lunes, 22 de enero de 2018

POEMAS DE MATILDE CASAZOLA


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(1942, Bolivia)

Los cuerpos


Amo mis huesos
su costumbre de andar rectos
de levantar un semicírculo
para abarcar el cielo
de encadenarse en filigranas diminutas
para favorecer el movimiento;
amo mis huesos con sus curvas
sus salientes
y sus cuevas profundas.

Si hubiera sido insecto,
también hubiera amado mis antenas
como amo ahora mis ojos con sus cuencas
y mis manos inquietas
y toda esta estructura
en la cual vivo
en la cual soy completa.

Y le doy gracias al discutido Dios
de creación perfecta o imperfecta
de existencia absoluta
o no existencia,
le doy gracias
en uso
de mi cuerpo y su esencia.

Al menos, comprendo su intención:
sé que era buena.



Los ojos abiertos                           Poema 18

Caerán, irán cayendo;
no te preocupes de eso.
Yo lo sé desde abajo,
desde el sitio que vengo.
Yo lo sé y te lo digo
no te preocupes, duérmete.
En sábanas de fuego
sus carnes han envuelto
¡y caen! van cayendo
sin atajo posible,
sin relojes de tiempo.
¡Ah los gritos! ¡Ah el tétrico resplandor en las caras!
¡ah los rictus de espanto!
Todo lo veo desde aquí
pausadamente
sin piedad, sin dolor.
Ellos van lejos de aquí
ellos no nos conocen
ni nosotros a ellos.
¡Ellos están tan lejos!
Y sin embargo, un día compartimos la voz
el estilo del traje y el ancho de las calles.

No te preocupes, duérmete;
que siempre están cayendo.


Los cuerpos                     Poema III

Eran dos ojos, dos hermanos
que se daban la mano.
Eran dos ojos, dos paisanos
que habitaban lugares cercanos.
Era un monte que había que cruzar
que subir
para llegar de uno hacia el otro:
una sola nariz
desafiante
al medio de ambos.

Era una sola boca
decidora
de frases incoherentes
o bonitas,
de frases hirientes
que, como hormigas
negrean en su púlpito sagrado.
Eran también dos túneles
a los costados:
dos orejas, tubos bien logrados.

Era un paisaje
extraño,
provocativo,
dulce y áspero.

Ay las estrellas
que se encienden y se apagan.
Ay los cabellos
que enmarcan este cuadro.

Eran dos niños que crecían
que no dormían no dormían
por descubrir el lugar
donde el tesoro está enterrado.

Era un rostro gentil
y simétrico,
sin saliente de más
ni hueco.

Las arrugas vendrían después
y las heridas
profundas
que alterarían sus ámbitos perfectos.



La noche abrupta         Poema 8

Dolor
viejo dolor
sin remedio.

Yo sabía
antes
canciones niñas
para alejarte.

Pero tú las aprendiste de memoria
y ahora todo lo sabes,
dolor
viejo dolor
de la barba profética.

                         

La noche abrupta                   Poema 31

He aquí que te has quedado solo
con tus dientes amarillos.

Nadie ha querido hacerse cargo
de tu miseria
de tu atisbar esperanzado a la salud,
brillante como película de dibujos animados
o pepita de vidrio.

Porque la muerte te crece desde adentro:
como un árbol dado vuelta
sus raíces asoman por tus ojos,
por tu piel, como certeras garras.

Y nadie se equivoca,
a no ser tú mismo
que, egoísta,
te aferras a tu propio derrumbe inevitable.

La expedición ha comenzado.
Solo, recorres
obscuros pasadizos interiores;
te detienes a mirar la substancia invisible
que alimenta otro mundo inexplorado.
Y al cabo, retornas sonriente,
pides pan con mermelada
un vaso de agua
o alguna revista ilustrada.

Y te punzan
y te tajan
y te acomodan la almohada.

He aquí que te has quedado solo
muerto de frío,
en ese cuarto verde anémico
contándote a ti mismo el mismo cuento
desde un monte distante y elevado
del batallar humano.

Ya estás lejos,
y no quieres creerlo
 y quieres pertenecer aún
a esa caravana temerosa,
que huye mirarte fijo,
porque olfatea a gritos tu agonía.

Amarillo entre las sábanas
objeto desconocido
como un talismán de mala suerte
obscureces la claridad del día.


Los racimos      (La sombra propia I, poema 2)

Alguien va apagando una por una
todas las estrellitas de tu cielo;
pero como tu cielo es tan enorme,
nunca te has dado cuenta.

