jueves, 17 de diciembre de 2020

POEMAS DE FRANCISCO VILLAESPESA



Balada

 

Llamaron quedo, muy quedo,

a las puertas de la casa.

-¿Será algún sueño- le dije-

que viene a alegrar tu alma?

 

-¡Quizás! -contestó riendo...

Su risa y su voz soñaban.

Volvieron a llamar quedo

a las puertas de la casa...

 

-¿Será el amor?-grité, pálido,

llenos los ojos de lágrimas...

-Acaso- dijo mirándome...

Su voz de pasión temblaba...

 

Llamaron quedo, muy quedo,

a las puertas de la casa.

-¿Será la Muerte? -le dije...

Ella no me dijo nada...

 

Y se quedó inmóvil, rígida,

sobre la blanca almohada,

las manos como la cera

y las mejillas muy pálidas.

 

Celos

 

Al saber la verdad de tu perjurio

loco de celos, penetré en tu cuarto...

Dormías inocente como un ángel,

con los rubios cabellos destrenzados

enlazadas las manos sobre el pecho

y entreabiertos los labios...

 

Me aproximé a tu lecho, y de repente

oprimí tu garganta entre mis manos...

Despertaste... Miráronme tus ojos...

¡Y quedé deslumbrado,

igual que un ciego que de pronto viese

brillar del sol los luminosos rayos!

 

¡Y en vez de estrangularte, con mis besos

volví a cerrar el oro de tus párpados!

 

Convalecencia

 

¡Qué suavidad, qué suavidad de raso,

qué acariciar de plumas en el viento;

en terciopelos se apagó mi paso

y en remansos de seda el pensamientoI

 

Todo impreciso es como en un cuento,

se desborda en silencio como un vaso,

y en esta tibia languidez de ocaso

desfallecer hasta morir me siento.

 

Como un panal disuélvome en dulzura,

desfallezco de todo: de ternura,

de claridad, del éxtasis de verte...

 

Y todo tan lejano, tan lejano...

En este atardecer tu frágil mano

pudiera con un lirio darme muerte...

 

 

El jardín de Lindaraja

 

De la tarde de octubre bajo la luz gloriosa,

en la fuente de mármol que el arrayán orilla,

diluyen los cipreses su esmeralda herrumbrosa

y la arcada del fondo su tristeza amarilla.

 

Rosales y naranjos. ..Mustio el jardín reposa

en un verdor que el oro del otoño apolilla...

¡Sólo, a veces, se enciende la llama de una rosa,

o el oro polvoriento de una naranja brillaI

 

Mas, dentro de este otoño, hay tanta primavera

en gérmenes; y es todo tan dulce y apacible,

que antes de abandonarlo, mi corazón quisiera,

oyendo el melodioso suspirar de la fuente

y soñando con una Lindaraja imposible,

sobre este viejo banco dormir eternamente...

 

 

El poema de la carne

 

Cuando me dices: Soy tuya,

tu voz es miel y es aroma,

es igual que una paloma

torcaz que a su macho arrulla.

 

Sobre mi mano dormida

de tu nuca siento el peso,

mientras te sorbo en un beso

todo el fuego de la vida.

 

Cuando ciega y suspirante

tu cuerpo recorre una

convulsión agonizante,

 

adquiere tu faz inerte

bajo el blancor de la luna

la palidez de la Muerte.

 

El reloj

 

Tardes de Paz... Monotonía

de lluvia en las vidrieras...

Se extingue el humo gris del día...

¿En dónde están mis primaveras?

 

La lluvia es una fantasía,

de misteriosas encajeras...

Tú, que tejiste mi alegría,

¿tras qué cristal mi vuelta esperas...?

 

Lentas deslízanse en la alfombra

las tocas negras de la sombra;

viuda que no falta a la cita...

 

Igual que un pecho adormecido

el reloj tímido palpita...

¡Oh juventud! ¿Dónde te has ido...?

 

Elegía de la juventud

 

Sacar en hombros por mi puerta

miré ayer un ataúd,

donde entre flores iba muerta

     mi Juventud.

