martes, 16 de agosto de 2022

POEMAS DE TULIO MORA


Túpac Amaru
(1740- 1781)

 

 

 

Todavía hablan de mí situándome en el centro

de la imagen -las cuerdas, los caballos,

mi cuerpo que defiende la unidad intacta

de sus miembros-, y remordidos

prefieren mantenerme ingrávido en el aire.

Se llenan de frases elegantes al citarme:

Aquí no hay más culpables que tú y yo,

tú por someter a mi pueblo,

yo por pretender liberarlo.

Y hasta el horror se les antoja recurrente

al indagar en los folios del castigo

lo barroco de mi queja: Onze coronas

de hierro con puntas muy agudas,

que le han de poner en la cabeza…

…Por la parte del cerebro se le introducirán

tres puntas de hierro ardiendo

que le saldrán por la boca…

Qué decir de sus sospechas,

siempre irreprochables, al implicar

en la forma torturada

una metáfora de culpas nacionales

(el equilibrio entre mi cuerpo indivisible

y el verdugo que quiere fragmentarlo,

¿no evoca al equilibrio suicida del Perú,

su imposible armonía?).

Y se escudan en los mitos y obsequiosos

de palabras fermentan en mis miembros mutilados

(por los que yo sufro

mientras ellos investigan)

inconcretables utopías: Cuando su cabeza,

que escondieron debajo de palacio de gobierno,

se encuentre con sus extremidades,

volverá el tiempo de Inkarrí.

                Y esperan que otra vez Areche me coloque

entre los potros del tormento,

y el hacha, ya no los animales,

en las diestras manos del verdugo

separe mis huesos de sus goznes

para encontrar sentido a sus asertos.

Inútil recordarles a los muertos precedentes:

que mi esposa Micaela caminó hasta el cadalso

sin bajar la vista (y eso que llevaba

la lengua hecha un guiñapo y salpicaba sangre

en las finas ropas de Matalinares);

que Tomasa Titu se rió de los cuchillos;

que el negro Oblitas derramó dos lágrimas,

no por la inminencia de su muerte,

sino por lo enojoso de las despedidas;

que, en fin, mis hijos aguardaron con paciencia

que uno a uno los fueran destroncando.

Prescindible es el dolor para tan eruditas

reflexiones: ¿abjuré del rey y sus impuestos?

¿Sobreestimé las condiciones subjetivas

y el carácter de masas de la insurrección?

¿No fui un novato en estrategia?

Pero al cabo generosos

exaltan mis virtudes

caras al siglo de las luces:

era un noble arriero que vestía

de negro terciopelo y cabalgaba un potro blanco

y se sabía de memoria a Garcilaso

y montaba el drama del Ollantay

antes de entrar en la batalla.

Un look para el consumo: los cabellos largos

coronados por un sombrero con el pico rombo

y el ala tiesa y circular -ideal

para levantar turistas en el Cusco.

Una tentación de los arcanos astrológicos:

Huáscar versus Atahualpa,

Manco Inca versus Paullu,

Túpac Amaru versus Pumacahua,

los pares fratricidas -Géminis, sin duda.

Una extravagancia de genealogistas:

rastrear sangre de mi estirpe

en las cortes de Polonia y Portugal.

Un recurso del poder:

citar un verso del poema vigoroso de Romualdo

(querrán matarlo y no podrán matarlo)

cuando la mancha india se arrebata.

Nada más oportuno para todo

que el agonista prometeico,

el que muere porque no muere.

Si tanto saben de mi vida y de mi gesta

¿por que no revierten mis fracasos

y después me echan en tierra a descansar mi muerte?

Tomado de:

https://circulodepoesia.com/2021/11/poesia-peruana-tulio-mora/

 

 

Ku-Chío
(? - 1870)

 

 

 

Entre el mar y los cañaverales

 

mi caballo relincha pintado de azul y rojo

 

(el símbolo del ying y el yang).

