martes, 30 de enero de 2018

POEMAS DE JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS

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(Santa Marta, Colombia, en 1946)

En un bar frente a La Mar Oceáno



A Javier Bozalongo
Una vez, hace cuarenta y cinco años,
me refugié en un café mientras llovía.
Dos hombres jóvenes hablaban de literatura,
Disertaban de temas y de autores
Sobre los que sólo yo pensaba que tenía dominio.
Me acerqué sin pudor y discutí con ellos.
Me recibieron con simpatía, me invitaron
A un café; al rato, todo había concluido.
Me ocurrió muchas veces, en Bogotá,
En La Habana, en Gera, en Leningrado
---donde veía a una muchacha rubia leer en el Metro
O a un joven escribiendo en un café
O a un anciano tranquilo leyendo Moby Dick---.
Algo anotaba yo, me sumergía en sus mundos,
Imprudente, sin pedirles permiso,
Manifestaba algo haciéndome notar,
Como queriendo decirles a todos:
Yo conozco los temas de su interés preciso,
Yo leo, también escribo, por favor,
Dénme paso para seguir avanti,
Yo también he afinado mi flecha
Y he apuntado hacia un blanco
Al que siempre he acertado a equivocarme.
Pero aquí estoy ahora, frente al mar de Almuñécar,
Contemplando su bahía
---tan parecida a la de Santa Marta---,
En un bar donde un hombre joven de barba incipiente
Le lee a su bella novia un párrafo de MacBeth,
Y les digo en silencio: acepten un minuto
De interrupción, pero es que necesito
Que sepan que yo existo, que hago parte del orbe,
Que también he inscrito las huellas de mi alma
En palabras que a lo mejor leerían
Y algo les podría encantar o hechizar o cautivar.
Sí, por favor, no me espanten tan pronto,
No soy Melville, ni Shakespeare, ni Neruda,
Pero algo he soñado para que ustedes sueñen
Y sé que alguna línea mía derrotará la muerte.
Almuñécar (Andalucía) España, 17 de mayo de 2014.


Instanténeas de Jorge Gaitám Durán 

Años sesenta, un día, una mañana.
Gaitán Durán, amable, me indicó que Gonzalo
González, el director del suplemento,
Estaba por llegar. Siéntese, espérelo…
No sabía él que yo conocía Amantes,
Su mejor libro, y que había jurado
Dejarme barba, como él, cuando fuera mayor,
Y ser viajero del mundo, como él,
Revelador de Sade y de asombros perdidos.
Lo vi, noches después, en la librería
La Gran Colombia, de pie, recostado
Sobre estantes con libros que alumbraban
La estancia, indiferente, hojeando un tomo
De poesías de Quevedo, mientras discutían
Estanislao Zuleta y el psiquiatra Socarrás.
Lo vi una tarde en la Biblioteca Nacional,
Con una joven rubia. Lo vi después
Con otra muchachita en una exposición.
Lo vi junto a Eduardo Cote y Alejandro Obregón
En el Teatro “El Búho”, callado y expectante,
Rojo, sonriente y contenido, frente a una riña
De brasas de todos los colores verbales
Entre Marta Traba y Oswaldo Guayasamín.
Y lo vi un mediodía caminando de prisa
Por la Carrera Séptima, con su gabán azul
Y unas gafas oscuras pequeñas y cuadradas.
Iba con su elegancia descuidada
Repartiendo fulgores invisibles.
Era el emperador de la poesía. Era el rey,
Era el as, era el relámpago
De la eternidad cruzando la ciudad.
Meses después, un día, una tarde,
Manuel, mi hermano, trémulo, agitado,
Me informó que el rey había caído
De una nave sin dios al mar eterno.
En ese instante helado también murió mi infancia.

Júbilo



No faltarán palabras para cantar el júbilo,
siempre tendré un murmullo.
Para abrir el silencio,
para herir la clausura de la noche
siempre tendré en mis labios un balbuceo,
un canto, una balada,
nunca un eco que roce mi boca o mi destino.
Nunca vendré de nadie para alabar tu cáscara,
sobrarán los instantes para besarte íntegra.
No faltarán las sonrisas
ni goces en las ceremonias improvisadas.
Todo se hará a su tiempo y será pronto.
Ahora abandonémonos a este ocio invisible.