Y eso que ya van muchos años
de que ese alguien ha tomado a su cargo
tan dolorosa ocupación.

Y eso, que ya van cientos de estrellitas degolladas.
Mas tú, impertérrita, caminas y caminas
ríes y lloras
como si no pasara nada.

¡Pero tu collar está quedando en hilo puro!
Cuando la obscuridad te caiga como lluvia de piedras
sobre el despreocupado gesto,
maldecirás tu nombre y odiarás tus zapatos
y te acordarás de antiguas oraciones.

Cuando la obscuridad te sea un perro malo.
¿Dónde huir?  ¿Qué salvar?
Cuando la obscuridad te caiga como pedrada dura
sobre el corazón agrio.

¡Ay la ventana abierta!
¡Ay tantos dones postergados!

Te quedarás bebiendo un lago triste:
cementerio poblado de estrellitas
que cada noche hacían desesperadas señas
pidiéndote socorro.

Porque alguien va apagándolas
sin que vos te des cuenta.

¡Ea! ¡Vuelve tus ojos,
vigila tu tesoro!
¡No te encandiles en la caravana
de colores fantásticos!

Que las estrellitas no se adquieren
como se adquiere un traje;
que las estrellitas se apagan para siempre
y no hay quién las reemplace.

Y que las caravanas se venden y se compran
y llevan escondidos afilados puñales
para cortar tus sueños libres,
para partir tu corazón en siete partes.



Y siguen los caminos (I)

                Poema 28

No hay mayor asombro
que el que estés tú ahí, muerto,
protector de los pájaros,
huésped del movimiento.
Coloreador de alas
innumerables,
tendido sobre la tierra
yaces.

Tus cabellos
se abandonan por instantes
al viento.
No pueden comprender
ese derrumbe
del árbol vertical, sustentador
de giros ágiles.

La eternidad es tuya
ahora.
Te lame las mejillas
y el calzado.
Las subterráneas corrientes,
que estancaron
dedos listos
de la muerte,
retroceden solemnes
y deciden
lagos petrificados.

¿Todo tu ritmo
estaba concebido
para aquietarse así?
¿Tu voz
vibrando en los oídos,
tus posturas cambiantes?

Bebedor de horizontes,
en tus ojos
hojas resecas fijan su amarillo
y la lluvia que cae
cubre tu cuerpo inmóvil
de besos sorprendidos.

El hueco de tus manos
aposenta
gestos tibios aún,
que no han de darse.

Esto queda de ti
ser legendario,
trashumante
de los astros en órbita incansable.



Y siguen los caminos (I)              Poema 35

Dios es un huesito
en el centro de mi pecho.
Un huesito menudo y solitario.

Golpea y golpea
en la noche honda,
mientras gotas de sangre salpican de mi cántaro.

Cruje en su reducida
dimensión, se rebela
en torturado esfuerzo
por librarme de enemigos
enconados.

Pero su ausencia es larga y ancha
y pesa y duele
y muero sin descubrir
su amuleto a mi lado.

Cuento esto yo, que estuve
con la sombra extendida
y abandoné mis digitales sobre musgos de espanto.

Ahora las madrugadas
son nuevamente limpias.

Y este huesito, collar de mi cuello
hielo tintineante de mi vaso,
me susurra canciones,
me acompaña;
quisiera saltar de mi pecho a mi mano.

Dios es un huesito en el centro de mi pecho.
Un huesito menudo y solitario.

En las noches tranquilas, oigo tímidamente
la vida alimentar su universo delgado.



Tierra de estatuas desteñidas                          Poema 5

Yo buscaba
sombra de sombras
color
diseminado en las faldas de la aurora,
y aturdía mis ansias
con palabras.

Yo busqué el amor un día
vestida de oro nuevo,
de arbolitos jóvenes y traviesos.
Me herí tanto la planta
de los pies, caminando
sin llegar a alcanzarlo
que, tendida en el rojo
desierto
me ceñí con serpientes de palabras.

Yo buscaba,
me levantaba eufórica
en las mañanas,
gastaba cientos de zapatos
y al final
con la copa vacía
regresaba
 y enjugaba mi llanto en el crepúsculo
con pañuelos bordados de palabras.

¡Sí! mi historia
puede colgar del aire.
No es preciso
llamar testigos para relatarla;
solamente un papel amarillento
en el que un viejo sabio
leerá:
-Ocupó evidentemente
un lugar en el tiempo
y el espacio.
Estas letras lo confirman-.
Y el aire vibrará, cantando
una antigua canción, puras palabras.

  

…A veces, un poco de sol                Poema 28

Todavía no me iré:
que me queda por cantar
la última canción.

