida en el lomo del escarabajo.

 

Estando así, sé del latido en yema del avestruz y su fuga inútil, ciega,

 

 como en el vientre de una noche redonda y sin salida.

 

 

 

Oigo la greda machacando los mármoles y volverse ceniza.

 

El esmeralda ahogado, entristecido, trepa por las raíces, se deshunde

 

y alarmado y gozoso vuela por naranjales en las alas del loro.

 

Estoy brotando húmedo y soy la misma saliva de la vida.

 

Si ahora me muriese, si un hachero aplastase distraído esta oreja,

 

tendría una pena como un río de larga, de irme yendo así solo a la

 

      [muerte.

 

Es apenas un miedo esto que digo. Un rocío que siente que va

 

[a pisarlo el viento.

 

 

 

             Sigo vivo mirando cómo teje la niebla

 

este helecho que al aire dice adiós al olvido,

 

cómo pasa rameando la víbora la cola enardecida

 

                                                           de su tigre perdido.

 

Están naciendo hundidos los colores. Sus picos, como pájaros,

 

                                     [quiebran la cal del huevo que los tiene.

 

 

 

             Debe ser el celeste el que aparece

 

y subiendo no sabe si sus ojos son cielo.

 

Ya trepa el rojo lastimado. Lame sus llagas con sus lenguas condolidas

 

                                  [el fuego.

 

Rosa en el cháguar, beberá su leche llena de espinas que lo irán

 

 [mordiendo.

 

Y cuando venga el blanco, ese que aún no es blanco todavía, sino

 

[sólo tinieblas,

 

irá a mojar los pies en la cuajada sombra de la luna.

 

El amarillo trae una semilla encima y triste que lo agobia en su otoño.

 

Cuando se halle a mi lado será como si estuviera regresando arrugado,

 

porque es de cobre el monte y es de muerte la hojarasca reseca.

 

 

 

             Todo lo estoy oyendo. Late insomne la vida y me estremece.

 

Voy a seguir creciendo y escuchando mientras sigo esperando que

 

 [me llueva.

 

 

Mayo, 1971

 

 

ALMACÉN

 

Al Pila Taibo y a las ginebras de Don Pedro

Bebo este vino en el almacén. Esta clara ginebra.

 

Y hablando con los otros bebedores

 

de a pedacitos me hundo en lloviznas de lana.

 

 

 

Un hombre canta solo

 

y escucha que una baguala larga le contesta de lejos.

 

Casi se duerme entonces.

 

 

 

Hay lluvias pequeñitas en la oscura balanza.

 

Lluvia de azúcar, lluvia de maíz, lluvia de trigo

 

y afuera lluvia de agua que no acaba.

 

De esos borrachos nace una alegría

 

y yo me pongo triste, y usted también y todos somos tristes.

 

 

 

Allí el tiempo amarillo en almanaques

 

y un hombre de bigotes

 

le brinda espiridinas al silencio.

 

 

 

Ahora huelo a cuero, a arreo larguísimo.

 

 

 

Aquí en el suelo y en silencio, quieto, el pan de sal

 

espera la caricia de la lengua del buey que lo disuelva.

 

 

 

Cuando eso ocurra, yo tampoco estaré sobre la tierra.

 

 

OTRA VEZ LA TIERRA

 

 

 

A Luis Víctor Outes (h)

 

A Eddy Outes

 

 

 

Yo tampoco sé nunca por qué me maravillas.

 

 

 

Te voy mirando y siento que mis ojos son húmedas semillas

 

[transparentes,

 

que dentro de ellos duerme tu silencio más grávido

 

y pares la granada de candor del rocío.

 

 

 

A veces tiendes desde tu vientre mineral más oscuro

 

el ademán sonámbulo invisible del imán, mano de tu memoria,

 

[y me acaricias.

 

 

 

Entonces cuento a todos que tú me has recordado,

 

que en mi barba se mueve tu corazón como un humo levísimo

 

y como un sueño que anda me fundo en el crepúsculo.

 

 

 

Me quedo viéndote lagrimear añares en la iguana,

 

crecer desde su cáscara de ananá madurando

 

y es como si sintiera moverse entre mis manos

 

amarillenta y vieja y melancólica la yema del otoño.

 

 

 

Hay noches en que el hombre vaciándose en un grito

 

parte como con sangre medio a medio tu monte.

 

Entonces te posee entre los griterías de los pájaros,

 

llena de sed la boca, el pelo de hojarasca estrujada,

 

sorbiéndote la piel hasta endulzarse entero.

 

 

 

Lejos, entre el viento y la escoria cariada de la piedra, en la Poma,

 

te ablandas como en la lana leve de los pastores.

