miércoles, 19 de febrero de 2020

POEMAS DE PHILIP LEVINE


Resultado de imagen para PHILIP LEVINE(10 de enero de 1928, Detroit, Michigan - 14 de febrero de 2015, Fresno, California, Estados Unidos)



POR UN DURO


Nochebuena, 1965



Por un duro tenías una noche al resguardo.
(Un duro era una moneda de cinco pesetas
con el perfil de Franco, la narizota respingona
como si él solo hubiera recibido
el aliento de Dios. En el 65
sólo él recibía el aliento de Dios).
Por un duro podías tumbarte en el vestíbulo
del Hotel Splendide con tu traje de los domingos,
dormir bajo las luces, y levantarte a tiempo
para bendecir la llegada del Hijo. Por un duro
lo podías tener todo, coches, mujeres,
una comida de siete platos y vistas al mar,
con las camareras inclinándose
al preguntar con reverencia: “¿Más mantequilla?”. Por un duro
compré un paquete de Antillanas y le di uno
al único viajero de la terminal desierta,
un soldado de uniforme. Cuando se agachó
para encenderlo, vi el cogote pálido,
desarreglado. Aún debe estar allí, esperando.
El hotel ya no está, el edificio sí,
un hospital veterinario y un comedor de animales
dirigido por el señor Esteban Ganz, vestido
para trabajar esta mañana con bata blanca,
corbata negra y bambas sucias. Modestamente
me muestra tres cachorros de lobo, pintos,
salvados de la muerte, los feroces gatos silvestres,
recorriendo impacientes la gran jaula como tigres, el tucán
debilitado por un virus desconocido, pero ahora
ya recuperado y acicalándose. Colores bulliciosos:
rojos, verdes y dorados resplandecientes,
idóneos para anuncios que proclaman la paz inter-
galáctica cuando llegue el momento.


EL POEMA DE TIZA


Esta mañana, de camino al bajo Broadway,
me crucé con un hombre alto
hablándole al trozo de tiza
que sostenía en la mano derecha. La izquierda
estaba abierta y marcaba el compás,
pues su discurso tenía ritmo;
era un canto o una danza o, quizás,
un poema en francés, pues
era de Senegal y hablaba francés
tan lento y con tanta precisión que yo
podía entenderlo como si me hubiesen arrojado
cincuenta años atrás, hacia
mi clase de instituto. Un hombre esbelto,
elegante en las formas, pulcramente vestido
con los restos de dos trajes azules,
con la corbata firmemente anudada y su camisa blanca
sin planchar, aunque impoluta. Conocía
la historia entera de la tiza, no solo
de aquel trozo en particular, sino
de la tiza con la que yo escribí
mi nombre el día en el que regresé
a la escuela tras la muerte
de mi padre. Conocía el feldespato,
el calcio, las conchas de las ostras; sabía
qué criaturas habían dado su espinazo
hasta formar el polvo temporal
prensado en aquellos conos perfectos,
conocía la tristeza de las aulas
en diciembre, cuando la luz decae
temprano y las palabras de la pizarra
abandonan su gramática y sentido
y, más tarde, incluso sus contornos, de tal modo que
cada letra se expande en todas direcciones
y, al mismo tiempo, no significa nada en absoluto.
Al principio pensé que su barba corta
estaba escarchada de tiza; conforme
nos aproximábamos, a menos de un pie
de distancia, vi que sus pelos eran blancos,
así que a pesar de la juventud que había en sus gestos
era, al igual que yo, un hombre entrado en años, aunque
de apariencia mucho más noble, con sus pómulos altos
y tallados, sus hombros anchos
y sus claros ojos negros. Tenía el porte
de un rey del bajo Broadway, alguien
salido de la mente de Shakespeare o
de García Lorca, alguien por quien la pérdida
se había dulcificado en caridad. Nos enfrentamos
durante aquel largo minuto, ambos
compartiendo el último poema de tiza
mientras la gran ciudad se enfurecía a nuestro
alrededor, y luego el poema se acabó, tal y como lo hacen
todos los poemas, y su mano izquierda se desplomó
hacia un lado bruscamente y me tendió
el trozo de tiza. Yo me incliné ante él,
sabiendo cuánta era la importancia de aquel gesto,
y le escribí mis agradecimientos en el aire,
donde podrán ser escuchados para siempre
bajo el grito endurecido de las conchas del mar.
Tomado de:

¡A mi cuenta!