 

Perdida toda fuerza física

la vi en mis brazos expirar.

como una pobre novia tísica

     ¡de tanto amar!

 

Sobre su cuerpo, las postreras

rosas de otoño deshojé.

y entre recuerdos y quimeras

     la amortajé.

 

Para no ver su rostro amado

tendí un pañuelo por su faz.

y exclamé en lágrimas bañado:

     -¡descansa en paz!

 

Lenta la lluvia descendía...

La golondrina iba a partir...

Y hasta la brisa parecía

entre los árboles gemir.

 

Cármenes viejos de Granada,

en un crepúsculo otoñal,

vieron perderse en la enramada

     su funeral.

 

Almas sedientas de ideales

que tanto amó mi juventud...

¡Deshojar rosas otoñales

     en su ataúd!

 

Y tú, incansable peregrino.

que el mundo cruzas sin cesar,

¡si ves su entierro en tu camino,

     ponte a rezar!

 

Sacar en hombros por mi puerta

miré ayer tarde un ataúd,

donde entre flores iba muerta

     mi Juventud.

 

En la penumbra

 

¡La hora confidencial!... Entre banales

palabras, toda entera, te respiro

como un perfume, y en tus ojos miro

desnudarse tu espíritu. ..Hay fatales

 

silencios... Se oscurecen los cristales;

y se esfuma la luz en un suspiro,

temblando sobre el pálido zafiro

que azula entre tus manos imperiales.

 

Las tinieblas palpitan... Andan miedos

descalzos por las sedas de la alfombra,

mientras que, presintiendo tus hechizos,

 

naufraga la blancura de mis dedos

en la profunda y ondulante sombra

del mar tempestuoso de tus rizos.

 

Ensueño de opio

 

Es otra señorita de Maupin. Es viciosa

y frágil como aquella imagen del placer,

que en la elegancia rítmica de su sonora prosa

nos dibujó la pluma de Theófilo Gautier.

 

Sus rojos labios sáficos, sensitivos y ambiguos,

a la par piden besos de hombre y de mujer,

sintiendo las nostalgias de los faunos antiguos

cuyos labios sabían alargar el placer.

 

Ama los goces sádicos. Se inyecta de morfina;

pincha a su gata blanca. El éter la fascina,

y el opio le produce un ensueño oriental.

 

De súbito su cuerpo de amor vibra y se inflama

al ver, entre los juncos, temblar como una llama

la lengua roja y móvil de algún tigre real.

 

Eres como una ola...

 

Eres como una ola

de sombra que me envuelve,

y espumeando de amargura pasa,

y entre otras negras olas va a perderse...

 

¿Adónde vas?...

¿De dónde vienes?

¡Sólo sé que soy tuyo, que me arrastras!...

¡Y cuando tú me dejes,

vendrá acaso otra ola,

como tú ignota y como tú inconsciente,

y sin querer me arrastrará de nuevo

gin saber dónde va ni dónde viene!...

 

Junto al mar

 

Todo en silencio está. Bajo la parra

yace el lebrel por el calor rendido.

Torna a la flor la abeja, el ave al nido,

y a dormir nos invita la cigarra.

 

La madreselva que al balcón se agarra,

vierte como un suave olor a olvido;

y a lo lejos escúchase el quejido

de una pena andaluza, en la guitarra.

 

Del mar de espigas en las áureas olas

fingen las encendidas amapolas

corazones de llamas rodeados...

 

¡Y el sudor, con sus gotas crepitantes,

ciñe a tus bucles, como el sol dorados,

una regia corona de diamantes!

 

La sabia mano a cuyo tacto ardiente...

 

La sabia mano a cuyo tacto ardiente

vibra la carne como un instrumento,

prolongó la agonía del momento

en una languidez intermitente...

 

¡Oh, el cálido contacto de tu frente!

¡Oh, tu dorso desnudo y opulento

echado sobre mí, como un sediento

sobre la superficie de una fuente!

 

Mis besos perfumaron el vacío

de un húmedo y mortal escalofrío...

