miércoles, 27 de marzo de 2019

POEMAS DE RENEE VIVIEN


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(11 de junio de 1877, Londres, Reino Unido - 18 de noviembre de 1909, París, Francia)


Locusta

Nadie enjugó sus lágrimas al calor de mi aliento
ni empañó con sollozos la embriaguez de mi lecho:
preservo a mis amantes del agraz del amor.
Destierro de su frente la quemazón del día
y ahuyento de sus párpados cerrados la alborada.
Sus ojos no verán marchitarse las rosas.
Sólo yo abro la puerta a noches sin mañana.
Conozco estrofas de oro de sáficas cadencias
y arrobo con miradas turbias y acordes lánguidos
a quienes a la sombra de mis manos se aduermen.
Destilo lentos cantos, turbadoras caricias
y murmuro palabras prohibidas en lo oscuro.
Templo la luz del sol, los aromas y ruidos.
Yo soy la compasiva y solícita Amante.
Conozco los secretos de divinos venenos
suavemente insinuantes, dulces como traiciones,
voluptuosos como un engaño elocuente.
Y cuando, en la honda noche, un estertor se alarga
y enlaza con la coda sublime de una pieza,
deshojo una corona y sonrío a la Muerte,
que, sumisa como una esclava enamorada,
mansamente me sigue, impenetrable y grave.
Yo sé cómo mezclarla con esencias de flores
y escanciarla en las copas de oro de las Bacantes.
Desvanezco el recuerdo importuno del sol
en los ojos cansados de temen despertar
bajo la cruel mirada de una pérfida amante.
Ofrezco entre las palmas de mis manos el sueño…
sólo yo abro la puerta a las noches sin mañana.
https://blogs.20minutos.es/poesia/2010/07/27/locusta-de-renee-vivien-1877-1909


ESPERA


En esta estancia, ya sin confidencias,
nuestros jazmines de ayer ya no aroman...
Solamente para ti me he vestido,
para ti sola he soltado mi pelo...

He escogido joyas... ¿Te gustarán?
En mi inquieto corazón estás tú...
¿Cómo me verás? ¿Qué me dirás tú,
amiga, al cruzar mi umbral al ocaso?

Habrá lluvia de violetas y de algas
cruzando el ventanal verde y violáceo...
Saboreo la angustia de esperar
la dicha que vendrá cuando anochezca.

Silente espero la hora que he soñado...
La noche con su manto oscuro y claro...
Mi alma infinita esparcida en el aire...

Está templado, y ha salido la luna.


PROFESIÓN DE FE



Abril y el agua, la luna y el arcoiris:
amo todo lo que cambia, engaña y huye.
Mi risa es inconstante como el hado,
y miente pues que soy hija de la noche.

Y la noche ve en mí a su dulce hija,
me hace venir a los dormidos bosques
y me otorga el oído con que escucho,
como en sueño hondo, pasos enemigos.

Siempre fue para mí magna y clemente,
de ella aprendí las sendas de la huida,
ella amortigua el ruido de mis pasos
por las sombras, como un recuerdo, dulces.

De ella adquirí el desprecio por la prisa,
el ojo esquivo, el santo horror al ruido...


SONETO A LA MUERTE



Espero, ¡oh Bienamada!, oh jovial virgen
que alumbras con tu frente nuestra noche,
tu himen con blanquez de una eterna ternura,
tu abrazo de amor, hondo y sutil.

Llenarán nuestro lecho flores trémulas
y clamará la nupcial ebriedad
el órgano, y como un lirio infecundo
tú palidecerás entre las sombras.

La paz de los altares arderá;
lágrimas e incienso, epitalamios
y oración se alzarán hasta nosotras.

Aunque sea de día dormiremos
con un sueño letárgico de esposos,
y no temerá al alba nuestra noche.


EN LAS NOCHES FUTURAS



¡No! En las noches futuras de rosas y de llamas,
misteriosas como templos hindúes,
nadie sabrá mi nombre, ni vosotras
repetiréis mi verso, ¡oh bellas jóvenes!

Ninguna de vosotras tendrá el dulce capricho
de añorar el amor de una amiga imposible,
ni pedirá ansiosamente, en voz baja,
el beso irresistible de mis labios de amante.

Buscaréis el amor, perfumadas y tiernas,
andando hacia el futuro con pasos indecisos,
y no habrá ya ninguna que se acuerde
más de mí, que tanto os habría amado.
fuegoconnieve.blogspot.com/2008/01/cuatro-poemas-de-rene-vivien.html


Victoria


Dame los besos tuyos amargos como lágrimas,
de noche, cuando aquietan los pájaros sus vuelos.
Poseen nuestras cópulas, largas y sin amor,
júbilo de rapiña, crueldad de violaciones.

Tus ojos reflejaron esplendor de tormenta...
¡Exhala tu desprecio hasta en tu propio espasmo,
querida mía, y ábreme con cólera tus labios!
Beberé lentamente las hieles y el veneno.

Tiemblo como un ladrón ante un botín insólito
en la noche de fiebre que apaga tu mirada...
¡El alma brusca y bárbara de los conquistadores
canta en mi propio triunf

Lasitud


Me dormiré esta noche con dulce y largo sueño.
Cerrad los cortinajes, que no se abran las puertas.
No dejéis, ante todo, que entre el sol. Y poned
En torno a mí una noche saturada de rosas.

Posad en la blancura mullida de la almohada
esas flores mortuorias de perfume obsesivo.
Ponedlas en mis manos, la frente, el corazón.
Esas pálidas flores como de cera tibia.