En el dormitorio de al lado sus hermanos no pueden dormir,
Los dos siguen en la escuela. No pueden esperar
A crecer y hacerse hombres para juntar dinero.
La otra noche en la cena se sentaron frente a él,
Su hermano, un hombre, pero un hombre sin nada,
sin dinero, o siquiera la posibilidad de juntarlo.
Él nunca paga, nunca deja un billete
sobre la barra, como diciendo “¡A mi cuenta!”
A las cuatro de la mañana, cuando no puede dormir,
Repite la gastada frase para sí mismo
Con un giro delicado de la muñeca
Dejando el billete caer. No puede caminar
Por miedo a despertar a su madre, que duerme
Sola en el piso de abajo, en el viejo almacén,
Al lado de la cocina. Cuando era un niño de doce
O catorce, como sus hermanos, nunca supo
Por qué chicos no mayores que él hacían
Lo que hacían, los robos, peleas de pandillas, sobredosis
Violaciones, nunca entendió la furia silente
De su padre explotando en golpes
Y patadas, botellas, platos, vasos arrojados
Por toda la cocina. La mañana siguiente sería
Tan tranquila que desde su cuarto, arriba,
Escucharía la escoba recorriendo el piso
Mientras su madre recogía los restos, y la oiría
Cantar para sí misma. Ahora está todo tan claro,
Tan obvio, se pregunta por qué le ha tomado
Tanto aceptarlo, y ser adulto de una vez.

La música del tiempo
La joven mujer que cose
Junto a la ventana murmura una canción
Que no conozco; apenas oigo
Unas pocas notas, y cuando los camiones
Descienden por la calle llena de huecos
La música se ha ido. Antes de las
Sombras que proceden de la
Gran catedral, puedo verla
Una vez más trabajando, y luego
Oigo en el repentino silencio
del anochecer una música silente
salida desde su habitación. Hago a un lado
mis papeles, me lavo y me visto
para comer en uno de esos lugares
de comida marina en las avenidas
cerca del puerto, donde más tarde
irán a dormir los mendigos. Después
camino por horas por el Barrio
Chino pasando por las puertas
Abiertas de los pequeños bares y huecos
Desde donde las voces de los viejos
Ladran canciones pasadas de moda
Sobre el desamor. “Esto es el mundo”,
Pienso, “esto es lo que aquí me trajo
Hace unos años”. Ahora puedo
Volver a mi cuarto de soltero,
Puedo echarme despierto en la oscuridad
Revisitando todos los sucesos triviales
Del día que ha pasado; un día comienza
Cuando el sol aclara las oscuras cúpulas
Del dios de alguien más, y yo despierto
En una inundación de polvo a mi venido de
ninguna parte, y de ninguna parte viene
la voz real de alguien más.

*Traducción: José Miguel Herbozo Duarte

Ritos funerarios

Incluso en una rara mañana de lluvia
como esta mañana, con el cielo tan bajo
como pendiente de sus riquezas
y salvo por algunas lágrimas falsas, la tierra dura
no acepta nada. Seis años atrás
enterré las cenizas de mi madre
al lado de una joven lila que es ahora
más alta que yo, y atrapa entre el tallo
de una rosa en medio de las raíces
donde, como todo lo demás que no
es humano, florece. Los pequeños botones
nunca se abren; lo que sea que sepan
lo guardan para sí mismos hasta
que una mañana lluviosa o un viento nocturno
vuelve los pétalos nuevamente a la nada.
Incluso el gato del vecino que caga
diariamente en los senderos y se esconde
en la profundidad de la selva ramada
se niega a ronronear. Está bien terminar
al lado de la mujer que me hastía,
cavar en la tierra lo que sea que queda
y dejar solo un nombre para alguien
que lo quiera a uno. Piensa en ello,
mi nombre, que ha dejado de ser
una parte de mí, ya no más inflado
o golpeado, ya no más guisándose
en un complejo compuesto de memoria
o la simple unidad del hueso, mierda
de gato, las raíces del eucalipto
que planté en el ‘73,
un yo pequeño llevando nada, dando
nada, vacío, y libre al fin.
Tomado de:

Baby Villon

Me dice que en Bangkok le robaron
Porque es blanco; en Londres porque es negro;  
En Barcelona, ​​judío; en París, árabe:
En todas partes y en todo momento, y él se defiende.

Levanta siete pequeños dedos gruesos
Para mostrarme que está clasificado séptimo en el mundo,  
Y no hay pasión en su voz, no hay ira  
En los planos ojos marrones salpicados de sangre.

Me pide que cuente todo lo que puedo recordar.
De mi padre, su tío; el habla de la guerra  
En el norte de África y lo que vino después,
La pérdida de su padre, la pérdida de su hermano,

Las ventanas de la panadería se rompieron y el pan fresco  
Espolvoreado con vidrio, el olor cálido del centeno
Tan fuerte que comió hasta que su boca se llenó de sangre.
"Aquí viven, aquí viven y no mueren"

Y señala su cabeza negra y cresta  
Con rizos negros de cabello. Me toca el pelo  
Me dice que nunca debería menospreciar
Las cerdas rígidas que protegen la cabeza del luchador.