La fiesta perpetua



Mi historia está llena de silbidos y dédalos,
de voces y de veces, de jodidas preguntas,
de estaciones narradas para un inventario
de cicatrices y de resonancias.
Mi historia es una casa que envejece
con sus recintos intactos. Mi historia
es un cuerpo que habita entre estupores
y una boca que incendia las palabras
cuando bebe el amor. Mi historia debe ser
un banquete,
una fiesta perpetua
donde conviven el duende y el disturbio.



Las palabras


El niño Sartre me enseñó su parábola
Una noche, a través de millares
De piedrecitas plateadas.
No cabía en mi cuerpo de diecisiete años
Tanto júbilo claro y oscuro y culminante.
Cada palabra de Las palabras era una piedra
De plata, pero también una gota de lluvia,
Una brasa en la nieve y una uva.
Al amanecer, estaba embriagado de campanas.


Matrimonios

Me casé dos, tres veces. Fue en el siglo
Pasado. Con cada mujer escribí libros, poemas.
Escribí libros y letrillas. Con cada una de ellas
Bebí y viví rones y estancias. Crucé en navíos
Los insondables lagos, extraviados
De todo el mundo y de nosotros mismos.
Éramos fábricas de sangre y de cansancios.
Éramos a la vez perfumes y batallas,
En danzas de alboradas aún llenas de estrellas.
Me casé dos, tres veces. Y tal vez fui feliz
Porque ahora es de miel y leche puras
La tinta con que escribo estos silencios.


Peldaños 

Me veo vivir
subiendo una escalera.
En un peldaño hay una espada,
en el siguiente un aguijón,
en el ulterior un gato
y luego veo una cerradura.
¿En qué peldaño saldrá el sol?


Saudades



(Invierno aun golpeando en primavera).
Viendo y oyendo a Charles Aznavour
En La Habana, al filo de la medianoche,
Mientras estallan olas contra el Malecón,
Veo y escucho sordas oquedades
Y siento vuelos y palpo rupturas,
Tantas, que siento que la noche es sol
De cielos rojos y Bogotá es París
De tiempos idos, tiempos aturdidos
Que ahora son sólo sueños, sólo sueños,
Sólo sórdidos sueños o suspiros.

Alba

de la antología "La fiesta perpetua"
José Luis Díaz-Granados
jldg46@yahoo.es
Para mi loca vida, al mediodía
un día más día que todos el sol regó la lluvia
y el alba al mediodía aún era alba,
más sutil que un minuto transparente
y más minuto que un océano eterno.

Cisterna pura donde cabe mi ser entero,
mar de rocío que me acaricia incesante,
patria perenne de mi corazón,
jaula donde descansa para siempre mi alma.

Alba-luz, Alba-sol, Alba-marina,
Alba-día, Alba-siempre, Alba-del-alma,
Alba hoy, Alba-azul, Alba-de-julio,
Alba-amor, Alba-esposa, Alba-dormida,
Alba-verso, Alba-única, Alba-mía.

Navío, vasija, cueva, balandra de mis sueños,
gaveta donde guardo todos mis pensamientos,
cofre donde se esconde mi sonrisa,
donde moran mis ansias y mis recuerdos.

Alba, norte presente, norte eterno,
carne mía, mi sombra, mi gemela,
mi compañera loca, mi pulsera,
mi mágico aposento, mi pequeño castillo,
donde habita el amor definitivo.


República de sombras

 
1810


En este poema he utilizado frases y versos -van en letra cursiva- de Humboldt, Bolívar, Rafael Núñez, M. A. Caro, Marroquín, León de Greiff, Luis Vidales, Eduardo Caballero Calderón y Juan Gustavo Cobo Borda, entre otros.

