domingo, 23 de febrero de 2020

POEMAS DE CHARLES REZNIKOFF


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(31 de agosto de 1894, Nueva York, Nueva York -  22 de enero de 1976, Manhattan, Nueva York, Estados Unidos)


1.
El hombre muerto yace en la calle.
Extienden una bolsa sobre su
cabeza sangrante.
Llovizna. La cuneta y las aceras
son negras.Su esposa ahora en la ventana,
la cena hecha, la mesa puesta,
espera a que llegue saliendo de lo
mojado.2.
En el puente de Brooklyn vi a un
hombre caerse muerto.
No importaba nada más que si él
fuera un gorrión.


Sobre nosotros se alzaba
Manhattan;
por debajo, el río se extendía para encontrarse con el mar y con el
cielo.

3.
Las vendedoras se van del trabajo
silenciosamente.

Las máquinas están quietas, las
mesas y sillas
se oscurecen.

Las tandas silenciosas de ratones y cucarachas comienzan.

4.
Mi trabajo hecho, me apoyo en el
umbral de la ventana
mirando los árboles gotear.
La lluvia escampó, el pavimento
mojado brilla.
Desde las pequeñas ramas
desnudas
hileras de gotas como relucientes
capullos cuelgan.

5.
La tarde de invierno oscurece.
El zapatero se agacha hacia el
zapato,
su martillo golpea más rápido.

Una anciana espera
sobándose el frío de sus manos.

6.
Moscas porfiadas zumbando
en la mañana cuando ella se
despierta.

Los techos planos, más altos, más
bajos,
chimeneas, tanques de agua,
cornisas.

7.
El parque en invierno.

Llueve.
Los olmos se curvan volviéndose nubes de pequeñas ramitas.
Los céspedes están vacíos.

8.
Oscuro temprano y solo el río brilla
como hielo gris, los barcos atracaron rápidamente.

9.
Los sándwiches son un asunto
elaborado:
tostada, tocino, tostada, pollo,
tostada.

Sorbemos nuestro café mirando a
las mujeres pintadas
que caminan velozmente hacia sus
asientos, serias, despectivas.

10.
No escuchamos ningún paso en el
pasillo.
Ella llegó
de repente como un arco iris.
Tomado de:

saludo y despedida


Mientras esperaba a cruzar la avenida
vi a un hombre que había ido a la escuela conmigo:
habíamos sido compañeros
y nos reconocimos al instante.
«Qué calor, ¿no?», le dije,
como si nos hubiéramos visto ayer, «lo menos estamos a 95 grados».
«Oh, no», respondió, «todavía no he llegado a los noventa y cinco».
Luego sonrió con tristeza y dijo,
«Sabes, estoy tan cansado
que por un momento pensé que te referías a mi edad».

Caminamos juntos un rato y me preguntó qué estaba haciendo.
Aunque, por supuesto, no le importaba.
Luego, educadamente, le pregunté por su vida
y él también respondió con brevedad.
En la escalera de entrada al metro me dijo,
«Me da vergüenza confesarlo,
pero he olvidado tu nombre».
«Descuida», respondí,
«yo también he olvidado el tuyo».
Al decir esto nos sonreímos con amargura,
dimos nuestros nombres, y nos despedimos.

te deum


No son victorias
lo que canto,
pues en nada vencí,
sino el sol cotidiano,
la brisa,
la holgura de la primavera.

No victorias,
sino el hacer mi labor cotidiana
tan bien como pudiera;
no estar arriba en el estrado
sino en la mesa compartida.
Tomado de:

Mendiga


Cuando yo tenía cuatro años mi madre me llevó al parque.
El sol primaveral calentaba poco. La calle estaba casi desierta.
La bruja de mi libro de cuentos de hadas vino caminando hacia nosotros.
Se detuvo para pescar algunas uvas mohosas junto al cordón de la vereda.

Escena nocturna


Vi el cobertizo entre las sombras del patio
y vi la nieve en su techo:
un brillo alargado a la luz de la luna.

No podía descansar ni cerrar los ojos
aun cuando sabía que a la mañana siguiente
debía levantarme temprano y reemprender el trabajo,
y reemprender el trabajo.

Ese día estaba perdido, ese mes también;
y un año y otro por lo que sé.
Tomado de:

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