¡Y bajo tu melena estremecida

 

en un áureo manojo de serpientes,

sentí sangrar y sucumbir mi vida,

entre el canibalismo de tus dientes!

 

La sombra

 

¡Remansos del crepúsculo! Lejanos

amores de una copla campesina...

De los cielos desciende una divina

paz, sobre el sueño de los verdes llanos.

 

Vuelven a perfumar los sueños vanos,

y yo no sé qué angustia nos domina,

que se cierran los ojos, y se inclina

la frente, pensativa, entre las manos.

 

Por el azul magnífico del cielo,

sobre la frente que el dolor abrasa

y en las manos se apoya dolorida,

 

tiembla la sombra rápida de un vuelo...

-¡Esa sombra, mortal, que rauda pasa,

es la fugaz imagen de tu vida!

 

 

La sombra de Beatriz

 

El crepúsculo está lleno de aromas,

de campanas de plata y de cantares...

Zumban abejas en los azahares.

Baja un temblor de esquilas por las lomas.

 

El aire sabe a miel de abiertas pomas,

y al tornar a sus blancos palomares

proyectan en los verdes olivares

sus sombras fugitivas las palomas.

 

Yo sueño con tu amor... Una infinita

dulzura sube del florido huerto...

¿Por qué el ensueño de una margarita,

 

hoja tras hoja mi saudade arranca,

si en la penumbra del balcón abierto

falta esta tarde tu silueta blanca?

 

Las lágrimas sonoras de una copla...

 

Las lágrimas sonoras de una copla

con el perfume de la noche entran

por mi balcón, y todo cuanto duerme

en mi callado corazón despierta.

 

«¡Amor, amor, amor! Sangre de celos»,

gime la triste copla callejera:

blanca paloma herida que sangrando

a refugiarse a mis recuerdos llega.

 

¿Ya no recuerdas aquel rostro pálido,

las pupilas tan grandes y tan negras

que te hicieron odiar al amor mismo

y maldecir la vida y la belleza,

y amar el crimen y gustar la sangre

que tibia mana de la herida fresca?

 

Duerme ya, corazón... Se va la música

aullando de pasión por la calleja.

 

Y en la paz de la noche sólo late

el tiempo en el reloj que, lento, cuenta

las venturas perdidas para siempre

y los dolores que sufrir te quedan.

 

«¡Amor, amor, amor'. ¡Que nadie bese

lo que ni en sueños mi esperanza besa!

¡Antes que en brazos de otro amor, prefiero

entre mis brazos contemplarte muerta!

 

Lo que pasa

 

¡Felicidad!... ¡Felicidad!... Dulzura

del labio y paz del alma... Te he buscado

sin tregua, eternamente, en la hermosura,

en el amor y el arte...  ¡Y no te he halladoI

 

En vano, el alma, sin cesar te nombra...

¡Oh luz lejana, y por lejana, bellaI...

¡Jamás la mano alcanzará la estrellaI...

¿Pasaste sobre mí, como una sombra?

 

¿En brazos de qué amor has sido mía?..

¿No he besado tus labios todavía?...

¿Los besaré, Señor?... Sobre mi oído

 

murmura alguna voz, remota y triste :

-Pasó por tu jardín... y no la viste...

¡y ya, sin conocerla, la has perdidoI

 

Mi vida es el silencio de una espera...

 

Mi vida es el silencio de una espera...

Se escapa de mis ojos la mirada,

ansiando contemplar la sombra amada

que en otros tiempos a mi lado viera.

 

La mano palpa, cual si presintiera

negrear en la atmósfera callada

la seda tibia de su destrenzada,

profusa y olorosa cabellera.

 

Mi oído de impaciencia se estremece,

un olor a algo suyo el viento exhala...

-¿Estás ya aquí? -le digo, y me parece

 

que «Aquí estoy», dulcemente, me contesta

aquella voz que pasa como un ala

rozando fugitiva la floresta.

 

Nocturno de plata

 

Cruzas por mis recuerdos como un rayo de luna

que lo ilumina todo de una blanca poesía...

El ruiseñor cantaba su amor. Colgaba una

fina escala de seda desde tu celosía.