Insípida paloma de desganado vuelo
brotó de la estampida del relumbrón de bravos
que emocionados e impulsivos galoparon
una especie de historia grandilocuente y vacua.
Boba la patria fue, pero sangrienta.
Cruel e injusta fue, aunque república.
Mártires valerosos, sin duda, los patriotas.
Arrogantes y heroicos los héroes arrogantes.
Feúcos y canallas los duros capataces,
pero buenos y malos eran casi los mismos.
Todo estaba maduro. ¿Para quién? ¿Para quiénes?
Todo por un florero, nos dijo un caballero.
Todo cambió cuando vio a Bonaparte
colocarse a sí mismo la corona imperial.
Todo, gracias a Humboldt quien dijo al mozalbete:
Falta el as que lidere las repúblicas nuevas”.
Toda la tierra, pues, para los que ganaron…
¿Y si los nuevos reyes se burlaron de todos?
¡Oh confusión! ¡Oh caos!, se burlaron.
Te adoro en mi silencio mudo, nos burlamos.
Porque en más de una ocasión / sale lo que no se espera…
¿Y qué quedó de todo? Un país sin destino.
País mal hecho / cuya única tradición / son los errores,
porque la patria dejó de ser amiga
y yo me quedé solo / solo / y mío…

 ¿Qué somos? ¿Qué perdimos? ¿Qué callamos?

 ¿Qué somos? ¿Qué perdimos? ¿Qué callamos?
Sobre el hueco del oro que se fue,
sobre el constante fluir de los ríos rojos,
sobre el espanto de esperar la noche sin abrigo,
aún estamos aquí esquivando las serpientes
de la sinrazón que hacen del sol la noche,
mientras sigo las huellas de zozobra
de este loco corazón que no encuentra su sitio.
Despertamos de pronto entre las ruinas
de los siglos que otros inventaron
para someter las sonrisas y los vanos designios
a la voluntad de los dueños de la carne
y del hueso, abominables zorros,
y hasta de la palabra. ¡Qué extravío!
Y crecimos andando por caminos porfiados
de anécdotas perversas, mientras los amos
de la historia se guardaban la tierra
en su historieta, bajo los tétricos hábitos
de los administradores de fantasmagorías.
Y así fuimos andando, mirando todo con la ceguera
de nuestra luz intacta, cómo por siglos
sobre la sangre fresca, dioses inalcanzables
han retorcido el sueño de los justos
y han alejado el oro de la verdad y el grito.
El germen de la muerte ríe en los falsos dioses
que embozaron nuestra íntima música secreta.

 Covacha de bufones

 Los invisibles, los humillados ángeles ancestrales
de la añeja comarca, los abuelos oscuros
junto a abuelas inciertas a quienes las lluvias
ahogaron en los canales del olvido,
que vivieron edades sin memoria anteriores al tiempo
de nuestro idioma que fue también el tiempo
de ensangrentadas cruces invasoras,
todos los que arrastraron sin culpa sus rodillas
bajo zipas, virreyes, repúblicos y monstruos
-millares y millares de estrellas seminales-,
observan, vigilantes, la historia repetida:
una tragicomedia que se muerde la cola.
Covacha de bufones y de cicatrices,
horno donde se cuecen coágulos y mentiras,
fábrica de lujurias en la miel del verdugo,
árbol de lágrimas sembrado por la usura:
en las noches se oyen gemir las almas rotas
que en el día se recomponen en silencios de espanto.
Pero de esa sustancia de pájaros borrachos,
donde prevalecen la medrosa plegaria
y el cobarde ulular de los serviles,
se alimenta el ascenso de un alba poderosa
labrada en la fragancia de húmedas fundaciones
de patrias tutelares que fueron nuestra casa.

  Las bellas intemperies

 Colombia, parece que tuvieras el corazón amargo,
y yo bien sé que lo tienes cercano a la dulzura
como un remanso familiar o una canasta de mangos.
Eres solo un fragmento de la zarza que arde
y la totalidad de una esmeralda que fulge en su escondite.
Canto de donde nacen las bellas intemperies,
por donde se incendian las heridas.
Y las alas de los cóndores
son semanas y meses salpicados de cráteres.
Hora siempre desnuda de la historia
donde agonizan las auroras públicas.
Riamos, lloremos, establezcamos búsquedas
entre las furias metálicas del viento.
Pero silenciémonos con un grito en la mano
ante el aullido arrogante de los ríos,
que como copas de lágrimas enfermas
son lavas negras que azotan las vigilias,
son olas rojas que marean nuestras labores,
son húmedas cenizas que día a día vuelven mierda
las cordilleras, las orillas del mar y las conciencias.

