martes, 9 de agosto de 2022

POEMAS DE CARLO BETOCCHI

 


NUBES BLANCAS

 

 

 

Pan, dije, pan

 

blanco la nube

 

que el azul consume;

 

 

 

como los niños

 

y los viejos comen

 

mordisqueando,

 

 

 

y alguna miga

 

cae en el reino

 

de las cosas perdidas,

 

 

 

donde vagan mudas

 

en búsqueda, ardiendo,

 

nuestras almas;

 

 

 

pan blanco,

 

y cualquier otro pan

 

ácimo y de hogaza,

 

 

 

y cualquier otro corazón

 

emigrante

 

hacia las colinas,

 

 

 

son las nubes blancas.

Tomado de:

https://viasole.blogspot.com/2021/10/carlo-betocchi.html

 

 

¿No estás contento...?

 

¿No estás contento con tu posesión

de los días? ¿Te da miedo perderla?

¿Crees estar de más de lo que siempre

cambia y es destruido? ¿No te basta

ese poco de sol que aún embiste

tu cuerpo que envejece? Pues observa,

esta mañana han levantado el techo

de la casa del frente. Al descubierto

han quedado las vigas, ya podridas.

Las cambian. Y entretanto, otra vez llueve.

Las recubren de nuevo con las tejas

viejas. Y la pizarra queda en lo alto

del techo, amontonada. Y el sol vuelve

de pronto, brilla en las tejas desnudas,

y tú, en tu corazón, sientes un raro

brío que te conmueve --y avergüénzate--

de amor a ti, mientras allá en el cielo

un lejanísimo tambor, azul,

redobla por tu libertad, que es un grito que vuela.

 

 

Amanecer y naranjos

 

 

 

La naranja se destaca al amanecer

y te bebes el jugo:

miro al cielo, donde la rama

se precipita, látigo a látigo.

Y tendremos otra infancia

que se deshaga

de ese azul, lento;

la naranja corre

del sol a tus manos, y de los jardines

lejanos, donde un cálido invierno vela sobre los mares.

 

***

Lo que se necesita es un hombre,

 

no se necesita sabiduría,

 

lo que se necesita es un hombre

 

en espíritu y verdad;

 

no es un país, no son cosas,

 

lo que se necesita es un hombre,

 

un paso seguro, y muy firme

 

la mano que tiende que todo

 

pueden agarrarlo y caminar

 

libre, y sé salvo.

 

Ahora a otras esperanzas

 

 ***

 

Ahora a otras esperanzas aquí

sale la luna sin ser vista

y mi mirada ciega de ojo en ojo

de las ventanas lleva

 

como a las mariposas extinguidas,

ya los absurdos muros

transhumanizados como un valle abierto

por un reflejo de la luna.

 

Y las expectativas y los acontecimientos

en mi rostro levantado vagan un poco

deteniéndose y dudando igual al débil

suspiro de los vientos,

 

y en mí

el alma y este movimiento, incierto y oscuro, son todo uno.

 

Emilia, si adiviné tus gestos

cuando te haces hermosa en ese espejo.

que puede verte, bendito, en el viejo.

rincón de la habitación, y los pocos escalones

 

que haces para mirarte solo,

estaría contento. diciendo: como

lo hace ahora quizás también en mi nombre

en secreto, a veces, vuela

 

mirarse para ver si es bonito

y toca su cabello y su cabeza

pliegue en el pecho y borras tímidas

 

algo menos modesto: y no queda

sin orgullo, y como una pura sierva

lo que me gusta es una fiesta.

 

***

 

Odio el canto del gallo, odio los primeros

campanas, como eres ahora,

de muebles cansados, mi corazón,

como cuando es de mañana

en la vieja cocina,

el banco campesino, y todos están dormidos;

que, aunque leas entre las fibras

 

Todavía tamborileando con amaneceres y canciones

de gallos, has aprendido muy poco, corazón,

de la vida ya verde;

y ahora nada mas cuesta,

reducido a muescas y muescas como eres,

que lo que vale lo que siempre se necesita.

Por eso, ya que eres viejo, y todos pasan

en ti alisándote,

quien, para su propia comodidad, con quien jugar,

tenga cuidado de no poner astillas que lastimen

las carnes jóvenes a los más niños,

cuanto más seco y con bolas de naftalina estés

y mas cerca de hacerte cenizas

al primer olor a quemado...

Ya no tengo que la fatiga de una vida

que va pasando, y cuando su flor se pierde

pone espinas y no hojas, y apenas

respira. Sin embargo, sin amargura.

Hay ese amor escondido, en mí,

cuánto más miserable modesto,

ese olor a tierra, que resiste,

como en los campos desnudos: una

riqueza creada, no mía, inextinguible. Ni aún más cultivable, tal vez, pero existencia

verdadera;

así como parece perdida

en el cosmos, con su gravedad, sus leyes,

su magnetismo agonizante, que el Espíritu

no olvida, sino que numera.

No me mires, que soy viejo,

pero en mi silencio de piedra escucha

cómo gorjea, qué orgulloso es el amor.

Tomado de:

https://www.centroitalianodipoesia.it/it/carlo-betocchi

 

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