 

Los señores huyen de sus mecedoras

 

acomodadas bajo el dintel de su casa-hacienda,

 

sus esposas arrojan los bordados,

 

abanicos y sombrillas,

 

los perros aullan.

 

Una corneta y un atabal me flanquean

 

en el horizonte poblado de chinos.

 

En la chusma traída al Perú

 

sin más señales que la jeta amarilla

 

y los ojos como pinceladas violentas.

 

Bajo a Araya, avanzó a Upacán,

 

como Pativilca.

 

La noche baja por los riachuelos.

 

En el paisaje incendiado pienso en la esposa

 

y en los hijos que no tuvimos,

 

en el contrato de ocho años

 

que agrego a nuestras fatigas

 

látigos y grilletes.

 

Pero no puedo pensar en Cantón

 

La madrugada baja de Pativilca a Barranca.

 

Yo no escribo manifiestos, no soy comunista,

 

Chon-Sai no conoce a Confucio,

 

Sui-Ki no conoce a Li-Po o a Po-Chu-Yi,

 

no hacemos la Gran Marcha,

 

la Revolución Cultural,

 

pero sabemos que el presidente Balta

 

ha dicho en el Congreso:

 

La agricultura del Perú

 

        es como la Venus del Milo

 

bella pero sin brazos.

 

Y firma un decreto por el que traen

 

más chinos par construir los ferrocarriles

 

y trabajar en las islas guaneras.

 

Y se estremece la tierra / gritos de guerra

 

          llegan, escribe Po-Chu-Yi,

 

y Tu-Fu: los campos están abandonados /

 

          las guerras y las matanzas

 

no terminan nunca.

 

Pero yo nunca los he leído,

 

solo sé que el sol de los cañaverales arde.

 

Es la guerra de los rostros pintados

 

que dura un día

 

como el breve verso imaginista.

 

En Barranca, el coronel Rodríguez

 

repasa a los heridos en la batalla,

 

pero los hacendados no quieren campañas punitivas:

 

la Venus de Milo debe reconstruir su belleza

 

con brazos de Chino

 

como los que usa el presidente Balta

 

en su hacienda de Jequetepeque.

 

Los negros y los indios huyen hacia el desierto,

 

los chinos se ahorcan en una cueva.

 

El agua baja rumorosa de queja suicida,

 

mi caballo solitario baja por el mediodía.

Tomado de:

https://www.elciudadano.com/artes/attulio-mora-seleccion-de-poemas-de-cementerio-general/01/03/

 

 

PIKIMACHAY (20,000AC – 14,000 AC)

 

 

Descanso la fatiga de una vida sin culpas

 

bajo la humosa, limosa tierra de una cueva.

 

Pero antes en las pampas

 

limpias como el ojo de la luna

 

fundé la memoria de este país.

 

Fue como cargar a un puma vivo.

 

 

DOS VERDADES

 

 

Una verdad es que cuando croan todas

 

las ranas del altiplano

 

en pocos momentos empezará a llover.

 

 

 

Definitivamente nunca fallan coro y tormento.

 

 

 

Tienen la precisión que le debe a la fascinación

 

la algarabía de un poema.

 

 

 

Las batracias no necesitan de la videncia o la religión

 

ni de la ciencia o la filosofía.

 

 

 

Apenas aplican el canto aprendido

 

desde su nacimiento oliendo en el viento

 

lo que su pecho despertará,

 

la plegaria melodiosa que no distingue

 

sino el júbilo compartido

 

por el agua que vaciará el lago del cielo.

 

 

 

¿Podríamos llamarlo felicidad o solo un aprendizaje

 

depurado en millones de años?

 

 

 

¿Y qué hemos aprendido nosotros en el mismo tiempo

 

que no sabemos cantar hasta hoy con el mismo fervor?