La última canción, sabréis
vierte el más sabio licor
y sus estrofas se alargan
y se alargan.

Y es lindo ponerse a oír
la última canción
pues se sabe que en el fin
todo acaba, y ya se apagan
las fantásticas candelas.
Y es tierno y doliente oír
la última canción,
que después nos pesará
la infinita, gris ceniza
derramada.

Y los vasos rotos, y
las flores secas
y las palabras dispersas,
sin sentido.

Ah, la última canción.
No corráis aún las cortinas
de vuestro sueño, que alcanza
la bolsa, para una moneda
más.

Y es la última
y en ella
veréis caballos rosados
galopando
a un país niño y risueño
o si gustáis,
rojas flores
abriendo pétalos trágicos

que la última canción
tiene el poder de fijar
nuestra vida en una gota
estática, suspendida
de la rama del misterio.

Y es la última,
la última canción.

Después me iré
con paso sonámbulo
arrastrando
un largo saco de niebla

y mañana no sabréis a ciencia cierta
el motivo de la desazón que os causan
los retazos de cristal
dispersos
sobre la alfombra.


Amores de alas fugaces                       Poema XXVI

De tu mano dijera: fue pulida
por las lluvias,
montaña no advertida
detrás de los espejos
las aristas
de la mesa,
los bloques de papel clasificado.

De tu mano en mi mano compañera,
musical en su forma
que se prolonga en dedos fuertes y nudosos
que es partida por cuatro abismos espaciosos.

Cerebral geografía
de tu mano, la montaña pulida:
vertientes subterráneas
duras rocas
hoyas desconocidas.

Sobre el aire
sus antorchas levanta
de cegadora nieve;
recorta su perfil multiplicado en las paredes.

Son dos bailarinas
ahora tus manos
dos guerreros luchando…

Única y repartida,
tu mano fue pulida por cien lluvias
hace tiempo:
montaña no advertida.



Poesía y naturaleza                  Tarde fresca

El color de los cerros lejanos
me trae esta canción.
Será tal vez, nostalgia de otro tiempo
de distinto sabor.
¡Tierra mía! mis ojos se extasían
en esta tarde fresca;
el sol está jugando con las hebras
de sus cabellos verdes.
En esta tarde fresca yo he soñado
¡cuántas veces!
Y se renueva aún, incomparable:
retamas, aire azul,
mis ojos en la tarde.

  

La ciudad cerrada              Poema 10


Detrás de los letreros
hay gentes que respiran.
Grises gentes que se nutren
de luz artificial,
de mortal
languidez
y sofocante espuma
de palabras mil veces
repetidas.

Detrás de los letreros
están los verdaderos
personajes de la vida
contorsionándose, asfixiados por el denso
humo letal que expelen
la industria y el progreso.

Hombres en camiseta
gordas mujeres de pisada lenta
barren la esquina
vacían ceniceros
inacabables
se acuestan agotados
espalda contra espalda
fijamente
mirando
el resplandor de incendio
que en la pared reflejan los letreros.

Día tras día
las fechas del almanaque caen
se desgranan
sobre su frente triste
cuadriculada
de espesa propaganda.

Jugándose su suerte
a un buen vaso de vino
al partido de fútbol
en la televisión de los domingos,
desprolijos y ufanos
los abatirá la muerte.

Las catedrales subterráneas

Suprema dulzura
en el bosque de la vida, tu canto.
Como una alucinación de mis oídos,
tu frase breve incesantemente repetida.

No lluvia torrencial que cayera
sacudiendo sensuales fragancias dormidas
ni cascada que en los hondos abismos
se despeña bravía.

Sólo y nada menos, tu canto breve
en el silencio desparramando
inenarrable melodía
dulzura suprema:
plumón de pájaro que se hincha suavemente
para emitir tal silbo
en el bosque
peligroso y obscuro de la Vida.

Es el amanecer. Tu canto me lo dice:
Es la luz que retorna, la novia prometida


Este amor que enmudeció la garganta de las aves

¡Ah mi viajero distante!
tu destino era mi puerto,
pero el mar te traicionó
y cambió los mundos ciertos.

¡Ah mi viajero lejano!
tu destino eran mis brazos,
pero el mar te traicionó
e hizo tu barca pedazos.

Ah viajero de imposibles;
tu destino estaba escrito
en tu mirada de brumas
y en tus ansias de infinito.

Pero no llegaste nunca,
porque el mar cambió tu rumbo
y mi vida quedó trunca
y fuiste a dar a otro mundo.