 

Yo les hablo escarbando lo que callan. Les digo que te olviden

 

y ellos desde sus calles solas miran enmudecidos

 

el pedregal que cavan las uñas de sus muertos.

 

 

 

Otros días estallas en sus pechos cantando,

 

los mojas con tu savia golpeándolos con flores coloradas,

 

los paras en la danza con que te enguirnalda su alegría,

 

te hacen enternecer y te enamoran

 

hasta que yacen todos embriagados.

 

 

 

Tú, dormida,

 

los amamantas como a tu primer hijo, todavía.

 

 

 

Nunca sabré por qué me maravillas.

Tomado de:

https://www.crearensalamanca.com/desolvido-del-poeta-argentino-manuel-j-castilla-siete-poemas-cuarenta-anos-despues/

 

 

Zamba de Argamonte

 

(Manuel José Castilla – Gustavo Leguizamón)

La noche que ande Argamonte

tiene que ser noche negra,

por si lo vienen siguiendo

y le brillan las espuelas.

 

Argamonte por el monte,

pasa despacio a caballo;

los lazos de su memoria

al aire van cuatrereando.

 

El gaucho que va a caballo,

no desensille.

No vaya que, andando el vino,

me lo acuchillen.

 

Cuando Argamonte se acuerda

que andaba por esos chacos:

la luna le pone encima

la sombra del contrabando.

 

Y si canta una baguala

a orillas del Pilcomayo:

el agua se lleva un toro,

cuando lo están despenando.

 


POEMA QUE MANUEL J. CASTILLA ESCRIBIÓ TRAS EL ASESINATO DE ALBERTO BURNICHON, EDITOR

Vengan, arrimensé, vean lo que han hecho.

Antes que se lo lleven mirenló de perfil en este charco.

Ya le va ahogando el agua poco a poco el cabello

y la alta frente noble.

Los pastos pequeños afloran entre el agua sangrienta

y le tocan el rostro levemente.

Su corazón sin nadie está aguachento con una bala adentro.

¿Miraron ya?

¿Era de mañana, de tarde, de noche que ustedes lo mataron?

¿Se acuerdan cuándo era?

(Los alquilones sólo miran la hora del dinero.)

No, no se vayan, oigan esto:

El hombre que ustedes han matado amaba la poesía.

Cuando ustedes aún no habían nacido

los pies de ese señor iban por todos los pueblos de Argentina

dejando en cada uno la voz de los poetas.

Esos versos llevaban

sus ganas de justicia y de mostrar belleza.

Ustedes han cobrado dinero por matarlo

y él jamás cobró nada porque ustedes aprendieran a leer.

Fíjense:

hacía libros de poemas que regalaba a los obreros.

Tenía como ustedes, hijos, mujer y un techo

que también le han derrumbado

y libros de aprender a ser gente.

Todo eso han destruido, ¿se dan cuenta?

¿Y ahora?

Ustedes, pobres matadores,

perdonados por él, ya reposados

piensan conmigo: ¿Qué haremos con el muerto?

Yo lo recobro ahora, húmedo en yuyarales.

Mi mano le despeina como a un nido dormido.

Miro su portafolios abierto en donde caben todas las sorpresas del mundo,

fotos de sus amigos pintores y escultores

saliendo entre las pruebas de algún libro de versos.

Lo miro apareciendo en cualquier parte en cuanto lo han nombrado.

Se iba quedando siempre que se iba.

Por eso estaba con nosotros, ausente.

Nos quería en silencio.

A Wernicke, a Galán, a Lino Spilimbergo y a Alonso.

Luis Víctor Outes, Bustos,

le arrodillaban el corazón

cuando Rolando Valladares triste, andaba en las vidalas.

Se echaba en la amistad como un vino en las copas

y había que beberlo

hasta la última luz del alba y la alegría.

Va cielo arriba, en Córdoba, solito.

Nosotros, aquí en Salta, lo pensamos.

Y ahora, matadores alquilados:

¿qué hacemos con el muerto?

Salta, 16 de abril de 1976

 

 

 

QUÉ LINDO CUANDO ME MUERA

Qué lindo cuando me muera y vengan mis amigos a mirarme los ojos.

Estaré ya lejano, llenas de un sueño quieto mis pupilas.

Tal vez dentro de esa agua

vayan viendo las cosas que yo he visto y amado:

un lapacho amarillo y otro lapacho blanco

donde miré la tarde endulceserse silenciosa

y a la nieve pensando su copo más hermoso.