 

 

ESA EDAD

 

Por sus muslos bajo como una burbuja de carbón,

 

licuefacta, reventada; por sus muslos abiertos

 

y su inocente jardín negro picoteado por el viento,

 

abajo, más abajo de los tajos de la carne, más abajo

 

del atajo donde el río fue a morir en una mina;

 

como una infección, por donde todos hubimos de bajar,

 

por los pujantes dolores de la mujer, madre, madre

 

(Emma echada, Emma mordiendo con indelicadeza

 

la funda de una almohada, su aspereza, Emma

 

desproporcionada por el crecimiento de una cabeza

 

que ya ve salir como un tallo de azucena

 

que quisiera arrancarse), madre que no quiso

 

que yo naciera en una curva de ese río, en la más

 

alejada de las casas, pero era febrero y llovía y mi padre

 

no estaba y Emma buscó a una comadrona y dos días

 

antes ella fue hasta su cama y le dijo a Emma

 

(mi pequeño pincel, mi noche de naranjas tatuadas),

 

tocándole las sienes con los pulgares, le dijo

 

(verso apretado en tu frente, Emma, pobrecito volcán)

 

que esperase otros dos días, y he aquí que dos días

 

después la partera baja desatando distancias como madejas

 

de nubes, errante como una torrentera sin cauce,

 

y he aquí que baja puntual (Emma contaminada

 

por el sol de los trenes sin retorno) para bajarme hasta

 

su pollera o el suelo, bajándome por el cuello (Emma,

 

muchachita con las piernas tan abiertas, penetrándola

 

el viento helado de sucia ceniza), pero más abajo

 

aún, pero más abajo aún, donde se enturbian los espejos

 

de lo lejos, donde acaban los reflejos, donde se pierden

 

las inflexiones del dolor. Y qué quedó Emma de ti,

 

y qué de mí, y qué de quién en el espacio en que uno nace

 

oliendo a adobes, a tejas lagrimeantes -mientras, más

 

abajo del mundo, las raíces de la vida son como las manos

 

que se buscan en dos universos distantes-; oliendo a casa

 

solitaria (que no deja entrar al diablo), designada para

 

la maestra -que era Emma. Y ella bajó (por el olor) de un

 

camión con su panzota bellísima, robusta, y tuvo

 

que ceder al miedo. ¿Un laberinto o un desierto? ¿Qué

 

vio Emma al bajar? Mineros tristes pidiéndole una taza

 

de té para resistir la tristeza, camas sucias, mesas sin

 

manteles bordados, lámparas de petróleo donde no brillaba

 

el futuro; vio su barriga que la ponía debajo de los grandes

 

alientos históricos, serenamente imposible, enamorada

 

de mi padre que llevaba la barba como un misionero

 

sin senda, mientras Emma tenía el olor de la hierbabuena

 

(y yo en su vientre bajo, en un universo celeste, me abría

 

hacia la superficie por un poco de aire, delfín allí

 

sobre una lánguida ola, contemplativo y feliz). Debajo

 

de campanarios y explosiones que precedían el ingreso

 

resignado de los mineros, dándole a ella -a Emma-

 

¿felicidad?, ¿temor?, ¿qué sentimiento intruso?; debajo

 

de un calendario de fiestas sin santos ni guirnaldas;

 

debajo del fuego estridente de un primus, al nivel

 

del llantén y del aullido de un perro, al nivel de los lagos

 

que tentaban a los suicidas con sus reflejos de inexplicables

 

eclipses lunares, al nivel de las cruces de los hijos

 

de los pastores que no llegaron ni siquiera a esta casa

 

a morir -la primera para llegar al pueblo-; desde abajo

 

caigo sobre la sábana blanca (la sangre última del sacrificio

 

materno se mantiene en el lienzo cobrando su más

 

expresionista mensaje de sobrevivencia), navegante

 

involuntario por el espacio oprimido de un cuarto, caído

 

pero no perdido, recuperado ante el primer grito (el más

 

agudo a partir de entonces), cuando no era más grande

 

que un diente de ajo ni más alto que un ala de gorrión, abajo

 

de Emma (Emma inocente, Emma como un cesto

 

que ofrendamos a los seres más tiernos), abajo debí caer,

 

mientras Emma me limpiaba las primeras lágrimas, el pelo

 

alborotado, ya expulsado de ella para siempre.