Tristemente sus dedos deambulan por mi cara  
Y él dice lo justo que soy, lo suave.  
Estamos para terminar esta primera y última visita.  
Rígido, 116 libras, cinco pies y dos,

No más grande que una niña, él sostiene mis hombros,  
Besa mis labios, sus ojos todavía abiertos
Mi hermano imaginario, mi primo,
Yo hecho de otra manera por todo su dolor.
Tomado de:

En la calle 52


Sentado Bud, levantó las manos.
los Deuces silenciados, las luces
bajó y el aliento se reunió
para la tormenta que se avecina. Entonces nada,
Ni una sola nota. Luz de las estrellas
del cielo cayó invisible, un cuarto
luna, prometida, no se presentó,
Lo mismo ocurre con la lluvia. Finales de agosto del '50,
NYC, el largo verano de abundancia
y nuestra nueva guerra. En el espejo detras
el bar, los espíritus, imitándote
se miraron a sí mismos. En el bar
el tenor de Filadelfia, cállate
sus ojos y susurró a nadie,
Lo mismo anoche. Todo el mundo
estado viniendo toda la semana
para escuchar esto El gran bajo marrón
suspiró y se desplomó contra
el piano, los platillos sostenidos
sus mejillas secas y se detuvieron
chick y chucking. Tu fuiste
de vuelta a beber e ignorado
lo imperceptible Cuando la puerta
abrió de golpe fue Pettiford
en ropa de trabajo, traje de medianoche,
camisa almidonada, corbata negra estrecha,
escupir zapatos lustrados, como listos
como siempre lo sería. Cejas
criado, el barman irlandés
sacudió la cabeza, así que Pettiford se relajó
a sí mismo en una mesa vacía,
cerró su Herald Tribune,
y sacudió la cabeza. Hizo la televisión
vamos, nos trajo la máquina de discos
Dinah Washington, hicieron las estrellas
cumplir con sus citas, hizo la luna
espectáculo, cuarteado o lleno, rociado
su suave luz hacia abajo? Las noches
todavía allí, justo donde estaba, solo
donde siempre estará sin
es musica Todavía estás ahí también
aguantando tu respiración. Bud se fue.

Sobre el encuentro de García Lorca y Hart Crane


Brooklyn, 1929. Por supuesto, Crane's
estado bebiendo y no tiene idea de quién
este curioso andaluz es incapaz
incluso para hablar el lenguaje de la poesía.
El joven que los trajo
juntos saben español e inglés,
pero le duele la cabeza al saltar
ida y vuelta de un idioma
a otro. Por un momento de alivio
él va a la ventana para mirar
abajo en el East River, oscureciéndose
abajo cuando se enciende la luz temprana.
Algo cruza por su vista
una doble visión de tal horror
tiene que golpear ambas manos
su boca para no gritar.
No seamos frívolos, vamos
No pretender que los dos poetas dieron
entre sí sabiduría o amor o
incluso un buen momento, no lo hagamos
inventar un diálogo de tanta elocuencia
que incluso las hormigas en tu propio
La casa no lo olvidará. Los dos
grandes genios poéticos vivos
reunirse, y qué pasa? Una vision
llega a un hombre ordinario mirando
en un río sucio alguna vez has
tuvo una visión? ¿Alguna vez te has sacudido?
tu cabeza en pedazos y tirada hacia atrás
a la imagen de tu pequeño hijo
cayendo a través del espacio abierto, no
desde la popa de un barco atado
de Vera Cruz a Nueva York pero desde
¿El techo del edificio en el que trabaja?
¿Te has levantado de la cama para caminar?
hasta el amanecer para rogar a un Dios despiadado
para sacar estas fotos? Oh si,
bendecimos la imaginación. Da
nosotros los mitos por los que vivimos. Bendecimos
el poder visionario de lo humano
el único animal que lo tiene
bendice la imagen exacta de tu padre
muerto y mío muerto, bendiga las imágenes
que acechan los rincones de nuestra vista
y no lo dejaré ir El hombre joven
era mi primo Arthur Lieberman,
entonces estudiante de idiomas en Columbia,
quien me contó todo esto antes de morir
tranquilamente mientras dormía en 1983
en un hotel en Perugia. Un buen hombre,
Arthur, sobrevivió a la escuela de posgrado,
luego llegó a Detroit y vendió
pianos a través de la depresión.
Le prestó a mi hermano uno usado
para componer sus horribles canciones,
que Arthur pensó que eran genios.
¡Qué imaginación tuvo Arthur!
Tomado de:





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