Tal vez me miren viendo como nace la flor de la semilla,

su fiesta sola y olvidada;

puede ser que me encuentren solos los cementerios de las cumbres en la Poma,

oyendo cómo suena, reseco en siemprevivas, el olvido en el viento

entre rosas celestes de papel inocente.

Quizás también, junto a mis apagados ademanes,

beban la chicha cuajada en ojos muertos

por donde miran tristes los maíces de América

y por donde mi canto se calienta

y me sale al camino

igual que una bandera colorada y de fiesta en Bolivia.

Quizás dentro los cielos hueros de mis pupilas

hallen una corzuela muriéndose en los montes

como un agua apagada por su propia hermosura

y encuentren unos ciegos cantando, entraña tras entraña,

muertos que se les quedan colgados de sus rezos

igual que una guirnalda de violetas heladas.

Acaso un día, carnavaleando airosos con el vino

llenos de sol y harina y coplas y caballos,

topen un ramo verde de albahaca marchitado

y piensen que yo alegre me coronaba de laureles.

Puede ser que mirándome se vayan por los chacos

y entre arena y arena y más arena se descuelgue la luna

con una garza adentro entre los bobadales del Bermejo.

Quizás entre guitarras las madres amantísimas

sientan las serenatas desvelarlas;

quizás con las palomas del amor se alejen sus mensajes en papeles celestes

deshaciendo en el aire sus huesos delicados.

Quizás todo eso ocurra

cuando junto a mis ojos, grises por el olvido,

estén conmigo dulcemente muertos.

Tomado de:

https://periodicoartenautas.com.ar/www/manuel-j-castilla-tan-vivo-a-sus-cien-anos/

 

 

El gozante

 

"Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.

El que bajo las nubes se queda silencioso.

Pienso: si alguno me tocara las manos

se iría enloquecido de eternidad,

húmedo de astros lilas, relucientes.

Estoy solo de espaldas transformándome.

En este mismo instante un saurio me envejece y soy

leña

y miro por los ojos de las alas de las mariposas

un ocaso vinoso y transparente.

En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.

De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego con rocío.

Sé que en este momento, dentro de mí,

nace el viento como un enardecido río de uñas y de

agua.

Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.

A veces un lapacho me corona con flores blancas

y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo

de la tierra.

De cara al infinito

siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.

Si se me antoja, digo, si esperase un momento,

puedo dejar que encima de mis ingles

amamante la luna sus colmillos pequeños.

Zorros la cola como cortaderas,

gualacates rocosos,

corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,

garzas meditabundas

yararás despielándose,

acatancas rodando la bosta de su mundo,

todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste

nada y mi alegría.

Después, si ya estoy muerto,

échenme arena y agua. Así regreso. "

Tomado de:

https://www.epdlp.com/texto.php?id2=3341

 

 

LA VETA

 

Aquí arriba está la veta,

¿la ve señor ingeniero?

A esta hora siempre parece

una víbora durmiendo.

 

Así como usted la ve

ella también lo está viendo.

Y aunque la destroce toda

de golpe en golpe el barreno,

mientras más se la desgaja

su cola sigue creciendo,

como que abajo ya está

viva en el nivel 300.

 

Aquí arriba está la veta

arrime usted su mechero,

que por quererla matar

nos vamos quedando adentro.

 

Aquí arriba está la veta,

¿la ve señor ingeniero?

 

 

SUEÑO

 

Madre: tu niño no sueña

porque ya es niño minero.

Téjele unos escarpines

con el hilo más risueño

para que si viene el frío

no se te haga más pequeño.

 

Madre: tu niño ya es hombre

y no quiere que lo veles.

Tu niño juega una ronda

de plomo y andariveles.

 

 

LA PALLIRI

 

Qué trabajo más simple que tiene la palliri.

Sentada sobre el cáliz de su propia pollera,

elige con los ojos unos trozos de roca

que despedaza a golpes de martillo en la tierra.

 

(Un silencio nocturno le trepa por las trenzas

y oscurece la arcilla de sus manos morenas).

 

Qué inútil que sería decir que en sus miradas

hay un pozo de sombra y otro pozo de ausencia;

que pudo ser pastora de las nubes

y se quedó en minera,

que pudo hilar sus sueños por las cumbres

viendo bailar la rueca.

 

La palliri no canta

ni tampoco hila sueños.

La mirada en la tierra

y en la cabeza el cielo

de mañana y de tarde

busca sólo el silencio,

y cuando está a su lado

lo quiebra contra el suelo.

 

Y no sabe que a ratos, entre sus brazos recios,

se duerme el martillo como un niño de hierro.

Tomado de:

https://www.revistaaltazor.cl/manuel-j-castilla-2/

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario