lunes, 6 de julio de 2015

TEXTOS DE HENRY DAVID THOREAU

¿INDEPENDENCIA?

Mi vida es más cívica y libre
que cualquier cuerpo político.

Guarda príncipe tus posesiones
y tu poder circunscrito,
no son tan amplios como mis sueños,
ni tan ricos como esta hora.

¿Qué me ofreces que yo no tenga?
¿Qué puedes tomar de lo que tengo?
¿Puedes defender lo que no tiene peligro?
¿Puedes heredar la desnudez?

El oído de los tiempos es sordo a todas la necesidades verdaderas,
los estados estériles no proporcionan ningún alivio con su botín
-pero un alma libre –gracias a Dios-
puede ayudar por sí misma.

Asegúrate de que tu destino
queda aparte de su estado
-no ligado con cualquier banda-
incluso los nobles de la tierra
en campamentos con vestido de oro
no ocuparán en él ningún lugar
porque tiene más señorío que ellos.
Y busca una guerra más noble.
una melodía más hermosa resuena en su trompeta,
un reflejo más brillante irradia su armadura.

La vida a la que aspiro
nadie me la propone-
ningún trato en el comercio público
utiliza su marca.


(Traducción Guillermo Ruiz)




Henry David Thoreau 




Ningún ser humano, pasando la edad irracional de la niñez, querrá conscientemente matar a alguna criatura que mantiene su vida de la misma tierra que él.
Henry David Thoreau





“¡Un viajero! Me encanta ese título. Un viajero ha de ser venerado como tal. Su profesión es el mejor símbolo de nuestra vida. Ir de… a…; es la historia de todos nosotros.”

“No importa lo lejos que viajes ni adonde –normalmente, cuanto más lejos, peor- sino lo atento que estés.”

“Esta calma, esta soledad, esta naturaleza agreste, son una especie de eupatorio o consuelda para mi intelecto. Eso es lo que salgo a buscar. Como si encontrara siempre en esos lugares un compañero extraordinario, sereno, inmortal, infinitamente alentador aunque invisible, y paseara con él.”


                           Diarios, Henry David Thoreau.


Henry David Thoreau 
Caminar (fragmento)

Cuando salgo de casa a caminar sin saber todavía a dónde dirigir mis pasos y sometiéndome a lo que el destino decida en mi nombre, me encuentro por raro y extravagante que pueda parecer, con que, final e inevitablemente, me encamino al sudoeste, hacia un bosque, un prado, un pastizal abandonado o una colina que haya en esa dirección. Mi aguja es lenta en fijarse: oscila unos pocos grados, no siempre señala directamente al sudoeste, es cierto, y tiene criterio propio respecto a esta variación, pero siempre se estabiliza entre el oeste y el sudoeste. El futuro me tiende ese camino, y la tierra parece, por ese lado, más inagotada y generosa. El esquema que perfilarían mis caminatas no sería un círculo, sino una parábola o, mejor, como una de esas órbitas cometarias que se consideran curvas de no retorno, abriéndose en este caso hacia el oeste y en la que mi casa ocuparía el lugar del sol. A veces doy vueltas de un lado para otro, incapaz de decidirme, durante un cuarto de hora, hasta que resuelvo, por milésima vez, caminar hacia el suroeste o el oeste. En dirección a levante sólo voy a la fuerza; pero hacia el oeste camino libremente. Ningún asunto me lleva allí. Me resulta difícil creer que pueda encontrar paisajes bellos o suficiente naturaleza salvaje y libertada tras el horizonte orienta. No me emociona la perspectiva de dirigirme hacia él; en cambio, me parece que el bosque que veo en el occidental se extiende sin interrupción hacia el sol poniente y que no alberga ciudades lo bastante grandes como para molestarme. Dejadme vivir donde quiera; aquí está la ciudad, allá la naturaleza; cada vez abandono más la primera para retirarme al estado salvaje. No haría tanto hincapié en ello si no creyese que algo similar constituye la tendencia predominante entre mis compatriotas. Debo caminar hacia Oregón, no hacia Europa. El país está moviéndose en la misma dirección; no cabría decir que la humanidad progresa de este a oeste. En unos pocos años hemos asistido, en la colonización de Australia, al fenómeno de una emigración hacia el sudeste; pero esto nos parece un movimiento retrógrado y, a juzgar por el carácter moral y físico de la primera generación de australianos, el experimento todavía no ha tenido éxito. Los tártaros orientales piensas que al oeste del Tíbet no hay nada. <>, dicen; <>. Habitan un oriente sin remedio.
Nosotros vamos al este a comprender la historia y a estudiar las obras del arte y de la literatura, rehaciendo los pasos de la raza; al oeste, nos dirigimos como hacia el futuro, con espíritu de iniciativa y aventura. El Atlántico es el río Leteo, al atravesar el cual hemos tenido la oportunidad de olvidar el Viejo Mundo y sus instituciones. Si esta vez no tenemos éxito, quizá haya a la izquierda otra posibilidad para la raza, antes de llegar a las orillas de la Estigio: en el Leteo del Pacífico, que es tres veces más ancho.
Ignoro si resulta muy significativo o hasta qué punto constituye una prueba de singularidad que un individuo coincida en sus paseos más insignificantes con el movimiento general de la raza, pero sé que algo semejante al instinto migratorio de aves y cuadrúpedos —que, como se sabe, en ciertos casos ha afectado a la familia de las ardillas, empujándolas a un desplazamiento generalizado y misterioso, durante el que se las ha visto, dicen cruzar los ríos más anchos, cada una en su rama, con la cola desplegada como una vela, y tender puentes sobre los arroyos más estrechos con los cadáveres de sus compañeras—; que algo así como el furor que ataca al ganado doméstico en primavera, y que se atribuye a un gusano que tienen en el rabo, afecta tanto a las naciones como a los individuos, de forma permanente o de cuando en cuando. No es que grazne sobre nuestra ciudad una bandada de gansos salvajes, pero hasta cierto punto trastorna el valor actual de los bienes inmuebles; y, si yo fuera agente de la propiedad, probablemente tomara en cuenta semejante perturbación.
Cuando muchos más parten en peregrinación
Y viajan buscando costas desconocidas. 
"

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