 

 

HUAYLLAY

 

 

Manos alzadas bajo la lluvia.

 

Cortaban las uñas y acicalaban el rostro

 

demacrado y casi lampiño del muerto.

 

Lavaban su cuerpo amoratado con agua de lago.

 

¿Qué hombre no se edifica un perdón excesivo,

 

en masa, bajo el tañido de una campana de abril?

 

Una banda musical afligía los cerros,

 

por donde ascendían, descalzos y arrodillados,

 

hasta la cima coronada por una cruz.

 

¿Pero qué hombre no cree que Dios es su dolor?

 

Por eso limpiaban su cuerpo, redoblando el cuidado

 

que no tuvieron el sacerdote ni el escultor.

 

En las profundidades de su silencio

 

acaso ese cuerpo revelaba la certeza de otra pasión.

 

Más allá, más allá del tiempo y sus sueños

 

habitaría el dolor verdadero.

 

Las heridas de la tierra, simples escoriaciones,

 

como la agonía resplandeciente de una luciérnaga

 

nos evoca la colisión de una estrella.

 

 

PASCUAL DE ANDAGOYA (1498- 1548)

 

 

Sólo yo supe el nombre de este reino

 

por el joven Panquiaco, hijo del cacique

 

de Comagre: Birú (suave como un beso),

 

que corrompió la soldadesca

 

llamándolo Perú.

 

Y a pesar de mi aversión

 

a las faenas de guerra

 

y a la áspera floresta de los trópicos

 

decidí ser el primero en descubrirlo.

 

No me llamare, como el cronista

 

Oviedo, al relatar mis peripecias,

 

………un hombre falto de aventura,

 

ni tendré rubor de volver a confesar

 

que renuncie a su conquista

 

cuando caí de una canoa y me harté

 

del agua cenagosa hasta quedar tullido,

 

si a ello sumó la muerte de mi esposa

 

y la cárcel que sufrí en Nicaragua,

 

admitirán que fue cosa de Dios o del azar

 

que no arribase a estas tierras

 

antes que los socios de Pizarro.

 

Lo sé porque a Cuzco fui a morir

 

y no seguí los complicados jeroglíficos

 

del cielo o de los mapas

 

sino el reguero de cadáveres

 

a todo lo largo del camino,

 

Si me liberé de cometer

 

crímenes atroces y vergüenzas peores

 

¿qué remordimiento he de guardar

 

por mi buena o mala suerte?

 

Pero le debo el nombre a este país,

 

me pertenecen sus sílabas austeras

 

que aluden al aullido trágico y ventral

 

de un cementerio general.

 

Eso me echa más culpas que Pizarro.

 

 

TOQUEPALA (10,000AC – 5000AC)

 

 

Una y otra vez la arcilla colorida se adhiere a la pared

 

dando forma a las manadas que afuera, en la planicie,

 

corren, acezantes por los dardos

 

que arrojamos sobre sus carnes frágiles y tiernas.

 

Tensos, por la herida, los más débiles nos miran con los ojos

 

del que jamás volverá a asombrarse.

 

La resignación es su lenguaje. Los más fuertes

 

se revuelcan de dolor, lanzan gemidos que el carbón

 

no reproduce. Su agonía es todo el arte que he dejado.

 

Su agonía y el goce (también el miedo) de mi vientre.

 

Aquí no he pintado una ceremonia, sino un consuelo.

 

El tiempo -esa repetición de mis harturas y penurias,

 

con los dientes más filudos del más viejo carnicero del Perú-

 

concederá otros atributos a mi estilo, pero recuerden

 

el hambre hizo de mí el artista que ahora elogian.

Tomado de:

https://www.vallejoandcompany.com/in-memoriam-tulio-mora/

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