Maremoto verbal

 Maremoto verbal fue la emergencia
de la madre y el hijo de las aguas sagradas.
Se pierde entre los tiempos ese tiempo
de paisajes indómitos entre bosques de fuego.
Allí brotó la luz en la palabra
de convivencia y tímidos tumultos
antes que adelantados y virreyes,
antes que purpurados y repúblicos
desmantelaran con siniestra holgura
el esplendor del límite usurpado.
Fue la verdad teñida de doctrina,
la hipócrita tiniebla de la infamia.
Así olvidamos el sonoro hechizo
de aquel silencio lleno de alaridos
hace quinientos años, cuatrocientos,
hace trescientos y doscientos años,
entre cochas y pampas,
entre mares y cóndores
y exacerbadas ansias
entre las cordilleras.
Le llamamos Colombia, río rotundo,
relámpago más díscolo que el trueno,
intensidad de músicas y búsquedas,
joyería arrebatada y permutada
por joyel de esplendentes silabarios.
Catedral del asombro,
rumor de innumerables hondonadas,
oro ausente entre moscas y anchas ánimas
heroicas, y de manos y de súplicas,
entre reinos torcidos que sonríen.
Dedos que arañan la imposible cima,
océano que no muerde sus orillas.
Hace doscientos años hubo un fragor intrépido
a partir del sainete del florero
y la loca guitarra surreal de Bolívar,
a quien robaron pronto su corona de pueblos
—aquella noche sucia de Bogotá, en septiembre—,
los precursores ácidos e hipócritas
del siglo claroscuro que habitamos.

 Voy caminando

 1
Voy caminando. El camino
bebe el viento de la noche.
La noche, ardiente, rebelde,
sueña ser día o ser agua.
2
En el país del odio
el amor es pecado.
Hay que amigrañar las ansias.
3
El cóndor
huye de sus alas.
Se esconde
en el eco de su vuelo.
4
Atardecer.
Sangre en las hondonadas.
Ríos sedientos de ecos.
Follaje con relámpagos.
5
Amanecer.
Muerte.
Noticias de la muerte.
Muertos.
Sol que huele a jazmines.
Sol que duele.
6
Ha aparecido el día,
por fin.
Pero sigue la noche.
Son solo fábulas
Son sólo fábulas
escondidas en el sueño:
vividas un instante,
allí instaladas,
trasmañanadas,
desmenuzadas
por el viento.

 Yo escribo y vivo esto

Quizás esta semblanza de Colombia
(o de mí mismo, que es lo mismo),
caiga en el hondo abismo del desdén.
De todos modos, allí dormida y sola,
en el sitio más negro de la oscuridad,
alguien alguna vez la mirará,
alguien alguna vez le dará agua,
alguien alguna vez, al despertarla,
dirá que dice algo, dirá que dice cosas,
que tiene esencia, que vale alguna pena,
y quizás sirva para encender el día.
Yo escribo y vivo esto. Sin embargo,
sé que a nadie le importa
lo que escribo.

País de pies en derrota

País de pies en derrota
con mis pies tropiezo con tu aliento
de dulzura en acecho
palabra de piedra país de inevitables
batallas para vencer las derrotas
con mis derrotas me estrello
contra tu voz particular de sangre antigua
soy la tempestad tú me emborrachas
todos somos testigos de la sed
que se beben las lágrimas país que indaga
respuestas que respiran resplandores cercanos
patio de recuerdos cada vez que respiro
soy la mano del mapa del deseo
del ácido volcán de mis derrotas
huelo a corazón tardío a arrabales
donde un torrente de amor vuela a lo lejos
y a lo cerca entre la furia y lo que calla
este trago difícil de glorias y de muertes
hay que pelear país contra la sombra
que ahora mismo está robándose la luz.

 Habitante de Colombia

He habitado a lo largo de medio siglo largo
un país llamado Colombia que es como una colmena
llena de llagas y de mariposas.
Y he visto allí entre sueños y burbujas llameantes
primaveras que nunca conocieron veranos.
agujas que antes fueron palomas en su vuelo,
tufaradas de ánimas torturadas que un día
fueron rosas u orquídeas que aromaron los bosques.
Vi montes en cuclillas, cenizas entre nubes,
besos encaletados, gemidos de guarichas,
tiendas tristes en las carreteras andinas,
y la bofetada del bullerengue a las bodas negras,
la arquitectura de una enlutada geografía,
las tinieblas de sangre de su luz,
y  el hórrido reir de los fantasmas
en el fondo de unos vagones oscuros.


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