sábado, 6 de octubre de 2018

POEMAS DE JOHN BARLAS (seudónimo de Evelyn Douglas)


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(1860, Birmania - 1914, Glasgow, Reino Unido)

AMOR TERRIBLE


El matrimonio de dos asesinos en la oscuridad
De un templo sombrío, adorando la noche más oscura;
Frente a un sacerdote que oculta sus manos
Debajo de su túnica maldita,
Para que todos vean las flores sangrientas que brotan
Como gemas sobre los dedos, rojo sobre blanco;
Creciendo hacia las bóvedas del vértigo
Las trompetas del órgano tañen y se quejan:
Así es nuestro amor. ¡Oh, suaves y deliciosos labios
Dónde toda la sangre del mundo fluye hasta mi!
Oh, cintura etérea, mejillas pálidas, ojos de fuego,
Pequeños y firmes senos, gigantes caderas,
Oscuros cabellos de serpentinas trenzas
Que se deslizan de mis manos
En las horas del rojo deseo.

OLVIDO


¡Olvido! ¿No es un nombre de la muerte?
No, no es la muerte del Leteo su más triste nombre,
Es la muerte que crece hora tras hora dentro de nosotros,
Muerte que penetra lenta en nuestra mente, el aliento
Del alma en retroceso se permite una sentencia:
Hoy soy el mismo que fui ayer,
Engaño, pues sus pensamientos
Huyen como el humo de las llamas,
Y como un manto de rocío extinguen su dolor.
Cambiante es el río, aunque las olas permanecen,
Sus rocas nunca se adormecen
En las caricias de la espuma.
Cambiante es el río. Se ha ido hacia la fuente,
Junto con el sueño del ayer y la fortuna del estío,
Los pensamientos del corazón ya no regresarán.

Anademas de la Belleza.

Una daga incrustada con gemas de fuego:
Una reina ricamente envuelta por las garras del tigre;
El guante de una dama o las patas de terciopelo de un gato;
El susurro de un juez cuando condena;
La feroz sombra de las bayas púrpuras en la noche
Entre las lúcidas rosas y sus brazos escarlata;
La serpiente del arcoiris con sus mandíbulas dentadas:
Así son las anademas de la reina de la Belleza.
Pues ella acaricia con una mano envenenada,
Y el veneno cuelga de sus húmedos labios,
El engaño y el asesinato acechan en sus ojos
Que aman de las mujeres su baile y su encanto,
Apuñalando la carne hasta que el cuerpo se seca,
Es tu cuerpo, mi Dulce Dama, y tu suave suspiro.

Cuando en la solitaria quietud de la tumba. 


Cuando en la solitaria quietud de la tumba
Yazga muda y fría, no evites la alegría:
Trae rosas una vez al año en la flor más limpia,
Trae a tu nuevo amor contigo: que irrumpa
Sobre el túmulo verde que oculta mi frente,
Y yo bendeciría el espíritu en su vientre.
¿Cómo puede haber amor donde no hay celos?
¿Cómo decir únicamente esto? He llevado, pacífica,
Aquel dolor cruel: aunque nunca evitaré la vida
De mi amado con mi parte egoísta,
Ni, aún muerta, tendría a mi amor desesperado,
Pero no lamentaría que, de tanto en tanto, fuese recordado.

La bailarina. 

Coloridas cintas colgantes, orladas por muchos andrajos,
¡Embadurnados con bestias y pájaros!
Silbidos y gritos, flautas y cornetas, fuelle y tambor,
Y el aullido de los músicos envueltos en vapor.
Allí una doncella tintinea frente al telón,
Se sacude al ritmo de las campanas y el gong,
Vestida de escarlata, azul, y un oropel milenario,
Bailaba y saltaba a lo largo del escenario.

Con su sombra sobre el lienzo colgante bailaba
Bajo un fulgor irregular, nacarado,
Miembros sinuosos, ondulantes, furiosos pies rasgados
Siguiendo el choque del címbalo y el estruendo de los metales.
La gracia pura de sus movimientos de niña
Hacían del espectáculo vulgar una obra divina,
Remojando mi pecho como una poción opiácea
De vino encantado.

Pero la sombra sobre el agitado fondo me estremeció,
Pues parecía un esqueleto espeluznante,
Y sus gestos y saltos desiguales me llenaron
Con un sueño de órbitas huecas,
Sonrisas de dientes negros y piernas esqueléticas,
-Fuegos húmedos de un rocío sepulcral-
Hasta que mi cerebro mareado, entumecido, hilado,
Se preguntó cuál de las dos era real.



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