Y yo diré muy bajo: «Nada mío perdura.
Mi alma reposa al fin. Tened piedad de ella.
Respetad su descanso por toda eternidad».
Me dormiré esta noche con la más bella muerte.

Que se deshojen flores –blancos nardos y lirios–.
Que se calle, en el umbral de las puertas cerradas,
el eco persistente de los viejos sollozos.
¡Ah, la noche infinita, empapada de rosas!

Torres de Burgos


Cubriéndose a manera de sudario
con sombras grises y hondas agonías,
graves como el retrato de un abuelo,
las torres seculares se alzan muertas.

Calles y callejuelas
hormiguean con ásperos espantos.
Las casas, con tejados perforados,
viven sepulcralmente.

Se siente allí un impulso muy confuso:
la incertidumbre cambia los caminos
de la fecundidad hacia la muerte
y de la podredumbre hacia la vida.



Llévame a ti,  Venecia


Sin amiga y sin libro, errante en las orillas
que mustia el sol y acaricia la luna,
Venecia, yo he de ser como una dogaresa
poseída por el sueño de tus canales lúgubres.

Tú, que sabes cuán fuertes pueden ser las tristezas
–porque su voluntad triunfa sobre el instinto
y poseen un rostro distinto que lastima–,
arrástrame, Venecia, a tu honda agua marchita.

Y cuenta a esos amantes vulgares del futuro
que ya les he juzgado y que yo los desprecio.
Oh tú, la solitaria, la altanera Venecia,
diles que nos burlamos de su humana alegría.

Desdeñémosles: son una turba insensata.
Ellos no saboream el exquisito tedio
de estar solos en medio de los hombres: a ellos
un desorden carnal les mató el pensamiento.

Diles, oh tú que flotas en las aguas
Fúnebre como yo, fría y oscura,
diles tú con mi voz de sombra y ya sin eco:
sólo es bella la muerte en tus hondos canales.

© Aurora Luque / Ediciones Igitur 2007 [Estos textos se reproducen por cortesía de www.edicionesigitur.com]


Rosas que se levantan

Mi morena de ojos dorados, tu cuerpo de marfil, tu ámbar,
ha dejado reflejos brillantes en la habitación,
  sobre el jardín.

El cielo claro de medianoche, bajo mis párpados cerrados,
todavía brilla ... Estoy borracho de tantas rosas más rojas
  que el vino.

Saliendo de su jardín, las rosas me han seguido ...
Tomo su breve aliento, respiro su vida.
  Todos ellos están aquí.

Es un milagro ... Las estrellas se han alzado,
apresuradamente, a través de las amplias ventanas
  donde se vierte el oro fundido.

Ahora, entre las rosas y las estrellas,
tú, aquí en mi habitación, aflojando tu túnica,
  y tu desnudez brilla,

tu mirada indecible descansa en mis ojos ...
Sin estrellas y sin flores, sueño lo imposible
  en la noche fría.


Tu extraño cabello


Reproducción automática del siguiente video
Tu pelo extraño, luz fría,
tiene un brillo pálido y un matiz rubio;
Tu mirada tiene el azul del éter y las olas;
Tu vestido tiene el frío de la brisa y el bosque.

Ardo la blancura de tus dedos con besos.
El aire de la noche esparce el polvo de muchos mundos.
Aún no lo sé, en el corazón de esas noches profundas,
Cómo verte con la pasión de ayer.

La luna te rozó con un resplandor inclinado ...
Fue terrible, como un relámpago profético
Revelando lo horrible debajo de tu belleza.

Vi, como se ve una flor desvanecerse,
en tu boca, como las auroras del verano,
la sonrisa marchita de una vieja puta.


A una mujer


Tierno a quien eres piedra y mortal a quien amas,
haciendo de la actitud una emoción de poema,
oh mujer cuya gracia infantil y suprema
triunfa en el barro y las lágrimas y la sangre.

Sólo amas la mano que lastima tu debilidad,
la palabra que engaña y el beso que duele,
el antiguo prejuicio que muere con nobleza
y el deseo de un día que sonríe al pasar.

Ferocidad pasiva, alma ligera y apacible,
para atraerlo, es necesario que el gesto repele:
su carne inerte llama, gruñendo, la sacudida
y el esfuerzo sin la belleza del hombre triunfante.

Esclavo de la casualidad, de las cosas y del tiempo,
para ser ondulante, en quien nada de verdad permanece,
nunca aceptas la pasión que llora
ni el amor que languidece bajo la mirada de tu hijo.

El bálsamo de lo banal y la composición de lo ficticio, lo
absurdo de las leyes, la vanidad del vicio
y el amante cuyo orgullo satisface su capricho,
basta con su corazón sin sueños y sin esperanza.

Nunca te enamores de un sueño,
con un reflejo cuyo encanto exuberante se prolonga,
un eco en el que la memoria se sumerge,
nunca te pones pálido al acercarse la noche.

Renée vivien, cenizas y polvos, 1902


Amazonas

La amazona sonríe sobre las ruinas,
mientras el sol, cansado de las luchas, se queda dormido.
El placer del asesinato ha inflado su nariz: se
regocija, extraño amor a la muerte.

Ella ama a los amantes que le dan la embriaguez
de su salvaje agonía y su orgullosa muerte,
y, despreciando la miel de la caricia mona,
los cortes sin horror no la satisfacen.

Su deseo, fallando en alguna boca pálida, de
quien sabe cómo arrancar el beso sin retorno, se
inclina ardientemente sobre el espasmo supremo,
más terrible y más hermoso que el espasmo del amor.

Renée Vivien, Estudios y Preludios.

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