II


Elisa comía doce uvas
contando las doce campanadas
de aquella medianoche misteriosa
más que ninguna otra, la postrera


del año que se va, pues que cumplía
años en aquel día treinta y uno
de diciembre, San Silvestre, Año Viejo
Año Nuevo que ya nos sonreía.


Y cantaba canciones de su tierra
y era feliz y a todos abrazaba
Elisa, que tan niña parecía
mas que tenía el alma atormentada.


Yo la recuerdo hoy, pues es primero
del enero reciente, aunque pasados
once años de aquel otro treinta y uno
en que viviera Elisa y sus diciembres.


Sus casi siempre eneros! Por la puerta
majestuosa del año que termina,
ella comenzó a ser rosa y espina,
Elisa de Beethoven. Alba incierta.




10 de enero, 1994


Cómo extraño
tus palabras


tus palabras que levantan las arenas
de ciudades empolvadas


tus palabras que despiertan las miradas
de antiquísimas estatuas


tus palabras


con que labras redecillas de corales
albos nácares
que relumbran en tus manos


tus palabras tempestuosas o tranquilas
con que hilas
tanta historia
tus fantásticas palabras que me colman
que me calman


tus palabras
tus palabras,
tus palabras…


Sucre, 30 de noviembre de 2002


Solíamos comer
trozos de luna llena
a manera de rajas de mandarina
o suculentos bollos
hechos por la mano maestra
de mamá.


Sentados en círculo de nubes
y tinieblas azules
comíamos con deleite
esos enharinados trozos.


Después, nos regresábamos
caminando
por el camino largo bordeado de árboles,
nuestras almas revestidas
de claridad
por tiempo innúmero
dichosos, niños nuevamente.




Sucre, noches de luna llena 
detrás de las nubes de lluvia



Los obscuros


La fruta estaba hecha
para que la gustáramos,
para olerla y gozar su lozanía;
pero nosotros no podíamos comprarla.

El sol estaba hecho
para amar nuestra piel,
estremecer la vida de todo nuestro cuerpo;
pero a nuestra guarida el sol no entraba.

El pan de cada día, en fin, estaba hecho
para hablarnos todas las mañanas
de campos fecundados;
pero sólo comíamos con mendrugos duros y agrios.

También había música y otras cosas dulces,
pero habitaban en el aire alto
y nosotros sólo captábamos sus ecos.

Nos debatíamos en la cueva obscura,
en el cuartucho húmedo
donde la única verdad es la Miseria.

Entonces, no aprendimos
el himno de alabanza,
y la sonrisa en nuestros labios
era una flor enferma.

Dicen que Dios hizo a los hombres iguales
y semejantes a él en armonía y en belleza,
¿cómo es entonces, que ahora
formemos este vértice inmundo
del que huyen todas las miradas
y contra el que se vuelven bruscamente las espaldas?

-Hablo por boca del que se arrastra
por húmedos rincones
de morada siniestra.
Dice que de él también era la tierra.-

¿Quién hurtóme el rojo clavel,
llamarada impetuosa;
quién bloqueó mis salidas
quién me esperaba
aún antes de pensar nacer
con la triste cadena?

No estuvo equilibrada en mi balanza
la desdicha, con la bienaventuranza.

Te regalo de antemano mis huesos,
para que hagas con ellos
trémulas flautas
que canten elegías
mientras a blanca mesa se sientan prósperas familias

y hay sol,
y hay pan,
hay fruta.

Pero llora, es verdad, en todo el aire
trémula flauta, su llanto innumerable.

Este mi Dios tiene callos en los pies,

es un apasionado de la música selecta
(¡cómo ama los violines!)
y tiene unas cuantas muelas rotas.

Ya os estaréis dando cuenta de que mi Dios no es ningún superhombre.

Lo adoré mucho tiempo
en altares fastuosos,
en templos misteriosos
perfumados de incienso,

pero mi Dios estaba caminando conmigo por las calles
tropezando en las piedras
muerto de hambre algunas veces
y otras, ¡qué azul! columpiando de los árboles.

Le alquilo mi corazón desde el comienzo,
y es tan insólito este inquilino
que por timidez no le cobro casi nunca.
Además, a veces me paga adelantado.

Debo reconocer que es un gran compañero;
lo prefiero a todos los dioses verdaderos.

Y tengo la ventaja
de que morirá conmigo.
(O a lo mejor me hace trampa y permanece vivo…)

Pero no.
Aunque desconcertante, siempre me ha sido fiel.
Cuando más ha de decirme:
-¡Ven! Yo conozco un sitio…-


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