 

Era la noche un río cristalino y sonoro,

que arrastraba en sus ondas, hacia la Eternidad,

nuestro amor como una carabela de oro,

palpitantes las velas bajo la tempestad.

 

Entre un deshojamiento de románticas rosas

de luz, juntos surcamos Venecias fabulosas,

en un olvido eterno de todo... Tu laúd

 

desgranaba en la noche su inmortal serenata...

¡Y al pie de la marmórea y altiva escalinata

nos esperaba el paje de nuestra Juventud!

 

Ofelia

 

Turbia de sombra, el agua del remanso

reflejó nuestras trémulas imágenes,

extáticas de amor, bajo el crepúsculo,

en la enferma esmeralda del paisaje...

 

Era el frágil olvido de las flores

en el azul silencio de la tarde,

un desfile de inquietas golondrinas

sobre pálidos cielos otoñales...

 

En un beso muy largo y muy profundo

nos bebimos las lágrimas del aire,

y fueron nuestras vidas como un sueño

y los minutos como eternidades...

 

Al despertar del éxtasis, había

una paz funeraria en el paisaje,

estertores de fiebre en nuestras manos

y en nuestras bocas un sabor de sangre...

 

Y en el remanso turbio de tristeza

flotaba la dulzura de la tarde,

enredada y sangrante entre los juncos,

con la inconsciencia inmóvil de un cadáver.

Tomado de:

http://amediavoz.com/villaespesa.htm

 

El jardín de Lindaraja

 

De la tarde de octubre bajo la luz gloriosa,

en la fuente de mármol que el arrayán orilla,

diluyen los cipreses su esmeralda herrumbrosa

y la arcada del fondo su tristeza amarilla.

 

Rosales y naranjos. ..Mustio el jardín reposa

en un verdor que el oro del otoño apolilla…

¡Sólo, a veces, se enciende la llama de una rosa,

o el oro polvoriento de una naranja brillaI

 

Mas, dentro de este otoño, hay tanta primavera

en gérmenes; y es todo tan dulce y apacible,

que antes de abandonarlo, mi corazón quisiera,

oyendo el melodioso suspirar de la fuente

y soñando con una Lindaraja imposible,

sobre este viejo banco dormir eternamente…


La sombra

 

¡Remansos del crepúsculo! Lejanos

amores de una copla campesina…

De los cielos desciende una divina

paz, sobre el sueño de los verdes llanos.

 

Vuelven a perfumar los sueños vanos,

y yo no sé qué angustia nos domina,

que se cierran los ojos, y se inclina

la frente, pensativa, entre las manos.

 

Por el azul magnífico del cielo,

sobre la frente que el dolor abrasa

y en las manos se apoya dolorida,

 

tiembla la sombra rápida de un vuelo…

-¡Esa sombra, mortal, que rauda pasa,

es la fugaz imagen de tu vida!

 

El poema de la carne

 

Cuando me dices: Soy tuya,

tu voz es miel y es aroma,

es igual que una paloma

torcaz que a su macho arrulla.

 

Sobre mi mano dormida

de tu nuca siento el peso,

mientras te sorbo en un beso

todo el fuego de la vida.

 

Cuando ciega y suspirante

tu cuerpo recorre una

convulsión agonizante,

 

adquiere tu faz inerte

bajo el blancor de la luna

la palidez de la Muerte.

 

Celos

 

Al saber la verdad de tu perjurio

loco de celos, penetré en tu cuarto…

Dormías inocente como un ángel,

con los rubios cabellos destrenzados

enlazadas las manos sobre el pecho

y entreabiertos los labios…

 

Me aproximé a tu lecho, y de repente

oprimí tu garganta entre mis manos…

Despertaste… Miráronme tus ojos…

¡Y quedé deslumbrado,

igual que un ciego que de pronto viese

brillar del sol los luminosos rayos!

 

¡Y en vez de estrangularte, con mis besos

volví a cerrar el oro de tus párpados!

Tomado de:

https://www.zendalibros.com/5-poemas-francisco-villaespesa/

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